El presidente que rompió Estados Unidos, el legado de Donald Trump, la mayor fractura social desde los magnicidios de 1968 y Vietnam

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

“El tiempo en política es una sustancia altamente inestable. Siempre va por delante pero solo se entiende mirando atrás. Es algo que saben bien los sociólogos estadounidenses. Desde hace un año, sus sensores han detectado un seísmo únicamente comparable al que en 1968 sacudió al país. Una falla que, según las encuestas, ha dividido a la sociedad norteamericana como nunca en medio siglo y que tiene una causa bien establecida: Donald John Trump (Nueva York, 1946)…”, escribe el periodista español Jan Martínez Ahrens. Retroceder 50 años no es caer en una fecha cualquiera. 1968 fue el año en que Estados Unidos perdió la inocencia. Robert Kennedy y Martin Luther King fueron asesinados. Richard Nixon ganó las elecciones. Las protestas civiles sacudieron el país. Y en Vietnam, la ofensiva del Tet y la matanza de My Lai, hicieron sentirse bárbaros a muchos americanos de buena fe. Fue una fecha para la memoria, como ha sido en muchos sentidos el primer año de Trump. “Al igual que en 1968, vivimos un choque entre dos formas de ver el mundo: emergen profundas contradicciones y hay un esfuerzo por redefinir y desmantelar instituciones”, explica Victor Davis Hanson, historiador en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. En 12 meses, sin necesidad de guerras ni magnicidios, se han roto todos los moldes; el presidente de Estados Unidos ha insultado y amenazado, mentido y despreciado. Ante los ojos estupefactos del planeta, ha convertido la Casa Blanca en un show en sesión continua. El resultado ha sido enfermizo. La fractura social ha alcanzado niveles que no se registraban desde Vietnam. Su valoración es la más baja de un presidente a estas alturas de mandato. El desprestigio de las instituciones, ese proyectil que él tanto utilizó en campaña, se ha abismado y su propia administración es vista como disfuncional por el 70% de los ciudadanos. “Ha roto con el papel simbólico de la presidencia. Trump no trata de estar por encima de la refriega ni le importa aparecer como justo. Tampoco le preocupa la imagen de EE UU en el mundo. Sus normas se reducen al poder y la humillación del enemigo”, afirma Andrew Lakoff, profesor de Sociología de la Universidad California Sur.

El daño es ciclópeo y en otro país de contrapesos más débiles habría desencadenado una crisis institucional. Pero lejos de cualquier temor, Trump sobrevive y ya sueña con la reelección. ¿Cómo es posible? Los expertos indican que el presidente vive seguro bajo la bandera del patriotismo y la xenofobia. Desde los albores de su campaña ha sabido destilar los miedos de la población blanca rural para obtener un combustible de alto octanaje. Fracturando al electorado, se ha quedado con ese 40% de los votantes registrados que le es fiel, que odia la globalización y teme al inmigrante. A ellos dirige sus mensajes y por ellos sacude diariamente al mundo con sus invectivas. “Ese núcleo duro le adora como en un culto religioso. Creen en lo que diga y apoyan lo que haga”, indica el profesor Larry J. Sabato, director del Centro para la Política de la Universidad de Virginia. En la polémica, Trump se sabe fuerte. La altisonancia le eleva y distingue. La palabra es un arma en sus manos. Se pudo ver el mismo día de su investidura, cuando después de jurar sobre la aterciopelada biblia de Abraham Lincoln entonó un enfurecido canto nacionalista y dio por inaugurada la era de América Primero. Fue la apoteosis del aislacionismo. La doctrina de la que Estados Unidos nunca ha escapado del todo y que ha determinado la política exterior de Trump.

El presidente de EE UU negó la mano a la canciller alemana, Angela Merkel, y humilló al expresidente mexicano, Enrique Peña Nieto, despreció  a Europa, revertió el acuerdo de libre comercio del Pacífico (TPP), puso en la cuerda floja el Tratado de Libre Comercio con América del Norte, abandonó el pacto contra el cambio climático… Todos estos movimientos los ha dado con la vista puesta en el ombligo. Aunque en muchas ocasiones, como en el caso de Irán, haya ido menos lejos de lo prometido y en la trastienda se haya mostrado más prudente que en su cuenta de Twitter, sus mensajes le han presentado ante su núcleo duro como el campeón que cumple sus promesas y antepone los intereses americanos a los extranjeros. A esta imagen flamígera ha ayudado otro factor que también asomó en su investidura. Tras la toma de posesión, aseguró contra toda evidencia que había sido la más multitudinaria de la historia. Ante las imágenes de la ceremonia de Obama que le desmentían sin atisbo de duda, sus asesores rebuscaron en la chistera y respondieron con la teoría de los “hechos alternativos”. Había nacido la realidad paralela de Trump. Un universo donde no importa el contraste empírico sino el efecto ante el votante. A esa criatura escénica, que algunos días roza el delirio, Trump pronto incorporó el bombardeo a los medios críticos (The New York Times, The Washington Post, CNN…) a los que calificó de “enemigos del pueblo”. La estrategia, marcada por su antiguo consejero áulico Steve Bannon, pasaba por considerarles un brazo opositor y, por tanto, una fuente de información sesgada. “Ya no cuentan la verdad, no hablan para la gente sino a favor de intereses ajenos”, clamó el presidente.

Construido el enemigo permanente, creada la realidad paralela, Trump ha dispuesto de un escudo contra los embistes de su mayor pesadilla: la trama rusa. Las investigaciones para determinar si su equipo electoral se coordinó con Rusia en la campaña de intoxicación contra Hillary Clinton se han vuelto un escándalo perpetuo. Trump quiso liquidar el caso forzando, a través de Departamento de Justicia, la salida del director del FBI. La maniobra devino un desastre mayor. En un juego de contrapoderes típicamente estadounidense, su propia Administración acabó nombrando un fiscal especial para hacerse cargo del caso y despejar cualquier sombra de sospecha. Desde entonces, el cerco no ha dejado de estrecharse. Ya hay cuatro imputados, entre ellos el exconsejero de Seguridad Nacional Michael Flynn y el antiguo asesor de campaña Paul Manafort. Y nadie duda de que habrá más… Hostigado, Trump ha respondido quemando puentes. Se ha declarado víctima de una “caza de brujas” y no ha dudado en acusar de parcialidad al fiscal especial, Robert Mueller. La posibilidad de un ‘impeachment’ sigue lejana y el presidente cuenta con que su partido no está dispuesto a abrir la puerta a ningún juicio. Pero la beligerancia presidencial y sus exabruptos constantes a los investigadores han ofrecido al mundo uno de sus rasgos más pavorosos: la inestabilidad. Colérico, desmesurado, atronador, Trump ha pulverizado cualquier precedente. Lo inimaginable se ha hecho realidad y ni siquiera la seguridad nuclear se ha librado de este festival. Mientras el aparato militar y diplomático estadounidense se enfrascaba en un complejo pulso para frenar la carrera armamentística norcoreana, el presidente no ha dejado de jugar al matón de patio. Ha llamado “gordo, bajo y hombre cohete” al no menos megalómano Líder Supremo, Kim Jong-un; se ha jactado de tener un “botón más grande y poderoso” e incluso ha amenazado con devastar Corea del Norte. Esta inflamación verbal crónica ha extremado la disputa sobre su estado mental. Unas dudas que él ha tratado de despejar aumentando sus apariciones públicas y sometiéndose a un test cognitivo.

Equilibrado o no, la agitación permanente en la que vive ha oscurecido su mandato. Sus éxitos, fuera de su esfera de influencia, han quedado rápidamente diluidos. En un tiempo de bonanza económica, con Wall Street tocando máximos históricos y la cifra más baja de desempleo desde 2001, hay quien se pregunta qué habría ocurrido si Trump no escribiese en Twitter. ¿Cómo sería su mandato?¿Cómo se entenderían la entrada del conservador Neil Gorsuch al Tribunal Supremo o la reforma fiscal, con su recorte de 1,5 billones de dólares en 10 años y sus repatriaciones masivas de capital? El propio Trump parece haber sido consciente de esta interferencia y, sin dejar de hacer ruido, ha iniciado un cambio estratégico. Desde la humillante derrota ante el Obamacare, donde no logró ni el apoyo mayoritario de su partido, el presidente se ha ido acercando al establishment que tanto decía odiar. En este camino ha prescindido del ideólogo del miedo, Steve Bannon, y ha forjado alianzas con los líderes republicanos en las Cámaras. “Ha sido una capitulación del Partido Republicano ante el trumpismo”, añade el sociólogo Lakoff. Instintivo como pocos, Trump advirtió el peligro que le acechaba en las elecciones legislativas de 2018 y no se quedó quieto. Avanzó, negoció y abrazó a los dueños del pantano. Cambió el paso, pero no dejó de ser Trump ni de cavar la zanja. Día a día, incontenible y furioso, mantuvo la estrategia de la tensión y ahondado la sima que divide como nunca desde 1968 a los estadounidenses. Ese abismo es, de momento, su principal legado.

 

A diferencia de su admirado Ronald Reagan rechazó la noción de tierra de emigrantes con una singular clausura del sueño americano

El muro. El veto migratorio. Los “países de mierda”. La deportación de ‘dreamers’. La expulsión de salvadoreños, hondureños, guatemaltecos, nicaragüenses y haitianos. El rechazo a los refugiados. La reducción a la mitad de las green cards… Donald Trump ha construido su presidencia con un continuo ataque a la inmigración. A diferencia de su admirado Ronald Reagan, ha dado la espalda a la noción de Estados Unidos como tierra de emigrantes y ha puesto en marcha una singular clausura del sueño americano. El proyecto de nación ha llegado a su fin y es hora de cerrar las fronteras. La apertura ya no es necesaria. América ya no está en construcción. Sino que ha cristalizado en una forma que hay que aprestarse a defender. Es la doctrina de América Primero. De una América que él, blanco, multimillonario y enamorado de su propia genética, considera la mejor del mundo. La Ley Dream, acrónimo del inglés ‘Development, Relief and Education for Alien Minors Act’ (Ley de fomento para el progreso, alivio y educación para menores extranjeros), también llamada Dream Act o Acta del Sueño, es un proyecto legislativo bipartidista, que se debatió en el congreso estadounidense, junto a la Reforma migratoria, que daría un camino hacia la ciudadanía estadounidense a estudiantes indocumentados que hubiesen llegado a Estados Unidos siendo menores de edad. El proyecto legislativo fue presentado en septiembre de 2006… Tarjeta de residencia permanente en Estados Unidos, conocida popularmente como Tarjeta Verde, Green Card​, es un documento de identidad para residentes permanentes en los Estados Unidos que no posean la nacionalidad estadounidense. Los poseedores de esta tarjeta tienen derecho a residir y trabajar en el país…

‘Dreamers’ (Soñadores) es una película dramática de 2003 dirigida por Bernardo Bertolucci. El guión fue escrito por Gilbert Adair, y está basado en su novela ‘The Holy Innocents’. Durante el Mayo francés, una juventud mayoritariamente formada por estudiantes universitarios, insatisfecha con la sociedad, planteaba cambios sociales y políticos que desembocaron durante un mes en enfrentamientos muy duros con las instituciones políticas del momento. Ambientada en los sucesos de Mayo de 1968 en París. Matthew es un joven estadounidense que vive en la capital de Francia como estudiante de intercambio, allí conoce a Isabelle  y Theo, dos hermanos que asisten con frecuencia a la cinemateca de París y a quienes ha visto pero solo llega a entablar comunicación con ellos cuando en la cinemateca se realiza una manifestación relacionada con el Mayo francés. Matthew es invitado a dejar su hotel y vivir con los hermanos, cuyos padres han dejado solos en casa por unos días. Allí descubre que los hermanos nacieron siameses y que tienen una extraña relación fraternal de dependencia. Matthew comparte su afición por el cine con los hermanos y juntos juegan a recrear algunas escenas de películas clásicas de cine, mientras debaten ideas políticas, culturales y sociales, mostrando sus diferencias de opinión y sus contradicciones. En medio de los juegos Isabelle y Matthew terminan envueltos en una relación amorosa obstaculizada por los extraños lazos fraternales de los hermanos. Finalmente Matthew termina involucrándose en una manifestación de protesta con violentos enfrentamientos con la policía, donde acabará por darse cuenta de que los ideales políticos y el comportamiento psicológico de los hermanos terminará su relación con Isabelle que decide seguir a su hermano, por lo que Matthew toma la decisión de marcharse…

 

‘Dreamers’ (Soñadores) figura entre las películas ‘históricas’ del director italiano Bernardo Bertolucci, ‘Novecento’, ‘El último emperador’…

‘Soñadores’ es una honesta y sentida declaración de amor al séptimo arte. Homenajes, referencias y extractos de películas, sobre todo del Hollywood clásico, se mezclan con la realidad del trío protagonista, jóvenes cinéfilos empedernidos que charlan sobre cine y juegan a imitar escenas, a veces incluyendo un “castigo” si uno de ellos no acierta a recordar el título de la obra que se representa. Es también una película de espíritu rebelde que reflexiona sobre la juventud, la sociedad y la hipocresía. Refleja la agitación que se vivía en las calles de París, tomadas por un número cada vez mayor de manifestantes -en su mayoría estudiantes y obreros- cuyas protestas llegaron a poner en jaque al gobierno francés -lo compara uno con la realidad española en plena dictadura de Francisco Franco, aliado durante la II Guerra Mundial de Adolf Hitler y Benito Mussolini y se echa a reír, por no llorar-. Este tiempo convulso no solo sirve de contexto para la inusual relación que mantienen unos protagonistas que se autodescubren con el paso de los días, también (como en el recuerdo del cine) es una mirada nostálgica por parte de Bernando Bertolucci a una manera de vivir, sentir y pensar.

‘Dreamers’ es una historia de amor y sexo. Libre, puro, amorfo, al margen de convenciones y esquemas sociales. Matthew, un tímido estudiante norteamericano maravillado con el estilo de vida parisino, habla de amor cuando conoce a sus dos nuevos amigos, los hermanos Isabelle y Theo, con los que siente una conexión especial. Confirmada cuando éstos le invitan a quedarse con ellos mientras sus padres están de viaje; un pequeño accidente durante la cena, ralentizado por Bertolucci para dotarlo de significado, anticipa lo que va a ocurrir entre los muchachos… Matthew no tarda en entregarse por completo a los caprichosos juegos y deseos de los hermanos, al descubrir que sus sentimientos hacia Isabelle son correspondidos (a su manera). Sin embargo, los profundos y turbadores lazos fraternales que la unen con Theo suponen una barrera para Matthew, que al adquirir confianza tratará de imponer su punto de vista, provocando la fractura del peculiar equilibro creado en ese refugio que los protege del exterior. Es una pena que Bertolucci no sea coherente con el camino trazado y solo insinúe la atracción física entre los dos chicos, cuando en el guion escrito por Adair había escenas homosexuales. Dice el director que no las rodó para no sobrecargar el film. Sin embargo, no pensó lo mismo sobre los desnudos de Eva Green. No me quejo, conste, pero la excusa es absurda.

El mayor defecto que percibo en ‘Soñadores’ es que Bertolucci, cautivado por el compromiso y la naturalidad de los tres protagonistas (y el físico de la muchacha), se recrea con ellos y opta por dejarlos actuar delante de la cámara, buscando capturar detalles espontáneos irrepetibles que conviertan la película en una experiencia única. En cierto modo lo consigue, hay planos que solo asociamos a este film. Pero, sobre todo en un segundo visionado, notas lo repetitivo que resulta el relato, la inverosímil mecánica de algunas conversaciones o los forzados conflictos para desarrollar la relación triangular. Sin embargo, no es nada fácil conseguir que el espectador crea, aunque solo sea por un instante, que está observando la vida de personas auténticas… Bernardo Bertolucci (Parma, Reino de Italia; 16 de marzo de 1941-Roma, Italia; 26 de noviembre de 2018)​ fue un director de cine y guionista italiano, entre cuyas películas se incluyen ‘El conformista’, El último tango en París’, ‘Novecento’, ‘El último emperador’ -por la cual ganó el Óscar al mejor director y el Óscar al mejor guion adaptado-, ‘The Sheltering Sky’, ‘Belleza robada’ y ‘Soñadores’. En reconocimiento a su trabajo, fue galardonado con la primera Palma de Oro honoraria en la ceremonia de inauguración del Festival de Cannes 2011… Las películas de Bertolucci son a menudo muy políticas. Era un marxista profesante y, como Luchino Visconti, que de manera similar contrató a muchos artistas extranjeros a fines de la década de 1960, Bertolucci utilizó sus películas para expresar sus puntos de vista políticos; de ahí que sean a menudo autobiográficas y altamente controvertidas. Sus películas políticas fueron precedidas por otras reevaluando la historia. ‘El conformista’ (1970) criticó la ideología fascista, abordó la relación entre la nacionalidad y el nacionalismo, así como las cuestiones del gusto popular y la memoria colectiva, todo en medio de un complot internacional de Benito Mussolini para asesinar a un profesor de filosofía políticamente izquierdista en París. ‘Novecento’ también analiza la lucha de izquierda y derecha. El 27 de septiembre de 2009, Bertolucci fue uno de los firmantes del llamamiento al gobierno suizo para liberar a Roman Polanski, quien estaba detenido mientras esperaba ser extraditado a los Estados Unidos. En Twitter, el 24 de abril de 2015, Bertolucci participó en #whomademyclothes, la campaña antiexplotación que conmemora el colapso del edificio Savar 2013, el accidente más letal en la historia de la industria de la confección. Un bloque de ocho pisos se derrumbó en Savar, un distrito de Daca, capital de Bangladés. Al menos 1.127 personas murieron​​ y otras 2.437 resultaron heridas…

 

Odia los informes largos. Una estrategia política cabe en un tuit, un acuerdo en una conversación. Por eso ama Twitter

Donald Trump es directo. Entra en cualquier discusión sin preámbulos. Corto y duro. Las presentaciones le aburren. Odia los informes largos. Nada de circunloquios. Todo tiene que ser rápidamente metabolizado. Una estrategia política cabe en un tuit, un acuerdo en una conversación. No hay nada que no pueda ser reducido, compactado, exhibido. Por eso ama Twitter. Y aún más la televisión. Frente a la pantalla pasa, según las reconstrucciones más rigurosas, un mínimo de cuatro horas diarias. Le gusta especialmente la extraplana que hizo instalar en el comedor, y cada mañana lo primero que ve es el conservador Fox and Friends. A partir de ahí empieza a escudriñar, no ya lo que ocurre en el mundo sino lo que el mundo piensa de él. Y si algo no le gusta, brama. Y cuando brama, a nadie se le escapa. Su gabinete, sus generales, sus adversarios, el orbe entero lo descubre al instante. Es ya una liturgia. De lunes a viernes, a eso de las seis de la mañana, a veces con un big mac en la mano y una coca-cola light esperando, Donald Trump lanza su metralla en Twitter. Lo hace, según los medios estadounidenses, desde la cama, en pijama y casi siempre solo. La intimidad es algo sagrado para él. No comparte habitación con su esposa Melania y desde que llegó al 1600 de Pennsylvania Avenue exigió, en contra del servicio de seguridad, colocar una cerradura en su puerta. Ahí dentro, con la televisión encendida y el móvil en la mano, el antiguo rey de la telerrealidad se crece.

Puede ser una amenaza al juez que ha paralizado su veto migratorio, un ataque a los medios críticos, una acusación de espionaje a Barack Obama, un insulto sangrante a la presentadora Mika Brzezinski, otro a un jugador negro de fútbol americano, un indulto al sheriff racista Joe Arpaio, una invectiva al alcalde musulmán de Londres en pleno atentado terrorista… El presidente dispara tuits como si estuviera en una caseta de feria. Incansable, ha apretado el gatillo más de 2.300 veces. Los fake news (bulos), Corea del Norte, Rusia, Hillary Clinton y México ocupan los primeros lugares. Son sus obsesiones y también un fresco que le retrata con nitidez.

 

A sus 73 años, con cinco hijos, nueve nietos, 500 empresas y una fortuna superior a los 3.500 millones de dólares, Trump sigue salvaje y suelto

Trump, ante todo, se fía de sí mismo. Poco importa que jamás haya ocupado cargo político alguno. Si ponen en duda su equilibrio mental o su solvencia, responde que es “un genio”. Si le afean su edad, fulmina a su interlocutor, como hizo con el líder norcoreano Kim Jong-un, llamándole “gordo y bajo”. Es un mecanismo previsible. No duda, no calla, no transige. Y cuando percibe una amenaza, embiste. “Si alguien te ataca, le atacas de vuelta diez veces. Así, al menos, te sientes a gusto”, proclamaba cuando impartía clases sobre cómo triunfar en los negocios. Es posible que este juego feroz le deparase éxitos en su época de tiburón inmobiliario. Pero desde que el 20 de enero de 2017 cruzó el umbral de la Casa Blanca, hace temblar al mundo. “Su autoestima supone un riesgo. Cuando se siente agraviado, reacciona impulsivamente, construyendo una historia autojustificativa que no depende de los hechos y que siempre se dirige a culpar a otros”, ha escrito Tony Schwartz, el hombre que fue su sombra durante más de un año y que coescribió ‘The art of the deal’ (El arte del trato), el bestseller autobiográfico de Trump. Esta tendencia se ha agudizado. Quienes creyeron que su investidura le iba a domesticar, se equivocaron. A sus 73 años -cumplió años el pasado 14 de junio-, con cinco hijos, nueve nietos, 500 empresas y una fortuna superior a los 3.500 millones de dólares, Trump sigue salvaje y suelto.

“Es peligrosamente inestable para alguien que tiene la responsabilidad nuclear. No soporta la crítica ordinaria y muchas de sus respuestas tienden a mostrar un comportamiento violento”, explica Bandy X. Lee, profesora de la Escuela de Medicina de Yale, quien levantó una enorme polvareda en EE UU al pedir con otros 27 psiquiatras que se le practique de forma urgente un examen mental. Se trata de un solicitud que, pese a ser minoritaria y carecer del apoyo de la Asociación Americana de Psiquiatría, ha llevado a un grupo de parlamentarios, todos demócratas menos uno, a citarse con la profesora Lee. Detrás de la reunión estaba el afán de golpear de la oposición, pero también la perplejidad que genera la conducta del presidente. Educado por un padre implacable, Trump vive en continúa tensión. A diferencia de su hermano mayor, que murió alcoholizado a los 42 años, él resistió. “Me metieron en los negocios muy joven; mi padre me intimidaba como a todo el mundo, pero permanecí a su lado y me granjeé su respeto. Nuestra relación era de casi empresarial”, escribió en ‘The art of the deal’.

Forjado en la dureza, la existencia se tornó para él puro combate. Un esquema binario donde solo cabe ganar o perder. “Está en guerra con el mundo y únicamente ve un camino: dominar. Trump se dota de sentido en la conquista”, ha señalado Schwartz. El resultado de esta actitud es que, lejos de adoptar la pose olímpica de ciertos presidentes tras ganar las elecciones, el multimillonario sigue en campaña. No hay día en que no mime a los suyos y desprecie a los contrarios. A los mexicanos, a los demócratas, a los republicanos tibios. Para todos ellos tiene la vara presta. En su mandato, como ha revelado una encuesta de The Washington Post, la polarización social ha alcanzado el nivel que tuvo en la guerra de Vietnam. Esa fractura constituye, de momento, su principal legado y la sima por la que previsiblemente emergerá su némesis.

 

Odia y ama. Grita y aplaude. No pretende una imagen edulcorada, sino que exhibe sus entrañas al público como nadie lo ha hecho antes

Otro efecto es interno. La Casa Blanca, según las reconstrucciones periodísticas, se ha vuelto una olla a presión. Hombre criado en la búsqueda de la rentabilidad inmediata, devora a sus colaboradores. Les grita en las reuniones y aquellos que presentan tara, los elimina. El consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn; el jefe de gabinete, Reince Priebus; el portavoz, Sean Spicer; el director de Comunicaciones, Anthony Scaramucci; el estratega jefe, Steve Bannon, han sucumbido en su primer vertiginoso año. Y otros tan poderosos como el fiscal general, Jeff Sessions, y el secretario de Estado, Rex Tillerson, bailaron en la cuerda floja siendo despreciados públicamente por el presidente. Bajo su égida, solo están a salvo un puñado de generales (Trump siente pasión por los entorchados), su hija mayor, Ivanka, y su yerno, Jared Kushner. El resto sabe que en cualquier momento puede caer. Y el motivo puede ser inconfesable. Al diplomático John Bolton, según el polémico libro ‘Fuego y Furia’ del periodista Michael Wolff, lo rechazó en su día para el puesto de consejero de Seguridad porque le desagradaba su bigote, y a sus colaboradores más próximos les despreciaba abiertamente: de Priebus odiaba que fuera tan bajo, de Spicer y Bannon su forma de vestir, de la consejera Kellyanne Conway sus “constantes lloriqueos” y del propio Kushner su empalagosa adulación. “Más tarde o más temprano, todo el que está con Trump acabará viendo un lado suyo que le hará preguntarse por qué escogió trabajar con él”, han escrito en el jugoso ‘Deja a Trump ser Trump’ dos antiguos (y despedidos) asesores de campaña, Corey Lewandowski y David Bossie.

Con estas características, la pregunta se vuelve obvia. ¿Cómo pudo ganar las elecciones y conectar con casi 63 millones de votantes? Sus defensores enarbolan su transparencia. Dicen que Trump no oculta su humanidad y que es sincero en sus manifestaciones. Odia y ama. Grita y aplaude. No pretende, según esta visión, una imagen edulcorada, sino que exhibe sus entrañas al público como nadie lo ha hecho antes. Eso entusiasma a sus votantes más radicales. Y repele a sus detractores. “No ha cambiado apenas respecto a la campaña. Es divisivo y su único objetivo es mantener a su base”, asegura el presidente del Comité Nacional Demócrata, Tom Pérez. En contra de la gran tradición presidencial americana, Trump ha abandonado la meta de gobernar para todos. Triunfó como un marginal y sigue actuando, al menos en superficie, como tal. Esa heterodoxia le ayuda ante su núcleo duro, que no le ve como el monstruo que dibujan los medios progresistas. Por el contrario, la sobreexcitación de cierta izquierda irrita a muchos conservadores. “La mayoría de la gente que le detesta no conoce a nadie que trabaje con él ni que le apoye. Obtiene su información de otros que detestan a Trump, lo cual es la fórmula perfecta para la clausura epistémica”, ha escrito el analista conservador David Brooks.

 

Sigue sin aceptar que Hillary Clinton obtuviera más votos en los comicios y todavía lo atribuye a un imposible fraude electoral

Ante los suyos, el presidente es básicamente un tipo simpático y resolutivo. Una imagen que él intenta redondear enseñando de vez en cuando su corazón. Lo hace, por ejemplo, cuando está con niños, momentos en los que se presenta como un abuelo juguetón, o al rememorar a su hermano muerto. Pero lo que realmente enloquece a su base es cuando da la cara. Trump tiene a gala no rehuir las entrevistas ni a los periodistas críticos. Le excita el pulso público. Puede reunirse con una decena de congresistas demócratas decididos a hincarle el diente y, sin previo aviso, ordenar que se emita en directo el encuentro para que todo el país lo siga. Incluso cuando se estudió en la Casa Blanca que el fiscal especial de la trama rusa le pudiese llamar, manifestó su deseo de declarar en público y no por escrito. Showman consumado, en las cámaras busca posiblemente la absolución. Y en numerosas ocasiones, la logra. Pero el ruido nunca le abandona. Tampoco el tiburón que lleva dentro. Vive en permanente competencia consigo. Inmune al escándalo, ganar es lo único que importa. Si Wall Street registra un día histórico, tiene que decirle a los cuatro vientos que es mérito suyo; si el paro baja, también.

En ese sentido, la derrota le espanta más que la mentira. Y prefiere cualquier polémica antes que admitir un fracaso. Tanto es así que cuando los candidatos a los que ha respaldado pierden, borra los tuits de apoyo. Del igual modo, sigue sin aceptar que Hillary Clinton obtuviera más votos en los comicios y todavía lo atribuye a un imposible fraude electoral. En constante ebullición, a lo largo de un año, según The Washington Post, ha contado más de 2.000 falsedades o medias verdades. Un festival de irrealidad ante el que una parte de la población ha dado su brazo a torcer. “Es increíble cómo el público se ha acomodado a lo que hace, resulta lo más llamativo de la presidencia”, comenta Julian E. Zelizer, profesor de Historia y Asuntos Públicos de la Universidad de Princeton.

 

En la Casa Blanca, su menú predilecto oscila entre un buen filete con patatas o un big mac y batido de chocolate, le molestan las comidas largas

En cualquier momento, además, Trump puede entrar en erupción. La incertidumbre es el signo de su presidencia. Nunca se sabe qué paso va a dar ni qué colmillo enseñará. Un día puede participar en un sentido homenaje a las minorías raciales y al otro llamar “países de mierda” a Haití, El Salvador y las naciones africanas más pobres. “Y no va a cambiar. Es un hombre de 73 años que se ha pasado la vida engañando a la gente. Lo único que cabe es que se vuelva más errático”, afirma el biógrafo y Premio Pulitzer David Cay Johnston. En la intimidad tampoco mejora. Son conocidas sus broncas a colaboradores y hasta el servicio de limpieza teme sus manías. Germófobo reprimido, no permite que toquen sus objetos de tocador ni sus mandos de televisión ni su cepillo de dientes, y él mismo abre su cama y decide cuándo se retiran las sábanas. “Y si mi camisa está en el suelo es porque quiero que esté en el suelo”, llegó a decir a los empleados de la Casa Blanca.

La residencia oficial no le convence. Ha pasado un tercio de su mandato en mansiones privadas, ya sea la fastuosa Mar-a-Lago (Florida), su club de golf en Nueva Jersey o un complejo hotelero suyo en Virginia. Y cuando le toca quedarse en Washington, rehúye de la vida social y, a diferencia de Obama, casi nunca sale a comer. En la Casa Blanca, su menú predilecto oscila entre un buen filete con patatas o un big mac y batido de chocolate. Algo rápido y sin demasiadas complicaciones. En general, le molestan las comidas largas; odia perder tiempo en ellas. El tiempo es oro y él es su orfebre. Quizá por eso ha reducido su horario de trabajo en la Casa Blanca. Mientras George Bush hijo entraba al amanecer y Obama después de las nueve, él ha decidido llegar a las once de la mañana. “A veces parece que sigue actuando como si no gobernase y estuviera en un escenario de televisión”, apunta el comentarista Walter Shapiro. Su jornada se la organiza su jefe de gabinete, el general John Kelly. Un marine reconocido por su patriotismo, que ha logrado ordenar su caótico entorno. En continuo contacto con Kelly y sin dejar de beber Coca-Cola light (12 al día), el presidente lidia con informes, reuniones y declaraciones.

Sobre sus capacidades no hay acuerdo. En ‘Fuego y Furia’ se le dibuja como un “niño grande”, ignorante y con tan poca concentración que cuando un asesor quiso explicarle la Constitución no pasó de la cuarta enmienda. Otros testimonios hablan de alguien que más bien exige brevedad y argumentos nítidos. Recuerdan que en primavera, cuando había decidido abandonar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, su secretario de Agricultura logró convencerle de no dar el paso mediante un mapa que mostraba las áreas que le habían votado mayoritariamente y que sufrirían por la decisión. “A los granjeros no les podemos hacer esto”, concluyó el presidente. Terminada la jornada oficial, la cena suele celebrarse a las siete de la tarde con invitados escrutados por Kelly. Aunque el menú puede ser amplio, el filete con patatas siempre está a disposición. Después, llegan las horas más inciertas. Hasta la medianoche se mantiene activo. Siempre quedan llamadas, reuniones, conversaciones, pero poco a poco los altos funcionarios imperiales se van retirando y el mandatario se queda solo. Las pantallas encendidas, los tuits cada vez más seguidos. El mundo gira y Trump se clava ante la televisión. A ver su propio show.

 

¿Ganará Trump de nuevo? Pregunte en Wilkes-Barre. El presidente más divisivo en décadas lanzó su campaña a la reelección

A cuatro horas en coche desde Washington y dos desde Nueva York, se encuentra uno de esos condados donde Hillary Clinton se dio el morrazo político de su vida. No elegía Luzerne un presidente republicano desde 1988; había votado y vuelto a votar a Barack Obama, pero en las presidenciales de 2016, los vecinos de este pedazo del cinturón industrial americano optaron por Donald Trump. Joe Padavan, el presidente regional del sindicato de trabajadores del acero, no daba crédito en los meses previos: “Había de todo, tipos que votaron a Trump, tipos que querían a Bernie Sanders y luego no quisieron votar a Clinton… Hay que ver esta vez, si se presenta Joe Biden… Es de aquí al lado de Scranton, puede ganar”, opinaba estos días… El presidente lanzó formalmente este pasado martes, 18 de junio, en Orlando su campaña para la reelección a la presidencia, si bien, en puridad, Estados Unidos no parece haber salido nunca de ella. Una economía en el ciclo expansivo más largo de su historia, la mayor rebaja de impuestos desde la era Reagan y la simple y llana fidelidad de partido, mayor entre republicanos que entre demócratas, juegan su favor. La mayor movilización de estos últimos, que se demostró en su victoria en las legislativas de noviembre, puede dar la vuelta a la situación. La única certidumbre para 2020: la polarización. “Yo no veo su base erosionada en este condado, la diferencia esta vez van a ser los demócratas de este condado, no los que votaron a Trump, los que se quedaron en casa. Si los demócratas logran un candidato que los movilice y los lleve a las urnas, tienen una oportunidad”, opina Bill O’Boyle, un veterano reportero y columnista del diario local Times Leader. “Los demócratas tienen que ver por qué un tipo vulgar y ególatra se convirtió en portavoz de la América trabajadora, él les habló de cosas que les importan, como recuperar empleos que se fueron del país y proteger las fronteras”.

Es sábado, 10 de la mañana, en la plaza pública de Wilkes-Barre, la principal ciudad del condado. Dos docenas de personas se reúnen para oír hablar de Sanidad al congresista del distrito, el demócrata Matt Cartwright, decidido, dice, a dar la batalla de la sanidad accesible para todos. “Uno no debe tener que elegir entre pagar sus medicinas y pagar su hipoteca”, clama. Marlee Stefanelli, de 41 años, madre de un niño de siete años con diabetes tipo 1, dice literalmente que la reforma sanitaria de Obama, uno de los asuntos más contestados por los republicanos, le cambió la vida. “Ahora pagamos un seguro mensual de 1.000 dólares para los cuatro miembros de familia que somos, pero sin Obamacare sencillamente no tendríamos ningún seguro, no nos aceptarían”, afirma. La sanidad es uno de los elementos que agitaron a los votantes demócratas en noviembre y Dwayne Heisler, jefe territorial del caucus progresista, cree que lo mismo ocurrirá ahora. “Lo de 2018 fue muy alentador, yo no veo mucho cambio entre los votantes de Trump pero sí que los demócratas se han movilizado mucho más, la comunidad latina especialmente, se han incorporado al caucus, van a muchos actos…”.

El pueblo, de unos 40.000 habitantes, tiene algo de postal de suburbio estadounidense en su época dorada. Rodeado de montañas, las casas bajas con porche y bandera de barras y estrellas dominan el paisaje, aunque las naves cerradas y lo desvencijado de muchas viviendas recuerda que este trozo de América lo ha pasado mal en las últimas décadas. ‘The Forgotten’ (Los olvidados), un libro escrito por Ben Bradlee Junior después de las presidenciales, relata una tormenta perfecta: las minas de carbón empezaron a cerrar y las factorías en las que muchos hijos de aquellos mineros encontraron trabajo, también. La gran fábrica de lápices Eberhard Faber se fue a México a mediados de los 80 y hoy ya no queda ni el solar. Los empleados de mono azul se sustituyeron por servicios, peor pagados. Y mientras, la población hispana del condado se multiplicó por 10 con el tirón, sobre todo en Hazleton, que ha vivido una revolución demográfica en el lapso de solo 15 años: en 2000, el 95% de sus habitantes eran aún blancos; en 2016, eran el 44% y los hispanos, mayoría, el 55%.

 

Cualquier empresario que diese empleo a un irregular, perdería la licencia, igual que un casero si alquilaba a un extranjero indocumentado

El congresista republicano Lou Barletta se erigió en azote de la inmigración irregular en 2006, como alcalde de Hazleton, aprobando unas ordenanzas -suspendidas en los tribunales- según las cuales cualquier empresario que, con conocimiento de causa, diese empleo a un irregular, perdería la licencia de su negocio, igual que un casero si alquilaba una vivienda a un extranjero indocumentado. “La inmigración sigue siendo un asunto muy importante para la gente de este condado. La lucha contra la ilegal no es antiinmigrante, y la prueba es que la población hispana no dejó de crecer mientras yo fui alcalde”, afirma por teléfono. Barletta se presentó al Senado en las últimas legislativas pero perdió frente al demócrata Bob Casey. Annie Méndez, de 48 años, reivindica parte del crédito de ese resultado. “Hicimos mucha campaña contra él, la comunidad latina se está movilizando mucho ahora”, afirma. La de Mendez , descendiente dominicana criada en New Jersey, fue una de las primeras familias hispanas en mudarse a Hazleton, en 1994 y luego en 2000, dice. “También abrimos unos de los primeros negocios latinos, un taller de reparaciones, como pusimos la banderita y hablábamos español venían mucho latinos, yo ayudaba mucho a otra gente que no se entendía bien inglés a hacer gestiones, a ir al médico, fuimos creando una comunidad”, explicaba este sábado en un almuerzo comunitario dentro de los eventos organizados en junio con motivo de la celebración del Orgullo Gay.

Eran, “los newcomers”, los nuevos, los recién llegados. Ahora los hispanos son mayoría en la población y a Michelle W. le llevan los demonios muchas veces. “Esto está muy mal, hay muchísimo crimen, aquí han venido muchas cosas malas y mucha gente de toda la vida se está marchando”, asegura esta empleada administrativa de 50 años. El número de robos se ha sextuplicado entre 2000 y 2014, según los datos del FBI. Cuando se le pregunta si relaciona el aumento de los delitos con la inmigración responde sin dudas: “Absolutamente, absolutamente”. Una serie de inercias ayuda a Trump en esta campaña. En general, el candidato que pugna por mantenerse en el cargo suele tener más probabilidades de ganar y aquel que viven un ciclo alcista de la economía, también. Para Geoffrey Skelley, analista electoral de FiveThirtyEight, “la polarización del país también juega en su favor, ya que, aunque el neoyorquino es muy impopular [apenas ha llegado al 40% durante toda su presidencia], una vez los demócratas nominen a un candidato, los republicanos moderados, incluso aquellos a los que no les gustan Trump, pueden acabar alineándose con él para evitar que gane el otro”. Su popularidad entre los republicanos, de hecho, sigue por encima del 80%.

Esa lógica, la lealtad al partido es lo que explica principalmente la victoria del republicano en 2016. La figura del trumpista febril y enfadado, tan común en los mítines y en las crónicas periodistas, esa imagen del obrero demócrata revirado, es una proporción muy menor de los votantes de Trump, aunque estridente. Al magnate lo eligieron, en realidad, los republicanos de toda la vida, un 80% de ellos, y muchos, preguntados lejos del calor de los actos electorales, respondían que el candidato no les gustaba, pero que jamás votaban demócratas y sabían que les bajaría los impuestos y aseguraría jueces conservadores en el Tribunal Supremo.

 

La última crisis abierta por el republicano con México ha resultado satisfactoria, con militares mexicanos en la frontera con Guatemala

Y así ha hecho. En general, ha cumplido en aquello que no le ha impedido el Capitolio o la justicia, desde trasladar la embajada de Tel Aviv a Jerusalén, hasta aplicar mano dura contra los inmigrantes. Ha llevado a cabo la mayor rebaja de impuestos desde la era Reagan y colocado a dos jueves conservadores en la más alta institución judicial estadounidense, una medida que tiene repercusión en muchas políticas durante décadas. La economía está a punto de batir su récord de expansión más prolongada, pese a los problemas de productividad y las desigualdades. En Luzerne, a primeros de 2018, compañías como Patagonia o Adidas anunciaron la apertura de centros logísticos en el condado, la compañía Berkshire Hathaway Guard, la aseguradora de Warren Buffett, ubicó su sede internacional en Wilkes-Barre. “Mi casa ha mejorado en valor, unos 20.000 dólares más, y ahora lo que falta es trabajadores, cuesta encontrar un fontanero o alguien que te arregle el tejado”, explica Ernie Schmid, que lleva desde que era un crío trabajando junto a su hermano en el diner S&W, abierto desde 1954 por su abuelo, Lorenzo, un exminero de origen italiano. La partida se juega en un tablero de gran fractura. Demócratas y republicanos se hallan cada vez más alejados entre sí en su visión de lo que el país necesita. Según The York Times, por primera vez en un siglo, todos los Estados salvo Minnesota, tiene sus parlamentos estatales (la cámara baja y la alta) controladas por un solo partido, en muchas ocasiones, también con un gobernador del mismo color, lo que está haciendo casi imposible la política bipartita.

La última crisis abierta por el republicano con México a cuenta de la inmigración ha resultado satisfactoria. Sus votantes despertaron un día con el presidente amenazando al país vecino con aranceles a sus importaciones si no imponía más controles en inmigración y al cabo de unos días leían los titulares de que el Gobierno mexicano llenaría de militares la frontera con Guatemala y se quedarían con más solicitantes de asilo. Theodor H. White, autor del clásico ‘The Making of a President’ (La construcción de un presidente, 1960), decía que los estadounidenses eligen a su presidente en un equilibrio entre su pasado y su futuro. “El pasado consiste en su bagaje étnico, en lo que su padre votaba, los cuentos que su madre le contaba, los prejuicios que ha acumulado y el estatus social heredado”, escribió, mientras que el mientras que el futuro tenía que ver con los sueños y en los miedos: “Si es un granjero, el miedo de perder el trabajo, si es un negro, su aspiración a la libertad igualitaria…”. Marlee Stefanelli votará pensando en las inyecciones de insulina de su hijo, Michele W. en las últimas cifras de robos de la ciudad y Annie Mendez en que no quiere volver a sentirse nunca una newcomer. El menú que ofrece Trump es conocido, con alguna variación de temporada: en 2015 hablaba de muros, ahora la cosa va de aranceles. El que diseñen los demócratas es el que puede cambiar el resultado.

La profesora de Harvard Theda Skocpol ha pasado meses investigando en los condados que, como Luzerne, se volcaron en Trump en 2016. A su juicio, los demócratas están recuperando terreno en zonas suburbanas a nivel nacional, incluido entre mujeres republicanas y demócratas moderados de perfil empresarial, como se vio en 2018. Algo similar espera en 2020, en sitios clave como Pensilvania, Wisconsin o Michigan, pero Trump resiste en aquellos con “tensiones por la inmigración”.

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