Afganistán, la guerra más larga de la historia de los Estados Unidos, Talibán y ‘Estado Islámico’, una yihadista ‘cohabitación’

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Con el peor atentado del siglo XXI cometido en su capital Kabul, este verano, con más de 100 muertos y centenares de heridos, aunque la cifra definitiva pudiera superar los 250 fallecidos, en las propias narices de Ashraf Ghani Ahmadzai; el presidente afgano ha tachado la matanza de “crimen contra la humanidad” al expresar su condena a través de Twitter; la detonación ha tenido que oírse en el propio palacio presidencial, conocido como Arg o Ciudadela, que se encuentra a apenas 800 metros en línea recta del lugar de la explosión; como ya sucediera tras el ataque al hospital militar de Kabul el pasado marzo, los talibanes han negado cualquier implicación en “operaciones indiscriminadas que causan víctimas civiles”; el desmentido está en línea con el intento del grupo de presentarse como una alternativa de gobierno frente al que califican de “marioneta de Occidente”; Brad Pitt y su ‘War Machine’ en Netflix encarna a George Patton y otros generales como Douglas MacArthur: mandíbula de hierro, pecho inflado y testosterona en exceso

Transcurridos unos pocos días desde el comienzo de las operaciones militares en Afganistán en octubre de 2001, el jefe las fuerzas estadounidenses confesaba ante la prensa con gesto apesadumbrado que sus tropas “se estaban quedando sin objetivos”. Un país agrícola plagado de casas de adobe no estaba a la altura del mejor ejército del mundo. Algo parecido pasó en 2003 en Irak. Y eso que en esta ocasión, el objetivo a batir era el ejército de un país con abundantes recursos petrolíferos y galvanizado en guerras recientes. Pero pese a las bravatas de Sadam Hussein sobre la “madre de todas las batallas”, la siempre descrita en los medios como “temible Guardia Republicana” le duró 21 días al ejército de EE UU. Así que, pese a la inexistencia de armas de destrucción masiva, George W. Bush pudo darse la satisfacción de “patear el trasero” (sic) de Sadam sin apenas despeinarse.

Salvo el pequeño detalle de que, como es habitual en estos casos, ante una fuerza superior, el enemigo se convirtió en insurgencia y forzó una larga y costosa ocupación que, según un estudio del Instituto Watson de 2008, costó cuatro billones de dólares. En ambos casos, EE UU descubrió que conquistar un país es más fácil y menos costoso que pacificarlo, reconstruirlo y gobernarlo. El gasto en defensa de EE UU supera al de los siguientes 14 países, así que, al contrario de lo que dice Trump, su ejército no tiene ningún problema para “ganar guerras” ni parece necesitar un incremento del gasto del 9%, equivalente al presupuesto de defensa anual de Rusia. Con lo que tiene un problema enorme es con reponer la vajilla, asear el local, pagar la factura y marcharse a casa.

Los incrementos en los presupuestos de seguridad, preludio de conflicto, mi máxima seguridad equivale a la máxima inseguridad de alguien

“Si algo hemos aprendido de estas guerras y sus 250.000 víctimas es la necesidad de evitarlas, algo que solo la diplomacia, que no parece el fuerte de Trump, puede evitar. Y como le han recordado 140 generales, la ayuda al desarrollo, que también quiere recortar, es fundamental para garantizar la seguridad. Es de necio confundir valor y precio. Y más necio aún confundir seguridad y defensa. Históricamente, los incrementos masivos en los presupuestos de seguridad han sido el preludio de un conflicto. Mi máxima seguridad equivale a la máxima inseguridad de alguien…”, escribía el periodista José Ignacio Torreblanca, profesor titular en el Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la Universidad Nacional de Educación a Distancia y doctor miembro del Instituto Juan March de Estudios e Investigaciones de España, en una columna periodística ‘A las armas’, donde recalcaba que históricamente, los incrementos masivos en los presupuestos de seguridad han sido el preludio de un conflicto.

“Al menos 100 muertos y 500 heridos por un camión bomba en el barrio diplomático de Kabul, en el peor atentado del presente siglo. Los talibanes niegan su implicación en el atentado”. Con estos titulares en la prensa internacional nos despertábamos este miércoles en Cancún… “Una brutal explosión ha causado este miércoles por lo menos un centenar de muertos y centenares de heridos en el centro de Kabul, de acuerdo con las últimas cifras facilitadas por el Ministerio de Sanidad, que no descarta que aumente el número de víctimas mortales ante la extrema gravedad de muchos de los heridos. El atentado, atribuido a un camión bomba, es uno de los más graves que se ha producido en la capital afgana y ha afectado a varias embajadas próximas, entre ellas las de Alemania, Francia y China. También ha dañado el hospital de la ONG italiana Emergency. Los talibanes han negado su responsabilidad”.

El presidente afgano ha tachado la matanza de “crimen contra la humanidad” al expresar su condena a través de Twitter. La detonación ha tenido que oírse en el propio palacio presidencial, conocido como Arg o Ciudadela, que se encuentra a apenas 800 metros en línea recta del lugar de la explosión. Como ya sucediera tras el ataque al hospital militar de Kabul el pasado marzo, los talibanes han negado cualquier implicación. En un comunicado, el portavoz de la guerrilla, Zabihullah Mujahid, ha reiterado que condenan ese tipo de “operaciones indiscriminadas que causan víctimas civiles”. El desmentido está en línea con el intento del grupo de presentarse como una alternativa de gobierno frente al que califican de “marioneta de Occidente” y apunta como autor al Estado Islámico, crecientemente activo en Afganistán.

El atentado, hacia las 8.30 de la mañana, una hora punta, en el ‘barrio diplomático’ denominado así por la concentración de embajadas

“Ha sido como un terremoto”, ha descrito a Reuters Mohammad Hassan, un joven de 21 años que resultó herido. Las imágenes televisadas muestran una enorme columna de humo negro, restos calcinados de vehículos, paredes derrumbadas y coches que aún tienen a sus ocupantes, muertos o heridos en el interior. El cercano hospital Wazir Akhbar Khan se encontraba totalmente desbordado por la llegada de ambulancias y de personas en busca de familiares, según informan las agencias de noticias. Las autoridades sanitarias han pedido a los ciudadanos que donen sangre. El atentado se ha producido hacia las 8.30 de la mañana, una hora punta en el que las calles de Kabul están atestadas de tráfico, en especial en esa zona conocida como barrio diplomático por la concentración de embajadas. De acuerdo con fuentes citadas por la cadena privada afgana ToloNews, los explosivos estaban escondidos en un camión cisterna que ha estallado a la altura de la plaza de Zandaq, entre la compañía de telefonía móvil Roshan y el recinto amurallado de la Embajada de Alemania. El ministro alemán de Exteriores, Sigmar Gabriel, ha comunicado que varios empleados de la embajada han resultado heridos y uno de sus guardias de seguridad afganos ha muerto. Tanto la legación alemana como la vecina de Francia han sufrido “daños materiales”, según ha declarado la ministra francesa de Asuntos Europeos, Marielle de Sarnez. También portavoces indios y chinos han informado de que sus embajadas se habían visto sacudidas por la explosión, que ha reventado ventanas y puertas de numerosos edificios en cientos de metros a la redonda.

La Embajada de España, situada un poco más al Este, a apenas un kilómetro del lugar del atentado, ha comunicado que ni su personal español ni sus trabajadores locales han resultado afectados, según han informado fuentes de la Oficina de Información Diplomática (OID). Por el momento, la zona está acordonada por lo que algunos trabajadores no han podido llegar hasta el recinto. Se trata del nuevo edificio, ubicado en la conocida como Zona Verde de Kabul, al que se ha trasladado la sede de la legación española, ya que la sede anterior, situada fuera de ese barrio, sufrió un atentado talibán en diciembre de 2015. En los últimos meses Kabul ha sufrido esporádicos atentados que apuntaban al deterioro de la seguridad en todo Afganistán, pero hay que remontarse a julio del año pasado para encontrar uno de la gravedad del de hoy. Entonces, dos suicidas causaron un centenar de muertos al hacerse estallar en una manifestación de chiíes. Como muchos de los últimos ataques, aquel también se lo atribuyó el Estado Islámico en la Provincia de Jorasán, como se autodenomina la franquicia local del ISIS.

Los uniformados afrontan serias dificultades para hacer frente a una insurgencia crecida y en plena ‘ofensiva de primavera’

Sea quien sea el grupo responsable, la capacidad de los terroristas para atacar objetivos de seguridad en Kabul, que se supone es la ciudad más protegida del país, pone de relieve las limitaciones de las fuerzas afganas. Aunque en parte entrenadas por Estados Unidos y otros países de la OTAN, soldados y policías se han visto afectados en los últimos años por las numerosas bajas, las deserciones y la corrupción que mantenía en nómina a agentes fantasma. En esas condiciones, y con un Gobierno paralizado por las diferencias políticas de sus dos cabezas (el presidente y el jefe ejecutivo), los uniformados afrontan serias dificultades para hacer frente a una insurgencia cada vez crecida y que ahora se encuentra en plena ofensiva de primavera. “El país está totalmente conmocionado y devastado por la noticia de la explosión de hoy en Kabul, se han perdido muchas vidas inocentes en Ramadán”, ha tuiteado Sediq Sediqqi, el director de la Oficina de Prensa de la Presidencia.

La guerra olvidada de Afganistán vuelve a ocupar la atención de la Casa Blanca. Después de haber ignorado el conflicto durante toda la campaña electoral entre Hillary Clinton y Donald Trump, Washington planea una escalada en la que es ya la guerra más larga de la Historia de Estados Unidos. Esta semana, el Pentágono presentará a Trump un menú de opciones militares para ese país que incluye un aumento del número de soldados estadounidenses en ese país de entre 3.000 y 5.000. En la actualidad hay 8.400 uniformados de EEUU en Afganistán, además de 20.000 civiles contratados por el Pentágono y el Gobierno afgano que van desde cocineros hasta mercenarios, y que emplean a miles de ex soldados estadounidenses y europeos. La escalada en Afganistán forma parte de la política de Donald Trump de expandir la participación de Estados Unidos en guerras en Oriente Medio y Asia, y en la autonomía que el presidente de ese país ha dado a los militares a la hora de tomar decisiones en esos conflictos, en lo que supone una clara ruptura con la tradición política estadounidense, en la que las Fuerzas Armadas siempre estaban bajo un estricto control civil. Esto a veces llegaba a extremos, cuando menos, curiosos: en la Guerra de Vietnam, el presidente Lyndon B. Johnson llegó a convertirse en un experto en las mareas del Delta del Mekong, uno de los frentes de batalla más intensos del conflicto.

Con Trump, eso ha cambiado. Las Fuerzas Armadas tienen ahora un control creciente sobre las operaciones militares, no solo a nivel táctico, sino estratégico. Y el presidente que llegó al poder precisamente diciendo que él se había opuesto a la Guerra de Irak y que estaba en contra de la reconstrucción de países porque primero tenía que reconstruir EE UU está ampliando la participación de su país en cada vez más frentes de batalla contra el terrorismo islámico. A principios de mayo, un miembro de la unidad de élite de la Armada Navy SEAL murió en Somalia, en la que es la primera baja mortal en combate de un soldado estadounidense en ese país en 23 años, mientras participaba en un ataque contra Al Shabab, la franquicia de Al Qaeda en ese país. Y la Casa Blanca ha anunciado que va a armar a los kurdos de Siria para que éstos arrebaten al Estado Islámico (IS, según sus siglas en inglés), la ciudad de Raqqa, en la que los integristas tienen la capital de su califato. Paradójicamente, ésa era la política de Barack Obama. Trump también quiere crear zonas seguras en Siria, una política que va mucho más allá de lo que defendió Hillary Clinton durante la campaña.

Un tercio de la población de Afganistán, casi 9 millones de ciudadanos, vive bajo el control de los talibán, la milicia fundamentalista

En el caso de Afganistán, la razón de la escalada que evalúa el Pentágono se resume en una cifra: 8,4 millones de personas, o sea, un tercio de la población de Afganistán. Ése es, según la ONU, el número de afganos que vive bajo el control de los talibán, la milicia fundamentalista apoyada por Pakistán a la que combate EE UU. Dado que todos los talibán son pastunes -una comunidad que supone alrededor de la mitad de la población afgana- la práctica totalidad de ese grupo étnico está al margen del Gobierno de Kabul. Un Gobierno de Kabul que es, en la mejor tradición afgana, disfuncional, dado que es una coalición de pastunes moderados y de tayikos, la comunidad a la que tradicionalmente ha pertenecido la intelectualidad afgana y que además llevó el peso de la guerra contra los talibán cuando EE UU apoyaba a estos últimos.

Los talibán han hecho público un comunicado anunciando la Operación Mansouri, la nueva ofensiva de primavera que el grupo terrorista llevará a cabo en Afganistán con el objetivo de “acabar con la ocupación de las tropas extranjeras y expulsarlas del país”, según ha anunciado a través de La Voz de la Yihad, la página web oficial de los yihadistas. La operación lleva el nombre del ex líder de los terroristas, el mulá Akhtar Mansur, que fue abatido el año pasado por un dron de los Estados Unidos mientras se encontraba viajando en Pakistán, y se llevará a cabo en las 34 provincias afganas con especial atención en los frentes abiertos en el norte, sur y este del país. La ofensiva de primavera de 2017 será diferente a la de años anteriores porque “tiene objetivos políticos y militares”, según el comunicado, que los yihadistas están convencidos “aumentarán nuestra legitimidad entre la población afgana”, la mitad de la cual se encuentra en las zonas que controla o en las áreas donde tiene mucha influencia al sur y este de Afganistán.

“Conseguiremos todos nuestros objetivos continuando la guerra de guerrillas, el martirio complejo”, refiriéndose a los comandos suicidas

Los objetivos políticos de los talibán estarán centrados en “crear mecanismos para el establecimiento de una nueva justicia social y de desarrollo para ayudar a los que han sido engañados por el enemigo”, según han anunciado refiriéndose al cada vez peor sistema judicial afgano que, debido a la corrupción endémica, ha llevado a muchos civiles, sobre todo en las provincias, a preferir los tribunales de la justicia yihadista. En cuanto a la ofensiva militar, los terroristas han asegurado que “el enemigo va a ser hostigado, muerto o capturado hasta que abandone sus puestos”.

Un mensaje dirigido a las fuerzas de seguridad afganas que, esta vez, pasarán a segundo plano porque el objetivo principal de la ofensiva será “las fuerzas de ocupación”, tal y como describen a las tropas de Estados Unidos y la OTAN, “la infraestructura para la inteligencia militar que han creado y la eliminación del equipo” con el que operan en Afganistán. Los terroristas han vuelto a amenazar al gobierno de Kabul y a sus aliados extranjeros asegurando que “conseguiremos todos nuestros objetivos llevando a cabo ataques convencionales, continuando la guerra de guerrillas, el martirio complejo”, refiriéndose a los ataques de los comandos suicidas talibán, “los ataques con infiltrados y el uso de bombas de carretera”, los temidos Explosivos Improvisados de Carretera (IED, por sus siglas en inglés), según se puede leer en el comunicado del grupo.

La frágil democracia afgana no ha parado de perder territorio, mientras talibanes y yihadistas avanzan hacia las capitales de provincia

El anuncio de los talibán llega una semana después de la masacre que el grupo llevó a cabo en la base militar de Mazar-e Sharif, la mayor al norte del país, en la que un grupo de infiltrados terroristas acribilló a 150 soldados afganos, la mayoría reclutas, cuando éstos se encontraban comiendo y realizando la oración del viernes. Una cifra que, según fuentes del Gobierno afgano, que todavía no ha hecho público el número exacto de muertos, podría ascender hasta los 250.Un ataque que, según el portavoz de los terroristas, Zabihullah Mujahid, fue llevado a cabo como respuesta por las muertes de los gobernadores talibán en Kunduz y Baghlan, así como para mandar “un mensaje a todos los soldados, policías, operativos de inteligencia y cualquier otra institución relacionada con el Gobierno afgano. A partir de ahora nuestras operaciones serán más brutales y dolorosas”, añadió.

El Secretario de Defensa de los Estados Unidos, James Mattis, ha afirmado que “se avecina un año muy duro en Afganistán”. Desde que, en 2014, el Gobierno de Kabul y su ejército tomaron las riendas del conflicto la muy frágil democracia afgana no ha parado de perder territorio, mientras los talibán y ahora el Estado Islámico siguen avanzando hacia las capitales de provincia. El titular de Defensa, que hace unos días realizó una visita sorpresa para reunirse con el Gobierno afgano y conocer de primera mano el estado de la guerra, así como visitar a las tropas que Washington tiene en el país, todavía no ha hecho público si los Estados Unidos enviarán más tropas «para darle la vuelta a la tortilla», según pide el Jefe de las tropas norteamericanas y de la OTAN en el país, el General John Nicholson. Por ello, Mattis ha asegurado que la Administración del presidente estadounidense, Donald Trump, está trabajando en “un plan para desarrollar una nueva estrategia para Afganistán” y detener la embestida yihadista que, según un informe del Pentágono datado en noviembre de 2016, ha puesto alrededor del 43% del país en manos de los terroristas.

‘La máquina de guerra’ de Brad Pitt, Netflix estrena ‘War Machine’, una película sobre la invasión de EE UU a Afganistán

Desde su primer minuto, ‘War Machine’, sienta el tono del relato. La voz de un narrador explica de forma socarrona la naturaleza bélica de Estados Unidos, esa nación dispuesta a librar guerras en todo el mundo en nombre de la libertad. Y cómo esas batallas se convierten, como lo ha demostrado la realidad, en laberintos cada vez más difíciles de escapar para la gran potencia mundial. En la nueva cinta de Netflix, que se estrenó mundialmente, este mes de mayo, no hay crónicas de heroísmo de los GI Joe. Este es un retrato del sistema que empuja al ejército más poderoso del mundo a librar guerras que no pueden ganar.

G.I. Joe (Government Issue, Joe: En referencia a la representación del Gobierno estadounidense en sus soldados, apodados durante la Segunda Guerra Mundial “JOE”) es el nombre de una línea de figuras de acción concebida por Stanley Weston, quien tuvo la idea de crear unos muñecos militares enfocados a los niños, que pretendían emular el éxito de Barbie entre las niñas. Originalmente pensada para ser la línea de figuras del show televisivo del propio Weston, la idea acabó atrayendo a la compañía juguetera Hasbro, que vio potencial en el proyecto, e inspirándose en el éxito del filme de 1945 ‘The Story of G.I. Joe’ de United Artists, dirigida por William Wellman, la empresa decidió bautizar su idea con el nombre genérico de ‘G.I. Joe’. Dos años más tarde, el 2 de febrero de 1942, se lanzaron al mercado las primeras cuatro figuras de 12 pulgadas (30,48 cm), cada una representando una rama del ejército. El concepto original de G.I. Joe, fue inicialmente creado por David Breger, al que se le encargó la creación de un cómic para los militares de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Breger llegó con el título ‘G.I. Joe’ con la referencia militar ‘Government Issue’ (asunto del Gobierno). Su historieta se publicó el 17 de noviembre de 1942 en la revista militar ‘Yank’ y el periódico ‘Stars and Stripes’.

El papel de Pitt, inspirado en el general Stanley McChrystal, excomandante de las fuerzas de EE UU y la OTAN en Afganistán

Brad Pitt interpreta al general Glenn McMahon, un purasangre vestido de camuflaje. El personaje nació en el seno de una familia de militares y fue educado en West Point. También realizó estudios de posgrado en universidades privadas. El papel de Pitt está inspirado en el general Stanley McChrystal, excomandante supremo de las fuerzas de Estados Unidos y la OTAN en Afganistán. Su actuación, sin embargo, está basada en la encarnación que George C. Scott hizo de George Patton y en otros generales como Douglas MacArthur. Esto es mandíbula de hierro, pecho inflado y testosterona en exceso.

‘War Machine’, dirigida por David Michod (The Rover, Animal Kingdom) inicia con el arribo de McMahon a Afganistán. Barack Obama, al llegar a la Casa Blanca, debe lidiar con el conflicto iniciado por George W. Bush en 2001. El general es la apuesta del demócrata para limpiar el desastre en que se ha convertido la ofensiva contra la insurgencia talibán. El militar aterriza en Kabul junto con su círculo de confianza. Durante sus primeros contactos con diplomáticos y autoridades locales se da cuenta de que el camino que le espera es cuesta arriba.

McMahon visita al presidente de Afganistán, Hamid Karzai, interpretado por un gran Ben Kingsley. El general llega al palacio presidencial a la misma hora en que se convoca a la oración desde los minaretes. Cuando McMahon llega al despacho, Karzai y su ayudante están inclinados de rodillas. No rezan, están tratando de conectar un Blu Ray a la televisión. Las situaciones chuscas no son solo producto del ingenio de la producción, a cargo del productor Jeremy Kleiner (12 years a slave, Moonlight). La historia que da vida a este proyecto fue atestiguada por Michael Hastings, un periodista que siguió de cerca a McChrystal y su séquito durante varios meses en 2009. Hastings publicó la crónica en Rolling Stone. Su texto, The Runway General, se convirtió en una poderosa pieza de periodismo que costó el cargo al general. El estilo directo y audaz de McChrystal fue cándidamente retratado por el reportero, que describió cómo el militar se burlaba de la ignorancia de los civiles en estrategia militar y se quejaba amargamente con su Estado mayor de cómo nadie en Washington entendía lo que estaba tratando de hacer en Afganistán.

Renuncia por momentos al tono cómico y se convierte en una cinta antibélica que estudia también al macho alfa en uniforme

“Fui muy respetuoso de las tropas. Las veo, en gran parte, como víctimas de los destrozos que provocan los altos niveles”, explicó Michod a un grupo de periodistas latinoamericanos hace algunos días. El cineasta afirma que su película, que renuncia por momentos al tono cómico para entrar en el drama se convierte en una cinta antibélica que estudia también al macho alfa en uniforme. “War Machine es sobre la ambición masculina y la vanidad”, asegura. Dentro del personaje de Pitt, hay un drama que se desarrolla sin que él exprese sentimiento alguno. “Glenn experimenta una tragedia al entender que no está destinado a ser especial. Que solo es uno más entre nosotros”.

El cine bélico es parte de la genética de Hollywood. Las gestas épicas de los soldados inundaron las salas de cine continuamente desde finales de los cincuenta. Todos los grandes directores tienen en su filmografía una historia sobre conflictos armados. De David Lean a Stanley Kubrick hasta Clint Eastwood y Steven Spielberg. Michod llevaba años dando vueltas, buscando el proyecto adecuado para retratar los fiascos de Irak o Afganistán. Encontró en ‘The Operators’, el libro que Hastings publicó antes de morir en 2013 la historia que quería. Esta es tan triste como verdadera: “Hemos dejado de marchar en las calles para protestar en contra de las guerras. Nos hemos acostumbrado a ellas”.

La invasión se desató en respuesta a los atentados del 11 de septiembre de 2001 en EE UU, de los que este país culpó a Osama bin Laden

La guerra de Afganistán es una guerra que enfrentó en principio al Emirato Islámico de Afganistán gobernado por los talibanes y una vez derrocado este, a su insurgencia, por un lado, y a una coalición internacional comandada por Estados Unidos, por el control del territorio afgano. Comenzó el 7 de octubre de 2001 con la ‘Operación Libertad Duradera’ del Ejército estadounidense y la ‘Operación Herrick’ de las tropas británicas, lanzadas para invadir y ocupar el país asiático. La invasión se desató en respuesta a los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, de los que este país culpó a Osama bin Laden. Para iniciar la invasión, Estados Unidos se amparó en una interpretación peculiar del artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, relativo al derecho a la legítima defensa. El objetivo declarado de la invasión era encontrar a Osama bin Laden y otros dirigentes de Al Qaeda para llevarlos a juicio, y derrocar el gobierno del Emirato Islámico de Afganistán gobernado por el emir mulá Omar, que a juicio de las potencias occidentales apoyaba y daba refugio y cobertura a los miembros de Al Qaeda. La Doctrina Bush de Estados Unidos declaró que, como política, no se distinguiría entre organizaciones terroristas y naciones o gobiernos que les dan refugio.

Existen dos operaciones militares luchando por controlar el país. La ‘Operación Libertad Duradera’ es una operación de combate estadounidense con la participación de algunos países de la coalición y que actualmente se está llevando a cabo principalmente en las regiones del sur y del este del país a lo largo de la frontera con Pakistán. En esta operación participan unos 28.300 militares estadounidenses aproximadamente. La segunda operación es la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF), que fue establecida por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a finales de diciembre de 2001 para asegurar Kabul y las áreas de sus alrededores. La OTAN asumió el control de la ISAF en 2003. En julio de 2009, la ISAF tenía en torno a 64 500 militares de 42 países, proporcionando los miembros de la OTAN el núcleo de la fuerza. Estados Unidos tenía aproximadamente 29.950 soldados en la ISAF. En la invasión, Estados Unidos y Reino Unido llevaron a cabo la campaña de bombardeo aéreo, con fuerzas terrestres proporcionadas fundamentalmente por la Alianza del Norte. En 2002, fue desplegada la infantería estadounidense, británica y canadiense, avanzando con fuerzas especiales de varias naciones aliadas como Australia. Posteriormente se sumaron las tropas de la OTAN. El ataque inicial sacó a los talibanes del poder, pero éstos recobraron fuerza y posiciones desde entonces. La guerra ha tenido menos éxito de lo esperado en cuanto al objetivo de restringir el movimiento de Al Qaeda. Desde 2006, se ve amenazada la estabilidad en Afganistán debido al incremento de la actividad insurgente liderada por los Talibán, los altos registros de producción ilegal de droga, y un frágil gobierno con poco poder fuera de Kabul.

Los talibanes han negado cualquier implicación en “operaciones indiscriminadas que causan víctimas civiles”

El 28 de diciembre de 2014 el presidente de los Estados Unidos Barack Obama dio por finalizada la misión de la ISAF-OTAN en Afganistán y la ceremonia que se realizó en Kabul junto al comandante de la ISAF, el General estadounidense John F. Campbell en representación de las fuerzas de la ISAF supuestamente puso fin a los combates. El 1 de diciembre de 2014 el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, corroboró junto al presidente de Afganistán, Ashraf Ghani, y el jefe del Gobierno, Abdullah Abdullah, la continuidad de la misión aliada a partir del 1 de enero de 2015 en el país centro asiático denominada Operación Apoyo Resuelto y dicha misión se limitaría solo a entrenar y asesorar a las fuerzas afganas hasta fines de 2016. Cerca de 13.000 soldados de la OTAN participan en una misión de dos años (hasta 2016) para entrenar a las fuerzas afganas. El 15 de octubre de 2015 el presidente estadounidense Barack Obama anunció que mantendría 5.500 soldados en Afganistán cuando dejase el cargo en 2017, con esta decisión, pasa la resolución del conflicto a su sucesor. En junio de 2016 el presidente de EE UU, Barack Obama, autorizó ampliar el papel que desempeñan las fuerzas estadounidenses desplegadas en Afganistán. Este movimiento permitiría al ejército acompañar a las fuerzas convencionales afganas (solo podían ir junto a las especiales) en su lucha contra los insurgentes talibán. En julio de 2016 Obama aumentó el número de soldados estadounidenses para la permanencia en Afganistán con lo que se completaría en un total de 8.400 el número de efectivos en suelo afgano, luego de que el mulá Haibatulá Ajundzada declarara al igual que su predecesor el mulá Akhtar Mohamed Mansur que la paz llegara a Afganistán una vez que la ocupación en dicho país por tropas extranjeras cese.

Intervención del Ejército Rojo en apoyo del gobierno, la guerrilla lo recibía de EE UU, Arabia Saudita, Pakistán y otras naciones musulmanas

Afganistán, oficialmente República Islámica de Afganistán, es un país sin salida al mar ubicado en el corazón de Asia. El país se encuentra geográficamente en Asia Central, agrupado dentro de un bloque regional entre el subcontinente indio y el Medio Oriente, como una entidad religiosa, etnolingüística y geográfica relacionada con la mayoría de sus vecinos. Limita con Pakistán al sur y al este, con Irán al oeste, con Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán al norte, y con la República Popular China al noreste a través del corredor de Wakhan. En los últimos años las guerras y los conflictos se han sucedido en el país. En 1978 tuvo lugar la Revolución de Saur. El fuerte hostigamiento de los fundamentalistas islámicos provocó la intervención del Ejército Rojo en apoyo del gobierno, mientras que la guerrilla recibía el apoyo de Estados Unidos, Arabia Saudita, Pakistán y otras naciones musulmanas. En 1989 se retiraron los soviéticos, aunque la guerra civil prosiguió. En 1996 los talibanes impusieron un régimen basado en la Sharia. En 2001 los Estados Unidos derrocaron al gobierno talibán apoyados por una coalición internacional, como reacción a los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y respondiendo a una política de persecución del grupo Al Qaeda en la región por parte del gobierno estadounidense.

Afganistán tiene una población de 31.889.000 habitantes. La esperanza de vida es de 49 años. El 36% de la población está alfabetizada. El promedio de hijos por mujer es de 6,64, una de las tasas más elevadas del mundo, lo cual está provocando un crecimiento poblacional nunca visto en la historia del país. Afganistán es un país multilingüístico, multiétnico y multicultural, y además está en una encrucijada entre el este (China), el sur (Asia meridional, incluido Pakistán), el oeste (Oriente Medio, incluido Irán) y el norte (grupo de países de la antigua URSS). También fue un antiguo punto de encuentro del comercio y migración. A lo largo de la historia, la región de la moderna Afganistán fue invadida por varios pueblos, que incluyen los persas, griegos, árabes, turcos, mongoles, británicos, soviéticos, y actualmente por la coalición liderada por EE UU en 2001.

La población de Afganistán está dividida en un gran número de grupos étnicos. Como no se ha llevado a cabo un censo sistemático en el país últimamente, no hay disponibles cifras exactas del tamaño y composición de los variados grupos étnicos. Por lo tanto, la mayoría de las cifras son sólo aproximaciones. Según el CIA World FactBook (actualizado el 23 de noviembre de 2012), la distribución de grupos étnicos es el siguiente: Pasthunes, 42%; Tayikos, 27%; Hazaras, 9%; Uzbekos, 9%; Aimako, 4%; Turkmenos, 3%; Baloch, 2%; y otros, 4%. Los idiomas oficiales de Afganistán son el persa afgano o dari (persa), hablado por el 50% de la población, y el pastún (en inglés, Pashtun), hablado por el 35% de la población. Otras lenguas incluyen idiomas turcos, entre ellos, uzbeko y turcomano o turkmeno (este último, hablado por el 10% de los habitantes), así como 30 lenguas menores. El bilingüismo es común, y esta es una de las razones por las cuales los porcentajes resultan variables. Religiosamente, los afganos son predominantemente musulmanes (de los cuales aproximadamente 80-89% son sunníes y 10-19% son chiíes). Hay también minorías budistas, hinduistas y sijs. Una minoría judaísta milenaria se ha reducido desde hace algunos años. Muchos de estos judaístas huyeron en los noventa (durante la guerra civil y durante el régimen islamista radical de los talibanes) hacia los países vecinos, a Europa y al continente americano.

Durante los últimos años, Afganistán se ha mantenido fuera de la lista de países ordenados según su Índice de Desarrollo Humano elaborada por la ONU, debido a que no es posible recopilar datos suficientes para una correcta clasificación. En todo caso, cabría esperar que Afganistán fuera el último en dicho ranking, dado su escaso desarrollo económico y social. Afganistán es muy pobre; de hecho, en 1995 ocupó el puesto 192º (el último) en la clasificación de países según el consumo de calorías de su población. Miles de personas carecen de alimentos, vivienda y asistencia sanitaria. Entre 1979 y 2000, una tercera parte de su población abandonó el territorio, huyendo de la guerra, estimándose que son cerca de seis millones los refugiados afganos establecidos en Pakistán e Irán, quienes poco a poco han regresado a Afganistán.

Afganistán, la guerra más larga de la historia de los Estados Unidos, Talibán y ‘Estado Islámico’, una yihadista ‘cohabitación’. Con el peor atentado del siglo XXI cometido en su capital Kabul, este miércoles, con más de 100 muertos y centenares de heridos, aunque la cifra definitiva pudiera superar los 250 fallecidos, en las propias narices de Ashraf Ghani Ahmadzai; el presidente afgano ha tachado la matanza de “crimen contra la humanidad” al expresar su condena a través de Twitter; la detonación ha tenido que oírse en el propio palacio presidencial, conocido como Arg o Ciudadela, que se encuentra a apenas 800 metros en línea recta del lugar de la explosión; como ya sucediera tras el ataque al hospital militar de Kabul el pasado marzo, los talibanes han negado cualquier implicación en “operaciones indiscriminadas que causan víctimas civiles”; el desmentido está en línea con el intento del grupo de presentarse como una alternativa de gobierno frente al que califican de “marioneta de Occidente”; Brad Pitt y su ‘War Machine’ en Netflix encarna a George Patton y otros generales como Douglas MacArthur: mandíbula de hierro, pecho inflado y testosterona en exceso.

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