El espíritu de Max Weber debe imponerse tras el III Informe de Gobierno de Carlos Joaquín: “Reconciliación, solidaridad e inclusión”

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

El fundador de la sociología moderna y la administración pública, decía hace más de un siglo, que hay tres cualidades decisivamente importantes para el político: pasión, sentido de la responsabilidad y mesura. Carlos Joaquín no sólo ha leído “El príncipe” de Nicolás Maquiavelo. Tom Wolfe y Truman Capote, los padres del llamado ‘Nuevo Periodismo’ y autores de obras como ‘La hoguera de las vanidades’ y ‘A sangre fría’ deben ser referentes: periodismo profesional, innovador, sosegado sin olvidarnos de ejercer el obligado papel de difusión y control de la acción pública. “Toda acción es, por naturaleza, la proyección de la personalidad sobre el mundo exterior y consiste esencialmente en atravesarnos en el camino ajeno, en estorbar, herir o destrozar a los demás, según nuestra manera de actuar”, escribía el lisboeta Fernando Pessoa en ‘El libro del desasosiego’.

Pasión en el sentido de positividad, de entrega apasionada a una causa. La pasión no convierte a un hombre en político si no está al servicio de una causa y no hace de la responsabilidad para con esa causa la estrella que oriente la acción. Para eso se necesita mesura, capacidad para dejar que la realidad actúe sobre uno sin perder el recogimiento y la tranquilidad, es decir, para guardar la distancia entre los hombres y las cosas. “Cumplan sus promesas”, destacaba en su portada el periódico QUEQUI. Era la encomienda del nuevo Gobernador de Quintana Roo, Carlos Joaquín, quien atestiguó en la toma de posesión de los 11 nuevos alcaldes, a quienes convocó a acabar con municipios de primera y se segunda en nuestro Estado. “Se acabó el tiempo de la prepotencia, estamos en tiempos de la reconciliación, de la solidaridad y de la inclusión de todos, porque hay que invitar a todos a trabajar juntos para recuperar a Quintana Roo”. El espíritu de la obra “El político y el científico” de Max Weber, filósofo, economista, jurista, historiador, politólogo y sociólogo alemán, se imponía. Es importante que muchos de nuestros políticos no se ciñan, casi en exclusiva, a tener como referencia en su acción pública a “El príncipe”, un tratado político escrito por Nicolás Maquiavelo en 1513, mientras se encontraba encarcelado en San Casciano por la acusación de haber conspirado en contra de los Médici, inspirándose en César Borgia. Este noble italiano de origen aragonés, duque, príncipe, conde, condotiero, confaloniero, obispo de Pamplona, con dieciséis años, arzobispo de Valencia, con diecinueve años, Capitán General del Vaticano y cardenal con casi veinte años de edad, durante el Renacimiento, se ha inmortalizado como el prototipo del individuo cruel y ambicioso que no abrigó ningún sentimiento generoso y para satisfacer sus odios cometió innumerables asesinatos. En realidad no fue una excepción, pues semejante conducta siguieron la mayoría de los príncipes italianos del siglo XV.

“El príncipe” nos legó el sustantivo maquiavelismo y el adjetivo maquiavélico y cuya influencia sigue vigente hasta la época actual. Su objetivo, siglos atrás, era mostrar cómo los príncipes deben gobernar sus Estados, según las distintas circunstancias, para poder conservarlos exitosamente en su poder, lo cual es constantemente demostrado mediante múltiples referencias a gobernantes históricos y a sus acciones. Presenta como característica sobresaliente el método de dejar de lado sistemáticamente, con respecto a las estrategias políticas, las cuestiones relativas a la moral y a la religión. Solo interesa conservar el poder. De hecho, para Maquiavelo así obran incluso papas como Alejandro VI, lo que constituye la clave de su éxito.

 

La máxima ‘weberiana’: trabajos elaborados con sosiego, sin prisas de rotativas, noticias contrastadas, consultados actores de la noticia…

La conservación del Estado obliga a obrar cuando es necesario “contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad y contra la religión”. Y ello requiere a nivel teórico -en oposición a toda la tradición de la filosofía política desde Platón en adelante- dejar de idealizar gobiernos y ciudades utópicas e inexistentes para inclinarse en cambio por los hombres reales y los pueblos reales, examinar sus comportamientos efectivos y aceptar que el ejercicio real de la política contradice con frecuencia la moral y no puede guiarse por ella. Los nuevos tiempos que corren no están para príncipes ni conspiraciones ni ‘guerras sucias’. Reconciliación, solidaridad e inclusión son las consignas que se imponen en esta nueva etapa política que tenemos por delante.

La máxima ‘weberiana’ de la tranquilidad, de los trabajos elaborados con sosiego, sin prisas de rotativas, donde se contrasten las noticias, los diferentes actores de la misma sean consultados… debe imponerse también en nuestros periódicos y otros medios. Tom Wolfe y Truman Capote, los padres del llamado ‘Nuevo Periodismo’ y autores de obras como “La hoguera de las vanidades” y “A sangre fría” deben ser referentes: periodismo profesional, innovador, sosegado sin olvidarnos de ejercer el obligado papel de difusión y control de la acción pública. Desde hace un tiempo atrás la imagen pública a nivel internacional de Cancún, Quintana Roo y México está sufriendo un preocupante deterioro. Nos quejamos de cómo nos tratan los ‘mass media’ exógenos. Se impone el rebelarnos y aportar nuestro granito de arena para revertir esta injusta situación. Problemas como el de la inseguridad ciudadana están ahí. Es algo que no se puede obviar. Ningún país, y menos los de nuestro entorno hemisférico tanto en el Norte como en el Centro o el Sur, está exento de los mismos. Tenemos que ser capaces de mostrar al mundo las otras aristas más amables de nuestra realidad. No seamos ingenuos. Cancún y Riviera Maya, primer destino turístico mundial del Caribe, provocan, sin querer. Miserias humanas.

 

Hay un dicho que hizo famoso Mario Benedetti: “Cuando teníamos las respuestas nos cambiaron las preguntas”

El hombre es un animal gregario, pero además es capaz de prever y planificar sus actos, lo que lo convierte en un animal político como insistía Aristóteles. Por eso Max Weber tenía razón cuando recalcaba que un periodista al igual que un político no debe guiarse en su actividad por la simple pasión. Ya que esta pasión puede también ser fuente de sus errores. Debe tener además las virtudes que el autor señala, responsabilidad y mesura, pero eso sí, acompañadas de amplias dosis de sentido común. Este es el mejor de los guías. “En España hay la costumbre que hizo famoso a Manuel Fraga Iribarne, que amaba Inglaterra pero no sus modales. Fue ministro de Información, nada menos; sus ruedas de prensa eran como las notas de su ministerio y como las notas de sus memorias, escuetas como el estilo militar que reinaba. Cuando respondía y no abroncaba era día de fiesta en su corazón, pero casi nunca era día de fiesta en su corazón. Ni en democracia cambió sus modales…”, escribía el intelectual español y escritor Juan Cruz. Las cosas han cambiado algo, pero no tanto. El eterno expresidente en funciones, el conservador del Partido Popular, PP, Mariano Rajoy inventó el concepto de ‘plasma’ para acentuar su lejanía, se somete a preguntas en el extranjero, y poco entre los periodistas nacionales, y no se muestra en general contento con lo que le preguntan excepto si le resultan cómplices las cuestiones.

Hay un dicho que hizo famoso Mario Benedetti: “Cuando teníamos las respuestas nos cambiaron las preguntas”. Eso es lo que hacía Rajoy, y no solo él. Los políticos de nuestras democracias occidentales devuelven la pregunta o le dan la vuelta para responder lo que les da la gana. Esas circunstancias han acostumbrado mal a los políticos y a los periodistas. Como éstos no obtienen respuestas que puedan resultar interesantes para el público, hacen varias por si aciertan con alguna en la diana de la política. En otras culturas periodísticas (y políticas) las preguntas se hacen una a una, los políticos las entienden como parte imprescindible de su oficio y no dejan a los periodistas con la palabra en la boca. Los políticos convocan a los periodistas hasta para leerles un comunicado. Se olvidan que hay Internet y Twitter.

 

Gabriel García Márquez dijo que él odiaba las conferencias de prensa porque todos iban a ellas con preguntas ya hechas mil veces

Esa otra costumbre, la del papelito que prohíbe las preguntas, ha oscurecido la relación de los periodistas políticos con sus fuentes naturales, y es lógico que cuando tienen la oportunidad de hacer una pregunta hacen hasta cuatro concatenadas por ver si rompen el muro de lugares comunes reiterativos con que los acogen los preguntados. Así que a los periodistas no se les debía culpar del amontonamiento, pero es cierto que si huyeran de él las respuestas serían al menos más comprometidas o más nítidas, o en todo caso menos barrocas. Gabriel García Márquez dijo que él odiaba las conferencias de prensa porque todos iban a ellas con preguntas ya hechas mil veces, “no saben que está prácticamente todo dicho”. Las preguntas ya hechas, y las respuestas ya repetidas, habría que añadirle al maestro. Y habría que juntar a estos hábitos uno que es muy nuestro, de los periodistas: juntar preguntas o lanzar excursos interminables con los que apabullamos al que tiene que responder. Una pregunta sencilla vale más que mil palabras. Y desconcierta más que un discurso.

Políticos y periodistas, amén de los ciudadanos, son piezas claves en una democracia y todos ellos deben ser conscientes de su protagonismo. No hay que tener miedo al debate, a las opiniones dispares, a la diversidad de siglas en nuestras instituciones, a un normal ejercicio del control de la gestión de los dineros públicos, a la defensa de un Estado de Derecho… Si no lo tenemos claro pudiéramos terminar con un mismo peinado, como el que impone el actual presidente de Corea del Norte, Kim Jong-un, a sus súbditos. El mundo y Quintana Roo no quiere ‘príncipes’ sino servidores públicos plenos de pasión, sentido de la responsabilidad y mesura.

 

Las incertidumbres y miedos de la época actual permiten que afloren disparatadas teorías en un horizonte conspiranoico

El ser humano no soporta demasiada realidad, pero en mi opinión llevamos peor que haya demasiada incertidumbre alrededor. La crisis de los “grandes relatos” nos dificulta comprender lo que pasa insertándolo en un esquema general que le confiera sentido, y ha provocado el sentimiento de una pérdida de control sobre el mundo. Si es cierto que nuestra época se caracteriza por las incertidumbres y los miedos, no tiene nada de extraño que el lugar de las construcciones ideológicas esté hoy en parte ocupado por pequeñas historias de conspiraciones que se multiplican para explicar lo que de otro modo no comprenderíamos. Buena parte de su éxito se explica también por el aumento de situaciones que generan ansiedad, como el terrorismo internacional, las catástrofes ecológicas, la disolución del vínculo social, la inseguridad creciente del mercado de trabajo o la pérdida de confianza en las autoridades y los “expertos”.

Por muy delirantes que puedan resultar algunas de estas explicaciones, sirven para dar sentido a las cosas tan disparatadas y desconcertantes que suceden en un mundo caótico e inestable, en el que todo parece posible, incluso lo peor. De este modo se satisface nuestra necesidad de estructuras y modelos de inteligibilidad, que incluye también alguna indicación para saber quiénes son los buenos y los malos de esta historia. Tal vez eso explique el crédito del que gozan las historias que explican demasiado, como las conspiraciones urdidas por un sujeto omnisciente.

De ahí también la obsesión por la transparencia en una cultura que, como la nuestra, gira en torno a lo visual. Si todo lo que pasa obedece a relaciones que no vemos es porque algo se nos está ocultando deliberadamente. El deseo de que nos muestren lo que esconden tiene dos presupuestos: que nuestro principal problema obedece a esa falta de visibilidad; y que deberíamos estar en condiciones de ver y vigilarlo todo.

 

Noam Chomsky se apunte a la estrategia de denunciar las conspiraciones y reivindique el uso de esa palabra frente a la no reflexión

En la campaña presidencial estadounidense que llevó a la Casa Blanca, al republicano y populista Donald Trump, por ejemplo, irrumpieron este tipo de recursos. Entre muchos de los complots imaginarios que se llegaron a denunciar destacaba la acusación del mismísimo Trump a Barack Obama por haber fundado el denominado ‘Estado Islámico’, ISIS, pero tampoco faltaban explicaciones rocambolescas en el campo demócrata cuando consideran a Trump un infiltrado de Vladímir Putin. El conspiracionismo tiene una larga tradición en Estados Unidos, como explicó en los años sesenta Richard Hofstadter en su estudio sobre el estilo paranoide de la política americana. Se trata, por cierto, de un recurso que comparten la izquierda y la derecha, como la crítica al establishment que tan buenos réditos da a unos y a otros. De diferentes maneras, ambos oponen un pueblo sano y armónico a un enemigo exterior, ya se trate de los inmigrantes, el Islam, las élites o los otros en general. Para quien razona en términos conspirativos, la sociedad se encuentra en un estado de inocencia y sin conflictos; el desorden solo se explicaría por la intromisión de fuerzas externas encarnadas por los conspiradores, que unos llaman extranjeros y otros, élites.

No es extraño que un intelectual de la izquierda altermundialista como Noam Chomsky se apunte a la estrategia de denunciar las conspiraciones y reivindique el uso de esa palabra frente a quienes “quieren que no reflexionéis sobre lo que verdaderamente pasa”. La cercanía entre el pensamiento crítico y el pensamiento conspiracionista es inquietante y quien esté interesado en impugnar las innumerables injusticias de nuestra sociedad debería evitar explicarlas con una visión binaria que simplifique todo en un combate demasiado nítido entre los buenos y los malos (y no porque no los haya precisamente). Quien emprende una batalla de denuncia, crítica y compromiso no está eximido de hacerlo con ecuanimidad y rigor intelectual, aunque no pocos denunciarán a su vez ese estilo como falta de radicalidad ante el mal.

 

Conectan con el desasosiego y la impotencia de un individuo enfrentado a una realidad política que ni comprende, ni controla

Si las teorías de la conspiración encuentran tan buena acogida es porque cumplen una primera función elemental de proporcionar un esquema de explicación fácil, global y, sobre todo, intencional de una realidad política cada vez más compleja. Conectan con el desasosiego, del que nos hablaba el escritor portugués Fernando Pessoa en su obra maestra ‘El libro del desasosiego’, y la impotencia de un individuo enfrentado a una realidad política que ni comprende, ni controla; constituyen un alivio, aunque solo sea transitorio, de ese malestar. Las teorías del complot eliminan todo azar de la historia y del funcionamiento de las sociedades reduciendo la complejidad molesta a los encadenamientos simples. Si no hay azar, tiene que haber responsables ocultos de las infelicidades del mundo. Los razonamientos conspiracionistas presuponen que nada sucede por accidente, que todo lo que acontece es el resultado de intenciones escondidas y que todo está conectado de manera oculta.

Quien acepta una explicación de ese tipo recupera ilusoriamente una cierta soberanía sobre la realidad al disponer de un relato que la vuelve inteligible. Esta soberanía es, por supuesto transitoria, ya que nos impide entender aquellas constelaciones políticas en las que lo malo que nos pasa no se debe a una acción intencional, sino a errores o azares, que son más habituales que el expreso deseo de hacer daño. El consumidor de estas explicaciones olvida que, como nos enseñó Max Weber, “el resultado final de la actividad política raramente responde a la intención primitiva del actor”. Quien no sabe esto, no sabe nada de cómo funciona la política. Pero es que además se da la paradoja de que de este modo se limita aún más el poder de intervenir sobre la realidad porque la denuncia de enemigos demasiado poderosos extiende también el desánimo y nos sitúan en un horizonte de fatalidad. Pensar conspirativamente equivale a mantener al mismo tiempo una visión mágica de la política y alimentar el abatimiento colectivo.

 

Mientras nos obsesionamos con las conspiraciones de otros, somos demasiado indulgentes con nuestras propias torpezas

Para esa crítica del mundo contemporáneo que es tan necesaria resultan de poca utilidad los esquemas conspirativos. Mientras nos obsesionamos con las conspiraciones de otros, somos demasiado indulgentes con nuestras propias torpezas. Deberíamos prestar más atención al modo en que el mundo produce sus propias catástrofes, a los riesgos que irracionalmente asumimos, a la falta de previsión en el empleo de ciertos dispositivos tecnológicos, al debilitamiento de la responsabilidad. “Por supuesto que en la historia hay perversión, pero comprenderíamos mejor nuestra condición si reconociéramos que la chapuza es el estado natural del ser humano, que la maldad es más una excepción que la regla, del mismo modo que hay más improvisación que previsión o más errores que engaños. Me atrevería incluso a afirmar que en la maldad hay más chapuza que planificación. ¿Por qué a quienes hacen el mal les debemos reconocer una mayor clarividencia y habilidad que el resto de los mortales?”, escribía Daniel Innerarity es Catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco, actualmente, profesor invitado en la Universidad de Georgetown.

Se puede afirmar que la vida de Fernando Pessoa, quien nació y murió en Lisboa, capital portuguesa, entre finales del siglo XIX y casi mediados del XX, estuvo dedicada a crear y que, de tanto crear, creó también otras vidas a través de sus heterónimos: ese fue su principal característica y el principal interés de su personalidad, en apariencia tan pacata. Algunos críticos se preguntan si Pessoa realmente habría revelado su verdadero yo, o si en realidad no será todo un producto de su vasta creación. Al tratar temas subjetivos y usar la heteronimia, Pessoa se convierte en extremadamente enigmático. “Tengo el deber de encerrarme en la casa de mi espíritu y trabajar cuanto pueda y en todo cuanto pueda para el progreso de la civilización y el ensanchamiento de la conciencia de la humanidad…”, recalcaba. Sobre Fernando Pessoa, el poeta y nobel mexicano de Literatura Octavio Paz dijo que “los poetas no tienen biografía; su obra es una biografía” y que en el caso de Pessoa “nada en su vida es sorprendente, nada excepto sus poemas”. El crítico literario estadounidense Harold Bloom lo consideró en su libro ‘The Western Canon’ (El canon occidental) el más representativo poeta del siglo XX, junto al chileno Pablo Neruda. Con motivo de la conmemoración del centenario su nacimiento en 1988 su cuerpo fue trasladado al Monasterio de los Jerónimos de Belém, confirmando el reconocimiento que no tuvo en vida”.

 

“Toda acción es, por naturaleza, la proyección de la personalidad sobre el mundo exterior, en atravesarnos en el camino ajeno”, narraba Pessoa

Quiero terminar esta columna con unas frases de Fernando Pessoa que nos legó en ‘El libro del desasosiego’…  “Pedí tan poco a la vida y ese mismo poco la vida me lo negó. Un haz de parte del sol, un campo próximo, un poco de sosiego con un poco de pan, no pesarme mucho el saber que existo, y no exigir nada de los otros ni ellos nada de mí. Esto mismo me fue negado, como quien niega la limosna no por falta de buena alma, sino por tener que desabrocharse la chaqueta. Escribo, triste, en mi cuarto tranquilo, solo como siempre yo he estado, solo como siempre estaré y pienso si mi voz, aparentemente tan poca cosa, no encarna la sustancia de millares de voces, el hambre de decirse de millares de vidas, la paciencia de millones de almas sometidas como la mía al destino cotidiano, al sueño inútil, a la esperanza sin vestigios…

El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad. La cualidad principal en la práctica de la vida es aquella cualidad que conduce a la acción, esto es, la voluntad. Ahora bien, hay dos cosas que estorban a la acción -la sensibilidad y el pensamiento analítico-, que no es, a fin de cuentas, otra cosa que el pensamiento con sensibilidad. Toda acción es, por naturaleza, la proyección de la personalidad sobre el mundo exterior, y como el mundo exterior está en buena y en su principal parte compuesto por seres humanos, se deduce que esa proyección de la personalidad consiste esencialmente en atravesarnos en el camino ajeno, en estorbar, herir o destrozar a los demás, según nuestra manera de actuar.

Para actuar es necesario, por tanto, que no nos figuremos con facilidad las personalidades ajenas, sus penas y alegrías. Quien simpatiza, se detiene. El hombre de acción considera el mundo exterior como compuesto exclusivamente de materia inerte, inerte en sí misma, como una piedra sobre la que se pasa o a la que se aparta del camino; o inerte como un ser humano que, por no poder oponerle resistencia, tanto da que sea hombre o piedra, pues, como a la piedra, o se le apartó o se le pasó por encima.

El máximo ejemplo de hombre práctico, por reunir la extrema concentración de la acción junto con su importancia extrema, es la del estratega. Toda la vida es guerra, y la batalla es, pues, la síntesis de la vida. Ahora bien, el estratega es un hombre que juega con vidas como el jugador de ajedrez juega con las piezas del juego. ¿Qué sería del estratega si pensara que cada lance de su juego lleva la noche a mil hogares y el dolor a tres mil corazones? ¿Qué sería del mundo si fuéramos humanos? Si el hombre sintiera de verdad, no habría civilización. El arte sirve de fuga hacia la sensibilidad que la acción tuvo que olvidar…”.

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