Los ‘gemelos héroes’ de Wikileaks, en vísperas de derrotar a Hillary Clinton, Donald Trump confiaba más en Julian Assange que en la CIA y el FBI

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

El nombre Wikileaks es la conjugación de la palabra wiki y leaks. Wiki es una palabra que fue por primera vez usada como un término informático en el año 1995 y deriva del hawaiano ‘wiki wiki’ que significa rápido. La palabra leak significa en inglés fuga o filtración. La plataforma nació en 2006, pero no se convirtió en un fenómeno global hasta 2010, cuando llevó a cabo la mayor filtración de documentos clasificados de la historia de Estados Unidos. Se trataba de un arsenal de cables militares y diplomáticos que destaparon miserias sobre las guerras de Afganistán e Irak, además de todo tipo de detalles inconvenientes sobre lo que los funcionarios estadounidenses pensaban o escribían del resto de líderes internacionales, desde el interés por la salud mental de Cristina Fernández de Kirchner hasta la peculiar guardia femenina de Gadafi…

 

Con semejantes mimbres, costaría imaginar que un candidato a la presidencia de Estados Unidos se atreviese a decir la más mínima palabra exculpatoria sobre la web de Julian Assange. Pero cuando una criatura política como Donald Trump entra en escena, todo es posible, y durante aquel 2016 en que pugnaba por llegar a la Casa Blanca, el magnate neoyorquino se deshizo en elogios: “Wikileaks, amo Wikileaks”, dijo en un mitin en Pensilvania. “Wikileaks es como un tesoro escondido”, se despachó en Michigan. “Ay, chico, me encanta leer Wikileaks”, compartió en Ohio. La plataforma había publicado una tonelada de correos electrónicos pirateados del Partido Demócrata que habían dejado en mal lugar a Hillary Clinton y la formación, en lo que los servicios de inteligencia identificarían más tarde como una de las grandes patas de la trama rusa, la injerencia electoral de Moscú con el fin de favorecer la victoria del republicano en los comicios. Y Trump se mostraba exultante.

Pero cuando la policía británica arrestó a Julian Assange en la Embajada ecuatoriana de Londres, tras la petición de extradición por parte de Estados Unidos, el hoy presidente parecía otro. “No sé nada de Wikileaks”, respondió a la prensa. Atrás ha quedado la época en la que bromeó pidiendo a Vladímir Putin que robase los correos de Clinton -“Rusia, si nos están oyendo, espero puedas encontrar los 30.000 emails de Hillary Clinton”- o cuando concedía más crédito a Assange que a los propios servicios de inteligencia estadounidenses. Eso ocurrió en enero de 2017, ya como presidente electo, al poner en duda la acusación de las agencias, que señalaban al Kremlin como responsable de las filtraciones, algo que Wikileaks negaba. “Julian Assange dice que ‘un chaval de 14 años podría haber hackeado a [John] Podesta [exjefe de campaña de Clinton]’. ¿Por qué tuvo tan poco cuidado el Partido Demócrata? ¡Además dijo que los rusos no le dieron la información!”, tuiteó Trump. Las simpatías hacia el universo Wikileaks iban más allá de las barrabasadas en Twitter al calor de un mitin a las que acostumbraba el neoyorquino.  El hijo mayor del presidente republicano, Donald júnior, intercambió mensajes privados con la plataforma en plena campaña. En aquella correspondencia, que trascendió en noviembre de 2017 en la revista The Atlantic como parte de la investigación en el Congreso de la trama rusa, la web de Assange animaba al joven a difundir las filtraciones y le aconsejaba estrategias.

Además, uno de los asesores de Trump, Roger Stone, fue una de las piezas clave de la investigación de la trama por sus contactos con la plataforma. Este tipo de aproximaciones alimentaron las sospechas sobre la posible connivencia de Trump o su círculo con el Kremlin en la injerencia electoral. El informe final del fiscal especial Robert S. Mueller, a cargo del caso, ha exonerado al presidente y este, ahora, marca todas las distancias posibles de Wikileaks. Mientras se daban los últimos compases de la investigación de Mueller, un gran jurado estaba investigando a Assange. La Justicia estadounidense lo acusa de conspiración criminal para infiltrarse en sistemas del Gobierno y de haber ayudado al entonces soldado Chelsea Manning a hackear ordenadores con información clasificada de la Administración norteamericana en 2010. Podría ser condenado a hasta cinco años de cárcel, pero los abogados de Assange temen que los cargos se amplíen y le pidan una pena de décadas. El gran filtrador vuelve a ser un enemigo de Estados Unidos.

El caso Wikileaks se ha convertido en un examen a la libertad de prensa, consagrada en la Constitución estadounidense. El Departamento de Justicia estadounidense desveló 17 nuevos cargos contra Julian Assange, fundador de dicha plataforma, por vulnerar la Ley de Espionaje tras la masiva difusión de documentos militares y diplomáticos confidenciales en 2010, en lo que fue la mayor filtración de la historia de Estados Unidos. Assange, detenido en Londres desde abril cuando Ecuador le retiró la protección en su Embajada, estaba acusado hasta ahora por conspiración para el pirateo de un ordenador del Pentágono en 2010. Desde hoy, el proceso gira en torno al alcance de la Primera Enmienda de la Constitución, si esta cubre un caso como el de Assange y su portal. La historia se remonta a la filtración de hace nueve años. La analista de inteligencia Chelsea Manning -entonces Bradley Manning- pasó a Wikileaks un quintal de cables y documentos clasificados que había estado robando y que luego publicaron medios como The New York Times, EL PAIS o The Guardian. Desde 2012, Assange vivía refugiado en la embajada de Ecuador en Londres para evitar responder ante la justicia de Suecia por las acusaciones de violación presentadas por dos mujeres y también para esquivar una posible petición de extradición a Estados Unidos. El mes pasado, Quito cesó el apoyo al australiano y Scotland Yard lo arrestó en respuesta, precisamente, a una petición de extradición de la justicia estadounidense, que en marzo de 2018 le había imputado por el presunto delito de seguridad informática.

Ahora, sin embargo, la justicia estadounidense no solo quiere que Assange rinda cuentas por conspirar en el pirateo de la información, sino también en la difusión, por presunta vulneración la Ley de Espionaje de 1917. Frente a ella, la protección a los periodistas por la Primera Enmienda de la Constitución quedó reafirmada con el caso de los famosos Papeles del Pentágono de 1971, que había publicado The New York Times. La justicia estableció que se debía condenar la filtración de material clasificado, pero no su publicación, al demostrarse que eran ser de interés público. Así que el futuro de Assange tendrá mucho que ver con si, pese a no ser periodista, se le otorga la consideración (y protección) de tal y a Wikileaks un medio de comunicación en lo que concierne a este caso. Porque esa es la distinción que explica que Manning sí cumpliese pena de prisión por las filtraciones (además del robo). “El Departamento [de justicia] se toma muy en serio el papel de los periodistas en nuestra democracia y los agradecemos”, dijo a un grupo de reporteros John Demers, vicefiscal general para la división de Seguridad Nacional, “pero Julian Assange -puntualizó- no es un periodista”.

 

Abusos de soldados en las guerras de Afganistán e Irak, la salud mental de Cristina Fernández de Kirchner, Gadafi y su guardia femenina

El nuevo documento de acusación, presentado por un gran jurado, alega que a finales de 2009 Assange y Wikileaks solicitaron activamente información clasificada estadounidense” y Manning “respondió a sus solicitudes usando el acceso que se le había garantizado como analista de inteligencia”, entregando unos 90.000 informes relacionados con la Guerra de Afganistán, 800 evaluaciones de detenidos en Guantánamo o 250.000 cables del Departamento de Estado. Aquel material incluía desde abusos de soldados estadounidenses en las guerras de Afganistán e Irak a lo que los diplomáticos investigaban de los líderes internacionales: la salud mental de Cristina Fernández de Kirchner o la vida de Gadafi y su particular guardia femenina. Manning, que ya en libertad estaba tratando de reorientar su vida hacia la política y el activismo, fue encarcelada el pasado 16 de mayo por negarse a declarar ante un jurado que estaba investigando a Wikileaks.

El Julian Assange que la policía londinense sacó en volandas de la Embajada de Ecuador tenía poco que ver con el cofundador de Wikileaks que desafiaba altivo hace siete años a los poderosos del mundo desde el balcón de ese mismo edificio. Con barba larga y la melena recogida en una coleta, gritó a sus escasos seguidores que “resistieran este ataque de la Administración de Trump”. Abandonado por el Gobierno de Quito, Assange compareció ante un juez británico después de que las autoridades estadounidenses cursaran una petición de extradición al Reino Unido, y durmió en prisión. El entorno de Assange (Townsville, Australia, 47 años) vivía en tensión en los últimos días y había advertido de que su detención era inminente, después de que supieran que el Gobierno de Ecuador había decidido dejar de proteger al hacker más famoso del mundo. Agentes de la Policía Metropolitana accedieron al interior de la embajada ecuatoriana, un apartamento en un edificio de ladrillos rojos y balcones blancos situado en el distrito de Knightsbridge, a pocos metros de los famosos almacenes comerciales Harrods.

Según explicó Scotland Yard, y confirmó más tarde la primera ministra, Theresa May, en el Parlamento, la detención respondía a una petición de extradición del Gobierno estadounidense. Assange se enfrenta a la acusación de un grave delito contra la seguridad informática: la publicación, en el portal Wikileaks, de cientos de miles de documentos clasificados del Departamento de Defensa. La pena prevista para este tipo de actos se eleva a cinco años de prisión. En esa ocasión, contó con la colaboración de una analista de inteligencia, Chelsea Manning [quien trabajaba entonces en el Pentágono bajo el nombre de Bradley Manning]. Juntos publicaron toneladas de material secreto, entre las que había información sobre las guerras de Irak y Afganistán o cables diplomáticos del Departamento de Estado, que pusieron en apuro las relaciones de Washington con el resto del mundo. El presidente de Ecuador, Lenín Moreno, explicó a través de un vídeo y de su cuenta oficial en la red social Twitter que su país había “decidido soberanamente retirar el asilo diplomático a Julian Assange por violar reiteradamente convenciones internacionales y protocolos de convivencia”.

 

Correos internos del Partido Demócrata en la campaña electoral de 2016 y continuos mensajes de apoyo al independentismo catalán en España

Perseguido por la justicia sueca por la presunta violación de dos colaboradoras de Wikileaks durante una visita a Estocolmo en 2010, los tribunales británicos le concedieron la libertad provisional, bajo estrictas condiciones de vigilancia de las que Assange logró burlarse. Con la complicidad del entonces presidente de Ecuador, Rafael Correa, quien simpatizaba con la causa original de Wikileaks de abrir ventanas y forzar la transparencia informativa, logró acceder a la Embajada londinense del país latinoamericano en 2012, disfrazado de repartidor en moto. Por aquel entonces, Assange había perdido gran parte de su prestigio y de la complicidad de grandes medios de comunicación, entre ellos EL PAÍS, The Guardian y The New York Times, que habían realizado el trabajo de analizar, filtrar y dotar de consistencia informativa a los miles de documentos obtenidos por el hacker. Assange burló constantemente las medidas de seguridad de la embajada ecuatoriana y causó a ese país serios conflictos diplomáticos con su constante injerencia en los asuntos internos de otras naciones, como la publicación de correos internos del Partido Demócrata estadounidense en medio de la campaña electoral de 2016 o sus continuos mensajes de apoyo al independentismo catalán en España.

El juez británico, Michael Snow, ante el que compareció Assange en la Corte de Magistrados de Westminster, despachó la primera comparecencia del prófugo con dureza: “Su afirmación de que no ha tenido un juicio justo es una broma, y me temo que es fruto del comportamiento de un narcisista incapaz de pensar más allá de sus propios intereses egoístas”, dijo. El acusado, según los testigos, levantó el pulgar en un gesto de satisfacción, pero la ley británica apunta al menos a un año de prisión por saltarse las condiciones de su libertad provisional. Aunque se aprobara su extradición, Assange deberá cumplir antes esa pena. Todo indica que Assange pasará los próximos meses en una celda de la prisión de Wandsworth, en las afueras de Londres. A partir de ahí, el hacker seguirá entre rejas hasta que concluya un largo proceso judicial -los expertos hablan de hasta dos años- para decidir si se concede su extradición a Estados Unidos. Eso sin contar con que las autoridades suecas han mostrado interés en reabrir el caso de sus presuntas violaciones de 2010, que había quedado provisionalmente archivado.

“Hoy hemos demostrado que nadie está por encima de la ley. Julian Assange no es un héroe. Se ha ocultado de la verdad durante años y años y es justo que su futuro sea decidido por el sistema judicial británico. Lo que ha ocurrido hoy es el resultado de años de delicada diplomacia a cargo de mi departamento”, escribió en un comunicado el ministro de Exteriores del Reino Unido, Jeremy Hunt, pocas horas después de que se hiciera pública la detención. Wikileaks respondió de inmediato en su cuenta oficial de Twitter: “Ecuador ha dado término de forma ilegal al asilo político concedido a Assange en violación del derecho internacional”. En el momento en que los policías accedieron al recinto de la embajada ecuatoriana, el propio detenido gritó, según testigos, que los que estaba ocurriendo “era ilegal” y que “no abandonaría el edificio”. En volandas, un grupo de oficiales lo llevaron hasta la furgoneta que le trasladaría a dependencias judiciales. Dos Gobiernos, dos elecciones y un referéndum después, el Reino Unido detuvo finalmente a uno de los hombres más buscados del mundo. La abogada sueca de la mujer que denunció por violación a Julian Assange afirmó ayer que intentará que la Fiscalía reabra el caso, archivado en 2017. “Haremos todo lo posible para conseguir que los fiscales reabran la investigación criminal preliminar para que Assange pueda ser extraditado a Suecia y procesado por violación”, aseguró a la agencia Reuters la letrada Elisabeth Massi Fritz. Mientras, la fiscal jefe sueca, Ingrid Isgren, señaló en un comunicado: “No hemos tenido tiempo de procesar la información que ha surgido. Tampoco sabemos por qué ha sido arrestado. Estamos siguiendo los acontecimientos”. No obstante, la fiscalía aclaró que el caso podría reabrirse mientras no prescriba, hasta agosto de 2020.

 

Los seres humanos hemos necesitado héroes, personajes luminosos, intrépidos, casi siempre rebeldes que encarnan nuestros valores

El periodista londinense John Carlin, autor del libro ‘El factor humano’ sobre Nelson Mandela, el líder sudafricano, escribía una columna titulada ‘Los gemelos Trump y Assange’, horas antes del discurso en Chicago del todavía presidente Barack Obama. En 2010, cuando la izquierda era la izquierda y la derecha, la derecha, Donald Trump declaró que las famosas filtraciones masivas de Wikileaks eran “una vergüenza”. “Creo que se debería imponer la pena de muerte o algo”, dijo en una entrevista con Fox News, de manera similarmente incendiaria respondió en aquel momento Sarah Palin: “Un antiamericano con sangre en sus manos”. La cuestión entonces era si los famosos de la izquierda internacional pedirían perdón y reconocerían que Julian Assange, convertido hoy en héroe de la derecha más extrema del imperio, es un fraude, un loco y un traidor”, cuando apenas restabann nueve días para el traspaso de los inquilinos de pelos negro y rizado, rubio y lacio, en la Casa Blanca.

John Carlin, nacido en Londres en 1956, publicó un libro sobre Nelson Mandela, el líder sudafricano, quien logró unir a su país recién salido del ‘appartheid’ y con la amenaza de una guerra civil entre blancos y negros, titulado ‘El factor humano’ que Clint Eastwood convirtió en la película ‘Invictus’. “Antes vistos como polos opuestos, el presidente electo y el fundador de Wikileaks son hoy aliados”, cuando apenas faltaban horas para que el presidente republicano electo suceda al negro Barack Obama en la Casa Blanca. Coincide este artículo de John Carlin con el discurso de despedida que dio en Chicago el inquilino durante los últimos años del Despacho Oval, bajo el espectro de la llegada del ‘trumpismo’. Cuando en 1989 Ronald Reagan se despidió de los estadounidenses, a punto de dejar la presidencia, dijo que en América los grandes cambios empezaban a la hora de la cena, en la mesa, cuando las familias se reunían. Reagan se fue convencido de haber llevado a cabo una “revolución” -no solo en su país, sino en el mundo-, había transformado la economía e inyectado optimismo en la sociedad, creía haber fundado un nuevo patriotismo.

Obama se despidió el 10 de diciembre del 2017, a la hora de la cena, en la ciudad que le vio nacer como político y activista, Chicago, una de las ciudades más peligrosas y racialmente segregadas, pendenciera, plagada de leyendas; pero también vibrante, rica, imponente. Es un pedazo de tierra que, al fin y al cabo, resume Estados Unidos y las cuentas pendientes de todas sus supuestas revoluciones, las de Reagan o las de Obama. Este último llegó a la presidencia sobre una ola de entusiasmo juvenil que sirvió para acuñar el término de ‘Obamanía’, que esta adquiera o no la categoría de revolucionaria lo dirá la posteridad. Revolución, en puridad, solo es ese cambio del que no hay marcha atrás. En su discurso el presidente demócrata trató de demostrar que no debería haberla.

 

El universo Obama, otra forma de pensar América se abrió, aunque su sucesor tumbe la reforma sanitaria o finiquite la apertura con Cuba

El traspaso de poderes está cargado de liturgia en Estados Unidos, donde todo acontecimiento político, en realidad, se envuelve de solemnidad y espectáculo. En este trozo del mundo, un buen discurso en un día grande se venera, se convierte en un hito en sí mismo. La despedida del presidente, una tradición implantada por George Washington en 1796, es uno de esos momentos para la altura de miras: el mandatario cuenta lo que quería hacer y logró; a veces, confiesa lo que no consiguió; dice qué significa América, hacia dónde debe caminar. En la noche del adión, en el centro de convenciones McCormick, se habló de valores. Hace ocho años, George Bush hijo, republicano, cedió así el testigo al joven demócrata Barack Obama: “Dentro de cinco días, el mundo será testigo de la vitalidad de la democracia americana, en una tradición que viene de nuestra fundación, la presidencia pasará a un sucesor escogido por vosotros, los americanos. Al pie de las escaleras del Capitolio habrá un hombre cuya historia refleja la permanente promesa de nuestra tierra. Este es un momento de esperanza y orgullo para toda la nación”.

La llegada a la Casa Blanca del primer negro era presentada por su rival político como una prueba de que el sueño americano seguía vigente y palpable, y así lo presentó Bush en su adiós, como una credencial. ¿Qué cuenta la victoria de Donald Trump de América? ¿Qué cuenta de la presidencia de Obama? El final dulce del activista de Chicago hubiese sido dejar la Casa Blanca en manos de Hillary Clinton, otrora adversaria, después aliada y, por último, elegida como garante de su legado (legado, otro concepto rimbombante de la política americana). Sin embargo, el ascenso al poder de Trump se comentó, entre otros elementos, en el discurso de un nacionalismo blanco que cree que el país ha ido a peor. El desenlace puso en cuestión su obra, pero no puede verse como una enmienda a la totalidad de la ‘Obamanía,’ de aquella revolución. Así lo argumenta, por ejemplo, el analista político Jonathan Chait, que acaba de publicar un libro sobre la era Obama, ‘Audacity’ (Audacia). “Sigue siendo el político más popular de América, él no perdió, lo hizo Hillary, a pesar de su asociación con el presidente, no a consecuencia de esta”, afirma. Para Chait, el presidente demócrata “cambió la percepción de Estados Unidos en el mundo y también muchas actitudes internas, la tolerancia, los derechos de los homosexuales…”.

La ciudad resplandeciente en lo alto de la colina, otro concepto de la mitología reaganiana, en el universo Obama significaría que otra forma de pensar América se haya abierto paso de forma irreversible, aunque su sucesor tumbe la reforma sanitaria o finiquite la apertura con Cuba. Que la idea de Obama, pese a todo, sobreviva en las mesas familiares, a la hora de la cena, la verdadera revolución. “Desde tiempos de Homero -escribe John Carlin, en ‘Los gemelos Trump y Assange’-, o quizá desde antes, los seres humanos hemos necesitado héroes, personajes luminosos, intrépidos, casi siempre rebeldes que encarnan nuestros valores en su más ilustre expresión. Los hemos identificado, cada quien según sus preferencias, en figuras como Aquiles, El Cid, Juana de Arco, Napoleón, Lenin, Hitler, Gandhi, Thatcher o Mandela. Hoy hay dos que saltan a la vista: Donald Trump y Julian Assange, pareja emblema de los tiempos confusos en los que vivimos…”. Hasta hace poco hubiéramos visto a Trump y Assange como representantes de dos polos ideológicamente opuestos; se hubiera supuesto que sus admiradores pertenecían casi a dos especies diferentes. El presidente electo de Estados Unidos es un magnate de la construcción que pertenece al ala más derechista del conservador Partido Republicano. El fundador de Wikileaks, el azote del imperio capitalista yanqui, es un héroe de la izquierda internacional. Resulta que Trump y el australiano Assange se hicieron aliados coyunturales; los admiradores de Trump eran admiradores de Assange también.

El fundador de Wikileaks se empezó a ganar el amor de la derecha estadounidense en plena campaña electoral presidencial. Declaró que utilizaría sus recursos para socavar la campaña de la rival de Trump, Hillary Clinton. Esto fue música para los oídos de Trump, que respondió en un acto electoral: “Amo Wikileaks”. Tras su triunfo, Trump citaba con aprobación a Assange en Twitter, su medio favorito de comunicación. En vísperas de su inauguración presidencial, declaró que depositaba más confianza en Assange que en la CIA, el FBI y todos los demás servicios de inteligencia de su país.

 

Hugo Chávez, Michael Moore, Lady Gaga, Oliver Stone, Bianca Jagger, Noam Chomsky, Baltasar Garzón o Pablo Iglesias admiraban a Assange

Ninguna sorpresa que celebridades progresistas como Hugo Chávez, Michael Moore, Lady Gaga, Oliver Stone, Bianca Jagger, Noam Chomsky, Baltasar Garzón o Pablo Iglesias hicieran cola entonces para proclamar su admiración por Assange. Tan incondicional que cuando Assange se refugió en la Embajada de Ecuador en Londres en 2012 para evadir una solicitud de extradición a Suecia, país donde aún le busca la justicia para que responda a cargos de supuesta agresión sexual, sus acólitos coincidieron en que Assange no era un prófugo de la ley de un país democrático, sino un asilado político, como si de un disidente norcoreano se tratase. Tal era la necesidad de los famosos de izquierdas y sus seguidores de mantener a Assange en su panteón que prefirieron cerrar los ojos y los oídos cuando individuos que habían colaborado estrechamente con él salieron del armario y empezaron a retratarle como realmente era: un personaje cuyos rasgos psicológicos resultan ser casi idénticos a los de Donald Trump.

Daniel Domscheit-Berg, que fue el número dos de Assange en Wikileaks, dice en un libro llamado ‘Dentro de Wikileaks’ que este era “tan paranoico, tan hambriento de poder, tan megalómano” que se creía “un César”. El autor Andrew O’Hagan pasó muchos días y noches con Assange con el propósito fallido de colaborar en la escritura de su autobiografía autorizada. Lo describió después en un largo ensayo como “un narcisista” que amaba “la fama más que nada” y tenía poca conciencia de la vida individual de los demás.

Trump demostró su poca humanidad de manera siniestra cuando se declaró, más de una vez, a favor de la tortura. Assange demostró la poca empatía que él tenía en una comida con periodistas de The Guardian. Los periodistas le estaban hablando del peligro que correrían afganos que habían colaborado con el Ejército estadounidense si sus nombres llegasen a aparecer entre las filtraciones de Wikileaks. “Bueno”, comentó Assange, “son informadores. Si los matan, se lo merecen”.

 

“Donald y Julian también comparten el dudoso honor de ser acusados de abuso sexual, y de negarlo todo como parte de una conspiración”

Un periodista de The New York Times, que colaboró con Assange en las filtraciones de Wikileaks en 2010, comentó que veía a Trump y a Assange casi como gemelos. “Comparten una ciega autoadmiración”, dijo. “Ambos tienen que ser siempre el centro de atención; ambos son populistas en el sentido de que siempre ansían la adoración de las masas”. Los ‘jimaguas’ también comparten el dudoso honor de haber sido acusados de abuso sexual, y de negarlo todo como parte de una conspiración en su contra. Lo cual no ha impedido que la extraña pareja no solo sume, sino comparta aduladores. Sarah Palin no solo declaraba su admiración por él, sino que le ha pedido públicamente perdón por sus anteriores ofensas. La ultraderechista Fox News también se ha volcado con Assange. Nada que ver con principios, todo que ver con que el australiano hizo causa común con el ‘trumpismo’ en contra de la campaña de Hillary Clinton, utilizando Wikileaks para diseminar información contra ella. Está claro que lo que motivó a Assange en su campaña a favor de Trump es la esperanza de que el futuro presidente intervenga para evitar que se haga realidad lo que dice ser su principal terror: la extradición a EE UU para responder a cargos de que violó la ley al revelar secretos de Estado a través de Wikileaks.

La cuestión ahora es si los famosos de la izquierda internacional que han insistido en consagrar a Assange como santo, mártir y audaz defensor de sus valores tendrán la osadía moral de seguir el ejemplo de Sarah Palin y Donald Trump y cambiar públicamente de opinión; si optarán por dar su bendición a Trump o, quizá más factible, si pedirán perdón y reconocerán que Assange, convertido hoy en héroe de la derecha más extrema del imperio, es un fraude, un loco y un traidor”.

 

El fundador de Wikileaks arremetió contra el servicio de inteligencia estadounidense y burlarse de su “devastadora e histórica incompetencia”

La CIA cree que Rusia intervino en la campaña electoral de Estados Unidos para favorecer al candidato vencedor, el republicano Donald Trump, según reveló The Washington Post. La CIA, según esta información, atribuye a personas vinculadas al Gobierno ruso la difusión de correos electrónicos robados que acabaron dañando a la candidata demócrata. Personas ligadas al Kremlin entregaron a la organización Wikileaks los correos del Comité Nacional Demócrata y del presidente de la campaña de Hillary Clinton, John Podesta, después la organización de Assange los publicó. La réplica en el entorno de Trump y de Wikileaks, es que las acusaciones a Rusia son teorías no confirmadas y reviven la paranoia del terror rojo -el miedo a la infiltración soviética en EE UU- de la Guerra Fría y el ‘mccarthysmo’. El debate sobre el papel de Barack Obama, al que algunos demócratas acusan de haber sido demasiado cauto, creció con la publicación de una investigación del diario The New York Times sobre la toma de decisiones de la Casa Blanca. Julian, filtró y después golpeó: “La CIA ha perdido el control de su arsenal de armas cibernéticas”, alardeaba el activista australiano de Internet. No le van a perdonar su osadía y le van a pasar factura. Los archivos filtrados, siempre según versión de Assange, contenían datos de 2013 a 2016 y recogían la artillería tecnológica desarrollada por los servicios secretos para infiltrarse a través de Internet en todo tipo de aparatos domésticos y convertirlos en sirvientes, incluso con escuchas. Las debilidades de los iPhone de Apple, el Android de Google, Windows de Microsoft o las pantallas de Samsung habrían sido detectadas y aprovechadas con este fin.

En un gesto extraño en un hacker al que jamás le ha temblado el pulso para hacer pública información secreta, Assange explicó que en su organización habían discutido las implicaciones de filtrar esta tecnología y que finalmente habían decidido ofrecer ayuda a las grandes empresas afectadas y evitar sacar a la luz algunas de las ‘ciberarmas’ más peligrosas. “Es el mayor arsenal de virus troyanos del mundo. Puede atacar a casi todos los sistemas. No lo protegieron, lo perdieron y trataron de ocultarlo. ¿Por qué la CIA no ha actuado más rápidamente con Apple y Microsoft? ¿Por qué no ha ofrecido las herramientas para nos pudiéramos proteger?”, denunció Assange. Los expertos que revisaron la filtración señalaban que, aparte de la grandilocuencia de Wikileaks, su contenido corresponde a datos de segundo orden, algunos muy antiguos y otros relacionados con debilidades conocidas e incluso ya resueltas. No se trataría, según The New York Times, de documentos clasificados como alto secreto, ni de tecnología nueva, sino de un arsenal conocido entre académicos y especialistas en seguridad.

En cualquier caso, los 8.761 archivos liberados por Wikileaks (7.818 páginas web y 943 documentos adjuntos) golpearon duramente a la CIA. En un momento de enorme tensión por el escándalo del espionaje ruso, quedó al descubierto una falla preocupante en uno de los centros más sensibles de la seguridad estadounidense. Aunque en la agencia se negaron a confirmar o desmentir el origen del material, la filtración es atribuida, según fuentes cercanas a la investigación, a personas cercanas a la CIA. No se trataría de una potencia extranjera, sino más bien un contratista o un especialista externo.

 

Filtran documentos de un método de ciberespionaje que atribuye a la CIA, un programa de hackeo de teléfonos, ordenadores y televisores

Wikileaks, la plataforma fundada por Julian Assange para la filtración de información confidencial, comenzó este pasado martes la publicación de miles de documentos que atribuye a la CIA y que, de confirmarse su autenticidad, son las tripas de un programa de ciberespionaje con el que los servicios de inteligencia de Estados Unidos son capaces de piratear teléfonos, ordenadores y televisores con Internet y convertirlos en micrófonos para espiar a sus usuarios. La publicación de estos códigos y herramientas suponen el mayor escándalo desde el caso Manning o Snowden y ponen de relieve un grave agujero de seguridad en la CIA, donde la nueva Casa Blanca ha ordenado una operación de limpieza.

La plataforma asegura que se trata de la mayor filtración de documentos de la historia de la CIA, la cual, según Wikileaks, “recientemente perdió el control de la mayoría de su arsenal de hacking, incluyendo software, virus maliciosos, troyanos, sistemas de control remoto y documentación asociada”. “El archivo parece haber estado circulando de forma no autorizada entre antiguos hackers y proveedores del Gobierno, uno de los cuales le ha proporcionado fragmentos a Wikileaks”, añade en un comunicado.

Una parte de la filtración, a la que Wikileaks se refiere como ‘Año cero’, consiste en 8.761 documentos y archivos de una red de alta seguridad aislada y situada en el centro que la CIA tiene situado en Langley, Virginia. El llamado programa ‘Año Cero’ incluiría toda una serie de armas informáticas para poder hackear teléfonos y dispositivos producidos por compañías estadounidenses, como los iPhone de Apple, el sistema Android de Google, el Windows de Microsoft o los televisores Samsung con conexión a Internet, que se convertían en micrófonos encubiertos a través de los cuales espiar a sus usuarios. El método de ataque a la televisión Samsung se diseñó, dice Wikileaks, en cooperación con Reino Unido. Portavoces de la CIA se han limitado a señalar que no harían comentarios sobre la autenticidad o contenido de dichos documentos, aunque distintos expertos consultados por medios estadounidenses les han dado credibilidad.

Las técnicas de las que hablan supuestamente permiten a la CIA sortear el encriptado de plataformas de mensajería como Whatsapp, Telegram, Signal, Confide y Cloackman al entrar en ellos y obtener contenidos antes de que el encriptado se active. Esto causa un terremoto también entre las tecnológicas afectadas, pero Wikileaks sostiene que no ha filtrado toda la información que posee, sino que algunas ciberamas hasta que haya “un consenso” sobre su naturaleza y cómo deberían desvelarse. Los documentos abarcan el periodo de 2013 a 2016 y, según Wikileaks, se han eliminado algunos elementos identificativos para llevar a cabo un análisis profundo. Entre estos elementos eliminados figurarían objetivos y maquinaria de ataque a lo largo de Estados Unidos, América Latina y Europa.

Están por ver las consecuencias políticas de esta filtración. A finales de año, las agencias de inteligencia de Estados Unidos acusaron a Moscú que orquestar una campaña de espionaje durante las presidenciales que se acababan de celebrar, pero de un calibre muy distinto de este, ya que acusaron al Kremlin de filtrar correos privados del Partido Demócrata -que Wikileaks publicó- y difundir noticias falsas, entre otras estrategias, con el fin de degradar la candidatura de Hillary Clinton y favorecer la llegada de Donald Trump al poder.

 

“Miró hacia arriba y reparó en la afilada espada que colgaba atada por un único pelo de crin de caballo directamente sobre su cabeza”

Intencionadamente o no, Julian Assange se convirtió en el mejor aliado del republicano Donald Trump en la recta final de la campaña presidencial. Las filtraciones de WikiLeaks sobre los correos electrónicos del entorno de Hillary Clinton incomodaron a la candidata demócrata. El equipo de Clinton y el Gobierno estadounidense culparon a Rusia del robo de correos publicados. El australiano habló de una histeria sobre Rusia, negando cualquier afinidad con Trump. “Siento pena”, dijo sobre ambos candidatos. “Son dos personas atormentadas por sus propias ambiciones”. Los republicanos vieron con simpatía la actitud de WikiLeaks sobre Clinton. Permitió a Trump apuntalar su estrategia de dibujar a Clinton como una política supuestamente opaca y corrupta. En la antesala de la convención que designó a Clinton candidata, Wikileaks publicó correos del Comité Nacional Demócrata que podían sugerir un trato de favor a Clinton en las primarias frente a su rival, el senador Bernie Sanders. En las siguientes semanas, difundieron mensajes del jefe de campaña de la candidata que revelan el contenido de los discursos que dio Clinton a grandes firmas de Wall Street o la línea tenue entre la Fundación Clinton y las ganancias personales del matrimonio.

Damocles es un personaje que aparece en una anécdota moral en la cultura griega clásica. El relato de ‘La espada de Damocles’ de Cicerón parece más propio de la leyenda que de la historia. El origen de la anécdota se localiza en una ‘Historia de Sicilia’ escrita por Timeo de Tauromenio (356-260 antes de Cristo). Cicerón pudo haberla leído… “Para aquel que ve una espada desenvainada sobre su impía cabeza, los festines de Sicilia, con su refinamiento, no tendrán dulce sabor, y el canto de los pájaros, y los acordes de la cítara, no le devolverán el sueño, el dulce sueño que no desdeña las humildes viviendas de los campesinos ni una umbrosa ribera ni las enramadas de Tempe acariciada por los céfiros”. Damocles fue, al parecer, un cortesano excesivamente adulador en la corte de Dionisio I, un tirano de Siracusa, Sicilia del siglo IV antes de Cristo. Propagó que Dionisio era realmente afortunado al disponer de tal poder y riqueza. Dionisio, deseoso de escarmentar al adulador, se ofreció a intercambiarse con él por un día, de forma que pudiera disfrutar de primera mano su suerte. Esa misma tarde se celebró un opíparo banquete donde Damocles gozó siendo servido como un rey. Sólo al final de la comida miró hacia arriba y reparó en la afilada espada que colgaba atada por un único pelo de crin de caballo directamente sobre su cabeza.

Inmediatamente se le quitaron las ganas de los apetitosos manjares que le sirvieron y las hermosas mujeres que había pedido, y pidió al tirano abandonar su puesto, diciendo que ya no quería seguir siendo tan afortunado. ‘La Espada de Damocles’ es una frase acuñada para ejemplificar el peligro que se instala en aquellos que ostentan gran poder, pues no sólo pueden perderlo de golpe, sino todo lo demás, incluida la vida.

 

Ver en el fundador de Wikileaks a un informador es una falacia, pues los periodistas no roban información legalmente protegida

Una de las de las que más se oye hablar en Palo Alto, la meca de la nueva tecnología, es de periodismo. Solo en lo que va de año se han celebrado tres eventos distintos en la Universidad de Stanford relacionados con él -El papel de los robots en la elaboración de noticias, Ataques contra el periodismo crítico (una serie) y Estar conectado en la era digital-. Muchos de los sabios locales son conscientes de los perjuicios que sus inventos están causando a la convivencia ciudadana y a la democracia y buscan cómo el viejo oficio del periodismo puede ayudar a paliarlos. No es necesariamente un mal tiempo para el ejercicio de la profesión, por mucho que la industria que conocimos en su entorno se desmorone. Para algunas generaciones educadas en el periodismo tradicional, la transición a la que obligan las nuevas tecnologías ha resultado muy difícil, casi imposible, y algunos tiran la toalla anunciando la muerte del oficio a manos de diabólicos algoritmos. No, no es la tecnología la mayor amenaza para el periodismo. Los creadores de la tecnología están interesados en adaptarse a sus necesidades y los periodistas deberíamos estar interesados en adaptarnos a las exigencias de esa tecnología, principalmente porque no hay vuelta atrás. La principal amenaza para el periodismo viene desde dentro.

Ha surgido al respecto un debate interesante a raíz de la detención de Julian Assange, que se llama a sí mismo periodista. “Assange publica información verdadera que es de interés público. Creo que eso es exactamente la definición de un periodista”, ha dicho su abogado, Barry Pollack. Como el hombre encargado de procurar que Assange recupere su libertad, es comprensible que el señor Pollack se esfuerce en dibujar el mejor perfil posible de su defendido. Es más desconcertante, sin embargo, que la propia profesión del periodismo no sea capaz de definir con claridad su función y de distinguir que Assange no es uno de los nuestros. ¿Podría Assange decir que es médico? ¿Tendrían los verdaderos médicos alguna dificultad para identificar a Assange como un impostor? Assange distribuyó en alguna ocasión información valiosa, ciertamente. Pero solo supimos que era valiosa y que su publicación era adecuada cuando una serie de periodistas profesionales la leyeron, la analizaron, la seleccionaron y, en la medida de lo posible, la certificaron.

Los periodistas no roban información legalmente protegida, no violan las leyes de los Estados democráticos, no distribuyen los documentos que les facilitan los servicios secretos sin haberlos verificado. Los periodistas se cuidan de no causar daños innecesarios con su trabajo, les dan a las personas aludidas la ocasión de defenderse, buscan la opinión contraria a la que sostiene la fuente principal de una información, no actúan con motivación política para perjudicar a un Gobierno, un partido o un individuo. Los periodistas no defienden más causa en una sociedad democrática que la del ejercicio de su trabajo en libertad. Assange tiene derecho a la libertad de expresión, por supuesto. Es legítimo también su esfuerzo por evitar la extradición a Estados Unidos -tanto, por cierto, como el derecho de EE UU a reclamarla-. Pero no es periodista. Ser periodista, como ser médico, es un hecho, no una opinión. Assange no practica el periodismo, no cumple sus reglas ni acepta sus obligaciones.

 

Llevaba muchos años buscándole las cosquillas a instituciones y personajes con poder, así que difícilmente iba a irse de rositas

Julian Assange llevaba años diciendo que Estados Unidos quería extraditarlo. Que había una causa secreta en marcha contra él por revelar los secretos de la diplomacia y el espionaje estadounidenses. Que tras Chelsea Manning, la analista de inteligencia que le proporcionó la documentación con la que inició una serie de filtraciones que pasarán a la historia, el objetivo era derribarle a él. Por eso se mantenía refugiado en condiciones físicas precarias, tras casi siete años sin apenas ver la luz, en una embajada en la que, cada día más, era un okupa no deseado. Sus peores temores se confirmaron. Ya ha sido evacuado por la fuerza de la sede diplomática que le daba cobijo desde junio de 2012. Ecuador levantó la protección que le daba. Y la policía metropolitana británica confirma que, en parte, ha sido detenido por una petición de extradición de Estados Unidos. La aventura del filtrador por antonomasia entra en una fase que no le augura grandes alegrías. Con larga barba blanca, desmejorado, transportado como un cordero, gritando. La imagen que el mundo recibió del controvertido editor, a sus 47 años, poco tiene que ver con la de aquel activista carismático y glamuroso que en el año 2010 desafiaba a la gran superpotencia desde la portada de la revista Time, que lo elegía como hombre del año.

Las cosas, el mundo, mudan rápido la piel. Hace apenas dos años, el sol parecía empezar a lucir para el fundador de WikiLeaks, web de filtraciones responsable de casos tan sonados como el Cablegate en 2010, donde expuso los secretos de la diplomacia estadounidense, o las filtraciones que pusieron en apuros a la candidata demócrata Hillary Clinton en la campaña electoral en la que se impuso Donald Trump: la analista Chelsea Manning había sido indultada por Barack Obama y recorría el mundo pregonando las bondades de la transparencia informativa; y las autoridades suecas habían desestimado la investigación de las acusaciones de violación que sobre él pesaban en Suecia. Hoy, Chelsea Manning pasea de nuevo en la cárcel por no colaborar en la investigación que un jurado norteamericano lleva en torno a Wikileaks. Y Assange ha retornado al calabozo. Llevaba muchos años buscándole las cosquillas a instituciones y personajes con poder, así que difícilmente iba a irse de rositas. Creó WikiLeaks en el año 2006 con la intención de utilizar las potencialidades que ofrece la tecnología y la Red para denunciar y exponer las conductas de los corruptos. Su éxito consistió en, con su notable pasado de hacker, construir una plataforma en la que los denunciantes pudieran filtrar documentos de manera anónima sin que se les pudiera seguir el rastro. La emisión en abril de 2010 de una filmación en la que se veía a un helicóptero Apache estadounidense disparando a un grupo de civiles situó a su web en el radar informativo. Y la publicación de Los Papeles de Irak, Los Papeles de Afganistán y Los Papeles del Departamento de Estado (o Cablegate), a lo largo de ese año, convirtieron a Wikileaks en la marca global del nuevo periodismo de denuncia con ADN digital. También fue en ese año, clave en su trayectoria profesional y vital, cuando salió de una visita a Estocolmo, en el mes de agosto, con cuatro acusaciones de delitos sexuales (una de ellas, de violación) por su comportamiento con dos mujeres. La instrucción de estos procedimientos de la judicatura sueca se ha ido extinguiendo a lo largo de estos últimos años por haber prescrito el plazo para interrogarle o porque las autoridades suecas decidían abandonar la investigación (en mayo de 2017).Siempre fue un hombre controvertido, tan admirado como detestado. Dotado de un evidente carisma y de una inteligencia notable, acusado también de despotismo y egolatría, fue un niño superdotado y apuntó maneras desde bien pronto. Criado en una familia inconformista, con la que vivió una infancia itinerante por territorio australiano, encontró refugio en el mundo de los ordenadores, donde se formó como programador demostrando un precoz talento. A los 16 años, con el seudónimo de Mendax, formó su primer grupo de hackers con dos amigos y poco tardó en descerrajar el sistema informático de la compañía canadiense de telefonía Nortel. Su vocación por desestabilizar sistemas ya le llevó ante los tribunales en su país natal cuando era un joven con coleta y gafas de John Lennon.

Egocéntrico, con un alto concepto de sí mismo, consiguió granjearse todo tiempo de enemistades a lo largo de su recorrido en Wikileaks y muchos de los que le acompañaron en los primeros compases de la aventura informativa le abandonaron o fueron expulsados, como ocurrió con el que fue su mano derecha en los años fundacionales de la plataforma, el informático Daniel Domscheit-Berg, o con la activista islandesa Birgitta Jónsdóttir. Tras perder su pulso con la justicia británica, que aprobó su extradición a Suecia por cuatro acusaciones de delitos sexuales y violación, optó por refugiarse en la Embajada de Ecuador en junio de 2012 para escapar a un procedimiento mediante el cual, decía, lo que en realidad querían era enviarlo a Estados Unidos para juzgarlo por exponer material clasificado. Desde hace unos días, esa posibilidad está un poco más cerca.

@BestiarioCancun

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