Francia pide a Irak que no aplique la pena de muerte a siete ‘revenants’, jóvenes galos ‘combatientes’ del Estado Islámico, acusados de degollar

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

La firmeza con que los franceses reclaman que los yihadistas de esa nacionalidad deben ser juzgados en los países en los que hayan cometido sus crímenes, postura defendida también por el Elíseo, ha empezado a cuestionarse después de que se conociera que Irak ha condenado a muerte, en pocos días, a siete combatientes del Estado Islámico (ISIS) de origen galo. Y probablemente serán más: otros cinco extremistas procedentes de Francia están pendientes de juicio. Varias asociaciones han pedido al Gobierno que interceda. El Ejecutivo de Emmanuel Macron asegura que trabaja para que se les conmuten las penas, pero se sigue negando, por el momento, a pedir la extradición de los adultos que fueron a combatir -hombres y mujeres- para juzgarlos en su territorio y solo acepta, bajo condiciones, el regreso de menores. El ministro de Relaciones Exteriores, Jean-Yves Le Drian, ha asegurado que se están “multiplicando las gestiones para evitar la pena capital” de los yihadistas franceses. A la par sin embargo, ambos reiteraron la posición oficial de París: “Reconocemos la soberanía iraquí y su justicia”, insistió Macron, siete condenas capitales más tarde. Sus juicios han sido “justos”, acotó Le Drian ante la Asamblea Nacional.

 

Francia, un país que ha vivido en primera persona el terrorismo yihadista, no duda en aplicar la mano dura con los extremistas. Pero este país se precia también de ser la cuna de los derechos humanos y, aunque solo abolió la pena de muerte -mediante la guillotina- en 1981, desde entonces rechaza firmemente la condena capital. Esta doble posición está siendo puesta a prueba más que nunca con la oleada de sentencias a muerte de yihadistas franceses en Irak. “La postura de Francia respecto a la ejecución de la pena de muerte es ambigua e incoherente, porque Francia fue la que organizó el traslado de esos franceses desde Siria hacia Irak -un extremo sobre el que París no se ha pronunciado oficialmente-, así que es Francia la que ha pedido que esos franceses sean juzgados en Irak, sabiendo muy bien que iban a ser condenados a muerte, ya que todos los miembros del ISIS lo han sido”, afirma Nabil Boudi, el abogado francés de dos de los condenados días atrás y de un tercero que será juzgado en junio en Bagdad. Será un nuevo “simulacro de proceso”, denuncia en conversación telefónica. “No se puede hablar de un proceso justo o injusto porque ni siquiera ha habido un proceso. Son juicios de diez minutos, en cadena. El abogado no tiene acceso al expediente y tampoco puede hablar con su cliente”.

Se calcula que en torno a 1.700 franceses han viajado a Siria e Irak para combatir desde el año 2014. De ellos, unos 300 habrían regresado y 450 habrían muerto. Según una encuesta de febrero, antes de las condenas el 82% de los franceses apoyaba la decisión del Gobierno de dejar que Irak juzgue a los yihadistas y el 89% se declaraba “inquieto o muy inquieto” ante una eventual deportación de los combatientes para que sean juzgados en Francia. ¿Cuánto tiempo tiene Francia para actuar? En Irak, la pena de muerte, que se produce por ahorcamiento, se ejecuta normalmente en las semanas siguientes al pronunciamiento de la sentencia. Aunque desde comienzos de 2018 Irak ha condenado a muerte a más de 500 extranjeros -hombres y mujeres- por pertenencia al ISIS, ninguno ha sido ejecutado hasta la fecha. Entre ellos figuran dos ciudadanos franceses y una alemana. Un hecho que no sirve de nada, advierte el abogado de los yihadistas franceses. “Supongamos que mañana hay un cambio de régimen en Irak y que el nuevo Gobierno decide ejecutarlos. ¿Qué hacemos entonces? No hay garantía alguna”.

El fugitivo más buscado del planeta, Abubaker al Bagdadi, líder del Estado Islámico, ha reaparecido en un vídeo por primera vez desde 2014 y al mes siguiente de la caída de su último feudo territorial. Ni los servicios de inteligencia estadounidenses, que han puesto un precio de 25 millones de dólares a su cabeza, ni los agentes rusos en las filas del régimen sirio han dado aún con su paradero, presumiblemente en alguna desértica guarida en la frontera entre Siria e Irak. Entre su primera imagen -mitad insurgente yihadista, mitad clérigo suní-, cuando proclamó el califato en la gran mezquita al Nuri de Mosul (norte de Irak) y la grabación ahora difundida de un avejentado Al Bagdadi media la costosa derrota de un culto del terror, que emprendió el genocidio de la minoría religiosa yazidí y llegó a controlar a 11 millones de personas en un territorio del tamaño del Reino Unido. El vídeo, de 18 minutos de duración y en el que aparece sentado sobre las piernas cruzadas y con un fusil Kaláshikov a su vera, ha sido hecho público por la agencia audiovisual yihadista Al Furqan, fuente habitual de la propaganda del ISIS. Algunos dirigentes del Estado Islámico aparecen también con la cara cubierta para no ser identificados. Para confirmar que sigue con vida, Al Bagdadi hace referencia a muchos acontecimientos recientes, como los atentados de Sri Lanka que se ha atribuido el Estado Islámico, y asegura que está inmerso ahora en una “guerra de desgaste”.

En la grabación, difundida a través de la red social Telegram, sostiene que sus combatientes no entregaron la localidad siria de Baguz a las milicias kurdo-árabes de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) -respaldadas por Estados Unidos- sino que murieron combatiendo hasta el final, como hicieron también en Mosul y en Raqa, la ciudad siria desde la que gobernó más tarde el califato. Al Bagdadi, que ha sido dado por muerto en más de una ocasión, también promete en el vídeo que vengará a los yihadistas muertos o hechos prisioneros. En contra de lo afirmado por su líder, los yihadistas del ISIS se han ido entregado en Baguz, en la frontera sirio-iraquí, las fuerzas kurdas que les cercaban a lo largo de los últimos meses, después de haber obtenido garantías para la evacuación de sus familiares. Pese a que los mandos kurdos proclamaron la conquista de Baguz el pasado 23 de marzo, la captura de yihadistas ocultos en cuevas se ha prolongado durante las semanas siguientes. En 2017, las milicias del ISIS alcanzaron también un acuerdo con las FDS para desalojar Raqa tras los intensos bombardeos aéreos de la coalición internacional liderada por EE UU.

 

Como insurgencia yihadista, el ISIS sigue estando en condiciones de golpear a través de grupos musulmanes suníes radicales y fanáticos

Además de alabar en el vídeo a los terroristas que mataron a más de 250 personas en Sri Lanka el pasado Domingo de Resurrección, el líder del ISIS dice que acepta el juramento de lealtad expresado por Adnan Abu Walid Sahraui, antiguo alto cargo de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) y que comanda actualmente Estado Islámico en el Gran Sáhara (ISGS, por sus siglas en inglés), activo principalmente en Malí y Burkina Faso. Al Bagdadi se refiere sucesivamente a la caída de Abdelaziz Buteflika, en Argelia, y a la de Omar al Bashir, en Sudán, así como a la reelección del primer ministro Benjamín Netanyahu en las legislativas de Israel. En la cinta, cuya autenticidad no puede ser verificada de forma independiente, se indica que ha sido grabada a comienzos de abril. Desde la proclamación del califato en 2014, el ISIS ha difundido varias cintas de sonido atribuidas a Al Bagdadi, la última el pasado mes de agosto, cuando animó a sus combatientes a “perseverar” en la lucha contra sus enemigos.

A lo largo de más de ocho años de guerra en Siria, la aniquilación del Estado Islámico ha sido el único objetivo compartido por contendientes enfrentados como Rusia e Irán, aliados del régimen; Turquía, asociado a la rebelión islamista, y EE UU, que ha bombardeado sus bases durante más de cuatro años para sostener el avance de los milicianos kurdos que han derrotado sobre el terreno al califato territorial. Como insurgencia yihadista, el ISIS sigue estando en condiciones de golpear a través de grupos musulmanes suníes radicales y fanáticos que le rinden pleitesía en todo el mundo, como se acaba de comprobar en Sri Lanka. Al Bagdadi ya advirtió en su anterior mensaje de audio, que la pérdida de territorio no debe condicionar la victoria final de los yihadistas.

 

El video del califa del terror coincide con los atentados de Sri Lanka, en los que terroristas suicidas leales asesinaron a 250 personas

Después de cinco años, Abubaker al Bagdadi reapareció para tratar de demostrar que la organización terrorista que encabeza está muy lejos de estar acabada, pese a que ha perdido el territorio que controlaba en Irak y en Siria. El momento escogido para mostrarse en público, un movimiento muy peligroso para el fugitivo más buscado del mundo, coincide no solo con la derrota territorial del ISIS sino sobre todo con los atentados de Sri Lanka, en los que terroristas suicidas leales a esta organización asesinaron a 250 personas. Estos ataques, que se produjeron al final de la Semana Santa y que tenían como objetivo sobre todo a cristianos, han sido un espeluznante recordatorio de que el ISIS no ha perdido su capacidad para sembrar el terror y han demostrado que su alcance territorial sigue siendo grande. El vídeo representa un desafío a la comunidad internacional y es también una operación de propaganda. Pese a la derrota sufrida en Baguz, a manos de las milicias kurdas, la reaparición del líder de ISIS es un indicio de que la organización terrorista mantiene activa una parte de su infraestructura y demuestra que las bravuconadas de Donald Trump sobre su derrota total están fuera de lugar.

Con o sin califato, el ISIS representa una ideología de terror que Al Bagdadi quiere mantener viva. Y sería un error bajar la guardia porque su capacidad de atentar sigue siendo muy elevada, tanto en Occidente como en el Sahel, Oriente Próximo o, como se acaba de ver, en Asia. Desde las primeras operaciones contra las tropas invasoras estadounidenses en 2003 y la conquista de Mosul en 2014, cuando no controlaba ningún territorio, el Estado Islámico fue capaz de organizarse, crecer y convertirse en una letal banda terrorista. La propaganda es una de sus principales armas. Por eso la derrota del ISIS nunca podrá lograrse solo con medios militares.

 

Derrotar una ideología requiere una acción coordinada multilateral que busque anular su capacidad de atracción

Con la derrota que acaba de sufrir en Siria, el Estado Islámico ha perdido una batalla, pero eso no significa que haya perdido la guerra. Este grupo terrorista representa todavía una amenaza mundial: su peligro reside en que no se trata solo de una banda organizada de asesinos, sino de una ideología que sigue teniendo un enorme poder de convicción en muchos lugares del mundo. Esto no quiere decir que el final del califato no sea una buena noticia. Durante cinco años, este grupo controló un territorio más grande que Portugal, entre Siria e Irak, en el que sobreviven como pueden 12 millones de personas, sometidas a un régimen de terror -especialmente las mujeres, que perdieron todos sus derechos-, donde se mezclaban los castigos de los tiempos del Corán con una hábil utilización de las redes sociales para convertir la violencia en eficaz propaganda. Aquel territorio le dio también una riqueza enorme al ISIS por los impuestos que recaudaba, por el tráfico de antigüedades o porque llegó a controlar el 50% del petróleo sirio.

También le proporcionó un lugar en el que poder congregar a miles de yihadistas, mantener rehenes cautivos y desde el que planificar atentados brutales, como los ataques contra París en noviembre de 2015. Todo eso son ahora cenizas, con miles de combatientes detenidos, procedentes de 54 países. Esto no quiere decir que el ISIS no se mantenga como una organización letal. Este grupo terrorista fue una consecuencia de la invasión de Irak y ya demostró entonces su capacidad para crecer y cometer asesinatos masivos en la clandestinidad. Y en otros lugares del planeta, especialmente Filipinas y Afganistán, su presencia es muy activa. También inquieta a los servicios de información que mantenga su capacidad de reclutamiento en Occidente. Pero el principal problema reside en que la victoria contra el ISIS no puede ser solo militar: derrotar una ideología requiere una acción coordinada multilateral, que busque anular su capacidad de atracción. Y, sobre todo, es esencial no bajar la guardia, incluso ante las ruinas del califato.

 

Lo ocurrido en Sri Lanka demuestra que la ideología nihilista del terror del ISIS está lejos de haber sido derrotada

La guerra civil en Sri Lanka terminó hace 10 años, pero la paz sigue agarrada con alfileres y la convivencia entre las comunidades que comparten esta isla del océano Índico -una amplia mayoría cingalesa budista con minorías tamil hindú, musulmana y cristiana- está sometida a constantes tensiones. Por eso la serie de atentados que provocaron a finales de abril 321 muertos y medio millar de heridos hicieron saltar todas las alarmas. La tragedia esrilanquesa repitió un esquema que desgraciadamente forma parte ya de una rutina del horror: atentados coordinados en diferentes puntos de una ciudad o de un país contra víctimas civiles, que ya han padecido urbes de medio mundo, desde París, El Cairo, Pittsburgh hasta Kabul o, hace apenas unas semanas, Christchurch en Nueva Zelanda. Las víctimas pertenecen a diferentes credos, los verdugos siempre están impulsados por un mismo odio. En este caso, los objetivos fueron iglesias en pleno Domingo de Resurrección y hoteles de lujo. El Estado Islámico asumió el atentado y las autoridades consideran que los responsables son grupos locales que han contado con apoyo exterior. Aunque acaba de sufrir una derrota en Siria, sigue siendo una organización muy peligrosa no solo por su capacidad para ayudar a provocar atentados, sino por su atracción como ideología nihilista del terror. En el pasado, ha reivindicado ataques para los que solo había sido una fuente de inspiración, pero lo ocurrido demuestra que el ISIS está debilitado, pero no derrotado.

En el caso esrilanqués, además, las autoridades temían que los atentados desatasen una tormenta de violencia entre comunidades. La guerra civil se acabó hace 10 años con una derrota de los Tigres Tamiles, que decían representar a la comunidad hindú y que fueron los responsables de los primeros atentados suicidas modernos, pero los recelos están muy lejos de haberse extinguido. Por eso una de sus primeras medidas fue cortar el acceso a varias redes sociales, entre ellas Facebook y WhatsApp. Se trata de una medida extrema, pero basada en peligrosos precedentes: hace un año, una serie de noticias falsas difundidas a través de Facebook provocaron en Sri Lanka ataques de budistas contra musulmanes y, cuando se cerró el acceso a la plataforma, una persona ya había sido quemada viva.

 

Yihadistas españolas es un asunto que debe solucionarse desde planteamientos humanitarios, pero con una estricta aplicación de la ley

Las tres yihadistas españolas atrapadas en la guerra de Siria tienen el derecho a volver a España y el Gobierno tiene el deber de facilitar su repatriación, máxime cuando tienen 15 menores a su cargo. Pero esto no quiere decir que puedan sustraerse a la legislación española, ya que la Fiscalía está estudiando si podrían enfrentarse al delito de pertenencia a organización terrorista. El regreso a casa de los extranjeros que salieron voluntariamente hacia el califato, el territorio en manos de los terroristas del Estado Islámico, representa un problema jurídico para todos los países cuyos ciudadanos decidieron unirse a los radicales. Los militantes del ISIS cometieron violaciones masivas de los derechos humanos, sometieron a la población de las zonas que controlaban a un régimen de terror y planificaron, alentaron o ampararon atentados en Occidente. Las tres españolas localizadas en Siria -Yolanda Martínez, Luna Fernández y Lubna Miludi- se encuentran retenidas en Al Hol, un inmenso campo en el que se hacinan en durísimas condiciones cerca de 72.000 familiares del ISIS, entre ellos miles de niños. El campo está controlado por las milicias kurdas que acabaron con el último reducto del grupo terrorista en la localidad de Baghuz. Las tres han pedido regresar a España con sus hijos -once suyos y otros cuatro de familias del ISIS fallecidas que están a su cargo-. Se encuentran en un campo vigilado por guardias armados y no pueden circular en libertad, aunque oficialmente no están detenidas.

En la zona en la que se encuentran no se aplica ninguna de las normas diplomáticas al uso: se trata de un territorio en guerra, que pertenece a Siria, aunque está bajo control de las milicias kurdas, que cuentan con el apoyo militar de varios países occidentales. No existen ni embajadas, ni consulados, aunque sí hay agentes españoles en la zona. Todo esto no impide que las tres mujeres, sus hijos y los menores a su cargo puedan viajar a España con ayuda -Francia ha repatriado a cinco menores huérfanos-. De hecho, los milicianos kurdos han realizado repetidos llamamientos a los diferentes países para que repatríen a sus nacionales en Al Hol. Sin embargo, aunque las tres han reiterado que no han cometido ningún delito, que viajaron a Siria engañadas y que rechazan el terrorismo del ISIS, es la justicia española la que debe determinarlo. Dos de ellas, Yolanda Martínez y Luna Fernández, aparecen en investigaciones antiterroristas. Otras mujeres, una de ellas la semana pasada, han sido condenadas a penas de prisión por intentar viajar al territorio controlado por el ISIS. Su seguridad, y la de los menores a su cargo, debe ser la prioridad y es imposible mantenerlas en una zona de guerra. Es un asunto que debe solucionarse desde planteamientos humanitarios, pero con una estricta aplicación de la ley.

Este brusco corte provocó problemas, sobre todo a personas que no pudieron comunicarse con sus familiares en medio del caos, y plantea desafíos para la libertad de expresión; pero si los responsables de las redes sociales no son capaces de controlar los mensajes de odio y los bulos incendiarios que se multiplican en su interior, el corte drástico se convierte en la única medida posible, siempre que sea temporal y muy justificada. Los gigantes tecnológicos no pueden quedarse cruzados de brazos cuando son convertidos en instrumentos de los fanáticos, ni pueden actuar cuando ya es demasiado tarde y los mensajes han tomado tal amplitud que resulta imposible detenerlos. Frenar el odio debe siempre ser la prioridad.

 

El anunciado fin del califato en Siria y la retirada de las tropas de EE UU obligan a Europa a decidir qué hacer con sus nacionales

El califato en Siria podría pasar a ser pronto un ignominioso capítulo de la historia. El esperado anuncio se prevé ruidoso y celebrado, pero el fin del terror islamista, al menos en ese rincón de Siria, plantea a la vez un complejo dilema político y jurídico para un puñado de países de la Unión Europea. ¿Qué hacer con los yihadistas europeos que viajaron a Siria cautivados por el magnetismo del Daesh y dispuestos a hacer la guerra santa? Los combatientes que se encuentran bajo custodia de las fuerzas kurdas suman cerca de 800, además de unas 700 mujeres y unos 1.500 niños que  se encuentran en campos en condiciones penosas. El ultimátum lanzado hace una semana vía Twitter por Donald Trump -o los europeos retornan a los yihadistas y les juzgan “o nos veremos obligados a dejarles libres”-, ha dejado patente que los Gobiernos europeos ya no pueden mirar hacia otro lado. Pero es sobre todo el previsible fin del autodenominado califato y la próxima retirada de los 2.000 soldados estadounidenses desplegados, el que impone una renovada premura a los europeos. Unos 5.000 ciudadanos europeos viajaron a Siria y a Iraq desde 2014, según las cifras de Europol, sin que los Estados Miembros fueran capaces de evitar el reguero de alistamientos, al que ahora deben dar una respuesta clara y colectiva.

A primera vista, ninguna solución parece buena ante semejante desafío político y jurídico. Los dirigentes europeos repiten que la prioridad es la seguridad nacional, lo que equivaldría a mantener a los radicalizados lo más lejos posible de suelo europeo. Son personas con una temible red de contactos, que saben manejar armas y que en el mejor de los casos vuelven traumatizados de la guerra. Pero al rechazo político se le superpone en muchos casos una obligación legal ineludible. Mientras países como Reino Unido barajan la posibilidad de despojar de la nacionalidad a los regresados, países como Bélgica o Suiza plantean un posible tribunal ‘ad hoc’. Francia y Alemania planean un regreso escalonado y con las mayores garantías para que los juicios resulten un éxito en aras de la seguridad nacional. En Alemania, las cifras oficiales indican que 1.050 ciudadanos alemanes viajaron desde 2013 a Siria para combatir en las filas yihadistas. Un tercio de ellos ha regresado y unos 200 murieron en combate. En total, hay 63 personas que viajaron de Alemania a Siria bajo custodia kurda y 42 de ellos tienen pasaporte alemán. Sobre 18 pesa una orden de detención internacional.

 

“Mamá, dime si sabes cómo sacarme de aquí y qué dicen las autoridades. Solo quiero volver a casa”, declaraba un joven alemán a Der Spiegel

Muchos quieren volver. O al menos así lo aseguran en conversaciones con sus familiares que reproduce la prensa alemana. “Mamá, dime cómo estás y si sabes cómo sacarme de aquí y qué dicen las autoridades. Solo quiero volver a casa”, decía Bajram G., a su familia de cerca de Colonia, según publicaba Der Spiegel. La situación es especialmente complicada para las mujeres y los niños, encerrados en campos “en los que las ratas trepan a las camas”, explicaba a la publicación alemana la familia de Clara, de Oberhausen. “Si se presentan en la frontera alemana y no tienen doble nacionalidad, no veo posible que se les deniegue la entrada”, sostiene Martin Heger, catedrático de derecho penal europeo de la Universidad Humboldt de Berlín, porque según explica, equivaldría en convertirles en apátridas. El problema es traerles desde allí, como pide EE UU, sobre todo en los casos en los que la identidad de los yihadistas no esté clara o no se pueda probar. “Somos responsables de ellos como ciudadanos alemanes para traerles de vuelta”, aseguró esta semana la ministra de Defensa alemana, Ursula von der Leyen, al sensacionalista Bild. Una vez en suelo europeo, los dilemas se multiplican. La ministra alemana de Justicia, Katarina Barley, explicó que la idea es que los que vengan estén sometidos una estrecha vigilancia. “Tenemos que asegurarnos de que los ex combatientes del ISIS no se puedan mover con libertad entre nosotros”, indicó a la prensa alemana. “Algunos tienen órdenes de detención y a los demás habrá que someterles a una estrecha vigilancia en cuanto entren en Alemania”.

 

“Crear tribunales especiales es complicado según la ley alemana, debido a nuestro pasado nazi y los juicios a grupos de población concretos”

Después, el problema se plantea con los procesos judiciales, en los que tener acceso a testigos y a pruebas es poco más que una quimera. “Por un lado, no queremos que los combatientes del ISIS sean liberados y vuelvan sin haber sido controlados. Pero tampoco podemos correr el riesgo de traerles de vuelta y que no tengamos pruebas ni evidencias para juzgarles por los crímenes cometidos en Siria y en Irak”, advirtió la ministra Von der Leyen. Algunos juristas consideran poco realista esa opción y sostienen que la única vía es juzgarles solo por pertenencia a organización terrorista y no por crímenes concretos que puedan haber cometido. El tiempo aquí también juega en contra. Una vez que vuelvan, no se les puede encarcelar sin pruebas indefinidamente.

Respecto a la posibilidad de crear tribunales ‘ad hoc’ en Siria como barajan algunos países, Heger explica que “es complicado según la ley alemana, debido a nuestro pasado nazi y los juicios a grupos de población concretos”. Además, la falta de infraestructura diplomática alemana en el país en guerra complicaría la asistencia consular para garantizar un juicio justo. La opción de crear tribunales especiales es por la que en principio se decantan los belgas y los suizos. “Para mí, la prioridad sigue siendo la seguridad de la población suiza y las fuerzas de seguridad suizas”, dijo la ministra de Justicia suiza, Karin. “¿Sería posible juzgarles sobre el terreno? Eso es lo que yo preferiría”, añadió Keller-Sutter esta semana. Suiza cifra en 93 los nacionales del país helvético que se han sumado a la yihad.

Bélgica mientras, estudia el retorno sin condiciones de los niños menores de diez años y caso por caso para los menores de 18 y mayores de diez. Para los adultos, propone que sean juzgados por una instancia supranacional creada ad hoc. Las cifras que maneja Bruselas de nacionales pendientes de regresar son 10 hombres, 17 mujeres, 31 niños. La situación sin embargo está lejos de haberse aclarado. Un juez ha fallado que el Estado tiene obligación de repatriarlos, pero el Gobierno belga ha recurrido la decisión. En Francia les llaman los ‘revenants’, palabra con doble sentido: los que vuelven y los fantasmas. Nadie los quiere. El Gobierno francés había defendido hasta hace poco también que fuesen juzgados en Siria o en Irak, pero los servicios consulares seguían los casos y la posibilidad de que se les aplicase la pena de muerte había suscitado debate en Francia.

 

“Después de los atentados de 2015 en París sabía bien adónde iban y pueden ser acusados por asociación de malhechores terrorista criminal”

Con el anuncio de retirada estadounidense, todo cambió. Francia no tiene un tratado de extradición con las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) y menos con la Siria de Bachar el Asad. La posibilidad de que, con la marcha de EE UU, estos detenidos quedasen fuera de control ha llevado a un cambio de política. París se prepara ahora para acoger a estos franceses y a sus hijos. La ministra de Justicia ha dicho que estudiará “caso a caso”. Suman entre 130 y 150. De ellos 50 son adultos, hombres y mujeres. El resto, menores. Los adultos serán puestos a disposición judicial e imputados una vez que aterricen en suelo francés, en grupos de diez en diez, según el diario Le Monde. Fuentes de la fiscalía citadas por la agencia France Presse señalan que quienes partieron después de los atentados de enero y noviembre de 2015 en París sabía bien adónde iban y se considerará que pueden ser acusados por “asociación de malhechores terrorista criminal”. En el caso de las mujeres, puede haber una distinción, a la hora de aplicar las penas, entre las que simplemente siguieron al marido o las que activamente participaron en la guerra. Otra cuestión son los menores. Según la ministra Belloubet, el 75% son menores de siete años, muchos de ellos nacidos en el territorio bélico. En estos casos, los menores vivirán con una familia de acogida o con familiares que se hayan quedado en Francia.

En Reino Unido el caso de Shamima Begum, una británica que cuando sólo tenía 15 años (2015) huyó a Siria para convertirse en esposa de un combatiente del ISIS, centra se ha convertido en un símbolo de la complejidad del retorno, sobre todo de las mujeres. La joven permanece en un campo de refugiados junto a su bebé -nacido y fallecido- y desea retornar a Londres con sus padres. Pero el Gobierno británico se dispone a retirarle la nacionalidad para evitarlo, apoyándose en el rechazo de un sector de la opinión pública a una mujer, que no se declara arrepentida de sus actos y sigue justificando las acciones del ISIS. La decisión de Londres todavía no es firme porque ha topado con el derecho internacional, que sólo considera admisible despojar a un ciudadano de su nacionalidad si eso no le convierte en apátrida. Y a pesar de que el ministro del Interior británico, Sajid Javid, alegaba que Begun tiene la doble nacionalidad bangladeshí, y por lo tanto la cobertura de un segundo Estado, el gobierno de Dhaka se ha apresurado a desmentirle. Si Begum acabara finalmente regresando a su patria, debería responder al interrogatorio de los servicios de seguridad. Así lo han hecho desde 2012 -la mayoría en las primeras etapas de la guerra siria- unos 400 combatientes procedentes de Siria o Irak. Sólo uno de cada diez acabó procesado por “cometer acciones directas en Siria”, según ha revelado el secretario de Estado de Interior, Ben Wallace.

 

Barcelona y Cambrils, este próximo agosto, dos años después: ¿cuál era el riesgo de atentados?, ¿qué lecciones están pendientes?

Fernando Reinares y Carola García-Calvo son dos investigadores del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos de Madrid. Este ‘Think tank’ es un centro de pensamiento y laboratorio de ideas creado en 2001 en España, cuyo objetivo, según sus estatutos, es “analizar la política internacional desde una perspectiva española, europea y global, además de servir como foro de diálogo y discusión”. Reinares y García-Calvo realizaro un interesante trabajo sobre ‘Yihadismo y prisiones: un análisis del caso español’, muy a tener en cuenta en el momento actual del Estado Islámico y sus amenazas no solo a los musulmanes no sunitas sino a todos los países ‘infieles’ entre los que se incluyen los de la Unión Europea y América.

“Un año y cuatro meses antes de los atentados terroristas que tuvieron lugar -separados entre sí por menos de nueve horas- en Barcelona y Cambrils los días 17 y 18 de agosto de 2017, un Eurobarómetro especial del Parlamento Europeo mostraba cómo el riesgo de que algo así ocurriese en España era elevado para el 39% de los ciudadanos entrevistados en el conjunto de nuestro país. Otro 49% opinaba que existía algún riesgo. Sólo un 8% percibía que el riesgo era bajo. Oficialmente, la alerta antiterrorista en España estaba activada a un nivel alto (4 en una escala de 1 a 5) desde finales de junio de 2015. Esas percepciones sociales y esta directriz institucional obedecían en buena medida a la serie de actos de terrorismo relacionados directa o indirectamente con Estado Islámico que desde 2014 se habían producido en países de nuestro entorno como Francia, Bélgica, Alemania y el Reino Unido. Actos de terrorismo que eran, a su vez, un corolario de la inusitada movilización yihadista que estaba teniendo lugar en Europa Occidental desde el inicio de la guerra en Siria. “Ahora hay lecciones que aprender: acerca de la valoración del fenómeno yihadista, sobre una actuación policial efectiva y coordinada, o respecto a la resiliencia social ante el terrorismo”.

España no estaba entre las naciones europeas más afectadas por dicha movilización yihadista, que son aquellas donde las poblaciones musulmanas están, a diferencia de casos como el español o el italiano, principalmente constituidas por segundas generaciones, es decir, por descendientes de inmigrantes procedentes de países islámicos. Estas segundas generaciones han resultado más vulnerables a la propaganda emitida por Estado Islámico. Pero un estudio realizado por el Programa sobre Terrorismo Global del Real Instituto Elcano, publicado 13 meses antes de los atentados en Barcelona y Cambrils, subrayaba que tanto los 124 detenidos dentro del territorio español entre junio de 2013 y mayo de 2016 por su implicación en actividades relacionadas con Estado Islámico, como igualmente los 160 combatientes terroristas extranjeros que hasta entonces habían salido de España con destino a Siria, eran cifras suficientes para advertir sobre la amenaza que para nuestro país suponía esa organización yihadista, constituida a partir de la que hasta febrero de 2013 fue la rama iraquí de al-Qaeda y luego rival de ésta por la hegemonía de la yihad global”.

 

“Un estudio, aparecido en julio de 2016, situaba a Cataluña como primer escenario de la movilización promovida en España por Estado Islámico”

“Y es que no todas las posibles aproximaciones a un entendimiento de lo que sucedió en Barcelona y Cambrils hace un año son ex post facto. Un estudio neustro, aparecido en julio de 2016, situaba a Cataluña como primer escenario de la movilización promovida en España por Estado Islámico. Mostraba, además, que muchos de los detenidos en España por actividades relacionadas con esta organización yihadista, básicamente hombres jóvenes nacidos en Marruecos y -aunque en menor medida- dentro de España, pertenecían ya al segmento social de las segundas generaciones. Revelaba, por otra parte, que una amplia mayoría de ellos se había radicalizado a partir de 2012, en contacto físico con un agente de radicalización y junto a otros individuos con quienes mantenían estrechos vínculos sociales previos. Finalmente, señalaba que, también casi en su totalidad, estaban implicados en compañía de otros y no en solitario. Más aún, hasta una tercera parte de los mismos estaban insertos en células, grupos o redes con capacidades operativas y voluntad de atentar en España.

En consonancia con todo ello, que era conocido más de un año antes de los atentados de agosto de 2017, estos ocurrieron precisamente en Cataluña y fueron perpetrados por miembros de una célula yihadista, formada en la localidad gerundense de Ripoll y alineada con Estado Islámico, que asumió como propios los actos de terrorismo en Barcelona y Cambrils, describiendo a los terroristas como sus soldados. Esa célula contó con la participación de al menos 10 hombres, incluyendo a un imán marroquí de 44 años de edad -Abdelbaki Es Satty- que fue quien actuó como agente de radicalización para los otros nueve integrantes de la misma, estos últimos de edades comprendidas desde los 17 hasta los 28 años y relacionados mutuamente por estrechos lazos afectivos de parentesco -entre ellos había cuatro parejas de hermanos, dos de las cuales eran primos entre sí-, amistad y vecindad. Ocho de estos nueve tenían, como el imán, la nacionalidad marroquí y sólo uno la española, pero todos ellos eran segundas generaciones, descendientes de inmigrantes marroquíes pero nacidos o crecidos en España”.

 

“Los terroristas tenían previsto actuar en Barcelona y París mediante camionetas cargados con triperóxido de triacetona (TATP)”

“Aún queda bastante por conocer sobre los actos de terrorismo ejecutados en Barcelona y Cambrils, así como sobre la célula yihadista que estuvo detrás de los mismos o la implicación individual que tuvo cada uno de sus miembros. Transcurridos casi seis meses desde la ejecución de aquellos, desde el Programa sobre Terrorismo Global ofrecimos un análisis de unos atentados que pudieron ser de magnitud y letalidad mucho mayores, pues los terroristas tenían previsto actuar en Barcelona -y probablemente también en París- mediante furgones o camionetas cargados con triperóxido de triacetona (TATP) u otras formas de utilización de este explosivo, pero optaron por la improvisación, al estallar la base de operaciones donde fabricaban el explosivo y desbaratarse de ese modo sus planes iniciales. Un año después cabe, sin embargo, reflexionar de nuevo sobre algunas lecciones pendientes. En primer lugar, acerca de los terroristas y su comportamiento; en segundo lugar, sobre lucha antiterrorista y cooperación policial; y, en tercer lugar, respecto a la resiliencia social ante el terrorismo y la prevención de la radicalización violenta.

Yihadistas radicalizados y reclutados en Europa Occidental pueden, agrupados en células o redes donde no haya combatientes terroristas extranjeros, planificar y preparar atentados tan complejos y cruentos como los perpetrados con la participación de algún retornado. Sabemos que los integrantes de la célula de Ripoll no eran ni actores solitarios -es obvio- ni combatientes terroristas extranjeros retornados, aunque el considerable tamaño y los ambiciosos propósitos de la célula de Ripoll son inusuales si finalmente se tratara de un elenco yihadista sin conexiones internacionales. Pero existe la posibilidad de que pudiera haber estado en contacto con algún combatiente terrorista extranjero relacionado con Estado Islámico ubicado en una zona de conflicto, como parece afirmar, en base a la información proporcionada por un Estado miembro, el sexto informe del secretario general de Naciones Unidas sobre la amenaza de dicha organización yihadista, hecho público el 31 de enero de 2018.

La célula de Ripoll pone de este modo de manifiesto que los yihadistas activos en Europa Occidental mantienen su voluntad de llevar a cabo, en pequeños grupos bien inspirados o bien dirigidos por sus organizaciones de referencia basadas en el exterior, atentados con explosivos, incluyendo el uso de TATP, pero disponen de procedimientos menos sofisticados, igualmente efectivos, para provocar atrocidades, como vehículos sin bomba y cuchillos. En cualquier caso, es relevante la habilidad de los terroristas para improvisar su modus operandi, en el caso de verse obligados a ello, de acuerdo con los medios a que hayan tenido acceso…”.

 

“La práctica del disimulo o ‘taqiyyah’ de que pueden hacer hábil uso estos extremistas para evitar que se desvelen sus verdaderas intenciones”

“La investigación posterior a los atentados ha mostrado que se puede evitar la descoordinación y avala la iniciativa de crear un mecanismo de inteligencia judicial contra el yihadismo. Individuos como el imán Es Satty debieron haber recibido una especial atención por parte de las agencias de seguridad que en Cataluña cuentan con mandato antiterrorista, es decir, Mossos d’Esquadra, Policía Nacional y Guardia Civil. No sólo por su pasada presencia en círculos yihadistas -algo que era conocido por esos cuerpos policiales y el Centro Nacional de Inteligencia (CNI)- y su relación con congregaciones salafistas, tan extraordinariamente extendidas en Cataluña, sino también de las noticias sobre sus movimientos en una ciudad como la belga de Vilvoorde, una destacada bolsa de islamismo radical. Todo ello especialmente en el contexto de inusitada movilización terrorista en Europa Occidental desde 2012, y teniendo en cuenta la práctica del disimulo o ‘taqiyyah’ de que pueden hacer hábil uso estos extremistas para evitar que sus verdaderas intenciones sean desveladas y sus movimientos detectados.

Una efectiva actuación policial de esa índole implica coordinación entre agencias, deficitaria cuando se produjeron los atentados de Barcelona y Cambrils. Una adecuada cooperación policial es posible a través del Centro de Inteligencia sobre Terrorismo y Crimen Organizado (CITCO) y, en otro ámbito, mediante la Unidad Nacional de Europol. Bajo autoridad judicial, la investigación posterior a los atentados ha mostrado que se puede evitar la descoordinación y avala la iniciativa de crear un mecanismo de inteligencia judicial contra el yihadismo. En agosto de 2017 la actuación policial estaba, asimismo, mermada por la insuficiente implementación de la legislación sobre control de precursores de explosivos o la inexistencia de protocolos formales para seleccionar imanes”.

 

“La sociedad española en general y la catalana en particular tienen otra lección que aprender sobre resiliencia frente al extremismo violento”

“La sociedad española en general y la catalana en particular tienen otra lección que aprender, después de los atentados en Barcelona y Cambrils, sobre resiliencia frente al extremismo violento. Cuando tuvieron lugar los atentados de Barcelona y Cambrils, la sociedad catalana se encontraba ya profundamente dividida entre independentistas y quienes no lo son. La reacción social a esos actos de terrorismo reflejó esa fractura. Ello quedó de manifiesto en la manifestación celebrada en Barcelona el 26 de agosto de 2018. Pero también, como ocurrió en el conjunto de la sociedad española tras los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, en la difusión de hipótesis conspirativas que culpabilizan a un adversario político -en uno y otro caso, agencias del Estado- de atentados preparados y ejecutados por yihadistas, trasladando el debate sobre el desafío terrorista a otro sobre un conflicto político. Esto permite entender la brevedad del duelo colectivo por lo sucedido en Barcelona y Cambrils.

Pero la sociedad española en general y la catalana en particular tienen otra lección que aprender, después de los atentados en Barcelona y Cambrils, sobre resiliencia frente al extremismo violento. Aunque las segundas generaciones sean aún minoritarias entre la población musulmana en España, que nueve miembros conocidos de la célula de Ripoll provinieran de las mismas -como ocurre con seis de cada diez yihadistas detenidos en nuestro país entre 2013 y 2017- sugiere que entidades públicas y de la sociedad civil han de abordar las circunstancias que propiciaron su desarraigo y los factores que explican su adhesión al salafismo yihadista, para intervenir con acierto y de un modo coordinado a diferentes niveles de gobierno, en prevenir la radicalización violenta”.

 

‘La banalidad del bien’, columna del escritor mexicano Emliano Monge, centrada en Eichmann quien actuó más allá de su propia perversidad

En 1963, dos años después del juicio contra Adolf Eichmann, que cubrió como corresponsal de The New Yorker, Hannah Arendt publicó uno de los libros más importantes de la segunda mitad del siglo XX: ‘Eichmann en Jerusalén’. La importancia última de este libro, sin embargo, no atañe al proceso legal que el Estado de Israel llevó a cabo contra el encargado de la solución final ni deriva, por complicado que sea de asimilar, de la singularidad, en tanto acusado, del propio Eichmann, quien terminaría siendo sentenciado a la pena de muerte por medio de la horca. Emiliano Moge, escritor de la ciudad de México, me ha sorprendido por su magnífica columna titulada ‘La banalidad del bien’ y quisiera terminar estas últimas líneas de EL BESTIARIO, donde nos hemos referido al culto a la muerte, la necrofilia, que se impone en el mundo del siglo XXI. Es importante que se reivindique la vida y no sólo en Siria, Irak, Afganistán…, en París, Londres o Barcelona…, sino también en nuestro México, en nuestro Quintana Roo, y en nuestros Cancún, Playa del Carmen, Chetumal…

Y es que durante el tiempo que transcurrió entre el día en que Arendt se sentó en su silla de corresponsal -tras escuchar al ujier del juzgado gritar: ¡beth hamishpath!, dando inicio al proceso- y la tarde en que logró ponerle el último punto a su libro, cuyo subtítulo sería ‘Un informe sobre la banalidad del mal’, la filósofa alemana comprendió que aquel hombre al que se había juzgado era mucho más que un “pozo de maldad”. “Efectivamente, Eichmann había sido responsable de la eliminación sistemática de millones de seres humanos y había buscado, en todo momento, la manera más eficiente y terrorífica de cumplir su cometido, lo cual no tenía perdón. Sin embargo, aquel burócrata alemán había actuado con base en motivos que iban más allá de su propia perversidad o crueldad: lo que había hecho, lo podría haber hecho cualquiera otro burócrata nazi, así como la mayoría de los ciudadanos alemanes de su época”.

El individuo Eichmann, gracias a la crónica de Arendt, que terminaría siendo un estudio de las condicionantes que imponen los regímenes políticos al ser humano, se convirtió en el arquetipo Eichmann: un ser ansioso por conseguir el aplauso de sus superiores, un hombre incapaz de cuestionar su condición de engranaje al interior de la maquinaria del Estado, una persona vencida por la conciencia de su época: “Lo que me tranquilizaba era no encontrar a nadie que se opusiera al exterminio”, un ciudadano que se limitaba a “cumplir con su deber, no sólo obedeciendo órdenes sino siguiendo a pie juntillas la ley”. Iluminada por su increíble inteligencia, pero también por su asombrosa humanidad y por su deseo radical de comprender al otro, incluso si éste encarnaba a los verdugos de su pueblo, Arendt entendió una de las claves sin las cuales no seríamos capaces de leer el mundo que habitamos: sobre todo, Eichmann era un individuo imposibilitado para la relación con sus semejantes, un hombre atomizado por el totalitarismo que lo rodeaba y lo aplastaba, un ser humano del cual había sido arrancada toda capacidad de discernir sobre el bien o el mal que conllevaran sus actos y en quien el único imperativo categórico que quedaba era el siguiente: “Compórtate de tal manera, que si el Führer te viera aprobara tus actos”.

En su momento, la tesis fundamental de Arendt en torno a la banalidad del mal: hay situaciones en las que el actuar de los seres humanos responde, fundamentalmente, a las reglas impuestas por el sistema al cual pertenecen, fue recibida con polémica, por no decir con rechazo. Por suerte, la filósofa alemana siguió adelante, demostrando que las situaciones extremas, es decir, los regímenes totalitarios -sean más o menos explícitos y muestren el rostro que muestren- generan siempre situaciones de desconexión y aislamiento entre los seres humanos, desconexión y aislamiento que no generan sino indiferencia y soledad, la misma indiferencia y la misma soledad que engendran seres sumisos.

Sesenta y cinco años después de que Arendt publicara su libro, la idea de la banalidad del mal no sólo ha sido aceptada de manera generalizada, sino que se utiliza, como la pensadora alemana quería, como una herramienta de advertencia, es decir, como una forma de alerta ante la maldad reconvertida en maquinaria social. ¿Pero qué pasaría si invirtiéramos el último término y habláramos de la banalidad del bien? Es decir, ¿qué pasaría si fuéramos más allá del territorio explorado por Arendt y empezáramos a advertirnos sobre la bondad reconvertida en maquinaria social? Finalmente, como se asevera en ‘Eichmann en Jerusalén’, el individuo atomizado, indiferente y sumiso es incapaz de reconocer el mal, pero también el bien que conllevan sus actos.

 

Aparecía una fosa, la autoridad anunciaba “no son los 43 estudiantes”, la gente lo celebraba, pero no preguntaba de quiénes eran esos cuerpos

¿Sería, en este sentido, la banalidad del bien una herramienta de advertencia sobre otra forma de totalitarismos? ¿Es posible que el bien, cuando no responde a la personalidad sino a una determinada maquinaria social, elimine el espacio entre los hombres, haciendo que éstos no se comuniquen entre sí ni se distingan de manera real, a pesar de que crean que se están comunicando y que se están distinguiendo? ¿Cuál es la posibilidad de que el bien, en tanto valor impuesto y en tanto búsqueda del aplauso y aceptación de la conciencia generalizada de una época, esté o ya haya abonado el terreno en el que los seres humanos dejaron o dejarán de interesarse en su vida y en cualquier otra vida concreta?

Pensemos, por ejemplo, en las redes sociales y en los avatares que ahí generamos, es decir, en la duplicación de la atomización, el gran paradigma de nuestra era, la era de la individualización al cuadrado: ¿no se elimina ahí, a través de una bondad vacía de sentido pero compartida por todos, el espacio entre los seres humanos? ¿Y la eliminación de este espacio, en tanto la bondad no nace en uno sino que es impuesta desde la máquina, no está generando una masa obediente, ciega y desconectada? ¿Una comunidad que no debe, como la sociedad nazi, sacrificarlo todo porque ya lo hemos hecho, sin enterarnos? Teóricamente, el bien de nuestros actos nos acerca a los demás y genera, entre hombres y mujeres, reconocimiento, solidaridad y empatía. Esto depende, sin embrago, de que el bien nazca de nuestros actos. Pero hoy en día el bien parece ser, únicamente, una convención que responde, como el mal, a las reglas impuestas por el sistema al que pertenecemos. Sobre el bien, hace tiempo que no nos preguntamos. Convencidos de estarlo habitando, hemos dejado de construirlo.

Igual que el ser sometido por el mal, el ser-masa del bien, como demuestran, por ejemplo, los curas pederastas, sufre de falta de lazos reales, tanto físicos como emocionales, con todos los demás, incluida su gente cercana, es decir, sus amigos, su familia o su pareja. Y esta condición, nos demos cuenta o no, también insensibiliza, también nos vuelve sujetos conducidos y también nos reduce a la obediencia. La banalidad del bien ha reducido el imperativo categórico a la frase: compórtate de tal manera, que si la masa te viera aprobara tus actos. ¿De qué otra forma nos podríamos explicar, si no es así, lo que sucedió en los días siguientes al secuestro en Iguala y a la posterior desaparición de los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa? Es decir, ¿cómo, sino a través de la banalidad del bien, justificamos que, mientras se buscaba a los muchachos, cada vez que aparecía una fosa y la autoridad anunciaba: no son ellos, la gente celebrara, en lugar de preguntarse: de quiénes son esos cuerpos? Es momento de que la banalidad del bien, como sucedió con la banalidad del mal descrita por Arendt, deje de ser nuestra condición y se convierta en una advertencia. Una advertencia que, por ejemplo, nos haga dudar: ¿a quién le sirve decir: “el pueblo bueno”?

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