Felipe VI y Doña Letizia visitan La Habana en su 500 aniversario, “España no debe perder Cuba por segunda vez”, recalca Eusebio Leal

El BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Con el Historiador de la Ciudad han descubierto los secretos y maravillas de La Habana Vieja los visitantes más ilustres, desde los expresidentes españoles Adolfo Suárez y Felipe González, al Rey emérito Juan Carlos I o el expresidente norteamericano Barack Obama. A todos los acompañó Leal, igual que lo hizo meses atrás con el presidente español Pedro Sánchez, cuya visita consideró un “gesto de amistad”. El director del programa televisivo ‘Andar La Habana’, volverá a ser el ‘guía’, esta vez, de Felipe VI y Doña Letizia. “Es una visita muy significativa, pues con él viene todo el pueblo español. Dije un día que se puede prescindir de los políticos, pero de España no: España es consustancial a la naturaleza de nuestro pueblo, somos de la misma estirpe, un pueblo que puede perdonarlo todo menos que le pisen la capa. Nos han tratado de pisar la capa y aquí estamos”…

Los Reyes dedicarán la última jornada de su viaje de Estado a Cuba, entre el 11 y el 14 de noviembre, a rendir homenaje a las víctimas del desastre de 1898, que marcó el fin del imperio español. Felipe VI y doña Letizia se trasladarán a Santiago de Cuba, donde visitarán al Castillo del Morro, para recordar a los más de 300 tripulantes muertos en el hundimiento de la flota del almirante Cervera, destruida por los acorazados de Estados Unidos, y a la loma de San Juan, donde perecieron 600 soldados españoles en la última batalla terrestre. Será el broche final a una visita histórica: la primera que realiza un rey de España a la isla caribeña. Juan Carlos I estuvo en La Habana en 1999, pero fue en el marco de la Cumbre Iberoamericana y no de una visita bilateral. El viaje se ha hecho coincidir con el 500 aniversario de la fundación de La Habana, aunque los Reyes volverán a España antes de los actos centrales de la efeméride, el 16 de noviembre, para no coincidir con el mandatario venezolano, Nicolás Maduro, o el nicaragüense, Daniel Ortega. Fuentes diplomáticas insisten en que la visita no constituye un gesto de apoyo al régimen cubano, sino la superación de una anomalía: el hecho de que Cuba fuera el único país iberoamericano que no había visitado hasta ahora un Rey de España; mientras que sí lo han hecho mandatarios de Francia, Italia, o Portugal, el expresidente estadounidense Barack Obama e incluso dos Papas.

En este marco institucional, subrayan las mismas fuentes, los Reyes no tienen previsto ningún encuentro con la disidencia, aunque sí una audiencia privada con representantes de la sociedad civil no afines, aunque tampoco enfrentados, al régimen. El encuentro tendrá el mismo formato que el que mantuvo el presidente Pedro Sánchez cuando visitó La Habana, en noviembre del año pasado, y al que acudieron artistas, intelectuales, blogueros, dueños de paladares (restaurantes) o cuentapropistas (emprendedores), como el actor Jorge Perugorría, el escritor Leonardo Padura, premio Princesa de Asturias, o el cantautor Carlos Varela.

Los Reyes saldrán de Madrid el día 11, pocas horas después de que se conozcan los resultados de las elecciones generales, y en La Habana se reunirán con el presidente cubano Miguel Díaz-Canel, darán un paseo por la Ciudad Vieja de la mano del historiador Eusebio Leal (al que el Consejo de Ministros ha impuesto la Gran Cruz de Carlos III) y visitarán el Museo de Bellas Artes, donde se expondrá un autorretrato de Goya cedido temporalmente por el Museo del Prado, entre otras actividades. El viaje de los Reyes ha sido largamente preparado. Le precedió en noviembre pasado Pedro Sánchez, primer presidente español que visitaba la isla en 32 años, y este octubre ha estado el ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell, que ha cerrado los detalles de la agenda y ultimado el acuerdo marco de cooperación que se firmará con motivo de la visita de Estado. El escenario en que se produce es, sin embargo, más delicado que hace un año debido a las crecientes dificultades económicas del régimen, ante la creciente presión de la Administración de Donald Trump, que ha endurecido el embargo o bloqueo sobre la Isla. Este jueves, 7 de noviembre, las Naciones Unidas volvieron a aprobar la necesidad de poner fin al embargo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba, con 187 votos a favor, 3 en contra y 2 abstenciones. Además de los EE UU, dieron su voto negativo a la resolución de la ONU Israel y Brasil. La abstención fue protagonizada por Colombia y Ucrania.

 

El popular tema de Gerardo Alfonso, ‘Sábanas Blancas’, una variante criolla, a ritmo de trova y rumba cubana, se oye en La Habana Vieja

Es imposible hablar de La Habana en su 500 aniversario sin recurrir al popular tema de Gerardo Alfonso ‘Sábanas Blancas’. En una variante criolla, a ritmo de trova y rumba cubana, Gerardo es capaz de izar bandera y hacer un verdadero homenaje a la capital de Cuba, a la Giraldilla que en empinada postura saluda cada día desde los balcones habaneros. Y es que solo Gerardo Alfonso sabe enamorar con su arte, con su música trovadoresca y nativa, capaz de aunar fuerzas y espíritus nobles en un solo verso. Así lo hizo desde sus inicios como músico, cuando con la sencillez que lo caracteriza aprendió a tocar, en su infancia, el piano y la guitarra de forma autodidáctica. El hombre de ‘Sábanas Blancas’, que ha vivido toda la historia de la Revolución en su propia sangre, nacido solo dos meses antes del triunfo guerrillero, en el barrio capitalino de San Miguel del Padrón, ingresó en 1980 al Movimiento de la Nueva Trova, y con su pasión musical y artística pasó a ser de un guitarrero furibundo por las esquinas del Vedado residencial, a un aclamado compositor y cantante que distingue orgullosamente el repertorio cubano.

Pasando por tiempos difíciles, imposibilitado de grabar en un inicio cuando las “descargas” trovadorescas de las ochenteras noches de la capital eran su único consuelo, Gerardo persistió sobre las adversidades de la vida de un músico, y ya en la década de los años 90 comenzó a pergeñar una discografía personal dentro y fuera de Cuba. Siendo influido en su vida musical como compositor y cantante por la obra de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y los brasileños Caetano Veloso, Gilberto Gil y Milton Nascimento, Gerardo Alfonso ha sabido ampliar su reportorio y nutrirse de otros géneros y vertientes de la música cubana y el rock. Por si fuera poca la adaptación lograda de estos géneros a su forma y estilo, el afamado trovador creó el ritmo ‘Guayasón’, o ‘Son de la Guayaba’, un género propio que, con elementos melódicos de la música campesina y afrocubana, es capaz de fusionar e incluir elementos nativos y distintivos de idiosincrasia cubana. Como resultara lógico, con más de 30 años de carrera artística, Gerardo Alfonso ha obtenido cuantiosas nominaciones y premios Cubadisco en cada uno de sus eventos, ha extendido su trabajo a la televisión y al cine por medio de bandas sonoras, constituye un poderoso profesor y auxiliar teórico en eventos y conferencias sobre amplias facetas de la música (trova, rap, fusión y jazz fundamentalmente), reflejándose sus aportes en las escuelas de música cubana, y siendo un artista distinguido siempre por su cercanía, alcance e identificación con los más jóvenes intérpretes.

Pero es que el recorrido profesional de Gerardo no se limita solo a la música. Tras su éxito como compositor e intérprete, el trovador también se convirtió en escritor de su historia. Es por eso que ha publicado dos libros: una autobiografía titulada ‘Son los sueños todavía’ donde relata sobre toda su trayectoria artística, y una antología de canciones titulada ‘Sábanas blancas y otras canciones. Antología 1980-2012’, donde aparecen más de 100 canciones agrupadas por quinquenios y una selección de temas dedicados a La Habana. Luchando en sus canciones por el rescate de valores culturales y caracterizándose por ser un activo promotor de los géneros menos favorecidos, Gerardo Alfonso se ha convertido en un defensor de causas justas, siendo la voz de estratos sociales rezagados, aglutinando fuerzas en pro de la solidaridad hacia su país, luchando contra la discriminación racial y el maltrato al negro.

 

Capital de caracoles y negros, de niños que juegan libres en las calles y solares, aún hoy cuelga sus blancas sábanas desde sus balcones

Sin embargo, si bien no se puede negar que en sus canciones se hace un llamado a la unidad en la lucha contra los males sociales, un tema recurrente en sus trovas es el amor a su ciudad natal, a su ‘Habana, dulce locura’, capital de caracoles y negros, de gente pobre y linda, de niños que juegan libres en las calles y solares. Gerardo Alfonso ama a su Habana, a su bella Habana, que hoy, cuando ya cumple 500 años, aun cuelga “Sábanas Blancas desde sus balcones”. El popular tema “Sábanas Blancas” de Gerardo Alfonso, cantado desde hace ya dos décadas, nos llega hoy con la misma fuerza que la primera vez que fue interpretado en La Habana. Formando parte de importantes antologías de la música cubana de todos los tiempos y en diferentes sitios del orbe, la canción del trovador cubano ha sido incluida en documentales europeos que recorren la maravilla habanera desde sus distintas vertientes. Con infinidades de usos sociales y culturales, “Sábanas Blancas” ha representado a la capital en numerosos eventos nacionales e internacionales a partir de una letra que escapa de la mirada crítica de cualquier musicólogo.

Única en ritmo y composición, es una trova dedicada a los símbolos que identifican y componen, en su esencia, a la capital de los cubanos. Las frecuentes alusiones a La Habana como señales de complicidad, lenguaje que se torna asequible, incluso con el empleo del argot callejero, describen a un Gerardo muy amante de la ciudad, capaz de detallar con orgullo todas sus luces y sombras, sus conflictos cotidianos y raíces, su decadencia física y su esplendor humano. Y es que así es La Habana, igual que lo fue ayer y hace 500 años. Capaz de fusionar en una sola ciudad antigüedad y modernismo, patriotismo y oposición, solares y mansiones, gente humilde pero educada, calles de estrechos andares, y folclore de santos y religión. ‘Sábanas Blancas’ sabe rendir homenaje a su madre, sabe agradecer con esmero las raíces de una capital caribeña.

 

Un habanero lejos de su ciudad o quien haya vivido más de una década allí, es mi caso, recuerda con añoranza al Malecón que nunca se secará

Con sumo cariño y espontaneidad, Gerardo Alfonso plasma su perspectiva sobre La Habana, no la ciudad cultural erguida y aclamada por los medios de prensa nacionales e internacionales, sino la ciudad forjada por su pueblo, con sus diversidades intrínsecas, con sus tradiciones ancestrales heredadas con el transcurso generacional. La ciudad bella aún en su deterioro por antigua y humilde, reconocida en el mundo por su firmeza, por su conservación arquitectónica y paisajística, por su autoctonía folclórica y tradicional. Gerardo Alfonso recorre a La Habana en toda su historia, desde sus conquistadores hasta su actualidad, y es capaz de abordar, aunque de forma sutil y parcial, uno de los temas más polémicos en Cuba: el dolor del destierro y la emigración, aun cuando son consecuencia de decisiones propias influidas por temas sociales inherentes a la realidad cubana. Cualquier habanero lejos de su ciudad o quien haya vivido más de una década allí, es mi caso, recordará con dolor y añoranza las calles habaneras, la música de sus hogares, el calor de su gente, el Capitolio y la Catedral, como mencionara el propio Gerardo en su tema. De ahí que no exista mejor nombre para esta trova que ‘Sábanas Blancas, reconocido como un título que refleja el argot popular del pueblo, el folclore y la cultura endémica, el estilo de vida informal y amistoso que caracteriza a los balcones habaneros, llenos de conversaciones altas entre vecinos y gritos airosos de felicidad.

Pero es que el título aún es capaz de englobar un significado más amplio, un contenido que trasciende a la pureza del habanero, el cual encontrándose en circunstancias difíciles sabe ayudar a su coterráneo, brindar su opinión y apoyo en gesto solidario sin esperar nada a cambio. En síntesis, numerosas han sido las críticas y comentarios que sobre la popular canción se han hecho. Calificada de sencilla, emocional e inspirante, ‘Sábanas Blancas’ es una de las trovas más conocidas internacionalmente, contribuyendo a transmitir la imagen de La Habana en el mundo, como una “ciudad maravilla” que se crece ante la adversidad gracias a su riqueza nativa, a su gente de bohío y centrales, a su rumba, a sus solares, a sus esperanzas de suerte y amor escondidas en las calles no lejanas al Malecón Habanero. Es por eso que, en su 500 aniversario, rememorar a La Habana con esta canción es hacer digno homenaje. Para ella, otra vez, hoy hay ‘Sábanas Blancas’…

“Habana, mi vieja Habana, señora de historia de conquistadores y gente, con sus religiones, hermosa dama… Habana, si mis ojos te abandonaran…, si la vida me desterrara a un rincón de la tierra, yo te juro que voy a morirme de amor y de ganas, de andar tus calles, tus barrios y tus lugares… Cuatro caminos, Virgen de regla, Puerto de mar… Lugares, destinos… El largo muro del litoral, el Capitolio y Prado, con sus leones, sus visiones… Sábanas blancas colgadas en los balcones… Sábanas blancas colgada en los balcones… Habana, mi gran Habana. Costumbre de darle una vuelta a la ceiba de noche. Y fiestas en casas de barrios modernos y pobres, de gente noble… Habana, si mis ojos te abandonaran… Si la vida me desterrara a un rincón de la tierra, yo te juro que voy a morirme de amor y de ganas, de andar tus calles, tus barrios y tus lugares… Virgen del Camino, nuevo Vedado residencial, lugares, destinos… Faro del Morro y la Catedral… Barrios pequeños y llenos de tradiciones y emociones… Sábanas blancas colgadas en los balcones. Sábanas blancas colgadas en los balcones… Sábanas blancas colgadas en los balcones”.

 

“El Packard es un símbolo de la voluntad de las empresas españolas de permanecer en Cuba y prestar un servicio de excelencia”

Leal, nacido en La Habana en 1942, a quien todo el mundo en La Habana le llama Eusebio, sin en el apellido, habla de la política de presión y embargo norteamericano, que acaba de recrudecer de nuevo la administración Donald Trump al incluir en su lista negra de empresas cubanas una serie de hoteles en los que los estadounidenses no pueden alojarse, incluido el recién inaugurado Gran Hotel Packard Iberostar. Se da la circunstancia de que es en este hotel donde se quedó la delegación que acompañó a Pedro Sánchez y donde se celebró un gran foro empresarial hispano-cubano, una de las principales actividades del viaje. “El bloqueo se convierte casi en un ataque domiciliario, tratan de dividir las familias, de impedir el regreso, de bloquear la posibilidad del encuentro, de atacar las remesas…”. El Packard, dice, “es un símbolo de la voluntad expresada de manera constante por las empresas españolas de permanecer en Cuba y prestar un servicio de excelencia”. EE UU justifica la penalización porque la empresa cubana propietaria del hotel, la corporación Gaviota, forma parte del conglomerado empresarial de las Fuerzas Armadas, pero, asegura Leal, ahí Washington se equivoca: “Lo cierto es que la asociación es con todos nosotros. Si el problema es por una asociación con los militares, que sepan que todos nosotros somos soldados”.

Leal, quien residió en la calle San Francisco de Centro Habana, en tierra de abakuas y fambás, es recordado con cariño como vecino por mis amigos Gustavo Mesa y Néstor Milí. Con este último colaboré con la revista que dirigía en la década de los 90 del pasado siglo, ‘Tropicana Internacional’. “Eusebio es una persona mamey…”. Está inmerso en estos últimos meses en numerosas obras de restauración de cara a la celebración de los 500 años de la ciudad, el 16 de noviembre de 2019. Pero ve esta conmemoración no como un fin, sino como “punto de partida para hacer cosas importantes y soplarle vida a la ciudad, despertarla”. “Nuestra tarea es preservar, pero conservar no para momificar el pasado. La misión que tenemos hoy es precisamente darle vida, que la ciudad sea para los que la viven, por eso la Oficina ha creado escuelas, ha trabajado en la creación de centros de salud, en la creación de viviendas en edificios históricos, que es la única manera de que La Habana y su centro histórico no se conviertan en un pueblo viejo o en un centro turístico, sino en un pueblo acogedor, abierto y vivible”.

 

“En 1898 España perdió Cuba, pues en vez de otorgarle la soberanía al pueblo cubano, como debió ser, se la cedió a Estados Unidos”

Cuenta Leal que gracias a la ayuda de la cooperación española funciona desde hace años la Escuela Taller Gaspar Melchor de Jovellanos, que ya ha graduado a 5.000 alumnos, y que gracias a esta mano de obra altamente cualificada ha sido posible llevar adelante la ingente tarea de la rehabilitación de La Habana, que ha sido premiada por la UNESCO. A los que se oponían al viaje de Pedro Sánchez y ahoya al de los Reyes de España, Felipe VI y Doña Letizia, y a cualquier acercamiento a Cuba, les manda un mensaje muy directo: “En 1898 España perdió Cuba, pues en vez de otorgarle la soberanía al pueblo cubano, como debió ser, se la cedió a Estados Unidos. Eso nunca debió ocurrir. Se decía: más se perdió en Cuba. Todavía muchos se lamentan por haberla perdido y esa es la causa por la que también la quieren suya… España no debe perder Cuba por segunda vez.

“Uno de los desafíos a los que se enfrenta ahora la ciudad -reconoce-, es el del gran incremento del turismo. “Pero no podemos satanizarlo ni tenerle miedo, pues este es un país pequeño y bloqueado que requiere tener las puertas abiertas. Lo que dijo el Papa: que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba. La puerta está abierta. Estados Unidos y algunos tratan de cerrarla: pues mantengámosla abierta, que cada vez que entre una nave al puerto sea una victoria”. Leal dio una especial relevancia histórica a la vista del socialista Pedro Sánchez, virtual ganador de las Elecciones en este domingo, 10 de noviembre, el 10-N, pues trajo consigo algo muy especial para Cuba: la silla de campaña de Antonio Maceo, héroe de las luchas de Independencia contra España, caído en combate el 7 de diciembre de 1896. La silla, tallada en una palma real con una estrella solitaria grabada en su respaldo, se la llevo a España el gobernador de la isla Valeriano Weyler. Han sido 21 años de gestiones para traerla de regreso, cedida por dos años, gracias al apoyo del Ayuntamiento de Palma de Mallorca: “¿Cómo no ver en este acto un hermoso gesto, no ya de reconciliación, pues esa está hecha hace mucho tiempo, sino un acto sincero de amistad? Lo que España trae es una parte de ella, y lo que nosotros recibimos es una parte nuestra, somos un solo corazón y un alma sola, en las buenas y en las malas”.

A la pregunta de qué es lo que lo que más le hace falta para continuar la obra restauradora, responde sin dudar: “que no venga un ciclón”. Sólo en segundo lugar reclama que “ese espíritu nuestro que se ha batido con tanta hidalguía por salvar lo suyo, sea asistido y apoyado como merece”. Y, agrega, “como nación hispanoamericana tenemos la esperanza de que España participe”. Menciona el viaje de los Reyes a San Antonio (Texas), donde se conservan algunas edificaciones de la misión de San José fundada en 1720 por el franciscano valenciano Antonio Margil. “Esas cuatro piedras son maravillosas, pero La Habana es la más occidental margarita de la corona española, es la llave del nuevo mundo, La Habana es La Habana… y el 2019 será un año propicio para muchas cosas…”.

 

‘Turrones, brujería y geopolítica en la Cuba de Fidel’, Adolfo Suárez, en 1978, protagonizó la primera visita de un presidente español

Ahora que de España vuelve a viajar a Cuba gente importante, empezando por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y si nada se tuerce en el camino también los Reyes, el año próximo, con motivo del quinto centenario de La Habana, conviene recordar otras visitas de altos vuelos y algunas anécdotas de las relaciones bilaterales para que luego nadie se espante cuando comiencen a gritar los que siempre se oponen a cualquier acercamiento a Cuba…”, escribía meses atrás el hijo del columnista de España, Manuel Vicent, Mauricio, quien era el corresponsal del periódico EL PAÍS, en los tiempos de la Perestroika de Mijail Gorbachov, la Caída de la Unión Soviética, el Período Especial de Cuba… En aquellos tiempos editamos tres revistas en la capital cubana, Mar Caribe (turismo), Récord (deporte) y Habanera 8magazine político y cultural). Recuerdo que en nuestro primer número de Mar Caribe publicamos una entrevista con Gabriel Escarrer, ‘alma mater’ del Grupo Sol Melía, quien nos informaba de su apuesta por el turismo de la Isla presidida entonces por el Comandante Fidel Castro, “a pesar de las presiones del Gobierno de los Estados Unidos, prohibiéndonos la entrada a su país, retirándonos los visados…”.

Mes y medio antes de aprobarse la Constitución Española, el 9 de septiembre de 1978, se produjo el primer viaje oficial de un presidente español a la isla, el de Adolfo Suárez. La visita no solo era importante por su simbolismo, recién estrenada la democracia. Además de revitalizar los lazos culturales y económicos, aletargados tras el largo apagón de Franco, el viaje tenía un morbo geopolítico considerable: se trataba del primero de un líder occidental a Cuba, en momentos en que el campo socialista parecía indestructible y el alineamiento cubano con la antigua Unión Soviética era absoluto. Aunque alérgica al comunismo, la España de Franco nunca quiso romper con la Cuba de Fidel Castro: el turrón y el brandy Terry Malla Dorada sobrevivieron en la mesa y en el imaginario de los cubanos a la temprana expulsión de La Habana del embajador Juan Pablo de Lojendio, en enero de 1960, tras lo cual ambos países pasaron 14 años con relaciones diplomáticas mermadas. Sin embargo, el turrón de Jijona, en la isla, y el azúcar, los puros y el ron cubano que España siguió comprando fueron en aquellos años difíciles los mejores embajadores, y ni siquiera tras la visita del presidente Eisenhower a España Franco quiso sumarse a la política de aislamiento estadounidense.

Si bien en 1978 a Estados Unidos no le hizo ninguna gracia aquella visita, Suárez entendió que se trataba de un reencuentro necesario y así, aquel 9 de septiembre de 1978, a las doce en punto del mediodía, se abrieron las puertas del DC-8 que lo llevaba desde Venezuela. El recibimiento fue apoteósico. Fidel y Raúl Castro al pie de la escalerilla del avión, 21 salvas de artillería, los himnos de España y Cuba a todo dar y miles de personas saludándolos con banderitas de ambos países y, de fondo, un gran retrato del presidente Suárez con el lema de “Viva la amistad hispano-cubana”.

 

“Adolfo, Raúl y Fidel llegaron haciendo chistes, llevaban solo unas horas juntos y ya el clima era de complicidad total”, recuerda Natalia Bolívar

La anécdota del primer encuentro la puso Raúl: la ceremonia en el aeropuerto concluyó con un desfile de tropas ante los dos presidentes, pero frente al tumulto de fotógrafos e informadores a su alrededor, momentos antes de iniciarse la parada militar, el hermano de Fidel, entonces ministro de las Fuerzas Armadas, soltó: “Quítenme de ahí a esa prensa para que no digan luego que los arrolló el Ejército revolucionario”. Suárez y Castro soltaron la carcajada. “Desde el primer momento hubo química entre los dos”, recuerda la escritora y experta en religiones afrocubanas Natalia Bolívar, que había combatido clandestinamente contra Batista y entonces era directora del Museo Numismático del Banco Nacional de Cuba. Ambos mandatarios inauguraron en su museo una exposición de monedas y arte hispanoamericano, y allí Natalia, con sus 40 años esplendorosos, fue la anfitriona. “Ellos llegaron haciendo chistes, llevaban solo unas horas juntos y ya el clima era de complicidad total”.

Cuenta que se tomaron varios mojitos y que, en un momento, Suárez (45 años entonces) y Fidel (52) “se fajaron” por sentarse a su lado, sin hacer caso al ministro presidente del Banco Nacional, Raúl León Torras. “Aquello era un flirteo a la cara, y Adolfo era atractivísimo, muy elegante…”. Entre piropo y piropo de ambos, Adolfo Suarez la invitó a ir de visita a España, y Fidel Castro bromeó con que no podía ser, pues Natalia estaba muy ocupada. Cuarenta años después, Natalia saca de su archivo una foto de aquel encuentro, Suárez con el ojo guiñado y Fidel observándolo todo, ella de traje blanco. “Yo no tenía ropa para la ocasión y me había hecho el vestido con la tela de unas cortinas que habían traído los rusos para una exposición”. Lo que más recuerda de aquel día “eran las risas y la gran sintonía de los dos”. Pero… ¡Ahhh la química y la sintonía! Si algo enseña la historia es que en las relaciones hispano-cubanas la química no basta, pues las cosas tienden a enredarse. Durante los dos días que estuvo Suárez se pasaron revista a los temas bilaterales: la renovación de un acuerdo comercial que estaba a punto de caducar, la creación de un mecanismo para indemnizar a los españoles perjudicados por las nacionalizaciones del comienzo de la revolución, la apertura de diversas líneas de cooperación y el siempre delicado asunto de los derechos humanos, en ese caso centrado en las gestiones para la liberación del preso español Eloy Gutiérrez Menoyo, que había sido comandante de la Revolución y llevaba 14 años en la cárcel por alzarse en armas contra Castro, y el permiso de salida del país para unos doscientos descendientes de españoles.

 

Se produjo el anuncio oficial de que el Rey Juan Carlos I invitaba al presidente cubano a visitar España en 1979, “Nos vemos en Madrid”

El viaje tuvo como colofón una simpática rueda de prensa en la que Fidel, con puro en la mano y pistola al cinto, expresó su preocupación por el acercamiento de España a la OTAN. Se produjo también el anuncio oficial de que el Rey Juan Carlos I invitaba al presidente cubano a visitar España en 1979. “Nos vemos en Madrid”, dijo Castro a los periodistas al terminar el viaje, y ese fue el titular del día siguiente de muchos diarios. Cuenta Natalia que tras la visita de Fidel y Suárez al museo, el ministro presidente del Banco Nacional se le “encarnó”. “Parece que molestó aquel protagonismo mío, y a partir de entonces comenzó a hacerme la vida imposible. Todos los días era un problema, no me dejaban vivir…”. Entonces Natalia fue a ver a unos amigos suyos paleros, practicantes de la religión afrocubana de Palo Monte, que hicieron diferentes obras de brujería y sacrificios de animales para protegerla. “Fue remedio santo. Quedaron neutralizados”. Al poco tiempo, al ministro del Banco le dio un infarto. Y las relaciones hispano-cubanas siguieron zigzagueantes. Para Suárez, la visita constituyó un espectacular golpe de efecto ante la opinión pública española e internacional, y para Cuba supuso la apertura de nuevas fronteras políticas y comerciales fuera del campo socialista. Pero por aquel entonces comenzó la mala maña en España de convertir el tema de Cuba en política nacional y no en política de Estado. La carga ‘revolucionaria’ del viaje pasó factura al presidente español con los sectores más recalcitrantes de UCD, que miraban con preocupación las elecciones de 1979. Suárez ganó aquellos comicios, pero no por mayoría absoluta. El viaje de Fidel Castro finalmente no se produjo. Y las indemnizaciones y la salida de Menoyo tuvieron que esperar a que Felipe González ganara las elecciones y viajara a Cuba en 1986. Pero esa es otra historia que acabó en culebrón, aunque los turrones siguieron llegando.

 

‘De Tropicana a los confines de la perestroika’, la visita de Felipe González a Cuba acabó en el desencuentro entre ambos mandatarios

Había ganado las elecciones en 1982, pero Felipe González no había pisado Cuba ni quería enviar todavía a su ministro de Asuntos Exteriores, así que en mayo de 1986, con la excusa de hacer un atlas, mandó en avanzadilla a su ministro de la Presidencia, Javier Moscoso del Prado. Fidel lo recibió en el Palacio de la Revolución y allí hablaron durante cuatro horas de todo lo imaginable, del pulpo al imperialismo, hasta que en un momento de la conversación, después de transmitirle el ministro todo lo que lo estimaba Felipe, el comandante le dijo que se dejase de cuentos: si lo quería tanto, que fuera por fin a Cuba en visita oficial o enviara al Rey, o sino que lo invitase a él a ir a España. Si el problema eran las relaciones con Estados Unidos, bromeó, él no tenía ningún inconveniente en que la isla se convirtiera en la 18 autonomía española; se sometía a referéndum en los dos países y ya estaba: pronosticaba el comandante que el resultado sería arrollador, tanto en Madrid como en La Habana, y, de ese modo, el Rey de Cuba sería también don Juan Carlos. En la libreta de notas de aquella visita, Moscoso anotó: “Tiene verdadero interés y obsesión con el viaje”.

Así era. En 1978, durante la visita de Adolfo Suárez, Fidel Castro fue invitado oficialmente a visitar España al año siguiente y él aceptó. Finalmente, el viaje no se dio por problemas de política interna y miedos de España, que ya empezaban. En febrero de 1984, al regresar de Moscú con Daniel Ortega de asistir a los funerales del dirigente soviético Yuri Andropov, Fidel se inventó una escala técnica de cinco horas para pisar suelo español. Del aeropuerto se fueron en helicóptero a comer con Felipe a La Moncloa, y al terminar Castro pidió volver a su avión por carretera para ver algo de Madrid. Todo ese mar de fondo estaba en las palabras del comandante a Moscoso, que recuerda que Fidel fue a despedirse de él al terminar su estancia en La Habana. Hablaron de pie durante una hora, hasta que el ministro miró de reojo el reloj, pues el avión partía en un instante. Fidel lo paró en seco: “Tranquilo, que el Iberia será suyo pero el aeropuerto es nuestro, y ese avión sin usted no sale“.

Por fin, la tarde del 13 de noviembre de 1986, Felipe González desembarcó en La Habana con un amplio séquito, incluidos Javier Solana, entonces Ministro de Cultura, y el secretario de la presidencia, Julio Feo. Fidel lo abrazó al pie de la escalerilla del avión, y poco después de un cálido recibimiento oficial en el Palacio de la Revolución, la vista entró en modo off, pues Castro se lo llevó a pescar a Cayo Piedra, un islote caribeño donde pasaron dos días junto a su gente de confianza, incluidos los escritores Gabriel García Márquez y el peruano Alfredo Bryce Echenique, que ejercieron de desengrasante. La prensa española habló de “secuestro” y de “visita extraña”, pues nadie supo en verdad donde estaban ni se programó acto oficial alguno en las siguientes 48 horas. Lo real es que salieron en barco: Felipe pescó a cordel y Fidel submarino y “sobre cubierta se habló de todo, de lo importante y de lo no importante, y más bien de lo segundo”, le contó Gabo a quien escribe tiempo después. Entre chapuzones, vino, cerveza y crudos de langosta el clima fue relajado, aunque por el trasfondo de las relaciones circulaban corrientes subterráneas: a Fidel no se le olvidaba que Felipe había renunciado al marxismo en el XXVIII Congreso del PSOE (1979), y, menos aún, que su amigo acababa de meter a España en la OTAN, algo que no le gustaba nada.

El barco en el que salieron a pescar tenía fascinado a González -era un regalo del expresidente mexicano Luis Echeverría-, y se quejó del escándalo que le habían formado en España por navegar en el Azor, que no era ni la mitad de grande. “Es que eso no se hace, Felipe. Un yate de Franco se le vende a un magnate norteamericano por una tonelada de dólares, y después, por media tonelada te compras uno igualito a este”, fue la respuesta del comandante, recuerda Bryce Echenique en sus antimemorias ‘Permiso para vivir’. Bromas y coincidencias hubo muchas, pero también fricciones, como un día comiendo, cuando Fidel espetó a su homólogo: “¿Y tú, Felipe, cómo permites que escriba en los periódicos un gusano como Valladares [poeta cubano exiliado después de haber pasado años en la cárcel acusado de terrorismo contrarrevolucionario]? Felipe, recuerda Bryce, bajó el tono pero le respondió que cómo iba a impedir él a nadie que publicara donde le diera la gana, y en eso Gabo, que actuaba de maestro de ceremonias, hizo un guiño a Bryce: “Canta algo aunque sea por peteneras”, y la tensión se disolvió.

 

“¿Vas a ver a tu amigo Felipe? Seguro lo veré. Bueno, pues dile de mi parte que es tremendo remaricón.”, conversación de Fidel y Gabo

Dos días después de aterrizar en La Habana, reaparecieron muy bronceados Felipe, Fidel, Gabo, Bryce y todo el séquito en el cabaret Tropicana. Al terminar el show todos subieron al escenario y allí se hicieron la famosa foto, Felipe al lado de la cantante Linda Mirabal y rodeado de bailarinas de ébano, todo lleno de plumas y lentejuelas, imagen que fue caballo de batalla de la derecha contra el PSOE. Cada vez que se querían criticar a González se publicaba la foto. El viaje terminó al día siguiente, 16 de noviembre, con paseo por La Habana Vieja, encuentro con la colonia española y algún que otro acto oficial. Como resultado de la visita se atendieron dos viejas reclamaciones españolas: se firmó el acuerdo para el pago de indemnizaciones a ciudadanos españoles damnificados por la revolución, y el preso español Eloy Gutiérrez Menoyo fue liberado días después de marchar Felipe. En lo económico, se impulsaron diversos acuerdos comerciales y ampliaron las esferas de colaboración, y al rebufo institucional de aquel viaje numerosos empresarios españoles llegaron a Cuba y tejieron lazos que duran hasta hoy, cuando la isla es el segundo receptor de exportaciones españolas en América Latina.

Se fue Felipe y poco después se precipitó el cataclismo socialista. Gorbachov desató la perestroika y Fidel dijo “no” a los consejos de González para sumarse a los cambios, y al tiempo que los discursos en Cuba terminaban con la consigna ‘Socialismo o Muerte’, las relaciones hispano-cubanas se fueron deteriorando. Las broncas de Fidel y Felipe se hicieron cada vez más sonoras. Un día el español le dijo que la alternativa era cambiar o inmolarse como en Sagunto, y la respuesta fue: “Preferimos Sagunto a claudicar”. Así continuaron las cosas hasta que, en un momento asfixiante para la isla -el PIB cubano descendido un 35% en tres años-, ambos presidentes sellaron una tregua y Felipe mandó en viaje secreto a Carlos Solchaga, su exministro de Economía, para que asesorara una posible reforma cubana, que obviamente no se dio. El culebrón no se aplacó. Un día García Márquez convocó un periodista en su casa de La Habana para contarle una anécdota, pero que reflejaba bien cómo andaba por entonces el mambo. Gabo iba a viajar a España y lo había llamado Fidel: ¿Vas a ver a tu amigo Felipe? Seguro lo veré. Bueno, pues dile de mi parte que es tremendo remaricón. Increíble pero cierto, en medio del colapso socialista, fue un exministro de Franco, Manuel Fraga Iribarne, quien viajó a Cuba con tonelada y media de pulpo para dar un poco de aire a las relaciones bilaterales.

 

‘Pulpo y alta política gallega en Cuba’, en 1991, Manuel Fraga Iribarne viajó a La Habana cuando nadie creía que la revolución sobreviviría

El avión Rías Gallegas de Iberia aterrizó en La Habana con siete horas de retraso. Eran las 2:05 de la madrugada del 24 de septiembre de 1991, y el momento político en Cuba no podía ser peor. El socialismo en Europa del Este acababa de desbarrancar y en Occidente nadie apostaba por la revolución de Fidel Castro, pero en eso llegó Manuel Fraga Iribarne, por la gracia de Dios y del millón de gallegos que lo habían elegido presidente de la Xunta dos años antes. Fraga tenía 68 años. Fidel acababa de cumplir 65, y ambos eran hijos de emigrantes gallegos que habían llegado a la isla con lo puesto y buscando progresar; ese era su punto de contacto. Pese al retraso del vuelo, y aunque por protocolo no era necesario, Fidel recibió a Fraga en el aereopuerto y le brindó honores de jefe de Estado. Sonaron en la pista las primeras gaitas sopladas por gaiteros negros y mulatos, y, al escuchar el inicio de ‘Os Pinos’, Fraga se emocionó. Al atacar la banda el ‘…de tu verdor ceñido/ y de los benignos astros/ confín de los verdes castros/y tierra valerosa’, el presidente de la Xunta rompió a llorar inconteniblemente al recordar que el himno de Galicia fue estrenado en el teatro del Centro Gallego de La Habana allá por 1907. Fue la tónica de todo el viaje: una visita de alta carga política, pero todavía con más contenido emocional, pues don Manuel había pasado los primeros años de su infancia en el batey del central azucarero de Manatí, donde su padre sirvió al administrador, el Marqués de Aguayo.

La visita de Fraga, cuando la isla se adentraba en la noche del Periodo Especial y las relaciones de Fidel y Felipe no podían ser peores, despertó grandes expectativas, hasta el extremo de que en sus primeras declaraciones Castro consideró el viaje como “un acto de valentía” y dijo que Fraga era “más de izquierdas que mucha gente de izquierda”. Las declaraciones -que valieron para bautizar a Fraga como el último rojo- cayeron como una puñalada en la sede del Partido Popular, donde un José María Aznar líder de la oposición tragó saliva y no dijo nada, pues don Manuel era mucho don Manuel. Lo mismo sucedió en La Moncloa, donde Felipe González estaba tan poco contento que su embajador en La Habana, Gumersindo Rico, no estuvo presente el primer día del viaje. Desde el inicio hubo empatía entre Fraga y Fidel. Ambos celebraron partidas de dominó, se prodigaron en declaraciones de mutuo aprecio, organizaron queimadas a cuatro manos, salieron en barco y apadrinaron una romería multitudinaria.

 

“Mire lo que le voy a decir, querido amigo. Dejen que los japoneses fabriquen los televisores y dedíquense ustedes al turismo”

En lo político, Fraga condenó el embargo norteamericano, lo cual fue considerado un triunfo de Castro en momentos en que EE UU recrudecía la presión. Pero no tuvo pelos en la lengua para decir lo que pensaba sobre los derechos humanos, reclamar la devolución del Palacio del Centro Gallego o dar su opinión sobre lo que le preguntaban. Un día lo llevaron a una fábrica de televisores y, al terminar, el director le preguntó qué le había parecido: “Mire lo que le voy a decir, querido amigo. Dejen que los japoneses fabriquen los televisores y dedíquense ustedes al turismo”. “Chico, la verdad es que Franco nunca nos trató mal ni se sumó al bloqueo yanqui”. Castro puso cara inocente al dar aquella respuesta, pero la sorpresa fue general en aquella sala del Palacio de la Revolución. El líder cubano había acompañado a Fraga en muchas de sus actividades y una noche rompió el protocolo y accedió a hablar con los informadores, mostrando dominio absoluto de la política interna española. Para empezar, ninguneó a Felipe al calificar las relaciones con España de “simplemente normales”. Después elogió a Fraga, dijo que “podría estar hablando 100 horas” con su invitado y, a la cuestión de si no se sentía extraño al compartir amistad con un exministro de Franco, el hijo de don Ángel Castro, el vecino de Láncara que marchó a combatir a la guerra de Cuba a finales del siglo XIX y se quedó, respondió que “en absoluto. Nosotros le decíamos de todo a Franco, pero la verdad es que su actitud fue intachable, nunca quiso romper relaciones con Cuba”.

Antes de partir, Fraga organizó en los Jardines de la Tropical una gran romería con miles de invitados, gallegos y descendientes de gallegos en su mayoría. Cayeron 100 kilos de empanada y tonelada y media de pulpo, cocinada por una pareja de pulpeiros que se llevó para la ocasión, pero entre el calor y la abundante comida un par de aquellos abuelos gallegos se desmayaron. Apareció un médico entre el público. Vamos a ver ¿qué han hecho ustedes hoy diferente a otro día?, les preguntó cuando se recuperaron. Nada, doctor, lo de siempre… Solo que nos hemos comido varios platos de pulpo. Y lacón con grelos… ¡Claro! Ustedes lo que han tenido es un “shock proteico”, exclamó el doctor. El médico les explicó que aquel atracón, después de tantos meses de restricciones y años de racionamiento, había resultado fatal. Exceso de proteínas. Les recomendó reposo, pero antes de terminar la romería los dos viejitos se miraron el uno al otro y llenaron una jaba con empanada y lacón: “Por si acaso”.

Tras el viaje, Cuba liberó a un centenar de presos y poco después se celebró en la isla el IV Congreso del Partido Comunista, que reiteró que en Cuba no habría perestroika ni transición. Al año siguiente, Fidel Castro participó en la cumbre Iberoamericana de Madrid y después visitó a Fraga en su feudo, cumpliendo un viejo sueño. Al ver la humildísima casa natal de su familia en Láncara, Fidel se emocionó. “Ahora entiendo por qué tuvieron que emigrar nuestros padres”, le dijo al presidente de la Xunta.

 

‘Vinagre y aceite en la cumbre iberoamericana’, la visita no oficial de José María Aznar y Juan Carlos I, en 1999, ridículos diplomáticos

Desde el mismo día en que asumió la presidencia, José María Aznar enfiló los cañones contra la Cuba de Fidel Castro. Como candidato, en sus giras por Centroamérica y EE UU se había paseado en el avión privado del líder de la Fundación Nacional Cubanoamericana, Jorge Más Canosa, el archienemigo de Castro, así que en La Habana lo tenían bien catalogado. Días después de jurar el cargo, en mayo de 1996, Aznar anunció que suspendía la cooperación oficial con Cuba, y lo hizo en el transcurso de una conferencia de prensa conjunta con el vicepresidente del Gobierno estadounidense, Al Gore, que estaba de visita en Madrid. Gore le agradeció el gesto inesperado y le dio una palmadita en el hombro. Buen muchacho. Meses después, “el caballerito del bigotico” (así lo bautizó el Comandante) promovió en la Unión Europea una posición común que condicionó las relaciones de la UE a la democratización y avance de los derechos humanos en Cuba, enfriando durante casi dos décadas los intercambios entre Bruselas y La Habana. Con estos antecedentes, y con su famosa declaración de “el Rey irá a Cuba cuando toque”, realizada en marzo de 1998 para abortar la creciente presión en favor de un viaje oficial de don Juan Carlos y doña Sofía, llegaron Aznar y el Rey a La Habana en noviembre de 1999 para participar en la IX Cumbre Iberoamericana.

Castro llevaba esperando al Monarca desde los tiempos de Felipe González. Finalmente, el viaje había sido pactado con el Gobierno de Aznar para la primavera de 1999, pero a última hora La Moncloa lo suspendió con el argumento de que “no se daban las condiciones”. Así las cosas, Fidel quería darle a la visita de los Reyes una connotación diferenciada de los trabajos de la cumbre (el 15 y 16 de noviembre), pero Aznar se oponía tajantemente: el viaje sería en el marco de la cumbre y punto, todo lo que hiciera don Juan Carlos fuera del programa serían actividades “privadas”. Para La Zarzuela, además de un tanto grosera, la actitud de La Moncloa era difícil de entender: Cuba era el único país latinoamericano que don Juan Carlos no había visitado (habiendo estado en el Chile de Pinochet), sin contar con que se trataba de la primera de un Rey español a la isla en 500 años de historia común y del factor nostálgico, por ser Cuba la última y más querida colonia de España.

Finalmente, se acordó que los Reyes llegaran a La Habana un día antes del inicio de la cumbre, el 14 por la tarde, para tener algunas horas de agenda propia. Sin embargo, poco antes de volar hacia la capital cubana, Aznar se despachó en Centroamérica con unas declaraciones cuando menos poco diplomáticas: “En Cuba nada cambiará mientras Castro esté en el poder”, dijo, y se quedó tan ancho. Aterrizó Aznar sin pena ni gloria, pero al llegar poco después el avión del Rey apareció Fidel y, rompiendo el protocolo, invitó a subir a su coche al Monarca para acompañarlo hasta la residencia del embajador español, donde se hospedaría durante su estancia. Aznar se quedó allí solo, tieso y con cara de malas pulgas durante varios minutos, hasta que se fue en su coche al hotel Meliá Habana.

La entrevista a solas entre Fidel y el Rey que Aznar quiso evitar a toda costa se produjo de este modo, y aquellos 20 minutos largos de conversación en el coche dieron la clave de lo que sería aquel viaje y de quiénes se convertirían en los protagonistas de la cumbre. Durante los tres días siguientes, Aznar, el Rey y Fidel Castro ofrecieron un espectáculo digno del ‘Camarote de los Hermanos Marx’, dejando perplejos a los informadores. Los malos modos de Aznar, que llegó a abandonar durante un largo rato una comida con los presidentes iberoamericanos mientras hablaba Castro, contrastaron con el buen humor de don Juan Carlos, al que el presidente cubano agasajó en todo momento.

 

Fidel sorprendió a su amigo Juan Carlos con un retrato de sus padres, cuando los Condes de Barcelona viajaron a La Habana en 1948

Si Aznar fue agrio, el Rey siempre tuvo una sonrisa en los labios y dio una imagen de simpatía, actitud que no le impidió llamar a las cosas por su nombre y afirmar: “Solo con una auténtica democracia, con la plena garantía de las libertades y en el escrupuloso respeto de los derechos humanos, podrán nuestros pueblos enfrentar con éxito los desafíos del siglo XXI”. Lo dijo durante la cena de bienvenida que ofreció Castro, pero su tono no molestó a los ministros del Gobierno cubano, pese a lo claro del mensaje. La actitud de Aznar fue la contraria durante toda la cumbre. Su rostro siempre reflejó seriedad y hasta disgusto cuando el líder comunista pronunció alguna frase de barricada. Durante la cena de gala, el comandante situó al Monarca español a su lado y lo sorprendió con un regalo inesperado: un retrato de sus padres, realizado durante el viaje que hicieron a La Habana en 1948 los condes de Barcelona. El regalo emocionó a don Juan Carlos, que dijo que el detalle le había llegado al corazón. Cada pequeño guiño o complicidad entre ambos tuvo inmediato reflejo contrario en el rostro de Aznar, bautizado por los periodistas como la chaperona, por el marcaje tan de cerca que hizo al Rey para no dejarlo a solas con Castro ni un segundo.

El colmo de los colmos llegó durante el paseo por La Habana Vieja, donde Aznar se quitó la chaqueta ante don Juan Carlos en gesto de total descortesía. El Rey lo fulminó con la mirada, y quedó en evidencia ante todo el mundo las tensiones entre el jefe del Estado y el presidente del Gobierno. Para más despropósitos, la delegación española acusó a Cuba de cerrar las calles del centro histórico y de recibir al Rey con frialdad siberiana, si bien después se demostró que fue La Moncloa la que pidió con insistencia un “paseo privado”. El ridículo fue tan mayúsculo que al regresar a España la oposición convocó una sesión en el Parlamento en la que criticó la actitud de Aznar durante la cumbre.

El último acto de don Juan Carlos en La Habana fue una recepción a la colonia española en el hotel Tryp Habana Libre, pero al salir de allí de nuevo Fidel Castro sorprendió al aparecer a despedirle sin Aznar mediante. La charla se prolongó peligrosamente -Aznar en la inopia-, y antes de marcharse Fidel hasta hizo descolgar un cuadro que al Rey le había gustado para regalárselo.

Transcurridos 20 años de aquel papelote diplomático, vuelve a la isla el hijo de Juan Carlos I y Sofía, Felipe VI y Doña Letizia. Fidel Castro ya falleció. Don Juan Carlos abdicó. Y La Habana, que cumple 500 años, sigue esperando la visita oficial de unos Reyes de España. El tiempo pine siempre las cosas en su sitio y en esta ocasión las fechas históricas comienzan este lunes, 11 de noviembre del 2019. Pedro Sánchez se convirtió en el primer líder occidental en visitar Cuba con Miguel Díaz-Canel como presidente, y muchos piensan que España aprovechar la oportunidad de la llegada de los Reyes de España y establecer, por fin, las bases de una política de Estado coherente hacia su última colonia. Y es que, entre el vinagre y el aceite, mejor siempre lo segundo, sin aranceles de Donald Trump contra los ‘Aceituneros’, loados por el poeta andaluz Miguel Hernández en estos versos, cantados por el vasco Paco Ibáñez, en el teatro Olympia de París…

“Andaluces de Jaén, aceituneros altivos, decidme en el alma: ¿quién, quién levantó los olivos? No los levantó la nada, ni el dinero, ni el señor, sino la tierra callada, el trabajo y el sudor. Unidos al agua pura y a los planetas unidos, los tres dieron la hermosura de los troncos retorcidos. Levántate, olivo cano, dijeron al pie del viento. Y el olivo alzó una mano poderosa de cimiento. Andaluces de Jaén, aceituneros altivos, decidme en el alma: ¿quién amamantó los olivos? Vuestra sangre, vuestra vida, no la del explotador que se enriqueció en la herida generosa del sudor. No la del terrateniente que os sepultó en la pobreza, que os pisoteó la frente, que os redujo la cabeza. Árboles que vuestro afán consagró al centro del día eran principio de un pan que sólo el otro comía. ¡Cuántos siglos de aceituna, los pies y las manos presos, sol a sol y luna a luna, pesan sobre vuestros huesos! Andaluces de Jaén, aceituneros altivos, pregunta mi alma: ¿de quién, de quién son estos olivos? Jaén, levántate brava sobre tus piedras lunares, no vayas a ser esclava con todos tus olivares. Dentro de la claridad del aceite y sus aromas, indican tu libertad la libertad de tus lomas”.

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