Los derechos de la orangután ‘ciudadana argentina’ Sandra, los toros y gallos del Caribe Mexicano, y el elefante triste ‘Dumbo’ de Tim Burton


EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

“Todo acto que implique sufrimiento o daño a los animales, como las corridas de toros y peleas de gallos, queda prohibido en Quintana Roo”. Ciudadanos protectores de animales entregan un escrito en la representación del Congreso del Estado en Cancún, por la defensa de la Ley de Bienestar Animal, aprobada por la legislatura hace tres semanas. Flor Tapia Pastrana, directora general de la asociación Opus Magnum de México, recordó que su organización en conjunto con otras organizaciones de la sociedad civil lanzó iniciativas para poder impulsar la Ley aprobada. “Se gana esta votación en la legislatura. Ahorita lo que pretende el diputado Martínez Arcila es revocarla argumentando que se violentan las tradiciones y cultura del pueblo maya, y ahorita traigo un documento de los dignatarios mayas que están en contra de estas prácticas, y que señalan que no son representativas de su cultura”. Situaciones similares están ocurriendo en otros Estados de México. Mientras tanto, nos llega desde Buenos Aires la increíble historia de Sandra. Tiene 33 años y vive en el Ecoparque de la capital de Argentina. Es una orangután mestiza a quien la Justicia del país del tango ha reconocido sus derechos como “persona no humana”. El director gótico Tim Burton pone la guinda en el pastel en la actual ola mundial en pro del derecho animal, con la película ‘Dumbo’. La dolorosa vida y la enigmática muerte del verdadero ‘Dumbo’, el elefante triste.

 

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“Eduardo Lorenzo Martínez Arcila, (6 de mayo de 1974). Es un político mexicano, miembro del Partido Acción Nacional. Actualmente es Presidente de la Gran Comisión del Congreso del Estado de Quintana Roo, siendo al primer líder del Poder Legislativo del estado, de un partido distinto a Partido Revolucionario Institucional…”, informa Wikipedia sobre el político acusado de querer paralizar la aplicación de la ley que prohíbe la corrida de toros y la pelea de gallos en nuestras ciudades. “Encabeza la XV Legislatura integrada por 25 diputados cuya mayoría se concretó gracias a la alianza PAN-PRD en las elecciones de julio de 2016, alianza a la que se sumaron otros legisladores. Durante la XV Legislatura los diputados han aprobado diversas reformas para desmantelar lo que se han denominado como ‘Paquete de Impunidad’ las cuales fueron una serie de reformas que había avalado la XIV Legislatura para proteger a la administración estatal saliente a cargo del ex gobernador Roberto Borge Angulo, quien actualmente se encuentra preso acusado de diversos delitos relacionados con malversación de recursos, abuso de poder, mal ejercicio de la función pública, lavado de dinero, peculado, entre otros delitos”. “Con el aval de la mayoría de los diputados –añade Wikipedia- se han aprobado diversas reformas estatales como la Ley de Movilidad, la Ley de Asentamientos Humanos, la Ley de Participación Ciudadana, y se han concretado reformas en materia electoral de entre las que destaca la disminución de recursos públicos en casi 30 por ciento para los partidos políticos en Quintana Roo”.

Es ‘El Congreso de Todos’. Sin embargo, llama la atención  a los ‘animalistas’ de la actitud, ‘vía de urgencia’, del panista Eduardo Lorenzo Martínez Arcila de impugnar una Ley de Bienestar Animal en Quintana Roo, aprobada apenas unos días atrás. Sus prisas, quizás por sus convicciones, quizás por presiones, quizás por intereses, han creado perturbación en el seno de una sociedad cansada de prácticas ancestrales que no tienen espacio en el presente siglo XXI. Como tampoco lo tienen aquellas luchas de gladiadores del Circo de Roma, donde los carteles se completaban con una ‘Gran Comilona’ de esclavos cristianos por parte de leones y otras fieras. Era evocadora de ‘La Grande Bouffe’, un film franco-italiano de 1973, dirigido por Marco Ferreri. Sus protagonistas son Marcello Mastroianni, Ugo Tognazzi, Michel Piccoli y Philippe Noiret. Los personajes de la película tienen los mismos nombres que los actores. Cuatro amigos: Marcello, el piloto de línea; Ugo, el restaurador; Michel, el realizador de televisión, y Philippe, el juez que vive con su ama de llaves, se reúnen un fin de semana en la villa señorial de este último para realizar un suicidio gastronómico colectivo. Consiste en comer sin parar diversas especialidades. Ugo se encarga de la elaboración de los platos mientras que Marcello, hace venir a unas prostitutas. No obstante, asustadas por el cariz que van tomando los acontecimientos, estas huyen por la mañana muy temprano y queda solo la profesora Andrea, fascinada por la empresa suicida de los protagonistas.

Flor Tapia Pastrana, directora general de la asociación Opus Magnum de México, no tiene pelos en la lengua, al referirse a Martínez Arcila… “Es una vergüenza lo que  está haciendo porque a final de cuentas está sirviendo a una minoría que no representa al estado, que no representa los valores que la sociedad manda de tener una sociedad libre de violencia. Respecto al argumento que presentó de que se estarían perdiendo casi 30 mil fuentes de empleo, dijo que esos puestos no son comprobables ya que no están regularizados, sino que son empleos informales y que no se pagan impuestos. Nosotros estamos pugnando por el derecho de los animales a no ser torturados y masacrados por divertimento y esta gente habla de que se pierden fuentes de trabajo, lo cual obviamente no pueden comprobar porque no tienen recibos de nómina, no pagan impuestos”. Actualmente en Quintana Roo existen aproximadamente 25 ruedos y palenques para este tipo de eventos, de los cuales 13 son para las peleas de gallos y el resto para las corridas de toros. De acuerdo a un comunicado emitido por el Congreso estatal, la Ley de Bienestar Animal también busca fomentar una cultura de protección, así como fijar reglas para la cría, venta y exhibición, y establece un procedimiento de captura de animales abandonados o perdidos. El Pleno Legislativo de Quintana Roo avaló la nueva ley, misma que incorpora las propuestas recogidas en las mesas públicas de trabajo con la sociedad civil, incluyendo los requisitos mínimos para tener un animal de compañía o las bases para que un grupo de protección animal pueda rescatar a una mascota abandonada o maltratada en un hogar. Quintana Roo se suma a otros estados de la República Mexicana -como Sonora, Guerrero y Oaxaca- donde se prohíbe la llamada ‘fiesta brava’. Grupos de activistas dedicados a la protección de los animales luchan para que la tauromaquia se deje de celebrar en todo el país, mientras que los defensores de esta costumbre buscan que se distinga como Patrimonio Cultural. En el mismo periodo extraordinario en el que se aprobó la Ley de Protección Animal, el Congreso de Quintana Roo dio luz verde a otras trece reformas, incluyendo una reforma a la Ley de Protección y Fomento Apícola del Estado. Ésta busca rescatar a la abeja propia de la región, la cual se encuentra en peligro de extinción. “Todo acto que implique sufrimiento o daño a los animales, como las corridas de toros y peleas de gallos, queda prohibido en Quintana Roo”, eso sí, con el permiso, el ‘placet’, la aprobación de su ‘señoría’  Eduardo Lorenzo Martínez Arcila, Presidente de la Gran Comisión del Congreso del Estado de Quintana Roo, ‘El Congreso de Casi Todos’.

 

‘Sandra’, la orangutana que se convirtió en ‘persona’, nació en la entonces República Democrática Alemana, el 14 de febrero de 1986

Sandra tiene 33 años y vive en el Ecoparque de Buenos Aires. Es una orangutana mestiza a quien la justicia argentina ha reconocido sus derechos como “persona no humana”. Sus tutores legales quieren trasladarla a una reserva estadounidense. Otro capítulo de esta enrevesada historia. Nació el 14 de febrero de 1986 en el zoológico de Rostock, en lo que entonces era la República Democrática Alemana. No se sabe mucho sobre su infancia, salvo que su madre la rechazó. Creció en soledad. La enviaron al zoológico de Gelsenkirchen y en septiembre de 1995, con nueve años, fue vendida al zoológico de Buenos Aires. Allí se le encontró un compañero temporal con quien engendró a Sheinbira, una hembra. Sandra repitió la historia familiar: no quiso a su cría. Como su propia madre, carece de instinto maternal. De Sheinbira se perdió la pista. La compró un intermediario y se cree que está en algún lugar de Asia. Sandra permanece sola. Es el único animal de su especie en Argentina.

Hasta aquí la historia previsible de un animal en cautiverio. Lo que ocurrió a partir de 2014 resulta mucho menos previsible. La Asociación de Funcionarios y Abogados por los Derechos de los Animales (AFADA), representada por el abogado constitucionalista Andrés Gil Domínguez, consideró que la situación de Sandra, “encerrada en una caja de cemento”, era intolerable y acudió a los tribunales para reclamar que dejara de ser considerada “cosa” u “objeto”, como establece el Código Civil y Comercial argentino. En marzo de 2015, el asunto llegó al Juzgado Contencioso, Administrativo y Tributario número 4 de la Ciudad de Buenos Aires, dirigido por la juez Elena Liberatori. Y ahí empezó a gestarse una sentencia sensacional. Empezó a gestarse también una peculiar relación afectiva entre una juez progresista y habituada a la polémica y una orangutana solitaria y, según sus cuidadores, crónicamente deprimida.

Interrumpamos un momento la cuestión jurídica y saltemos en el tiempo hasta el 3 de julio de 2018. Sandra debía ser sometida a un chequeo médico completo, que la juez Liberatori había demorado hasta saber con exactitud qué pruebas eran necesarias y reunir un equipo profesional de máxima competencia. La orangutana bebió un zumo de frutas con un ansiolítico y luego recibió un dardo en la nalga cargado de Tilazol. Ya dormida, fue posible anestesiarla por completo. Sandra no es muy grande, pesa 40 kilos, pero es muy fuerte: puede romper con facilidad huesos humanos. El equipo médico estaba compuesto por el veterinario jefe del Ecoparque, Guillermo Wiemeyer; el cardiólogo Guillermo Belerenian, del Instituto Pasteur; la ecografista Laura Kocun y la veterinaria primatóloga Susana Avellaneda. Se le hicieron radiografías, electrocardiogramas, ecocardiogramas, análisis de sangre, hisopado de fosas nasales, amígdalas y laringe; se le extrajo una muestra fecal y se le examinó la dentadura.

 

Hace un año, ‘Sandra’ fue sometida a un chequeo. Mientras se lo hacían, la juez no soltó en ningún momento la mano de la orangutana dormida

La juez quiso estar presente. Una de las personas que realizaron el chequeo (cuyos resultados fueron buenos) cuenta que la juez no soltó en ningún momento la mano de la orangutana dormida. Para Elena Liberatori, Sandra había dejado de ser un caso más. “Estudié leyes para defender a los inocentes, y no hay nada más inocente que un animal”, explica la juez. Cuando habla de Sandra, parece ­hablar de una amiga.Volvamos al debate jurídico y científico. El 25 de agosto de 2014, después de la iniciativa de AFADA, Julio Conte-Grand, procurador general de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, publicó en el diario conservador La Nación un artículo titulado “Darwin ha muerto” en el que afirmaba: “La idea de otorgar personalidad jurídica a los animales, amén de configurar una ruptura con la visión clásica y un abierto rechazo a pautas distintivas básicas de naturaleza metafísica y antropológica, representa la literal y fatal descalificación de la teoría darwiniana, ya que parte importante de esa corriente de pensamiento, al tiempo que reclama el reconocimiento de la personalidad de los animales no humanos, se la niega a los embriones humanos”.

La conclusión de Conte-Grand era la siguiente: “Se postula, en consecuencia, que el ser humano, en alguna de las etapas de su vida, constituye una instancia evolutiva inferior a la de los monos. ¿Entonces el mono desciende del hombre?”. El artículo de Conte-Grand suscitó críticas de ­numerosos científicos argentinos y, desde España, de la entidad Proyecto Gran Simio. El diario izquierdista Página 12 publicó la respuesta al fiscal de 253 profesionales de la biología, bajo el título “Darwin sigue vivo, y también las malas interpretaciones de la teoría evolutiva”. El caso de Sandra había abierto ya una gran polémica. Entretanto, la juez Liberatori preparaba su sentencia. Leyó, por ejemplo, ‘Los animales no humanos’, del jurista y sociólogo italiano Valerio Pocar, y ‘El lenguaje de los animales’, de la etóloga estadounidense Temple Grandin. Habló largamente con Lucía Guaimas, antropóloga y funcionaria de su propio juzgado. No llegó a descubrir, antes de emitir sentencia, la ‘Declaración de Cambridge sobre la Conciencia’ (2012), en la que un grupo de neurocientíficos, en presencia del astrónomo Stephen Hawking, proclamó que “los animales no humanos poseen substratos neuroanatómicos, neuroquímicos y neurofisiológicos de los estados de consciencia, junto con la capacidad de exhibir comportamientos intencionales”. Liberatori conoció unos meses más tarde esa declaración, pero su decisión estaba tomada.

 

Y se le concedió un recurso de habeas corpus, el procedimiento por el que cualquier detenido puede exigir comparecer ante el juez

El 21 de octubre de 2015 se emitió sentencia: Sandra fue reconocida como “sujeto de derecho” (no “objeto”) y se ordenó al gobierno de la ciudad de Buenos Aires, propietario del zoológico y, por tanto, de la orangutana, que garantizara al animal “las condiciones naturales del hábitat y las actividades necesarias para preservar sus habilidades cognitivas”. La Fiscalía recurrió y el titular del Juzgado número 15 de lo Penal, Gustavo Letner, consideró “extinta” la reclamación a favor de Sandra. Pero la Sala Tercera en lo Penal, integrada por tres magistrados, resolvió el 12 de diciembre de 2016 que Letner no había respetado los derechos de los demandantes (la Asociación de Funcionarios y Abogados por los Derechos de los Animales) y consideró que “nada obsta a considerar a este tipo de animales como sujetos de derecho no humanos”. Sandra quedó reconocida como persona no humana. Y se le concedió un recurso de habeas corpus, el procedimiento por el que cualquier detenido puede exigir comparecer ante el juez para que este determine sobre la legalidad de su privación de libertad.

A su alrededor, en el zoológico de Buenos Aires, también habían empezado a cambiar las cosas. Como en otros lugares, el hecho de mantener animales encerrados y lejos de su entorno natural ya no parecía ni educativo ni divertido, sino cruel. El 23 de junio de 2016, el jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, anunció que el zoo debía convertirse en un ecoparque. Las instalaciones se cerraron al público y comenzó el traslado de animales, hecho -según la Fundación Azara, una prestigiosa ONG dedicada a la protección de la naturaleza- con prisas y torpeza. Murieron numerosos animales, entre ellos un mono y cinco ciervos. “El grado de ignorancia y de desprecio por la vida animal ha superado todo límite ético”, dijo Adrián Giacchino, presidente de Azara.

Sandra iba quedándose sola. La juez Liberatori, convertida en la práctica en su tutora, había decidido que la orangutana debía pasar el resto de su vida en un lugar donde tuviera espacio y toda la libertad posible. Devolverla a la naturaleza estaba descartado de antemano. Primero, porque había nacido ya en cautividad y habría sido incapaz de sobrevivir. Segundo, porque Sandra padecía, además de la reclusión, otra condena: la de ser mestiza. “Es una mezcla de orangután de Sumatra y de orangután de Borneo, y sus congéneres no la habrían admitido ni en un lugar ni en otro”, explica María Eugenia Dahlah, etóloga y miembro del equipo de cuidadores de Sandra.

 

Expertos consultados coincidieron en señalar que un ‘hogar’ apropiado era el Center for Great Apes de Florida, situado entre Tampa y Orlando

La decisión de su traslado, a la que el gobierno de Buenos Aires, propietario de Sandra, se resistió todo lo que pudo, requirió recursos, audiencias y debates. Finalmente se obtuvo su libertad. ¿Dónde enviar a Sandra? Se pensó inicialmente en un ecoparque brasileño, pero no reunía las condiciones. Varios expertos consultados por el juzgado propusieron otros centros y coincidieron en señalar que un lugar apropiado era el Center for Great Apes de Florida, situado entre Tampa y Orlando. La juez Liberatori visitó personalmente (pagando de su bolsillo) varios de los centros posibles y envió al secretario del juzgado (también privadamente) al Center for Great Apes para que examinara las instalaciones y averiguara las condiciones de un futuro traslado. La preparación del viaje de Sandra a Florida está resultando larga y llena de complicaciones. El juzgado y el Ecoparque mantienen una cooperación estrecha (“somos como un matrimonio forzoso y debemos llevarnos bien”, comenta la juez), pero las autoridades estadounidenses imponen condiciones severas. Sandra debe llegar en buen estado de salud (de ahí las pruebas médicas exhaustivas realizadas en julio pasado), porque de lo contrario sería sometida automáticamente a eutanasia, y pasar una cuarentena con nuevos exámenes clínicos. “A un animal de circo no le impondrían condiciones tan estrictas”, lamentan en el juzgado. Los animales de circo, por otra parte, no suelen tener reconocida la condición de “persona no humana”.

En las próximas semanas debe resolverse la licitación del traslado. Se busca una empresa que ofrezca las máximas garantías y que esté dispuesta a esperar hasta un año, por si surgen nuevos inconvenientes. Se trata de una operación logística compleja, que inquieta a toda la familia que ha ido formándose en torno a Sandra. Los expertos aconsejan que se la introduzca poco a poco en el futuro régimen de semilibertad y espacios abiertos. Temen que, tras una vida en cautiverio y muy habituada a los humanos, el cambio pueda resultar contraproducente.

 

Se retrasa el viaje de Sandra, en agosto es pleno invierno en Buenos Aires, mientras que en Florida las temperaturas veraniegas son muy altas

También está en proceso el permiso de importación por parte de Estados Unidos. En agosto debería estar todo listo. Pero entonces puede plantearse otra dificultad. Federico Ricciardi, portavoz del Ecoparque, indica que agosto es pleno invierno en Buenos Aires, mientras que en Florida las temperaturas veraniegas son muy altas. Los veterinarios aconsejan esperar un poco más, para que el contraste de temperatura sea menos extremo. “En cualquier caso, el traslado se realizará este mismo año”, afirma Ricciardi. Sandra espera desde hace tres. El presupuesto del viaje ya está aprobado. Al gobierno de Buenos Aires, que no nada en la abundancia, le costará tres millones de pesos, unos 60.000 euros. Sandra se lo toma con paciencia. El cierre al público de las instalaciones, por la conversión del zoo en ecoparque, le ha proporcionado tranquilidad. En cierta forma, con el traslado de los otros animales, la orangutana está en la situación del jerarca nazi Rudolf Hess, el último preso de la cárcel de Spandau. A Sandra, sin embargo, se le proporcionan todos los cuidados posibles. A principios de 2016, por ejemplo, el juzgado negoció con la compañía naviera Buquebús la donación de unas cuantas sogas para que la orangutana pudiera jugar con ellas: fue complicado transportarlas, pero ya están en el “jardín privado” donde Sandra pasa muchas horas. El abogado Gil Domínguez pidió también que se estableciera un régimen de visitas. No se puede ver a Sandra sin previa autorización judicial. Hay que recordar que, en las condiciones legales de la orangutana, tanto la cautividad como la exhibición son considerados hechos degradantes que vulneran sus derechos.

Los cuidadores de Sandra procuran que juegue el mayor tiempo posible. El encierro la deprime, lo que se refleja en que, si no se la estimula, permanece inactiva más de la mitad de las horas diurnas. Además de las sogas, dispone de pelotas, canastas, telas o incluso periódicos. La comida se le sirve cada día de una forma distinta, como estímulo, y se propicia que haga intercambios: le divierte conseguir lo que le interesa por medio de trueques. Ella tiene preferencias: “Uno de los cuidadores, muy corpulento, es su persona predilecta y le permite una gran proximidad; le gustan los tipos grandes”, sonríe el veterinario Luis Mazzola. Ella es generalmente tímida. Cuando sale al exterior tiende a quedarse al fondo, entre rocas, mirando con atención a sus visitantes. Mariana, la fotógrafa que la retrató para este reportaje, tuvo que hacer varios intentos y esperar durante horas para conseguir que Sandra se ofreciera a la cámara. Vale la pena la paciencia para observar los ojos de Sandra. Su mirada impresiona.

 

Dolor, ansiedad, alegría y tristeza, sensaciones y sentimientos… Defender esto no significa desatender a los humanos, más bien lo contrario

Sara Mesa es una escritora y periodista española. Nació en Madrid en 1976 y se trasladó con su familia a Sevilla siendo niña, ciudad en la que actualmente reside. Sus inicios literarios se centraron en la poesía, que abandonó muy pronto. Su poemario ‘Este jilguero agenda’ (2007) fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía ‘Fundación Cultural Miguel Hernández’. ​ Es conocida fundamentalmente por su obra narrativa, con sus libros de cuentos ‘La sobriedad del galápago’ (2008), ‘No es fácil ser verde’ (2009) y ‘Mala letra (2016)3 y sus novelas ‘El trepanador de cerebros’ (2010), ‘Un incendio invisible’ (2011, reedición revisada en 2017) y ‘Cuatro por cuatro’ (2013), que resultó finalista del Premio Herralde de Novela. En 2015 publicó el libro ‘Cicatriz’, que fue considerada una de las mejores novelas del año por periódicos como El País, El Mundo, ABC. ​ En diciembre de 2015 recibió el Premio Ojo Crítico de Narrativa por este libro. El jurado lo destacó “por ser un libro sensible, oportuno y narrativamente inteligente. Capaz de dar la vuelta al concepto estereotipado de la seducción presentándolo en sus facetas más agrias: la posesión, la vanidad, la necesidad de sentirse fetichizado por el otro o la putrefacción de los amores platónicos. Sara Mesa pone el dedo en la llaga de la cultura como herramienta de desclasamiento y en la avaricia del amor”. En 2018, publicó la novela ‘Cara de pan’ (Anagrama)​, que relata la relación entre una adolescente y un hombre mayor. Aparece en numerosas antologías como ‘Pequeñas resistencias’. ‘Nuevas voces del cuento español’ (2010),  ‘Diez bicicletas para treinta sonámbulos’ (2016) y ‘Riesgo’ (2017). Su obra ha sido traducida en Estados Unidos, Francia, Italia y Holanda.

‘Derecho Animal’ es el título de una columna periodística de Sara Mesa… “El pasado 14 de junio, el primatologista mexicano José Luis Álvarez Flores fue asesinado a balazos tras haber recibido numerosas amenazas de muerte. Álvarez Flores había impulsado la creación en 2012 de un área protegida en el Estado de Tabasco, donde habitan, entre otras especies, monos saraguato. Recientemente denunció la extracción ilegal de arena y piedra en el río Usumacinta. Su denuncia tuvo un alto coste: claramente el interés ecológico se enfrentaba a otro tipo de intereses más violentos. Nadie dudaría en tachar este crimen de intolerable. Sin embargo, el motivo de la lucha que lo ocasionó sí resulta cuestionable para muchas personas, que a menudo se preguntan si tiene sentido dedicar recursos a preservar los monos saraguato -es un ejemplo- en vez de destinar ese esfuerzo a los seres humanos, como si fuesen los ecologistas quienes, con su actitud, estuviesen generando pobreza o sufrimiento en las personas”.

 

Argentina gasta dinero en traslados, pruebas y diagnósticos clínicos en un simple animal cuando el país está asolado por la pobreza infantil

Este cuestionamiento es recurrente. Así, la publicación de un reportaje dedicado a Sandra, la orangutana a quien la justicia argentina ha reconocido sus derechos como persona no humana, suscitó reacciones diversas entre los internautas, muchos de los cuales se preguntaban cómo puede el Estado argentino gastar dinero en traslados, pruebas y diagnósticos clínicos en un simple animal cuando el país está asolado por la pobreza infantil. Cualquier defensor de los derechos de los animales -o cualquiera que se interese mínimamente por el asunto- sabe que recibirá la acusación de desproporcionalidad y sentimentalismo. Su preocupación será entendida, en muchos casos, como un mero capricho o será objeto de chanza. Es muy sencillo descalificar un movimiento de progreso moral ridiculizando sus manifestaciones más anecdóticas, es decir, atacando la superficie e ignorando la raíz del debate. ¿Cómo puede ser una orangutana una persona? ¿Qué será lo siguiente? ¿Una lubina? ¿Una mosca?

La consideración de persona está relacionada con el reconocimiento de la capacidad sensitiva de los animales, es decir, su naturaleza de seres sensibles. La ciencia ya ha demostrado sobradamente que hay especies con una alta sensibilidad, en especial los primates y otros mamíferos de alto coeficiente cerebral como elefantes y ballenas. También caballos y cerdos y, por supuesto, perros y gatos, son sensibles al sufrimiento. Los animales con un sistema nervioso evolucionado experimentan dolor, ansiedad, alegría y tristeza, es decir, sensaciones y sentimientos que no son privativos de los humanos. Defender esto no significa desatender a los humanos; más bien lo contrario.

 

La lucha contra el maltrato animal y la defensa de sus derechos habla de nuestra propia construcción como sociedad más humanitaria

El avance de las leyes en materia de maltrato animal en los últimos años ha sido notorio. Reino Unido ha endurecido su ley aumentando a cinco años de cárcel las penas, Holanda acaba de prohibir el uso de collares eléctricos en los perros y en España, actualmente, se está tramitando una modificación del Código Civil para que la consideración de animal como cosa pase a la de ser sensible, en la línea de otros países europeos. Quizá debido a esta mayor sensibilización social, el Seprona recibe cada vez más denuncias por maltrato animal. Periódicamente nos encontramos en los medios noticias sobre detenciones y sentencias. Hace poco, un juzgado de Santa Cruz de Tenerife condenó a un año de cárcel a un hombre que arrojó a su perra a un contenedor metida en una maleta. En Córdoba, estos días se celebra un juicio contra otro individuo al que la Fiscalía pide dos años de cárcel por dejar a sus 10 perros en un coche a 43 grados -tres de ellos murieron y el resto se rescataron en muy mal estado-. Y recientemente, la Audiencia Provincial de Madrid ha ratificado la condena de un año y seis meses de prisión contra el dueño de la llamada ‘Finca de los Horrores’, donde 55 perros, vivos y muertos, estaban encadenados, al sol y sin comida ni agua suficiente, en condiciones realmente espantosas.

El Servicio de Protección de la Naturaleza (Seprona) es una especialidad de la Guardia Civil en España, encargada de velar por la conservación de la naturaleza y los recursos hídricos, así como de la riqueza cinegética, piscícola, forestal y de cualquier otra índole relacionada con la naturaleza, según el artículo 12 de la Ley Orgánica 2/1986 de 13 de marzo, de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Creada en el año 1988 y reorganizada en el año 2000, el Seprona tiene encomendada la misión de evitar agresiones al medioambiente y de protección de muebles e inmuebles catalogados como bienes del patrimonio histórico en todo el territorio nacional español y en su mar territorial, incluida la preservación de las especies protegidas y amenazadas. Su base de trabajo es muy extensa, debiendo sus componentes trabajar con más de 2000 leyes y decretos en constante y continua adaptación a los cambios normativos tanto propios de la Unión Europea, como Estatales, Autonómicos e incluso Ordenanzas Municipales, siendo la especialidad de la Guardia Civil que más legislación maneja.

 

El autor de ‘Liberación animal’, distingue entre comer animales y torturarlos, y establece el principio de minimización del sufrimiento

Si bien los ejemplos arriba descritos son muy evidentes, no siempre se encuentra la misma unanimidad ante otros casos de maltrato o crueldad contra los animales, bien amparados por la tradición o por su explotación económica. Y aquí es donde surge el debate sobre los límites: ¿es lo mismo matar los animales por razones de alimentación o experimentaciones médicas que por diversión o espectáculo? Dentro de esto: ¿es lo mismo cebar a una oca para fabricar foie- gras que comer carne procedente de granjas sostenibles? ¿Es lo mismo usar animales en la investigación contra el cáncer que en la industria cosmética? ¿Es lo mismo una cucaracha que Sandra, la orangutana? Para Sara Mesa, el debate ha estado presente, y sigue estándolo, no solo entre los juristas, científicos o filosóficos, sino también en la obra de numerosos escritores, desde Elias Canetti -que se negó durante un tiempo a comer carne- hasta Michel Houellebecq -quien, en su última novela, detalla el suplicio de las gallinas en una granja industrial-, pasando por Marguerite Yourcenar -autora de una ‘Declaración de los derechos de los animales’- y el Nobel J. M. Coetzee -que compara las prácticas de los mataderos con el Holocaustonazi de los judíos en la Segunda Guerra Mundial, en el pasado siglo XX-…

“Quizá el debate más complejo sea el referido al vegetarianismo –recalca Sara Mesa-, aunque no está de más recordar que muchos defensores de la dignidad animal comen carne. Incluso Peter Singer, el autor de ‘Liberación animal’ -libro que en los setenta centró el debate sobre derecho animal y que hoy sigue siendo un manual de referencia-, distingue entre comer animales y torturarlos, y establece el principio de minimización del sufrimiento, basándose en la existencia de un sufrimiento necesario o imprescindible. En este sentido, es muy interesante la reflexión que Jenny Diski señala en ‘Lo que no sé de los animales’: ‘Puede que lo que los humanos hemos hecho a los animales tras siglos de explotación sea terrible, un exterminio en toda regla, pero la situación ahora no es tan sencilla de deshacer. No pueden devolverse a la naturaleza millones y millones de gallinas, vacas, ovejas y cerdos que no tienen ya un lugar propio en ella, conduciéndolos a un exterminio de otra clase’…”.

Más allá de la complejidad y contradicciones de estos debates, ante los casos evidentes de crueldad gratuita las penas deberían ser ejemplarizantes. La lucha contra el maltrato animal habla de nuestra propia construcción como sociedad más humanitaria, ya que, como afirma el escritor Basilio Baltasar, “no se trata tanto de defender a los animales, víctimas propiciatorias de una gigantesca maquinaria sacrificial, como de proteger y salvar a los hombres que se comportan como verdugos sin piedad”. También Sigrid Nunez, autora de ese libro maravilloso que es ‘El amigo’, dice respecto de la compasión por el sufrimiento animal: “Conozco a gente que se indigna con este sentimiento, tachándolo de cínico, misántropo y perverso, pero creo que el día que ya no seamos capaces de tenerlo será un día terrible para todo ser viviente, que nuestra caída libre hacia la violencia y la barbarie será mucho peor”.

Por eso, el juzgado de Mérida, en la Extremadura de España, que ha decretado el ingreso en prisión del hombre que apedreó a dos perros hasta la muerte en presencia de un menor no lo castiga por la muerte concreta de esos perros. A mi modo de ver, se le castiga por haber introducido un grado más de maldad en el mundo, por haber contribuido a hacer peor, y más deplorable, la especie humana.

 

“Todos tenemos una herida abierta entre lo cultural y lo animal y estar con un perro nos cauteriza esa herida”, escribe Rosa Montero

En su perfil de una red social, la intelectual española Rosa Montero está de espaldas, con una silueta a cada lado. Carlota es una perra grande, tiene algo de mastina y el cuerpo lleno de perdigones. Petra es un trasunto de Bruna, su gran compañera de 15 años. Aquella teckel se llamaba como la protagonista de su serie (ya va por el tercer libro), una detective androide con la que su autora empatiza enormemente. También Bruna Husky es su apodo en Twitter, donde se define como “escritora, periodista y animalista”. “Bruna fue la perra de mi vida. Cuando murió me quedé hecha polvo y mis amigos me trajeron a esta pequeña hace tres años y medio. Me dio un susto tremendo porque la atropelló un coche en Portugal y le rompió la columna. Pero se recuperó y ahí sigue”, decía la escritora una tarde cercana, en una conversación telefónica interrumpida a ratos por la tos de una bronquitis reacia a abandonarla. Al día siguiente recibía el premio Bienestar Animal 2018 otorgado por el Colegio de Veterinarios de Madrid a la persona más comprometida. “Me han dado más premios animalistas”, contaba, “pero este es el más importante, me lo dan los profesionales que cuidan de ellos y me hace mucha ilusión”.

Le hubiera gustado tener un destino vocacional con los animales. El miedo a la selva le impidió llegar a ser primatóloga, cuenta, y recalca los grandes beneficios de convivir y tocar a los peludos que habitan en nuestras casas. Cuarenta años de vida ha compartido Rosa con perros. ”Decía Anatole France que quien no ha amado a un animal tiene una parte dormida. Yo creo que todos tenemos una especie de brecha, una herida abierta entre lo cultural y lo animal y estar con un perro nos cauteriza esa herida. Ellos nos comunican con esa parte más instintiva y esencial”. La escritora afirma que los perros son su familia, y por tanto ahora lo son la pequeña Petra y Carlota, la perra rescatada que parece un gran border collie, que no se dejaba tocar cuando llegó a su vida y que a sus 12 años corre todos los días por el parque, “No son hijos», dice, «pero sí familia”.

Uno de sus últimos libros, ‘La ridícula idea de no volver a verte’, recorre su duelo por la muerte de su pareja, el periodista Pablo Lizcano, en 2009.  “No entiendo a la gente que dice que no convive con un perro por el miedo que tienen a que se les muera, y por miedo, digo yo, tampoco tendrías amigos ni amantes. A mí lo que más me consuela es que si vivieran más yo podría morir y dejarles desvalidos”. A los 68 años, la escritora cree que España ha mejorado mucho. “Recuerdo una fotonoticia en la portada de un periódico en la que se veía a cuatro gatos, unas 30 personas, manifestándose por los derechos de los animales. Pasaban junto a un vagabundo. En el texto se les reprochaba su indiferencia hacia el hombre”. Antitaurina y convencida de que matar toros se acabará en 30 años, ha estado en primera línea en las movilizaciones contra el Toro de la Vega, y riega sus perfiles sociales de apoyos a protectoras. “No hay una ley de protección animal. Desde Zapatero, el PSOE la lleva en su programa y nunca se aprueba. Hay falta de implicación política”. Por tanto, los partidos animalistas, asegura, tienen sentido en tanto en cuanto los otros no hacen nada. El parque de El Retiro, en Madrid, es el lugar de paseo de Carlota y Petra. Junto al gran espacio verde vive la escritora. “Encuentro continuamente niños y niñas que se asustan cuando ven a las perras. En España hay muchísimos fóbicos y eso no pasa en otros países. Voy mucho a Portugal y la gente está acostumbrada a convivir normalmente con ellos. Lo que ocurre aquí es como vivir de espaldas a los animales”.

 

La dolorosa vida y la enigmática muerte del verdadero ‘Dumbo’, el elefante triste, la primera estrella del mundo animal moderno

Alcohólico, locamente enamorado de su mánager y muerto en extrañas circunstancias. Con estos datos podríamos estar hablando de cualquier estrella del rock, pero no: es la vida de Jumbo, el elefante más famoso de la historia que inspiró el clásico infantil de Walt Disney y el remake que ahora, en el 2019, se estrenó, el pasado 29 de marzo. La nueva versión se llama ‘Dumbo’ y está dirigida nada menos que por el personalísimo Tim Burton y protagonizada por Colin Farrell, Danny DeVito y Michael Keaton. A Jumbo, el verdadero, lo capturaron en Abisinia en 1862. Hay pocas dudas de que, para hacerlo, mataron primero a su madre, que a buen seguro lo intentó proteger. Por entonces, tenía dos años y medio. Lo bautizaron como Jumbo, que significa “hola” en suajili. Nadie pensó que llegaría con vida a París, el primer lugar donde hizo escala. Pero lo hizo, aunque en un estado lamentable. Pronto lo canjearon con el zoo de Londres a cambio de un rinoceronte. “Nunca había andado por los caminos de Dios una criatura más deplorable y enferma”, escribió el director del zoo de Londres sobre su primera impresión del elefante

Llegó a Londres en 1865. Por entonces, tener un elefante africano (y tan grande) era toda una rareza. Los zoológicos tenían muchos asiáticos, de menor tamaño y considerados dóciles. Los elefantes africanos, sin embargo, arrastraban fama de violentos y rebeldes. El director del zoo de Londres, Abraham Bartlett, sin embargo, lo quería a toda costa, a pesar de que Jumbo estaba más cerca del cementerio que otra cosa. Bartlett puso al cuidado del elefante a un trabajador llamado Matthew Scott. No tenía demasiada experiencia y era un tipo realmente singular. Tan solitario como Jumbo, no dudó en dormir con él en la jaula durante seis meses, creándose entre los dos un vínculo emocional que solo separaría la muerte. Scott conseguiría que Jumbo sanara; a cambio, el paquidermo era incapaz de permanecer mucho tiempo alejado de su cuidador. Scott contaría su relación en sus memorias, pero hoy sabemos que el amor que sentía Jumbo por su cuidador no es insólito entre los elefantes, animales tremendamente sociales y que necesitan interactuar constantemente con otros de su especie. A Jumbo le buscaron una pareja, llamada Alice, pero el animal prefería la compañía de su cuidador.

 

Todo Londres acudía a visitarlo a Regent’s Park hasta que comenzó a comportarse como  una especie de doctor Jekyll y Mister Hyde

Son los años en los que se desarrolla la fotografía, e inmortalizar cómo Jumbo crecía y crecía se convirtió en un motivo de los nuevos artistas, que convirtieron al elefante en una celebridad. Todo Londres acudía a visitarlo a Regent’s Park. El pueblo estaba entusiasmado con Jumbo. Tanto, que le hacían todo tipo de regalos en forma de pasteles. Durante 15 años, Jumbo fue una gloria nacional. Pero en 1880 empezaron los problemas: empezó a comportarse como una especie de doctor Jekyll y Mister Hyde. De día era la viva imagen de la amabilidad. Los niños se paseaban por el zoo subidos en su grupa. E incluso los más pequeños de la familia real y un joven Winston Churchill probaron esa sensación. De noche, sin embargo, todo era bien distinto: Jumbo tenía arrebatos de violencia, destrozando constantemente el almacén en el que dormía por las noches. Bartlett, el director del zoo, aportó, erróneamente, una explicación científica y otra personal: Jumbo estaba llegando a los 20 años y sus hormonas estaban completamente revolucionadas por el celo; y el elefante solo hacía caso a un Scott que constantemente exigía que le subieran el sueldo. Bartlett escribió al consejo encargado de gestionar el zoo: “No tengo dudas de que el estado del animal es tal que mataría a cualquiera (excepto a Scott) que se atreviera a entrar en su jaula. Hasta ahora, Scott ha conseguido que el animal esté perfecto y completamente bajo su control. Cuánto puede durar esta situación es imposible de decir”. Lo cierto es que Scott, además de su relación de años, tenía un truco. Para calmarlo cuando surgían los ataques de ira, no se le ocurrió otra cosa que darle whisky.

Funcionó, porque el elefante acababa ebrio y, en realidad, olvidaba lo que provocaba su ira. Hoy sabemos que los ataques de furia estaban provocados por la constante ingesta de pasteles, tan alejada de la dieta que debía tener, que le estaba destrozando la dentadura. Esa fue la conclusión a la que llegó Richard Thomas, arqueólogo de la Universidad de Leicester en el Reino Unido, tras examinar los restos de Jumbo con motivo de la realización del documental de la BBC ‘Attenborugh and the Giant Elephant’ (2017). El dolor era tal que el pobre animal enloquecía sin remedio. Thomas también descubrió que, además de la dentadura, otras partes de su anatomía presentaban rasgos insólitos, en especial las articulaciones, unas lesiones que, según el investigador, “debieron de ser increíblemente dolorosas y pudieron producirse por el gran peso que Jumbo debía cargar paseando grupos de visitantes”. Jumbo, jovial veinteañero, tenía en realidad el esqueleto de un elefante cincuentón.

Temeroso de que los constantes ataques de ira de Jumbo se hicieran públicos y ocurriera una desgracia, el director del zoo decidió vendérselo al magnate circense estadounidense P. T. Barnum. Lo hizo por una cantidad, fabulosa para la época, de 2.000 libras esterlinas, unos 250.000 dólares de hoy, como si se tratara de un traspaso futbolero…. La opinión pública montó en cólera. Los británicos lo convirtieron en una ofensa nacional. Cada noche, miles de londinenses se agolpaban en el zoo para dar el último adiós a Jumbo y mostrarle su cariño. Incluso se creó un fondo para recomprar el animal a Barnum y –se cuenta– la mismísima reina Victoria mostró su desagrado con la decisión tomada por el zoo de Londres. Jumbo, muy en su papel, se negó a entrar en la caja que debía transportarlo a Estados Unidos, lo que aumentó su simbolismo patriótico para los británicos. Cuando, finalmente, llegó a Nueva York, Barnum lo paseó por Broadway para que los estadounidenses admiraran aquel ejemplar que había conseguido arrebatar al todopoderoso Imperio Británico. El elefante, y otros 20 de su especie, también cruzaron el puente de Brooklyn, para demostrar la fiabilidad de esa gran obra de ingeniería. Probablemente fueran estos los años más felices de Jumbo. Aunque viajaban de ciudad en ciudad en tren, el circo de Barnum, en el que había otros paquidermos, le alivió de la soledad que tanto le había deprimido durante su estancia en Londres.

 

Mientras subía al tren, otra locomotora que venía en sentido contrario se lo llevó por delante, provocándole una hemorragia interna y la muerte

Con su olfato comercial, Barnum, que se había convertido en un magnate con la exposición de los denominados “freaks” como “la mujer de 160 años”, una variedad de mujeres barbudas y los hermanos siameses Chang y Eng, lo anunció en grandes carteles a todo color en el que se leía: “Jumbo, el animal más grande del mundo”. Era una verdad a medias. Jumbo tenía, a buen seguro, una gran talla para su edad, rebasando los tres metros, cuando la mayor parte de sus compañeros de especie estaban en 270 centímetros. A Barnum no le interesaba nada la realidad y mucho el espectáculo: Jumbo era retratado en carteles en los que se le comparaba con la insignificancia del tamaño de los humanos en una escala completamente irreal.

Es probable que, de seguir creciendo, hubiera alcanzado los cuatro metros. No lo consiguió. De nuevo, el cruel destino se interpuso en su camino. Era 1885. El circo había acabado en Saint Thomas, una localidad canadiense. Los animales ya estaban en sus jaulas, preparados para partir. Solo faltaban Jumbo y un bebé elefante que respondía al nombre de Tom Thumb. De repente, apareció una locomotora en dirección al bebé. Jumbo protegió con su cuerpo de siete toneladas a la cría del impacto del ferrocarril y murió en el acto. O eso se contó. Barnum, el hombre que había construido un imperio circense partiendo de sirenas de mentira, había contado una trola final. Esta es la opinión de David Attenborough, que rodó el documental ‘Attenborough and the Giant Elephant’ en 2017: “Hizo creer que su muerte fue un gran acto heroico en el que Jumbo se sacrificó para salvar a la cría, pero no fue así”. Lo que demuestra el documental es que la realidad es bien distinta: mientras subía al tren, otra locomotora que venía en sentido contrario se lo llevó por delante, provocándole una hemorragia interna que le causaría la muerte.

Tenía 24 años. Un elefante en libertad puede llegar a los 60 o 70.  Decidido a rentabilizar su inversión hasta el final, Barnum intentó sacar dinero al cadáver de Jumbo por partida doble: vendió su esqueleto, que después investigaría Richard Thomas, e hizo disecar su cadáver, que les acompañaba durante las giras. Cuando los taxidermistas iniciaron los trabajos, descubrieron que Jumbo guardaba en su interior una última sorpresa: en su estómago había dinero contante y sonante. Su trompa había aspirado hasta 300 monedas de las que sus admiradores le daban a su cuidador para subirse a su grupa. Su muerte desató el mito de Jumbo, la superestrella. Cualquier que haya acudido a un restaurante en Estados Unidos habrá visto la palabra “jumbo” en la carta, que ha pasado a convertirse en sinónimo de grande (“gambas jumbo”, “hamburguesa jumbo”…).

Y luego llegó la ficción. Helen Aberson escribió ‘Dumbo’ en 1939. Cambio de Jumbo a Dumbo, ya que el cambio de letra permitía el juego de palabras del gigantesco Jumbo al simpático ‘Dumbo’, evocado de dumb, tontito. Era un cuentito para niños de escasa difusión, pero que aun así llegó a las manos de Walt Disney, que lo convirtió en una deliciosa película de animación en 1941. Después Broadway hizo una adaptación de la historia y hubo una versión cinematografía protagonizada por Doris Day: ‘Jumbo, la sensación del circo’, de 1962. Ahora tenemos la versión del ‘gótico’ Tim Burton, falso remake de la de 1941, con un despiadado Michael Keaton que bien podría haberse inspirado en Barnum. En todas ellas se retrata a un animal con un corazón tan grande como su tamaño, contento de hacer felices a grandes y pequeños. La vida de Jumbo, sin embargo, estuvo muy lejos de ese cuento amable que nos presentan las películas.

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