Derogada una ley del siglo XVII, promulgada por el rey danés Cristián IV, que permitía asesinar vascos en Islandia por cazar ballenas

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Una ‘circular’ de 1615 permitía ejecutar a los balleneros vascos, procedentes del norte de España, en concreto de la Bahía de Deba, cercana a mi ciudad natal de Eibar, en el distrito de los Fiordos Occidentales de Islandia y nadie se acordó de derogarla hasta 400 años después, el 22 de abril del 2015. La orden ejecutiva la promulgó el rey danés Cristián IV y la hizo cumplir Ari Magnússon, jefe de la región, para que sus vecinos persiguieran a los pescadores guipuzcoanos y vizcaínos que acababan de sufrir un naufragio: mataron a 32, la mayor masacre de la historia islandesa, no tan pacífica…

Hace apenas cuatro años, se celebró por fin una ceremonia de reconciliación en el pueblo de Hólmavik, a orillas del fiordo en el que se hundieron los tres galeones vascos. Colocaron una placa en una roca volcánica, las autoridades islandesas y guipuzcoanas dieron sus discursos, un descendiente de los asesinos y otro de los asesinados se abrazaron, luego leyeron poemas, escucharon música, visitaron un yacimiento arqueológico. Resultó bastante más agradable que la orgía de hachazos, pedradas, decapitaciones y desmembramientos de 1615. Animado por el buen ambiente, el señor Jónas Gudmundsson, presidente actual del distrito de los Fiordos Occidentales, anunció la buena noticia: quedó derogada la ley que permitía asesinar vascos. Luego aclaró que era una broma. O sea: que antes tampoco se podía, que en Islandia tienen leyes que prohíben asesinar a personas en general, vascos en particular. Pero que la orden de 1615 estaba ahí, que era bonito anularla, que ahora los turistas vascos podrán ir con más tranquilidad.

Que no se enfaden los islandeses, ahora que somos amigos, pero las cosas eran así: ellos no sabían cazar ballenas. Solo aprovechaban las que encallaban en la costa. Las remataban, se comían la carne y empleaban los huesos en la construcción de casas. La expresión islandesa para desear buena suerte es ‘hvelreki’, una palabra que incluye el sustantivo ballena y el verbo varar. Buena suerte: que una ballena quede varada en tu playa.Tampoco aprovechaban las ballenas a escala industrial, como hacían los vascos, que desplegaron sus factorías para fundir grasa y obtener aceite a lo largo del Atlántico Norte, desde las islas Svalbard hasta Terranova. Aquello sí que era un negocio: cada tonel de aceite de ballena se vendía en Europa por el equivalente a cinco mil euros actuales, y había galeones que transportaban mil o dos mil toneles en cada temporada.

Cuando los vascos llegaron a Islandia, mantuvieron buenas relaciones con los locales: pagaban tasas por el derecho a cazar ballenas en sus aguas, por el derecho a desembarcar en tierra firme para descuartizarlas y fundir la grasa, por el derecho a recoger madera. Se las pagaban directamente a los jefes islandeses, lo que rompía el monopolio del rey de Dinamarca, soberano también de Islandia. Además, los vascos y los islandeses se compraban y vendían mercancías. El rey danés empezó a mosquearse. La relación entre balleneros y locales fue buena y duradera. Lo demuestra la existencia de un rudimentario idioma vasco-islandés, lo que los expertos llaman un ‘pidgin’: una lengua improvisada, un chapurreo que en este caso incluía términos vascos, islandeses, ingleses y franceses. En un instituto de Reikiavik se conservan dos glosarios del siglo XVII que recogen 745 palabras: es el primer diccionario de otra lengua, después del latín, en la historia de Islandia. Mucho de los términos en euskera pertenecen al dialecto labortano, de lo que se deduce que la mayoría de los balleneros procedían del puerto de San Juan de Luz, del País Vasco francés.

En los glosarios se recogen cientos de palabras sueltas como schularua (del vasco eskularrua: guante), eskora (aizkora: hacha) o unat (hunat!: ¡ven aquí!). Y un buen número de frases: “Christ Maria presenta for mi balia, for mi presenta for ju bustana”. Es decir: si Cristo y María me dan una ballena, para mí el cuerpo y para ti la cola. O algo parecido. Con otras frases se podría, ejem, ensamblar algún diálogo: “Fenicha for ju” (follar contigo); “Sumbatt galsardia for?” (¿por cuántos calcetines?); “Gianzu caca” (vete a comer mierda)… Eran amigos pero hablaban como balleneros, claro.

 

Islandia, seguramente el país más pobre de Europa, llevaba varios inviernos horribles y bordeaba la hambruna, sufriendo ataques piratas

En 1615 las cosas se torcieron. Islandia, seguramente el país más pobre de Europa, llevaba varios inviernos horribles y bordeaba la hambruna. También había sufrido ataques piratas. De hecho, las primeras veces que aparecieron los galeones balleneros vascos, los tomaron por atacantes. Esa primavera, el rey danés Cristián IV proclamó que los islandeses tenían derecho a atacar a los vascos, tomar sus barcos, saquear sus posesiones y, si hacía falta, matarlos. Ese año llegaron tres galeones guipuzcoanos y se instalaron en un fiordo del oeste de Islandia. Hubo algún rifirrafe: un grupo de pescadores islandeses atacó a dos chalupas balleneras atrapadas entre los hielos de una bahía, “para adquirir cierta fama matando vascos”, según Jón Gudmunsson, cronista del siglo XVII, autor del relato más detallado de la masacre: ‘Un relato verdadero de los naufragios y las luchas de los españoles’. Un granjero islandés robó grasa de ballena, unos vascos robaron unas ovejas, unos y otros se enzarzaron en pequeñas broncas. A pesar de todo, la campaña transcurrió bien. Los vascos cazaron once ballenas, fundieron la grasa y vendieron la carne, muy barata, a los islandeses. Cuenta Gudmunsson que incluso arponearon unas ballenas pequeñas para regalárselas a los habitantes de algunas aldeas costeras.

El 19 de septiembre, los tres capitanes vascos echaron cuentas, cerraron la campaña, prepararon los barcos para regresar a San Sebastián y celebraron una cena con vino tinto. Esa noche llegó el desastre: la tormenta, las olas como murallas, los bloques de hielo lanzados contra los cascos, la madera reventada, la inundación, los galeones a pique con las bodegas repletas de aceite. Y al final, cuando callaron los gritos, 83 hombres en tierra firme. 83 hombres empapados y congelados en tierra firme, bajo una tormenta, en un páramo subártico, sin comida, sin barcos, con un invierno de seis meses por delante. Cerca de ellos, algunas aldeas de campesinos y pastores famélicos, agotados tras un invierno que duraba ya cuatro años sin tregua, con las cuatro ovejas esqueléticas que aún sobrevivían.

Las ovejas: el capitán donostiarra Martín de Villafranca pretendió comprar algunas. Los islandeses se negaron, no querían morir de hambre. Villafranca visitó al sacerdote Jón Grímsson, le reclamó unas deudas de los islandeses por una cantidad de grasa de ballena que semanas atrás no importó nada, y que ahora era argumento de vida o muerte. Villafranca quería que Grímsson le pagara la deuda en ovejas. El sacerdote dijo que no le debía nada. Los hombres de Villafranca lo agarraron, lo zarandearon, le colocaron una soga al cuello, hicieron el amago de ahorcarlo, lo dejaron y se fueron.

 

Les clavaron cuchillos en los ojos, les cortaron las orejas, las narices y los genitales, les rajaron el cuello y los lanzaron al mar

Esa sería la acusación más grave contra Villafranca y sus hombres, en un juicio que se celebraría dos semanas después sin su presencia: las amenazas de muerte al sacerdote. Ari Magnússon, jefe de la región de los Fiordos Occidentales, esgrimió ante doce jueces la carta del rey danés que les permitía matar a los vascos. Y dieron la orden. Para entonces, ya habían matado a los primeros. Las tripulaciones del capitán Aguirre y del capitán Tellería, 51 hombres en total, remaron por la costa en varias chalupas hasta que encontraron un velero en un pequeño puerto. Lo robaron, siguieron por la costa islandesa, pasaron varios meses pescando, robando ovejas, sobreviviendo como podían, y se sabe que al final consiguieron otro barco mayor y zarparon de regreso a San Sebastián. No consta si llegaron.

De los 32 hombres del capitán Villafranca, en cambio, no se salvó ninguno. Se dispersaron en varias chalupas y a uno de los grupos, formado por 14 hombres, lo sorprendieron pasando la noche en una cabaña de la costa. Una tropa de campesinos islandeses asaltó la cabaña, mató a los vascos y se entretuvo un buen rato con los cadáveres. Fueron “mutilados, deshonrados y hundidos en el mar, como si fueran paganos de la peor especie y no pobres e inocentes cristianos”, escribió el cronista Gudmundsson, a quien se le nota la repulsa por sus compatriotas y la compasión por los vascos, que fueron cazados durante varias semanas a través de Islandia.

En los siguientes episodios, los islandeses fueron encontrando y matando a los vascos desperdigados. Les clavaron cuchillos en los ojos, les cortaron las orejas, las narices y los genitales, les rajaron el cuello, luego ataron los cadáveres de dos en dos, espalda con espalda, los pasearon por los pueblos y los lanzaron al mar. La escena final puso frente a frente a los dos protagonistas: al capitán Martín de Villafranca y al jefe Ari Magnússon. Villafranca estaba con sus dos últimos hombres en una cabaña, intentando calentarse con una hoguera, cuando las tropas de Magnússon llegaron pegando tiros. El capitán donostiarra se rindió y se puso de rodillas delante de Magnússon y del cura Grímsson, que le acompañaba. Dice el relato que Villafranca habló en latín al cura para pedirle perdón y clemencia, que el cura lo perdonó, y que en ese momento uno de los islandeses se echó encima del vasco y le pegó un hachazo en el pecho. Villafranca echó a correr hasta la orilla, se zambulló en el mar y cumplió un prodigio: nadó.

 

El capitán donostiarra Villafranca nadó mientras cantaba en euskera la letra más conmovedora que jamás habían oído los islandeses

Un prodigio: los islandeses no sabían nadar. En ese océano helado nadie nadaba, porque nadie podría sobrevivir en ningún caso. Dice el cronista, rendido de admiración por el capitán donostiarra, que Villafranca nadó mientras cantaba en una lengua extraña la canción más conmovedora que jamás habían oído los islandeses. Los hombres de Magnússon no parecían demasiado sensibles a los cantos bellos, porque saltaron a una chalupa gritando con furia y remaron a por Villafranca. “Nadaba como una foca o una trucha”, dice la crónica. Uno de los islandeses le acertó con una pedrada en la cabeza y lo recogieron medio muerto del agua. Terminaron el trabajo a conciencia: lo llevaron a la orilla, lo desnudaron y con un cuchillo lo rajaron desde el pecho hasta el ombligo. Villafranca intentó ponerse de pie, escribe Gudmundsson, y sus entrañas se desparramaron. El capitán donostiarra, que tenía 27 años, se desplomó y murió. Los islandeses se rieron ante el cadáver destripado, “alguno mostró curiosidad por ver lo que hay dentro de un hombre”, y luego fueron a matar a los dos vascos que quedaban vivos. Así terminaron con los 32 balleneros vascos, en la mayor masacre de la historia de Islandia. Limpiaron sus cuchillos, Ari Magnússon dejó en vigor la ley que permitía matar vascos en sus dominios de los fiordos occidentales y el 22 de abril de 2015, un sucesor en su cargo la anuló.

Julia Montejo, guionista y profesora universitaria, no tenía ni idea de que la salida de su libro ‘Lo que tengo que contarte’ (Lumen), basado  en ese suceso histórico coincidiese con la derogación de esa ley. Hace diez años esta escritora leyó en un libro del historiador y antropólogo vasco José Antonio Azpiazu un párrafo en el que se hacía referencia al aparejo de pesca que utilizaban los balleneros en Islandia. Y a los sucesos que se desarrollaron cuando un grupo de ellos quedó atrapado en los fiordos en el siglo XVII y el posterior abordaje a un barco británico para poder volver a tierra. La tripulación hizo un pacto de silencio. Montejo se sintió intrigada por la historia y durante dos años ha estado documentándose y armando su novela.

 

Entre la tripulación viaja una mujer, vestida de hombre, a la que le asignan las tareas de grumete, escapa de su pueblo en pos de la libertad

Los personajes viajan en el tiempo para contar al lector varias hazañas: una la de las personas que viven en el siglo XXI y otra la hazaña que tuvieron que sortear los pescadores para después de terminada la campaña de pesca poder volver a sus tierras de origen, Guipúzcoa y San Juan de Luz. Entre la tripulación viaja una mujer, vestida de hombre, a la que le asignan las tareas de grumete. Ella escapa de su pueblo con el único afán de lograr la libertad y una vida de aventura. La tragedia se cierne sobre el grupo de balleneros cuando el gobernador de Islandia Ari Magnússon, ordena la matanza de los vascos sin juzgarlos. “No era por lo que habían hecho, sino por lo que podrían hacer. En realidad, era una simple cuestión de estrategia. Al gobernador le interesaba estar bajo el mandato del rey de Dinamarca, que había autorizado expresamente el uso de la violencia frente a quienes pusieran en peligro su monopolio mercantil”, señala Montejo.

La escritora, que durante diez años ha trabajo como guionista y directora de cine -en Los Ángeles escribió y dirigió la película ‘No Turning Back’ (Sin retorno), con la que logró varios premios internacionales-, explica que el escribir guiones le ha ayudado para escribir una novela. “Sé que lo que tienes que hacer es entretener y enganchar al lector con un texto bien armado. No me cuesta nada volver a escribir y tirar aquello que no sea interesante…”.

 

Dice una leyenda más o menos creíble que Cristóbal Colón sabía que los vascos habían llegado a tierra desconocida mucho antes que él

Así fue el infierno de los balleneros vascos en Islandia. Una novela rescata la terrible matanza ocurrida en Islandia a principios del siglo XVII. Dice una leyenda más o menos creíble que Cristóbal Colón sabía que los vascos habían llegado a tierra desconocida mucho antes que él, pero que prefirieron mantenerlo en secreto para proteger sus intereses comerciales. Sea cierta o no, los vascos se echaron originalmente a la mar porque no podían vivir con lo que la tierra les daba. Eran extremadamente pobres, y por eso se exponían a los riesgos de vivir en alta mar, porque no tenían mucho que perder. En torno a 1615, una expedición partió cerca de la Bahía de Deba (Guipúzcoa) dirección Islandia. Fueron en busca de ballenas, de su preciada grasa, pero sufrieron una de las mayores afrentas a las que nunca se ha enfrentado el pueblo vasco. Los sucesos fueron de tal magnitud, que tanto unos como otros se esforzaron por silenciarlos. La matanza, revivida ahora por las autoridades locales, aparece novelada en ‘Lo que tengo que contarte’ (Lumen), el último libro de Julia Montejo.

Todo empezó como tantas otras primaveras. Una docena de barcos partieron con la intención de hacer aquello que ni los propios islandeses se atrevían a intentar: cazar ballenas. “Cuando piensas que estos hombres iban a pecho descubierto con apenas unos arpones… ¿Cómo tienes que estar de hambriento para ganarte así la vida? -se pregunta la autora-. La necesidad convirtió este oficio en la tabla de salvación de muchos españoles del siglo XVII”. Navegaron hasta Islandia, donde originalmente vivían “aquellas personas que no querían vivir bajo el yugo de ningún Rey”, explica Montejo. Como cada verano, los vascos pactaron entregar parte de sus útiles de pesca a los islandeses cuando terminasen con la caza de ballena. A cambio les dejaban ocupar su isla y les entregaban el ‘vadmal’, una tela muy apreciada en todo el Cantábrico. La campaña de pesca fue un éxito y a finales de verano celebraron una especie de despedida. Pero ese mismo día, una tempestad destrozó los navíos españoles e hizo imposible volver a España. Llegó el invierno y con él todo tipo de penurias: frío, pocas horas de luz y mucha escasez, lo que complicó la relación con los islandeses. “Si en una aldea viven veinte y de repente hay 120… ¿Qué haces? No puedes alimentarlos -explica la autora-. Por eso se desata en parte la matanza, porque saben que antes o después irán a por ellos para poder comer”. Murieron 32 marineros.

Solo unos pocos lograron sobrevivir y llegaron a casa abordando un barco inglés. Los que salieron de allí con vida juraron no contar nada de lo sucedido, por eso la historia permaneció tanto tiempo en el olvido. “Para los islandeses fue una vergüenza y para los vascos también, porque al final fue un fracaso de expedición y tuvieron que hacer cosas terribles”, detalla Montejo, que ha narrado con rigor y ligereza uno de los capítulos más sorprendentes de la historia de España.

 

La mayor actividad de los balleneros vascos fueron los siglos XIV y XV, hasta la llegada de flotas holandesas, británicas y alemanas

Dicen de ellos que son recios y también nobles. Que a buenas lo dan todo y, a malas, también. Fuertes, sufridos y, en su fondo, sensibles, los vascos dejaron un poso milenario en Islandia allá por 1615, cuando 32 balleneros fueron asesinados en West Fjords en el que se conoce como el único asesinato en masa del país. Aquellos vascos de antaño eran náufragos pero los islandeses creyeron que tenían que defenderse de ellos. Para matarlos, fue necesario crear una ley que lo permitiera. El pasado 22 de abril, cuatro siglos después de aquel suceso, Islandia ha dado marcha atrás en su aversión ‘euskalduna’ y ha revocado la norma que la consentía. Como homenaje a los marineros vascos que perecieron entonces, se ha levantado una placa recordando lo sucedido. Jónas Guðmundsson, comisario del distrito de Hólmavík, donde sucedieron los hechos y ahora su recuerdo, ha reconocido que han aprovechado la ocasión para tener una jornada de alegría. En la web islandesa Mbl.is ha afirmado que “lo hacen más por diversión” que por otras razones porque, “por supuesto, ya hay leyes en Islandia que prohíben el asesinato”.

Fue su predecesor hace cuatro siglos, Ari Magnússon, quien tomó la decisión de cortar por lo sano cuando 32 marineros vascos decidieron dejarse caer por Islandia. Y luego se le olvidó que se había puesto en marcha una ley para poder hacerlo. Para dar por terminada esta permisividad islandesa respecto a matar vascos, se celebraron, durante cinco días, las jornadas ‘La muerte de los balleneros vascos en Islandia’, organizadas por el Instituto Vasco Etxepare y la Asociación de Amistad Islandia Pais Vasco y en las que también han colaborado el Centro de Estudios Vascos, la Diputación Foral de Guipúzcoa y el Gobierno de Islandia.

El primer dato sobre la pesca de ballenas por los pescadores vascos data del año 670. Un cargamento de diez toneladas de aceite de ballena fue enviado al Monasterio de Jumieges a orillas del Sena. La especie era la ballena franca o negra (Eubalaena glacialis), considerada extinta comercialmente. La mayor actividad de los balleneros vascos fueron los siglos XIV y XV y a raíz de que las flotas holandesas, británicas y alemanas comenzaron con esta actividad comenzó a desaparecer esta especie del Golfo de Vizcaya. Esta pesca se realizó en un principio en las costas del mar Cantábrico. La especie que se pescaba era la ballena franca. La pesca intensiva en las costas hizo que los vascos perfeccionasen sus sistemas de pesca hasta lograr llegar primero al mar del Norte y progresivamente a Islandia y más tarde a las costas de Labrador y Terranova en (Canadá). Aparte de ballenas también buscaban comerciar con pieles y, sobre todo, pescar bacalao. Todo este comercio y relación con los pobladores locales tuvo como consecuencia la aparición de sendas lenguas criollas o pidgin: el vasco-islandés en Islandia y el algonquino-vasco en Terranova y Labrador.

 

La pesca se realizaba en las costas del Cantábrico, para lo cual se disponía de atalayas en las que un vigía observaba el paso de las ballenas

La pesca de la ballena franca tenía la ventaja de que una vez muerta, ésta no se hundía como ocurría con otras especies. Esto supuso que principalmente se utilizasen dos técnicas para pescarlas. La captura se realizaba en las costas del Cantábrico, para lo cual se disponía de atalayas en las que un vigía observaba el paso de las ballenas. En el momento adecuado daba un aviso al puerto de tal forma que los arrantzales (pescadores) se subían a sus txalupas (los botes), tras lo cual se iniciaba una carrera por arponear primero a la ballena, ya que el primero obtenía ciertos privilegios en la venta del animal, derivándose de ello disputas entre los distintos pueblos costeros. La temporada de pesca tenía lugar tras la vuelta de sus cuarteles de alimentación en el mar del Norte en otoño, entre octubre y mayo. Sobre todo estaban presentes desde noviembre a marzo, que eran los meses que duraban los contratos de las compañías para la pesca de ballenas (Ciriquiaín, 1961; Castañón, 1964). En las tres primeras décadas del siglo XVII, se pagaron al monasterio de Santa María de Caión (La Coruña) los diezmos correspondientes a las ballenas capturadas y su distribución temporal muestra una presencia constante y no un simple tránsito de ejemplares a otras latitudes. Las ballenas entraban en los meses de octubre a noviembre hacia los puntos más interiores del Golfo de Vizcaya, más tarde entre diciembre y enero se desplazaban hacia alta mar y hacia el oeste, hasta llegar a las costas de Galicia en los meses de abril a mayo. En un principio, los balleneros vascos esperaban a que apareciesen ante sus puertos, pero posteriormente y ante la progresiva escasez de ballenas fueron persiguiéndolas por toda la costa cantábrica mediante una navegación de cabotaje, perfeccionando así sus técnicas.Años después lo aprendido en costas cercanas lo emplearon para llegar a Islandia y Terranova en busca de bacalao y las otrora abundantes ballenas.

Ya que la mayor parte de los ballenatos de menor tamaño de esta especie son capturados en el primer bimestre del año, la presencia de ballenas francas en las aguas del Cantábrico se correspondería con la época de partos y periodo inmediatamente posterior. Esto permite suponer que es probable que los partos tuvieran lugar en las proximidades y no que fuesen ejemplares de paso hacia latitudes más meridionales. Cabría suponer que los partos pudiesen tener lugar en las resguardadas rías gallegas, teniendo en cuenta que el padre Martín Sarmiento aseguraba en el siglo XVIII que penetraban en la ría de Pontevedra. “…en época fija, pero que por no haber arponeros ni disposición para esta pesca, nadie las ofendía y dejaban correr pacíficamente en aquellas aguas”. Si las rías fuesen lugar de concentración de ballenas, los balleneros vascos se hubiesen establecido allí, en lugar de haberlo hecho en la Costa de la Muerte, o en la de Lugo, que presentan una línea costera mucho más expuesta. En contra de esta hipótesis parece situarse la opinión del licenciado Molina, que en 1550 decía que en Caión y Malpica hay muchas ballenas. “… porque estos puertos son muy bravos a la continua y comúnmente las ballenas acuden donde las ondas y la mar andan siempre muy alta. Y así aquí, en ciertos tiempos del año, como que es en los meses de diciembre, enero y febrero, que es la mayor sazón, ay grande matanza de ellas”.

 

El 14 de mayo de 1901 se pesca la última ballena franca en Orio, aunque se mató con dinamita, ya que no quedaban vestigios de técnica tradicional

Por lo que se deduce que no necesitaban abrigos especiales para parir, y todo el mar Cantábrico sería lugar adecuado para los partos, preferiblemente las zonas costeras, dada la estrechez de la plataforma continental, lo que las haría más fácilmente detectables desde la costa. La actividad ballenera tradicional fue desapareciendo con las ballenas a lo largo del siglo XVIII. Es más difícil si cabe conocer el cese de la actividad en los puertos vascos, ya que se continuó pescando ballenas en Terranova, y en Vizcaya y Guipúzcoa se arponearon ocasionalmente ballenas a lo largo del siglo XIX. Entre 1517 y 1662 los pescadores de Lequeitio pescaron 45 ballenas, de las cuales 7 eran crías. Entre 1637 y 1801 los pescadores de Orio pescaron 55 ballenas. Entre 1728 y 1789 pescadores de Guetaria pescaron 12 ballenas, y los años anteriores una media de 4 a 10 por año. El 14 de mayo de 1901 se pesca la última ballena franca en Orio aunque se mató con dinamita, ya que no quedaban vestigios de la técnica tradicional, en honor a lo cual se compuso una canción…

“Mila bederatzieun da/lenengo urtean/Maiatzaren amalau/garren egunian/Orioko erriko/barraren aurrian./Balia agertu zan/beatzik aldian./Aundia ba zan ere/azkar ibilian./Bueltaka an zebilen/jun da etorrian./Ondarra arrotuaz/murgil igarian./Zorriak zeuzkan eta/aiek bota nahian./Ikusi zutenian/ala zebilela/beriala jun ziran/treñeruen bila./Arpoi ta dinamitak/eta soka bila./Aguro ekartzekoetzan jende hila./Bost treñero juan ziran/patroi banarekin./Mutil bizko bikain/guztiz onarekin./Manuel Olaizola/eta Loidirekin./Uranga, Atxaga ta/ Manterolarekin./Baliak egindako/ salto ta marruak/ziran izugarri ta/ ikaratzekuak/atzera egin Gabe/ango arriskuak/arpoiakin il zuten/an ziran angoak./Bost txalupa jiran da/erdian balia/gizonek egin zuten/ bain naiko pelia./Ikusi zutenian/il edo itoa/legorretikan ba zan/ biba ta txaloa./Amabi metro luze/gerria amar lodi/Buztan pala lau zabal/albuetan para bi./Ezpañetan bizarrak/beste ilera bi/orraziak bezala/ain zeuzkan ederki./Gorputzez zan mila ta/berreun arrua./Beste berreun mingain/ta tripa barruak./Gutxi janez etzegon/batere galdua./Tiñako sei pezetan/izan zan saldua./Gertatua jarri det/ egiaren alde./Au orrela ez ba da/jendiari galde./Biotzez pozturikan/atsegintsu gaude./Gora oriotarrak/esan bildur gabe.”

“En el año de mil novecientos uno/día catorce de mayo/delante de la barra de Orio/apareció, a eso de las nueve,/una ballena./Si bien era grande,/se movía ágilmente./Ahí andaba a vueltas/yendo y viniendo/removiendo la arena al sumergirse,/pues tenía piojos/y trataba de deshacerse de ellos./Enseguida que vieron/que así andaba/fueron en busca de las traineras/de arpón, dinamita y sogas./Para traerlo rápido/no era gente adormecida./Fueron cinco traineras/cada una con su patrón./Con hombres adiestrados/y fornidos./Con Manuel Olaizola y Loidi,/con Uranga, con Atxaga,/y con Manterola./Los saltos y gritos/que daba la ballena/eran inmensos y terribles/sin que les amedrentaran/aquellos riesgos/la mataron con el arpón/los que allí estaban./Rodeando a la ballena/cinco chalupas./Dura pelea la que libraron/aquellos hombres./Cuando la vieron/ muerta o ahogada/se oyeron desde tierra/vivas y aplausos./De largo doce metros/la cintura, diez de grueso./La pala de la cola cuatro de ancho/a los lados dos palas./En los labios, las barbas/tenía en dos hileras; tan bien ordenadas/como un peine./Mil doscientas arrobas/tenía el cuerpo./Otras doscientas la lengua/y el contenido de las tripas,/por falta de comer/no estaba perdida.A seis pesetas por barril/fue vendida./He contado lo que ocurrió/en favor de la verdad./Preguntad a la gente/si no fue así./Estamos satisfechos/de corazón./Decid sin miedo/vivan los oriotarras.”

 

Para la pesca en alta mar en el Cantábrico y Terranova se formaba una expedición financiada por cofradías, ayuntamientos o adinerados

La segunda técnica se utilizaba en la pesca en alta mar (tanto en el mar Cantábrico como en las expediciones a Terranova). Esta técnica se hizo necesaria debido a la paulatina extinción de la ballena de las costas cantábricas, lo que provocó la necesidad de adentrarse en el mar. Para esta pesca en alta mar se formaba una expedición financiada por cofradías, ayuntamientos o adinerados; y todos ellos con un objetivo común: poder comercializar los productos que se extraían de la ballena. La pesca de una ballena provocaba una gran rivalidad entre los diferentes puertos pesqueros, ya que los productos extraídos de la misma daban jugosas ganancias. La principal fuente de ganancia estaba en la grasa del animal, posteriormente convertida en aceite a la que se denominaba saín. Se utilizaba en el alumbrado y ardía sin desprender humo ni dar olor, y las barbas, que constituía uno de los escasos materiales flexibles de la época. La carne apenas se consumía en España, pero se salaba y se vendía a los franceses. Los huesos servían como material de construcción, adorno y para la elaboración de muebles. El escaso uso de los productos perecederos (carne de la ballena) se debe a que la venta en el interior de España era muy dificultosa, ya que hasta 1750 no hubo caminos carreteros que comunicasen la costa con la meseta. Aparte de que cuando se construyeron, el transporte se hacía a lomos de mulas o carros, cogiendo nieve por el camino en invierno. Por lo que era muy poco práctica su venta. Todo el comercio y la elaboración de productos daba un gran impulso a la economía vasca; sobre todo a aquellos pueblos que se encontraban en las rutas de comercialización de esta materia.

La presencia de los balleneros vascos al otro lado del Atlántico fue especialmente patente en Red Bay, Labrador, desde donde se fletaban al menos 15 barcos por temporada destinados a la pesca de las ballenas que se encontraban migrando entre las costa del Labrador y de Terranova. Esta presencia supuso una gran influencia de los vascos sobre el territorio, la cual se mantiene hasta la actualidad, ya que muchos de los nombres de las ciudades, calles, personas, etc. son en euskera. Otro ejemplo de esta influencia la podemos ver en la inclusión de la ikurriña en el escudo de San Pedro y Miquelón. Además, en Red Bay podemos encontrar el Museo de los Balleneros Vascos, en el cual se expone una txalupa casi íntegramente conservada, puesto que estuvo atrapada en una nao vasca que naufragó en las costas del Labrador.

 

Historias y leyendas sobre los balleneros vascos y la posibilidad de que llegaran al Continene America antes que Cristóbal Colón

Son numerosas las historias que rodean la figura de los balleneros vascos. Una de las más importantes es la que habla sobre la posibilidad de que llegasen Continente Americano en el año 1375 (exactamente a Terranova) mucho antes de lo hiciera Colón en 1492.2​ Muchos investigadores también sostienen que al menos una veintena de hombres que partieron del golfo de Vizcaya y Bayona en 1412 y arribaron al territorio de Terranova. Esto no ha podido ser demostrado arqueológicamente, pero estas hipótesis se alimentan de que fueron los vikingos los que introdujeron en el País Vasco la técnica de construcción naval que utilizaron los balleneros vascos y que se diferenciaba de forma clara de la utilizada típicamente en el Cantábrico. Este hecho, junto a la suposición de que fueron los vikingos los que descubrieron América, hace crecer la leyenda de que antes de Colón, los vascos ya habían realizado expediciones a dicho continente.

Otra historia asociada a los balleneros vascos, pero que tampoco se ha podido demostrar, cuenta que es posible que la desaparición de las últimas colonias vikingas en Groenlandia sobre el siglo XV se debe a posibles ataques de balleneros-piratas vascos. Por otro lado, existen otras muchas historias demostradas, tal como la que cuenta que sobre el siglo XV unos exploradores franceses que se encontraban en Terranova, se toparon con unos indígenas que les saludaban “Apezak hobeto!”. No fue hasta un tiempo más tarde cuando un marinero vasco descubrió que era euskera, y que resultaba que existía la costumbre entre los marineros vascos de responder a la pregunta “Zer moduz?” (¿Qué tal?), con la frase: “Apezak hobeto!” (¡Los curas mejor!). La matanza de los españoles (en islandés, Spánverjavígin) de 1615, fue un asesinato colectivo ocurrido en Islandia en el siglo XVII. Ese año, un grupo de balleneros vascos, que habían viajado a Islandia a la pesca de cetáceos, se vio obligado a pasar en esa isla el invierno cuando un vendaval destrozó sus buques. La hostilidad hacia los extranjeros causó numerosos conflictos con la población local de la región de Vestfiroir, que terminaron con el asesinato colectivo de todos los que no se cuidaron de huir a tiempo. Un crimen instigado por las autoridades locales que provocó la brutal muerte de 32 hombres.

De estas andanzas nos han quedado los esqueletos completos de tres ballenas francas: Museo de la Sociedad Oceanográfica de Gipúzcoa (pescada entre Zarautz y Getaria); Museo Zoológico de Copenhague (pescada en Zarautz): Museo Zoológico de Nápoles (pescada en Getaria). Algunos de los pueblos que tienen en sus escudos ballenas representadas, fruto de su pesca en el Cantábrico, son: En Labort (costa vascofrancesa): Guéthary, Biriatou,[cita requerida] Hendaya, Bidart[cita requerida] y Biárriz; en Guipúzcoa: Fuenterrabía, Motrico, Guetaria, San Sebastián, y Zarauz; en Vizcaya: Bermeo, Lequeitio, Plencia, y Ondárroa; y en Cantabria: Castro Urdiales

 

La sidra vasca que llevaban los pescadores vascos les salvó del escorbuto, a diferencia de los nórdicos que llevaban cerveza en sus bodegas

Es de destacar, la relación de los pescadores y marinos vascos con la sidra: ya que los pescadores vascos que iban a Groenlandia y Terranova a la pesca del bacalao y la ballena, llevaban cantidad de barricas de sidra en las bodegas de sus barcos. Este hecho explica la ausencia de escorbuto entre los marineros vasco-cantábricos, al contrario de lo que sucedía entre los nórdicos, que se abastecían de cerveza. Esta práctica fue decayendo paulatinamente junto con la pesca de la ballena. Durante los siglos XVI-XVII las factorías balleneras vascas repartidas por las costas de Terranova, Labrador y el golfo de San Lorenzo llegaron a reunir hasta nueve mil personas en algunas temporadas y constituyeron la primera industria en la historia de América del Norte. Incluso se formó una sociedad amistosa con los nativos micmac y beothuk, que trabajaban para los vascos a cambio de pan y sidra. Está documentado que los vascos llevaron a toda la Península Ibérica, incluso hasta Andalucía, Flandes, Groenlandia y Terranova, y cuando se estableció la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, a Venezuela, entre otros destinos.

La desaparición de la ballena “de los vascos” de las costas Cantábricas se tradujo en la desaparición de los balleneros vascos hacia el siglo XVI-XVII. En 2006, la asociación Albaola Elkartea realizó la expedición ‘Apaizac Obeto, Canadá 2006’ en la cual recrearon una txalupa ballenera y recorrieron las rutas de los balleneros vascos, utilizando la indumentaria y alimentación de la época.

 

El bertsolari Jon Maia, uno de sus siete tripulantes de la aventura ‘Apaizac Obeto’ que recreó los viajes de los balleneros vascos de los siglos XVI y XVII. Juan Antonio Migura, periodista bergarés, antiguo compañero en tareas de El Diario Vasco en el Bajo Deba, nos describe los relatos de Maia, quien en un libro nos describe las gestas de aquellos arrantzales que surcaban, en busca de cetáceos, las aguas del Atlántico Norte canadiense. Xabier Agote, Jon Maia, Iker Leizaola, Ane Miren Miralles, Markos Sistiaga y un miembro de la nación Mi’kmaq, fueron la tripulación de una peculiar embarcación, una réplica de una txalupa ballenera de hace cinco siglos construida en el astillero Ontziola, centro de investigación y construcción de embarcaciones tradicionales de Donibane. A bordo de ‘Beothuk’, como se bautizó a la nave en homenaje a la tribu indígena de Terranova que acabó desapareciendo como consecuencia del exterminio ejercido por portugueses, franceses e ingleses, recorrieron las más de mil millas marítimas contempladas en su hoja de ruta. Y todo ello, con la única ayuda de velas y remos. Una auténtica odisea que se prolongó por espacio de seis semanas y en la que sus participantes estuvieron en todo momento ataviados con prendas muy similares a las utilizadas en la época vivida por sus antepasados. ‘Apaizac Obeto’ conoció el entorno natural caracterizado por la crudeza de sus vientos y la peligrosidad de las corrientes marinas, al que los vascos tuvieron que enfrentarse para llevar a cabo su trabajo. Otro de los objetivos de la expedición fue divulgar la presencia vasca en la historia de la creación de Canadá e incluso de la navegación universal.

Coincidiendo con ‘Apaizac Obeto’, hace apenas unas semanas, una ballena quedó varada en una playa del municipio vizcaíno de Sopela, un rorcual común macho de 16,7 metros de longitud y unas 30 toneladas de peso. Se logró retirar del arenal tras varias horas de trabajos con maquinaria pesada. Según han señalado fuentes de la sociedad para la conservación de la fauna marina ‘Ambar’, los trabajos para sacar el animal de la playa fueron “costosos” ya que las grúas de gran tonelaje necesarias para sacar el animal se hundían en la arena. Por ello se optó por llevar rodando el animal con ayuda de una excavadora y dos tractores, hasta dejar a la ballena cerca del borde de la playa donde ya ha podido ser izado por una grúa. Miembros de la sociedad Ambar tomaron muestras de grasa, piel y músculo para trasladarlas al Centro de Investigación en Biología Marina que la Universidad del País Vasco tiene en Plentzia. Los expertos creen que la ballena estaba enferma ya que pesaba mucho menos de lo habitual para su tamaño. La ballena apareció malherida flotando junto a una zona de rocas de la playa Barinatxe, donde fue vista por varias personas que avisaron a los servicios de emergencia, que se desplazaron al lugar, donde constataron que la ballena se encontraba en muy mal estado y poco después moría. Lo hacía en la ‘Madre Tierra’ (Amalur) de sus ancestros… Hoy ya no la recibieron con arpones en una lucha de supervivencia de los antiguos ciudadanos de la Cultura Vasca, la más ancestral de Europa y cuyos orígenes siguen siendo un misterio a desentrañar entre decenas de tesis doctorales. Los descendientes de los viejos arrantzales sustituyeron su modo de vida centrado en la caza de ballenas por otros quehaceres, que les permiten atender a esa ballena enferma que llegó a morir a las playas del Golfo de Vizcaya. La cohabitación, término de moda en el mundo de las relaciones internacionales, se ha implantado en la Cultura Vasca entre sus ciudadanos y las ballenas.

 

En las aguas de la Unión Europea, las ballenas siguen siendo salvajemente asesinadas, en las Islas Feroe, en pleno siglo XXI

La caza de ballenas en las Islas Feroe se realizaba en el pasado como una fuente de obtención de alimento y sustento en las islas. En esta tradición, los jóvenes matan anualmente unas 900 ballenas piloto y delfines del Atlántico, siendo esta cantidad aproximadamente el 1% de la población total de ballenas piloto. Actualmente, debido al cambio de alimentación, a las importaciones de alimentos y también al elevado contenido de mercurio de las aguas, las ballenas asesinadas no se utilizan como alimento y el ‘Grindrap’ está cada vez más visto como una crueldad por gran parte de la población mundial. La caza de delfines en las Islas Feroe es una actividad que se desarrolla desde hace unos 1200 años, principalmente con ballenas piloto (conocidos también como delfines calderones), pues antiguamente era (y sigue siendo) una fuente importante de recursos para las islas, cuando era una colonia normanda. Según los habitantes de las islas, la caza de calderones es una forma más de subsistencia que está estrictamente regulada por las leyes locales. Sin embargo, esta actividad conlleva a enfrentamientos entre los activistas pro defensa animal y los feroenses, debido, entre otras causas, a los cruentos métodos de cacería.

Los habitantes consideran que esta actividad, aunque cruel, es debida a la escasez de recursos de la isla, siendo además de esta actividad, la pesca y la cría de ovejas su única fuente de alimento. No obstante lo que los habitantes de las islas digan, es cada vez más evidente que las ballenas ya no son fuente de alimento y que la caza de ballenas es un ritual que se debe a la tradición más que a la verdadera necesidad. Mucho se ha discutido acerca del supuesto rito de adultos, siendo en realidad que al ser animales tan grandes (tres toneladas, en promedio), se requiere de individuos fuertes para su manejo. Hay también documentos escritos y filmados en los que se cuenta que las ballenas una vez muertas se tiran otra vez al mar porque ya no sirven como alimento en la isla.

Uno de los argumentos de los feroenses para defender la actividad, es la obtención de recursos principalmente nutricionales en una geografía que es poco apta para la agricultura o cría de animales. Sin embargo, estudios realizados en calderones varados en las Islas Británicas demostraron los altos niveles de metales pesados (como plomo y cadmio) encontrados en la carne de estos animales, transformándose en un grave riesgo para la salud del consumidor. El pequeño archipiélago anclado en el Atlántico Norte, ubicado entre Escocia, Noruega e Islandia, se presenta como un país autónomo dentro del Reino de Dinamarca, pero no pertenece a la Unión Europea. Con una superficie de 1.393 km² y poco menos de 50.000 habitantes, las islas Feroe presumen de una belleza natural difícil de pasar por alto, con una geografía que a pesar de carecer de bosques, está dominada por ondulantes praderas que serían un escenario ideal para rodar un largometraje del estilo de la saga del Señor de los Anillos.

Su suelo pobre y la práctica ausencia de recursos naturales hacen que su economía dependa casi enteramente en la pesca y la industria derivada. De cualquier forma, esto no justifica la brutal masacre de ballenas que se sigue llevando adelante en las costas de dicho territorio, algo que continúa generando repudio a nivel internacional, sobre todo luego de que se filtraran imágenes gráficas de la más reciente e innecesaria matanza. La práctica es parte intrínseca de la cultura feroesa y hasta los niños participan de ella desde muy temprana edad. Según compartieron distintos medios internacionales, como los tabloides británicos Daily Mail y The Sun, los habitantes del pueblo de Sandavágur en la isla de Vágar mataron este 2019  a 180 ballenas, como parte de una tradición estival en la que cientos de variedades conocidas como piloto y zifio son masacradas cada año.

Los isleños han llevado adelante la brutal cacería durante siglos, en preparación para los crudos meses de invierno donde las condiciones de vida se complican considerablemente. La carne de las ballenas es salada o cortada en bistecs, mientras que la grasa es fileteada y consumida cruda. Alastair Ward, un estudiante de 22 años perteneciente a la universidad de Cambridge, visitó el archipiélago y logró inmortalizar con su cámara el dantesco suceso. “Estábamos caminando a lo largo de la bahía cuando una familia de residentes se nos acercó para decirnos que se aproximaba una ballena”, dijo el joven, en diálogo con el Daily Mail. “Creíamos que se trataría de un solo animal que sería traído a la costa pero más y más botes seguían apareciendo en el horizonte”, explicó azorado Ward. “Una vez que se encontraban lo suficientemente cerca, todo el pueblo salió corriendo a recibirlos y allí fue cuando comenzaron a mutilar a los animales. Incluso los niños participaban, al saltar sobre los cuerpos sin vida de las ballenas”, relató con desgarrador detalle. “Simplemente nos sentamos allí sin poder decir una palabra, tristes pero a la vez no podíamos dejar de ver lo que sucedía. Los chillidos de las ballenas eran espantosos”, añadió. “Ponían ganchos dentro de sus espiráculos para arrastrarlos a tierra y luego los troceaban con cuchillos. No murieron de una forma digna”, explicó. El ritual ha sido criticado por activistas animales en el pasado, quienes aseguran que el mismo es “cruel e innecesario”. Por otro lado, las autoridades locales aseguran que la cacería se hace de forma sustentable y a la vez permite que la isla sea auto suficiente. La matanza de las Islas Feroe desaparecerá. El tiempo está en su contra, como lo está en contra de otras ‘tradiciones’ como las propias corridas de toros en España, la cacería del zorro en Gran Bretaña, los próximos encierros de San Fermín en la capital de Navarra, Pamplona, en el País Vasco donde se quiere a las ballenas…

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