La carta en la que el escritor Roald Dahl explicó por qué hay que vacunar a los niños de sarampión, recordando a su hija fallecida por este virus

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

“Olivia, mi hija mayor, cogió el sarampión cuando tenía siete años. Mientras la enfermedad seguía su curso natural, recuerdo que le leía cuentos en la cama sin sentirme especialmente alarmado por su estado. Entonces, una mañana, cuando ya estaba en el camino de la recuperación, yo estaba sentado en su cama enseñándole cómo crear animalitos a partir de tubos de colores, y cuando le tocó a ella hacer uno me di cuenta de que sus dedos y su mente no trabajaban a la vez y no podía hacer nada. ‘¿Te encuentras bien?’, le pregunté. ‘Tengo sueño’. En una hora estaba inconsciente. En 12 horas estaba muerta…”

 

Los antivacunas, nostalgias del primitivismo, desprotegen a sus hijos contra enfermedades para las que hoy hay prevención y remedio. Lo que hizo se puede equiparar a que un hijo de votantes del nuevo partido de extrema derecha en España y nostálgico del dictador Francisco Franco, Vox meta en la urna la papeleta de Podemos, integrada por ciudadanos que integraron movimientos antisistemas en la Unión Europea de la socialdemocracia y la seguridad social, a quienes algunos denominan como miembros de la ‘izquierda caviar’, o que un vástago de madridistas acérrimos se haga culé, del Barcelona. Solo que su motivación era evitar una posible muerte por una enfermedad prevenible. A finales de 2018, a sus 18 años, Ethan Lindenberger (Estados Unidos, 2001) fue a un centro de salud y se vacunó contra el tétanos, la polio y el sarampión. Lo llevó a cabo contra la voluntad de sus padres, totalmente opuestos al que es uno de los avances científicos más importantes de la historia de la humanidad.

“Los líderes espirituales que ordenan no vacunarse con pretextos como que ya tenemos un sistema inmunitario que nos ha dado Dios lo hacen como justificación para ocultar su propia ignorancia. Yo llevo años preparándome para ser pastor y les diré a mis feligreses que tienen que llevar una vida plena física y mentalmente”, explica Lindenberger momentos antes de participar en un panel sobre inmunización en Naciones Unidas. Su nombre acaparó titulares cuando se hizo viral un texto en una red social en el que explicaba por qué había llegado a la conclusión de que su madre estaba equivocada. Tanto, que llegó a intervenir en la comisión de salud del Senado de Estados Unidos. “Solo en un día acumulé más de 6.000 comentarios, fue muy loco. Esto surgió de forma espontánea, pero seguiré con esta tarea hasta que sea necesario”, detalla. Lindenberger asegura que mantiene buena relación con sus padres. En 2018 casi 20 millones de bebés dejaron de recibir alguna vacuna, especialmente en zonas de conflicto. En los últimos años han saltado las alarmas por el rebrote de enfermedades casi erradicadas como el sarampión. Algunas voces alertan de la proliferación de falacias en las redes sociales propagadas por los movimientos antivacunas, que siguen promoviendo bulos ampliamente desmentidos, como que la inmunización causa autismo. “La verdad es que nunca había habido tantos niños vacunados como ahora y la desinformación está poniendo en peligro uno de los mayores logros de la humanidad. Nos hemos olvidado muy rápido de que la gente moría por tuberculosis y sarampión en un país como Estados Unidos hace solo 50 años”, explicó en el coloquio Chris Wolff, de la Fundación Bill y Melinda Gates, entidad responsable de algunas de las mayores campañas de inmunización de la última década. Pero Internet tiene su cara positiva, ya que precisamente fue ahí como Lindenberger obtuvo datos contrastados sobre los beneficios de vacunarse. “Después de informarme hice algunas preguntas a mi madre y ella solo respondía cosas como ‘bueno, eso es lo que quieren que creas’, pero me di cuenta de que lo que decía no tenía una base científica”, comenta el joven.

Los líderes espirituales que ordenan no vacunarse con pretextos como que ya tenemos un sistema inmunitario que nos ha dado Dios, lo hacen como justificación para ocultar su propia ignorancia ¿Qué hace que alguien dé valor a un bulo? “No es simplemente que pase un rumor por delante y la gente lo crea. Hay que preguntarse el porqué detrás del porqué. Porqué hay algunas personas con predisposición para creer bulos”, puntualizaba en el panel de la ONU Gillian K. SteelFisher, investigadora de Harvard. Un motivo, según esta experta, es la frustración con el sistema sanitario. “En los países ricos vemos a padres que salen del trabajo corriendo para llegar a tiempo al hospital y los médicos les atienden en tres minutos escasos sin darles oportunidad de preguntar nada. En los países en desarrollo hay madres que recorren kilómetros para ir al centro de salud y cuando llegan les dicen que tienen que esperar horas hasta que haya niños suficientes para empezar con la vacunación. Con eso les estás transmitiendo que su hijo no es lo suficientemente importante”. El propio éxito de la profilaxis es otro motivo por el que los bulos echan a volar. “Cuando los padres no ven una enfermedad de cerca, no creen que sea un peligro real y empiezan a preocuparse por otras prioridades”, añadía.

A las noticias sobre un brote de sarampión en la comunidad ultraortodoxa de Nueva York se suman titulares del impacto que tiene la reticencia a la inmunización entre los que más lo necesitan, como por ejemplo en India, que alberga un tercio de la población infantil global no vacunada. “La desinformación tiene mucho que ver con la pobreza. En una reciente campaña de inmunización contra la polio en Pakistán, uno de los únicos tres países en los que esta enfermedad sigue siendo una amenaza, un vídeo hecho por antivacunas se hizo viral. Como resultado, un millón de niños no recibió la profilaxis”, relató Chris Wolff.

 

Facebook, Youtube y Amazon han tomado medidas en los últimos meses contra este fenómeno cuyos instigadores utilizan noticias falsas

Gran parte de la culpa ha recaído en los medios que usan los instigadores de las llamadas noticias falsas: las redes sociales. Jason Hirsch, de Facebook, afirmó en la charla que su empresa puede entender que “hay gente que tenga dudas legítimas sobre la vacunación, lo que hay que conseguir es que esas personas lleguen a fuentes de información fiables”. Facebook, Youtube y Amazon han tomado medidas en los últimos meses contra este fenómeno. “Tratamos de luchar no contra una pieza en concreto, sino todas las que salgan de un determinado grupo o página. También intentamos ocultar al máximo que aparezcas en las búsquedas en Facebook si se te detecta como agente de desinformación y por supuesto queremos eliminar cualquier anuncio que incluya bulos”, aseguró el experto, que también pidió tiempo para implementar estas medidas en una red que genera millones de mensajes cada día. “Hemos estado hablando con la OMS y Unicef para trazar una estrategia para que cuando la gente busque contenidos sobre vacunas, lo primero que les salga sea información veraz y no noticias falsas”, añadió.

La violencia de los haters u odiadores también ha caído sobre Lindenberger: “Cada vez que publico algo en Facebook o Twitter, mucha gente me insulta. También ha habido amenazas de muerte y han llamado a los teléfonos de Unicef por ejemplo para decir que cómo van a dejar hablar hoy a un estúpido como yo. La organización me ha proporcionado seguridad para venir aquí”. SteelFisher apuntó a otro de los grandes problemas: la dificultad de convencer a alguien de que está equivocado. “La gente necesita hechos y lo cierto es que las personas están muy poco abiertas a conocimientos que no encajen con sus prejuicios. Hay que construir instituciones que den confianza y acceso a la salud, entender las necesidades de los pacientes y dar herramientas y recursos al personal médico”.

 

Piensan que Elvis Presley sigue vivo, los que niegan que el hombre pisase la Luna y los que creen que el ser humano y los dinosaurios coexistieron

¿Quiénes son los antivacunas? Algunas personas, entre las que hay una minoría de médicos, cuestionan uno de los mayores avances de la salud mundial. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué consecuencias tiene? En este mundo extraño conviven quienes piensan que Elvis sigue vivo, los que niegan que el hombre pisase la Luna y los que creen que el ser humano y los dinosaurios coexistieron. También están los antivacunas. A diferencia de los anteriores, estos últimos pueden convertirse en un peligro para la salud pública. Las vacunas son probablemente el mayor avance contra las enfermedades en la historia de la humanidad. No es una opinión, es lo que asegura la grandísima mayoría de la comunidad científica a la luz de la evidencia de los datos. La Organización Mundial de la Salud estima que evitan entre dos y tres millones de muertes cada año. Sin embargo, al no llegar a todo el mundo, dos millones de personas fallecen anualmente por patologías prevenibles. La poliomielitis, un mal que ocasiona terribles secuelas, está cerca de su erradicación gracias a la inmunización, que también ha logrado rebajar la mortalidad del sarampión en un 74% en solo una década (de 2000 a 2010). Esta enfermedad, que puede ir camino de su completa desaparición por medio de las vacunas, como sucedió con la viruela, está reapareciendo en algunos países ricos donde estaba prácticamente suprimida. En estos mismos lugares, la difteria, una dolencia causada por una bacteria que se caracteriza por la inflamación de las vías respiratorias, es una anécdota, cuando no inexistente. En España, en 1941 se registraron 1.000 casos por cada 100.000 habitantes. En 1945 se inició una campaña de vacunación que fue haciendo desaparecer la dolencia hasta 1987, fecha en la que se registró el último caso. Hasta el verano del 2015, cuando se detectó la bacteria en un niño no vacunado en Olot, Cataluña, que murió en apenas unos días después. En España, como en casi todo el mundo, la inmunización no es obligatoria. Puede rechazarse por motivos de conciencia, por simple ignorancia o por creencias, como sucedió con el menor de Olot. Sus padres son contrarios a las vacunas y partidarios de las medicinas alternativas, según fuentes de la localidad.

 

Quienes deciden no vacunar a sus hijos están muy informados: han leído libros y páginas de Internet, pero están muy mal informados

A la vista de la efectividad de las vacunas y de lo que puede suponer rechazarlas, la pregunta es: ¿Qué lleva a unos padres a poner en peligro la vida de sus hijos innecesariamente? ¿Cuáles son estos motivos de conciencia o ideológicos que se anteponen a la salud y al avance científico? El pediatra Carlos González, autor del libro ‘En defensa de las vacunas’ (Temas de hoy, 2011), explica que a medida que la enfermedad va desapareciendo y la población la olvida (los más jóvenes ni siquiera han visto sus consecuencias), el miedo a la dolencia se convierte en temor a los efectos secundarios de las vacunas, que aunque pueden existir, son escasos y, en la grandísima mayoría de los casos, leves. “Estos miedos están alimentados por falsas creencias de los padres. Generalmente, quienes deciden no vacunar a sus hijos están muy informados: han leído libros y visitado decenas de páginas de Internet, pero están muy mal informados”, explica.

El movimiento antivacunas, aunque potencialmente dañino, es muy minoritario, sobre todo en España con respecto a los países anglosajones. Lo demuestran las tasas de vacunación y la desaparición de enfermedades, por mucho que haya modas que pongan en peligro esta tendencia. Esto también se refleja en Internet. Un estudio realizado por el Instituto de Ingeniería del Conocimiento (IIC) de la Universidad Autónoma de Madrid analizó los comentarios que se hacían en diversas redes sociales sobre las inmunizaciones. Las conclusiones tras monitorizar 5.237 mensajes fueron claras: “Los resultados revelan que lo que existe en las redes sociales es más bien un movimiento provacunas que trata de convencer a los antivacunas. Se basa en la difusión masiva de estudios y resultados científicos que descartan la relación entre las vacunas y las enfermedades y que promocionan su carácter positivo y necesario para la salud”. El estudio está hecho sobre contenidos en español con Lynguo, una herramienta inteligente de monitorización de medios sociales desarrollada por el IIC que escucha la conversación de las redes sociales (Twitter, Facebook, Instagram, blogs, foros, etcétera) y proporciona una valoración sobre las opiniones y emociones de los usuarios sobre un tema, marca o producto.

Y aquí entran en juego los antivacunas. Mientras organizaciones internacionales recaudan miles de millones de euros cada año para llevar las vacunas allí donde no pueden permitírselas, en los lugares donde sobra el dinero para ellas hay un movimiento que las rechaza. Como apunta J. M. Mulet en su libro ‘Medicina sin engaños’ (Destino, 2015), “en algunos barrios de California la tasa de vacunación está al nivel de Sudán del Sur”. Los antivacunas inundan Internet con falacias y mitos que exageran sus efectos secundarios, falsean los datos para minimizar la efectividad de la inmunización, meten el miedo en nombre de “lo natural” frente a “lo químico”, esbozan teorías conspirativas de las farmacéuticas y los Gobiernos y aprovechan los errores y las negligencias que han existido en la historia de los tratamientos como ejemplos para apoyarlas. Todos estos argumentos están detalladamente refutados por González en su libro.

Ante este panorama, quienes beben únicamente de las fuentes equivocadas tienen un total convencimiento de que las vacunas son negativas y que ponen en peligro a sus hijos. A otros simplemente les llega el runrún de que algo malo esconden las inyecciones y deciden evitar ese supuesto mal trago al niño aprovechando la inmunidad colectiva, ya que si la grandísima mayoría de la población está vacunada, los virus o las bacterias que causan las enfermedades no tienen dónde propagarse. Esta postura resulta especialmente irritante para algunos médicos, como la doctora Jennifer Raff, que escribió en el Huffington Post: “Este es uno de los argumentos más deleznables que he oído nunca. Para empezar, las vacunas no siempre son cien por cien efectivas, por lo que es posible que un niño vacunado se contagie si está expuesto a la enfermedad. Peor aún, hay algunas personas que no pueden vacunarse porque son inmunodeficientes, o porque son alérgicas a algún componente. Esa gente depende de la inmunidad colectiva para su protección. Quienes deciden no vacunar a sus hijos frente a enfermedades infecciosas no solo están arriesgando la salud de sus hijos, sino también la de otros niños”.

 

No vacunar a un menor no solo le puede perjudicar a él, sino a quienes le rodean, ya que se debilita la inmunización de grupo

La siguiente pregunta probablemente sería: ¿qué ganan los antivacunas propagando esta desinformación? Algunos, dinero. Independientemente de que crean más o menos sinceramente lo que dicen, existe un negocio en torno al miedo antivacunas, aunque para otros sean creencias sin ánimo de lucro. La figura mundial más destacada del movimiento es el médico británico Andrew Wakelfield, que en 1998 publicó en la prestigiosa revista The Lancet un estudio que aseguraba que la triple vírica contra el sarampión, las paperas y la rubeola causaba autismo. Como detalla el periodista Luis Alfonso Gámez en su blog Magonia, “el objetivo último de Wakefield era desacreditar la triple vírica para hacerse millonario con vacunas alternativas”. El estudio se demostró fraudulento, Wakefield fue expulsado del Colegio de Médicos del Reino Unido y la revista retiró el artículo. Pero esto no impidió que el supuesto informe impulsase el movimiento antivacunación en todo el mundo y que todavía hoy se oiga a quien relaciona los trastornos autistas con las vacunas, a pesar de que cada vez más concluyentes investigaciones rechazan esta asociación.

En España, antes de publicarse este pseudoestudio de Wakefield ya existía la LIGA para la libertad de la vacunación, un movimiento naturalista que más que la libertad promulga la antiinmunización. Lo encabeza el médico Xavier Uriarte, que en 2003 publicó ‘Los peligros de las vacunas’ (Ática Salud). Él, junto a su colega Juan Manuel Marín Olmos, autor de ‘Vacunaciones sistemáticas en cuestión’ (Editorial Icaria, 2004), son seguramente dos de las cabezas visibles más significadas del movimiento antivacunas en el país, aunque a ellos mismos no les gusta este calificativo. Ambos rechazaron explicar a este periódico sus teorías sobre las vacunas y se remitieron a sus libros. Para hacerse una idea de su contenido, este es uno de los párrafos del de Uriarte: “Ante cualquiera de las enfermedades, tanto eruptivas […] como no eruptivas —difteria, tos ferina, polio, gripe y hepatitis— la actitud más adecuada es dejar transcurrir el proceso natural de la enfermedad”. En el caso de la difteria, por ejemplo, la mortalidad era antiguamente de entre el 30% y el 50%. Con fármacos adecuados se reduce al 5% y es por eso que en el brote de Olot, lo primero que se hizo fue solicitar con urgencia un tratamiento con la antitoxina para la difteria, que llegó en avión desde Rusia tras varios días de alerta. Nada más lejos de los consejos de Uriarte.

Quien sí dio explicaciones sobre su posición fue Miguel Jara, periodista y socio de un bufete de abogados especializados en pleitear por daños atribuidos a medicamentos que más recientemente ha lanzado su libro ‘Vacunas las justas’ (Península, 2015): “Yo no soy antivacunas, soy crítico y me parece digna de escuchar cualquier opinión razonada. No soy médico y los cito a ellos en mi libro: parece ser que las más antiguas y consolidadas son las más necesarias y hay otras que se han introducido más recientemente que lo son menos y pueden presentar más problemas. Pero no estoy ni en contra ni a favor de las inmunizaciones, abogo por que la gente elija”. Lo cierto es que la gente ya puede elegir. El problema es que si hay muchos que se decantan por no vacunar, la inmunización de grupo desciende y pueden surgir epidemias. Por eso, hay Gobiernos como el australiano, que están optando por quitar beneficios sociales a aquellas familias que opten por la no vacunación. En algunos Estados de EE UU no se permite escolarizar a los niños si no están inmunizados para evitar brotes infecciosos en los centros educativos, algo que ha sucedido con el sarampión, por ejemplo, en centros alternativos que promulgan una visión supuestamente natural de la medicina.

 

Mozart y Beethoven contra la polio, concierto en Madrid para adquirir 200.000 vacunas contra la enfermedad en la batalla final

El doctor Carlos González es muy crítico con las posiciones tibias con respecto a las vacunas, ya que según explica, las que se aplican tienen una seguridad y efectividad contrastada. “El consenso es el calendario de vacunaciones del Ministerio de Sanidad. En todos los países son muy similares, aunque no exactamente iguales. Puede variar según la incidencia de unas y otras enfermedades. En otras ocasiones existen pequeñas discrepancias: si hace falta ponérsela a toda la población o no, depende de los riesgos de vacuna, lo que cuesta y lo que hace. Esa valoración puede ser distinta en cada país”. El debate sobre si vacunar o no es claramente un problema del primer mundo. En los países en desarrollo no se pueden permitir ese lujo; la duda no es si aplicar o no las inmunizaciones, sino cómo hacerlo al mayor número de personas posibles para evitar muertes. Muchos cooperantes incluso han dado su vida en el intento, ya que el fundamentalismo islamista en Nigeria y Pakistán ha promovido una cruzada terrorista contra los sanitarios que tratan de erradicar la polio en estos países, lo que supondría otro hito en la historia de la humanidad: suprimir otra enfermedad de la faz de la tierra. Gracias, otra vez, a las vacunas.

Los conflictos son el principal obstáculo que impide que la poliomielitis sea erradicada, pues dificultan el acceso de los trabajadores humanitarios a determinadas áreas en las que impera la violencia, para vacunar a los niños. La Organización Mundial de la Salud es optimista, sin embargo, y vaticina que en 2019 el mundo estará libre de la enfermedad, lo que significa que ya este 2015 no debería registrarse ningún nuevo caso —aunque hay constancia de, al menos nueve, uno de ellos en Pakistán— y transcurran los tres años sucesivos sin que rebrote. Lo explica Cristina del Pueyo, miembro del equipo de la OMS de la Iniciativa Global contra la Polio, que participó en la presentación de una iniciativa artística de la organización Rotary para recaudar fondos e impulsar la recta final de la batalla contra el virus. Así es como Mozart y Beethoven se unirán a la lucha para acabar con la polio en el mundo. Lo hicieron con su música en el Auditorio Nacional de Madrid, donde la Partiture Philharmonic Orchestra, dirigida por Juan Paulo Gómez, interpretó a los clásicos para un público cuya aportación —30 euros de la entrada— fue íntegramente destinada a comprar vacunas. Tanto es así que Juan Hernández, presidente del club de Rotary Madrid Serrano y uno de los impulsores de esta actividad, detalló que se aseguraron de que las piezas estén libres de derechos y que ningún céntimo iba a ser retraído del fin solidario en concepto de canon. Y nadie de los que participan, “ni los músicos”, cobró un euro. En los carteles aparece la foto de una niña nigeriana muestra su dedo pintado como prueba de que ha sido vacunada contra la polio.

“Lo que se recaudó en el concierto sirvió para inmunizar a 200.000 niños”, afirma Jesús María Martelo, asesor de Rotary España. “Tus 30 euros equivalen a más de 100 vacunas”, afirma la publicidad del evento. Con 30 céntimos, según sus cálculos, se cubre la dosis, su transporte y la infraestructura para suministrarla a un pequeño. Según datos de la OMS, la vacuna oral —en gotas— cuesta 0,16 dólares (unos 14 céntimos de euro), mientras que la inyectable con el virus inactivo tiene un precio variable, siendo de 0,75 euros la dosis para países subvencionados por la Alianza Global para la Vacunación y la Inmunización (GAVI, por sus siglas en inglés) y 1,50 para los de renta media. Cada entrada de las 2.000, cada nota, hasta el mismísimo Mozart y Beethoven, se pusieron al servicio de la campaña PolioPlus de Rotary que, 30 años después de que arrancara, está a punto de dar la puntilla a esta enfermedad ya erradicada al 99%. “Pero ese 1% que queda es el más difícil”, señala del Pueyo. En 1988, se registraron 350.000 casos anuales; hoy fueron 359… “Y es una cifra que nos parece alta porque el año pasado se dieron nuevos brotes epidémicos porque no podemos vacunar en zonas con inestabilidad política, como Siria”, advierte la experta. “Cuatro voluntarios rotarios fueron asesinados en Pakistán… Pero no por eso vamos a dejar de estar donde sea necesario. Por eso, uno de nuestros pilares es fomentar la paz y tenemos especialistas en resolución de conflictos», apostilla Hernández.

Los brotes en Camerún, Siria o el cuerno de África ya están controlados, según la OMS; solo en tres países la enfermedad es considerada endémica porque en ellos nunca se ha cortado la cadena de trasmisión: Pakistán, considerado el motor y exportador de la polio con 306 casos anuales; Afganistán, en su zona fronteriza con el anterior, con 28; y Nigeria, con 6. La polio podría ser la segunda enfermedad en ser erradicada después de la viruela”, asegura Martelo. Este empresario alavés, uno de los más de 4.500 voluntarios de Rotary en España, confía en que este objetivo se puede conseguir y subraya que la organización a la que representa no solo se dedica a la captación de fondos, como pretenden con el concierto, también tienen programas de sensibilización a la población, incidencia política y, sobre todo, movilización de voluntarios para proyectos de inmunización. “Gracias a la iniciativa End Polio Now (Acabar con la polio ahora), 10 millones de niños caminan”, asevera Martelo. En efecto, las campañas de vacunación, de esta y otras organizaciones en el marco de la cooperación internacional, han conseguido que este virus que afecta principalmente a los menores de cinco años, deje de propagarse y causar discapacidad, grave en un 0,5% de los casos. Una de cada 200 infecciones produce una parálisis irreversible (generalmente de las piernas), y un 5% a 10% de los afectados fallecen por colapso de los músculos respiratorios. Con las cifras epidemiológicas actuales, este desenlace es muy raro. Pero organismos como la OMS y Unicef, y la propia Rotary, alertan que no se pueden relajar los esfuerzos. “No todas las enfermedades se pueden erradicar, pero esta sí. Solo hace falta más apoyo y voluntad”, arenga del Pueyo. “Ningún país está a salvo hasta que todos estén libres”, zanja Martelo.

 

Es asombroso que ahora haya tantas personas, una corriente de irresponsables que rayan en la criminalidad, que rechacen la vacunación

Nostalgias del primitivismo. Es asombroso que ahora haya tantas personas dedicadas a poner en cuestión las vacunas y resueltas a no administrárselas a sus criaturas. El escritor español Julián Marías recordaba a Paloma Varea Ortega, “que siendo ella muy joven y yo adolescente me dio clases en el colegio, me envía unas cuantas postales escritas por mi madre a la suya a lo largo de varios veranos”. La más antigua (destinada a su abuelo Don José, de hecho) es de 1955, la más reciente de 1960. Son postales de pequeño tamaño y en blanco y negro, casi siempre con motivo de felicitarle mi madre el santo a la suya, así que cuentan poco. En 1956, sin embargo, le dice Lolita a Soledad: “Pensamos con pena en tu día de la Virgen y en el otro que pasaste aquí sin la niña ya, pero con tu padre. Deseo que Palomita tenga alegría y que eso te ayude a ti. Nos dan mucha tristeza los rincones sorianos llenos de recuerdos”. Las dos mujeres habían perdido, respectivamente, un hijo y una hija pequeños. Un año más tarde le dice: “Te deseamos mañana un día con felicidad, junto a las penas”. Los textos son tan breves que lo más destacable sea quizá la mención, un par de veces, de un collar que al parecer mi padre le había traído a Soledad de Nueva York. En un post scriptum él le anuncia: “Tu collar va de camino; como verás, te da tres vueltas. Pendientes que igualaran no encontré”. Y más adelante Lolita y Julián insisten en que se trata de un mínimo, modestísimo regalo; supongo que Soledad se ofrecía a pagarlo, o que acaso era un encargo suyo. En esos años mis padres no tenían una perra, así que me imagino que en efecto era modesto.

En una cartita, fechada el 3 de agosto de 1958, mi madre explica: “No me cogieron aquí los fríos: la temperatura y una leve varicela de Álvaro” (mi hermano pequeño) “me retuvieron en Madrid hasta el día 13. Pronto me metí en la varicela doble —fuerte y muy fuerte— de Fernando y Xavier” (mi hermano inmediatamente mayor y yo mismo, que me llamé con X largos años). “Ya están completamente bien y Julián de vuelta”. Y aquí, claro, me ha acudido el recuerdo. Me he visto guardando cama durante un montón de días, o a mí se me hicieron eternos, en la habitación que compartíamos en los veranos de Soria. En efecto, Fernando y yo la padecimos al mismo tiempo, él con menos de nueve años y yo con menos de siete (más aguda, me entero ahora). El picor era insoportable, pero estábamos bien advertidos de que no podíamos rascarnos, ni siquiera tocarnos, las feas vesículas repartidas por el cuerpo. Algo debí de tocármelas, porque, aunque feas, sé que eran lisas y suaves al tacto. Supongo que por entonces no había aún vacuna. Sí la habría para la mucho más peligrosa viruela, pariente suya, porque no sentíamos su amenaza. No mucho antes no la habría para la poliomielitis, porque durante el curso 1954-55, que pasamos en New Haven (mi padre iba de un lado a otro para ganar lo que el régimen de Franco le había prohibido ganar en España), mi madre no quiso que fuéramos allí al colegio, por temor al contagio. Es asombroso que ahora haya tantas personas —una corriente de irresponsables que rayan en la criminalidad— dedicadas a poner en cuestión las vacunas, y resueltas, en muchos casos, a no administrárselas a sus criaturas.

 

Nuestra sociedad tan sanitaria no puede permitir las campañas que rechazan las vacunas afirmando que propagan y resucitan enfermedades

Sin el menor fundamento, hay individuos “influyentes” — actores y gente por el estilo, sin ninguna autoridad en la materia— que han lanzado una campaña aseverando no sólo la inutilidad de las vacunas, sino denunciando sus perjuicios… para la salud, santo cielo. Y como toda necedad y toda superstición tienen hoy eco y prosperan, hay una legión de tontos “naturales” que les hacen caso. El resultado de esta moda no puede ser más desastroso, porque esos padres no sólo desprotegen a sus hijos contra buena cantidad de enfermedades para las que hoy hay prevención y remedio, sino que ponen en peligro a los demás críos (a los demás no vacunados, pero el mundo es ancho). Y aún es más: están reapareciendo dolencias que se daban ya por casi extinguidas. Hace nada ha habido en Europa un brote de sarampión incomparable con el de anteriores años. Los niños de mi época contábamos, si la memoria no me falla, con que debíamos “pasar” casi por fuerza (y cuanto antes mejor) tres o cuatro enfermedades no graves: el sarampión, la rubeola, las paperas y la comentada varicela. Pero ya éramos inmunes a la mayoría de las más graves. Las muertes por viruela (que no era de las obligadamente funestas) se cuentan por millares a lo largo de la historia, no digamos las causadas por las más malignas.

Mi abuela, de la que hablé aquí hace poco, dio a luz a once vástagos, de los que dos murieron pequeños y otros dos muy jóvenes (bien es verdad que a uno de éstos le pegaron un tiro en la sien, por nada, los chequistas madrileños del asesino Agapito García Atadell, a los dieciocho años). Durante siglos y siglos las proles eran diezmadas, la mortandad era espantosa entre niños y jóvenes. Hoy está espectacularmente reducida, pero como cada vez hay más sujetos deseosos de regresar al medievo en todos los aspectos, y proliferan las imbecilizadas nostalgias del primitivismo más aciago, se ataca uno de los mejores inventos de la humanidad y se prescinde de sus beneficios. Quienes rechazan las vacunas propagan y resucitan las enfermedades, lo cual no debería estarles permitido en nuestra sociedad tan sanitaria.

 

Roald Dahl fue un novelista, cuentista, poeta y guionista galés de origen noruego, es autor de ‘Charlie y la fábrica de chocolate’

Roald Dahl (Llandaff, 13 de septiembre de 1916-Oxford, 23 de noviembre de 1990) fue un novelista, cuentista, poeta y guionista galés de origen noruego. Sus libros han vendido más de 250 millones de copias en el mundo.​ Entre sus obras más populares están ‘Charlie y la fábrica de chocolate’, ‘James y el melocotón gigante’, ‘Matilda’, ‘El gran gigante bonachón’, ‘Agu Trot’, ‘Las brujas’ y ‘Relatos de lo inesperado’. Roald Dahl tenía padres noruegos, Harald Dahl y Sofie Magdalene Hesselberg. Le pusieron el nombre de Roald en honor al explorador Roald Amundsen, un héroe nacional de Noruega. Cuando Roald tenía tres años, su hermana Astrid murió de apendicitis y unas semanas después falleció su padre, Harald, víctima de una neumonía, a los cincuenta y siete años. A pesar de su viudez, su madre prefirió mantener a la familia en Gales en lugar de retornar a Noruega a vivir con sus parientes, para cumplir el deseo de su marido de que sus hijos fueran educados en escuelas británicas.

Roald asistió a la escuela de la catedral en Llandaff. A los ocho años, Roald y cuatro de sus amigos fueron azotados por el director después de poner un ratón muerto en un tarro de dulces (concretamente, de inflamofletes) en una tienda del barrio, castigo que su madre consideró desmedido, retirándolo de la escuela. Cuando tenía nueve años, fue enviado a St. Peter’s School, un colegio privado en la ciudad costera de Weston-super-Mare, a la que asistió desde 1923 hasta 1929. Desde los trece años, fue educado en Repton School, en Derbyshire, donde fue ayudante del prefecto, se convirtió en capitán del equipo escolar de fives y desarrolló su interés por la fotografía. Durante sus años en Repton, Cadbury, una fábrica de chocolates enviaba ocasionalmente cajas de sus nuevos productos a la escuela para que fueran probados por los alumnos. Dahl solía soñar con inventar una nueva barra de chocolate que sería el asombro del mismo señor Cadbury, lo que le sirvió como inspiración para escribir su segundo libro para niños, ‘Charlie y la fábrica de chocolate’.

Impulsado por Cecil Scott Forester, Dahl escribió su primer trabajo publicado, ‘Pan comido’, que fue comprado por el Saturday Evening Post. Su primer libro para niños fue ‘Los gremlins’, que trataba de unas pequeñas criaturas malvadas que formaban parte del folclore de la Royal Air Force. Publicado en 1943, el libro había sido encargado por Walt Disney para un largometraje animado que nunca lo llegó a realizar. Dahl continuó creando algunas de las historias para niños más conocidas del siglo XX, tales como ‘Charlie y la fábrica de chocolate’, ‘Matilda’, ‘James y el melocotón gigante’, ‘Los Cretinos’ o ‘Boy’ (Relatos de Infancia) donde cuenta su infancia. Paralelamente, tuvo una exitosa carrera como escritor de macabros cuentos para adultos, usualmente apelando al humor negro y a los finales sorpresivos. Muchos de ellos fueron originalmente escritos para revistas estadounidenses tales como Ladies Home Journal, Harper’s, Playboy y The New Yorker y luego recogidos en antologías, ganando la aclamación mundial para el autor. Dahl escribió más de sesenta cuentos y han aparecido en numerosas colecciones, algunas sólo publicadas en forma de libro después de su muerte. Uno de sus cuentos para adultos más famosos, ‘Hombre del Sur’ (The smoker o Man from the South), fue filmado como un episodio de Alfred Hitchcock Presenta y fue adaptada en el segmento de Quentin Tarantino de la película de 1995 ‘Four Rooms’. Su colección de cuentos ‘Relatos de lo inesperado’ fue adaptada para una exitosa serie de televisión del mismo nombre. Algunos de sus cuentos son supuestamente extractos del diario de su (ficticio) tío Oswald, un caballero rico cuyas hazañas son el tema de estas historias. Por un breve período en los años 1960, Dahl escribió guiones para obtener dinero. Dos de ellos, la película de James Bond, ‘Sólo se vive dos veces’ (You only live twice) y ‘Chitty Chitty Bang Bang’, fueron adaptaciones de novelas de Ian Fleming. Además, adaptó su propio trabajo para realizar ‘Willy Wonka y la fábrica de chocolate’, de 1971. Muchos de sus libros infantiles tienen ilustraciones de Quentin Blake.

 

El sarampión se ha convertido en una cosa terrible llamada encefalitis por sarampión y no hay nada que los doctores puedan hacer por ella

La carta en la que Roald Dahl explicó por qué hay que vacunar a los niños de sarampión, recordando a su hija fallecida por este virus se convirtió en un fenómeno viral… “Olivia, mi hija mayor, cogió el sarampión cuando tenía siete años. Mientras la enfermedad seguía su curso natural, recuerdo que le leía cuentos en la cama sin sentirme especialmente alarmado por su estado. Entonces, una mañana, cuando ya estaba en el camino de la recuperación, yo estaba sentado en su cama enseñándole cómo crear animalitos a partir de tubos de colores, y cuando le tocó a ella hacer uno me di cuenta de que sus dedos y su mente no trabajaban a la vez y no podía hacer nada. ‘¿Te encuentras bien?’, le pregunté. ‘Tengo sueño’, dijo. En una hora estaba inconsciente. En 12 horas estaba muerta…”.

“El sarampión se ha convertido en una cosa terrible llamada encefalitis por sarampión y no hay nada que los doctores puedan hacer por ella. Esto ocurrió hace 24 años, en 1962, pero aún ahora si un niño con sarampión por alguna casualidad desarrollara la misma reacción mortal al sarampión que Olivia, no habría nada que los médicos pudieran hacer. Por otra parte, hay algo que hoy los padres pueden hacer para asegurarse que este tipo de tragedia no le pase a uno de sus hijos. Pueden insistir en que su hijo se vacune contra el sarampión. Yo no pude hacer esto por Olivia en 1962 porque en aquellos días no había sido descubierta una vacuna fiable contra el sarampión. Hoy existe una vacuna segura y accesible para todas las familias y lo único que tienes que hacer es preguntar a tu médico cómo administrarla. Aún no está muy aceptado que el sarampión sea una enfermedad peligrosa. Creedme, lo es. En mi opinión los padres que se niegan a vacunar a sus hijos están poniendo las vidas de sus hijos en peligro. En América, donde la vacunación es obligatoria, el sarampión como la varicela han sido erradicados.

Aquí en Gran Bretaña, como hay tantos padres que se niegan por obstinación o ignorancia o miedo a que sus hijos se vacunen, todavía tenemos 100.000 casos de sarampión al año. De esos, más de 10.000 sufrirán efectos colaterales de algún tipo. Al menos, 10.000 desarrollarán infecciones de oído o de pecho. Cada año unos 20 niños morirán en Gran Bretaña a causa del sarampión. Entonces, ¿cuáles son los riesgos a los que sus hijos se enfrentarán si se vacunan? No hay casi ninguno. Escucha esto. En un distrito de unas 300.000 personas, ¡un niño desarrollará serios efectos colaterales por la vacuna cada 250 años! Una oportunidad entre un millón. Creo que habría más posibilidades de que tu hijo se muriera por asfixia al comerse una chocolatina que se pusiera enfermo de verdad por la vacuna del sarampión.

 

“Dediqué dos de mis libros a Olivia, ‘James y el melocotón gigante’, cuando aún estaba viva, y ‘El gran gigante bonachón’, a su memoria”

Entonces, ¿de qué te preocupas? Es casi un crimen no vacunar a tus hijos. El mejor momento para la vacuna es a los 13 meses, pero nunca es tarde. Todos los niños en edad escolar que todavía no han sido vacunados deberían rogar a sus padres que les compraran una cuanto antes. Casualmente le dediqué dos de mis libros a Olivia, el primero fue ‘James y el melocotón gigante’. Ese fue cuando aún estaba viva. El segundo fue ‘El gran gigante bonachón’, dedicado a su memoria después de que muriera de sarampión. Verás su nombre al comienzo de cada uno de estos libros. Y sé lo feliz que sería si solo pudiera saber que su muerte ha servido para ahorrar una gran cantidad de enfermedades y muertes de otros niños”.

Esta es la carta que Roald Dahl escribió en 1988 para concienciar a los padres de que vacunaran a sus hijos contra el sarampión y que puede ser leída en su página web. Su hija había muerto en 1962 a causa de una encefalitis provocada por el virus. El autor de ‘Charly y la fábrica de chocolate’ escondió el texto y su dolor en el cajón de un mueble en su cabaña en Great Missenden, Gran Bretaña. Esta cruda y directa misiva apareció poco después de su muerte. Pero ahora se ha vuelto a recordar hasta convertirse en un fenómeno viral en las redes sociales. Buzzfeed, la publicación estadounidense especializada en contenidos que se comparte en Internet, recordó la carta.El diario The Telegraph ha añadido que fue encontrada en un cajón tiempo después de la muerte del escritor. La viralidad que ha conseguido la misiva tanto tiempo después, se debe a que coincide con el brote de sarampión que el pasado diciembre comenzó en el parque de atracciones de Disneyland. El contagio afecta ya a siete estados, en especial al de California, con 67 casos registrados hasta el momento.

¿Por qué este brote ha revolucionado el país?Al mismo tiempo que el sarampión se expande  afectando especialmente a niños, resurge el movimiento antivacunación en Estados Unidos. En 1998, la revista The Lancet publicó un estudio del médico británico Andrew Wakefield en el que se vinculaba a la vacuna triple vírica -para la inmunización contra el sarampión, la parotiditis y la rubeola- con el autismo. Más de una década después, en 2010, la publicación decidió retirar de su archivo el artículo ante la presión del sector sanitario y tras descubrir que las conclusiones eran falsas. Para entonces, el daño ya estaba hecho. A los padres estadounidenses que aún creen en esta vinculación entre autismo y sarampión, se une la comunidad Amish, otros colectivos con convicciones religiosas férreas, sobre todo en los estados del sur, y una comunidad residente en la zona de Los Ángeles y San Francisco: familias ricas y bien educadas que optan por un estilo de vida natural y se oponen a que a sus hijos “les inyecten toxinas”, según se explica en un reportaje de The New York Times.

Aunque el sarampión se erradicó en el año 2000 en este país, solo entre 2013 y 2018 se registraron más de 600 casos, según el Centro para el control y la prevención de enfermedades de EE UU (CDC por sus siglas en inglés). La mayoría de los brotes producidos están causados por turistas. Es decir, los focos se suelen encontrar en extranjeros que visitan el país como en el caso del visitante de Disneyland. Brendan Nyham, analista político y colaborador de The New York Times, ofrece respuestas a esta repentina alarma social ante una cifra importante, pero no epidémica: “El debate política y social generado [en referencia a los movimientos antivacuna] terminan polarizando la cuestión en términos políticos y no consiguiendo un verdadero conseso sobre la necesidad o no de vacunarse”. En esta ocasión el debate se ha trasladado de manera natural de la prensa tradicional a las redes sociales. Desde que el pasado diciembre se informara del primer caso, se han compartido casi 300.000 mensajes en Twitter, según datos de Topsy, la herramienta de medición de esta red social. La revista semanal The New Yorker le ha puesto un poco de humor a la epidemia ante la alarma que estaban alcanzando los portavoces antivacunas. “Si conectas los puntos del sarampión dice: Mis padres son idiotas…”, ha escrito Emily Flake en su viñeta, otra de las imágenes más compartidas sobre el tema.

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