Los kurdos aseguran que uno de sus espías robó los calzoncillos usados de Al Bagdadi, líder del ‘Estados Islámico’, para obtener su ADN

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Criticado por abandonar a su suerte a sus aliados kurdos en la lucha contra el Estado Islámico (ISIS, en inglés), al despejar el terreno para la ofensiva turca en el norte de Siria a principios de octubre, el presidente Donald Trump ha tendido en los últimos días a minusvalorar la participación de las fuerzas kurdas en el asalto que, la noche del pasado sábado, 26 de octubre, acabó con la vida de Abubaker al Bagdadi, líder del grupo terrorista y el criminal más buscado por Estados Unidos. Al dar cuenta de la operación, en su discurso a la nación el domingo, Trump explicó que los kurdos no llevaron a cabo “ninguna labor militar”, pero reconoció que proporcionaron información “útil”. Ahora ha trascendido que, según el alto consejero de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), Polat Can, esa información “útil” incluía los calzoncillos de Al Bagdadi. Al parecer estaban sucios y sin lavar después de bastantes días. La verdad es que esta noticia no cuadra demasiado en una historia seria de agentes secretos. Surgen muchos interrogantes sin responder: ¿Cómo logró hacerse con una prenda tan íntima del yihadista homófobo, quien dudó en arrojar al vacío desde las azoteas desde sus medersas (escuelas coránicas) a todo gay que se topara por el camino, aunque se tratara de uno de sus propios milicianos y futuro ‘mártir’ de su Cruzada contra los Infieles? ¿Estaba enrollado el agente de la inteligencia con el califa o alguna de sus mujeres? ¿No se habrá equivocado Donald Trump y nos estará contando una aventura de Mortadelo y Filemón, Agencia de Información del creador catalán Francisco Ibáñez, nacido en Barcelona, España?¿Los calzoncillos eran de Calvin Klein, la marca de modelos como el canadiense consentido Justin Bieber, a quien le vemos como el niño que sigue cantando su ‘Baby’; o del actor norteamericano Mark Wahlberg y su Ted, su oso de peluche grosero; o el futbolista británico David Beckham, quien convirtió los vestuarios del Real Madrid en una clínica de tatuajes y ‘metrosexuales’, es el caso del portugués Cristiano Ronaldo o del español Sergio Ramos… En busca de promover el amor propio, la compañía estadounidense Calvin Klein lanzó semanas atrás una campaña mostrando a sus modelos con pelos en las axilas, curvas y demás detalles que anteriormente no eran aptos en el mundo de la moda. La firma de ropa interior publicó las fotos nada estilizadas de sus modelos. “Me siento extremadamente cómodo en My Calvins, solo porque me siento extremadamente cómodo en mi propia piel”. Revisamos, por si acaso, las fotos de los nuevos ‘guaperas’… No hay, por ahora, nadie que se parezca al yihadista autoinmolado.

Justin Bieber, cantante, compositor, músico y bailarín canadiense, y no tan joven de 25 años, es el rostro de Calvin Klein, por lo que no sorprende que reciba muchos regalos de la popular marca de ropa interior. Sin embargo, durante una entrevista Justin Bieber aseguró que le envían tantísimos calzoncillos que los puede tirar después de usarlos por primera vez: “No uso el mismo par de ropa interior dos veces”, tras lo cual el cantante aseguró que podría haber “personas en África utilizando mis calzoncillos”, reveló el ‘artista’ que visitó hace unos años atrás el Caribe Mexicano. En la campaña publicitaria, el canadiense seducía a la cámara con su cara angelical y su cuerpo atlético en unas imágenes en las que lo enseña casi todo. Algo parecido confesó David Beckham, el cual confirmó que cada dos semanas compra cuarenta pares de calzoncillos iguales, pues no puede soportar el hecho de ponerse dos veces la misma ropa interior… Aparquemos estas reflexiones íntimas de Bieber y Beckham y volvamos a centrarnos en Abubaker al Bagdadi, su desaparición, y su repercusión en el futuro de su distópico ‘Estado Islámico’…

La pieza de ropa interior, fuese o no Calvin Klein, resultó clave, según las FDS, para extraer muestras de ADN del terrorista que permitieron confirmar la identidad del escurridizo objetivo antes del ataque. Can asegura, en un hilo de tuits publicado el lunes, 28 de octubre, que las FDS desempeñaron un papel importante en la operación. “Nuestra propia fuente, que logró llegar hasta Al Bagdadi, trajo sus calzoncillos para llevar a cabo una prueba de ADN y asegurar al 100% que la persona en cuestión era el propio Al Bagdadi”, explica Can. Un portavoz de las FDS ha confirmado a la CNN su versión. Las FDS, lideradas por los kurdos, llevaban desde el 15 mayo trabajando con la CIA “para localizar al terrorista y monitorizarlo de cerca”, asegura Can. Según su versión, las FDS lograron llegar a la casa de la provincia de Idlib donde se ocultaba Al Bagdadi, que cambiaba muy a menudo de residencia, y descubrieron que estaba a punto de trasladarse a una nueva localización. “Toda la inteligencia y el acceso a Al Bagdadi, así como la identificación del lugar, son el resultado de nuestro propio trabajo. Nuestra fuente de inteligencia estuvo implicada en enviar las coordenadas, dirigir el lanzamiento desde el aire, participar en la operación y hacer de ella un éxito hasta el último minuto”, resume Can. También el general de las FDS Mazloum Kobane Abdi, en entrevistas con medios estadounidenses, se ha referido al espía de los kurdos infiltrado en el círculo de Al Bagdadi. Asegura que ejerció de consejero de seguridad del líder del ISIS, al que traicionó por venganza, y que se encontraba en el interior de la residencia en el momento del asalto. Un oficial del Departamento de Estado confirmó a los periodistas la versión del general. “Él, su gente y sus fuentes de inteligencia desempeñaron un papel clave en todo esto. Fue un papel muy, muy importante. Nadie debería subestimar cuán relevantes fueron las FDS en todo esto”, dijo el oficial, según declaraciones recogidas por la CNN…

Las FDS han sido un aliado clave de Estados Unidos en su lucha contra el ISIS en Siria. Pero, a principios de octubre, tras una conversación telefónica con el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, Donald Trump decidió retirar un pequeño contingente de medio centenar de tropas que tenía desplegadas en el norte de Siria y que servían de elemento de contención para los turcos. Muchos analistas consideran que, con la decisión, el presidente estadounidense estaba dando luz verde a Turquía para atacar a los kurdos al otro lado de su frontera, como hizo inmediatamente. Trump recibió duras críticas por ordenar la retirada, incluso entre sus más fieles legisladores del Partido Republicano, que consideraron que abandonaba a su suerte a sus aliados y hablaron incluso de “traición”. El presidente criticó el ataque de Turquía y le impuso sanciones que levantó la semana pasada, tras comprometerse Turquía a un “alto el fuego permanente”. La retirada de los soldados estadounidenses ordenada por Trump, según la versión de las FDS, provocó un retraso de la operación contra Al Bagdadi. “Hace más de un mes se tomó la decisión de eliminar a Al Bagdadi. Sin embargo, la retirada de EE UU y la invasión turca provocaron que detuviéramos nuestras operaciones especiales, incluida la búsqueda de Al Bagdadi. La invasión turca causó un retraso en la operación”, asegura Can.

El presidente Trump ha reivindicado todo el mérito por el diseño y la ejecución de la operación que llevó a la muerte de Al Bagdadi. En su discurso a la nación, mencionó primero a cuatro países que ayudaron, incluida Rusia, y después añadió: “También quiero agradecer a los kurdos sirios por cierto apoyo que pudieron proporcionarnos”. “Teníamos nuestra propia inteligencia. Tuvimos poca ayuda. No necesitábamos mucha ayuda”, señaló, en el turno de preguntas. Inquirido por los periodistas, reconoció que los kurdos proporcionaron “información que resultó ser útil”. Tan útil, según las FDS, como los calzoncillos que permitieron confirmar la identidad de Al Bagdadi antes de ir a por él.

 

‘El Creyente’, el rostro del régimen de terror yihadista, instauró un ‘califato’ que gobernó con mano de hierro partes de Irak y Siria

¿Quién era Abubaker al Bagdadi? La respuesta corta es el inquietante clérigo que proclamó el califato desde una poco conocida mezquita de Mosul el 29 de junio de 2014, instauró un régimen brutal sobre un amplio territorio de Irak y Siria, y alentó los ataques terroristas en el resto del mundo. La respuesta larga remite a una perversa interpretación del Islam que ha emponzoñado las sociedades musulmanas y sus relaciones con Occidente, y que un joven Al Bagdadi abrazó antes incluso de adoptar ese apodo. Se convirtió entonces en el rostro de la ideología yihadista, una hidra con múltiples cabezas que sin duda va a sobrevivirle. La noticia de su muerte se produce medio año después de que se difundiera un vídeo en el que supuestamente aparecía felicitando a los autores de los atentados de Sri Lanka, el primero desde 2014. En dos ocasiones anteriores se le ha dado por muerto erróneamente. Esta vez, sin embargo, el presidente de EE UU, Donald Trump, ha hecho un anuncio oficial.

El oscuro individuo que pasará a la historia como fundador del Estado Islámico (la organización sobre la que se apoyaba su pretendido califato) nació en 1971 como Ibrahim Awwad Ibrahim al Badri, en el seno de una familia modesta y piadosa de Samarra, una ciudad situada a 130 kilómetros al norte de Bagdad. Quienes han rastreado sus orígenes afirman que ya de crío pasaba las horas muertas leyendo el Corán, lo que motivo que sus compañeros de instituto le apodaran ‘El Creyente’. Fuera natural o inducida, su vocación religiosa llevó a graduarse en Estudios Islámicos en la Universidad de Bagdad en 1996. Alguno de sus biógrafos asegura que durante esa época, y alentado por un tío suyo, se unió a los Hermanos Musulmanes, un movimiento islamista suní surgido en Egipto, pero con versiones locales en otros países. No queda claro cómo dio el salto desde esa ideología conservadora hasta el extremismo violento de los yihadistas (salafistas que aceptan el uso del terror para alcanzar sus objetivos). Pero en 2010, aquel joven clérigo que se convirtió en imam de una mezquita en un barrio de Bagdad donde enseñaba a los chavales a recitar el Corán y jugaba con ellos al fútbol, se convirtió en líder de Al Qaeda en Irak, uno de los grupos que iban a formar el Estado Islámico en Irak y Siria (de donde quedarían las siglas inglesas ISIS). Para entonces, ya tenía dos mujeres y seis hijos.

Según algunas versiones, el jeque Ibrahim al Samarrai (el de Samarra), como era conocido entre sus parroquianos, ya había abrazado el yihadismo bajo el mandato de Sadam Husein y tras la invasión de EE UU ayudó a fundar un grupo insurgente. Otros analistas defienden, sin embargo, que se radicalizó durante los 10 meses de 2004 que pasó en Camp Bucca, un centro de detención estadounidense en el sur de Irak donde había numerosos cabecillas de Al Qaeda. “Allí absorbió la ideología yihadista y se hizo un nombre entre ellos”, recuerda Hisham al Hashemi, experto iraquí en extremismo. Sea como fuere, en Camp Bucca estableció contactos tanto con yihadistas como con leales de Sadam, que le fueron útiles para adquirir relevancia dentro de Al Qaeda. Sus dirigentes le enviaron a Siria para ocuparse de la propaganda del grupo, lo que no le impidió acabar su tesis y doctorarse en Sharia en 2007. Esa formación, su linaje tribal (pertenece a la estirpe de los Qurayshi, que se reclaman descendientes del profeta, algo que los puristas consideran indispensable para ser califa) y las muertes de sucesivos dirigentes de Al Qaeda en Irak, le llevaron a la cúspide de esa franquicia.

 

La ideología radical que alimentó ese sueño a caballo entre el puritanismo islámico y el supremacismo suní sobrevivirá a su muerte

Con Al Bagdadi al frente, el grupo, que ya sus predecesores habían rebautizado Estado Islámico, abandonó la fidelidad a la casa madre en 2013, en preparación de su golpe de efecto del año siguiente en Mosul. EE UU le había designado “terrorista” un par de años antes y ofrecía una recompensa de 10 millones de dólares (9 millones de euros) por información que permitiera su captura o su muerte y que con los años se fue incrementando hasta los 25 millones. Eso no impidió que el líder del ISIS, con fama de ser tan bien organizado en la gestión como despiadado en el campo de batalla, desafiara al mundo desde la gran mezquita de Al Nuri autoproclamándose califa de un Estado que durante algunos meses pareció real con su sistema administrativo, su moneda e incluso sus multas de tráfico. En aquel territorio que se extendía a ambos lados de la frontera sirio-iraquí y en el que llegaron a vivir ocho millones de personas, Al Bagdadi impuso una versión extremista de la ley islámica y persiguió a todo aquel que no comulgaba con su ortodoxia, en especial a las minorías étnicas y religiosas. Esa brutalidad y su desafío a la legalidad internacional, ayudaron a forjar una coalición internacional que resultó instrumental para que Irak lograra recuperar su territorio y el ISIS perdiera también su feudo en Siria. No obstante, la ideología radical que alimentó ese sueño a caballo entre el puritanismo islámico y el supremacismo suní aún sobrevive en algunos rincones. De ahí, que la desaparición del considerado como el hombre más buscado del mundo no signifique el final del ISIS. “El Daesh no se va a ver afectado por la muerte de su máximo dirigente”, defiende Al Hashemi que se refiere al grupo por su acrónimo árabe. Este investigador explica que en los grupos yihadistas cuando muere el líder “se congelan los ataques terroristas hasta que se elige un nuevo líder, ese proceso suele producir divisiones en la organización y algunos miembros aprovechan para quedarse con el dinero”.

El prisionero arrodillado y enfundado en una blusa de color naranja y el guerrero vestido de negro y enmascarado, cuchillo en mano, dispuesto a degollarle, componen la estampa con la que el Estado Islámico difunde su propaganda para reclutar a jóvenes ávidos de sangre y aterrorizar al resto de los mortales. El nutrido grupo terrorista que encabezaba el iraquí Abubaker al Bagdadi, varios millares de combatientes organizados en un buen número de países, se diferencia en muchas cosas de Al Qaeda —la organización que dirigió Osama bin Laden y encabeza ahora Ayman al Zawahiri—, pero una de las más notables es iconográfica.

 

En su revista online Dabiq, afirman “proteger a los musulmanes de llevar el mismo camino de podredumbre que sigue Occidente”

En la postal que definía a la ya vieja Al Qaeda, fundada probablemente en 1989, y ahora en franco declive frente al Estado Islámico, veíamos a unos tipos vestidos con los hábitos salafistas de los piadosos compañeros del profeta, con el kaláshnikov en los brazos naturalmente, ante una cueva de una remota región montañosa. Al Qaeda reclutaba y entrenaba a los jóvenes que querían revolverse contra el mundo impío occidental y sobre todo contra quienes había mancillado el territorio sagrado del islam, inspirándose en la lectura coránica y en las azoras de contenido más belicista. El Estado Islámico, en cambio, busca su iconografía en el pasado más reciente, y lo que es más astuto, en las actuaciones del enemigo occidental en Irak. El califa autoproclamado Al Bagdadi en el púlpito de la mezquita de Mosul, con ese reloj de pulsera que no puede ocultar, impresiona mucho menos que los iconos extraídos de la guerra global contra el terror, que son el prisionero de Guantánamo o Abu Graib, encapuchado y con blusa naranja, y el marine o el agente privado, armado hasta los dientes, enmascarado y enfundado en su mono negro de combate.

La prisión de Guantánamo, donde todavía quedan unos 120 detenidos, sigue funcionando, por tanto, el icono de la blusa naranja como símbolo del limbo jurídico y de una represión sin normas ni control. El ex presidente demócrata, Barack Obama, no pudo cumplir su promesa electoral, durante sus dos mandatos. También sigue funcionando el otro icono, el del soldado exterminador de civiles, transmutado en los últimos años en drones que asesinan ciegamente. Y esto a pesar de que la justicia estadounidense, cuando puede, cumple con su deber, como ha sido el caso de la cadena perpetua y las penas de 30 años impuestas a cuatro mercenarios de la compañía de seguridad Blackwater, la principal contratista privada durante la ocupación de Irak, acusados de una de las peores matanzas de toda la guerra, la de 14 civiles en una plaza de Bagdad en 2007. A Obama le servirá de poco, pero vale la pena que cunda el ejemplo.

El grupo terrorista de Al Bagdadi está eligiendo a su sucesor, ha ejecutado a centenares de hombres sospechados de homosexualidad, en aplicación de una versión extremista de la sharia. En su mayoría, los hombres son lanzados desde edificios altos y luego, una vez en el suelo, son lapidados. Las informaciones sobre los asesinatos son difíciles de confirmar —tanto de los casos conocidos, como del número de ejecuciones ocultas— y es posible que la persecución de homosexuales se esté empleando para deshacerse de enemigos y opositores. Siria e Irak, bajo el baazismo, eran países más o menos laicos, en los que los homosexuales podían llevar una existencia oculta, pero relativamente tranquila.​ Tras la invasión de Iraq en 2003, el país se sumió en el caos, lo que produjo un empeoramiento considerable de la situación de los homosexuales. Desde entonces, el secuestro, la tortura y el asesinato de homosexuales no ha hecho más que aumentar. Las persecuciones de homosexuales en Siria ya comenzaron en 2011 durante las revueltas populares en Siria. Gobierno de Siria inició una campaña identificando a la oposición con los homosexuales, deteniendo a gais en redadas a bares de ambiente y torturando a los detenidos. Las detenciones, secuestros y extorsión de homosexuales se convirtieron en la regla dominante, exigiéndoles rescates de miles de dólares estadounidenses.​

El ‘Estado Islámico’ ha publicado una lista de delitos que conllevan de forma automática una sentencia de muerte en la que se ha incluido la homosexualidad. La ejecución de la ley trata de adaptarse a los castigos descritos en la sharia, aunque de hecho, en este caso, están siguiendo el hadiz. En su interpretación de las palabras de Mahoma, “deberán ser lanzados desde una tremenda altura y luego lapidados”, los hombres homosexuales que son atrapados en actos sexuales son lanzados desde los tejados de edificios altos. Si la persona no fallece del impacto, son lapidados hasta la muerte. En algunas áreas se emplea la decapitación, debido a la falta de edificios altos desde los que tirar a los acusados. Con el empleo de estos métodos extremos, quieren mostrar su “pureza ideológica”, distinguiéndose así de otros grupos islámicos. En su revista online en lengua inglesa, Dabiq, afirman que el castigo “protegerá a los musulmanes de llevar el mismo camino de podredumbre que ha decidido seguir Occidente”. La edición de agosto de 2016 también dedicaba varias páginas a la homosexualidad, en un artículo titulado ‘¿Por qué os odiamos?’, en el que justifican sus acciones con pasajes del Corán y la Biblia.

 

En una de las portadas de la revista prohibida, dos musulmanes protestan contra los atentados de París, son considerados apóstatas y ‘objetivo’

De Dabiq, la revista oficial en inglés del autodenominado Estado Islámico no se sabe mucho, ni se habla demasiado. Se dio a conocer porque Amazon la retiraba de su oferta de publicaciones. “Cuando aparece en los principales buscadores y se dan cuenta, la eliminan. Pero reaparece en todos los canales posibles de la web”, detalla José María Gil, del Instituto de Seguridad Global de España. Dabiq es on-line y se difunde en formato PDF por todos los canales de la red disponibles. Ha llegado a estar colgada en páginas como Amazon. Se desconoce el número de personas que la leen. Los radicales la difunden por todos los canales posibles: desde sus perfiles en las principales redes sociales hasta en los circuitos ocultos de la Deep Web. Y obviamente, en foros yihadistas. Tiene un diseño profesional y cuidado, con tipografía y fotos de gran calidad. Lo mismo que sucede con sus vídeos de propaganda y de ejecuciones, con hasta 8 cámaras diferentes en HD para difundir la barbarie. Al igual que tienen realizadores profesionales, los autores de Dabiq son periodistas y diseñadores bien formados. Conocen la semiótica, la ciencia que estudia los diferentes sistemas de signos que permiten la comunicación entre individuos, sus modos de producción, de funcionamiento y de recepción. Es decir, ninguna imagen o montaje de Dabiq es una casualidad. Todo tiene una intención, dentro de la estrategia de comunicación del ISIS.

Esta estrategia se sitúa al nivel de las mejores campañas de progaganda y publicidad y sirve a tres objetivos principales: captar a nuevos militantes para que se unan a la Yihad en Siria e Irak. Distorsionar el mensaje del Islam para justificar sus acciones. Y formar a terroristas solitarios en todos los países del mundo. Terroristas como Amedy Coulibaly, el autor del atentado en el supermercado judío de París después del ataque a la revista Charlie Hebdo, leía Dabiq. No solo la leía, sino que aparece en uno de los números en una entrevista que ocupa cuatro páginas. Como una estrella para los fans de la revista. Algunos números de Dabiq incluyen manuales de terrorismo y de cómo fabricar bombas caseras o perpetrar masacres. Por eso está escrita en inglés desde el primer día. Porque su objetivo es llegar al público que vive fuera de sus antiguos dominios en Siria e Irak. Con ello quieren consolidar a potenciales terroristas que, en lugar de sentir indignación, sienten fortaleza y dureza contra el enemigo del ‘Estado Islámico’: todo el mundo que no piensa como ellos.

 

En las páginas de la revista aparecen las últimas imágenes del piloto jordano quemado vivo o del periodista James Foley

José María Gil asegura que se trata de imágenes incapaces de generar ningún tipo de empatía. Salvo a los radicalizados. Parte de la estrategia de comunicación es mostrar un contenido altamente gráfico y para mayores de 18 años. En las páginas de la revista aparecen las ejecuciones y otras acciones brutales, como las últimas imágenes del piloto jordano quemado vivo o de los periodistas Steven Sotloff y James Foley. Porque su inmediatez es absoluta: Cuando el ISIS decapitó al norteamericano James Foley, salió un número de la revista que incluía todas las fotos de la ejecución y hasta el mismo testimonio del ejecutado al poco tiempo. Sus últimas palabras. Esto también forma parte de la estrategia. Gil explica que así demuestran las posibilidades que tienen de difundir su mensaje del miedo. Porque Dabiq es una columna más de la guerra global del ISIS para instaurar un imperio de terror. El ISIS llegó a descubrir que dos militantes eran homosexuales, y antes de arrojarlos desde un sexto piso, sus compañeros les dieron un abrazo de despedida. El ‘fotorreportaje’ también apareció en Dabiq. La revista, al igual que todas las partes que forman la pensada estrategia comunicativa del ISIS, está basada en un libro titulado —literalmente— ‘La gestión de la barbarie’, escrito en 2004 por Abu Bakr Naji, uno de los mayores pensadores del movimiento yihadista. Se desconoce realmente quién es Bkr Naji, ya que, seguramente se trata de un pseudónimo. El libro habla de cómo debilitar a los enemigos de la yihad a través de propaganda para aterrorizar al resto del mundo. También invita a “afeminar” a la población para anular a los combatientes enemigos. Osama bin Laden ya se basó en el libro para editar las publicaciones de Al Qaeda, como Inspire. Sin embargo, la estrategia es muy diferente. El panfleto de Al Qaeda comenzó en árabe y era un alimento ideológico para mantener entretenidos a sus militantes. Dabiq forma parte de una estrategia global para atraer a nuevos adeptos y conseguir la máxima difusión posible. Y mostrar a los enemigos del EI todo el terror de que son capaces.

Cualquiera entendería que si quieren adeptos, deberían dar un mensaje más positivo. Pero ellos lo que quieren, según nuestro experto, es todo lo contrario. Quieren gestionar las consecuencias de la barbarie y sumir al resto del mundo en un estado de miedo. También a las poblaciones de los territorios que ellos ocupan. Por un lado les dan Internet libre, agua y alimentos, como ha sucedido en la ciudad Siria de Palmira. Por otro, les obligan a cumplir la ley y su interpretación del Islam. De lo contrario, la muerte. No tenemos Google Analytics para medir el alcance de Dabiq. Pero lo que es seguro es que el monstruo comunicativo del ISIS cumple su objetivo en los lobos solitarios, y en los miles de adeptos que día tras día hacen las maletas para luchar en sus filas o esposarse a sus comandantes.

 

En Oriente Próximo. Abubaker al Bagdadi aplicó tecnologías del siglo XXI a prácticas salvajes dignas de las guerras de religión europeas

La muerte en el norte de Siria del líder del ISIS, Abubaker al Bagdadi, en una operación de comandos estadounidense, supone un nuevo golpe para este grupo terrorista, pero no representa en absoluto la derrota del Estado Islámico: su fuerza radica en que más que una organización se trata de una ideología que ha demostrado en los últimos años que tenía una enorme capacidad de atracción. La lucha contra el ISIS no puede ser solo militar, sino también ideológica. En ese sentido, la retirada de las tropas de EE UU del norte de Siria decretada por Donald Trump supone un doble refuerzo para los terroristas: su derrota definitiva militar se hace más difícil, mientras que la salida de los soldados estadounidenses solo puede traer más caos a Oriente Próximo, el caldo de cultivo que el Estado Islámico busca para rearmarse moralmente. Localizado con la ayuda de las milicias kurdas —los aliados que Trump ha abandonado a su suerte—, Al Bagdadi murió durante una operación similar a la que acabó con Osama Bin Laden en Pakistán en 2011. El líder islamista sometió a un régimen de terror a 12 millones de iraquíes y sirios en un siniestro califato e inspiró atentados en medio mundo. Su crueldad tuvo pocos límites: no solo es responsable de atentados en París, Niza, Berlín, Estocolmo o Sri Lanka, sino que lanzó oleadas de terror contra los chiíes en Irak y sometió a la esclavitud a los yazidíes, una minoría religiosa. Aplicó además tecnologías del siglo XXI a prácticas salvajes dignas de las guerras de religión europeas.

Sin embargo, que Al Bagdadi fuese un asesino de masas no justifica el tono que el presidente de EE UU empleó al anunciar su muerte, cuando alardeó de una operación que su política errática estuvo a punto de arruinar. Sus insultos —le llamó “perro que murió como un cobarde”— solo servirán como propaganda para este grupo, herido y acorralado, pero no derrotado. Al Bagdadi y el Estado Islámico son una consecuencia del caos que se instaló en Irak tras la invasión de 2003, que se mantiene como un factor profundamente desestabilizador: de hecho, en 2006 se puso al frente de la organización, que entonces se llamaba Estado Islámico de Irak y el Levante, cuando su anterior líder fue abatido. Y saltó a Siria de nuevo impulsado por el caos que se apoderó de este país tras la guerra civil de 2011. Acabar con el ISIS requiere una constante presión militar y, a la vez, estrategias para contrarrestar su poderosa máquina de propaganda en Occidente, así como aumentar la estabilidad en la región para reducir el número de adeptos. Hoy por hoy, las tres cosas son una quimera.

 

La novela de espionaje decayó tras la Guerra Fría y y la caída del Muro de Berlín y resurgió con el terrorismo y el 11-S

La novela de espionaje conocida a veces como thriller político surgió antes de la Primera Guerra Mundial más o menos al tiempo que los primeros servicios de inteligencia. Este campo apenas ha tenido apoyo de la crítica, pese a su contenido literario y moral e incluso, en algunas obras, políticamente destacado. Desde sus inicios gozó del favor del público, cuyo interés solo decayó tras la guerra fría y la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989. No obstante, el terrorismo y los atentados del 11 de septiembre de 2001 encauzaron de nuevo el interés hacia el género. En el sentido moderno del término, la novela de espías es una narración que tiene por marco general el ‘mundo del secreto’: las agencias y servicios de inteligencia e información modernos, las operaciones militares especiales, encubiertas o clandestinas de los estados, el espionaje profesional… Estas novelas poseen generalmente por fondo histórico el marco geopolítico contemporáneo o incluso actual, pero este marco puede extenderse más hacia el pasado hasta incluso mezclarse con el género de la novela histórica. Por lo general existen en estas obras dos bandos enfrentados que rivalizan o se combaten política, social o incluso moralmente, al menos en apariencia. La existencia de un misterio o secreto emparenta también el género con el también moderno de la novela criminal o policiaca, pero Noel Behn distingue bien sus lindes. Actor, novelista, guionista y productor teatral nació en Chicago, en 1928, y murió en Nueva York, en 1998. Su primera novela, ‘The Kremlin Letter’ (La Carta del Kremlin), inspirada en su trabajo en el cuerpo de contrainteligencia del ejército estadounidense, se convirtió en una película de John Huston en 1970. “En una novela de detectives, el héroe resuelve un crimen: en una novela de espías, el héroe comete uno”, comentó por entonces.

Sin embargo, cabe hacer una distinción importante entre las novelas de espías de carácter realista (a menudo escritas por antiguos profesionales) y las novelas puramente de aventuras, muy fantasiosas, en las cuales los principios y métodos descritos no corresponden a los verdaderos del mundo del espionaje, siempre más discretos y modestos, por ejemplo las estereotipadas novelas de James Bond, escritas sin embargo por un antiguo espía, Ian Fleming. En la novela de espías realista existe siempre un componente ético, pues no en vano varios de sus temas más frecuentes (más allá del enigma o el misterio a descifrar o descubrir) son la duplicidad moral entre traición y lealtad (tema del agente doble), la identidad, el nihilismo, la corrupción, la injusticia, la opresión, el sacrificio, la paranoia, el patriotismo, la decadencia, la venganza, el engaño… Los argumentos suelen tener que ver con las tácticas de infiltración y penetración (topos), el soborno, el chantaje, el robo, el sabotaje…

 

El rey Felipe II utilizó el espionaje para lograr su imperio español, pero la inteligencia y su reflejo literario son de los siglos XIX y XX

El espionaje es una actividad muy antigua como forma solapada de hacer la guerra; modernamente, sin embargo, ha dado lugar a otras modalidades como el espionaje industrial. Aparece en El arte de la guerra de Sun Tzu, pero su naturaleza secreta y discreta lo alejó de la literatura hasta fecha muy reciente. Se sabe del amplio uso que dio a este tipo de recursos una figura tan compleja como Felipe II; pero el desarrollo del espionaje moderno y su reflejo literario corresponde más bien al siglo XIX y al XX, cuando se crearon las primeras agencias de información, contrainteligencia e intoxicación. La Ojrana rusa, antecesora del GRU y el KGB soviéticos, se creó en 1881; el Deuxième Bureau francés, antecesor de la DGSE, en 1871; el MI5 y el MI6 británicos en 1909; diversas agencias estadounidenses ya existían en el XIX, pero la OSS y la CIA modernas que las unificaron fueron fundadas en la primera mitad del XX; y el Shin Bet o Shabak desembocó en su sucesor, el Mosad israelí, en 1949. El Abwehr fue el servicio de inteligencia alemán durante la II Guerra Mundial; le sucedieron el BND en la Alemania occidental y la Stasi en la del Este. Al principio fueron unas cuantas novelas sueltas tempranas las que empezaron a tratar ya los tópicos del tema; quizá el autor más antiguo es el estadounidense James Fenimore Cooper con ‘El espía’ (1821) y ‘The Bravo’ (1831). ‘Un asunto tenebroso’ (1841) del escritor del realismo Honoré Balzac es ya una novela de espías. ‘La autobiografía’ (1819) del turbio y famoso director de la policía de Napoleón Joseph Fouché (1759-1820), creador del espionaje moderno, ya había divulgado algunos de los procedimientos usados por los servicios de inteligencia de entonces, y la biografía que le consagró Stefan Zweig en 1929 también contribuyó a ello: ‘Fouché, el genio tenebroso’. Casanova narró algunas de sus aventuras como espía en sus popularísimas ‘Memorias’, y los agentes secretos son personajes habituales en las novelas de aventuras históricas de Alejandro Dumas: basta recordar a su famosa ‘Milady de Winter’ o a su ‘Cagliostro’. Algunos de los relatos de Sherlock Holmes, que se han leído como novelas policiacas, son sin embargo ya un ejemplo temprano del género; por ejemplo, la ‘Aventura del tratado naval’ y la ‘Aventura de los planos de Bruce-Partington’, en que Holmes protege secretos británicos de vital importancia de espías extranjeros, mientras que en ‘Su última reverencia’ él mismo es un agente doble que suministra información falsa a los alemanes al borde ya de la Primera Guerra Mundial. Incluso nos hace saber el narrador que el hermano de Sherlock, Mycroft, trabaja en el servicio de inteligencia del gobierno británico. ‘El agente secreto’ (1907) de Joseph Conrad ofrece una mirada más seria sobre el espionaje y sus consecuencias, tanto para los individuos como para la sociedad. La novela narra la historia y tragedias personales de los componentes de un grupo revolucionario que pretende volar el observatorio de Greenwich. En 1908 el género se hallaba ya tan afianzado que incluso se publicó una de sus primeras parodias en ‘El hombre que fue Jueves’, de Gilbert Keith Chesterton.

Con todo, el primer autor consagrado extensamente al género fue el periodista (y, al parecer, también espía) William Tufnell Le Queux (1864-1927), quien escribió unas veinticinco novelas de este tipo, aproximadamente la cuarta parte de todas las que hizo. La primera fue su ‘Guilty Bonds’ (1890), escrita a su vuelta de Rusia y prohibida en esa nación, al igual que su ‘A secret service’ (1898). Pese a su estilo abominable, fue el más dedicado al género y el más leído hasta que llegó Eric Ambler, quien maduró los tópicos del género y creó algunos otros más. También destaca ‘Kim’ (1901) de Rudyard Kipling, basado este último en ‘El Gran Juego’ (rivalidad entre el imperio británico y la Rusia zarista particularmente cruenta en los Balcanes y en Afganistán). ‘El Gran Juego’ será uno de los temas perdurables del género, posteriormente como mero enfrentamiento entre Gran Bretaña y la URSS en el siglo XX y junto al de la lealtad y la traición. También es preciso mencionar ‘La pimpinela escarlata’ (1905) de la Baronesa Orczy, que narra las aventuras de un aristócrata inglés que rescata a los nobles galos perseguidos por la Revolución francesa. Pero fue el ‘Enigma de las arenas’, novela de Robert Erskine Childers, la que definió la novela de espionaje típica antes de la Primera Guerra Mundial. Las novelas de espionaje más leídas eran las de William Le Queux, aunque su prosa ordinaria ha relegado sus obras a tiendas de libros de segunda mano. El segundo más popular era E. Phillips Oppenheim. Juntos escribieron cientos de novelas de espías entre 1900 y 1914, aun cuando de escaso valor literario.

 

‘Nuestro hombre en La Habana’ (1959), la novela más popular de Graham Green sobre un espía británico en la Cuba precastrista

Tras la I Guerra Mundial, el autor más leído fue John Buchan, un habilidoso propagandista: sus novelas reflejaban la guerra como un conflicto entre civilización y barbarie. Entre ellas las más conocidas son Los Treinta y nueve escalones, cuyo título fue reempleado en una película de Hitchcock, así como Greenmantle y sus secuelas. Sus novelas todavía se reeditan. Las novelas de entreguerras principalmente ficcionalizan la lucha contra los bolcheviques. En Francia Gastón Leroux naturaliza en 1917 la novela de espionaje con su pionera Rouletabille chez Krupp, donde por primera vez aparece su detective Joseph Rouletabille.

El género se volvió más consistente e importante durante la Segunda Guerra Mundial. Por primera vez aparecen novelas escritas por agentes de inteligencia retirados, como Somerset Maugham, que describe de forma certera el espionaje en la I Guerra Mundial en su novela ‘Ashenden’. Compton Mackenzie, otro agente británico retirado, escribió la primera sátira del género de espionaje tras la de Chesterton. Eric Ambler escribió sobre gente ordinaria atrapada en una red de espionaje en ‘Epitafio a un espía’ (1938), ‘La máscara de Dimitrios’, y ‘Journey into Fear’ (1940). Ambler es notable (y para algunos sorprendente) por introducir la perspectiva izquierdista en el género, que solía mostrar una actitud más conservadora y acorde al gobierno. En 1939, la escocesa Helen MacInnes publica ‘Above Suspicion’, comenzando una carrera exitosa durante 45 años que se ganó a la crítica por sus intrincadas tramas y su particular reflejo de la historia contemporánea. Otros títulos famosos incluyen ‘Assignment in Britanny’ (1942), ‘Decision at Delphi’ (1961) y ‘Ride a Pale Horse’ (1984). En 1940, Manning Coles (pseudónimo de Adelaide Frances Oke y Cyril Henry Coles) publica ‘Drink to Yesterday’, la primera en la serie de Thomas Elphinstone Hambledon. Es una adusta historia enclavada en la Primera Guerra Mundial. Las novelas posteriores ocurren en la Alemania Nazi o la Inglaterra de la Segunda Guerra Mundial y exhiben un tono más ligero, a pesar de las graves situaciones que describen. Tras la guerra, las novelas de Hambledon comenzaron a estereotiparse, por lo que el interés decreció.

La Guerra Fría tras la Segunda Guerra Mundial dio un gran impulso al género. Graham Greene (1904-1991) poseía un gran conocimiento del oficio, porque su tío, Sir William Graham Greene, ayudó a crear el Servicio de Inteligencia naval, y su hermano mayor, Herbert, espió para el Imperio japonés en los años 30; es más, su hermana menor, Elisabeth, le reclutó para el MI6, la inteligencia británica; tras servir en África, le destinaron a la Sección V a las órdenes directas de Kim Philby, el célebre agente doble de ‘Los cinco de Cambridge’.​ Y se inspiró en sus propias experiencias con el MI6 para crear una serie de novelas izquierdistas y antimperialistas como ‘El americano impasible’ (1952), ubicada en Saigón, ‘Un caso inacabado’ (1961), sobre el Congo belga, ‘Los comediantes’ (1966), en Haití, ‘El cónsul honorario’ (1973), en ‘Corrientes’ (Argentina) y ‘El factor humano’ (1978), sobre un agente doble en Londres dividido también moralmente. La más popular de sus novelas fue ‘Nuestro hombre en La Habana’ (1959), novela con toques de comedia sobre un espía británico en la Cuba precastrista. Pero su obra maestra es ‘El factor humano’, donde el tema de la traición, constante en su obra, se convierte en ‘otra lealtad’, se inviste también de una desolada filosofía existencial y se tratan a fondo los temas morales con una prosa excepcional y una consumada estructura dramática. Las últimas biografías de Greene han descubierto que estuvo trabajando para el servicio de inteligencia británico hasta su misma muerte, de forma que ya no se sabe bien si su faceta de escritor fue en realidad la tapadera de sus labores como espía.

 

James Bond o 007, el espía de ficción más famoso se populariza en ‘Desde Rusia con amor’ en 1957 del escritor y espía británico Ian Fleming

Uno de los primeros fenómenos tras la Guerra Fría fue James Bond o 007, de Ian Fleming (1908-1964), el más famoso espía de ficción, inspirado en parte en un personaje real. El personaje aparece en ‘Casino Royale’ (1953), aunque la mejor novela según las listas de éxitos fue ‘Desde Rusia con amor’ (1957). El personaje tuvo un éxito inmenso a través de adaptaciones cinematográficas que formaron una franquicia. Fleming fue también espía: diseñó planes para confundir a la inteligencia alemana y planificó la huida del rey Zigi de Albania. Sin embargo, y a pesar del éxito en ventas de las novelas de Fleming, otros escritores pronto desarrollaron héroes con rasgos bien distintos a los de Bond, ya que el espía típico (no tanto el agente operativo) debe ser hombre de apariencia anodina, dotado de gran memoria y que pasa absolutamente desapercibido. Notables entre estos son los protagonistas de John le Carré (1931) y Len Deighton (1929), que se inspiran en los autores de los años 30 que mostraban dudas sobre la moralidad del espionaje y reflejan la decadencia de la concepción imperialista británica en el mundo y en la propia Gran Bretaña. Por ejemplo, contrastando con Bond al George Smiley de Le Carré, este último es un desencantado oficial de inteligencia de mediana edad cuya esposa le ha sido repetidamente infiel con amantes que no se ha preocupado de ocultar. Los servicios de inteligencia británicos están por entero calados por los rusos, quienes ya solo tienen en cuenta a los americanos, pese a lo cual Smiley juega una desoladora partida de ajedrez con el jefe del KGB Karla para desvelar la triste verdad.

Le Carré usa el argot del MI5 y el MI6, que conocía bien por haber sido espía él mismo (topo es el agente enemigo infiltrado; el frío la URSS; los primos los estadounidenses; la guardería la estación central; cazadores de cabelleras los asesinos; inquisidores los torturadores; gorilas los agentes enemigos…). Su ficción trasluce la realidad: la traición de los Cinco de Cambridge había desacreditado por completo el servicio de inteligencia británico. Su novela más representativa al respecto de las muchas que escribió es ‘El topo’ (1974), llevada con éxito a la televisión y al cine, aunque el personaje de Smiley ya aparecía en su primera novela ‘Llamada para el muerto’ (Call for the Dead), escrita en 1961, y tenía algún papel en ‘El espía que surgió del frío’ (1963), también llevada con éxito a la gran pantalla. Len Deighton se muestra desmitificador y elíptico, y su protagonista, Harry Palmer, es una de las grandes creaciones del género; pueden citarse su ‘The Ipcress File’ (1962) de la heptalogía que dedicó al personaje y llevada con éxito al cine; pero posteriormente creó a otro espía, Bernard Samson, que se recuerda en especial por ‘Spy Hook’ (1988) y ‘Anzuelo para espías’ (1995). En ‘El día del chacal’ (1970) de Frederick Forsyth, se narra el intento de asesinato del general De Gaulle, y en ‘El ojo de la aguja de Ken Follett’, las desventuras de un espía alemán atrapado en una isla británica con información crucial poco antes del desembarco de Normandía; los autores proceden a acercarse de forma periodística, y se les aclamaba su uso dramático de acontecimientos históricos. En los Estados Unidos, destaca ‘La carta del Kremlin’, del oficial de contrainteligencia militar, escritor y empresario teatral Noel Behn. Pero también tras el antiguo telón de acero hubo novela de espías. Boris Akunin, pseudónimo de Grigori Shalvovich Chjartishvili, revitalizó el género con desmitificación, humor e ingenio en ‘Conspiración en Moscú’, ‘El ángel caído’ y ‘Gambito turco’. Su héroe, Fandorin, nada tiene que ver con el derrotado Smiley de Le Carré o el frívolo James Bond

 

El joven solitario se transformó en un líder sanguinario, en el campo de fútbol era un delantero implacable, de ahí que le apodaran ‘Maradona’

Abu Bakr al-Baghdadi era conocido como ‘Maradona’. De chico era un delantero implacable, según la biografía escrita por un simpatizante del terrorista, Turki al-Bin Ali, en agosto de 2013. Fuera de la cancha sus amigos de la mezquita lo describían como ‘tímido, calmo y predicador’. Pero con el paso de los años, aquel joven solitario se transformó en un líder sanguinario del grupo ‘Estado Islámico’ (EI), responsable de llevar a la ‘Jihad’ o Guerra Santa aún más lejos que Al-Qaeda. De él solo se conocieron un par de fotos y un solo video. Los pocos que lo vieron dicen que usaba una máscara para que no lo reconocieran y, según los analistas, esa oscuridad atrajo a varios simpatizantes extremistas. Abu Bakr al-Baghdadi fue dado por muerto muchas veces, pero en las sobras siempre siguió liderando. Seis meses después de la última aparición pública del terrorista, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, confirmó que Al-Baghdadi fue ultimado en una operación militar en Siria.

Si bien no existen muchos datos sobre su vida, equipos de inteligencia norteamericanos e iraquíes se dedicaron exclusivamente a seguirle el rastro. Se supo que su verdadero nombre era Ibrahim Awad Ibrahim al Badry y que nació el 28 de julio 1971 en Samarra, la segunda ciudad de Irak, ubicada al norte de Bagdad. Los orígenes de Al-Baghdadi se remontan a la tribu Quaraysh, a la que pertenecía el profeta Mahoma. El líder tiene además, según la biografía de Turki al-Bin Ali, un doctorado en jurisprudencia islámica de la Universidad de Bagdad. Cuando Al-Baghdadi fue proclamado califa de Siria e Irak en junio de 2014, así lo presentó al mundo el vocero del grupo, Abu Mohammed al Adnani: “Un califa de los musulmanes (…). El jeque, el guerrero, el erudito que practica lo que predica. El orador, el líder, el guerrero, el revitalizador, descendiente de la familia del profeta”.

Era un ferviente salafista, la corriente del islam sunnita que respeta una interpretación estricta y literal del Corán. Sin embargo, según señaló a The New York Times Hisham al-Hishimi, un académico iraquí que investigó la vida de Al Baghdadi, el extremista creció en una familia sufí, una rama del islam conocida por su moderación. A pesar de ser pobre, la familia de Al-Baghdadi tenía un cierto estatus y conexiones porque dos tíos trabajaban para las fuerzas de seguridad del exdictador iraquí Saddam Hussein, dijeron varias fuentes a la revista Newsweek. Los vecinos de Al-Jibriya, el barrio de clase media baja de Samarra donde creció el líder jihadista, recuerdan a Al-Baghdadi como alguien muy practicante. “Siempre llevaba libros religiosos en la parte de atrás de su bicicleta. Nunca lo vi usar pantalones ni remera, como los otros chicos en Samarra”, contó Tareeq Hameed, un vecino de la familia, que habló con Newsweek. “Tampoco iba a cafés ni participaba de las típicas actividades de los jóvenes, sino que se juntaba con su pequeño círculo de la mezquita”, contó Hammed. Cuando cumplió 18 años, Al-Baghdadi se mudó a Bagdad para estudiar, como suelen hacer varios jóvenes iraquíes. Se radicó en Tobchi, un barrio pobre de las afueras de la capital, y alquiló una casa con dos cuartos frente a la mezquita sunnita Haji Zedan. En su tiempo libre jugaba al fútbol. “Era como el Messi de nuestro equipo”, le dijo a The Telegraph Abu Ali, que conoció a Al-Baghdadi en la mezquita.

¿En qué momento se convirtió en yihadista? Según los analistas, su extremismo religioso se forjó al calor de la invasión norteamericana de Irak, en 2003. Fue ese año, según Al-Hashimi, que se convirtió en salafista influenciado por el pensamiento de Abu Mohammed al-Mufti al Aali, ideólogo de varios grupos. En 2004 Al-Baghdadi fue capturado por los norteamericanos en una redada contra la insurgencia sunnita en Fallujah, a unos 50 kilómetros al noroeste de Bagdad. Tenía 33 años y hacía pocos meses había fundado Jeish Ahl Al-Sunnah al Jamaa, un grupo militante sunnita. Al-Baghdadi se radicalizó en Camp Bucca. Fue en aquel centro de detención estadounidense en Irak -que llegó a tener 24.000 reclusos- donde conoció a varios miembros de la rama iraquí de Al-Qaeda y a otros jihadistas. Allí también recibió el apodo de ‘Maradona’, según contó el periodista Ali Hashem en una nota publicada en marzo pasado en el sitio de noticias Al Monitor.

El Pentágono de Estados Unidos afirma que fue liberado en menos de un año, porque no lo consideraban una amenaza. Después se hizo miembro de Jaysh Al-Mujahideen, un grupo insurgente salafista, pero como probablemente lo consideró demasiado moderado, “en 2006 se unió a la organización que luego se convirtió en el Estado Islámico de Irak”, que contaba con apenas 800 milicianos. En mayo de 2010, poco después de que un ataque estadounidense matara a su predecesor, Al-Baghdadi fue elegido líder del grupo. Su objetivo primordial fue reconstruir la organización y ampliar su poder. Bajo su mando, Estado Islámico de Irak logró consolidar algunas zonas en Siria y ampliar sus zonas de control en ese país, al punto de que en junio logró tomar Mosul, la segunda ciudad del país. Este hecho impulsó al grupo a declarar la creación del califato el 29 de ese mes y a cambiar su nombre a ‘Estado Islámico’. Su vida privada era un misterio. Según los registros del Ministerio de Interior iraquí, tuvo dos mujeres: Asma Fawzi Mohammed Al-Dulaimi e Israa Rajab Mahal Al-Qaisi. Con la primera habría tenido cinco hijos, y con la segunda, uno. Al-Baghdadi solo se rodeaba de un círculo íntimo, que podía mirarlo cara a cara. Esa oscuridad, para varios especialistas en extremismo islámico, alentó a los aficionados de todo el mundo a unirse a las filas de su organización.

 

Murieron seis miembros del ISIS, además de dos niños a los que mató el líder terrorista al inmolarse detonando un chaleco explosivo

El Pentágono ha difundido vídeos y fotografías del ataque de las fuerzas de élite estadounidenses contra el líder del Estado Islámico (ISIS), Abubaker al Bagdadi, que terminó con la muerte del terrorista, el más buscado por Estados Unidos, inmolándose tras detonar su chaleco explosivo. Los vídeos, grabados con un dron, muestran a un grupo de una decena de soldados aproximándose al recinto vallado donde se escondía el objetivo, en la región siria de Idlib. También hay imágenes de los ataques aéreos llevados a cabo con aviones F-15 y drones que volaron el edificio una vez los soldados lo abandonaron. El general Kenneth McKenzie, jefe del Comando Central de Estados Unidos, ha explicado que, antes de entrar, los soldados se enfrentaron a “cuatro mujeres y dos hombres”. “No respondieron a las órdenes en árabe de que se rindieran”, ha explicado, y fueron ejecutados.

“Una vez establecidas dentro del recinto, las fuerzas estadounidenses encontraron a Al Bagdadi escondido en un túnel. Cuando su captura era inminente, Al Bagdadi detonó una bomba que llevaba adosada al cuerpo, matándose a sí mismo y a dos niños pequeños que estaban con él”, ha relatado. Mckenzie ha explicado que al principio pensaron que eran tres niños, y así lo comunicaron en un primer momento, pero luego comprobaron que eran dos. En total, “murieron seis miembros del ISIS, cuatro mujeres y dos hombres, incluyendo a Al Bagdadi”. Eso, sumado a los dos niños muertos por la explosión de Al Bagdadi. “Once niños fueron protegidos por los fuerzas asaltantes y dos hombres fueron detenidos y extraídos del lugar”, ha concluido.

McKenzie ha confirmado que los comandos se incautaron de documentos y material electrónico, un conjunto que ha calificado de “sustancial”. Después regresaron a los helicópteros y destruyeron el recinto con misiles. Las fuerzas que llevaron a cabo el asalto, ha dicho, estaban destinadas en Siria. También ha tenido el general un recuerdo para el perro implicado en la operación, que ha recibido en los últimos días elogios del presidente Trump (después de difundir su foto, este mismo miércoles tuiteaba un montaje fotográfico que simulaba la imposición de una condecoración al can). McKenzie ha explicado que es “un veterano de cuatro años”, que había participado antes en 50 misiones de combate y que resultó herido al exponerse a cables eléctricos después de que Al Bagdadi detonara la bomba. El perro, a quien se ha referido en masculino (en un primer momento se pensó que era hembra), ha regresado ya al servicio. Era el fugitivo más buscado del planeta, con una recompensa de 25 millones de dólares ofrecida por Estados Unidos. Una pregunta queda en el aire: ¿Esos 22 y medio millones de euros al cambio se lo darán al valiente espía kurdo que arriesgó su vida y su reputación mangándose los calzoncillos manchados del ‘califa’? Desde el Twitter de Donald Trump llegará o no la respuesta al mundo, perturbado por las consecuencias mortales del robo de unos simples calzoncillos, comprados seguramente en el lejano tianguis de la región siria de Idlib. Estos, en clave de inteligencia, son desde el ya histórico e histriónico 27-O, los otros pasaportes internacionales, de última generación, libres de falsificaciones, y blindados contra la corrupción. La Naturaleza no distingue entre infieles y yihadistas. Aunque Justin Bieber y David Beckham alardeen chulescamente de utilizar una sola y exclusiva vez sus calzoncillos Calvin Klein, los suyos también son pruebas ‘sustanciales’ para un agente secreto al Servicio de Su Majestad. No se olviden. Dentro de no muy poco tiempo, tendremos la obligación que salir de viaje por vacaciones con unos calzoncillos, preferiblemente ‘madurados’.

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