La derrota de Estados Unidos en Afganistán, evoca la salida de Vietnam y la fallida invasión de Bahía de Cochinos en Cuba

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

“Los estadounidenses no deben morir en una guerra que los afganos no están dispuestos a luchar por sí mismos”. El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, aprobó su decisión de retirar las tropas Afganistán pese a que el país cayó rápidamente bajo el control del Talibán. El mandatario demócrata admitió que los eventos que permitieron a los talibanes a dominar el país ocurrieron “más rápido de lo anticipado” y culpó a los líderes políticos del colapso. “Me  mantengo completamente firme con mi decisión”, aseguró. El domingo, los talibanes declararon la victoria después de que el presidente afgano Ashraf Ghani huyera del país y su gobierno colapsara. El regreso de los militantes radicales al gobierno llega tras casi 20 años de presencia de una coalición liderada por Whashington que derrotó precisamente entonces al Talibán. El actual mandatario de la Casa Blanca enfrenta una intensa reacción política por su decisión de abril de ordenar que todas las tropas estadounidenses salgan de Afganistán antes del 11 de septiembre, fecha del vigésimo aniversario de los ataques que desencadenaron la invasión estadounidense.

La guerra de dos décadas no estuvo nunca destinada a “construir una nación” o “crear una democracia central unificada”, sino que estaba diseñada para prevenir un ataque terrorista en suelo estadounidense. “No pasaré esta responsabilidad a un quinto presidente. Estoy profundamente entristecido por los hechos que enfrentamos ahora, pero no lamento mi decisión de poner fin a la guerra… He heredado un acuerdo negociado con los talibanes bajo el menda del republicano Donald Trump”. Norteamérica continuará apoyando al pueblo de Afganistán, enfocando sus esfuerzos diplomáticos en evitar inestabilidad y violencia y en la protección de los derechos humanos. Escenas de caos y ansiedad se vivieron en el aeropuerto de Kabul ante la llegada de los talibanes a la capital. “He sido claro: los derechos humanos deben ser el centro de nuestra política exterior, pero la forma de hacerlo no es a través de despliegues militares interminables”, enfatizó. Según explicó Jose Biden, dentro del plan de acción inmediato, 6.000 soldados estadounidenses serán desplegados para facilitar la salida del personal civil estadounidense y los aliados de Afganistán. Estados Unidos también identificará y evacuará a los aliados afganos y a las personas vulnerables a un lugar seguro fuera del país. Y agregó que tropas de su país estaban intentando tomar control del aeropuerto. Joe Biden advirtió que si las tropas estadounidenses son atacadas por los talibanes, se defenderán “con una fuerza devastadora”.

Cuatro presidentes comparten la responsabilidad de los errores cometidos por Estados Unidos en Afganistán a lo largo de dos décadas. Pero sólo Joe Biden será el rostro del caótico y violento fin de la guerra. El mandatario luchó contra esa realidad en estas últimas horas, repartiendo la culpa por la veloz y absoluta recaptura de Afganistán por parte del Talibán. Destacó el acuerdo previo negociado por el entonces presidente Donald Trump, expresó su frustración con el mandatario afgano Ashraf Ghani y lamentó el desempeño de las fuerzas afganas de seguridad nacional. Los republicanos arremetieron de forma abrumadora contra Joe Biden, quien encontró a pocos demócratas dispuestos a defenderlo abiertamente. El colapso del gobierno afgano es la mayor crisis de política exterior en el incipiente mandato de Joe Biden, situación que hizo recordar contratiempos de presidentes anteriores como la salida de Vietnam y la fallida invasión de Bahía de Cochinos en Cuba. Las repercusiones del éxito del Talibán son sorprendentes, ya que pone en peligro a mujeres y niñas afganas, genera nuevos riesgos para la seguridad y amenaza con socavar la percepción mundial acerca de la confiabilidad de Estados Unidos.

Ante consecuencias tan fuertes, Joe Biden no reconoció fallas por el caótico retiro y en su lugar defendió firmemente su decisión de salir de un país que Estados Unidos había intentado proteger desde que derrocó al régimen talibán tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, cuando aún salía humo de entre los escombros del World Trade Center. Donald Trump tilda la retirada de Afganistán de vergonzosa y pide la dimisión de su sucesor. Joe Biden defiende “por completo” su decisión sobre Afganistán. “Les diré lo que creo firmemente: No está bien ordenarles a las tropas estadounidenses que den la cara cuando las propias fuerzas armadas de Afganistán no lo hacen”, recalcó Biden. “¿Cuántas generaciones de hijas e hijos de Estados Unidos quieren que envíe a combatir en la guerra civil de Afganistán? No repetiré los errores que cometimos en el pasado”. Cuando Biden asumió la responsabilidad, fue más por ponerle fin a la guerra que por la manera en que sucedió. “Sé que mi decisión será criticada. Pero prefiero ser criticado por eso que pasarle esta situación a un quinto presidente”, declaró Biden. “Soy el presidente de Estados Unidos, la responsabilidad final es mía”.

Su tono firme no fue muy distinto al de hace cinco semanas, cuando pronosticó con exceso de optimismo lo que sucedería conforme se aproximaba el plazo del 31 de agosto para el retiro de las tropas. Declaró que no se repetiría la humillante evacuación de tropas estadounidenses de Vietnam hace casi medio siglo y “ninguna circunstancia en la que ustedes vean a personas rescatadas del techo de una embajada de Estados Unidos en Afganistán”. Pero el lunes llegaron imágenes devastadoras desde Kabul que fácilmente podrían rivalizar con cualquier cosa atestiguada en Saigón. Miles de ciudadanos afganos, muchos de los cuales trabajaron como traductores y en otros puestos de apoyo a las tropas estadounidenses, abarrotaron el aeropuerto de Kabul, desesperados por escapar del Talibán. En imágenes desgarradoras, se ve a algunos de ellos que intentan abordar un avión militar estadounidense que está por despegar, corriendo a un lado de la aeronave en su recorrido por la pista. Algunos lograron aferrarse al avión antes de que despegara, y el video muestra a varios de ellos cayendo por el aire una vez que la aeronave ganó altura sobre la ciudad.

El Talibán parece encaminarse a tener control total de Afganistán para el 11 de septiembre, aniversario del World Trade Center y el Pentágono

La evacuación fue criticada dentro y fuera de Estados Unidos. La canciller alemana Angela Merkel dijo que los acontecimientos más recientes fueron “amargos, dramáticos y horrendos”. Y funcionarios de seguridad advirtieron que Afganistán pronto proporcionaría un refugio seguro a grupos terroristas. El Talibán parece encaminarse a tener control total de Afganistán para el 11 de septiembre, de la misma forma en que lo tenía hace dos décadas, cuando desde el territorio del país se planearon los ataques terroristas de Al Qaeda que derribaron el World Trade Center y dañaron el Pentágono. Las repercusiones de los atentados de 2001 modificaron por completo la relación de Estados Unidos con Medio Oriente, y más de 3.000 soldados estadounidenses y de la OTAN murieron en los subsecuentes combates en Afganistán durante la misión para dar con Osama Bin Laden y posteriormente. Bajo el mando del presidente George W. Bush, las tropas estadounidenses invadieron Afganistán poco después de los ataques terroristas en busca de Bin Laden y para intentar ponerle fin a la capacidad de Al Qaeda para llevar acabo nuevos atentados contra Occidente. El éxito fue inmediato: El Talibán fue aplastado y el grupo terrorista quedó disuelto.

Pero después llegó la desgastante segunda fase de la guerra y el despliegue de tropas adicionales ordenada por el presidente Barack Obama en 2009. Si bien Obama posteriormente dio la orden de reducir la cantidad de elementos, el volumen de ataques insurgentes y el número de víctimas civiles impidió un retiro total. Donald Trump sopesó la posibilidad de reunirse con altos mandos del Talibán en Camp David durante un aniversario previo del 11 de septiembre, pero dejó de lado esa idea debido a las fuertes críticas. Sin embargo, anunció que Estados Unidos retiraría a todas sus tropas para mayo de 2021, un acuerdo que Biden honró con apenas una ligera demora. Todos estos gobiernos realizaron labores, a un elevado costo, para capacitar y armar a las fuerzas de seguridad afganas en anticipación al retiro de Estados Unidos. Pero esa inversión de sangre, tiempo y recursos estadounidenses demostró ser inútil luego de que el Talibán conquistó buena parte de Afganistán sin enfrentar resistencia y el presidente afgano huyó de la nación en cuanto las fuerzas invasoras llegaron a Kabul.

“El resultado final es que va a haber muchas personas muy decepcionadas”, caos en Kabul hace que “Saigón parezca Disney World”

Para los altos mandos del gobierno de Biden, el vertiginoso colapso de Afganistán sólo confirma la decisión de salir del país. Si el desplome de las fuerzas afganas ocurrió a tal velocidad luego de casi dos décadas de presencia estadounidense, otros seis meses o un año o dos no habrían cambiado nada. Su decisión de retirar las tropas este verano, aunque controversial dentro de la comunidad de seguridad nacional, había sido elogiada por algunos demócratas y republicanos de ser oportuna y apropiada. Sin embargo, el lunes los republicanos estaban ansiosos de arremeter contra la decisión de Biden y culparlo por el caos, aunque muchos de ellos habían respaldado un retiro cuando Trump lo propuso hace un año. Sin embargo, el líder republicano en el Senado, Mitch McConnell, había defendido constantemente la idea de mantener a las tropas en Afganistán, y dijo que en las sesiones militares de información a las que asistió se dejó entrever que el Talibán sería capaz de recuperar rápidamente el poder. “Pienso que el presidente estaba convencido al respecto, obviamente”, declaró McConnell. “Se impuso a sus propios líderes militares para hacerlo y él es el responsable”.

Biden ha argumentado durante más de una década que Afganistán era una especie de purgatorio para Estados Unidos. Le parecía corrupto, adicto a la generosidad de Washington y un aliado poco confiable al que debería hacerse que se defendiera por sí mismo. Su objetivo era proteger a los estadounidenses de ataques terroristas, no construir un país, y sus asesores habían resaltado los sondeos -realizados antes del caos de la semana pasada-  que muestran que la mayoría de los estadounidenses estaban a favor de que las tropas volvieran. Pero esa apuesta política podría resultar arriesgada conforme las imágenes de miedo y violencia en Afganistán son difundidas por todo el mundo, especialmente si el caos en Kabul hace que “Saigón parezca Disney World”, advirtió el representante republicano Adam Kinzinger, un veterano de las fuerzas armadas que estuvo emplazado en Afganistán. “El resultado final es que va a haber muchas personas muy decepcionadas con Estados Unidos”, dijo Kinzinger en una entrevista. “Inevitablemente, estaremos nuevamente en conflicto en otra parte. ¿Cómo vamos a convencer a esos locales de que les vamos a cumplir cuando abandonamos a los de Afganistán?”.

Regresar al poder y revertir los avances hacia la democracia y en los derechos de la mujer que se han obtenido en casi un cuarto de siglo

Hace tiempo que Biden ha sido escéptico sobre la presencia de Estados Unidos en Afganistán. Como vicepresidente de Barack Obama, Biden fue una voz solitaria en el gobierno que aconsejó al 44to presidente a inclinarse por un menor papel en la lucha contra el terrorismo en el país, mientras que los asesores militares instaban a un aumento de tropas para contrarrestar los avances talibanes. Biden también ha dejado en claro que quiere recalibrar la política exterior de Estados Unidos para hacer frente a retos geopolíticos más grandes, como los desafíos que plantean China y Rusia. El retiro de todas las tropas estadounidenses conlleva riesgos evidentes. Podría impulsar al Talibán en sus intentos por regresar al poder y revertir los avances hacia la democracia y en los derechos de la mujer que se han obtenido en las últimas dos décadas. También deja a Biden expuesto a las críticas, de muchos republicanos y algunos demócratas, a pesar de que el expresidente Trump también propugnaba por un retiro total. “Este gobierno ha decidido dejar de lado las labores de Estados Unidos en Afganistán, que han ayudado a mantener en jaque al terrorismo islámico”, dijo el líder republicano en el Senado, Mitch McConnell. “Y extrañamente, han decidido hacerlo para el 11 de septiembre”. A pesar de que la decisión de Biden mantiene a las tropas estadounidenses en Afganistán cuatro meses más de lo planeado originalmente, pone punto final a dos décadas de conflicto en el que murieron más de 2.200 soldados de Estados Unidos, dejó heridos a otros 20.000 y tuvo un costo cercano al billón de dólares. Biden se comunicó con el presidente afgano Ashraf Ghani antes de su discurso del miércoles. La Casa Blanca informó en un comunicado que Biden le dijo a Ghani que Estados Unidos seguiría apoyando al pueblo de Afganistán mediante el desarrollo y la asistencia humanitaria y de seguridad. Afganistán es un país montañoso sin salida al mar ubicado en Asia, concretamente en la región de Oriente Medio. Limita con Pakistán al sur y al este, con Irán al oeste, con Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán al norte, y con China al noreste a través del corredor de Waján. Kabul es la capital y ciudad más grande, con una población estimada de 4.6 millones compuesta mayormente por pastunes, tayikos, hazaras y uzbekos. Afganistán está de facto gobernada por el Emirato Islámico de Afganistán, controlado por los talibanes, tras el colapso de las instituciones de la internacionalmente reconocida República Islámica de Afganistán ocurrido el 15 de agosto de 2021. Afganistán declaró su independencia a principios del siglo XVIII y mantuvo un régimen monárquico hasta 1973, fecha en la que se estableció la República de Afganistán, hasta que en 1978, la Revolución de Saur de inspiración comunista estableció la República Democrática de Afganistán. La intervención de la Unión Soviética en apoyo del gobierno comunista, dio inicio a la guerra de Afganistán (1978-1992), contra la guerrilla islámica, que recibió el apoyo de Estados Unidos, Arabia Saudita, Pakistán y otras naciones occidentales y musulmanas. En 1989 los soviéticos se retiraron, pero la guerra civil prosiguió hasta que en 1996, los talibanes establecieron el Emirato Islámico de Afganistán basado en su interpretación de la Sharia. En 2001, en reacción a los atentados del 11 de septiembre de 2001, una coalición internacional de la OTAN liderada por Estados Unidos entró en el país para derrocar a los talibanes y colocó en el poder al gobierno que constituye la República Islámica de Afganistán, dando inicio a una nueva guerra de Afganistán.

Iósif Stalin no encuentra su pipa de fumar, acusa a unos trabajadores, más tarde la encuentra, era tarde, todos confesaron haberla robado

Urales visita el Kremlin. Iósif Stalin los recibe en su despacho, y les anima a superar los objetivos del plan quinquenal. Los obreros se retiran contentos de haber hablado con el líder de la Unión Soviética. Una vez se han ido, Stalin tiene ganas de fumar un poco, pero no encuentra su pipa. Inmediatamente coge el teléfono y llama a Lavrentiy Beria, el jefe del NKVD, la policía secreta. “Camarada Laverntiy, la delegación de obreros de la fábrica de tractores de los Urales han estado en mi despacho y se han llevado mi pipa”. Me ocupo de esto inmediatamente, camarada secretario general. Stalin cuelga el teléfono, y se dedica a revisar documentos y leer informes. Decide enviar algo de vuelta a un ministerio, así que abre un cajón para buscar una sólida grapadora soviética. Para su sorpresa, su pipa está ahí, en el cajón. Nadie la había tocado. Llama de nuevo a Beria: “Camarada Laverntiy, no te preocupes por la delegación obreros de la fábrica de tractores de los Urales. Ya he encontrado mi pipa”. Qué lástima -contesta Beria- Tras interrogarles un rato, todos ellos confesaron haber robado la pipa y ser enemigos de la revolución hace apenas diez minutos. Este viejo chiste de humor soviético (probablemente) no parte de una anécdota real, pero su mensaje implícito es más que conocido: en un régimen totalitario el Estado a menudo ejerce sus poderes represivos de forma indiscriminada. Entre 1937 y 1938 el NKVD detuvo a 1 548 366 personas, ejecutando a 681 692 de ellas. Muchos expertos han indicado que probablemente estos datos son incompletos, al no incluir a todos los ‘afortunados’ que fueron deportados a Siberia y cambios posteriores en los archivos del KGB.

Es fácil caer en la tentación de pensar que esta clase de violencia política a gran escala es fruto de la irracionalidad de los dirigentes que la llevan a cabo. Los dictadores, corrompidos por el poder absoluto, se lanzan a ejecutar traidores reales o imaginarios simplemente porque creen que pueden hacerlo. Ciertamente, ha habido dictadores muy chiflados con ideologías alegremente homicidas y otros que eran simplemente unos sádicos. Stalin probablemente combinaba ambas cosas. Eso no quiere decir, sin embargo, que las matanzas, detenciones, deportaciones, torturas y demás barbaridades se hagan de forma completamente aleatoria. La represión, si se hace ‘bien’, tiene una sólida lógica interna. Empecemos por una idea sencilla: un dictador tiene como principal objetivo mantenerse en el cargo. Esta es la principal prioridad de cualquier líder de un régimen autoritario y sus dirigentes. Sean unos simples cleptócratas intentando robar todo lo posible de las arcas públicas o fanáticos neostalinistas llevando el comunismo a las masas, cualquier tiranuelo de medio pelo quiere seguir mandando. No necesariamente porque teman ser ejecutados si su Gobierno cae (aunque en el club internacional de dictadores estoy seguro que todos se acuerdan de Mussolini o Gadafi), sino porque sencillamente mandando se vive muy bien. El segundo elemento a considerar es que no importa lo salvaje que sea un dictador, este se mantiene en el cargo en gran medida gracias a la resignación de la mayoría de sus ciudadanos/súbditos. Un régimen autoritario puede reprimir manifestaciones, a disidentes y demás sin demasiado problema por un tiempo indefinido, siempre que estas manifestaciones y muestras de rebeldía se mantengan a niveles manejables para las fuerzas de seguridad. El Estado, al fin y al cabo, tiene tanques, soldados con armas automáticas, hordas de policías y artillería pesada; siempre que las masas de ciudadanos enfurecidos sean relativamente pequeñas y a los soldados no les tiemble el pulso podrán mantener el control.

Las dictaduras de la Primavera Árabe incontestadas durante décadas, a pesar del atraso económico y la corrupción generalizada

La idea, entonces, es simple: mantener el control a base de evitar que una protesta crezca. La cuestión es, claro está, que el coste de ser un Estado realmente totalitario que es capaz de vigilar a todos sus ciudadanos las veinticuatro horas del día es prohibitivo hasta el punto de ser inviable. Por añadidura, es muy difícil para un dictador saber quiénes son sus amigos y quiénes potenciales conspiradores. En una dictadura todo el mundo tiene un incentivo extraordinariamente fuerte para ocultar sus preferencias reales, mostrando mucho más entusiasmo por la revolución o los valores tradicionales del que realmente merecen. Dado que todo el mundo sabe que protestar abiertamente es mala idea, los ciudadanos casi siempre fingirán estar contentos. Los ciudadanos de a pie saben que cuando cada mañana juran fidelidad al líder en la fábrica ellos no son los únicos que están mintiendo como bellacos. También saben que si protestan en solitario su esperanza de vida es patéticamente corta: si dan un paso al frente y nadie les sigue, el aparato represivo del Estado les dará una paliza personalizada inmediatamente. El descontento puede que sea más o menos generalizado, pero nadie tiene demasiados incentivos en dar el primer paso contra el régimen, so pena de quedarse solo.

¿Cuándo vemos manifestaciones contra dictaduras, entonces? Cuando hablamos de regímenes autoritarios uno de los elementos más sorprendentes es cómo largos periodos de estabilidad y conformismo ciudadano pueden verse súbitamente alterados por grandes explosiones sociales. Las dictaduras de la Primavera Árabe habían permanecido incontestadas durante décadas, a pesar del atraso económico y la corrupción generalizada. En cuestión de semanas, sin embargo, decenas de miles de manifestantes salían a la calle y derribaban a esos gobiernos. ¿Por qué? Cuando los ciudadanos de una dictadura ocultan preferencias, no todos son igual de tímidos. Algunos ciudadanos, ya sea porque son más valientes, ya sea porque tienen creencias políticas más fuertes, ya sea porque son bastante tontos, no necesitan el apoyo de nadie o casi nadie para lanzarse a protestar. A poco que algo les ponga de mal humor alzarán la voz. La mayoría de estos valientes acaba mal (pobrecillos), pero hay veces que se las arreglan para no estar solos.

Una policía decidió confiscarle el carro de venta el 17 de diciembre del 2010. Mohamed Bouazizi se roció de gasolina y se prendió fuego

Supongamos que son estudiantes universitarios, y llevan tiempo discutiendo esto con sus amigos. Cuando hablan de política, todo el mundo en su entorno parece estar en contra del Gobierno, así que su percepción del apoyo real del régimen (o del grado de resignación de la población) es mucho más generoso con los potenciales rebeldes. Quizá los descontentos son todos miembros de la misma congregación religiosa y están convencidos de que todos los creyentes están igual de ofendidos por el secularismo del régimen. O quizás todos los miembros del grupo están en el mismo clan en World of Warcraft, y ahí les han llegado nociones de democracia participativa de otros países. En todos estos casos el potencial insurrecto cree que está menos solo de lo que realmente está, por un lado, y que tiene un grupo de gente detrás que le seguirá, en teoría, cuando salga a la calle con una pancarta. Es en estos casos cuando las cosas se complican. Un ciudadano de bien que vive tranquilo ocultando sus preferencias mirará para otro lado cuando la policía pegue una paliza a un clérigo desarrapado que habla sobre derribar al Gobierno de infieles. Si en vez de a un clérigo el ciudadano ve a doscientos tipos protestando quizá se lo tome más en serio. Si este ciudadano, además, es bastante religioso y realmente está hasta las narices de que las mujeres salgan a la calle sin cubrirse de pies a cabeza, quizás estará tentado de unirse a la protesta – el riesgo que le toque precisamente a él acabar en la cárcel, a fin de cuentas, es mucho menor en una multitud -. Este nuevo manifestante puede ser un caso aislado, o puede no serlo; dependiendo del grado de descontento y la respuesta estatal, una manifestación puede atraer más gente o no. La cuestión, sin embargo, es que cualquier protesta, por pequeña que sea, puede generar un efecto de bola de nieve, a poco que gente cabreada pero que hasta entonces había ocultado sus ideas decida ‘salir del armario’ y unirse a la protesta.

El principio de una revolución, entonces, puede ser algo casi completamente aleatorio. En Túnez el detonante de la Primavera Árabe fue Mohamed Bouazizi, un vendedor ambulante en una pequeña ciudad en el interior del país. Una policía decidió confiscarle el carro de venta el 17 de diciembre del 2010, tras insultarle y abofetearle. Humillado, Bouazizi fue a la comisaría, se roció de gasolina y se prendió fuego. Este gesto de desesperación ante la arbitrariedad policial fue el detonante de protestas pidiendo justicia para la familia de Bouazizi. Las autoridades respondieron con violencia, generando una oleada de indignación en la ciudad: todo el mundo conocía el caso, todo el mundo hablaba de ello, y todo el mundo sabía que era hora de salir a la calle. Otros suicidios en otros lugares de Túnez tuvieron un fuerte eco; la muerte de un manifestante una semana después solo agravó la indignación. Menos de un mes después, medio Túnez estaba protestando en la calle, y la policía y las fuerzas de seguridad decidieron que habían tenido bastante de disparar sobre civiles. El ejército forzó la salida del presidente Ben Ali.

Nicolae Ceaucescu mató a miles de manifestantes de Timisoara, la población comenzó a gritar contra el presidente de Rumanía

Años antes, en Rumania, la lógica de la ocultación de preferencias fue aún más evidente. Nicolae Ceaușescu, presidente del país y líder de la peor dictadura comunista de Europa del este, acababa de responder a protestas y disturbios en Timisoara matando a varios miles de manifestantes. Las protestas allí habían empezado por los intentos del Gobierno de desahuciar a un pastor húngaro, para degenerar en una protesta antigubernamental. Reprimidas las manifestaciones, Ceaușescu decidió dar un discurso televisado el 21 de diciembre en Bucarest en la plaza de la Revolución, ante una multitud de partidarios enfervorecidos. La idea, en principio, era dar una imagen de fuerza y apoyo popular al régimen, con decenas de miles de buenos comunistas loando las glorias del dictador. Fue un horrible fallo de cálculo. A los pocos minutos de empezar el discurso, un grupo de gente dentro de la multitud empezó a abuchear y silbar al dictador. Con la plaza llena, la policía no pudo o supo llegar hasta los agitadores; según Ceaușescu seguía hablando, más y más gente se sumó a los abucheos. Una parte del público empezó a cantar ‘Timisoara, Timisoara’. El dictador intentó hacer callar a la multitud, alzando su mano derecha y anunciando un aumento del salario mínimo. La reacción de la multitud fue un grito unánime de rechazo, ante la mirada entre el terror y la incomprensión del tirano, televisada a toda Rumania.

La emisión fue cortada inmediatamente después, pero era ya demasiado tarde. La rebelión estalló en Bucarest y se extendió por todo el país al día siguiente. El ejército entendió rápidamente que no podría reprimir las protestas sin fusilar a medio país, y abandonó al dictador. Tras una huida en helicóptero, Nicolae Ceaușescu fue detenido y ejecutado junto con su mujer el día de Navidad. Obviamente, un dictador mínimamente decente es consciente de que esto sucede. Saben que aunque todo el mundo parece quererles mucho y les aplaude todos los discursos, la mayoría están mintiendo como bellacos. Saben también que, aunque la mayoría de ciudadanos sospecha que todo el mundo está ocultando lo mucho que detesta al régimen, tampoco están dispuestos a jugarse el cuello protestando. Cuando reprimen, por lo tanto, lo hacen respondiendo a esta ocultación de preferencias.

Los líderes del nuevo régimen saben que un porcentaje no trivial de los miembros del partido les odian secretamente, quieren ocupar su cargo

El primer paso, especialmente en dictaduras salidas de revoluciones, es purgar el partido. Las guerras internas entre camaradas revolucionarios una vez conquistado el poder son algo que vemos en casi todas partes, pero la batalla a menudo va bastante más allá de simples envidias. Los líderes del nuevo régimen saben que un porcentaje no trivial de los miembros del partido les odian secretamente, sea porque quieren ocupar su cargo, sea porque ellos están en la revolución porque toca, y los ideales del movimiento son algo secundario. Una depuración indiscriminada de potenciales traidores tiene la virtud de sacarse de encima posibles competidores, y además da una señal muy clara y decidida a la población de que el dictador no está para bromas: no importa tu historial revolucionario, el régimen te fusilará igual a poco que te quejes. Incluso en regímenes no salidos de revoluciones, la lógica de reprimir indiscriminadamente al llegar al poder es parecida. Los dictadores quieren dar una señal muy clara sobre los límites tolerables de disidencia, y quieren hacerlo antes de que nadie tenga la oportunidad de organizarse. El grado de salvajismo dependerá mucho del apoyo percibido del régimen, tanto de la población en general como de grupos de interés clave, y de la percepción de amenaza que los líderes sientan. El objetivo es, en todo caso, aumentar el coste subjetivo de revelar preferencias para la población, así como el riesgo derivado de organizarse. Los primeros años de cualquier dictadura siempre acostumbran a ser los más duros.

Una vez consolidado el régimen y establecidas las reglas del juego, los dictadores acostumbran a ofrecer algunas recompensas para complementar tanta represión. Ningún tirano puede sobrevivir sin tener a las fuerzas de seguridad de su lado, así que el primer paso suele ser regar de dinero a los militares. Esto puede hacerse directamente, comprándoles tanques y juguetes nuevos, o indirectamente, dándoles poder político o económico. No es extraño en muchos regímenes dictatoriales que las fuerzas armadas controlen una parte significativa del PIB con empresas públicas o negocios variados (Pakistán y Egipto son casos muy claros); si los generales ganan dinero, siempre van a tener menos ganas de deponer al presidente. Más allá de los militares, la mayoría de regímenes autoritarios también se toman bastantes molestias en conseguir la lealtad de las élites económicas. En los casos en que la revolución no incluía fusilar en masa a capitalistas, esto normalmente se consigue mediante la creación de oligopolios: grandes grupos empresariales, a menudo exportadores de materias primas, que son protegidos y subvencionados por el Estado a cambio de apoyar el régimen. La Rusia de Putin es un ejemplo reciente de este modelo, pero es algo que también vimos en la España franquista no hace demasiados años. Sus sucesores del partido de extrema derecha de VOX, en España, socios de los movimientos anticastristas en Miami y Florida reproducen movimientos de  la etapa del caudillo Francisco Franco. Muchas dictaduras crean instituciones ‘representativas’ para atraer el apoyo de élites económicas y darles voz. Este es el motivo por el cual muchos regímenes autoritarios se ‘disfrazan’ de pseudodemocracias, creando parlamentos e instituciones representativas de pega.

En las dictaduras con acceso a recursos naturales, como es Arabia Saudí, el intercambio habitual es no pagar impuestos a cambio de estabilidad

Las dictaduras comunistas, por supuesto, no favorecen a la vieja oligarquía empresarial —lo que hacen es crear una nueva burocracia de partido que acaba por acumular rentas casi con el mismo entusiasmo—. El partido se convierte en la nueva élite, y es quien recibe prebendas del régimen. El intercambio tácito de los dictadores con la población es conocido: paz social a cambio de bienes públicos. En las dictaduras con acceso a recursos naturales, el intercambio habitual es no pagar impuestos y servicios públicos subvencionados a cambio de estabilidad; Arabia Saudí es el ejemplo clásico. El principal problema a resolver en estos casos es qué porcentaje de la riqueza puede ser distribuida; si las élites económicas o el ejército creen que el tirano les está dando poco dinero el golpe de Estado no acostumbra a tardar. En Estados con estructuras administrativas débiles, donde el Gobierno tiene problemas acumulando y distribuyendo rentas, incluso la buena voluntad del dictador puede no bastar: si el Gobierno de Nigeria no es ni siquiera capaz de gastar dinero de forma eficiente, veremos rebeliones e intentonas golpistas de todos modos. En aquellos países sin diamantes, petróleo o gas natural, el tirano debe generar los bienes públicos mediante crecimiento económico. Esto, no hace falta decirlo, es bastante más complicado, y requiere gobernantes más o menos competentes que pueden generar suficiente prosperidad como para que la población esté dispuesta a resignarse sin fusilar demasiados disidentes. China lleva casi tres décadas con esta estrategia; el riesgo, en este caso, es que el régimen tenga la tentación de anteponer crecimiento a corto plazo para sobrevivir a crecimiento a largo. La posible burbuja de crédito en China es un ejemplo de que no es tarea fácil.

Los regalos y prebendas, no hace falta decirlo, no suelen ser suficientes para mantener la paz social. Los dictadores deben repartir galletas de vez en cuando. La estrategia en tiempos de paz acostumbra a tener dos componentes principales: asegurarse de que nadie crea que hablar de política en público es una buena idea y romper cualquier estructura asociativa que pueda generar protestas colectivas. Esto implica represaliar con cierta energía pero sin pasarse a los disidentes, estableciendo unas reglas más o menos claras sobre los límites aceptables de protesta. Quejarse sobre condiciones laborales o corrupción, por ejemplo, acostumbra a ser tolerado; cuestionar la legitimidad del régimen no. Si se hace bien, el recuerdo de anteriores represiones bastará para generar suficiente apatía. En dictaduras especialmente longevas, las autoridades acometerán oleadas represivas cada cierto tiempo un poco más indiscriminadas para recordar a todo el mundo que en este país aún se fusila, pero nunca con la ferocidad de épocas pasadas.

Cuando la CIA se dedica a crear redes sociales para países con regímenes autoritarios no lo hace por capricho, tras la experiencia en Egipto

Para evitar que la gente hable y se organice demasiado, la inmensa mayoría de dictaduras son totalmente hostiles a los derechos civiles o a cualquier cosa que implique hablar en público. La libertad de asociación siempre está extraordinariamente restringida, y la religiosa muy limitada. La clave es limitar la capacidad de acción colectiva de la población, evitando las revoluciones ‘bola de nieve’ ya comentadas. Esta restricción, por cierto, ahora también acostumbra a incluir las redes sociales: Twitter, Facebook y demás son plataformas excelentes para hablar con gente que piensa como tú y empezar a tener ideas raras sobre democracia. Cuando la CIA se dedica a crear redes sociales para países con regímenes autoritarios no lo hace por capricho. Tras la experiencia egipcia, todo dictador de medio pelo va a torpedear internet ante el mínimo signo de disidencia o protestas. La combinación de estos tres elementos para mantenerse en el poder (patronazgo, represión, coartar libertades civiles) explican también cómo acaba un régimen autoritario. Los tiranos que se han mantenido en el cargo mediante la represión tienden a acabar mal; su caída es a menudo violenta, brutal y desagradable. A menudo el régimen cae porque los militares se cansan de fusilar a gente; incluso el más salvaje de los generales no puede pedir a sus reclutas que disparen sobre civiles eternamente.

Los dictadores que mantuvieron el orden mediante compra de lealtades y represión de derechos civiles, pero sin violencia en masa (esto es, la España de Franco una vez pasados los primeros años de la dictadura), a menudo tienen la opción de una salida pactada del poder. Los acuerdos con la oposición son viables si las élites creen que el coste de mantenerse en el poder excede el de tener que renunciar a parte de sus rentas en una democracia. Esto es especialmente importante en países pequeños con economías relativamente dependientes del exterior: el mayor acceso a mercados derivado de ser un régimen político presentable acostumbra a compensar la pérdida de rentas, así que abandonar el autoritarismo acaba por ser una buena idea. La idea básica, en todo caso, es bastante simple: los dictadores son políticos a menudo racionales, y acostumbran a actuar en consecuencia. Quizás son malvados, quizás son cleptócratas, pero cuando actúan lo hacen por buenos motivos (para ellos). La violencia política a gran escala es algo terrible, pero no es necesariamente irracional.

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