El ‘brulljesmacher’ Donald Trump, en sus fronteras distópicas, condena a los niños a sufrir la crueldad indigna de una democracia republicana


EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

La estremecedora imagen de un hombre salvadoreño y su hija de menos de dos años flotando ahogados en las orillas del río Bravo es el mejor ejemplo del inmenso drama humano que se está viviendo en la frontera sur estadounidense y de cómo las políticas populistas de soluciones radicales y simplistas aplicadas a la inmigración, lejos de solucionar el problema incrementan el sufrimiento. Desde que inició su carrera hacia la Casa Blanca, Donald Trump siempre ha parecido obsesionado por la inmigración, a la que considera uno de los principales problemas de seguridad nacional de EE UU. Pero sus propuestas, primero como candidato y luego como presidente, lejos de aportar soluciones o aliviar la situación no han hecho otra cosa que aumentar su gravedad. Cuando no han creado un caos jurídico, han desatado indeseados roces diplomáticos o, lo peor de todo, han provocado un sufrimiento totalmente innecesario a las personas detenidas por intentar entrar en Estados Unidos, y a sus familias. Basta recordar la dura imagen de unos niños que observaban cómo la policía de fronteras esposaba a sus madres o la de los menores separados de sus padres durante meses. Nada de esto ha movido a la actual Administración, que sigue tratando a los menores inmigrantes con permanente olvido de tratados internacionales que protegen a los niños de la crueldad o desconsideración, especialmente si es ejercida por las propias autoridades de un país. Las degradantes condiciones en las que se mantenía a 300 menores en un centro de detención de Texas son indignas de una democracia republicana fundada y desarrollada gracias precisamente a la inmigración.

 

El mismo Donald Trump podría decir mucho sobre esto: su abuelo paterno y su madre eran inmigrantes. La dimisión del jefe interino del Departamento de Inmigración, John Sanders, forzada por la indignación de muchos de sus compatriotas estadounidenses, es un simple gesto sin valor si, como parece, su sucesor es un representante del ala más dura del trumpismo. En este desolador contexto resulta esperanzador que el Partido Demócrata haya pasado a la ofensiva. La aprobación en la Cámara de Representantes de una ley que destina 3.960 millones de euros a mejorar la seguridad y salubridad de los inmigrantes que crucen la frontera sí que está acorde tanto con el elemental trato humanitario como con la tradición de acogida de EE UU. En paralelo, el Partido Demócrata ha comenzado a elegir candidato para las presidenciales del próximo año. Una oportunidad única para mostrar una alternativa viable a Trump. El drama de la crisis migratoria centroamericana ha quedado plasmado en una foto. El hallazgo este lunes de los cuerpos sin vida de Óscar y Valeria Martínez, un hombre salvadoreño de 25 años y su hija de casi dos años ahogados a orillas del río Bravo, ha sacudido al mundo y retrotraído a la imagen del niño sirio Aylan muerto en las costas turcas durante la crisis de los refugiados de 2015. La tragedia se produce en medio de un recrudecimiento de la política migratoria mexicana, tras el acuerdo del Gobierno de Andrés Manuel López Obrador con la Administración de Donald Trump.

El padre, la niña y su madre —quien avisó de lo sucedido— habían abandonado El Salvador y puesto rumbo a Estados Unidos por falta de recursos. La familia había llegado a Matamoros, en el Estado de Tamaulipas, en el norte de México, a finales de la semana pasada. Se encontró con una ciudad colapsada por la migración. Las ganas de alcanzar territorio estadounidense y una larga lista de espera para poder ser atendidos por la Agencia de Aduanas y Protección Fronteriza de EE UU motivó que el domingo por la tarde se aventuraran a cruzar el río, según afirmó un hermano de Martínez a la agencia Efe. El director de la agencia migratoria del Estado mexicano de Tamaulipas, Enrique Maciel, precisó que la familia decidió atravesar ilegalmente la frontera cuando les dijeron en el punto de acceso de Matamoros-Brownsville que tenían que inscribirse en una lista de espera para optar al asilo. No hay indicios de que fuesen ayudados por grupos dedicados al tráfico de personas, precisó el Gobierno de Tamaulipas. En los últimos años, Estados Unidos ha puesto en marcha un sistema de cuotas diarias en el número de solicitudes de asilo procesadas en los accesos que ha generado listas de espera de semanas en peligrosas ciudades fronterizas…

“La madre nos contó que su marido se había metido con su hija a cruzar el río hasta Brownsville [en Texas] y cuando regresó para que cruzase la mujer, la niña se lanzó al agua. No sé si pensó que estaba jugando, pero cuando se la llevó la corriente les dijo adiós”, cuenta a este periódico Julia Le Duc, una de las fotógrafas que retrató los cadáveres. Los gritos y la desesperación de la mujer atrajeron a los que pasaban por el lugar, que terminaron por llamar a las fuerzas de seguridad. Durante la tarde del domingo se montó un operativo, pero al llegar la noche se suspendió hasta el lunes por la mañana, cuando los agentes dieron con los dos cuerpos sin vida a unos 500 metros del lugar donde desaparecieron. En la imagen se puede ver el cadáver de la niña dentro de la camiseta de su padre y con un brazo sobre su cuello. “Parece que en su desesperación metió a la niña en la camiseta para no perderla en la corriente, y lo que sucedió es que la corriente se los llevó y los dos se ahogaron”, señala Le Duc. El papa Francisco expresó ayer su conmoción por las muertes. “El Papa está profundamente triste por sus muertes y reza por ellos y por todos los migrantes que han perdido sus vidas mientras huyen de la guerra y la miseria”, dijo ayer su portavoz, Alessandro Gisotti. El periódico del Vaticano, L’Osservatore Romano, llevó la imagen a su primera página. La agencia de la ONU para los refugiados, Acnur, comparó la imagen con la del niño Aylan. El Alto Comisionado de la ONU para los refugiados, Flippo Grandi, recordó ayer que padre e hija arriesgaron sus vidas porque no podían recibir la protección internacional que les correspondía de acuerdo al derecho internacional. “Las muertes de Óscar y Valeria simbolizan el fracaso para dar solución a la violencia y desesperación que empuja a la gente a emprender viajes peligrosos en busca de seguridad y dignidad”, señaló en un comunicado.

El presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, calificó lo sucedido de lamentable. “Siempre lo hemos condenado, de cómo por mayor rechazo en Estados Unidos hay gente que pierde la vida en el desierto o cruzando el río Bravo”, aseguró. Las palabras del presidente mexicano llegan apenas un día después de que su Gobierno anunciara el envío de 26.000 soldados a la frontera norte. “Era un polvorín, una tragedia que se veía venir por lo que se está viviendo en los campamentos de migrantes en Matamoros”, apunta Le Duc sobre el colapso del sistema migratorio en México. La familia había partido en abril de El Salvador. Entró en México a través del cruce fronterizo en Tapachula, en el Estado de Chiapas, donde habían recibido un visado humanitario que les permitía residir legalmente en el país mientras tramitaban su solicitud de asilo en EE UU. Una parte de la familia que permanece en El Salvador ha solicitado ayuda al presidente Nayib Bukele. “Le quiero pedir de favor que nos ayude a repatriar el cuerpo de mi primo Óscar Alberto y de nuestra pequeña Angie Valeria, que por motivos de escasos recursos decidieron emprender camino hacia EE UU”, publicó este lunes en Twitter Enrique Gómez, primo del padre fallecido. El Ejecutivo salvadoreño respondió afirmativamente a la solicitud. “Nos unimos al dolor por esta pérdida irreparable. Ningún salvadoreño debería verse en la necesidad de dejar su país por falta de oportunidades”. Por el momento, la mujer permanece en Matamoros a la espera de la entrega de los cuerpos para volver a su país.

 

Trump y López Obrador, frente al caudal del Suchiate, continúa el paso ilegal de cientos de migrantes cada día por el río en la frontera sur

Frente a un muelle improvisado, descansa el hombre que ve todo lo que ahí sucede. Por esas aguas fangosas que tiene delante, como de color mostaza, cruzan cada día de México a Guatemala —y viceversa— bolsas de frijoles mexicanos, latas de leche condensada La Lechera, arroz, papel higiénico, repuestos de vehículos, vehículos a veces, marihuana, cocaína y personas. Un día después de que el Gobierno mexicano celebrara la detención de 800 migrantes en Veracruz, por este paso del río Suchiate, de unos 600 metros de ancho, que divide Centroamérica del último país antes de llegar a Estados Unidos, cruzaba un grupo de 100 cubanos. Y mientras se reúne en Tapachula el presidente mexicano, López Obrador, junto al de El Salvador, Nayib Bukele, estarán cruzando decenas, salvadoreños incluidos. Sobre unos palos de madera amarrados a dos neumáticos, que arrastran jóvenes hincando su remo en el fondo, el cruce ilegal de cientos de migrantes no se detiene. En este lado del río no los espera un solo hombre uniformado, pese a que el Gobierno de López Obrador prometiera aumentar la vigilancia en la frontera sur. Sí lo hacen decenas de camareros —los que mueven las balsas—, familias esperando regresar a Guatemala por 20 pesos mexicanos, tricicleros, un chingo de mosquitos, cajas para abastecer las tiendas de Tecún Umán (Guatemala), y unos cuantos puestecitos de comida cuyo menú varía poco: arroz, pollo, frijoles. Es el Paso del Coyote. El nombre, pintado por el Gobierno municipal en uno de los accesos mexicanos al río, no pretende fingir que lo que allí sucede, el tráfico ilegal de lo humano y lo material, no forma parte de la cotidianidad de los que habitan la frontera.

Este río no le teme a Donald Trump ni tampoco a López Obrador. Un paso utilizado por los que pueblan las orillas desde mucho antes de que se construyera un puente fronterizo con sus respectivos funcionarios y trámites. Es el punto más transitado por los que huyen de la violencia y el hambre en su ruta hacia Estados Unidos (centroamericanos, haitianos, africanos, hindúes, sirios), en una de las fronteras más transitadas del mundo. Y por estas aguas lodosas, de corriente tranquila, acaba de llegar, en apenas una hora y solo en este punto del río, un grupo de 15 jóvenes de Bangladesh, una familia de siete hondureños y dos veinteañeras cubanas. “Mire, cuando comenzaron las caravanas, los jefes del negocio se preocuparon… Los centroamericanos preferían viajar en grupos, haciéndole pasar miseria a su familia y haciendo desmadres por allá, en lugar de llevar un pollero que los cuidara. Ahora la cosa está tranquila, todo sigue normal.

 

“El negocio del coyote ha vuelto al Suchiate. Las mafias han recuperado su poder, pese a estos días de militarización de la frontera…”

El hombre del muelle, sentado en una butaca de madera, impasible al trajín de la frontera de agua que tiene delante, explica que el negocio del coyote ha vuelto al Suchiate. Las mafias han recuperado su poder, pese a estos días de militarización de la frontera. Este balsero, al que nadie en esta orilla mexicana lo conoce por su nombre, sino por su apodo, prefiere que en este texto no aparezca ningún detalle que lo pueda delatar. Él ha cruzado personas de un lado al otro y los ha enviado a Veracruz escondidos en pipas de gasolina. “Solo hay que saber con quién reportarse, pagarle”. Lo llama directamente “corrupción”: sin rodeos, sin remordimientos, es la mano que da de comer al negocio. Pero, ¿qué pasa ahora con la Guardia Nacional, la Policía Federal, los retenes en la carretera…? “Mire, es tan fácil. El que mira las combis o los taxis es el funcionario de migración. Él sabe quién va a pasar por ahí y a qué hora, antes ya le entregaron su dinerito. Entonces se hace el que no ve, o se va al baño y no los para. Los militares allá solo están cuidando, los de la migra son los que deciden quién sí y quién no”.

El Gobierno de López Obrador se comprometió con Estados Unidos que en mes y medio contendría la ola migratoria que promete este año batir todos los récords. Según datos oficiales se estima que por México crucen más de 800.000 personas de manera ilegal. A cambio de lograr lo que a todas luces parece imposible, Trump dejaría de amenazar con imponer aranceles a los productos mexicanos importados, cuya aplicación podría desestabilizar la economía de este país. Una de las medidas más específicas fue anunciar el envío de miles de efectivos de la Guardia Nacional —un nuevo cuerpo diseñado para el combate al narcotráfico y la violencia— y de ellos, unos 2.400, serán desplegados en los más de 960 kilómetros que comparte de frontera México con Guatemala. Algunos, alrededor de 400, ya han sido instalados en varios puntos de la carretera que lleva a Tapachula, la cabecera municipal y el municipio más grande tras cruzar el río. Ninguno de los que han sido desplazados para esta misión han sido entrenados todavía con los criterios del nuevo cuerpo, son militares a los que les han colocado un brazalete con las iniciales de la Guardia Nacional. Y descansan bajo algunos puentes de este tramo, junto a una furgoneta de migración con dos funcionarios y cuatro agentes de la Policía Federal. En la orilla del río no espera nadie. El operativo de detención de migrantes que ha calmado las tensas relaciones entre Estados Unidos y México, una de las mayores crisis diplomáticas entre ambos países, consiste estos días en una funcionaria de migración que detiene cualquier tipo de transporte de pasajeros —combis, autobuses y taxis—, abre las puertas y le pide el pasaporte al más moreno, al más chaparrito, al menos bañado.

 

Los capturados son enviados al Siglo XXI, el centro de detención migratoria más grande de América Latina, hacinados en celdas

El grupo de 15 bangladesíes que cruzaron la mañana del miércoles el río se subieron todos a una furgoneta de transporte público. Tomaron esa combi en Ciudad Hidalgo (México) y en el retén, a unos 25 kilómetros desde la frontera, las autoridades la pararon. Se abrió la puerta, la funcionaria echó un vistazo rápido y, pese a que ninguno de ellos hablaba español e iban todos cargados con mochilas, la agente cerró las puertas. Los migrantes siguieron su camino. “Sí los vio la señorita, pero es que ellos van directamente al Siglo XXI, el centro de detención de migrantes de Tapachula”, explica despreocupado un militar que custodia el retén. En ese complejo carcelario tramitan un oficio de salida y no suelen ser deportados. Los centroamericanos, sin embargo, saben que si se acercan allá acaban en un autobús rumbo a El Salvador y Honduras. ¿Cuál es el criterio entonces para detener personas en este retén militar?, ¿es solo para centroamericanos?, ¿cuáles son las reglas para pedir el pasaporte a algunas personas? Las que decida el agente de migración que supervisa. En este punto del retén militar fueron detenidos, en unas tres horas, cinco centroamericanos. Todos hombres y un niño. Los capturados son enviados al Siglo XXI, el centro de detención migratoria más grande de América Latina, que desde hace meses ha superado su capacidad y mantiene a los migrantes hacinados en celdas esperando un trámite o su deportación. El anterior jefe del Instituto Nacional de Migración, Tonatiuh Guillén, que renunció ante la crisis migratoria, reconocía a este diario que el complejo estaba sobrepoblado. Y la Comisión Nacional de Derechos Humanos denunció que a finales de abril había más de 2.000 personas, en un lugar construido para 960.

El aumento de la presencia militar y policial en la frontera sur ha recuperado las viejas prácticas migratorias. Condenados a la clandestinidad, los migrantes deben retomar las rutas más peligrosas que habían evitado con las caravanas. Además de dejar todos sus ahorros en pagarle a unos coyotes que pueden venderlos a la primera de cambio, los riesgos de ese camino van desde los asaltos, las violaciones de mujeres, la extorsión, el secuestro, los asesinatos masivos y las mutilaciones de brazos o piernas al intentar subirse a La Bestia (el tren). En Huixtla, un municipio clave en la ruta migratoria hacia el norte, a 40 kilómetros de Tapachula, han sido detenidos este miércoles nueve policías locales acusados de tortura, homicidio y extorsión. Las imágenes de hace unos meses de migrantes caminando exhaustos por las carreteras de Chiapas se han difuminado. Ya no duermen en el centro de Tapachula cientos de centroamericanos con el estómago vacío y deshidratados. Pero mueren de hambre en otros sitios menos transitados. Están en los caminos, escondidos en tráilers, en pipas de gasolina, en burdeles, agarrados al tren. Y por el río Suchiate, imperturbable ante la geopolítica y las crisis diplomáticas, cruzan cada día muchos más. Un mes y medio y dos millares de militares para frenar las redes de este éxodo parece, desde este rincón de la frontera sur, que es muy poco tiempo.

 

La fotografía de la pesadilla, el premio Pulitzer ve como una niña africana se muere de hambre ante la mirada expectante de un buitre

Un hombre blanco perfectamente bien alimentado observa cómo una niña africana se muere de hambre ante la mirada expectante de un buitre. El hombre blanco hace fotos de la escena durante 20 minutos. No es que las primeras no fueran buenas, es que con un poco de colaboración del ave carroñera le salía una de premio, seguro. Niña famélica con nariz en el polvo y buitre al acecho: bien; no todos los días se conseguía una imagen así. Pero lo ideal sería que el buitre se acercara un poco más a la niña y extendiese las alas. El abrazo macabro de la muerte, el buitre Drácula como metáfora de la hambruna africana. ¡Ésa sí que sería una foto! Pero el hombre esperó y esperó, y no pasó nada. El buitre, tieso como si temiera hacer huir a su presa si agitara las alas. Pasados los 20 minutos, el hombre, rendido, se fue. No se debería de haber desesperado. Una de las fotos se publicó en la portada de The New York Times y acabó ganando un premio Pulitzer. Pero incluso así se desesperó. Y mucho. El hombre blanco era un fotógrafo profesional llamado Kevin Carter. A los dos meses de recibir el premio en Nueva York se suicidó.

Hay dos preguntas. La primera, ¿por qué se suicidó? La segunda, ¿por qué no ayudó a la niña? La respuesta a la primera es relativamente fácil. La respuesta a la segunda es más interesante. Remontemos con el escritor londinense John Carlin… “Kevin Carter nació en Suráfrica en 1960, dos años antes de que Nelson Mandela empezara su condena de 27 años de cárcel. Al llegar a la adolescencia empezó a entender que ser blanco en Suráfrica significaba ser una de las personas más privilegiadas de la Tierra y, al mismo tiempo, cómplice de una atroz injusticia. Cumplidos los 24 años, Carter descubrió que el periodismo era el terreno donde libraría su guerra particular contra el apartheid. Comenzó su carrera en 1984, cuando las poblaciones negras en las periferias de las grandes ciudades -como Soweto, que estaba al lado de Johanesburgo- se convirtieron en campos de batalla. Jóvenes militantes negros, cuya única fuerza residía en su ventaja numérica, lanzaban piedras a los policías y a los soldados, que respondían con gases lacrimógenos, balas de goma o balas de verdad. Cientos murieron, miles fueron encarcelados. Soweto ardía, y allá, casi permanentemente instalado, estaba Carter, fotógrafo novato de The Johannesburg Star, expiando su culpa…”.

“La gran ironía de la historia reciente de Suráfrica es que cuando salió Mandela de la cárcel en 1990, cuando empezó el proceso de paz que condujo cuatro años después a la democracia, se desató una violencia mucho mayor. Durante casi la totalidad de aquellos cuatro años, Soweto y otra media docena de poblaciones negras en los alrededores de Johanesburgo vivieron una anarquía asesina demencial, nutrida por opositores al proyecto democrático, en la que murieron unos 12.000. Allí, una vez más, estaba Carter. Todos los días. Se presentaba temprano por la mañana a los campos de la muerte, como se presentan los oficinistas a sus lugares de trabajo. Yo también me presentaba allí, pero con menos frecuencia y más tarde. Siempre que llegaba a estos lugares, en pleno tiroteo o minutos después de una masacre, ahí veía a Kevin Carter, sudado, polvoriento, bolso sobre el hombro, cámara en mano. A él y a sus tres amigos fotógrafos, Ken Oosterbroek, Greg Marinovich y João Silva. Les llamaban a los cuatro ‘el Bang Bang Club’. Hacían fotos espeluznantes y se exponían a peligros extraordinarios. Yo había llegado a Suráfrica en 1989 tras seis años cubriendo las guerras de Centroamérica. Vi pronto que daba mucho más miedo estar en 1992 en un lugar como Tokoza o Katlehong, a escasos kilómetros de Johanesburgo, que en 1986 en los frentes del oriente de El Salvador o el norte de Nicaragua. Porque en los lugares donde los negros, animados por los blancos, se masacraban podía pasar cualquier cosa en cualquier momento y en cualquier lugar. Con un Kaláshnikov, una lanza, un machete o una pistola. Ahí trabajaba Carter. Ahí se pasaba desde las cinco de la madrugada hasta el mediodía haciendo fotos de gente matando y de gente muriendo”.

 

“Para poder hacer ese trabajo es necesario blindarse, armarse de una coraza emocional. No se puede responder a lo que uno ve como un ser humano normal. La cámara funciona como una barrera que lo protege a uno del miedo y del horror, e incluso de la compasión. Carter y sus tres camaradas dormían poco, además, y consumían drogas de todo tipo. Pasaban sus días y sus noches en un acelere mental y en un estado de anestesia emocional casi permanentes. Si se hubiesen detenido un instante a reflexionar sobre lo que hacían, si hubiesen permitido que los sentimientos penetraran la epidermis, habrían sido incapaces de hacer su trabajo. El entorno era alocado, pero el trabajo era importante. Si se hubieran quedado en sus casas o se hubieran expuesto a menos peligro, habría habido más muertos, menos presión política para acabar con la violencia. Ésta era la contribución de Carter a la causa de sus compatriotas negros.

 

“El único objetivo era hacer la mejor foto posible, la que tuviera más impacto. Ahí empezaba y terminaba su compromiso”, narra John Carlin

“En marzo de 1993 se tomó unas vacaciones de Tokoza y Katlehong y se fue a Sudán. Ahí, apenas aterrizar, es donde vio a la niña y el buitre. Respondió con el frío profesionalismo de siempre. No habría podido elegir otra manera de actuar. Estaba programado, anonadado. El único objetivo era hacer la mejor foto posible, la que tuviera más impacto. Ahí empezaba y terminaba su compromiso. La lógica era muy sencilla: si hacía una foto potente, se beneficiaría a sí mismo, pero también ampliaría la sensibilidad de los seres humanos en lugares lejanos y tranquilos, despertando en ellos aquella compasión -precisamente- que en él estaba necesariamente adormecida. Por eso no hizo nada para ayudar a la niña. Porque si la hubiera ayudado, no habría podido hacer la foto. Porque había llegado al límite de sus posibilidades….”.

El problema era que la gente normal, empezando por su propia familia, no lo entendía. Fuera donde fuera, le hacían la misma pregunta. “Y después, ¿ayudaste a la niña?”. Se convirtió en un agobio, una pesadilla. Los únicos que no le hacían la pregunta, porque para ellos no era necesario hacerla, eran los amigos del ‘Bang Bang Club’. En abril de 1994 le llamaron desde Nueva York para decirle que había ganado el Pulitzer. Seis días después, su mejor amigo, Ken Oosterbroek, murió en un tiroteo en Tokoza. Toda la emoción reprimida a lo largo de cuatro años salvajes explotó. Carter se quedó destruido. Lloró como nunca y lamentó amargamente que la bala no hubiera sido para él. El mes siguiente voló a Nueva York, recibió el premio, se emborrachó, incluso más de lo habitual, y volvió a casa. La guerra se había terminado. Mandela era presidente. Suráfrica tuvo su final feliz, pero la vida de Carter dejó de tener mucho sentido. Quizá en parte porque el peligro de la guerra había sido su droga más potente, la que le había creado mayor adicción. Siguió trabajando, pero, perseguido por la muerte de su amigo y -ahora que se había quitado la coraza- la angustia moral retrospectiva de la escena con la niña sudanesa, se hundió en una profunda depresión. No podía trabajar, o si lo intentaba, caía en errores absurdos. Llegaba tarde a entrevistas, perdía rollos de fotos que ya había hecho. Y tenía problemas en casa: deudas, desamor… El 27 de julio de 1994, exactamente tres meses después de las primeras elecciones democráticas de la historia de su país, Carter se fue a la orilla de un río donde había jugado cuando era niño, antes de que supiera lo que era el apartheid, el sufrimiento, la injusticia. Y ahí, por fin, dentro de su coche, escuchando música mientras inhalaba monóxido de carbono por un tubo de goma, logró la paz, la anestesia final de la muerte.

¿Qué sucedió con el niño que aparece junto a un buitre en la controversial fotografía? El fotógrafo sudafricano Kevin Carter visitó en avioneta la aldea sudanesa de Ayod en 1993 para denunciar la hambruna y la guerra que sufría el país. Antes de irse, vio a un bebé desnutrido tendido en la arena justo en el mismo plano que un buitre. Carter dejó Ayod sabiendo que había conseguido una gran fotografía y así fue. ‘The New York Times’ la publicó días después con un efecto que él desconocía. La opinión pública se volvió contra él por no haber hecho nada para salvar a la criatura de las garras de ese buitre amenazante, llegando a acusarle de ser el auténtico carroñero de la foto. Nadie vio morir a aquel bebé y es la propia imagen la que desmiente ese destino trágico, al menos en parte, ya que la criatura del daguerrotipo lleva en su mano derecha una pulsera de plástico de la estación de comida de la ONU, instalada en aquel lugar. Si se observa la foto en alta resolución, puede leerse, escrito en rotulador azul, el código ‘T3’. A Carter se le criticó por no ayudar al bebé y el mundo le dio por muerto a pesar de que el propio Carter no lo vio morir, sólo disparó la foto y se fue minutos después. La realidad es que ya estaba registrado en la central de comida, en la que atendían enfermeros franceses de la ONG Médicos del Mundo.

Florence Mourin coordinaba los trabajos en aquel dispensario improvisado: “Se usaban dos letras: ‘T’, para la malnutrición severa y ‘S’, para los que sólo necesitaban alimentación suplementaria. El número indica el orden de llegada al feed center”. Es decir, que Kong tenía malnutrición severa, fue el tercero en llegar al centro, se recuperó, sobrevivió a la hambruna, al buitre y a los peores presagios de los lectores occidentales. Varios medios de comunicación españoles decidieron investigar sobre la suerte de la ‘presa’ de la ‘tiñosa’. Una mujer que repartía comida en aquel lugar hace 18 años llamada Mary Nyaluak dio la primera pista sobre el paradero de la misteriosa criatura. “Es un niño y no una niña. Se llama Kong Nyong, y vive fuera de la aldea”. Dos días después, aquella pista llevaría hasta la familia del pequeño, cuyo padre identificó al pequeño y confirmó que se recuperó de aquella hambruna pero que murió hace algunos años de “fiebres”…

 

Todo comenzó con el burdel del inmigrante abuelo proxeneta de los Trump…: “Vamos a hacer nuevamente grande a Estados Unidos”

Friedrich Drumpf, quien emigró a Nueva York desde Alemania con solo 16 años; hizo fortuna con hoteles y restaurantes que funcionaron como prostíbulos durante la fiebre del oro; en 1885 llegaba a la Casa Blanca el demócrata Grover Cleveland, un presidente atípico por ser el único que ha tenido dos mandatos no consecutivos, que además vetó una ley que pretendía restringir la entrada de extranjeros al país; 132 años después, otro mandatario poco común toma el mando de la Casa Blanca y, en este caso, estamos ante un obsesivo compulsivo por cerrar las fronteras y levantar miles de kilómetros de muros: Donald, su nieto”; a los originarios de Kallstadt, un apacible pueblecito germano cuya tradición vitivinícola data del Imperio Romano, se les conoce cariñosamente como Brulljesmacher, una palabra que en el dialecto regional significa fanfarrón, caprichos del destino… La periodista estadounidense Gwenda Blair es la autora del libro ‘The Trumps: Three Generations That Built An Empire’ (Los Trump: Tres generaciones que construyeron un imperio), actualizado en una reciente edición como ‘The Trumps: Three Generations of Builders and a Presidential Candidate’ (Tres generaciones de constructores y un candidato a la presidencia), donde investiga el origen de este linaje y sus negocios durante tres generaciones en los que se incluye claro está el proxenetismo y la prostitución como fuentes de origen de la fortuna Trump.

El presidente nunca ha querido hablar de este capítulo familiar. El destino es caprichoso. En 1885 llegaba a la Casa Blanca el demócrata Grover Cleveland, un presidente atípico por ser el único que ha tenido dos mandatos no consecutivos, que además vetó una ley que pretendía restringir la entrada de extranjeros al país. Aquel mismo año arribaba a la joven nación un inmigrante alemán de 16 años llamado Friedrich Drumpf. Traía sólo una maleta y no sabía una palabra de inglés, pero su talento innato le llevó a cumplir el sueño americano y levantar un imperio económico, regentando hoteles y restaurantes que funcionaron como prostíbulos durante la fiebre del oro. Amasó una fortuna y regresó a su patria con la intención de quedarse para siempre, pero el gobierno germano le expulsó por eludir el servicio militar obligatorio. Aquella decisión cambiaría el rumbo de la historia. Hoy más de un siglo y tres décadas después, otro presidente poco común acaba de tomar toma el mando del Despacho Oval, apenas dos días atrás y, en este caso, estamos ante un obsesivo compulsivo por cerrar las fronteras y levantar miles de kilómetros de muros: Donald, su nieto.

 

Al pasado del abuelo se suma el del padre, Fred Jr., que ha sido vinculado con los grupos del Ku Klux Klan de los años 20 de Nueva York

La presencia de la saga Trump en estas tierras ha sido de todo menos discreta y convencional desde que pisaran por primera vez el nuevo mundo. Al pasado del abuelo se suma el del padre, Fred Jr., que recientemente ha sido vinculado con los grupos del Ku Klux Klan de los años 20 de Nueva York. Pero para narrar la historia de esta estirpe, debemos primero viajar a su lugar de origen, una pequeña aldea rodeada de viñedos en la región germana del Palatinado. Gwenda Blair investiga el origen de este linaje y sus negocios durante tres generaciones. Friedrich, el abuelo del nuevo presidente de EE UU, vivía con sus padres, Christian Johannes Drumpf y Katharina Kober, dos vendimiadores que se ganaban la vida recolectando la uva, en Kallstadt, un apacible pueblecito germano cuya tradición vitivinícola data del Imperio Romano. Tras una larga enfermedad, su padre, el bisabuelo Christian, moría en 1877 con 48 años, dejando a la familia en la ruina. Sus cinco hermanos se pusieron a trabajar en el campo, pero la salud de Friedrich era tan endeble para afrontar aquella faena que, con sólo 14 años, en 1883, lo mandaron a la localidad vecina de Frankenthal para trabajar como aprendiz de peluquero. Cuando aprendió el oficio, tras dos intensos años, volvió a su pueblo natal. Allí, este joven, ya con 16, se dio cuenta de que aspiraba a algo que la vieja Europa ya no podía darle, riqueza. Además, hasta Baviera llegaban entonces los cantos de sirenas de una nueva tierra de oportunidades que se abría paso al otro lado del Atlántico. De modo que una noche, sin avisar, cogió la maleta, dejó una nota a su madre y se encaminó a Bremen, donde embarcó rumbo a EE UU.

Allí lo esperaba Nueva York, ciudad que la historia uniría para siempre a su apellido. Pero no al de Drumpf. El 16 de octubre, como muchos inmigrantes, se inscribió en el registro norteamericano, donde lo anotaron incorrectamente, u optó por asimilarlo a un sonido más inglés, como Frederick Trumpf, que acabaría derivando en Trump. Vivió un par de años en la casa de su hermana Katharina, que había emigrado antes que él. Encontró trabajo en una barbería donde hablaban alemán y se quedó allí seis años.

 

Alcohol, comida y “habitaciones para señoritas”, que era como eufemísticamente se anunciaba que había prostitutas, en el ‘Poodle Dog’

Pero el primero de los Trump anhelaba más. En 1891, se marchó a la costa oeste, a Seattle, donde compró con sus ahorros un restaurante en el centro de la ciudad, en una zona donde en la época abundaban casinos, salones y burdeles, el red-light district conocido como Lava Beds. El local fue bautizado como Poodle Dog, y en él servía alcohol, comida y ofrecía “habitaciones para señoritas”, que era como eufemísticamente se anunciaba que había prostitutas. Frederick vendió sus propiedades justo antes de que el negocio se viniera abajo, para luego trasladarse a Klondike, en el territorio canadiense de Yukon, junto a Alaska, donde volvió a repetir la fórmula de ofrecer cama, comida, licor y sexo en establecimientos como el Restaurante Hotel Actic y el White Horse Restaurant Inn. Un periódico local describía su negocio como apto “para los hombres solteros del Ártico, con excelentes alojamientos, así como el mejor restaurante, pero no aconsejable para mujeres respetables que vayan a dormir, porque son susceptibles de escuchar sonidos depravados que ofendería su sensibilidad”. La fórmula se repetía en sus locales. Un bar, instalaciones para juegos de azar y zonas oscuras con cortinas de terciopelo, donde ofrecían sus servicios las conocidas como ‘sporting ladies’.

Tras la aventura americana, Frederick Trump dio por concluido su sueño. Vendió sus inversiones y regresó a Alemania en 1901. Una vez más, le funcionó el olfato y se adelantó al final de la fiebre del oro y el consiguiente declive de la prostitución. En opinión de la biógrafa, “demostró ser muy previsor y supo retirarse justo antes de que aquello empezara a decaer y los mineros se marcharan”. “Y no se contagió de la fiebre del oro. Muchos empresarios como él no hicieron dinero allí”. Una vez de vuelta a su pueblo natal, se casó con su antigua vecina Elizabeth Christ, la abuela de Donald. Regresaron a Nueva York, donde abrió una barbería y regentó un hotel y un restaurante. Allí tuvieron a su primera hija, Elizabeth. Pero al poco, la nostalgia sumió a su esposa en una depresión, y en 1894 volvieron a Alemania con la idea de envejecer allí. Pero el Gobierno germano apareció en escena.

 

En Baviera consideraron que Firederich, con su aventura americana, sólo perseguía evitar el servicio militar, le retiró la ciudadanía

En aquella época el servicio militar era obligatorio en Alemania hasta los 35 años, justo la edad a la que regresó el abuelo Trump. Su ayuntamiento trató de ayudarle, en un intento de conservar en el pueblo la fortuna de aquel hijo pródigo, valorada en 80.000 marcos, medio millón de dólares de hoy. Pero las autoridades de Baviera consideraron que Firederich, con su aventura americana, sólo perseguía evitar el servicio militar, de modo que le retiró la ciudadanía y lo mandó de vuelta a América en 1905, con su esposa embarazada, que daría a luz en Nueva York a Frederick, padre de Donald, y luego John, ya completamente estadounidenses. Finalmente, el abuelo del nuevo presidente murió a los 49 años, en Queens, durante la epidemia de gripe española. Su mujer Elizabeth usó su herencia para continuar el negocio inmobiliario con su hijo mayor, nuestro siguiente protagonista, Fred Junior, el padre del comandante en jefe. “El segundo Trump también mostró destreza. No vivió la fiebre del oro y le tocó la gran depresión, pero supo sacar provecho de los programas de ayudas federales y subsidios de la época que buscaban levantar la economía. Él transmitió a su Donald todo sobre negocios y cómo ser competitivo. Le enseñó la frase de ‘ganar lo es todo, no hay límites’. Y mira ahora a su hijo», señala Blair.

Al margen de la faceta empresarial que recoge en este libro, sobre el padre del futuro presidente de los EE UU, fallecido en 1999, aparecieron en septiembre de 2015 noticias inquietantes. Justo cuando su hijo daba los primeros pasos de su carrera política, la prensa desenterró de la hemeroteca del New York Times un artículo publicado el 1 de junio de 1927 que relacionaba a Fred Trump con el Ku Klux Klan. La crónica periodística lo vinculaba con una pelea que enfrentó a 1.000 civiles relacionados con el grupo racista contra 100 policías en Queens. Aunque no fue acusado oficialmente, Fred Trump fue uno de los siete arrestados durante el incidente. Hay que tener en cuenta que en aquel momento las prácticas racistas en los EE UU estaban generalizadas y el KKK campaba a sus anchas. Donald Trump más tarde negaría la relación de su padre con el KKK, aunque no pudo desmentir por completo aquel suceso.

 

En la II Guerra Mundial se generó un sentimiento antialemán en EE UU, el padre de Donald Trump comenzó a decir a la gente que era sueco

Frederick Trump también fue una víctima del rechazo por razones de nacionalidad. Tras casarse con una joven escocesa llamada Mary Anne MacLeod, retomó el negocio inmobiliario con su madre, la viuda de Friedrich, una mujer orgullosa de su origen germano, algo que espantaba a muchos de los clientes del negocio, judíos. De modo que con la II Guerra Mundial, cuando se generó un sentimiento antialemán en EE UU, el padre de Donald Trump comenzó a decir a la gente que era sueco. Mientras tanto, la madre, a sus 80 años, organizó un viaje de vuelta a Kallstadt con varios de sus nietos, no con Donald, que heredó la mentira sobre Suecia, y hasta la incluyó en su biografía El arte del trato. Un periodista en Vanity Fair le preguntó a Donald Trump en 1990 si no era cierto que en realidad era de origen alemán, a lo que el millonario respondió que “en realidad, era muy complicado”. “Mi padre no era alemán; los padres de mi padre eran alemanes… suecos, y realmente de toda Europa…”. Años después admitiría su origen alemán, aunque nunca ha visitado aquel pueblo.

Reconciliado ya con su pasado, Trump es consciente de que no será el primer inquilino de la Casa Blanca de ascendencia alemana. La familia de Dwight Eisenhower se llamaba originalmente Eisenhauer y provenía de Karlsbrunn, cerca de la frontera germano-francesa. Y los antepasados de Herbert Hoover fueron llamados Huber y arribaron desde Baden, en el sur de Alemania. El papel de Donald Trump en la historia americana está aún por escribir. Lo que nadie podrá borrar ya es su ascendencia. Y aunque no le emocione, sin saberlo, probablemente el futuro presidente de los EE UU tiene más de Kallstadt en su interior de lo que cree. Y es que no deja de ser irónico que a los habitantes de este pueblecito se les conozca cariñosamente como Brulljesmacher, una palabra que en el dialecto regional significa fanfarrón. Caprichos del destino.

 

Del burdel del abuelo a las prostitutas del hotel de Moscú, el fundador de Playboy anunció que “con Trump llegaba la revolución sexual”

La escena traspasa la barrera de lo erótico y entra de lleno en el terreno de lo escatológico. Imagínense. Un grupo de prostitutas, en la suite presidencial del Hotel Ritz Carlton de Moscú, orinan sobre la inmensa y bien vestida cama en la que tiempo atrás durmió el matrimonio Obama durante su visita oficial a Rusia. Mientras, Donald Trump observa el espectáculo sin saber que los servicios secretos del Kremlin han urdido todo para filmarle en acción, con la idea de tener a mano un material con el que extorsionarle si se diera el caso (como así ha sido) de que alcance la presidencia de Estados Unidos. Este pasaje es quizá el más impactante del ya famoso informe de 35 páginas elaborado por un ex espía británico y que obraba en poder de la inteligencia americana. Lo primero que conviene remarcar es que este episodio de la lluvia dorada incluido en el citado documento no ha podido ser confirmado aún ni por los servicios de inteligencia americanos ni por los medios de comunicación, pese a lo cual ha sido publicado, desatando un intenso debate sobre el papel del periodismo en este país. Al margen de cuestiones deontológicas, frente a esa falta de verificación independiente, el presidente electo sí que ha negado rotundamente los hechos que se relatan, así como otras supuestas fiestas sexuales en las que también habría sido grabado, según recoge el informe, en San Petersburgo.

Este explosivo expediente lleva circulando por las redacciones de Washington, siendo la comidilla de reporteros y altos dirigentes de la administración norteamericana. Sin embargo, hasta que la inteligencia estadounidense no pasó un resumen de dicho dossier a Barack Obama y al propio Donald Trump, su contenido había permanecido en secreto. La CNN informó sobre la transmisión del citado resumen al presidente electo -sin entrar en detalles escabrosos no contrastados-, mientras que la publicación digital Buzzfeed colgó directamente las 35 páginas para que cualquiera pudiera leerlas.

 

Desde las habitaciones para gozo de los mineros hasta la suite presidencial del Ritz Carlton de Moscú, la marca Trump da para mucho

El ya ex empresario reconoció que estuvo en Moscú en 2013 para acudir al certamen de Miss Universo, pero negó los hechos que se le atribuyen. Llegó incluso a argumentar que tiene fobia a los gérmenes -por lo que no habría contratado el espectáculo de lluvia dorada, bautizado por algunos medios como ‘Watersportsgate’. El hecho de que el protagonista, e incluso el Kremlin, hayan desmentido rotundamente estos sucesos de alto voltaje sexual es significativo, sobre todo teniendo en cuenta que el magnate no se ha andado nunca con remilgos en lo que respecta al sexo. Alejado de los cánones puritanos inherentes al Partido Republicano, Trump tiene en su currículum varias experiencias cuya publicación, hace no mucho, habría generado ríos de tinta en los rotativos y peticiones de dimisión. Ahora, en cambio, la vara de medir parece haberse flexibilizado en la sociedad norteamericana, quizá a golpe de escándalo. Y en esto Donald Trump tiene parte de ‘mérito’. Ha sido acusado de agresiones sexuales por diferentes mujeres, ha dirigido certámenes de belleza con quejas por haber intentado propasarse con alguna chica, y además ha protagonizado cameos en varias películas de porno suave de la marca Playboy, revista en la que también ha aparecido con frecuencia.

También ha lidiado con la revelación de su pasado familiar, puesto negro sobre blanco por la escritora Gwenda Blair. Según expuso en su libro The Trumps: Three Generations That Built An Empire, a finales del siglo XIX llegó a Estados Unidos desde Alemania el abuelo del próximo presidente, Friedrich Drumpf, que así se apellidaba originalmente. Emigró desde Baviera con sólo 16 años. Aunque arribó a Nueva York, pronto se trasladó a la costa oeste, donde aprovechando la fiebre del oro comenzó a abrir restaurantes y hoteles. Aquellos establecimientos ofrecían, además de reposo y comida, servicios de prostitución. Esta suerte de burdeles fueron la semilla de la fortuna familiar y el imperio empresarial que ahora el presidente aparca para centrarse en dirigir el país. Desde la apertura de aquellas habitaciones para el disfrute de los mineros que llegaban en busca del sueño dorado hasta la rocambolesca historia de la suite presidencial del Ritz Carlton de Moscú, la marca Trump ha dado para mucho.

 

La técnica Donald: “Agarrarlas por el coño y besarlas sin preguntar, cuando eres una estrella te dejan hacerlo, puedes hacer cualquier cosa”

Por comenzar con uno de los capítulos más recientes, cabe reseñar la grabación de 2005 que salió a la luz durante la campaña electoral en la que se escuchaba al entonces candidato conservador jactarse de poder hacer “cualquier cosa” con las mujeres. En la cinta, alardeaba de su técnica con las féminas, que se basaba básicamente en “agarrarlas por el coño” y besarlas sin preguntar. “Cuando eres una estrella te dejan hacerlo. Puedes hacer cualquier cosa”. Tras aquel escándalo electoral, mal rentabilizado por los demócratas, aparecieron varias mujeres denunciando haber sido agredidas sexualmente en el pasado por el millonario, con casos que arrancaban casi en los 70. Dos denunciaron en las páginas del New York Times que las había asaltado. A una durante un vuelo en la década de 1970, tratando de meterle la mano por debajo de la falda, y a otra besándola por la fuerza. Otra supuesta víctima sacó a relucir las proposiciones indecentes que le hizo en su mansión de Florida, mismo escenario en el que habría tratado de agredir, estando su esposa Melania también en la casa, a una reportera de la revista People que esperó algunos años para contar su experiencia en su revista, coincidiendo con la campaña presidencial.

A estas chicas se sumaron varias ex concursantes de los certámenes de belleza, que aseguraban que el presidente electo se paseaba por los camerinos cuando estaba a medio vestir. Hasta el momento, ninguno de aquellos testimonios sobre proposiciones indecentes del millonario incluía invitaciones a realizar la supuesta fantasía sexual de la lluvia dorada que menciona el antes citado informe. Trump volvió a tener problemas, supuestamente a cuenta de su apetencia carnal. Cuando estaba tratando de entrar en el negocio de los concursos de belleza, llegó a un acuerdo con la pareja formada por George Houraney y Jill Harth, que dirigían el certamen de American Dream.

 

“Honestamente, cuando compré el Miss Universo, los trajes de baño se hicieron más pequeños y los talones más altos”, presumía en Vanity Fair

El intento no salió bien y ambos denunciaron que el magnate trató de propasarse con la mujer y que había comportado indebidamente con alguna de las modelos, llegando incluso a tratar de colarse en sus camas. Además, aseguraron que el empresario había vetado la participación de mujeres negras. Tras un intercambio de demandas, se alcanzó un acuerdo económico que satisfizo a ambas partes, lo que no quita que Trump siempre haya negado las acusaciones. Aquel mal trago no desanimó al millonario, que al año siguiente se hizo con Miss Universo. Sus declaraciones tras la adquisición también trajeron cola: “Honestamente, cuando compré el certamen, los trajes de baño se hicieron más pequeños y los talones más altos”, presumía en una entrevista en Vanity Fair. Si esto ocurría en su faceta profesional, en la personal las cosas también se le complicaron en ocasiones a Donald Trump. Durante el proceso de divorcio de su mujer Ivana, ésta afirmó que en una ocasión en 1989 se había sentido violada por su marido, aunque después publicó un comunicado aclarando que se trató de “relaciones maritales” en las que su esposo se comportó de forma muy distinta a como solía, sin “el amor y la ternura que normalmente” le mostraba. “Me he referido a esto como una ‘violación’, pero no quiero que mis palabras se interpreten en un sentido literal o criminal», precisó.

Luego está su etapa Playboy. Mucho antes de ponerse por meta la Casa Blanca, el magnate solía ser una de las celebridades vinculadas a esta publicación para adultos muy presente en la cultura popular estadounidense. De hecho, en 1990 logró protagonizar su primera página, una portada que aún conserva y cuelga en su oficina de la Trump Tower, según se ha podido comprobar en varias fotografías actuales difundidas por las redes sociales. En aquel número concedía una entrevista en la que, entre otras perlas, confesaba que si algún día intentara ser presidente -algo que prácticamente descartaba-, lo haría por el Partido Demócrata.

 

BuzzFeed y la CNN desenterraron tres películas de la marca Playboy, consideradas de pornografía suave, en las que Trump había aparecido

Durante la campaña electoral, varios medios, de nuevo BuzzFeed y la CNN, desenterraron tres películas de la marca Playboy, consideradas de pornografía suave, en las que Trump había aparecido. Por supuesto, nada equiparable a la filmación que, según el informe de marras, podría tener el Gobierno ruso. Aquí, ni desnudo ni interactuando con chicas. Se trataba sólo de cameos. Curiosamente, los republicanos pretenden poner límites a la industria del cine de adultos en este país. El primer vídeo salió a la luz. BuzzFeed obtuvo imágenes de una película de 2.000 que incluía dos modelos, que se desnudaban en ocasiones, recorriendo el país. Cuando llegan a Nueva York se encuentran con Trump, que aparece vertiendo champán en una limusina de marca Playboy. Al poco, CNN obtuvo imágenes de la cinta de 1994 Centerfold, en la que el presidente electo entrevista a un modelo que quiere aparecer en la portada del 40 aniversario de Playboy. Por último, encontró otra de 2001, en la que aparece durante un desfile de moda en el que, por cierto, se le ve con su actual esposa y futura primera dama Melania. En ninguna de ellas, Trump coincide con las escenas de desnudos.

Muy distintas parecen las películas que, según esta reciente teoría de la conspiración, guardaría Vladimir Putin en su recámara. Y aunque pocos dan ya credibilidad a la historia sobre el hotel de Moscú, desde luego ha servido para volver a poner sobre la mesa el ya insoslayable historial del futuro presidente de escándalos vinculados a asuntos de la carne. Y todo por un expediente que, según aseguró la CNN, tuvo su origen en el encargo de un grupo de republicanos contrarios al magnate que buscaban sus trapos sucios ante las primarias. Más tarde fueron los demócratas los que mantuvieron vivas las pesquisas que derivaron en el informe que, además de revelaciones sexuales, sostiene que Rusia trató ofertar a Trump negocios vinculados al Mundial de 2018.

 

Uno de los relevos presidenciales más ajetreados que se recuerdan, entre sórdidos relatos eróticos, ciberataques y espías rusos y británicos

El documento también indica que Moscú realizó investigaciones sobre Hillary Clinton, aunque en su caso no se hallaron comportamientos íntimos poco ortodoxos. Con este panorama, Estados Unidos se preparó en los meses previos al histórico y distópico  20 de enero del 2017, para vivir uno de los relevos presidenciales más ajetreados que se recuerdan, entre sórdidos relatos eróticos, tramas de espionaje, ciberataques y espías rusos y británicos. Tampoco en el Partido Republicano este cambio está siendo sencillo. Cuando Trump lograba alzarse con la candidatura de la formación conservadora, el fundador de Playboy, Hugh Hefner, alababa a los republicanos por votar por su amigo durante las primarias, aseverando que con él había llegado la ansiada “revolución sexual” al partido, tras décadas de puritanismo. Quizá en esta ocasión, el creador de las famosas conejitas se quedó algo corto.

“El fiscal de la trama rusa testificará en abierto ante el Congreso de EE UU

Robert S. Mueller abordará el 17 de julio su investigación sobre la injerencia electoral de Moscú y la posible obstrucción a la justicia por parte de Donald Trump…”. Estos son los titulares de finales de este mes de junio en los principales periódicos del mundo. Comparten portadas junto a las fotos de los migrantes salvadoreños ahogados en el río Bravo… El fiscal especial Robert S. Mueller, encargado del caso de la trama rusa, testificará el 17 de julio en una sesión abierta ante el Congreso de Estados Unidos al aceptar la citación por parte de los legisladores demócratas. Mueller abordará sus casi dos años de investigación sobre la injerencia de Rusia en las elecciones presidenciales de 2016 y un posible delito de obstrucción a la justicia por parte de Donald Trump, al tratar de torpedear esas pesquisas. La comparecencia, que tendrá lugar en los comités del Poder Judicial y de Inteligencia de la Cámara de Representantes, llega con los ingredientes necesarios para resultar explosiva, pese a que Mueller advirtió en su única declaración pública, tras cerrar la investigación, que no revelaría nada distinto de los 400 folios de su informe. El fiscal especial dio por probada la interferencia electoral de Moscú, cuyo objetivo era favorecer la victoria de Trump, aunque no halló indicios para determinar que hubiera conspiración con el entonces candidato, su entorno o ningún ciudadano estadounidense. La conclusión respecto a su posible obstrucción a la justicia se complica para el presidente. Mueller justificó que no se pronunciaba sobre si la hubo por las limitaciones jurídicas de acusar a un presidente, pero recalcó que en ningún caso le exoneraba del posible delito.

Es ese hueso el que los congresistas demócratas van a agarrar. El informe Mueller describió una decena de episodios que involucraban al presidente y que podían suponer material para una acusación de obstrucción, como el despido del director del FBI James Comey o el interés de Trump por cesar al propio Mueller. El fiscal general de Estados Unidos, William Barr, determinó tras analizar el informe que no había pruebas de obstrucción, pero el fiscal especial dejó claro semanas después que él, por su parte, no exoneraba a Trump. “Si hubiésemos tenido confianza en que el presidente claramente no cometió delito, lo habríamos dicho. Sin embargo, no determinamos si el presidente lo cometió”, dijo Mueller a finales de mayo ante la prensa. “Un presidente no puede ser imputado de un delito federal mientras está en el cargo. Es inconstitucional. Incluso si los delitos están ocultos ante la opinión pública está prohibido. La oficina del fiscal especial es parte del Departamento de Justicia y su regulación estaba limitada por esa política. Acusar al presidente de un delito no era, por tanto, una opción que pudiésemos considerar”, explicó. La declaración avivó las llamadas a la destitución (impeachment) de Trump entre los demócratas, muy divididos respecto a la conveniencia de esta estrategia. Lo que se cuente el 17 de julio puede aumentar la presión.

 

“Es nuestra versión de la fotografía siria del niño de 3 años muerto en la playa…”, declaró Joaquín Castro, representante demócrata de Texas

El padre y la hija yacen bocabajo en las aguas lodosas de la orilla del río Bravo, la pequeña cabeza de la niña metida dentro de la camiseta del hombre, un brazo de la bebé colocado sobre el cuello de él. El retrato de la desesperación fue captado el 24 de junio por la periodista Julia Le Duc, en las horas posteriores a que Óscar Alberto Martínez Ramírez murió junto a su hija de 23 meses, Valeria, cuando intentaban cruzar desde México hacia Estados Unidos. La imagen representa una conmovedora muestra del peligroso recorrido que los migrantes enfrentan en su paso rumbo al norte hacia Estados Unidos, y de las trágicas consecuencias que a menudo transcurren de manera invisible en el escandaloso y ácido debate sobre la política fronteriza. La imagen recordó otras fotografías poderosas y en ocasiones perturbadoras que han reactivado la atención pública sobre los horrores de la guerra y el profundo sufrimiento de las personas refugiadas y migrantes: historias personales que a menudo son ensombrecidas por acontecimientos mayores. Como la fotografía icónica de un niño sirio cubierto de sangre que fue rescatado de entre los escombros en Alepo después del ataque aéreo o la toma de 1993 de un niño pequeño que estaba próximo a la inanición y un buitre cercano en Sudán, la imagen de un padre y su pequeña hija que aparecieron a la orilla del río Bravo tenía el potencial de despertar la conciencia pública.

A medida que la fotografía se divulgó en redes sociales el 25 de junio, los demócratas en la Cámara de Representantes de Estados Unidos se movilizaron hacia la aprobación de un proyecto de ley de emergencia de ayuda humanitaria por 4.500 millones de dólares para abordar la difícil situación de los migrantes en la frontera. Joaquín Castro, representante demócrata de Texas y presidente del caucus latino, se mostró conmovido mientras discutía la fotografía en Washington. Dijo que tenía la esperanza de que marcara una diferencia entre los legisladores y el pueblo estadounidense en general.  “Es muy duro ver esa fotografía”, dijo Castro. “Es nuestra versión de la fotografía siria del niño de 3 años muerto en la playa. Eso es lo que es”.

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