Black Mirror, el ‘Espejo Negro’ de la tecnología drogodependiente, destapó los ‘quereres gorrinos’ del político del ‘Brexit’ James Cameron

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Black Mirror, una de las series más populares de las que se incluyen en el catálogo de Netflix, estrena su quinta temporada, generando expectación por saber qué nos depararán los nuevos episodios de una de las producciones más polémicas por su contexto y contenido. La serie británica, ideada por Charlie Brooker, fue estrenada en el 2011 con ‘El himno nacional’. Un terrorista, quien es un artista reconocido, exige que el primer ministro británico haga el amor en televisión con una cerda, si quiere evitar la muerte de la infanta de la Familiar Real, adicta a las redes sociales y militante medio ambientalista… El guión destapó los quereres gorrinos del exprimer ministro James Cameron, en sus tiempos universitarios. “Mierda. Ahora resulta que Black Mirror se ha convertido en una serie documental”, comentaba su creador. Black Mirror es una distopía que nos ofrece un futuro cercano en el que los elementos tecnológicos imperan, siendo en algunos casos bastante dramáticos. Desde lentillas que nos permiten rebobinar en el tiempo para confirmar hechos, hasta producciones energéticas en base al esfuerzo o incluso una sociedad que se base en los likes de las redes sociales para permitirnos o no coger un vuelo.

 

Los tres nuevos episodios pretenden seguir la misma línea, con historias que nos hagan reflexionar sobre la tecnología y sus usos. Con un punto de vista dramático en algunos casos, pero verosimil en otros. Las tres nuevas tramas de Black Mirror, producción exclusiva de Netflix, están surgidas de la mente de Charlie Brooker y la productora ejecutiva Annabel Jones. Estas son las sinopsis y los títulos de cada nuevo episodio… ‘Añicos’ nos narra como un taxista, con un plan secreto, se convierte en el centro de atención en un día en el que todo se descontrola. ‘Rachel, Jack y Ashley, too’. Una adolescente solitaria sueña con conectar con su estrella pop favorita, una artista cuya existencia no es tan bonita como parece… ‘Striking Vipers’. Dos antiguos amigos de la universidad se reencuentran y viven una serie de acontecimientos que podría alterar sus vidas para siempre. El reparto de la nueva temporada de Black Mirror cuenta con actores de la talla de Miley Cyrus o Anthony McKie, conocido por su papel en la saga Vengadores de Marvel. Esta nueva remesa de capítulos llega tras ‘Black Mirror Bandersnatch’, una serie interactiva en la que el espectador decidía el futuro de los protagonistas en base a decisiones que variaban el transcurso de la trama en función de lo que escogiéramos.

 

‘Black Mirror’ muestra el lado oscuro de la vida y la tecnología. Cada episodio tiene un tono diferente, un entorno diferente, incluso una realidad diferente, pero todos son acerca de la forma en que vivimos ahora y la forma en que podríamos estar viviendo en 10 minutos si somos torpes. Brooker explicó el porqué del título de la serie a The Guardian, y señaló: “Si la tecnología es una droga -y se siente como tal- entonces, ¿cuáles son los efectos secundarios? Esta área, entre el placer y el malestar, es donde ‘Black Mirror’, mi nueva serie, está establecida. El ‘Espejo Negro’ (Black Mirror) del título es lo que usted encontrará en cada pared, en cada escritorio, en la palma de cada mano: la pantalla fría y brillante de un televisor, un monitor, un teléfono inteligente”.

‘El himno nacional’ era el título del primer episodio, emitido en el 2011. La miniserie produjo tan solo siete episodios: ‘The National Anthem’ (El himno nacional), 4 de diciembre de 2011; ‘Fifteen Million Merits’ (15 millones de méritos), 11 de diciembre de 2011; ‘The Entire History of You’ (Tu historia completa), 18 de diciembre de 2011; ‘Be Right Back’ (Ahora mismo vuelvo), 11 de febrero de 2013; ‘White Bear’ (Oso blanco), 18 de febrero de 2013; ‘The Waldo Moment’ (El momento Waldo), 25 de febrero de 2013; y el especial ‘White Christmas’(Blanca Navidad), 16 de diciembre de 2014. La aclamadísima ficción que nos llega desde Europa regresó con unas esperadas tercera y cuarta temporada, aunque ahora de la mano de Netflix, con nuevas historias increíbles sobre las nuevas tecnologías y su impacto en la sociedad. Hoy estamos ante su quinta temporada…

 

Unos amigos en Cancún nos explicaron los porqués de su ‘desaparición’: “Estamos siguiendo varias series estadounidenses a la vez…”

La televisión, gracias a sus nuevas ‘teleseries’, está viviendo un momento importante ‘enganchando’ a millones de ciudadanos. Hace poco más de un año, unos amigos vinieron al Hospital Galenia de Cancún a compartir unos momentos con nuestra familia tras el nacimiento de mi quinto nieto, Mauro, tras Amaia, Lucas, Telmo y Marcelo. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Nos explicaron los porqués de su ‘desaparición’: “Estamos siguiendo varias series estadounidenses a la vez…”. Hablamos, como no de Black Mirror y ‘El himno nacional’ donde es secuestrada una princesa de la familia real inglesa. El terrorista, quien es un artista reconocido, exige que el primer ministro británico haga el amor en televisión con una cerda… Me remito a la prensa: la Audiencia Nacional de España llamó por segunda vez a declarar al que iba a ser el concejal de Cultura y Deportes de Madrid, Guillermo Zapata por el presunto delito de “humillación a las víctimas del terrorismo”. La culpa, sus mensajes de apenas 140 caracteres subidos a Twitter: “¿Cómo meterías a cinco millones de judíos en un 600? En el cenicero”; “Han tenido que cerrar el cementerio de las niñas de Alcaser para que no vaya Irene Villa a por repuestos”; “Rajoy promete resucitar la economía y a Marta del Castillo”… Irene Villa resultó alcanzada por una bomba colocada por ETA cuando pasaba accidentalmente por el escenario del atentado terrorista, perdiendo sus piernas; las niñas de Alcaser fueron asesinadas; y Marta del Castillo es una joven a la que su novio y amigos mataron e hicieron desaparecer su cuerpo…

Zapata se disculpó a través de esta red social por dichos tuits y después decidió eliminar su cuenta de Twitter @casiopeaexpres. “Algunos chistes que he hecho en mi Timeline están produciendo enfado. Siento si es así. El Holocausto me parece deplorable y terrible”. “No soy en absoluto antisemita, al contrario, siempre me ha interesado la cultura judía y no me ha gustado su criminalización jamás”. “Siempre me ha gustado el humor negro y cruel. Lo considero una expresión sana para reírnos de los horrores que hacemos los seres humanos”.

 

La imaginación apocalíptica del Reino Unido, un género tan idiosincrático como la mismísima reina o el té de las cinco

Mientras esto ocurría en la capital de España, en Londres, unos días antes, se revelaba que el actual premier, David Cameron realizó, en sus años de universitario, actos sexuales con la cabeza de un cerdo. Así que llevaba algún tiempo dándole vueltas a cómo colar, un año después de su último capítulo, una reflexión actualizada sobre Black Mirror. La a realidad real, esa de ahí fuera, ha venido a echarme una mano. Porque Black Mirror, como sabemos sus seguidores más fieles, no es una serie distópica, ni mucho menos un intento de predicción futura: es una ficción retro, un relato que habla en pretérito. De hecho, el propio Charlie Brooker, asombrado por las semejanzas entre el testimonio de lord Ashcroft (quien destapó la excentricidad de Cameron) y el primer capítulo de su serie, tuiteó: “Mierda. Ahora resulta que Black Mirror es una serie documental”. Y es que ya saben el argumento de aquel ‘National Anthem’: el primer ministro británico copula con una cerda en ‘prime time’ para, siguiendo las instrucciones del terrorista, salvar a una princesa secuestrada.

Black Mirror pertenece a una ilustre genealogía a la que un reciente programa de BBC Radio 4, ‘Very British Dystopias’, otorgaba carta de naturaleza como un género tan idiosincrático como la mismísima reina o el té de las cinco. Aunque son muchos quienes han avanzado teorías sobre el origen de esta inclinación nacional por la imaginación apocalíptica, es a Robert Lee Martínez a quien debemos la aproximación más iluminadora sobre el asunto. Según cuenta en su ‘No future: The Realist Impulse in Dystopian Fictions in Britain, 1973-1987’, a la II Guerra Mundial y la amenaza de los sistemas autoritarios, catalizadores de las más clásicas distopías (que podríamos remontar al ‘Brave New World’ de Aldous Huxley o al ‘1984’ de George Orwell), les sucede en Gran Bretaña un periodo donde el optimismo de posguerra pronto se verá traicionado por repetidas crisis económicas y políticas liberalizadoras que harán concebir el presente como un tiempo distópico.

 

La posguerra mundial y la era atómica dan lugar a la llamada ‘época paranoica’ y sus relatos en un futuro de regímenes totalitarios

La Guerra Fría y la era atómica ofrecerán el decorado a una programación que, en clave local, se llena de huelgas masivas, atentados del IRA, represión estatal, acciones de grupos paramilitares, conflictos armados y hooliganismo, todo ello en medio de la dramática desarticulación de la clase obrera. Esta es la salsa en la que, tras la crisis del petróleo del 73 y el ascenso de Margaret Thatcher al poder (1979-90), se cuecen las principales estéticas del desencanto, una new wave que traduce musicalmente el malestar del día a día (Sex Pistols, The Clash, Joy Division, The Cure) y que en otros órdenes artísticos contempla la aparición de algunos de los últimos grandes narradores de ciencia ficción (J. G. Ballard, Arthur C. Clarke, A. Burgess), los grandes gurús del cómic distópico (Alan Moore, Grant Morrison) y los directores más celebrados del cine futurista con sello de autor (Stanley Kubrick, Terry Gilliam, Ridley Scott). Hablamos del periodo que sienta las bases éticas y estéticas de estas distopías tan británicas en las que se incluye Black Mirror y de las que podríamos trazar un pequeño (e inexacto) recorrido cinematográfico en cuatro fases…

La posguerra mundial y la era atómica dan lugar a la llamada ‘época paranoica’ y sus relatos ubicados en un futuro de regímenes totalitarios, apocalipsis nucleares o invasiones extraterrestres, entre los que destacan programas televisivos como ‘The Quatermass Experiment’, ‘1984’ (la primera versión cinematográfica y la adaptación televisiva), ‘Dr Wo’…

Las crisis de los años setenta y ochenta sitúan la crítica social en el centro de la imaginación distópica, con representaciones que exploran un presente alternativo donde se extreman las dinámicas cotidianas (no en vano, la segunda adaptación cinematográfica de ‘1984’ se estrena en 1984). ‘Fahrenheit 451’ (de producción británica), ‘La naranja mecánica’ o ‘Brazil’ integrarían este ilustre conjunto. Los años noventa y la primera década de los 2000 privilegian, por su parte, los efectos del cambio climático y los avances en la ingeniería genética. Recordemos que la oveja Dolly nace en 1996 y que en 2003 se presenta la secuencia completa del genoma humano, lo que motiva películas como ‘Doce monos’, ‘Veintiocho días después’, ‘Resident Evil’ o ‘Hijos de los hombres’.

El último giro se produce tras la revolución de las tecnologías de la comunicación y sus repercusiones sobre la identidad personal (reaparece el cyborg), así como la crisis económica de 2008, que vuelve los ojos hacia la gobernabilidad económica y social. Aquí destacan ‘V de vendetta’ (la película), ‘Black Mirror’, ‘Ex-Machina’ o ‘Humans’ (que camina por su primera temporada), mientras podríamos preguntarnos cuántas dosis de retrodistopía política contiene ‘Juego de tronos’.

 

Testimonia la dirección única que adopta la utopía tecnológica en su impulso hacia el universo inmutable del androide

La serie sitúa a personajes y espectadores sobre una precaria resistencia a las innovaciones, reacios a aceptar el escenario propuesto, en que la realidad digital se anticipa a una realidad física que aparece como consecuencia accidental de la primera. El impulso distópico de Black Mirror se refleja en el anuncio de la progresiva eliminación de los restos de humanidad, descritos como imperfectos y fallidos, que aún subsisten de la relación con la máquina.

Si la serie no se interesa por los desequilibrios políticos es porque sugiere que el elemento que nos separa de la armonía social reside en nosotros, en una condición “demasiado” humana que ya no está a la altura de la eficacia y estabilidad de la máquina. De este desbalance surge la autodestrucción que persigue a los personajes, que o bien se ven superados por una tecnología que no saben manejar (en ‘The Entire History of You’ el dispositivo de memoria extrema los celos, hasta el enloquecimiento, de un protagonista que no puede dejar de reproducir las escenas en que advierte la traición de su esposa), o sufren una condena social vinculada a la lógica de la repetición, como ocurre en ‘White Bear’ y en ‘White Christmas’, donde los individuos son sometidos a penas infinitas disfrazadas por la asepsia de lo digital.

Black Mirror testimonia la dirección única que adopta la utopía tecnológica en su impulso hacia el universo inmutable del androide, la renuncia a las pasiones y contradicciones en favor de la permanencia del sistema. Nada de desarreglos: las múltiples elecciones de las que dispone el nuevo hombre deniegan la entropía en favor del control y el cálculo: gimnasio diario, productos orgánicos, chequeos periódicos, hidratación, yoga, dejar de fumar, reducir el café, dormir lo idóneo para una existencia automatizada que contempla cualquier tentación dionisíaca como un desvío que resta ‘Merits’.

 

Charlie Brooker es un caballero británico que con su pluma tiene la elegante y envidiable capacidad de incomodar a demasiada gente

Quizá la mejor manera de enfrentarse a los tres primeros capítulos de ‘Black Mirror’ sea sin saber absolutamente nada sobre los mismos. Visionarlos sin haber sido contaminados por tan siquiera una sinopsis previa. Obviamente llegar virgen y puro a la proyección reforzaría el impacto de la obra y por dicho motivo la primera recomendación lógica sería invitarles a saltarse este texto y lanzarse sobre la miniserie en el caso de que no lo haya hecho todavía. Pero del mismo modo, y a sabiendas de que muchas veces son necesarios incentivos para dedicarle más de cuarenta minutos a algo en lo que no rueda una pelota, durante estas líneas se intentará explicar a los rezagados qué es lo que ofrece Black Mirror y, sobre todo, examinar sus tres primeros capítulos sin reventarlos en la medida de lo posible, reservando el sitio para la sorpresa, pero al mismo tiempo tratando de inocular el interés.

Charlie Brooker es un caballero británico que con su pluma tiene la elegante y envidiable capacidad de incomodar a demasiada gente. De hecho, además de caballero y británico el hombre es bastante cafre y gamberro. Y gusta de rebozarse en sus principales filias (la tragedia humana, la televisión y el videojuego) amparado por la sátira y haciendo gala de un humor bastante corrosivo y cabrón. Brooker comenzó ejerciendo de dibujante en Oink! para a continuación trabajar como redactor y encargado de una tira cómica en las páginas de Pc zone, una famosa revista de videojuegos donde, además de una sección en la que insultaba a los lectores que se animaban a escribir al magazine, consiguió la loable meta de causar polémica y que se llegaran a retirar números de algunos kioskos al bromear mediante una ilustración con el salvajismo contra los animales a costa de Tomb Raider. Más adelante saltó al periódico The Guardian como afilado columnista. Y siguió liándola: finiquitó un artículo sobre el presidente George W. Bush con la provocativa línea “John Wilkes Booth, Lee Harvey Oswald, John Hinckley Jr. ¿Dónde estáis ahora que os necesitamos?” y aquel chiste de tosco grosor le reportó una colina de entrañables amenazas de muerte. Brooker aseguró que no esperaba una reacción tan desmesurada mientras se aflojaba el cuello de la camisa, pero continuó con bastante éxito (Columnista del año en los British Press Awards del 2009) plasmando opiniones e idas de pinza varias (como la sección Ignopedia, una wikipedia en versión ignorante) en el mencionado periódico y su suplemento.

 

‘Black Mirror’, título por el espejo tintado que son las pantallas de los monitores de ordenadores, televisiones, teléfonos móviles…

También comienza a pasearse por radio y sobre todo a través de varias franjas de la televisión como guionista, presentador o mente creativa. Facturó Screenwipe, Newswipe y Gameswipe, programas donde revisaba con un tono bastante mordaz la programación de la parrilla televisiva, los medios de comunicación y los videojuegos respectivamente. También destaca en su currículo el haberse aliado con otro provocador irreverente como es Chris Morris (a quién quizá conozcáis por su papel en ‘The IT Crowd’) para escribir la serie ‘Nathan Barley’ y sobre todo para firmar parte del pasadísimo guión de un épico capítulo de ‘Brass eye’, una serie de falsos documentales satíricos creada por Morris. Concretamente aquella entrega que llegaría a desencadenar toda una tormenta de polémicas e iras de figuras públicas: el especial pedofilia. O una sorna de genial título alternativo (‘Paedogeddon’) sobre la psicosis e hipocresía de los medios de comunicación ante la pedofilia. Y mientras todos rugían, ellos tan anchos por lo irónico que acabó resultando todo el asunto.

En 2008 Brooker salta a la fama adquiriendo cierta repercusión mundial al idear una nueva serie de cinco capítulos que surge de una idea bastante chalada: mezclar el cine de terror con la particular visión que el mismo tiene del entretenimiento catódico moderno. Nace ‘Dead set’, o lo que es lo mismo: Gran Hermano con zombis. La idea tiene miga y guasa; una invasión zombi se propaga entre las gentes y causa lo típico en esos casos de fenómenos naturales desatados: muertos vivientes a granel, alegre pandemia y allá te lo montes luchando para que nadie te coma el culo. El pánico se apodera de toda la población. ¿Toda? No. Un irreductible grupo de concursantes de Gran Hermano, completamente ajenos al apocalipsis zombie, continúan en el interior de la televisiva casa participando como si el programa no hubiese pasado a un segundo plano en lo que viene a ser el interés popular prioritario. La inaudita propuesta convenció hasta al más incrédulo del sector crítico y fue nominada a un BAFTA como mejor serie dramática.

Y llegados a finales 2011, el gamberrete de Brooker se saca de la manga para Channel 4 otra serie de breve extensión (tan sólo tres capítulos) titulada ‘Black Mirror’. La productora se encargaba de promocionarla como una especie de The Twilight zone (aquí conocida como Dimensión desconocida o En los límites de la realidad) mezclada con los Tales of the unexpected de Roald Dahl en versión tecnológica. No era, en absoluto, una mala carta de presentación.

El Black Mirror del título se refiere a ese espejo tintado que son las pantallas de los monitores de nuestros ordenadores, de nuestras televisiones, de nuestros teléfonos móviles y de todos aquellos aparatos domésticos que han llegado a adquirir tanta importancia en la sociedad. Dicho título, y por tanto el simbolismo tecnológico que representa, es lo único que tienen en común los tres capítulos, puesto que ni comparten personajes, ni lugares, ni eventos y ni siquiera el mismo plano de la realidad. La serie además se caracteriza por dejar a un lado cualquier indicio de comedia pura y centrarse en el drama visceral. En realidad, en el tono general de la obra, una ironía pesimista y muy cruel, parece dedicarse a darle una paliza continua a toda felicidad que trate de asomar la cabeza. Lo cual en el fondo, y desde un punto de vista muy sádico, tiene bastante gracia.

 

‘El himno nacional’ cuestiona a los medios de comunicación y su papel al forzar las decisiones de un gobierno a golpe de ‘trending topic’

‘Black Mirror’ es, en tan sólo sus tres primeros capítulos autoconclusivos e independientes, potente y contundente. Una sátira moderna que impacta y una puesta al día de aquel aire fantástico que tenía la ‘Dimensión desconocida’ utilizando la obsesión por la tecnología como motor y excusa. Black Mirror es una patada en la entrepierna con saña y alevosía mientras tú estabas tuiteando que te encontrabas a punto de recibir una patada. ‘El himno nacional’. El primer capítulo transcurre en un futuro no demasiado lejano y su trama nace y se construye en torno a una extorsión demencial que se nos desvela durante los primeros minutos de historia, un chantaje pasadísimo de rosca cuya principal demanda se encuentra en las antípodas de la sutileza. La perversa firma de Brooker en el guión resulta omnipresente. Lo más interesante de todo es que a partir de aquí el capítulo toma la férrea decisión de construir un thriller político totalmente en serio. Y lo sorprendente es que lo consigue sin tambalearse hacía lo puramente mundano y zafio, como hubiera sido de esperar.

‘El himno nacional’ cuestiona a los medios de comunicación y su papel en una sociedad que cada vez dispone más herramientas (twitter, facebook o youtube) para extender con suma facilidad y a la velocidad de la luz cualquier noticia e incluso forzar las decisiones de un gobierno a golpe de ‘trending topic’. Pero también aborda otras cuestiones: el valor de la dignidad humana, el deber de la figura pública, la existencia de una sociedad deshumanizada y abotargada ante un degradante espectáculo televisivo. Pan y circo. Con animales.

El capítulo funciona de manera inteligente en su base: tras el desquiciado arranque el espectador habrá mordido el anzuelo, y la consecuente maratón contrarreloj para abordar de un modo u otro la crisis le resultará como mínimo curiosa. Pero sus méritos van más allá; está narrado con destreza, convirtiendo en elegante algo que en absoluto lo es y manteniendo un pulso constante entre el drama y ese humor negrísimo que se respira. Rory Kinnear está patéticamente perfecto en su papel. El conjunto es una especie de ‘The Thick of It’ en plan Historias Asombrosas pasado por un filtro jodido y demente en el que se alumbran algunos instantes brillantes, como aquel en el que la jocosidad de la población ante la situación acaba convirtiéndose poco a poco en compasión. Y una vez visto el capítulo, desde un punto de vista más lejano se hace presente que nos acaban de contar un chiste cruel, una fábula de sádica sorna, y que lo han hecho manera estupenda. Pasatiempo mental propuesto: Imaginarse a los dirigentes políticos de la Tierra condenados al mismo destino del primer ministro del capítulo y tratar de calcular cuántos de ellos lo harían. Cuantos lo harían por vicio, me refiero.

 

‘15 millones de méritos’, el reinado del monitor es todopoderoso, las personas irán armadas con una garrafa de colirio debajo del brazo

‘15 millones de méritos’. La segunda entrega de Black Mirror rompe de manera radical con la ambientación de la predecesora y nos introduce en un mundo aparentemente mucho más alejado en el tiempo y notablemente diferente al actual: todo es distópico, orwelliano, y tecnológicamente grandilocuente. La presentación del entorno en el que malvive el protagonista es lo más llamativo por el ingenio desplegado: la publicidad violentamente invasiva en la vida diaria, el uso del sistema de puntuación que da título al capítulo e incluso el adoptar elementos de la actual generación de consolas de videojuegos para que la sociedad de ese mundo se vea reflejada en la pantalla de una manera que vaya más allá de lo meramente refractario. El reinado del monitor es todopoderoso y uno se pregunta cómo es posible que en ese futuro las personas no vayan armadas en todo momento con una garrafa de colirio debajo del brazo.

El guión nos presenta una enorme maquinaria en funcionamiento, pero se olvida a propósito de quién está detrás de ella para contarnos las desdichas de un personaje que trata de sobrevivir intentando no ser fagocitado por el propio sistema. De repente, nos cuelan el referente televisivo contemporáneo: si en ‘Dead set Brooker’ introducía Gran Hermano en la historia, aquí hace lo propio fotocopiando otro famoso concurso de masas popular y mongólico pero dotándolo de tanta importancia como para que sea el detonante de los principales acontecimientos.

Estamos ante una historia de ritmo pausado que insiste en fustigar de manera constante y cruel a su protagonista, un hombre que pedalea constantemente solo para descubrir que cualquier atisbo de luz al final del túnel acaba convirtiéndose en un tren que viene de frente. Ironías crueles, la sociedad como una masa maleable y conformista, los falsos ídolos y la naturaleza extirpada y digitalizada a través de una pantalla. ‘15 millones de méritos’ es el capítulo más complejo estéticamente pero el más flojo del conjunto por comparación; no tiene el poder de desencajar mandíbulas del primero ni el de jodernos la tarde del tercero, pero esto no quiere decir que sea malo en absoluto, en realidad está a un nivel muy superior a la mayoría de propuestas televisivas actuales. Quizá palidece junto a sus dos hermanos por recorrer caminos más transitados, por lo que la crueldad del cuento nos resulta más predecible al no resultar tan difícil aventurar el destino del protagonista. Pero aun así funciona. Su producción está llena de ocurrencias ingeniosas y su libreto hila bien los detalles logrando también momentos notables: como ese infierno personal, al que es sometido el protagonista tras la participación de su amiga en el concurso, que convierte un visionado obligatorio de las pantallas en una desalmada condena.

 

‘Toda su historia’ contiene uno de los grandes momentos de la historia de la televisión reciente, la escena del encuentro sexual

‘Toda tu historia’. Se construye la trama en torno a un revolucionario avance tecnológico que ha cambiado por completo la existencia de todo ser humano. Su guión funciona como un puñetero o’clock reloj suizo. Baste citar la propia presentación del innovador artilugio y cómo se lleva a cabo de manera impecable en tres escenas consecutivas: mediante un viaje en taxi conocemos su existencia, en un aeropuerto descubrimos que su uso es universal, y por último durante una reunión de varios personajes entendemos sus aplicaciones sociales y cómo se utiliza comúnmente. Y a partir de aquí se desata un tornado. La brillantez se basa en construir el capítulo alrededor de este avance futurista, pero hacerlo ahondando en algo mucho más personal e íntimo que el mero relato fantástico. Tan personal como puede serlo una relación de pareja y sus problemas. La discusión, la desconfianza como germen autodestructivo, el temor a lo impensable, merendarse la cabeza una y otra vez repasando los hechos por pura obsesión y multiplicar esa incómoda sensación al entrar en juego el aparatito y la evidencia digital irrevocable, dudar de todo y sobre todo de la persona que tienes a tu lado. Toda tu historia empieza estupendamente pero coge carrerilla para ir a más, son cuarenta minutos desbordados de buenas ideas (el método para vigilar al hijo y a su canguro, el uso del aparato como argumento durante una discusión) y donde todo parece estar escrito o existir para encajar perfectamente en algún momento concreto del relato (la razón por la que una chica no consigue lograr por teléfono que la policía llegue a tiempo) remarcando la sensación de continuidad, lógica y mimo de este último cuento.

Y su epílogo, las últimas imágenes del protagonista tras la tormenta tienen un encanto visual sumamente desasosegante. El tercer capítulo de Black Mirror funciona como un reloj y aplasta como un martillo, los actores son competentes como para resultar totalmente creíbles y humanos, por eso mismo el agónico desenlace tiene el doble de fuerza. Y es de agradecer que de todos los caminos posibles a desarrollar una idea de ciencia ficción con tantas posibilidades se haya optado por el menos obvio, la pequeña escala, los sentimientos y la traición. Y se ha acertado de pleno. Es un broche perfecto a la trilogía televisiva de Brooker.

A todo esto hay que añadir que también contiene uno de los grandes momentos de la historia de la televisión reciente, un instante fugaz que aun así es oro puro: la escena del polvo. Ese encuentro sexual que se nos muestra es una ocurrencia tan brutal, pesimista, representativa y devastadora que una vez contemplado como mínimo habría que levantarse del sillón y enmarcar la televisión. Esa televisión. Y su aterradora pantalla negra.

 

 

El distópico Trump no vió ‘El Himno Nacional’, provocando carcajadas al decir que no tendría una ‘buena relación” con Cameron

El primer ministro británico calificó como “estúpida, divisiva y equivocada” la propuesta del magnate Donald Trump en cuanto a prohibir el ingreso de musulmanes a Estados Unidos. El candidato republicano a la Casa Blanca consideró que es poco probable que llegue a tener una “buena relación” con  David Cameron, quien dijo que su propuesta de prohibir temporalmente el ingreso de musulmanes a Estados Unidos era “estúpida, divisiva y equivocada”. Donald, con estas declaraciones, ha provocado más de una sonrisa maliciosa. No entiende porqué el neoyorquino, quien no se ha empatado con Black Mirror y ‘El Himno Nacional’, y no está muy informado del ‘Piggate’ desatado… Cameron criticó a Trump en el Parlamento británico por sus ideas radicales para frenar el extremismo en EE UU y sugirió que el multimillonario de Nueva York, quien había conseguido prácticamente la nominación republicana a las elecciones presidenciales, sería mal recibido en el Reino Unido. “Parece que no vamos a tener una muy buena relación ¿Quién sabe?”, dijo Trump a la cadena de televisión británica ITV en una entrevista emitida días atrás, al ser consultado sobre cómo serían los lazos bilaterales si ganara los comicios del 8 de noviembre.

James Cameron no se equivocaba sobre el que se proclamó presidente de Estados Unidos y hoy busca la reelección. Hace unos días, coincidiendo con el 75 Aniversario del Desembarco de Normandía de las tropas estadounidenses para apoyar a Europa a liberarse de Adolf Hitler y su nazismo, en Londres arreciaron las movilizaciones de los ciudadanos contra Donald Trump y sus ‘arrebatos electorales’ que le llevaron a plantear a su socio, México, del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, un ‘Muro Arancelario’, para obligarle a frenar la migración de Honduras, El Salvador y Guatemala. México planteó meses atrás un Plan Marshall para Centroamérica para lograr mejorar las condiciones de vida de hondureños, salvadoreños y guatemaltecos en sus propios países, para que no se vean obligados a huir de la extrema pobreza y miserias. México está dispuesto a financiar ese Plan Marshall migratorio pero necesita del apoyo de Estados Unidos y Canadá. Hay países de la Unión Europea que estarían dispuestos a apoyar económicamente la iniciativa de Andrés Manuel López Obrador. Su Canciller Marcelo Ebrard logró en Whashington paralizar el nuevo muro trumpiano que iba a comenzar a levantarse este lunes, 10 de junio, con unos aranceles de un 5% sobre los productos exportables mexicanos.

Ante sus arrebatos electorales para lograr su reelección para mantenerse en la Casa Blanca,  la propia reina de Inglaterra se ‘resguardo’ de Donald Trump. En el Palacio de Buckingham, en la cena oficial de Estado, Isabel II portó una tiara con 96 rubíes para protegerse… Atención a la tiara escogida por la reina, conocida como ‘Burmese Ruby and Diamond Tiara’ (o sea, tiara de diamantes y rubíes birmanos). La pieza tiene su propia historia, una que daría para escribir otra columna. Contiene partes de una tiara que fue regalada a la reina por su boda (en 1947) y, además, 96 rubíes que Birmania regaló a la reina en los años setenta. La corona actual fue elaborada en 1977 por la histórica joyería londinense Garrard, favorita, además de Isabel II, de Diana de Gales y de Kate Middleton. En una nota de prensa recogida hace algunos años por la prensa británica, la casa joyera explicó que “los 96 rubíes son un gesto simbólico, ya que los estos en la cultura birmana protegen de la enfermedad y del mal: en este caso para proteger a la persona que los lleve de los 96 males que pueden afectar a los seres humanos”.

 

El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), en inglés North American Free Trade Agreement (NAFTA) y en francés Accord de libre-échange nord-américain (ALÉNA), es una zona de libre comercio entre Canadá, Estados Unidos y México. El pacto permite reducir los costos para promover el intercambio de bienes entre los tres países. Este acuerdo es una ampliación del antiguo Tratado de Libre Comercio de Canadá y Estados Unidos que fue firmado el 4 de octubre de 1988 para la formalización de la relación comercial entre los dos países. En 1990, el bloque entró en negociaciones para ser reemplazado por un tratado que incluyera a México. El 10 de junio de 1990, Canadá, Estados Unidos y México acuerdan establecer un tratado de libre comercio, el 5 de febrero de 1991 inician las negociaciones del TLCAN, por lo que el Acuerdo Comercial fue firmado por el presidente estadounidense George H. W. Bush, el 8 de diciembre de 1992, por el primer ministro canadiense Brian Mulroney, el 11 de diciembre de 1992 y por el presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari, el 14 de diciembre de 1992. Asimismo, los tres países lo firmaron el 17 de diciembre de 1992 y entró en vigencia a partir del 1 de enero de 1994, cuando se cumplió con el procedimiento de ratificación por parte del poder legislativo de cada país que lo suscribió. Al firmarse el TLCAN se planteó un plazo de 15 años para la eliminación total de las barreras aduaneras entre los tres países. Además, se acordó que debían ser retiradas las restricciones existentes al comercio de varios productos, incluyendo vehículos de motor y piezas para estos, las computadoras, textiles y la agricultura. El tratado también protege los derechos de propiedad intelectual (patentes, derechos de autor y marcas comerciales) y destacó la eliminación de las restricciones de inversión entre los tres países. Medidas relativas a la protección de los trabajadores y el medio ambiente se añadieron más tarde como resultado de acuerdos complementarios firmados en 1992….

 

A diferencia de la Unión Europea, el TLCAN no crea un conjunto de organismos gubernamentales supranacionales ni crea un cuerpo de leyes por encima de las leyes nacionales de cada país. El TLCAN es un tratado en virtud del derecho internacional. Bajo las leyes de los Estados Unidos, se clasifica como un acuerdo ejecutivo del Congreso, lo que refleja un sentido peculiar del término “tratado” en el derecho constitucional de los Estados Unidos, donde el mismo no queda sujeto a las prácticas del derecho internacional o sujeto a las leyes de otros Estados. Hay quienes sostienen que este tratado para el comercio regional en América del Norte benefició a la economía mexicana y ayudó a enfrentar la competencia planteada por Japón y la Unión Europea. Sin embargo, otros argumentan que Canadá y México se convirtieron en “colonias” de los EE UU, y que, como consecuencia del TLCAN, aumentó la pobreza en México y agravó el desempleo en los EEUU. Hacer el dólar la única moneda en las transacciones comerciales entre los socios del TLCAN implicó una seria resistencia por parte de la sociedad mexicana e incluso por ciertos sectores del gobierno donde existía el miedo a la pérdida de la identidad nacional mexicana. Hasta el 2009, el proceso de integración fue completado. Si bien México está más ligado a los Estados Unidos que a Canadá. El 30 de septiembre de 2018, se anunció que Estados Unidos, México y Canadá habían llegado a un acuerdo para reemplazar el TLCAN con el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC o USMCA por sus siglas en inglés). El T-MEC, firmado el 30 de noviembre de ese año, es el resultado de la renegociación del TLCAN que los estados miembros realizaron entre 2017 y 2018, aunque el TLCAN seguirá vigente hasta que sus miembros lo ratifiquen.

 

“Soy un unificador, a diferencia del presidente demócrata Obama”, decía el entonces candidato Trump, ejercitando sus ‘fake news’

“Bueno, en primer lugar, no soy estúpido. Les digo ahora mismo que soy todo lo contrario. Y en segundo lugar, en términos de división, no creo que sea una persona divisiva. Soy un unificador, a diferencia de nuestro actual presidente”, comentaba, sin rubor, el entonces candidato anaranjado Donald Trump, en referencia al mandatario demócrata negro Barack Obama. El portavoz de James Cameron dijo que el primer ministro conservador no se retractaría de sus comentarios sobre el supremacismo y racismo del multimillonario de Manhattan. Washington  es el aliado más estrecho de Londres. Las firmas estadounidenses representan las mayores inversiones directas en el Reino Unido y la denominada “relación especial” con la Casa Blanca ha sido la base de la diplomacia británica desde la Segunda Guerra Mundial. Los comentarios a menudo controvertidos de Trump, en temas que van desde la integración de las comunidades musulmanas, la inmigración, los asuntos de género y el futuro de las relaciones con la OTAN y Rusia, han generado fuertes críticas de aliados como Berlín o París. Sin embargo, los líderes de Francia o Alemania no han llegado tan lejos como Cameron en sus críticas al precandidato republicano, quien, tras ganar las elecciones asumió el mando de una de las naciones más poderosas del mundo y la mayor economía global.

 

El #piggate de David Cameron demuestra una vez más que la vida no es más que un reflejo de la ficción televisiva,  la vida imita a las series

Meses atrás nos topamos con una noticia que nos está trayendo, todavía, a excepción de Donald Trump que no se enteraba, a todos de cabeza: el primer ministro inglés podría haber realizado actos sexuales con un cerdo en su época universitaria. Uno podría pensar que el recuento que hace el escritor Michael Ashcroft en su libro ‘Call Me Dave’ de las jornadas de iniciación a una sociedad estudiantil en la Universidad de Oxford por el aquel entonces, joven David Cameron, suscitaría en el mundo respuestas que se moverían entre el asco absoluto y la incredulidad férrea, contemplando todo lo que quepa entremedias. Pero se equivocaría. Porque lo que realmente nos sorprende de la noticia no es que el representante político de una de las mayores potencias del mundo pudiera haber insertado su pene en la boca de un cerdo decapitado para mayor deleite propio y de sus compañeros. Lo que llevamos días gritando desde los tejados de nuestras redes sociales y nos tiene completamente locos es que ¡esto es exactamente lo que ocurría en el primer episodio de Black Mirror! En nuestra sociedad televisiva por tradición y seriéfila por méritos continuados recientes, es el traslado de la ficción más esperpéntica a la realidad lo que nos tiene a todos descolocados, y no, como podríamos imaginar, el acto esperpéntico en sí.

‘The national anthem’, el capítulo que ahora está en boca de todos, fue la carta de presentación de una de las series más alabadas de nuestra era. ‘Black Mirror’ arrancaba su andadura un 4 de diciembre de 2011 tal que así: La princesa Susannah es secuestrada, y la única condición que pone su raptor para dejar en libertad a este amado miembro de la familia real, es la retransmisión en directo del acto sexual entre el premier británico y un cerdo. De entre todas las cosas que pasaron por la cabeza de Charlie Brooker, autor de la serie, durante la creación de esta improbable premisa (improbable hasta hace unos días, al menos), algo nos dice que tener que hacer una declaración pública vía Twitter sobre su desconocimiento absoluto de los hechos relatados en el libro de Ashcroft, no era una de ellas. “Espero que White Bear no sea el siguiente en hacerse realidad”, bromeaba Brooker, recordando otro de los episodios más comentados de su serie (del que no desvelaremos más para no estropearle la fiesta a los que aún estén por catar las mieles de esta joya británica seriéfila). Pero las cosas se complican cuando nuestra percepción cultural, perfilada por el consumo desatado de series al que nos hemos abandonado gustosos, da lugar a conjeturas, comentarios y, en el peor de los casos, bromas cuestionables.

Las series llevan tiempo tomándole el pulso a la sociedad con una destreza que nada tiene que envidiarle a otros medios contemporáneos. Y otras, directamente, han conseguido ver nuestro camino antes de que decidiéramos emprenderlo. En su momento, cuando un senador demócrata de Illinois empezaba a sonar con fuerza como candidato a la presidencia de los Estados Unidos, muchos no podíamos evitar pensar en lo parecida que era la trayectoria de ese tal Barack Obama con la de Matthew Santos en la serie ‘El Ala Oeste de la Casablanca’: los dos eran candidatos relativamente jóvenes y atractivos, luchando contra un oponente más asentado, los dos tenían que defender su valía frente a la percepción pública de poca experiencia, los dos tenían que enfrentarse a la barrera política que suponía su etnia, y los dos se ganaban la opinión pública gracias, en gran parte, a su oratoria… Lo que no sabíamos cuando contemplábamos boquiabiertos y con sensación de ‘déjà vu’ el ascenso de Obama en la escalera política norteamericana, es que, cuatro años antes de que éste se decidiera a participar en las elecciones presidenciales, los guionistas de la serie creada por Aaron Sorkin se habían fijado en él como modelo a partir del que esculpir el personaje interpretado por Jimmy Smits. No sería la primera vez que la ficción televisiva predeciría el futuro panorama político. Ahí está la ‘House of Cards’ original, que se quitó de en medio a Margaret Thatcher poco antes de que a la Dama de Hierro le hicieran las maletas en la vida real. Y seguramente, esta serendipia atroz y fascinante que relaciona a David Cameron con Black Mirror, tampoco será la última. Puede que el arte imite a la vida, pero la vida imita a la televisión.

@SantiGurtubay

www.educacionyculturacancun.mx

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