Los mayas y masáis no cazan, jaguares ni leones en las selvas de Yucatán y Kenia, ahora luchan contra el furtivismo y por el conservacionismo

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

En México hay unos 4.000 jaguares; 600 de ellos viven en la reserva de la biosfera de Calakmul, donde se desarrolla un exitoso proyecto de conservación de la Universidad Nacional Autónoma de México. El periodista Javier Lafuente y el fotógrafo Paul Brauns viajaron al corazón de la selva maya, donde un grupo de conservacionistas tratan de salvar al gran felino de América. Saltándonos a otro continente, África, el periodista Jacinto Antón y el fotógrafo Fernando Moleres, hacen un viaje al reino de otro gran depredador también amenazado. Es el crepúsculo del león. Solo quedan 20.000 de estas grandes fieras y no hay garantías de que la especie pueda sobrevivir. En Kenia puede observarse en su reino al icónico felino. Disney lanza una campaña en su defensa con motivo del estreno de la nueva versión de la película ‘El Rey León’.

 

La cadencia de los ladridos de Minerva marca la proximidad de la presa. Cuando esta sabuesa percibe que la carnada se ha evaporado, se agita y gruñe pausadamente. Es la señal. Entonces comienza a seguir el rastro de la bestia que ha devorado la pieza, junto a siete perros más y dos hombres a través de la frondosa selva. El sol comienza a dar vida a caminos imposibles por los que se abren paso con un machete. El ritmo es vertiginoso. Los ladridos se aceleran al sentir que cercan al gran felino, que ya no tiene escapatoria. Una vez rodeado el depredador más preciado de los trópicos de América, la intensidad de los aullidos aminora. Ya solo es cuestión de esperar. Las curtidas manos de don Pancho acarician a Minerva como quien posee un tesoro mientras rememora lo que supone encontrarse con un jaguar. “Llegar, ver al animal y saber que no le vamos a hacer nada. Eso me emociona”. La emoción de don Pancho, si acaso don Panchito, porque ya nadie fuera de los trámites burocráticos le llama Francisco Zabala, no ha llegado por ósmosis. Antes, si buscaba un jaguar era para matarlo. El felino fue durante años su enemigo, el que devoraba el ganado con el que, mal que bien, conseguía salir adelante en Tamaulipas, donde creció, en el norte de México, en la frontera que décadas después se desangra por el crimen organizado. “Era legal”, recuerda don Pancho. El trato de usted se le reconoce por los 76 años de su documento de identidad. También porque pocas personas en México han capturado tantos jaguares como él: “Más de 200 tigres. He llegado a ver 300”.

Don Pancho no mata un jaguar desde hace 30 años. Ahora, en la otra punta del país, acompaña en el terreno al proyecto de preservación del felino del Laboratorio de Ecología y Conservación de Fauna Silvestre del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Durante más de dos décadas, un equipo dirigido por el investigador Gerardo Ceballos ha desarrollado una estrategia para analizar la ecología del jaguar y contribuir a su conservación. En México habitan alrededor de 4.000 de estos depredadores, según un censo elaborado entre 2009 y 2011; con la próxima actualización se prevé que pueda aumentarse en unos 500. Del total, 600 se encuentran en la región de Calakmul, en el Estado de Campeche, en la península de Yucatán, muy cerca de las fronteras con Guatemala y Belice.

 

El yacimiento y los bosques tropicales de Calakmul, patrimonio de la humanidad  por la Unesco, son el corazón del jaguar en México

En medio de esa selva, los mayas erigieron en el primer milenio antes de Cristo la ciudad de Calakmul, que compitió en grandeza con Chichén Itzá al norte y con Tikal al sur, y tuvo su esplendor entre los siglos VII y X de nuestra era. Los arqueólogos han localizado unas 6.000 estructuras. Desde lo alto de las ruinas se atisba uno de los pocos océanos verdes del planeta, parte de las 723.000 hectáreas decretadas como reserva de la biosfera por el Gobierno mexicano. El yacimiento y los bosques tropicales han sido declarados por la Unesco patrimonio de la humanidad. Y son el corazón del jaguar en México. El trabajo del equipo dirigido por Ceballos ha facilitado un diagnóstico exhaustivo del comportamiento del felino, animal temido y adorado en la época de los mayas. Los machos abarcan un territorio mucho más grande que el de las hembras y suelen ser solitarios. Apenas se juntan para aparearse, ya que las hembras paren y cuidan a las crías solas; y se separan de ellas al cabo de un año. El jaguar mexicano puede pesar entre 50 y 70 kilos. Es de menor tamaño que el que se encuentra al sur del continente -que alcanza los 100 kilos- y se alimenta de presas más pequeñas. Las más habituales son el venado, el tejón o el armadillo, la misma cacería de subsistencia con la que los pobladores locales dotan de proteína a sus animales. Esa pugna orilla al jaguar a matar al ganado en vez de a sus presas naturales. “Hay una competencia muy fuerte entre el hombre y el jaguar”, admite Ceballos. El conflicto dificulta la conservación del felino. Convencer a los humildes ganaderos de esta zona del sur de México, ya de por sí deprimida, de la necesidad de ­preservar al depredador no es sencillo. A cambio, y en el mejor de los casos, reciben poco. La ayuda del Gobierno no siempre llega y, generalmente, se siente insuficiente. “Muchas veces nos recriminan: ‘Ustedes quieren jaguares gordos y niños flacos”. La subsistencia del animal resulta, no obstante, capital para el investigador. “Su preservación contribuye a conservar centenares de especies. Si el jaguar vive en un ambiente de cobertura forestal y hay presas, es raro que haga ­incursiones hacia las áreas abiertas”.

Para preservar, primero hay que capturar; solo así se podrán seguir los pasos y el comportamiento del felino. La tecnología es clave. Cuando Ceballos arrancó el proceso con su equipo, apenas tenían detectados 50 puntos en todo el territorio por los que se desplazaba el jaguar. Después se incorporaron unos collares que precisaban sus movimientos. Pero no son eternos y, para cambiarlos, hay que atrapar de nuevo al animal. Desde hace cuatro años, los artefactos tienen un dispositivo que, al acabarse la batería, provoca que se abran y caigan al suelo. Hasta entonces permiten un seguimiento casi milimétrico que ayuda a conocer más la biología del animal. El trabajo se complementa con un sistema de cámaras trampa que se suelen colocar a unos 50 centímetros del suelo. Por el área de influencia del equipo de Ceballos, unos 117 kilómetros cuadrados, hay distribuidas más de 50. Las baterías suelen durar cinco semanas y, aunque pueden grabar vídeo, generalmente se utilizan para hacer fotos. No siempre se capta a un jaguar. Las cámaras son sensibles a cualquier movimiento, como atestigua Heliot Zarza, mano derecha de Ceballos, mientras muestra algunos ejemplos: armadillos, tejones y, sí, también el deseado felino.

 

Convencer a los humildes ganaderos no es fácil: “Ustedes quieren jaguares gordos y niños flacos”, se quejan

En Laguna Om, cerca de Calakmul, se encuentra el humilde centro de operaciones del proyecto que dirige Ceballos. Bordeado por una charca que estos días ha recobrado el vigor tras la alarmante sequía de semanas anteriores, el campamento está en permanente renovación. Unas barracas cubren las tiendas de campaña mientras se construyen varios habitáculos en los que poder alojar, en un futuro cercano, a estudiantes y visitantes interesados en el trabajo. A la espera de contar con un generador de luz, las linternas y las velas sirven de guía desde que cae el sol hasta el amanecer, hora de partida. Apenas son las cuatro de la madrugada cuando la calma en el campamento se ve alterada por el ladrido de los perros, inquietos, sabedores de lo que se viene. Los collares y las cámaras han permitido conocer por dónde se desplazan los jaguares y abonar así caminos para facilitar su posible captura. Sin embargo, en época de lluvias, como este noviembre mexicano, los senderos están inundados por el barro. Encontrar un jaguar resulta complejo. Aun así, una camioneta con Heliot Zarza y Pocho, uno de los dos chicos que se abrirán paso con los sabuesos por el bosque en busca del jaguar, se adentra por un camino improvisado. Don Pancho se mantiene en la retaguardia, en el vehículo que transporta a los perros.

No hay luz todavía cuando la camioneta principal encalla en el barrizal. Marcos, uno de los guías de los perros, decide adentrarse en la selva para comprobar si la carnada que dejaron hace un día sigue ahí. Si no está, avisarán a Ceballos y al resto del equipo, entre ellos una veterinaria, que aguarda en el campamento. Es el momento que todos esperan. El de los aullidos de Minerva, la sabuesa. Solo Marcos y Pocho podrán seguir el ritmo de los perros. El resto se demorará hasta llegar al jaguar: 20 minutos, una hora, tres horas…, quién sabe. Aquí no hay GPS que valga. Solo los ladridos sirven de orientación. Por delante, la selva emergerá sin fin.

 

Preservar, el mantra de Gerardo Ceballos desde que, siendo niño, leyó ‘El último chorlito’, el libro que marcó su infancia y su vida profesional

A los investigadores les resulta imposible de explicar el cúmulo de sensaciones que produce tener un jaguar cara a cara. Hay que actuar con delicadeza. Si el felino permanece en el suelo, puede revolverse. Los perros guardan distancia. Un zarpazo acabará con cualquiera de ellos. Los ladridos fuerzan generalmente a que el animal trepe al árbol. En ese momento, Marcos se subirá a otro para disparar la anestesia. La veterinaria es la encargada de calibrar la dosis necesaria teniendo en cuenta el peso del animal. La caída no es automática, el jaguar suele descender. Ya en el suelo, se desmayará. No hay tiempo que perder: se le protegerán los ojos, se le pesará y se tomarán muestras de sangre para estudiar su evolución. Se le colocará el collar pertinente y se asegurará que, poco a poco, va despertando.

“Me queda claro que lo importante es conservar”, ­resume don Pancho. Preservar, el mantra de Gerardo Ceballos desde que, siendo niño, leyó ‘El último chorlito’, el libro que marcó su infancia y modeló su vida profesional: “Decía algo como que las grandes bandadas no llegan ya y solo quedan las leyendas; últimos de una especie agonizante, vuelan solos… Yo imaginaba cómo sería llegar a un lugar y no ver a nadie. Esa enorme soledad”.

 

Durante más de 500 años, los masáis han celebrado un rito de paso de la adolescencia a la edad adulta que consiste en cazar un león

La comunidad masái es una de las más de 40 presentes en Kenia, el país más rico en diversidad étnica de esta región oriental africana. Durante más de 500 años, han celebrado un rito de paso de la adolescencia a la edad adulta que consiste en cazar un león; una práctica que va perdiendo peso en su cultura ante las leyes que protegen a animales en peligro de extinción, como estos felinos. Pero también va desapareciendo debido a otras iniciativas como las Olimpiadas Masáis, que proponen el deporte como alternativa; o, de manera más continuada, sustituir la tradicional caza por una formación para convertirse en agentes forestales y proteger no solo a estos animales, sino a la totalidad de la fauna presente en la zona. Patrick Papatiti, jefe de seguridad del Servicio de Vida Salvaje de Kenia (KWS), en el Parque Nacional Tsavo, se vio en la circunstancia de elegir entre el animal o su sustento: “En mi caso fue casual; un león atacó el ganado de mi familia y tuve que matarlo”, relata. La posición social de guerrero, que conlleva el dar caza a este animal, no implica que se vaya a acometer ninguna acción bélica. Esta denominación se refiere al carácter originario de este pueblo que, se cree, migró desde el norte de África hacia el sur a lo largo del Valle del Nilo conquistando a los habitantes de las aldeas del camino y quedándose el ganado para sobrevivir a su viaje.

Hoy, situados en Kenia y Tanzania tras una progresiva desposesión de sus asentamientos históricos, su posición de guerreros ya únicamente les confiere la salvaguarda del ganado, uno de los pocos vínculos culturales que esta comunidad seminómada mantiene. Para los masáis, su rebaño siempre ha sido sagrado porque constituye su principal vía de subsistencia, una realidad que se mantiene. Sin embargo, Papatiti explica que se trata de una práctica tradicional que pone fin a los ritos de iniciación a los que se enfrentan los miembros masculinos de la comunidad hasta convertirse en adultos, momento tras el que ya se pueden casar y formar una familia. A las mujeres, la tradición les reserva la construcción de las casas, las tareas del hogar y la artesanía. Pero en la actualidad se empiezan a encontrar ejemplos discordantes. Es el caso de Purity Lakara y Eunice Peneti, dos jóvenes que, junto a Papatiti, forman parte del equipo de 40 agentes forestales del proyecto TenBoma, promovido por el Fondo Internacional para el Bienestar Animal (IFAW) con el respaldo de la Fundación TUI Care.

 

A diferencia de otras reservas protegidas africanas, el Tsavo está exento de vallado, lo que supone convivir con animales salvajes

Para Peneti, la decisión de trabajar como guardiana de la naturaleza ha supuesto un proceso de cambio individual y de su entorno más próximo. “Queremos ser capaces de tomar nuestras decisiones. Cuando empezamos en este proyecto, nos decían que no podríamos, pero ahora lo aprueban. Nos ven patrullando y se dan cuenta de que podemos hacerlo y lo hacemos bien”. Su trabajo, señala más escuetamente Lakara, es proteger la vida salvaje a través de la comunidad. “Para nosotros es más fácil porque pertenecemos a ellas, somos chicas de la tierra”. Mediante una combinación del conocimiento local y de desarrollo tecnológico, la iniciativa TenBoma busca detener la caza furtiva. En concreto, se trata de convertir en datos la experiencia de los que viven en el entorno y lo conocen, unida a información rastreable, como las huellas de los neumáticos o los restos de una hoguera. Todo esto se recopila de modo que la actividad furtiva pueda ser monitorizada. “Protegemos la vida salvaje de muchas formas. Patrullamos desde temprano cada mañana por el bosque para rastrear las huellas de los animales y asegurarnos que corresponden con los del tipo de especie que tenemos registrado, de esa manera podemos saber, al cabo de los días, si cada especie presente en el parque va a menos o a más», explica Peneti, que añade que su labor consiste en asegurar que la fauna esté a salvo y en conocer el número de cada especie.

Este nuevo enfoque aplicado en el Parque Nacional Tsavo, al sur de Kenia, responde a la necesidad de actuar activamente, antes de que ocurra y no después, ante la amenaza contra la vida silvestre que persiste pese a la prohibición keniana contra la caza, presente en el país desde 1977. Porque se sigue cazando de manera ilegal a pesar del endurecimiento de las penas contra los furtivos, que pueden ser sancionados con multas de hasta 200.000 dólares o condenados a cadena perpetua. Con aproximadamente 42.000 kilómetros cuadrados, el parque Tsavo tiene casi el tamaño de Holanda. Tsavo está exento de vallado, lo que para alrededor del 8% de sus habitantes supone convivir con animales salvajes. Y esto es fuente de conflictos que no solo giran en torno a la seguridad, también con relación a la conservación de cultivos, ganado, y hasta para el acceso a la educación. “A veces los animales no dejan ir a los niños al colegio, especialmente en invierno, de mayo a agosto, cuando están en todas partes”, señala Rosemary Melishoza, jefa del KWS. Por ello, el programa TenBoma implica también a la comunidad a través de formación y reuniones periódicas en las que se debaten posibles soluciones a esta situación. “Estamos en contacto con las comunidades y realizamos muchas actividades con ellas para que conozcan los beneficios de convivir con estos animales salvajes”, dice Peneti. De momento, han comprobado que algo tan sencillo como equipar a la población con una linterna y un silbato resulta eficaz.

 

El crepúsculo del león, viaje al reino de un depredador que intenta sobrevivir, solo quedan 20.000 de estas grandes fieras

Hay pocas emociones tan intensas en el mundo como la que produce contemplar a un gran león macho en su ambiente, en la extensa sabana africana, donde siguen reinando todavía pese al imparable declive de la especie. Se calcula que quedan apenas 20.000 leones -solo 4.000 machos-: están desapareciendo de vastas extensiones de África que eran antaño parte de su dominio (aunque hay otros 500 en la India, leones asiáticos) y, si nada lo remedia, la fiera emblemática del planeta, Simba, la esencia de lo salvaje, podría extinguirse en poco tiempo. En esa triste tesitura, la nueva versión, 25 años después, de ‘El Rey León’ de Disney, que llegó a las pantallas el pasado 19 de julio, con los animales recreados por realidad virtual, se tiñe de un tono crepuscular, aunque también, al relanzar el interés global por los leones y la amenaza que sufren, de esperanza.

“Llevábamos dos días tratando de ver uno -narra Jacinto Antón-, uno de larga y espesa melena, un señor león icónico, de los de toda la vida, y Fernando, el curtido fotógrafo de este reportaje, empezaba a impacientarse. Recorríamos arriba y abajo en todoterreno el Triángulo, la zona oeste de la célebre reserva nacional de Masái Mara (Kenia), uno de los lugares del planeta que más se asocian con los leones y la vida salvaje, y ya habíamos visto en ese océano de hierba de todo, incluidos grandes rebaños de elefantes, de búfalos, de antílopes, de cebras, de gacelas, y también hienas, hipopótamos, grandes cocodrilos, varios guepardos, una mangosta con una serpiente en la boca, facóqueros (inevitablemente señalados como ‘pumbas’ -curiosamente, son la comida preferida de los leones-) y una inusitada cantidad de jirafas; y hasta varias leonas. Pero el león nos eludía. Fernando se mesaba la incipiente barba -entre salida y salida, ya ni nos aseábamos, embargados por la fiebre del león- y golpeaba la carrocería del coche como Patton a la cabeza de sus blindados cada vez que el conductor hacía amago de detenerse para mostrarnos algo. ‘¡Venga, venga!, ¡visto!, ¡seguimos!, ¡a por el león!’, gritaba”.

 

“Avanzaba con una majestuosidad en la que se concentraban todo el poder del paisaje y del juego de vida y muerte de esa tierra salvaje”

“Aquella tarde regresábamos de visitar el poblado masái, incómodos vecinos de los leones, tras la puerta de Oloololo, una de las que se atraviesan para salir de la reserva, y, de nuevo en el parque, volvíamos al lodge de Mara Serena, donde estábamos alojados (un gran cambio para alguien que en 1982 estuvo acampado en una humilde tienda junto al Sand River a merced de las hienas). Al cruzar las llanuras de Paradise Plain y Olpunyata Swamp, que se suelen inundar en la estación de lluvias fuertes, el cielo, inmenso como solo lo es en África, presentaba un aspecto magnífico y amenazador, cubierto de nubes enormes por las que se filtraba una luz sobrenatural que ponía una nota aún más dramática en aquel territorio infinito e indómito. El conductor, Freddy, nos llevó campo a través hasta el pie de un árbol solitario, una gran acacia. De sus ramas más altas colgaba incongruentemente un impala. Era la despensa de un leopardo. La idea de ver un leopardo, uno de los Cinco Grandes de África, animó a Cecile y Sergio, los otros dos fotógrafos profesionales con quienes compartíamos ese día vehículo y aventura.

Pero Fernando se mostraba inflexible. ‘Necesitamos el león’, estableció. Mientras discutíamos, el dedo del conductor señaló entre los pastos. ‘Simba’, dijo. Miramos y ahí estaba, un macho impresionante, solitario, aunque de lejos lo seguían dos hienas. Avanzaba con una majestuosidad en la que se concentraban todo el poder del paisaje y del juego de vida y muerte de esa tierra prístina y salvaje. Seguimos al león en su discurrir por su reino, como timoratos súbditos pertrechados de teleobjetivos y, en mi caso, de prismáticos y mi bloc de notas”.

 

“Acabó cruzándose ante nosotros. Pudimos medir los letales colmillos en su boca entreabierta. Se podía aspirar el olor acre que exudaba la fiera”

“A ratos se detenía, alzaba la cabeza y, mientras el viento agitaba su melena, parecía avizorar a lo lejos algo que no veíamos. Acabó cruzando ante nosotros, tan cerca que pudimos admirar la estremecedora potencia de cada músculo de su cuerpo, medir los letales colmillos en su boca entreabierta y aspirar incluso el olor acre que exudaba la fiera. En un instante inolvidable pareció mirarme directamente. Unos ojos de color ámbar en los que no había asomo de piedad ni de culpa; solo la atávica expresión de dominio del depredador ante la presa. Siguió avanzando hacia donde quiera que le llevaran su impulso o su regia voluntad y entonces se recortó contra la tormenta que llegaba desde el oeste como una muralla de oscura violencia. Era una imagen tan terriblemente hermosa y sugerente que parecía brotar directamente de un sueño. El gran león dorado, sobre el que caían los postreros rayos de luz, destacaba como un extraño motivo heráldico radiante y a la vez se empequeñecía bajo el abrumador peso del cielo. Una imagen preternatural con la fuerza de un símbolo y de un augurio. El león continuó marchando sin detenerse, impasible, hacia la tormenta y el ocaso. Miré a Fernando, sus duras facciones transfiguradas por una honda emoción; teníamos el león y a la vez era imposible no pensar, mientras desaparecía en el horizonte, que lo perdíamos para siempre”.

El viaje a Kenia, organizado por Disney, sirvió para contemplar algunos de los parajes más importantes que han inspirado la nueva e innovadora ‘El Rey León’. Los creadores visitaron diferentes lugares del país para experimentar los animales en su entorno, tomar referencias reales y recrear virtualmente los paisajes de la película, un proceso tecnológico similar al que ya utilizó el mismo director Jon Favreau en su versión de ‘El libro de la selva’ (2016). Favreau quería que todo lo que aparece en el filme estuviera firmemente enraizado en la realidad. ‘Guardamos un gran respeto por El Rey León original, icono de toda una generación, pero esto es otra cosa, damos más verdad, una experiencia que parece real’, explicó James Chinlund, diseñador de producción, en una conferencia de prensa en Nairobi, junto a un jardín en el que volaban coloridos suimangas de belleza asombrosa. ‘El libro de la selva’ ya mostró que era posible recrear con tecnología digital un mundo orgánico; ahora hemos ido más lejos…”.

 

En un siglo los leones han perdido un 75% de su territorio africano. Hacia 1880 había en África 1,2 millones de Panthera leo

Especialmente se ha usado como referencia en la película ‘Masái Mara’, inspiración del reino de Mufasa, con su mar de hierba y acacias y sus cielos cambiantes; las Chyulu Hills, cuyas formaciones pétreas han sido la base para la Roca del Orgullo; el monte Kenia , cuyo bosque tropical sirve de escenario para el crecimiento de Simba con Timón y Pumba, y los Aberdare, viejo santuario del Mau Mau, cuyas impresionantes cascadas son el telón de fondo del retorno de Nala a la vida de Simba (apenas hay leones en esos montes: han sido trasladados a otros lugares para que no amenacen a la población única de bongos). En Disney son conscientes de que el círculo de la vida se estrecha para Simba y de la caída en picado de los leones, así que la compañía se ha comprometido decididamente en las iniciativas para su conservación. Disney ha lanzado en coincidencia con la película la campaña ‘The Lion King: Protect the Pride’ para apoyar a la organización Lion Recovery Fund y su objetivo de duplicar la población de leones para 2050 a través de iniciativas que implican a diferentes comunidades. La idea de que Simba pueda salvar a Simba es desde luego sugerente.

 

Se calcula que hacia 1880 había en África 1,2 millones de leones (Panthera leo). En los años cincuenta del siglo XX habían descendido hasta los 500.000; en los noventa eran todavía 100.000; hoy solo quedan esos menos de 20.000 (aunque no hay nada tan difícil como contar leones), distribuidos en poblaciones que en muchos casos no aseguran el relevo generacional. Expertos en los denominados reyes de la selva, como Dereck Joubert, explorador en residencia de National Geographic (y, doy fe, hombre con una vista excepcional para descubrir leones sobre el terreno: recorrimos el mismo Masái Mara en 2012), advierten de que en poco más tiempo podríamos quedarnos sin ellos. Su principal amenaza, tras milenios de temerlos, admirarlos, venerarlos, capturarlos y cazarlos como el mayor trofeo, somos nosotros, los humanos. No solo por la caza, legal o furtiva (cinco veces mayor que la anterior). El principal factor en contra de los leones es hoy en realidad la disminución continuada e imparable de su hábitat por la presión del hombre, debido al exponencial aumento demográfico, a fin de conseguir nuevos espacios para la ganadería y la agricultura. Desaparece su geografía. Y aún habría que sumar el cambio climático. Se calcula que en un siglo los leones han perdido el 75% de su territorio africano. Un estudio oficial sobre el declive del león en África advierte que sin una intervención decisiva en los próximos 20 años, la población de leones se habrá reducido a la mitad, antesala de su extinción.

 

El león de Berbería desapareció en la década de 1950, en parte por culpa de la deforestación causada por la guerra de Argelia

El león ya desapareció a lo largo de la historia de muchos de los países en los que era abundante: en Grecia, donde los cazaba Alejandro Magno, en el siglo I; en Georgia, Armenia, Azerbaiyán, mil años después; en Palestina, durante las cruzadas; en Turquía, a finales del XIX; en Irak, el último fue cazado cerca del Tigris en 1918; en Irán, donde eran el símbolo de Persia, en la década de 1960. Solo sobreviven fuera de África en un pequeño lugar en la India, en Gir, en el Gujarat, donde se conserva una población de 520 leones asiáticos (la subespecie Panthera leo persica) vulnerable a la consanguineidad y a cualquier epidemia. En ‘When the Last Lion Roars. The Rise and Fall of the King of the Beasts’ (Bloomsbury, 2018), uno de los libros recientes y elocuentes sobre el destino del león y una obra tan iluminadora como conmovedora, la escritora especialista en vida salvaje Sara Evans muestra un panorama desolador. Ya hay subespecies africanas de león extintas, como el león de Berbería, tenido por muchos por arquetípico, que desapareció en la década de 1950, en parte por culpa de la deforestación causada por la guerra de Argelia. La situación del león es crítica en África occidental, donde viven los leones más amenazados y menos protegidos: solo se los encuentra en 5 países comparado con los 15 de hace 20 años, y confinados en el 1% de su territorio de entonces. En Costa de Marfil y Ghana prácticamente han desaparecido. En 2015 se vio uno en Gabón, el primero desde 1996. Benín, Burkina Faso, Níger, Nigeria y Senegal suman entre todos menos de 400 leones. De hecho, solo hay cuatro países africanos en los que el número de leones no está en caída libre: Botsuana (3.000, 2.000 en el Okavango), Namibia, Sudáfrica y Zimbabue. Únicamente en esos países, más Tanzania, Kenia, Mozambique y Zambia, hay grupos de más de 500 leones adultos, considerados las “fortalezas” de estos felinos. Evans apunta que desaparecen a diario y que en 75 años podrían haberse perdido el 90%, lo que haría prácticamente inviable la especie. Los que quedaran serían “muertos vivientes”. Hay que recordar que el león, como carnívoro principal, desempeña un papel decisivo en la ecología del continente y su extinción provocaría una catástrofe ambiental.

En Kenia, donde nacieron evolutivamente los leones hace tres millones de años, y de donde era la famosa Elsa de ‘Nacida libre’ (hay nueva edición española del libro, en Capitán Swing) y es el Simba de Disney, la pervivencia del león no está en absoluto libre de amenazas, advierte James Clarke, escritor científico y miembro fundador de la ONG Endangered Wildlife Trust, autor de ‘Overkill, the Race to save Africa’s Wildlife’ (Struik Nature, 2017). Se calcula que en todo el país hay unos 3.000 (solo 2.000 según Clarke) repartidos en 18 poblaciones, de las que únicamente dos grupos constan de más de 500 individuos. La vecina Tanzania, en cambio, tiene muchos más, casi la mitad de todos los leones de África, más de 7.000 solo en la gran reserva de Selous. En el Tsavo keniano, el lugar de los célebres devoradores de hombres cazados por el coronel Patterson, quedan apenas 50, lo que podría suponer que ese sitio emblemático se quedara sin leones. Incluso en el paraíso salvaje de Masái Mara, aunque las autoridades son muy cautas con los números, su población parece haber descendido. La primera vez que visitó Jacinto Antón la reserva, en 1982, eran sin duda más abundantes: “Te los encontrabas por todas partes y era habitual presenciar cacerías (vi matar una cebra y descuartizar un babuino: no es un espectáculo agradable). En 2012, pese a ir con los expertos Joubert -Dereck y su esposa, Beverly-, que es como ir con Custer a ver indios, había obviamente menos leones. Este año, como he explicado, nos costó encontrar un gran macho, aunque vimos una hembra en una charca y otras dos con cachorros desde un globo (una forma de observar mucho terreno fácil y cómodamente, sobre todo si no aterrizas, como casi nos ocurrió, sobre las fieras)”.

 

La acción humana, eliminando especialmente machos, causa efectos tremendos en las manadas por su naturaleza intrínsecamente social

En el Triángulo de Mara hay identificadas seis grandes manadas. Están formadas básicamente por hembras (parientes entre ellas), cachorros y semiadultos, con un gran macho dominante (el Mufasa de turno) o a veces una coalición de dos o más. Entre los territorios de las manadas se mueven patrullando los machos solitarios o en pequeños grupos, expulsados de las manadas al cumplir los dos años de edad. Estos machos compiten ocasionalmente contra los dominantes a fin de alcanzar la jerarquía en una manada. Cuando lo logran, tras luchas que pueden ser épicas, se entregan como Herodes a una verdadera operación de infanticidio, matando a los cachorros del anterior rey para que sus hembras vuelvan a entrar en celo y cubrirlas ellos (así que lo del tío Scar en ‘El Rey León’ no está tan desencaminado). El mecanismo es complejo y a veces desemboca en catástrofes para las manadas.

Durante uno de los recorridos por la reserva, un guía me habló de un león que había causado un dramático desequilibrio en 2009. No se llamaba Scar, sino Notch, y era una bestia poderosa que se desplazaba acompañado por tres de sus hijos ya adultos que actuaban como pandilleros. El problema con Notch era que entraba en las manadas, vencía al macho dominante, mataba a sus cachorros y copulaba con sus esposas, pero luego seguía su camino, repitiendo el esquema viciosamente y dejando las manadas descabezadas y abandonadas a su suerte. Solo una manada de las siete del Triángulo, la de Oloololo, permaneció estable en ese tiempo calamitoso hasta que se reestableció el equilibrio con la desaparición de Notch. La historia prueba lo delicadas que son ya por su naturaleza intrínsecamente social las poblaciones de leones. La acción humana, eliminando especialmente machos, causa efectos tremendos en las manadas.

 

El guardia deplora que el turismo ha descendido en Kenia, lo que repercute en los fondos para proteger a los animales

Alfred Bett, guardia del Mara Conservancy, el organismo que protege el Triángulo (aquí no hay rangers del Kenya Wildlife Service), me explicó una noche en el Mara Serena, la barra con mejor vista del mundo y en la que te sientes como Denys Finch Hatton o Allan Quatermain, que defender el parque requiere coraje, pues los furtivos no solo emplean lanzas y flechas envenenadas (también contra ellos), sino armas automáticas. En 2015 los furtivos o ganaderos cabreados del entorno del parque envenenaron a ocho de los leones de una de las manadas más populares del Masái Mara, la de las marismas, protagonista del programa de la BBC Big Cat Diary. “El trabajo es patrullar y retirar trampas. Se ha reducido la caza furtiva gracias a la colaboración con la vecina Tanzania”. El guardia deplora que el turismo ha descendido en Kenia, lo que repercute en los fondos para proteger a los animales.

De los leones, sostiene que la población en el Masái Mara es estable. “Ni aumenta ni desciende, hay 69 en el Triángulo y 468 en todo el Masái Mara” (hace pocos años había 547, según otras fuentes). “Hemos podido solucionar contenciosos con las poblaciones masáis, pagando por las vacas que les matan los leones y sobre todo incorporando a los propios masáis en proyectos de defensa de la vida salvaje”. Esos planes incluyen programas como los Guardianes de los Leones, Defensores de los Leones o Guerreros de la Vida Salvaje, que están tratando de cambiar la mentalidad de las comunidades vecinas para que el león no sea visto como un enemigo o un problema (o un enemigo ancestral al que los jóvenes masáis deben alancear para devenir guerreros en el ritual del olomayio), sino como una posible fuente de riqueza, y de prestigio, que merece ser protegida. De todos modos, vivir cerca de la reserva no es fácil y se han dado casos en que los leones no se contentan con atacar al ganado. De hecho, la frecuencia de los ataques a humanos en África (120 al año solo en Tanzania) aumenta proporcionalmente al avance de las poblaciones sobre los últimos espacios libres. Un estudio citado por Sara Evans sostiene que entre 1990 y 2006 los leones mataron a 563 personas en el continente. Por su parte, 100 leones mueren cada año en Kenia -donde es ilegal matarlos- como resultado del conflicto con los ganaderos. Pero se está produciendo un positivo cambio de mentalidad en algunas zonas.

 

La dramática muerte con una ballesta de Cecil, supuso un aldabonazo en las conciencias y un momento clave en la conservación del león

Del macho que vimos en la tormenta no me supo decir Alfred Bett el nombre. Pero sin duda, subrayó, no era el gran Scarface, probablemente el león más famoso del Mara, de unos 12 años, un gran rey y una verdadera leyenda viviente que se desayuna hipopótamos. “Lo hubieras reconocido por el tamaño y las marcas de los muchos combates que ha sostenido”. Scarface fue alanceado por un guerrero masái al que trataba de robarle una vaca y perdió el ojo derecho en una lucha para conseguir la pata de las hembras de la famosa manada de las marismas, protagonista, además del programa de televisión mencionado, del famoso libro ‘The Marsh Lions’, de Brian Jackman con Jonathan y Angie Scott (Elm Tree Books, 1982).

La dramática muerte en 2015 en Zimbabue, a manos de un descerebrado cazador y dentista de Minesota con ballesta, de un león monumental e icónico, el famoso Cecil, supuso un aldabonazo en las conciencias y un momento clave en la conservación del león, el momento Cecil. De repente, mucha gente se hizo consciente de lo delicado de la situación de los grandes felinos, de lo estúpido que es matarlos por placer, y de lo triste y aburrido que sería un mundo sin ellos. Los tres retos básicos ahora, acuerdan los conservacionistas, son proteger sus lugares, involucrar a la gente masivamente en su defensa y asegurar financiación desde los países ricos para pagar la conservación de los leones que las naciones africanas no pueden asumir solas.

En 12 países de África todavía se puede cazar legalmente leones (200 al año en Tanzania). El hecho de que los cazadores maten sobre todo machos, y machos poderosos, conlleva que se incremente el ciclo natural que hemos visto de infanticidio en las manadas. A los leones se les caza también actualmente por sus huesos, que están reemplazando a los de tigre en la medicina natural china. Y se compran a precio de oro. Muchos conservacionistas propugnan que el león africano sea incluido en el apéndice I del convenio CITES (está en el II) con las especies en mayor peligro, lo que haría que se prohibiera el comercio de trofeos y partes de león (ya es ilegal en Australia y Francia, caso único en la UE). Otra amenaza para los leones son las enfermedades, entre ellas el síndrome de inmunodeficiencia felino. Son también sensibles a las epidemias que transmiten los perros y el ganado que viven cerca de sus territorios. En 1995 el moquillo mató a un millar de leones en el Serengueti, un tercio de su población.

“El viaje a Kenia a ver leones a lomos de ‘El Rey León’ estuvo lleno de momentos mágicos: la lluvia nocturna de escarabajos -uno cayó en mi copa de vino-, el rastro de hipopótamos en la pista embarrada del aeródromo junto a Mara Serena, el fuego de los globos al inflarse en la madrugada, los búfalos castrados por las hienas en los Aberdare, la nube de hormigas voladoras gigantes recortadas contra la Cruz del Sur, el lengüetazo azul de una jirafa o el pie de Aude junto a la huella de un leopardo. Pero, sobre todo, permanece imborrable la mirada del león, aquel destello amarillo que fulguró en la sabana antes de apagarse en el formidable ocaso que dejó África a oscuras”.

 

El depredador de América lucha por sobrevivir, en México viven unos 4.000 jaguares amenazados por la caza ilegal y la deforestación

Su piel manchada representaba en las culturas prehispánicas el cielo y las estrellas; su rapidez y sigilo, la audacia y valentía de los gobernantes y religiosos. El jaguar, símbolo de civilizaciones como la maya, los olmecas, los huicholes o los nahuas, está en peligro de desaparecer. El depredador de América, el felino más grande del continente, y el tercero más grande del mundo, después del león y el tigre siberiano, vive amenazado por la caza ilegal y la destrucción de su hábitat. México propone una estrategia para protegerlo, porque de su supervivencia depende, en buena parte, la vida de la selva.Su presencia como gran depredador indica la salud del ecosistema, porque que donde hay jaguares, hay bosque, hay vida, que el ambiente sigue estando en buenas condiciones. Si mantenemos el jaguar estaremos preservando el 60% de toda la diversidad de México”, explica Gerardo Ceballos, investigador del Instituto de Ecología de la UNAM y presidente de la Alianza Nacional para la Conservación del Jaguar,  a la periodista mexicana Elena Reina.

Mediante una alianza entre la sociedad civil, la empresarial y el Gobierno mexicano, se anuncia por primera vez una estrategia nacional con la creación de 14 nuevas áreas protegidas en el país, que significan 2,6 millones de hectáreas, el 1% del territorio nacional. Desde la Comisión Nacional de Áreas Protegidas, un órgano del Gobierno, han dado a conocer una propuesta de trabajo coordinado con la Secretaría de Transportes para mejorar las carreteras y evitar las muertes de jaguar por atropellamientos. Entre los avances de los últimos años, un ambicioso programa para rehabilitar a dos cachorras, que estaban abandonadas en Calakmul, Campeche, en el sureste de México. En general, los diferentes programas de protección a las especies amenazadas en el país han contado con una inversión de 1.000 millones de pesos, unos 50 millones de dólares, financiados durante más de 13 años por la Alianza de WWF con la Fundación Carlos Slim, en colaboración con el Gobierno Federal y las comunidades locales. Sólo para la conservación del jaguar se han destinado 15 millones de pesos, unos 712.000 dólares.

Para contrarrestar el impacto de la fragmentación de los hábitats del jaguar se planteó una red de más de 50 “corredores biológicos”, que permiten la conectividad entre sus poblaciones y abarcan una superficie del 21% del territorio nacional. Esta iniciativa nacional se enmarca en los compromisos que México se planteó en el Plan Estratégico para la Diversidad Biológica 2011-2020 y las Metas de Aichi, los cuales buscan, junto con más de 190 países, conservar la biodiversidad y mejorar sus beneficios para las personas. Pero las principales amenazas del jaguar y cómo combatirlas han quedado en el aire. La caza ilegal del felino para vender sus pieles, además de para uso doméstico -es común entre los grandes capos de la droga la posesión de animales exóticos y en peligro de extinción-, o para evitar que maten al ganado, son los factores más dañinos para la especie y las sanciones no quedan claras. “Estamos trabajando para pedir mayor dureza a las instituciones, porque las sanciones no eran muy buenas, queremos que alguien que mate a un jaguar pueda ir a la cárcel”, apunta Ceballos. “Me atrevo a pensar que hay cientos de jaguares en cautiverio”, critica Ceballos.

Se calcula que a comienzos del siglo XX el jaguar reinaba desde los áridos matorrales de Arizona y Nuevo México (sur de Estados Unidos) hasta las selvas del norte de Argentina. La deforestación de millones de hectáreas de selvas para campos de cultivo, ciudades y pueblos, así como la caza indiscriminada fueron limitando su territorio. En México, los bosques del Golfo abarcaban más de 22 millones de hectáreas, hoy están reducidas a un millón, dispersas como islas, rodeadas de pastizales, cultivos y ciudades. Se estima que antes a finales del siglo XV y principios del XVI vivían en el continente unos 100.000 jaguares. De ellos sólo quedan unos 50.000. La gran mayoría se encuentran en Brasil, 30.000, pero han desaparecido prácticamente de Estados Unidos, El Salvador y Uruguay. En México se encuentran sobre todo en la zona del sureste y especialmente en la península de Yucatán. Este felino, que puede medir hasta dos metros y medio y pesar hasta 120 kilos, se encuentra amenazado. “Falta mucho trabajo por hacer, especialmente con aquellas personas que coexisten con el jaguar. Es importante crear incentivos para concienciar a la gente de que perder una especie es como quitar ladrillos a una pared. Llegará un día en el que vamos a colapsar”, resumió Ceballos.

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