La plaza de San Pedro en Roma, proyectada por Gian Lorenzo Bernini entre 1656 y 1667, se tiñe por el cardenal pederasta George Pell

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

“Cuando aquella mañana el Papa se asomó al balcón y vió la Piazza San Pietro pintada de rosa, comprendió que había otro problema…”. Este mensaje acompañaba la viñeta diaria que Andrés Rábago García (Madrid, 1947), publicaba esta semana en el periódico EL PAÍS. Conocido por los seudónimos de Ops y El Roto, es un dibujante satírico e historietista, humorista gráfico español. Compartía su dibujo con la noticia de que el cardenal australiano George Pell, quien fuera el número tres del Vaticano, ha sido condenado a seis años de prisión por cinco delitos de pederastia, uno por penetración oral, contra dos menores. El juez Peter Kidd del Tribunal del Estado de Victoria precisó que Pell deberá cumplir tres años y ocho meses de la condena antes de pedir la libertad condicional, lo cual podrá hacer a partir de octubre de 2022. Pell, consejero directo del papa Francisco, es el miembro de más alto rango de la Iglesia católica en ser sentenciado por abusos a menores. Los hechos que han sido juzgados ocurrieron en los años noventa en la Catedral de San Patricio, en Melbourne. “En mi opinión, su conducta estuvo impregnada de una arrogancia asombrosa”, dijo Kidd. El magistrado añadió que en el juicio “mantuvo su inocencia, que es su derecho”, pero al mismo tiempo nunca mostró “remordimiento o contrición”. El religioso se enfrentaba a una pena máxima de 50 de años de prisión, pero el juez argumentó que tuvo en cuanta tanto la edad del cardenal: 77 años, como los delitos “horribles” de los que se le acusaba.

 

Pell será registrado como un delincuente sexual de por vida. El cardenal, que ya fue declarado culpable en diciembre, ha mantenido que es inocente y ha presentado una apelación, que será estudiada en junio. El juez Kidd remarcó en la sentencia que el abuso contra los dos niños del coro, que se produjo cuando iba aún vestido con sus atuendos religiosos oficiales, supusieron “un ataque sexual descarado y forzado contra las víctimas”. “Los actos fueron sexualmente gráficos, ambas víctimas estaban visiblemente y audiblemente angustiadas durante la ofensa2, precisó el magistrado, al insistir en que Pell era consciente de sus actos e incluso no reaccionó cuando uno de los niños le pidió que los dejara ir. La sentencia se emite después de que un jurado hallara culpable a Pell en diciembre del año pasado de los cinco delitos que se le atribuían, aunque el veredicto no se conoció hasta el 26 de febrero tras el sobreseimiento de un segundo caso contra el jerarca de la Iglesia católica por supuestos abusos sexuales contra menores en la década de 1970 en su ciudad natal, Ballarat. El 27 de febrero el religioso fue detenido a la espera de conocer su sentencia, que se ha hecho pública este mes de marzo.

La cumbre pontificia sobre la pederastia hubiera adquirido mayor credibilidad si no fuera porque unas horas después de clausurarse esposaban simbólicamente al número tres del Vaticano. Era el rango que ocupaba el cardenal Pell como ministro de Economía. Y la prueba de una implosión que contradecía el esfuerzo cosmético con que Francisco anunciaba la catarsis, la persecución de los abusadores, la cooperación ineludible con la justicia. George Pell (Ballarat, Australia, 1941) trabajaba a su vera desde 2013. Y había sido acusado de abuso de menores en el año 2016, aunque el santo padre se decía convencido de su inocencia y de su bondad. Lo ha desmentido ahora un tribunal de Victoria (Australia). Pell se jactaba de perseguir a los divorciados y a los homosexuales. Consideraba a los unos y a los otros una plaga incorregible. El escarmiento nada tiene que ver con la orientación sexual, sino con la infracción de las reglas particulares -el voto de castidad- y con los límites del Código Penal. Los ha transgredido a expensas de dos coristas que tenían 12 y 13 años cuando su eminencia abusó de ellos en la década de los noventa. No había adquirido aún el rango de arzobispo de Sídney -lo desempeñaría entre los años 2001 y 2014-, pero sí había consolidado un carisma imponente y un discurso demoledor contra las libertades sexuales, los anticonceptivos, el laicismo y el comunismo.

George Pell: un pastor convertido en chacal’ es un titular de una columna del periodista Rubén Amón, quien compartía espacio con el perturbador humor Andrés Rábago García. Condenado por abuso y violación, el cardenal ha malogrado la lucha cosmética de la Iglesia contra la pederastia. Pell se inscribía en una suerte de corriente neocon eclesiástica. Un capitalismo revestido de doctrina moral que simpatizó -y viceversa- con la filosofía de Juan Pablo II. Le otorgó Karol Wojtyla el rango de cardenal en 2003, de forma que Pell estuvo en el colegio que eligió a Benedicto XVI y figuró en la lista B de los papables. Por la ortodoxia continuista. Por sus dotes de comunicador. Y por el exotismo de un pontífice anglosajón y australiano.Trascendieron entonces también sus diatribas contra los divorciados. Y contra su progenie, pues sostenía Pell que los hijos de padres separados estaban predispuestos a las drogas y al libertinaje. Producían estupor sus homilías en Melbourne. Allí fue arzobispo durante cinco años (1996-2001) y se enorgulleció de negarle la comunión a 75 parejas de homosexuales que aspiraban al sacramento. Las expulsó del templo como si fueran una epidemia.

Fue el periodo en que se produjeron los abusos a los menores de edad, aunque los delitos permanecieron sepultados un par de décadas, concretamente hasta que la apertura de una gran investigación de Estado en 2012 a iniciativa de la primera ministra Julia Gillard precipitó la caída del gran tabú y de la ‘omertà’ (silencio practicando por la Mafia en Sicilia y en Nueva York). Llegaron a acreditarse 4.444 casos de pederastia. Y vino a saberse que en algunas diócesis australianas el porcentaje de abusadores rondaba el 15%. Quedaba expuesto Pell al escrutinio. Los monaguillos se despojaron del miedo a la sotana. También había sido Pell sacerdote raso. Estuvo cerca de dedicarse al rugby. Estudió en Oxford. Y emprendió su trayectoria sacerdotal en Roma en 1966. Imposible imaginar entonces que George Pell regresaría a la Ciudad del Vaticano como preboste de la curia.

Formaba parte de los nueve cardenales más allegados a Francisco (un grupo conocido como C9). Y de los menos escrupulosos con el dinero y las costumbres. Jorge Bergoglio le encomendó encargarse de la limpieza de las nauseabundas cuentas, pero la eficacia y contundencia de sus acciones -se le llamaba clandestinamente “el cardenal Rambo”, por la corpulencia y por la rotundidad- no contradijo la extravagancia de su nivel de vida. Viajaba en primera su eminencia. Frecuentaba restaurantes carísimos. Ocupaba un lujoso apartamento de 4.600 euros en el perímetro sagrado de Roma. Se habría gastado unos 500.000 euros George Pell entre julio de 2014 y enero de 2015, tal como documentan las páginas del libro-escándalo ‘Avaricia’, aunque no ha sido el dinero la maldición del cardenal australiano, sino la delincuencia sexual, hasta el extremo de convertirse en el primer alto prelado de la Iglesia católica condenado por la justicia civil en un caso de pederastia. No cabe mayor contratiempo al congreso sobre la pederastia que emprendió Francisco. George Pell no era un mero sacerdote, sino una figura nuclear de la Iglesia católica en sus responsabilidades, atribuciones y poderes. Tantos poderes que el Vaticano ha tratado de protegerlo y encubrirlo hasta el último susurro.

 

En la iglesia australiana no están vacías las cuentas bancarias, sino las bancas de las iglesias

“Aunque desde hace décadas enfrenta una serie de escándalos de abuso sexual, la Iglesia católica de Australia proyecta fortaleza”, destacaba un reportaje publicado este 14 de marzo por el periódico The New York Times, escrito por Damien Cave y Livia Albeck-Ripka. “Por toda Australia, han permanecido abiertas más parroquias católicas que en otros países que han sufrido escándalos de abuso, y las escuelas católicas siguen llenas de niños -principalmente debido a la destreza legal y financiera del clérigo más prominente de Australia, el cardenal George Pell-. Sin embargo, en la iglesia australiana no están vacías las cuentas bancarias, sino las bancas de las iglesias. El caso ha despertado la desconfianza y la ira de los católicos en Australia, una situación que ha enfilado a la otrora sólida iglesia del país hacia un declive escarpado, tal vez histórico”.

“Ha sido desastroso”, comentó Peter Wilkinson, un sacerdote retirado e investigador católico de Melbourne, Australia, donde Pell era arzobispo. “Yo diría que hemos perdido unas dos, tal vez tres generaciones de jóvenes, y ahora creo que la situación ha empeorado. La generación más vieja está siguiendo a la joven”. Incluso al compararla con otros países que enfrentan escándalos de abuso de muchos años, en Australia es extraordinario el declive de la asistencia a la iglesia: en la década de los cincuenta, el 74 por ciento de los católicos de Australia iba a misa semanalmente. En 2011, tan solo el 12 por ciento de los 5,3 millones de católicos en el país fue a misa de vez en cuando (ni siquiera una vez a la semana), y se espera que esta cifra caiga de nuevo cuando se publiquen los datos de este año. El éxodo en Australia es una deserción mucho más dramática que la de Estados Unidos, donde el 39 por ciento de los católicos asegura asistir a la iglesia al menos una vez a la semana, según una encuesta de Gallup publicada el año pasado, o la de Irlanda, donde la asistencia semanal ha caído a un 44 por ciento.

Además, este fenómeno ocurre en un país donde las escuelas católicas siguen siendo una fuerza institucional. Educan aproximadamente a uno de cada cinco niños australianos y reciben casi un 80 por ciento de su financiamiento del gobierno -el legado de una crisis en los años sesenta, cuando el Partido Laborista accedió a rescatar a las escuelas católicas de la deuda y el deterioro-. El resultado es una dicotomía inusual. En términos económicos, la Iglesia católica de Australia es más fuerte que sus homólogas de muchos países. En términos espirituales, está en crisis. Además, Pell, de 77 años, una figura de autoridad que hasta hace poco era el tesorero del Vaticano, influyó en ambas tendencias de maneras que ahora son cuestionadas por muchos australianos. En octubre de 1996 -curiosamente, dos meses antes de los incidentes que llevaron a su actual condena-, como arzobispo de Melbourne, Pell montó el equivalente de un cortafuegos para las finanzas y la reputación de la iglesia. Lo llamó ‘La respuesta de Melbourne’.

En teoría, era un proceso alternativo de resolución para los sobrevivientes de abuso. Pell señaló que tenía como objetivo “facilitar que las víctimas obtuvieran justicia” fuera de las cortes. No obstante, limitó los pagos que en un inicio eran de 50.000 dólares australianos (35.000 dólares estadounidenses) y comúnmente obligaba a las víctimas a mantener sus traumas en la confidencialidad. Pell implementó una estrategia similar en Sídney, donde fungió como arzobispo de 2001 a 2014. Luchó con ahínco para desanimar a las víctimas de asistir a la corte, aunque a menudo se le podía escuchar condenando la homosexualidad y recaudando dinero para causas y políticos conservadores, como los ex primeros ministros Tony Abbott y John Howard. Ambos hombres expresaron su apoyo hacia Pell, después de que se anunció la condena. En particular, Pell sostuvo una defensa agresiva en contra de un exmonaguillo, John Ellis, quien denunció a un cura de Sídney, el reverendo Aidan Duggan, por abusar de él y haberlo violado cuando era niño. Duggan murió en 2004 antes de que salieran a la luz las acusaciones de Ellis y varios otros. Ellis argumentó que el principal proceso de resolución de la iglesia le había fallado pero que, cuando demandó e intentó llegar a un acuerdo, Pell se rehusó. En 2007, Ellis perdió; una corte de apelaciones determinó que la Iglesia católica de Australia no podía ser demandada porque no existía como una entidad legal formal.

 

Bajas expectativas de una larga sentencia. “Están acostumbrados a que el poder de la iglesia se anteponga sobre lo bueno, lo correcto y lo justo”

“Ya habían aceptado que un cura había abusado de Ellis durante un largo periodo”, mencionó Wilkinson, el presidente de Catholics for Renewal, un grupo de reforma laica. “Pell usó ese caso para asegurarse de que cualquiera que pensara en cuestionar un pago en las cortes civiles pasara por un infierno”. Su estrategia combativa -una “guerra encubierta en contra de las víctimas”, como lo describió Ellis en un editorial reciente- rindió frutos, al menos en términos económicos. La “defensa de Ellis” fue invocada en repetidas ocasiones para disuadir demandas civiles; documentos internos de la iglesia de 2015 demostraron que ‘La respuesta de Melbourne’ le ahorró a la iglesia hasta 62 millones de dólares australianos (44 millones de dólares estadounidenses). Una comisión ha revelado patrones terroríficos de abuso: de enero de 1980 a febrero de 2015, 4.444 personas denunciaron incidentes de abuso sexual infantil a 93 autoridades de la Iglesia católica. No obstante, y en buena medida gracias a Pell, la iglesia de Australia ha experimentado un porcentaje mucho menor de cierres de iglesias y escuelas que Estados Unidos, a pesar de una caída en la asistencia a misa.

Durante una misa matutina reciente en la iglesia de San Patricio, ubicada en los suburbios del este de Sídney, hubo apenas una docena de feligreses y la mayoría eran mujeres de la tercera edad. En Melbourne, en la catedral donde ocurrió el abuso de Pell, es común ver llena solo una fracción del santuario, un fenómeno que se observa en iglesias de toda Australia. Esta situación se presenta a pesar de la afluencia de inmigrantes católicos de países no angloparlantes, quienes ahora representan el 19 por ciento de la población católica del país. En correos electrónicos enviados a padres de familia durante las últimas semanas, muchos líderes de escuelas católicas de toda Australia se han desvivido para expresar su apoyo a las víctimas y respeto al veredicto del jurado. “Para mucha gente, George Pell es la Iglesia católica de Australia”, afirmó Andrew Collins, víctima de abuso sexual infantil en Ballart, cuya familia fue cercana a Pell durante años. Entre las víctimas, había bajas expectativas de una larga sentencia. “Están acostumbrados a la iglesia y a que el poder de la iglesia se anteponga sobre lo bueno, lo correcto y lo justo”, sentenció Collins.

 

El Papa pronuncia un tibio discurso de clausura de la cumbre contra los abusos donde evita concretar medidas y decepciona a las víctimas

El papa Francisco clausuró el pasado domingo 24 de febrero la histórica cumbre sobre abusos a menores en el Vaticano. Hace semanas advirtió de que las expectativas estaban hinchadas. Y, en parte, lo ha confirmado. El discurso del Papa, tras una misa en la imponente Sala Regia del palacio pontificio, era el colofón a cuatro días de tormenta de ideas entre 190 líderes religiosos para cerrar la herida de los abusos sexuales a menores por la que se desangra la Iglesia. Los más optimistas esperaban anuncios. “Medidas concretas y eficaces”, como él mismo señaló que hacía falta tomar al inicio de la cita. También la asunción de algunas de las propuestas más rotundas que reclaman las víctimas desde hace años. Pero no llegó nada de eso. El Papa dedicó la primera parte de su alocución a situar el problema de los abusos también fuera del ámbito la Iglesia y a repartir las culpas citando estadísticas de todo pelaje. Era difícil que anunciase grandes medidas pocas horas después de terminar los debates. Pero se echó de menos la concreción que él mismo había exigido y una mayor centralidad de las víctimas, profundamente decepcionadas tras escucharle.

Habrá cambios. La cumbre, celebrada con una transparencia inusual en el Vaticano, y las valiosas intervenciones de pesos pesados de la jerarquía eclesiástica, como el cardenal y arzobispo de Múnich, Reinhard Marx -admitió la destrucción de archivos y exigió el fin del secreto pontificio-; el arzobispo de Malta, Charles Scicluna; o la periodista mexicana Valentina Alazraki, que puso firmes a los obispos, muestran el camino. Pero el Papa dio la sensación de aceptar la dificultad de imponer las reformas a los obispos ahí reunidos, atribuyó el problema al diablo y situó la plaga en otros ámbitos fuera de la Iglesia. “La primera verdad que emerge de los datos disponibles es que quien comete los abusos son, sobre todo, los padres, los parientes, los maridos de las mujeres niñas, los entrenadores y los educadores. Además, según los datos de Unicef de 2017 referidos a 28 países, 9 de cada 10 muchachas que han tenido relaciones sexuales forzadas declaran haber sido víctimas de una persona conocida o cercana a la familia”. Lamentablemente no pudo proporcionar las de los abusos en la Iglesia, porque el Vaticano, pese a que las conoce perfectamente y están en posesión de la Congregación para la Doctrina de la Fe, no las ha hecho públicas.

Francisco no propuso cambios en la ordenación jurídica más allá de la ampliación de la edad legal mínima para el matrimonio de las mujeres. Tampoco hubo en sus palabras novedades respecto a las condenas ni promesas de futuro. De hecho, citó el discurso ante la curia del pasado diciembre para la parte más contundente: “La Iglesia no se cansará de hacer todo lo necesario para llevar ante la justicia a cualquiera que haya cometido tales crímenes. La Iglesia nunca intentará encubrir o subestimar ningún caso”. Pero no especificó si eso significa implantar la obligatoriedad de trasladar a la justicia ordinaria todos los casos, como piden las víctimas.

 

“La Iglesia tiene que estar por encima de todas las polémicas ideológicas y las políticas periodísticas que a menudo instrumentalizan”

El principal problema, señalan todos los expertos y víctimas, es la negligencia, intencionada o no, de los obispos. Y, sobre todo, la manera en que la Iglesia actúa para castigarles: la famosa rendición de cuentas. Por eso estaban convocados a Roma estos días. Pero ellos se sienten acosados por la prensa, como explicó Alazraki, y no se escuchó ninguna idea sobre cómo afrontar una cuestión que en la Congregación para la Doctrina de la Fe, órgano que investiga todos los casos, tienen situada con precisión. Se habló, eso sí, de castigar a los abusadores. El Papa y sus asesores consideran que la legislación canónica actual -especialmente con la carta apostólica ‘Come una madre amorevole’- ya es una herramienta suficiente para combatir los abusos y el encubrimiento de los obispos. Hace falta, sostienen, cambiar la mentalidad de los prelados. “Por eso ha crecido actualmente en la Iglesia la conciencia de que se debe no solo intentar limitar los gravísimos abusos con medidas disciplinares y procesos civiles y canónicos, sino también afrontar con decisión el fenómeno tanto dentro como fuera de la Iglesia”.

El Papa fijó, eso sí, los ocho ámbitos en los que se centrará la Iglesia, especialmente las conferencias episcopales, para combatir el problema. Lo más concreto fue la formación y análisis psicológico de los futuros seminaristas y el refuerzo de las líneas de prevención en las conferencias episcopales. “La aplicación de parámetros que tengan valor de normas y no solo de orientación. ¡Normas! Ningún abuso debe ser jamás encubierto ni infravalorado (como ha sido costumbre en el pasado), porque el encubrimiento de los abusos favorece que se extienda el mal y añade un nivel adicional de escándalo. De modo particular, desarrollar un nuevo y eficaz planteamiento para la prevención en todas las instituciones y ambientes de actividad eclesial”. Francisco recibe el acoso permanente de los ultras estadounidenses, también en el colegio cardenalicio, que le señalan por consentir la proliferación de casos de abusos por una supuesta cercanía con el sector homosexual del Vaticano. De ellos sí se acordó en su discurso. “El objetivo de la Iglesia será escuchar, tutelar, proteger y cuidar a los menores abusados, explotados y olvidados, allí donde se encuentren. La Iglesia, para lograr dicho objetivo, tiene que estar por encima de todas las polémicas ideológicas y las políticas periodísticas que a menudo instrumentalizan por intereses varios”.

Los ocho puntos del Papa para combatir los abusos son éstos… La protección de los menores. Cambiar la mentalidad para combatir la actitud defensiva-reaccionaria de salvaguardar la Iglesia. Seriedad impecable. La Iglesia no se cansará de hacer todo lo necesario para llevar ante la justicia a cualquiera que haya cometido tales crímenes y nunca intentará encubrir o subestimar ningún caso. Una verdadera purificación. Transformar los errores cometidos en oportunidades para erradicar este flagelo y jamás caer en la trampa de acusar a los otros. La formación. La exigencia de la selección y de la formación de los candidatos. Reforzar y verificar las directrices de las Conferencias Episcopales. Aplicación de parámetros que tengan valor de normas y no solo de orientación, y que ningún abuso debe ser jamás encubierto ni infravalorado. Acompañar a las personas abusadas. La Iglesia tiene el deber de ofrecerles todo el apoyo necesario, valiéndose de expertos en esta materia. El mundo digital. La protección de los menores debe tener en cuenta las nuevas formas de abuso sexual. Que en las normas jurídicas vaticanas aprobadas en 2010 -donde fueron añadidos como nuevos casos de delitos la adquisición, la retención o divulgación de material pornográfico- se eleve la de edad inferior a 14 años. El turismo sexual. Se necesita la acción represiva judicial, pero también el apoyo y proyectos de reinserción de las víctimas de dicho fenómeno criminal.

 

“Todo feminismo termina siendo un machismo con faldas”, le matizó Francisco a la primera mujer que habló ante el pleno de cardenales

Eufemismos aparte (Santa Sede, Su Santidad el Papa, Vicario de Cristo…), resulta ya obsceno sostener que el Pontífice romano y los obispos son una referencia moral para el mundo, si es que alguna vez lo fueron desde que Constantino los encumbró como religión del Imperio y una iglesia hasta entonces perseguida con saña se convirtió en la religión perseguidora. “De pronto, cuánta suciedad”, lamentó Benedicto XVI hace diez años. Para entonces, ya se sabía que él mismo había sido encubridor, enviando, incluso, una carta a los obispos que ordenaba que actuasen en secreto y remitiesen a la Congregación para la Doctrina de la Fe, que presidió cuando era el cardenal Ratzinger, todos los casos de pederastia. Por si había dudas, el mismísimo Francisco confirmó hace un mes, en el avión de regreso a Roma desde Panamá, el episodio de encubrimiento más notorio. “El papa Benedicto tuvo todos los papeles sobre una organización religiosa que tenía corrupción en su interior, económica, sexual. Pero había filtros por los cuales no podía llegar al meollo. Con ganas de ver, hizo una reunión. Después, fue allí a ver a Juan Pablo II con todos sus papeles. Cuando volvió, dijo a su secretario: Archiva la carpeta, ganó el otro partido”.

Francisco lo contó como “anécdota”. Resulta una categoría desastrosa. Los documentos se referían a los Legionarios de Cristo y a su fundador, Marcial Maciel. El prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada, el cardenal João Braz, reconoció en enero pasado que el Vaticano tenía los documentos desde 1943. “Quien lo tapó era una mafia, ellos no eran Iglesia”, sentenció. ¿Que no eran qué? ¿No era iglesia el cardenal Castrillón cuando, siendo nada menos que prefecto de la Sagrada Congregación del Clero, mandó en 2001 una carta a un obispo francés regocijándose porque no había denunciado ante las autoridades civiles a un cura que abusaba sexualmente de menores? “Lo has hecho bien y estoy encantado de tener un compañero en el episcopado que, a los ojos de la historia y de todos los obispos del mundo, habría preferido la cárcel antes que denunciar a su hijo sacerdote”, le decía. La misiva salió de Roma por indicación del ya santo Juan Pablo II y de Ratzinger, según el propio Castrillón. “No se castiga a un amigo del Papa”, justificaban. Efectivamente, Juan Pablo II consideraba “apóstol de la juventud” a Maciel, que, un lince también para los negocios (universidades, colegios, agencias…), solía colmar de dinero y regalos a la corte del Papa cuando el carismático fundador pasaba por Roma. Apenas muerto el papa polaco, Benedicto XVI desempolvó los documentos y mandó al crápula, que tenía también hijos con varias mujeres, de regreso a México con la orden de desaparecer.

 

“La información no está guiada por transmitir la verdad, sino que había también un goce de desairar y desacreditar”, denunciaba Benedicto XVI

Durante años, y aún hoy, la jerarquía católica ha creído que los medios de comunicación, cuando informan sobre pederastas eclesiásticos, lo hacen para hacer daño a la Iglesia romana. “Saltaba a la vista que la información no estaba guiada por la pura voluntad de transmitir la verdad, sino que había también un goce de desairar y desacreditar”, dice Benedicto XVI en el libro ‘Luz del mundo’ (Editorial Herder. 2010). Y peor. “Vedlos en guerra contra nosotros, una cosa del diablo”, ha dicho el miércoles pasado, con su habitual majeza peronista, el mismísimo Francisco. “No se puede vivir toda una vida acusando a la Iglesia. ¿El oficio del acusador de quién es? No les oigo. Del diablo. Los que pasan la vida acusando son no hijos, pero sí amigos, primos y parientes del diablo”. Fue un mal aperitivo de la cumbre, pero hubo más. No podía faltar un cierto desprecio a la mujer, acrecentado con esa obsesión episcopal, del Pontífice argentino en primer lugar, contra el feminismo, la ideología de género y contra cualquier manifestación que se salga de la meliflua referencia a la Virgen María. “Todo feminismo termina siendo un machismo con faldas”, le matizó Francisco a la primera mujer que habló ante el pleno de cardenales.

Se han escuchado críticas muy severas en la cumbre (“asesinos de la fe”, dijo una víctima a los reunidos). Se ha rezado mucho. Algunos ancianos cardenales han llorado. Pero las conclusiones son de Perogrullo: que las leyes y normas están claras y solo falta cumplirlas con el máximo rigor. Si eso es todo, no es suficiente. El descubrimiento de casos y las denuncias acaban de empezar y nadie podrá ya acallarlos. La buena voluntad se supone; por lo demás, a estas alturas del escándalo no les queda más remedio. Pero el problema es tan profundo (“el cráter de un volcán”, define Ratzinger) que exige reformas de fondo, quizás un sínodo o, incluso, un concilio universal. Es toda la Iglesia romana la que ha sido puesta en cuestión. Por ejemplo, no puede sostenerse el tipo de enseñanza que reciben los seminaristas (el cáncer alcanza sobre todo a los obispos, que antes fueron seminaristas). No es razonable sostener la infalibilidad del Papa (¿quién se atreve a contradecir a quien se siente Dios en la tierra?). No es saludable que los sacerdotes se crean vicarios de Cristo con todo el poder.

 

España inauguraba con humor los primeros semáforos en sus ciudades y pueblos: “Cuidado con los curas. No tienen la obligación de pararse”

Había un chiste en los años 50 del siglo pasado, cuando en España empezaban a instalarse semáforos en algunas ciudades. “Cuidado con los curas. No tienen la obligación de pararse”. La Iglesia que se cree “una sociedad perfecta” (artículo uno del concordato con el Vaticano, aún latente) transmite esa prepotencia a sus funcionarios. Además, está el secretismo interno, que se quiere imponer al exterior (por no hablar del secreto de confesión por encima de la ley, que estos escándalos ponen en cuestión), un secreto que la jerarquía impone más allá de la razón política. Por ejemplo, las negociaciones con el Papa para el nombramiento de obispos, sobre los que el Gobierno español debe dar el visto bueno, no hay manera de que dejen de ser secretas (“por ambas partes”, exige lo concordado con el Vaticano en 1976), y los obispos no solo no ceden, sino que avanzan. Hace tres años arrancaron del Gobierno de Mariano Rajoy, del Partido Popular, de centro derecha, que las Cortes ignoren cuánto dinero recibe la Conferencia Episcopal de los Presupuestos del Estado (256,2 millones este año), sin que los católicos pongan ni un euro de su bolsillo. Y la misma prepotencia y secretismo se exige a los tribunales de justicia, que no pueden molestar sin permiso eclesiástico (si el delincuente es un obispo, la autorización será del mismísimo Papa) a sacerdotes que hayan cometido delitos. Es obvio que la inmensa mayoría de los eclesiásticos son honrados. Callado está dicho, aunque la jerarquía no pare de recordarlo. La crisis de credibilidad es tan clamorosa que ya no bastan proclamaciones ni golpes de pecho. O emprenden reformas profundas, como cuando Lutero les puso ante un espejo igualmente horrible, hace apenas quinientos años, o el cráter se hará cada vez más insondable.

‘Accountability’, algo así como rendición de cuentas en español, no tiene una traducción directa en el mundo latino. Más allá de una cuestión lingüística, los expertos en corrupción y abusos sostienen que también se trata de un tema cultural. No la tiene porque durante años no se llevó a cabo nada parecido, vienen a decir. Faltan mecanismos, especialmente en la Iglesia, para asegurar que determinados comportamientos tienen consecuencias. Y justo de eso es de lo que se habló en la segunda jornada de la cumbre donde el Vaticano debate los abusos a menores con 190 líderes religiosos, pero también del papel de la mujer en la Iglesia. El Papa, por la tarde, afirmó precisamente que dar más funciones a la mujer en la Iglesia no resolvería el problema de los abusos sexuales, que “todo feminismo acaba siendo un machismo con falda”. “No se trata de dar más funciones a la mujer en la Iglesia -sí, eso es bueno pero no resolvería el problema-, se trata de integrar a la mujer como figura de la Iglesia en nuestro pensamiento”, opinó el Pontífice, sentado al lado de la experta en Derecho Canónico Linda Ghisoni, la única mujer que había intervenido hasta entonces en la cumbre, en el atrio del Aula Nueva del Sínodo donde tienen lugar las sesiones de trabajo.

El Papa, fuera del guión previsto, alabó la intervención de la experta en Derecho Canónico, quien abogó por un “sistema de verificación ordinaria” sobre el cumplimiento de la legislación vigente contra el abuso a menores, incluyendo en las directrices nacionales un capítulo que determine los motivos y procedimientos de la rendición de cuentas. “Es aconsejable que en cada conferencia episcopal se creen comisiones consultivas independientes -formadas por laicos y clérigos para aconsejar y asistir a los obispos”. Esos órganos, indicó, con sus informes y reuniones periódicas, “contribuirían a asegurar una mayor uniformidad en las prácticas y una interacción cada vez más eficaz” en el seno de la Iglesia.

El Papa respondió después: “Escuchando la intervención de Ghisoni, he escuchado a la Iglesia hablar de sí misma. O sea, todos hemos hablado de Iglesia, en todas las ponencias, pero esta vez es la misma Iglesia la que hablaba. No es solo una cuestión de estilo: el genio femenino que se refleja en la Iglesia es mujer”, dijo el Papa, que insistió en que invitar a una mujer a pronunciar un discurso sobre las heridas de la Iglesia es invitar a la Iglesia a “hablar de sí misma”. “Es este el paso que debemos hacer con mucha fuerza: la mujer es la imagen de la Iglesia, es esposa, madre. Un estilo. Sin este estilo hablaríamos del pueblo de Dios, pero como organización, quizás sindical, pero no como familia alumbrada por la madre Iglesia”.

 

“El feminismo se debate con el muro insalvable del machismo de la Iglesia y de la cultura patriarcal del Antiguo Testamento”, según Manuel Vicent

‘Mujeres’ es el título de la última columna del escritor octogenario de Castellón, en el Mediterráneo español, Manuel Vicent… “Aquella mañana de domingo en la iglesia de un poblado de Fionia, Dinamarca, la mujer resplandecía en el altar vestida con sotana, roquete y estola. Unos campesinos muy trajeados, con la Biblia abierta en sus manos, entonaban salmos de profetas mientras la sacerdotisa manejaba los instrumentos del oficio sagrado con perfecto dominio. La mujer celebró la misa, impartió la palabra, dio la comunión y al final bendijo las cabezas humilladas de todos los fieles, varones y hembras. Nada extraordinario por otra parte. Desde 1948 la Iglesia protestante de Dinamarca ha abierto a las mujeres el acceso al sacerdocio y ellas ahora ocupan ese cargo con una dignidad que entronca con la antigua práctica de las vestales vikingas. La mujer es una médium natural, puesto que todos hemos llegado a este mundo atravesando su cuerpo. No obstante, la jerarquía católica no ha logrado sacudirse de encima la profunda neurosis que siente frente a la mujer, hasta el punto de erradicarle el sexo a la madre de Dios…”.

“El feminismo -recalca Manuel Vicent- se debate contra el muro insalvable del machismo de la Iglesia católica, que se nutre todavía de la cultura patriarcal del Antiguo Testamento y a su vez la represión del sexo por el celibato ha convertido al sacerdocio católico en un albañal de pederastia. Una ley del silencio mafioso protege a delincuentes eclesiásticos que sin excluir a cardenales, obispos y abades se han comportado como lobos depredadores de miles de niños durante décadas ante el silencio atenazado de los fieles. Nada de esta infamia cambiará mientras la Iglesia católica no acepte que el sexo es un impulso limpio y natural bajo toda clase de pantalones y faldas. La Iglesia solo podrá recuperar la vida cuando los templos se llenen de sacerdotisas. Por cierto, aquella vestal danesa se había pagado los estudios de teología haciendo un elegante striptease en una sala de fiestas”.

 

“Michael Jackson abusó de nosotros cientos de veces”. Las supuestas víctimas protagonizan el documental ‘Leaving Neverland’, en HBO

Diez años después de la muerte de Michael Jackson, las acusaciones de abuso sexual a menores en su contra continúan acechando. HBO ha estrenado estos días el documental ‘Leaving Neverland’, en el que dos supuestas víctimas del Rey del Pop relatan sus experiencias. “Abusó de nosotros cientos de veces”, cuentan Wade Robson, de 36 años, y James Safechuck, de 40. Según narran, el intérprete de ‘Thriller’ abusó de ellos cuando ambos eran menores de edad, con siete y diez años, respectivamente. La familia Jackson ha calificado la cinta como “un linchamiento público” sobre dos casos de los que “no hay pruebas”. Dan Reed, el director del rodaje, ha recibido “un diluvio de odio” por correo electrónico de los mitómanos del artista: “Son el Estado Islámico de los fanáticos”. Los dos protagonistas del documental son rostros conocidos en la nebulosa historia de abusos que envuelve la figura de la mega estrella. James Safechuck, que coincidió con el cantante en un anuncio de Pepsi, lo defendió a los 17 años ante la justicia, cuando se le acusó de haber abusado sexualmente de un niño de 13. Para ese mismo caso, los abogados del artista produjeron un vídeo que transmitió CNN con testimonios de niños que frecuentaban Neverland, ese universo soñado que construyó Michael Jackson al sur de California. Una de las voces era Wade Robson, quien describió las “inofensivas fiestas en pijamas” en el rancho. En enero de 1994 el cantante llegó a un acuerdo financiero por 23 millones de dólares con la familia denunciante y en septiembre se cerró la investigación criminal.

Los testimonios de esos niños, hoy convertidos en adultos, ahora son diametralmente opuestos. Safechuck afirma en el documental que el cantante los llevó a él y a su familia de gira y fue allí cuando, con solo 10 años, su relación se volvió sexual y le enseñó a masturbarse. “Me dijo que era algo que todo el mundo hacía y con lo que disfrutaría. La gira fue el comienzo de esta relación sexual, como si fuéramos una pareja”, describe Safechuck, quien además cuenta que el cantante simuló una ceremonia de boda y que fueron juntos a comprar el anillo. “Fingimos en la joyería que el anillo era para una mujer y que mis pequeñas manos se ajustaban al tamaño ideal”, recuerda. “Me encantaban las joyas y él me recompensaba con ellas por hacer actos sexuales por él”, añade. En cuanto a Robson, cuenta que con solo cinco años ganó un premio de baile en su Australia natal que le permitió conocer a Jackson. A lo largo de esos años, la familia del niño estableció un fuerte vínculo con el cantante y pasaron juntos algunas temporadas de vacaciones. Según Robson, fue en uno de esos viajes cuando Jackson convenció a su madre para quedarse a solas con él mientras ellos viajaban al Gran Cañón. Fue entonces cuando Jackson supuestamente le besó y le practicó sexo oral. Tenía siete años. Robson afirma que el cantante le dijo: “Dios nos ha reunido. Estamos hechos para estar juntos”.

Las dos supuestas víctimas coinciden en que el cantante se alojaba con ellos también en hoteles, y que incluso practicaba simulacros por si alguna vez eran sorprendidos por una tercera persona. “Fingía que alguien entraba a la habitación y tenía que vestirme lo más rápido posible sin hacer ruido”, dice Safechuck. “Era fundamental que nadie nos descubriera. Era un secreto. Me decía que si alguien se enterara, su vida se acabaría y también la mía”, añade en la cinta. Una experiencia similar recuerda Robson: “Él me decía siempre que si alguna vez se enteraba alguien de lo que estábamos haciendo con respecto a las cosas sexuales, él y yo nos separaríamos y nunca más podríamos volver a vernos. Y que los dos iríamos a la cárcel por el resto de nuestras vidas”.

 

Las madres lamentan el haberse dejado manipular tantos años por la estrella que falleció en 2009 a los 50 años por sobredosis de medicamentos

‘Leaving Neverland’ también recoge los relatos de sus familiares. La madre de Robson cuenta que Jackson intentó convencerla de entregarle a su hijo durante un año cuando decidieron regresar a Australia. “Yo le dije que de ninguna manera”. “Haría maravillas por su carrera. Podría trabajar con él, podríamos hacer mucho juntos”, cuenta que insistió el artista. “Michael, él es mi hijo, tiene siete años y no lo voy a dejar contigo”, le dije. Y después de un rato me miró y dijo: ‘Siempre obtengo lo que quiero”. Ambas madres reconocen que el ídolo de sus hijos era como un miembro más de la familia y que cuando decía que siempre conseguía lo que se proponía, era verdad. Ahora solo lamentan el haberse dejado manipular tantos años por la estrella de la músicaa, que falleció en 2009 a los 50 años por una sobredosis de medicamentos.

El documental, dirigido por Dan Reed, que arrasó en el Festival de Cine de Sundance, dura aproximadamente cuatro horas y está dividido en dos partes. oLa familia de Jackson ha tratado de impedir que HBO emita el documental y lo ha calificado de “sensacionalista”, “un linchamiento público”. “Nadie se ha puesto en contacto con los herederos para ofrecer su punto de vista. La respuesta a las aseveraciones que presenta la película son absolutamente falsas”, han dicho los abogados de la familia. Los seguidores se han organizado para boicotear la cinta y han disparado dardos a las supuestas víctimas y a Reed a través de correos electrónicos y Twitter. La cuenta @MJJLegion, con más de 80.000 seguidores, ha realizado una campaña para desacreditar los testimonios publicando la información pública que existe respecto al comprtamiento sexual del artista.

En otros tiempos, había cierta épica en los intentos de regular lo que podíamos leer, ver, escuchar. Los procesos contra ‘El amante de Lady Chatterley’, ‘Ulises’ o la revista Oz seguían un guion estimulante: fiscales cenutrios contra expertos cultos y elocuentes, con finales reconfortantes en primera o segunda instancia. Actualmente, impotentes ante Internet, los gobiernos occidentales renuncian a perseguir productos culturales. Han descubierto que las propias productoras o distribuidoras ejercen eficaces labores de censura. Hablamos de censura moral, aunque no se aplique a las obras: se juzga la vida íntima de los creadores. Ni siquiera esperan a que haya una sentencia (Kevin Spacey); incluso, desprecian aquellos veredictos en que los artistas fueron declarados inocentes: Woody Allen, Michael Jackson…

¿Saben que la fetua de Jomeini todavía es válida y la recompensa por matar a Salman Rushdie supera ahora los tres millones de dólares?

¿Es razonable caracterizar a Michael Jackson como un depredador sexual? Bueno, era un monstruo en todo, incluyendo su talento, una criatura rara en sus motivaciones y evasiva en sus comportamientos. Sin embargo, ahora aparece ‘Leaving Neverland’, “un documental tramposo y plomizo que busca conmover a los espectadores…”, según varios críticos estadounidenses y europeos. Por el contrario, la respuesta de la familia Jackson ha sido tibia (excepto Janet, que triunfó por su cuenta, todos siguen viviendo de Michael). Da la sensación de que, como en anteriores terremotos, creen que se volverá a la normalidad en cuestión de meses, años. Ignoran que hoy se enfrentan con masas empoderadas, dispuestas a rematar cualquier linchamiento. Y nunca faltan las oportunidades para las lapidaciones. En el universo del arte, no abundan las vidas ejemplares. Olvidemos el pop, tan dado a las biografías abominables; hace poco, se reveló que el escritor Charles Dickens intentó internar a su esposa en un manicomio, para facilitar su relación con una joven actriz. El compositor Beethoven usó su considerable poder contra su cuñada Johanna, a la que arrebató su hijo alegando que se trataba de “una prostituta” (también aseguró que el hijo era suyo, así que háganse una idea del grado de encono). Ya no sirve la disculpa de que eran otras épocas, con mentalidades diferentes. Tales argumentos no impresionan: se prefieren los vetos mediáticos, la retirada de honores, la demonización del supuesto depravado. Unos castigos que son aplaudidos por el público, o por lo menos, por el sector que se manifiesta en las redes. Que no son necesariamente fanáticos o ignorantes.

Aunque nos obligue a retroceder a tiempos anteriores a la Red, debemos recordar las arremetidas contra Salman Rushdie por parte de autores respetables como John Le Carré, cómplice en erosionar el concepto de libertad de expresión: hasta se intentó que no se publicara la edición barata (paperback) de ‘Los versos satánicos’. Daba lo mismo: en Europa, los fundamentalistas compraban el libro y, ya en la calle, sin necesidad de leerlo, lo quemaban con gesto de satisfacción. Gran hazaña: habían convertido un texto posmoderno en una supuesta blasfemia, digna de venganza medieval. Y, de paso, descubrían brechas en una Europa dispuesta a contemporizar con el islamismo radical y sus ‘decretos’ o ‘circulares’… Una fetua es un pronunciamiento legal en el Islam, emitido por un especialista en ley religiosa sobre una cuestión específica. Normalmente es dictada ante la petición de que un individuo o juez establezca una cuestión donde el fiqh, la jurisprudencia islámica, no está claro. Un erudito capaz de emitir una fetua se conoce como muftí. Ya que no existe un sacerdocio islámico centralizado, no hay un método unánimemente aceptado para determinar quién puede emitir una fetua y quién no, lo que ha llevado a algunos eruditos islámicos a quejarse de que demasiada gente se siente calificada para emitir fetuas. Tanto en la teoría como en la práctica, diferentes clérigos islámicos pueden emitir fetuas contradictorias. Lo que ocurre entonces depende de si uno vive en una nación en la que la ley islámica (sharia) es la base del derecho civil, o si vive en una nación en la que la ley islámica no tiene estatus legal. Hay que notar que muchas naciones en las que los musulmanes son la mayoría de la población no reconocen la ley islámica como base de la ley civil. En las naciones cuyo sistema jurídico se basa en la ley islámica, las fetuas de los líderes religiosos son debatidas antes de ser emitidas y se deciden por consenso. En tales casos, rara vez son contradictorias, y tienen el valor de ley ejecutable. Si dos fetuas son contradictorias, los órganos de gobierno (que combinan la ley civil y religiosa) llegan a una interpretación acordada que es considerada como ley. En las naciones que no reconocen la ley islámica, los religiosos musulmanes se enfrentan a menudo con dos fetuas opuestas. En ese caso, deben seguir la fetua del líder de su propia tradición religiosa; es decir, los musulmanes suníes, por ejemplo, no seguirían la fetua de un clérigo chií. ¿Saben que la fetua de Jomeini todavía es válida y que incluso la recompensa por matar a Rushdie supera ahora los tres millones de dólares?

 

La ‘cumbre’ sobre la pederastia en el interior de la jerarquía católica es un hecho sin precedentes en la historia milenaria de la Iglesia

La celebración de una cumbre en el Vaticano con los presidentes de conferencias episcopales de todo el mundo que han tratado exclusivamente el problema de la pederastia en el interior de la jerarquía católica constituye un hecho sin precedentes en la historia de la Iglesia y como tal debe ser valorado. Se trata de un escándalo de carácter delictivo a escala global que afecta tanto a 1.254 millones de católicos como a decenas de países donde se han producido durante décadas los delitos que han sido ocultados a sus sistemas judiciales. Consciente de la gravedad de la situación, Francisco convocó a los máximos representantes católicos de cada país con la intención de enviar a la sociedad un mensaje claro de que va a poner fin a la política de encubrimiento sistemático que una parte de la jerarquía ha practicado con sacerdotes y religiosos que han abusado de menores. Así, en la apertura subrayó la necesidad de adoptar “medidas concretas y eficaces”. Sin embargo, resulta necesario subrayar que el encuentro ha concluido sin precisar actuaciones que hagan operativa la declarada voluntad del Papa de acabar con los abusos. No se asegura, por ejemplo, algo tan elemental como que todas las diócesis tengan la obligación de trasladar a los tribunales ordinarios los casos que conozcan. El propósito inicial ha quedado en un mero compromiso de que “la Iglesia no se cansará de hacer todo lo necesario para llevar ante la justicia a quienes hayan cometido tales crímenes”.

La decepción de las víctimas es comprensible. Esperaban que además de la obligación de denunciar, se acordara la expulsión de los sacerdotes y religiosos condenados por abusos y se exigiera responsabilidades a los obispos encubridores, pero la declaración final es más ambigua que los 21 puntos “de reflexión” que se distribuyeron al inicio del encuentro. Todo queda al albur de la interpretación que se de en el futuro a las ocho líneas de intervención anunciadas. Pero nada de esto puede restar importancia al hecho de que convocar a 190 representantes de la jerarquía católica a un encuentro para abordar abiertamente y con notable transparencia este delicado asunto sea una muestra de valentía por parte Francisco. El resultado revela que no ha logrado todos sus objetivos y que la política de tolerancia cero que preconiza desde hace tiempo encuentra aún fuertes resistencias en una parte de la estructura eclesial.

Muchos obispos siguen tratando el problema de la pederastia como un pecado susceptible de arrepentimiento y perdón, lo que supone ignorar la enorme dimensión social -y sobretodo legal- del problema y la necesidad de reparar el daño causado. Bajo ese enfoque además se equipara la conducta de quienes rompen el celibato y tienen relaciones sexuales consentidas con un adulto -lo cual no es un delito en los sistemas democráticos- con los abusos a menores, que constituyen un delito penado con años de prisión. Considerar que la actual normativa interna es suficiente y que bastará un cambio de mentalidad para erradicar un problema tan grave probablemente no sea suficiente. Ese cambio de mentalidad difícilmente vendrá sin medidas claras y contundentes que lo empujen.

@BestarioCancun

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