El Tribunal Supremo de España permite exhumar los restos de Franco del Valle de los Caídos, corre un rumor de que la tumba está vacía

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Con el fallo por unanimidad de los magistrados del órgano constitucional que se encuentra en la cúspide del poder judicial español permite al Gobierno retirar el cadáver de la basílica de Cuelgamuros para enterrarlo en el cementerio de El Pardo-Mingorrubio, se abre paso la posibilidad de terminar por fin con una anomalía incomprensible en una democracia: haber permitido durante más de 40 años que un dictador permaneciera en el monumento que él mismo concibió para glorificar su régimen. La propia historia de la construcción del Valle de los Caídos está marcada por una larga relación de terribles episodios de abuso y humillación a los presos que fueron obligados a trabajar en su edificación, lo que convertía en una ignominia aún mayor que siguiera sepultado allí el responsable del golpe de Estado que procuró terminar en 1936 con una democracia y que solo lo consiguió tras tres años de Guerra Civil en los que contó con un masivo apoyo de la Alemania nazi y de la Italia fascista.

 

Tras la II Guerra Mundial, estos dos países evitaron que existiera cualquier monumento que pudiera servir para celebrar las figuras de los líderes que encarnaron sus programas totalitarios, Adolf Hitler y Benito Mussolini. No ocurrió lo mismo en España. Franco murió en la cama un 20 de noviembre de 1975 y, llegada la democracia, los partidos no supieron cómo resolver el despropósito, aplazando el problema de manera insólita. Las fuerzas de derecha fueron las que más desaprovecharon la oportunidad de ser las que lideraran una iniciativa que las hubiera distanciado por completo de un régimen totalitario y que persiguió a sus enemigos con la mayor violencia. El Gobierno del socialista Pedro Sánchez, ahora en funciones, es el que podría ahora culminar, tras un recorrido cargado de situaciones un tanto esperpénticas, un proceso en el que deberían haber estado implicadas todas las fuerzas políticas democráticas.

La unanimidad del Supremo ha rechazado la totalidad del recurso de la familia Franco -no solo se oponía a la exhumación de los restos del dictador, sino también a que fueran enterrados en Mingorrubio- revela hasta qué punto la polémica sobre el traslado era artificial. La sentencia rechaza también la petición de llevar a Franco a la Almudena, reforzando la idea de que prima el “interés general” frente al derecho particular de la familia de enterrar al dictador en el centro de Madrid. La Santa Iglesia Catedral Metropolitana de Santa María la Real de la Almudena, conocida simplemente como Catedral de la Almudena, es una catedral de culto católico, dedicada a la Virgen María bajo la advocación de la Almudena, y sede episcopal de Madrid. Construida en el emplazamiento de una antigua mezquita, la catedral de Almudena toma su nombre de la palabra árabe al-mudayna, que significa ‘ciudadela’. La catedral está ubicada en el centro histórico de la ciudad de Madrid; la fachada principal se encuentra frente al Palacio Real, mientras que la fachada del crucero mira hacia la calle de Bailén y el acceso a la cripta se realiza por la cuesta de la Vega, al final de la calle Mayor. A diferencia de la mayoría de templos cristianos, de orientación este-oeste, la catedral tiene una orientación norte-sur, fruto de su concepción como parte integrante del conjunto del Palacio Real. La catedral es el principal templo de la Archidiócesis de Madrid, sede del arzobispo y del capítulo metropolitano. Se trata de un edificio de 102 metros de longitud y 73 de altura máxima, construido desde finales del siglo XIX a finales del XX, en diferentes estilos arquitectónicos: neoclásico en el exterior, neogótico en el interior y neorrománico en la cripta. Fue consagrada el 15 de junio de 1993 por el papa Juan Pablo II, en el transcurso de su cuarto viaje a España. La grave anomalía está en vías de pasar a la historia. Quedará el monumento, y en la tarea de su resignificación les toca trabajar a todas las fuerzas democráticas y a las organizaciones de la sociedad civil implicadas en temas de la memoria y la historia.

Pronto o tarde, después de la labor obstruccionista a cargo de rábulas de turno y de la confusión que añada la jauría mediática, finalmente llegará el día en que la losa de 1.500 kilos de la tumba de Franco será levantada y puede que en ese momento ante la expectación general se produzca un imponente fiasco. Corre un insistente rumor de que esa tumba está vacía. Si esto es así, cuando el notario levante acta de que el cadáver del dictador ha desaparecido, ante un caso tan de novela negra lógicamente al asombro seguirá una inevitable especulación llena de morbo. ¿Dónde está el fiambre? ¿Ha sido robado por sus enemigos o ha sido puesto a buen recaudo en algún lugar secreto por sus partidarios? Si la tumba está vacía y el cadáver del dictador no aparece, llegará el momento en que será necesaria la ayuda de un Sherlock Holmes de andar por casa, quien tal vez podría desarrollar una hipótesis en sus justos términos. Los despojos de Franco no hay que ir a buscarlos en su tumba del Valle de los Caídos, sino en el cerebro de gran parte de los españoles de uno y otro bando. Ahí hay que encontrarlos. ¿Los lleva usted dentro y no lo sabe? En este caso, se trataría de una película de terror. De hecho, ese cadáver duerme en el sustrato ideológico más profundo de la derecha cavernaria, que todavía se alimenta de su memoria y en el odio más enquistado de la izquierda, que no logra sacudirse de encima su fantasma. Sacar a Franco de la tumba es muy fácil. Lo complicado es exhumarlo del cerebro de gran parte de los españoles, la verdadera tumba donde se está pudriendo. ¿De verdad, viejo español, de una forma u otra, no lo lleva usted dentro? “Limpiar el panteón de Cuelgamuros es el primer paso ineludible para que la neurosis colectiva que produce su memoria comience a desvanecerse y la figura del dictador sea deglutida definitivamente por la historia…”, escribía, meses atrás, el columnista español Manuel Vicent.

Sin duda una de las personas que conoció más profundamente la psicología de Francisco Franco Bahmonde fue Pedro Sainz Rodríguez, su amigo de juventud en Oviedo, conspirador durante la República, ministro de Educación mientras duró la Guerra Civil y exiliado monárquico después. En los últimos años de su vida tuve el placer de almorzar algunas veces con este personaje sabio y mordaz, y de sus labios empastados con salsas muy selectas que se le derramaban sobre la servilleta anudada en su nuca carnosa oí algunas opiniones acerca del dictador que componen a mi juicio su perfil más verídico. “Yo era catedrático de Literatura de la Universidad de Oviedo y Franco durante sus permisos de África se acercaba por allí para hacerle la corte a doña Carmen y ella le daba calabazas porque su padre consideraba que la profesión de Franco era muy peligrosa. Carmencita, cualquier día te lo mata un moro ¿y qué hacemos? Ser legionario era entonces como ser torero. Paseé muchas noches con él después de cenar por la plaza de la Escandalera hasta las tres de la madrugada y Franco, todo un comandante, no paraba de gimotear, ¿se imagina usted a Franco lloriqueando y sorbiéndose los mocos con un pañuelo? y yo le decía: Nada, Paco, tu insiste y ya verás cómo al final la consigues. Como así fue”. La consiguió. Pero matar a Franco tampoco era tan fácil como creía su suegro. Cuando en Marruecos iba al frente, antes de entrar en combate, sólo tomaba un vaso de leche y gracias a eso se salvó del tiro que le pegaron en la barriga. Si se hubiera atiborrado de chorizos y cazalla como hacían otros militares para darse valor no habría sobrevivido. Era muy precavido, nunca sacaba el pecho de la trinchera y no presumía de esa cosa tan española de no querer escolta. “A mí que me pongan toda la policía que haga falta”, decía después cuando ya era dictador. Un día iba Sainz Rodríguez con Franco en aquel Mercedes blindado que le había regalado Hitler y al mirar por una ventanilla veía una cola de caballo, miraba por otra y veía la cola de otro caballo. “Mi general, el panorama que tiene usted desde este coche no es muy divertido”, comentó el ministro. Franco le contestó: “Sí, sí, pero fíjese bien, no hay forma humana de meter el brazo y de que me peguen un tiro, jí.jí.jí”.

Franco tenía muy desarrolladas sólo las virtudes menores. No era noble, magnánimo o preclaro, sino taimado, obstinado, receloso, desconfiado, con un instinto finísimo para percibir el lado malo o débil de cada persona que sabía aprovechar muy bien en beneficio propio. Por eso quedaba desconcertado cuando alguien por simple decoro se mostraba renuente a aceptar algún cargo o prebenda. “No es posible, pregúntenle, pregúntenle, investiguen, que algo querrá”. “Excelencia, realmente ese hombre no desea nada”. “No es posible -contestaba el dictador- pregúntenle, investiguen mejor y verán como oculta algo”.  Desde muy joven Franco se nutrió casi exclusivamente de las primeras experiencias que recibió en Marruecos. Este fue el principio fundamental de su vida: creer que a las personas se las somete con las dádivas o con el terror y en ambos casos hay que llegar hasta el fondo. “Al amigo, una cántara de leche de camella, al enemigo, una patada en la tripa”, se dice en la cultura árabe. Allí el concepto de adversario político no existe, si no estás conmigo estás contra mí, y esta enseñanza cainita se la trajo el dictador a España. Por otra parte desde sus tiempos de teniente africanista asimiló el boato fastuoso e impúdico del Sultán como algo natural y eso le permitió adornarse sin sonrojo con la guardia mora y vivir en un palacio con las 18.000 hectáreas de los montes del Pardo a su disposición, acordonar 20 kilómetros de un río para pescar una trucha, hacerse acompañar de un destructor de la Armada en busca de un cachalote, poner a un guardia civil de plantón cada cien metros en la cuneta desde Madrid a Cazorla cuatro horas antes de que él pasara por esa carretera a matar perdices o venados.

 

“Volver a vuestra patria con orgullo, nunca olvidaremos que Carlos V era un rey alemán”, dijo a los aviadores que bombardearon Guernika

En realidad sólo era un militar. Tenía en la cabeza una papilla somera ligada con algunas ideas extraídas de aquí y de allá del Tradicionalismo y de Acción Española, con cuatro tópicos de la Historia de España y lugares comunes sobre los peligros del comunismo, las asechanzas de la masonería y del valor patriótico que le sirvieron de adobo para su guión de la película Raza. Consideraba que toda España era un cuartel bajo su mando, por tanto a los ministros los trataba como coroneles y los dejaba hacer a su aire en su respectivo regimiento o ministerio. En principio tuvo alguna veleidad literaria pero no una ambición política. Antes del golpe del 18 de Julio el general Sanjurjo hizo firmar un papel a todos los demás generales conjurados para que indicaran el cargo que querían cuando el Alzamiento triunfara. Franco manifestó expresamente que deseaba el puesto de Alto Comisario de España en Marruecos. Hasta última hora no se decidió entrar en la sublevación. Se sumó a ella con un telegrama al general Mola que decía así: “He sido y siempre seré fiel a la República”. Ese acto de adhesión era la contraseña de su traición. De esta forma estaría a salvo si lo interceptaban los servicios de espionaje. Previamente exigió que le pusieran 40.000 duros en Italia, una cantidad que dice mucho de su cortedad de miras. Durante una de aquellas sobremesas le preguntaron los columnistas a Sainz Rodríguez si Franco tenía afición a la lectura. Les contestó que Franco fue tal vez el único estadista del mundo que no mandó hacerse el retrato clásico de prócer con un libro en la mano. De su corto periodo de ministro Sainz Rodríguez recordaba aquella vez que estuvo arrodillado junto a Franco en un mullido reclinatorio durante una misa en la catedral de Salamanca. El dictador tenía un gordísimo misal en las manos y durante toda la misa no cambió de hoja. Se pasó todo el rato mirando por el rabillo del ojo quien entraba y quien salía. No se sabe si Franco leyó un libro entero alguna vez. Está comprobado que el misal no lo leía, pero unos días antes de que la Legión Cóndor regresara a Alemania quiso preparar el discurso de despedida sin ayuda de nadie y para eso se encerró varias tardes en una habitación donde sólo había el diccionario Espasa. Llegado el momento desde el balcón dijo a los aviadores que bombardearon Guernika: “Podéis volver a vuestra patria con orgullo. Los españoles nunca olvidaremos que Carlos V era un rey alemán”.

Como dictador Franco sólo tuvo una ambición sin fisuras: durar, durar, durar hasta morir en la cama y una vez muerto ser enterrado con honores de faraón y que su falo se transformara en una gigantesca cruz de granito orlada de evangelistas. Contra lo que pueda parecer a simple vista el dictador no estableció una censura ideológica. A Franco el concepto sobre el mundo le traía sin cuidado. Sólo machacaba a quienes se enfrentaban directamente con él o ponían en cuestión su poder. Por eso consideraba que su enemigo más peligroso era Don Juan de Borbón, el padre de Juan Carlos I y abuelo de Felipe VI. El comunismo y la conjuración judeo-masónica eran una coartada retórica para cubrirse. Su demonio no estaba en Rusia sino en Estoril. La censura moral la dejó en manos de la Iglesia.

 

Firmaba sentencias de muerte en batín siempre a la hora del desayuno mientras mojaba churros en el café con leche

Desde los años de la guerra en Salamanca donde firmaba sentencias de muerte en batín siempre a la hora del desayuno mientras mojaba churros en el café con leche hasta las sentencias de muerte de su último septiembre de 1975 Franco se fue adaptado de forma pragmática como un galápago a la realidad cambiante del país. Cuando al final del periodo de la autarquía se abrió la caja fuerte del Banco de España y allí dentro sólo había un par de gaseosas y un sello de correos llegó el Opus al gobierno y Alberto Ullastres le dio unas clases a Franco para explicarle qué era la oferta y la demanda. Logró convencerle de que la peseta no era una bandera nacional que había que enarbolar con orgullo sino una divisa sometida a las leyes del mercado. “Bueno, haced lo que haya que hacer. A mí dejadme matar perdices”. A él le bastaba con refregar su victoria por las narices de los perdedores de la guerra cada 18 de Julio, incapaz como fue de olvido y perdón.

Vino la estabilización de 1959. Comenzó la expansión económica, se formó el tejido de una clase media, se fueron los emigrantes a Europa, llegaron los turistas. Cuarenta años son muchos años. Bajo la humillación de la dictadura España fue cambiando biológicamente de piel, la gente logró olvidar la caspa de postguerra, conoció también los beneficios del bienestar europeo y aunque Franco logró expirar en la cama, realmente el franquismo había muerto atropellado por el Seat 600 en plena calle a mitad de los años sesenta. El resto hasta el 20-N de 1975 fue un residuo con gases lacrimógenos. Franco murió rodeado del manto de la virgen del Pilar, del brazo de santa Teresa y de otras reliquias y objetos milagrosos, un mundo negro de José Gutiérrez-Solana que se combinaba de forma surrealista con monitores cibernéticos, tubos y cables en un circuito en medio del cual el cuerpo exangüe del dictador sólo era una parte aunque no ya la más importante. En realidad estaba posando en el lecho de la muerte para que lo fotografiara su yerno, el marqués de Villaverde, Cristóbal Martínez Bordiú, convirtiendo aquella agonía en un esperpento más de la Historia de España.

 

Pedro Sánchez reivindica en la ONU la exhumación de Franco: “España cierra un círculo democrático”

Todo indica que los jueces del Tribunal Supremo eligieron de forma casual este 24 de septiembre para decidir por unanimidad que los restos del dictador Francisco Franco serán finalmente exhumados del Valle de los Caídos. Pero la ocasión era perfecta. Y Pedro Sánchez no la dejó pasar. El presidente tenía previsto su discurso anual ante la Asamblea General de la ONU justo el mismo día de la sentencia. Y fue ese uno de los ejes de su discurso, recordando la historia negra española, que provocó que este país no estuviera entre los fundadores de la ONU, en 1948, porque en ese momento España estaba aislada, alejada de los grandes países democráticos por culpa de la dictadura franquista, rechazada por todas las naciones importantes hasta que finalmente empezaron a aceptarla a finales de los años cincuenta. “Hoy, 24 de septiembre de 2019, hemos cerrado simbólicamente el círculo democrático, pues el Tribunal Supremo de España acaba de autorizar la exhumación del dictador Franco del mausoleo público en el que estaba enterrado con honores de Estado. Hoy cerramos por lo tanto un capítulo oscuro de nuestra historia y comenzamos las labores para sacar los restos del dictador Franco de donde han reposado inmoralmente durante demasiado tiempo. Porque ningún enemigo de la democracia merece un lugar de culto ni de respeto institucional. Es una gran victoria de la democracia española”, clamó el presidente.

Sánchez, que tiene un gran respaldo para esta decisión no solo en España sino también en la escena internacional -es uno de los asuntos que más han cubierto los corresponsales de medios internacionales en España- aprovechó la ocasión para reivindicar el enorme cambio que ha experimentado España desde la muerte de Franco. “España, que fue uno de los primeros Estados modernos del planeta, no formó parte, sin embargo, del club de Estados fundadores de esta gran institución: las Naciones Unidas. Y no lo fuimos por una sencilla razón: la dictadura franquista, que tuvo secuestrado a nuestro país durante casi cuarenta años, colaboró con los nazis en la Segunda Guerra Mundial, algo incompatible con formar parte de una organización que se construyó para fomentar la paz” arrancó el presidente, que estaba hablando para el registro de este momento y para los medios españoles, puesto que a esas horas, las 20.30 en Nueva York, como es habitual en la ONU, el plenario estaba semivacío. “España salió de aquella dictadura sombría hace cuarenta años y fue capaz de construir un país próspero, descentralizado y comprometido con la diversidad de todo tipo. Uno de los países con la mejor asistencia sanitaria. Uno de los países más seguros. Un país considerado internacionalmente como una de las democracias más sólidas y garantistas del mundo. El mejor país para viajar y uno de los mejores países para vivir. Los españoles eligieron paz, libertad y democracia, y con esas herramientas vamos a seguir construyendo el futuro. Queremos compartir nuestros logros de estos últimos cuarenta años y nuestro espíritu transformador”, remató el presidente en funciones.

Sánchez, que acude a la ONU en una semana clave en España, cuando se han disuelto las Cortes y se han convocado nuevas elecciones para el 10 de noviembre, está tratando de aprovechar este viaje para reforzar su papel internacional y de paso lanzar en España el mensaje de que ya es un presidente consolidado en el mundo pese a que en realidad todavía no ha logrado una investidura típica, después de una victoria electoral como la que tuvo en abril. Sánchez está lanzando en EE UU un mensaje claro a favor del multilateralismo y prometió en su discurso en la ONU más fondos para cuestiones importantes como la lucha contra el cambio climático o dinero contra la desigualdad. Serán 150 millones de euros en cuatro años para el Fondo Verde, como ya anunció en la cumbre del cambio climático; otros 100 millones de euros en cinco años para el Fondo Conjunto de Naciones Unidas para los objetivos del desarrollo sostenible; y otros 100 millones en tres años para el fondo mundial para la lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria. Mientras lo anunciaba, Sánchez atacaba con dureza el proteccionismo y el ultranacionalismo que “apelan al miedo” y remató que “el multilateralismo no tiene ninguna alternativa seria en el planeta”.

Sánchez también se concentró en un discurso de claro corte progresista, sobre todo si se lo comparara con otros que dominaron el arranque de la jornada como el de Donald Trump o el del brasileño Jair Bolsonaro. Sánchez defendió el feminismo -“yo soy un presidente feminista”, afirmó- o el matrimonio homosexual -anatemas de los más conservadores en todo el mundo- y arrancó su discurso con la historia de un migrante que se juega la vida en el Mediterráneo, “que se ha convertido en el mayor cementerio marino del mundo”. Sánchez se coloca así en un lado opuesto al de Trump, aunque su política migratoria, sobre todo la tensión con el Open Arms, ha recibido en los últimos meses fuertes críticas en España de buena parte de la izquierda.

 

Realmente la Transición Democrática no terminará mientras los huesos de Franco y los de José Antonio permanezcan en ese panteón faraónico

Realmente la Transición Democrática no terminará mientras los huesos de Francisco Franco y los de José Antonio, quien murió asimismo un 20 de noviembre de 1936 permanezcan en ese panteón faraónico, pretencioso y macabro del Valle de los Caídos. José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia (Madrid, 24 de abril de 1903-Alicante, 20 de noviembre de 1936), conocido también como José Antonio, fue un abogado y político falangista español, primogénito del dictador Miguel Primo de Rivera y fundador de la Falange Española. Acusado de conspiración y rebelión militar contra el Gobierno de la Segunda República, fue condenado a muerte y finalmente ejecutado durante los primeros meses de la Guerra Civil Española. Su imagen idealizada fue honrada durante la contienda por el régimen franquista, que lo convirtió en icono y mártir al servicio de la propaganda del instaurado Movimiento Nacional. Tras su muerte se le mencionaba con el alias del Ausente o el Mártir. Terminada la guerra, su nombre encabezó todas las listas de fallecidos del bando rebelde, y la inscripción ‘José Antonio ¡Presente!’ se podía encontrar en muchas iglesias españolas. Ostentó en vida el título nobiliario de Marqués de Estella, con Grandeza de España.

Un chiste anodino pronunciado en un programa de televisión sobre la enorme cruz hortera de Cuelgamuros ha levantado una estúpida polvareda en los medios y ha movido los posos de la justicia, lo que demuestra que ese monumento funerario, aunque lleno de goteras, está cargado todavía de una energía maléfica y sigue siendo el símbolo de la división ideológica de los españoles. Gran parte de la derecha lo tiene como recuerdo sagrado; la izquierda lo odia profundamente por su cruel significado de la tragedia colectiva de la Guerra Civil y las nuevas generaciones, que no conocieron al tirano ni saben cómo se las gastaba, comienzan a tomarlo como objeto de chanza y escarnio solo porque mola jugar a zaherirlo y a este paso acabará convertido en una putrefacta ruina histórica a merced de todas las bestialidades propias del estercolero de las redes sociales. Los socialistas durante sus Gobiernos con mayoría absoluta no tuvieron el coraje de levantar los huesos del dictador para entregarlos a la familia, pero ese deber corresponde cumplirlo a la derecha porque solo así las heridas de la guerra quedarían en verdad cicatrizadas. El dictador tiene bien merecida una sepultura privada, esta vez realmente cristiana, para que duerma el eterno olvido lejos de esa cruz que no es sino una proyección de su impotencia, una forma ostentosa del complejo de castración, según algunos psicoanalistas. Transcurrieron muchas fiestas de la resurrección, coincidente con el Aberri Eguna, en euskera Día de la Patria, en referencia a la patria vasca. Es una celebración festiva del nacionalismo vasco que se convoca anualmente en el Domingo de Resurrección. Dicha celebración se celebra principalmente en las comunidades autónomas españolas de País Vasco y Navarra; y en el País Vasco francés, en el departamento de los Pirineos Atlánticos de Francia, además de por la diáspora vasca repartida en el mundo. Fue creada por el Partido Nacionalista Vasco en 1932. Ocasionalmente han tomado parte partidos de izquierdas no vinculados a dicha ideología, produciéndose la última convocatoria conjunta en 1979. La primera celebración se realizó en Bilbao en 1932. Fue prohibido tras la Guerra Civil de 1936 y se comenzó a celebrar de nuevo en 1964. La primera lección que uno debe aprender de este día es a salir del propio sepulcro, aunque cada uno resucita como puede. Algunos lo hacen discretamente de madrugada sin que se entere nadie. Así debería sacar la derecha a Franco de la tumba.

 

Las nuevas generaciones no necesitan recordar una guerra enfrentó a hermanos, sino el precio de la intolerancia y el sectarismo

Nunca faltan flores frescas sobre la tumba del general Francisco Franco. Sus restos descansan bajo una losa de granito de una tonelada y media en el Valle de los Caídos, el mausoleo que el dictador se hizo construir en las afueras de Madrid. Un guardia vigila que los turistas no alcen la voz, regaña a los niños que pisan la lápida y recuerda que está “prohibido tomar fotografías”. Nada puede perturbar el descanso del hombre que dirigió los destinos de España con puño de hierro y que, cuatro décadas después de su muerte, continúa dividiéndola. Los españoles llevan desde 1975 discutiendo qué hacer con su Caudillo. En municipios de todo el país se sigue debatiendo si mantener o retirar monumentos en su honor. El Ayuntamiento de Madrid cambió en las placas de calles con referencias franquistas en la ciudad. Y el parlamento, tras años de debates fútiles, aprobó finalmente una resolución que pedía la exhumación del general, una medida que el nuevo gobierno socialista de Pedro Sánchez se ha mostrado decidido a cumplir. Nunca es tarde para dejar de honrar a un dictador: ha llegado la hora de que los españoles desentierren a Franco, para enterrarlo de una vez por todas.

El Valle de los Caídos, donde se encuentra la tumba de Franco y de 34.000 fallecidos en la Guerra Civil española (1936-1939), ha sido durante décadas un símbolo para los vencedores del conflicto y del régimen autoritario posterior. El propio Franco confesaba, en el decreto que anunciaba su construcción, su aspiración de que sirviera para que las futuras generaciones “rindan tributo de admiración a los que les legaron una España mejor”. Esto es: a sí mismo. Pero las nuevas generaciones no necesitan que nadie les recuerde quién ganó una guerra que destruyó el país y enfrentó a hermanos, sino el precio que pagan las sociedades que se dejan llevar por la intolerancia y el sectarismo. El Valle de los Caídos, una ofrenda a la dictadura en el corazón de Europa, debería ser convertido en un lugar de homenaje para todas las víctimas de la guerra, sin importar a qué bando pertenecieron, y en símbolo de una reconciliación que la presencia de Franco obstaculiza. Quienes se oponen a tocar la tumba del general alegan que exhumar su cadáver para darle una sepultura privada reabriría viejas heridas. La realidad es que nunca quedaron cerradas del todo. Franco disfruta en España de una legitimidad impensable en cualquier otra democracia, incluyendo el reparto de subvenciones públicas a la fundación que lleva su nombre y promueve “su obra”.

Ocho décadas después del final del conflicto que supuso la antesala de la Segunda Guerra Mundial, el resentimiento sigue distanciando a las dos Españas que Goya ya retrató hace casi doscientos años en su cuadro ‘Duelo a garrotazos’. Hubo un tiempo, en mitad de la euforia de la democracia recién conquistada y el auge económico de los años ochenta que devolvió el país al club de naciones modernas, en que parecía que los españoles habíamos logrado salir de nuestras trincheras. Fue un espejismo. Hoy es imposible mantener una conversación sobre cualquier asunto de interés público -educación, sanidad, economía, pensiones o política exterior- sin terminar en recriminaciones ideológicas o referencias a la Guerra Civil. Jóvenes que por razones obvias no vivieron el conflicto siguen llamándose ‘fachas’ y ‘rojos’, haciendo suyos los bandos que enfrentaron a sus tatarabuelos. La prensa, la judicatura, la policía, las instituciones y, por supuesto, los políticos están divididos en bandos irreconciliables.

 

El ‘Holocausto español’, como lo definió el historiador británico Paul Preston, dejó 200.000 muertos y supuso el inicio de décadas de atraso

Los españoles se aferran durante demasiado tiempo a la fantasía de que huyendo de su pasado podrían dejarlo atrás. Y, sin embargo, cada vez que miran en el espejo retrovisor de su historia reciente, comprueban que sigue ahí. El ‘Holocausto español’, como definió el conflicto el historiador británico Paul Preston, dejó 200.000 muertos y supuso el inicio de décadas de atraso. En ambos bandos de la Guerra Civil Española se cometieron atrocidades, pero el régimen militar extendió el dolor más allá de su victoria con una campaña de represión que se alargó cuatro décadas. La Ley de Memoria Histórica de 2007 fue un intento del entonces presidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero de compensar a los perdedores del conflicto. El gobierno imponía la retirada de símbolos franquistas de las calles y se comprometía a facilitar los fondos para que los familiares de los desaparecidos pudieran buscar, desenterrar y despedir a sus muertos, entre otras medidas. La llegada al poder de los conservadores del Partido Popular (PP) en 2011 supuso la cancelación de los fondos destinados a aplicar la ley y un cambio de política que tenía como prioridad no “remover el pasado”.

Los defensores de dejar las cosas como están alegan que España vivió una transición a la democracia modélica tras la muerte del dictador. Tienen razón. Los intentos de deslegitimar aquel proceso, que incluyó la amnistía de los miembros del régimen, no tienen en cuenta que fue un compromiso nacional necesario en un momento donde ni la estabilidad ni la paz estaban garantizadas. Ambos bandos dejaron de lado sus eternas diferencias para construir un futuro mejor. Y, sin embargo, ningún acuerdo puede imponer el olvido a quienes pagaron su enfrentamiento con la dictadura con el exilio o la cárcel, impedir que las familias busquen a sus desaparecidos o legitimar a quienes los hicieron desaparecer. La eliminación de calles con nombres franquistas, la retirada de monumentos que honran al dictador o la exhumación de sus restos del Valle de los Caídos, que pasaría a convertirse en un Centro Nacional de Memoria de todas las víctimas, no es una cuestión ideológica o de partidos. Se trata de una obligación moral que tiene la ventaja adicional de enviar el mensaje claro a los nostálgicos del franquismo de que los españoles han enterrado para siempre su pasado autoritario.

La apertura de la tumba de Franco se presenta inminente. Cuando los operarios levanten la losa de granito bajo la que descansa el general y cerrar así el único mausoleo de un dictador entre las democracias europeas, España habrá enterrado ese día uno de los impedimentos en su largo camino hacia la reconciliación. Tiene que ser ahora, sin mirar atrás, de una vez por todas. Si el nuevo Gobierno socialista, que tanta ilusión parece haber despertado, necesita un acto simbólico, de gran impacto moral para iniciar su andadura, aquí está. No es costoso, solo requiere coraje. Desalojen los huesos del dictador Franco del panteón faraónico del Valle de los Caídos donde permanecen amparados bajo una cruz desmesurada, que lejos de generar un sentimiento religioso, proyecta una sombra cainita sobre el inconsciente colectivo de los españoles y entréguenlos a su familia para que obtengan una sepultura privada, de forma que pasen al olvido eterno. La democracia española debe quedar por fin liberada de la humillación de parecer que está tutelada por el poder subliminal que emana de esa tumba. Mientras los despojos del dictador permanezcan glorificados en el Valle de los Caídos y en cambio decenas de miles de fusilados durante la guerra duerman su tragedia en las cunetas, la conciencia nacional seguirá estando también podrida. Si durante sus Gobiernos con mayoría absoluta los socialistas no nos libraron de tan insoportable escarnio por falta de arrestos y exceso de componendas, Pedro Sánchez debe demostrar que está dispuesto a despejar el horizonte del futuro político dejando que el viento de la historia se lleve por delante el odio que genera ese panteón y que su siniestra memoria se diluya para siempre en el aroma de las jaras. A estas alturas sería realmente escandaloso seguir con el miedo reverencial que hasta ahora han despertado los despojos del dictador como si su tumba fuera la olla de hormigón que guarda una barra de uranio capaz de liberar una carga radioactiva incontrolada. Atrévase, presidente. La solución no necesita presupuesto. No va a pasar nada de nada. Franco sí o Franco no, al final esta es la cuestión.

 

Las dudas que colean sobre la exhumación, la familia Franco se aferra a resquicios legales para evitar la salida de los restos

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, apenas tardó unas horas en celebrar públicamente el aval del Tribunal Supremo al plan del Ejecutivo para exhumar a Francisco Franco. “Hoy, 24 de septiembre de 2019, hemos cerrado simbólicamente el círculo democrático. Hoy cerramos por lo tanto un capítulo oscuro de nuestra historia”, ha afirmado el candidato socialista durante su intervención en la Asamblea General de la ONU. Pero varias dudas colean aún sobre la salida de ejecutar la pronta salida de los restos. Fuentes del Supremo insisten en que la sentencia, que se notificará en los próximos días, despejará muchas de las estas cuestiones que ahora se plantean. Además, en cualquier caso, la resolución del alto tribunal hay que ejecutarla en los términos que este establezca, por lo que el Gobierno no puede toparse con “obstáculos legales” para hacerlo. “Puede haber trámites pendientes, pero no obstáculos. Trámites que tienen que abordarse en la fase de ejecución de la sentencia, como es habitual”, señalan estas fuentes.

La familia del dictador tiene muy claro cuál es el siguiente paso a dar. Su abogado, Luis Felipe Utrera, ya avanzó el mismo martes que acudirán al Tribunal Constitucional (TC) al considerar que se ha vulnerado su derecho fundamental “a decidir el destino de los restos” de Franco. Además, según añadió, solicitarán a los magistrados que adopten medidas cautelares para que se suspenda la exhumación hasta que este órgano se pronuncie sobre el fondo. Una posibilidad que, de entrada, resulta bastante complicada. Fuentes consultadas en el Supremo ven escasas posibilidades de que esto salga adelante. Y, en esa línea, fuentes del Constitucional también señalan que rara vez se aprueban medidas cautelares en solicitudes de amparo -según su última memoria, el pleno del TC emitió el pasado año 10 autos sobre medidas cautelares y, en ninguno de ellos, les dio luz verde-. Estas mismas fuentes apuntan, a su vez, que aún es demasiado pronto para valorar las posibilidades de que el recurso de la familia se admita, si quiera, a trámite.

El gran escollo que colea, pese al aval del Supremo, es la causa secundaria abierta en el juzgado de lo Contencioso-Administrativo número 3 de Madrid. El magistrado José Yusty suspendió el pasado febrero de forma cautelarísima -sin escuchar a la Abogacía del Estado- la licencia de obra que avalaba el levantamiento de la losa de casi dos toneladas colocada sobre Franco. Una decisión que lleva en vigencia ya casi medio año y que, según lo previsto, seguirá hasta octubre, cuando celebrará la vista para acordar si mantiene esta medida. Pese a ello, fuentes del Gobierno insisten en que este juez carece de competencias para demorar una decisión del Consejo de Ministros y que, una vez que este órgano fije una fecha, sacarán los restos. A su vez, el Ejecutivo recalca que la exhumación no requiere una licencia de obra y que Yusty solo anuló temporalmente un informe preceptivo. Por su parte, fuentes del Supremo señalan que la sentencia abordará las cuestiones urbanísticas y sus conclusiones, que han llevado a respaldar la exhumación, marcarán el camino al juez de Madrid y a las partes personadas en ese caso.

 

El Vaticano no se opondrá a la salida de los restos de la basílica de Cuelgamuros y que aceptará lo que decida la “autoridad competente”

El partido de extrema derecha Vox trató de presionar el martes a la Comunidad de Madrid para que intente frenar la exhumación. La formación avanzó que insistirá al Ejecutivo regional para que use sus “competencias en materia funeraria”. Pero un portavoz de la Consejería de Justicia se muestra tajante: esta institución carece de competencias en la materia. Y añaden que, según el Reglamento de Sanidad Mortuoria, tampoco se necesita una autorización sanitaria para sacar los restos que lleven más de cinco años en una zona. La resolución del Supremo analiza también esta cuestión. La familia Franco también argumenta que el prior de la basílica de Cuelgamuros puede impedir la entrada para la exhumación apoyándose en los Acuerdo entre España y el Vaticano de 1979, donde se expone que “los lugares de culto tienen garantizada su inviolabilidad con arreglo a las leyes”. Aunque el Gobierno rechaza absolutamente esta posibilidad, Utrera afirma que solo desistirán en esta línea de batalla si hay una decisión expresa del Papa al respecto. Y el Vaticano ya aseveró el martes que no se opondrá a la salida de los restos y que aceptará lo que decida la “autoridad competente”. Fuentes del alto tribunal señalan que el prior no podrá negar la entrada si se trata de cumplir una resolución judicial.

Una de las dudas que dejó este martes en el aire el fallo del Supremo y que se despejará en la sentencia es si la familia Franco tiene todavía algún margen para decidir un lugar alternativo en el que enterrar al dictador una vez vetada la Almudena. El real decreto-ley aprobado en agosto de 2018, con el que el Gobierno modificó la Ley de Memoria Histórica para poner en marcha la exhumación de Franco, reconocía el derecho de los nietos del dictador a decidir sobre “el destino de los restos mortales”. La norma establecía que, solo en caso de “discrepancia” entre los nietos o que estos no hubieran indicado en tiempo y forma el enterramiento alternativo, quedaba facultado el Consejo de Ministros a decidir el lugar de reinhumación. Y, según las fuentes del alta tribunal consultadas, esto es lo que ha ocurrido: el Ejecutivo dio 15 días en febrero pasado a la familia Franco para que señalara un emplazamiento alternativo, pero los nietos del dictador dejaron pasar el plazo sin hacerlo, por lo que, según el real decreto ley que ayer avaló el alto tribunal, es el Consejo de Ministros quien decide sobre el lugar de reinhumación, “asegurando una digna sepultura”, tal y como establece la norma. Los Franco han insistido en los últimos meses en que si el Supremo no les daba la razón, propondrían un lugar de enterramiento diferente a La Almudena. La sentencia, según las fuentes consultadas, deja en manos del Gobierno esta opción y el Ejecutivo ya ha advertido de que el momento de señalar una alternativa ya pasó.

 

Los españoles volverán a votar el próximo 10 de noviembre, la izquierda no logra pactar un gobierno estable, Franco y su ‘Vox’ carcajean

España necesita gobierno. Y no lo tiene. Lo que hay en la Generalitat no es un gobierno sino una célula de agitación y propaganda que dispone de forma partidista de los presupuestos y de las instituciones públicas. Lo que hay en La Moncloa es un gobierno en minoría y ahora en funciones que no puede gobernar de verdad, aunque aspire a hacerlo. Esto ocurre en un momento especialmente delicado, con el desorden mundial trumpista en plena efervescencia y una desaceleración de la economía que hace temer una nueva recesión. El Brexit fuera y el Procés dentro acaban de espesar el panorama. El Govern trabaja todavía con el presupuesto prorrogado de 2017 y el Gobierno de España con el de 2018, un fruto de la falta de mayorías parlamentarias que se traduce en unos déficits de inversiones, especialmente sociales, que pagan, como siempre, los ciudadanos con menos renta y oportunidades. El precio de la ineptitud y de la interinidad es altísimo. Las comunidades autónomas se encuentran infrafinanciadas y sin liquidez. El impacto tiene efectos también en todas las entidades locales. Al final, quienes sufren son los ciudadanos, desatendidos en servicios y en infraestructuras que no se pueden financiar. El caso más ejemplar y doloroso es el de las prestaciones desatendidas por dependencia y por pobreza, que hacen víctimas políticamente poco visibles, tal como sucede con los que sufren las listas de espera de la sanidad pública o los que no cuentan con una vivienda en condiciones de salubridad y de dignidad.

Todo tiene explicaciones. En Cataluña son claras: desde hace siete años los principales recursos y energías han alimentado una hoguera que sigue reclamando leña sobre todo cuando más se debilita su llamarada. Pero hay otras sistémicas, vinculadas al momento de cambio político español. No es automático ni siquiera fácil pasar de un sistema de bipartidismo más o menos perfecto, donde no había dificultades para obtener mayorías de gobierno, a otro multipartidista y necesitado de coaliciones. Y hacerlo justo en el momento en que se ha roto y desprestigiado la cultura del pacto y del consenso, causa y también efecto de la herida abierta por el conflicto catalán que todo lo condiciona. Tampoco es fácil de hacer cuando surgen fuerzas, a derecha y a izquierda, que ponen en duda incluso las bases del sistema constitucional, sobre todo cuando estas fuerzas, además, son imprescindibles para conformar las mayorías alrededor de los partidos que antaño habían conformado el sistema bipartidista. El bipartidismo no volverá, al menos tal como lo hemos conocido, pero la plena normalización de un nuevo sistema más plural donde nos regiremos con gobiernos de coalición quizás necesita esta actual etapa de transición, en la que todo depende tal vez de la pericia y la capacidad de absorber el riesgo por parte de los gobernantes.

Los resultados electorales han expresado una y otra vez que las nuevas fuerzas antisistema no cuentan con suficiente impulso para avanzar, ni las de derecha en la recentralización de España ni las de izquierda en la revisión rupturista de la Transición, con reconocimiento del derecho de autodeterminación y replanteo de la forma de Estado. Tienen en cambio suficiente fuerza como para ralentizar el actual momento de transición, con la remota esperanza de revertir los resultados electorales demasiado cortos obtenidos hasta ahora con el fin de volver a intentar el envite en el que hasta ahora han fracasado. Ahora los gobiernos de coalición constituyen una forma prematura que contiene todavía el germen de una regresión. La derecha ya ha hecho un experimento de dudosos resultados: la alianza con la extrema derecha xenófoba y franquista de Vox sirve más para reactivar a la izquierda que para gobernar con coherencia y visión estratégica. Ahora es la izquierda la que debe optar entre dos alternativas, como es el gobierno socialista en solitario, con apoyos para la investidura y después quizás por los Presupuestos, o el experimento dudoso de un gobierno de coalición de izquierdas con apoyo parlamentario del independentismo.

La preferencia de la derecha, reclamada desde el primer día, no deja dudas: una coalición de PSOE con UP y apoyo externo de Izquierda que permita una dura oposición y luego una victoria abrumadora que la instale al poder para una larga etapa. Unidos Podemos ​fue una coalición electoral de izquierda española conformada por Podemos, Izquierda Unida, Unidad Popular, Equo, Construyendo la Izquierda-Alternativa Socialista, Democracia Participativa y otras formaciones, constituida el 13 de mayo de 2016 para presentarse a las elecciones generales del mismo año.​ La otra opción, el gobierno en solitario, no tendrá más remedio que aceptarla si vuelve a haber elecciones y gana Sánchez, pero con la ventaja de que le habrá permitido intentar una mejora de la correlación de fuerzas. Desde Cataluña las preferencias se han decantado bien abiertamente: hay un independentismo que quiere volver a la normalidad del autogobierno y teme por el futuro de la autonomía. Y hay otro en cambio, el del desgobierno de Quim Torra y Carles Puigdemont, que necesita y quiere cuanta más gresca mejor, con una España repintada por Santiago Abascal y no por Pablo Iglesias, para seguir alimentando la hoguera ahora debilitada del Procés.

Es extraordinaria la responsabilidad de las izquierdas, incluidas las independentistas. Queriendo obtener todavía el máximo, se pueden encontrar con el mínimo, las manos vacías, o peor, atadas durante muchos años. ¿Alguien imagina un gobierno en La Moncloa con Vox? Un gobierno socialista en minoría, con un pacto más o menos largo y sólido con UP y Esquerra y con los nacionalistas vascos, es la salida más segura y estable en un momento de transición del bipartidismo al multipartidismo tan difícil y cuando todavía empujan, aquí y en todas partes, las fuerzas que quieren arrasar con el democracia representativa y, detrás, con el Estado de derecho, la Unión Europea y finalmente nuestras libertades. Tal como ha dicho y repetido Josep Maria Bricall, “el país necesita que se gobierne, lo que no puede ser es que no gobierne nadie”. En Barcelona y en Madrid necesitamos urgentemente gobiernos que gobiernen, y no podemos esperar más. Josep Maria Bricall es un economista, profesor y político español. Ha sido Consejero de Gobernación de la Generalidad de Cataluña y rector de la Universidad de Barcelona. Francisco Franco y sus herederos y reivindicadores de la España imperial de una, grande y libre de Vox de Santiago Abascal​ y Javier Ortega Smith carcajean, al igual que los seguidores de Quim Torrá y Carles Puigdemont del Partido Demócrata Europeo Catalán (PDeCAT). Los extremistas nacionalistas se juntan. ‘Los extremeños se tocan’ es una obra de teatro de Pedro Muñoz Seca y Pedro Pérez Fernández, estrenada en el Teatro de la Comedia de Madrid el 17 de diciembre de 1926. Definida como Opereta en tres actos, pero sin música. Marcelino es un extremeño de pro que vive empobrecido en Madrid junto a su esposa Fausta y su hija Alegría. Su compadre Pancorbo aprovecha la fecha de nacimiento de Marcelino para tramar un timo al millonario Ali Benamal, un excéntrico turco que piensa que existe un alter ego suyo en algún lugar del mundo, nacido en el mismo momento, es decir, el 11 de febrero de 1870…

 

Reportaje en The New York Times, ‘Llívia, la aldea catalana que ya está separada de España’, silencia que en 1939 vitoreaba a Franco

Un 11 de febrero pero de 1939, en España las tropas sublevadas de Franco se hacen con el poder de Llívia, tras pedir permiso para ocuparla a las autoridades francesas. Al hacerse con Llívia consiguen ocupar toda Cataluña. Llívia es una localidad y municipio de España perteneciente a la provincia de Gerona, en la comunidad autónoma de Cataluña. Localizado en la parte nororiental de la comarca de la Baja Cerdaña, Llívia se encuentra a 153 kilómetros de la capital provincial, rodeado en su totalidad por territorio francés del departamento de Pirineos Orientales como resultado del Tratado de los Pirineos de 1659; exactamente limita con las comunas francesas de Targasonne, Estavar, Saillagouse, Sainte-Léocadie, Bourg-Madame, Ur y Angoustrine-Villeneuve-des-Escaldes. España cedió a Francia los treinta y tres pueblos de las comarcas catalanas del Vallespir, el Capcir, el Conflent, el Rosellón y la Alta Cerdaña que hoy forman, junto con la Fenolleda, el departamento francés de los Pirineos Orientales. Estas comarcas habían pertenecido al Imperio Carolingio (Reino Franco) y posteriormente cedidas a la Corona de Aragón. Las fronteras actuales de Llívia se deben a la delineación fronteriza entre Francia y España. Llívia quedó fuera de este tratado por tratarse de una villa, privilegio concedido por el Emperador Carlos V, por lo que continuó bajo dominio del Rey de España.​ Durante la Guerra Civil se mantuvo fiel a la República hasta que el 11 de febrero de 1939. Aquel día las autoridades del bando sublevado pidieron a las autoridades francesas permiso para ocupar la villa debido a que para acceder a ella había que pisar suelo galo. Al entrar no encontraron resistencia. Todo lo contrario. Sus ciudadanos se habían transformado en nacionalistas españolistas franquistas. Su población es de unos dos mil habitantes, repartidos en un territorio de 12,83 kilómetros cuadrados. Llívia pertenece al partido judicial de Puigcerdá. Las lenguas habladas en la localidad son el catalán, el castellano y, en menor medida, el francés. Hoy, según un reportaje de Laure Fourquet, publicado en la desaparecida edición en español del The New York Times, ‘Llívia, la aldea catalana ya está separada de España’.

“En algunas partes de Cataluña, la policía nacional y la guardia civil españolas blandieron macanas y confiscaron urnas en un intento por impedir el referéndum del 1 de octubre del 2017, que había sido declarado inconstitucional. Sin embargo, en Llivia, la diminuta plaza de adoquín en el centro estaba llena con una muchedumbre que celebraba. El ambiente era tan festivo que Rosario Cortizo, de 67 años, quien administra un restaurante y hostal junto con su esposo, decidió organizar una parrillada para los votantes. ‘Hemos estado esperando esto durante muchísimo tiempo’, dijo alegremente Cortizo. Ese día, los catalanes fueron convocados para expresar si querían o no ser parte de España. Sin embargo, para Llivia, un pintoresco pueblo enclavado a una altura de cerca de 1220 metros en las faldas de los Pirineos, una parte importante de esa decisión se tomó hace siglos. Llivia ya está separada físicamente de España: la municipalidad de casi 13 kilómetros cuadrados es una anomalía geográfica producto de una excentricidad en el Tratado de los Pirineos de 1659, que resolvió una disputa de más de dos décadas entre España y Francia. Solo los pueblos, de acuerdo con el tratado, se cederían a la corona francesa. Llivia se consideraba una villa, no un pueblo, así que siguió siendo parte de España y de la región catalana. Durante más de 350 años, Llivia ha permanecido de hecho como un enclave español rodeado por territorio francés.

Hoy en día Llivia se conecta con el resto de España por un filamento delgadísimo, la carretera N-154, un camino ‘neutral’ que atraviesa Francia a lo largo de menos de 3200 metros y une a Llivia con el poblado español más cercano, Puigcerdá, a un par de horas en auto desde Barcelona. “La policía española nunca iba a pasar por Francia para evitar que la gente de aquí votara”, dijo con una sonrisa el alcalde de Llivia, Elies Nova. Estar rodeada de territorio francés le dio a Llivia ciertas ventajas tácticas cuando enfrentó muchas de las mismas trabas que otras partes de Cataluña para llevar a cabo una votación que el gobierno y las cortes españolas declararon ilegal. El día del referéndum, cuando la conexión a internet se interrumpió en el enclave español, el alcalde de Llivia decidió usar la conexión francesa para que la votación pudiera proseguir, contó Laurent Leygue, el alcalde de la vecina localidad gala, Estavar. ‘Como medida preventiva llevaron incluso las boletas de Llivia a Francia para contar los votos’, dijo Leygue, que se unió a la alegre muchedumbre que festejaba el día del referéndum.

Debido a su inusual ubicación, los residentes de Llivia han mantenido desde hace mucho una fuerte sensación de independencia. ‘Esto puede explicarse en parte por la peculiar historia del pueblo’, dijo Marc Delcor, de 35 años, director del museo municipal que alberga los restos de la Farmacia Esteve, una de las farmacias más antiguas de Europa: data de la Edad Media. ‘Los habitantes necesitaban ese sentido de pertenencia, en especial después de Franco’, añadió, en referencia al general Francisco Franco, cuya muerte en 1975 abrió la puerta a la democracia española. Así que quizá no es una sorpresa que el apoyo a la independencia sea fuerte en Llivia, incluso cuando no está claro qué significaría en realidad para ellos ser independientes. El día del referéndum Llivia votó abrumadoramente a favor de la separación de España, de acuerdo con los funcionarios: ‘561 de 591 votos estuvieron a favor del sí…’, dijo con orgullo el alcalde Nova.

Los simpatizantes del movimiento separatista en Llivia incluso rompieron un récord mundial de Guinness al prender cerca de 82.000 velas con la forma de la Estelada, la bandera proindependentista, justo antes de que se celebrara el referéndum. ‘Fue un momento único y muy hermoso’, dijo Cortizo. ‘Todo el pueblo estaba ahí para cantar Els Segadors, el himno nacional oficial de Cataluña’. Como parte de las tumultuosas secuelas de la votación, Cortizo fue una de alrededor de 200.000 personas que se manifestaron en Barcelona en apoyo a dos líderes independentistas -Jordi Cuixart y Jordi Sánchez- que fueron encarcelados a partir de una orden de una corte española. ‘Llevamos las 82.000 velas’ a la manifestación, dijo Cortizo. ‘No dejaremos de protestar hasta que los liberen y seamos independientes’.

 

Franco, presente en Arco 2012, el escultor Eugenio Merino llevó a la feria de arte de Madrid, una pieza del dictador en una máquina de refrescos

En la pared del fondo del taller del artista Eugenio Merino hay tirado un gran Homer Simpson. Entre el caos de goterones de pintura, latas de poliéster, resinas y herramientas, no hay ni rastro de la escultura que escoció a algunos grupos religiosos en la edición de hace dos años de Arco. Colocó a un rabino sobre los hombros de un sacerdote, que rezaba de rodillas sobre la espalda de un imán tumbado, la tituló Starway to heaven y la vendió por 45.000 euros. Para este año tiene un nuevo invitado a la cocina donde prepara los platos más polémicos de una feria a la que le ha cogido el punto: Francisco Franco. En Always Franco ha metido al dictador en un frigorífico decorado con el diseño de Coca-Cola. “Franco sigue siendo noticia, no ha desaparecido. Está más de moda que nunca con la ley de Memoria Histórica, Garzón y el Diccionario Biográfico Español”, explica Merino, que nació unos meses antes de que el generalísimo muriera. “Al principio barajé incluir a Mao Zedong, pero no funcionaba tan bien. Franco en una nevera es la imagen de su permanencia en nuestra cabeza”.

Empezó con la escultura de poliéster, resinas, pelo humano y ojos de cristal el verano pasado. Aprendió hace años a perfeccionar la técnica de estos materiales con un diseñador de efectos especiales y ha acudido de nuevo a la gente del cine para el traje a medida del dictador. “La gorra fue lo más difícil”, el resultado se pudo ver en el stand de Arco de la galería ADN. En estos años de recesión, los veteranos de la feria cuentan que, si la cosa se debilita, se agudiza el espectáculo. Y el contenido de los pasillos deriva hacia obras que tienden a llamar la atención, aunque no todo sea espectáculo. “Arco amplifica cualquier cosa”, explica Merino, para alertar de que, a pesar de ser una feria, lo políticamente correcto gana terreno. Aún recuerda las reacciones de las comunidades religiosas a las que aludía en su famosa pieza. De esa experiencia ha aprendido que la censura ha cambiado de forma desde que la aplicaba Franco, pero no ha desaparecido. “Para mí, el interés común es lo más importante. Lo que hago no es solo para coleccionistas y museos, pero estamos atados de pies y manos para hablar de lo que uno quiere”.

Merino tuvo, además, apoyo cinematográfico. Pedro Temboury, director de Kárate a muerte en Torremolinos o Ellos robaron la picha de Hitler, seguidor del trabajo del artista, se puso en contacto con él para rodar un documental sobre la creación y repercusión de la pieza de Franco. Es una excusa para hablar de la relación entre arte y política. En la cinta aparecen entrevistas con artistas, críticos y escritores que exponen una visión poco habitual de las relaciones de los totalitarismos con el mundo de la creación. En ella aparece Santiago Sierra, quien asegura que los artistas siempre han estado del lado de los poderosos: “Les han pintado los santos, los dictadores, es una de las profesiones más cómplices”. “La entraña misma de la política es puro arte y artificio para subyugar a las poblaciones. Los artistas somos parte de ese juego. Fomentamos lo incomprensible, porque el arte es algo que sirve a la burguesía, y el gusto de los privilegiados es siempre contrario al de los gustos populares”.

Sobre la figura del dictador cree que España no ha sido capaz de superarla. Propone una curiosa acción: “Que presten imágenes de Franco a los artistas para que las denigren a placer”. Pero reconoce que un pueblo que esconde sus miedos no está preparado para hacer algo así. “¿Crees que alguien me dejaría hacer una pieza en una de las habitaciones de El Pardo? Eso es intocable. Estamos en un país de intocables”.Justo en el momento en que las plazas se vacían de su presencia, Merino cuestiona la aparente desaparición de Franco. Y a Temboury, ese ejercicio irreverente le gustó. “Los pueblos son sanos cuando se ríen de su pasado, porque es una manera de enterrarlo. Pero Franco sigue siendo un resorte partidista. Es un fantasma congelado y no se marcha”.

Sin embargo, al artista que más ha analizado la figura del dictador, Fernando Sánchez-Castillo, no le gusta hacer nada específico para Arco. “Algunos creen que es la oportunidad de visibilidad, pero es competir en una jaula de grillos en la que no se entiende nada. Hay especialistas en hacer ‘la pieza de Arco’, pero yo no entro en ese juego. Es mi galerista en España, Juana de Aizpuru, quien decide qué se lleva. Supongo que Franco no vende, por eso no habrá nada relativo a él”, explica. Su galería holandesa Tegenboschvanvreden enseñará la pieza antigua del busto de Franco girando a gran velocidad. Sánchez-Castillo se centró en una barricada de bronce gigante, un monumento a las calles cortadas por la rebeldía. También uno de los bloques del barco Azor, que en estos momentos se puede ver desguazado en Matadero. Él se define como un arqueólogo del franquismo: busca las estatuas retiradas de Franco, los pelos de las cejas que quedaron en la máscara mortuoria del dictador, la misma embarcación de recreo… “Es un personaje de nuestra iconografía popular. Las artes plásticas llegan tarde. Antes, en los ochenta tocó drogarse y relajarse, ahora toca la estética de la revisión” apunta. Sí, pero ¿Quién desearía comprar una pieza de Franco? “Alguien que es consciente de que quitar las imágenes y los símbolos de las plazas no hace desaparecer las ideas. Y, sobre todo, alguien que piensa que el arte no debe limitarse a decorar su salón o su oficina”, responde Merino. Cuando despertó, abrió la nevera y el monstruo seguía allí.

 

Manuel Vicent visitó fumado de marihuana las pinturas negras de Goya en el Museo del Prado, quedando alucinado con ‘Duelo a garrotazos’

Manuel Vicent junto a otros columnista como Francisco Umbral, nos han ayudado a digerir y entender mejor a los protagonistas y sus acuerdos y desacuerdos que permitieron reformar un sistema de ‘democracia orgánica’ a una ‘democracia inorgánica’, acorde con los dictados de la Escuela Francesa del Derecho Constitucional de Maurice Duverger y André Hauriou. El escritor de Castellón, en el Mediterráneo de Joan Manuel Serrat, recuerda aquella mañana de un otoño ya muy lejano en que entré totalmente fumado en la sala de las pinturas negras de Goya en el Museo del Prado y la sensación que me produjo el cuadro ‘Duelo a garrotazos’ bajo los efectos de la marihuana. Eran tiempos de batallas urbanas contra la policía en los estertores de la dictadura. Por Atocha y la Ciudad Universitaria madrileña había manifestaciones cada día con pancartas y gritos de libertad, amnistía y estatutos de autonomía, con nubes de gases lacrimógenos, balas de goma y algunas de plomo que habían acarreado varios muertos… “Para que todo el universo quepa en una columna de 66 líneas a 30 espacios es necesario desechar lo que sobra: planetas, estrellas, galaxias, el vacío que existe entre ellas con su silencio de piedra pómez. Hay que quedarse solo con lo esencial: con las grandes pasiones que mueven al alma de unas hormigas, con las horas infinitas que invierten los muertos soñando. Una columna de periódico debe ser el reloj de arena que filtre la memoria de ese deseo que el lector sentirá mañana…”, reivindicaba Francisco Umbral.

En Ámsterdam, había adquirido una hierba de excelente calidad en los tenderetes de la discoteca Paradiso, una antigua iglesia convertida por los hippies en su tabernáculo, y en aquel Madrid descoyuntado por los dolores de parto de una democracia extraída con fórceps, dentro del coche aparcado a la sombra de la Academia Española de la Lengua, liaba un canuto en forma de trompeta, lo apuraba con lentas caladas, me paseaba primero sobre las hojas caídas, rojas, amarillas, moradas del Jardín Botánico y luego, fumado hasta muy abajo entraba en el Museo del Prado con la esperanza de que la hierba me abriera las puertas de la percepción hasta las entrañas invisibles que había debajo de la belleza. En cierto modo este placer era también una forma de resistencia al franquismo. En aquel tiempo, el Museo del Prado estaba prácticamente deshabitado. En un ángulo de cada sala vacía dormitaba un bedel y mientras avanzaba en soledad entre óleos de reyes, santos, caballeros y batallas me acogía la sensación alucinada de que aquellas figuras de las paredes solo eran la creación del sueño de sus vigilantes dormidos. La hierba dividía los cuadros en dos: los que te subían y los que te bajaban. La hierba exaltaba hasta un grado indecible ‘El Jardín de las delicias’ de El Bosco y a todo el Greco, a Tiziano y Velázquez. Sus personajes abandonaban los marcos y ocupaban todo el aire por donde veía volar a las meninas, a las vírgenes de Murillo, al adusto caballero de la mano en el pecho junto con alguna venus muy carnal. Era una sensación placentera. En cambio, al entrar en la sala donde se exhibían las pinturas negras de Goya notaba que no había forma de que aquellas figuras diabólicas las diluyera la morbidez del cannabis. Esta paranoia se acrecentó al contemplar de cerca el cuadro de ‘Duelo a garrotazos’. Tal vez este rechazo se debía a que esta pintura solo expresaba el odio profundo entre las dos Españas, que había aflorado de nuevo en la calle. De hecho, desde allí se oía en ese momento un helicóptero de la policía sobrevolando una asonada.

Según su doble fuente de inspiración, Goya pintaba juegos de columpio y fiestas felices en la pradera, una duquesa desnuda con carne de nácar y aguafuertes llenos de brujas y ajusticiados, cartones para tapices con escenas galantes y ahorcados, capirotes de la Inquisición, el garrote vil, un asno con levita y un macho cabrío presidiendo un aquelarre. La España atroz y la de la Ilustración convivían en sus lienzos. Cuando Goya se fue a vivir a la Quinta del Sordo, hacia 1819, era un viejo lleno de cólera y sabiduría. Durante los cuatro años de misantropía que estuvo allí enclaustrado luchando contra sus demonios se dedicó a cubrir 32 metros cuadrados de pared con visiones corrosivas y pesadillas esquizofrénicas. En la cartela que acompaña al cuadro Duelo a garrotazos se explica que esa clase de pelea a muerte solo se permitía en Cataluña y en Aragón. En el resto de España estaba prohibida. En la pintura original esa pareja de españoles raciales tiene los pies sobre la hierba, pero al pasar la pintura al lienzo desde las paredes encoladas, la restauración deplorable hizo que aparecieran con las piernas enterradas y ese error ha convertido la escena en un símbolo del violento inmovilismo español como un destino aciago.

Algunos expertos opinan que Goya en los días felices había pintado bocetos de dulces vendimias con colores pastel debajo de esas pinturas negras y uno en aquel lejano otoño trataba de adivinarlas inútilmente ayudado por el cannabis dentro de las nubes azules y rosas que presiden la pelea de los dos villanos. Hoy, la sala de las pinturas negras de Goya está siempre abarrotada de espectadores que solo buscan la belleza, pero la incompetencia de los líderes políticos ha hecho que el desafío independentista contra el Estado reproduzca la escena de una España ciega con las piernas enterradas. Hubo un tiempo en que un sueño de ética y libertad unió a los catalanes y el resto de los españoles. Ignoro si todavía es posible imaginar que un delicado racimo de uvas invisible se halla en medio de esos dos bellacos que se están matando a garrotazos.

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