Socialismo milenial en los ‘Estados Desunidos’ de la América de Donald Trump, los jóvenes son críticos con la desigualdad y el ‘statu quo’

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Las réplicas del terremoto político que provocó el presidente de origen alemán con sus comentarios de contenido racista, dirigidos a cuatro congresistas demócratas, no cesan. La Cámara de Representantes aprobó estos días una resolución para condenar los mensajes del mandatario en los que les pedía a las legisladoras que “vuelvan a sus países”, pese a ser estadounidenses (tres de ellas, de nacimiento). Desde que se desató la polémica, Trump ha disparado con más fuerza. El neoyorquino las ha calificado de “antisemitas”, “pro-Al Qaeda” y “antiestadounidenses”. ‘El Escuadrón’, como se conoce a las cuatro líderes progresistas por su activismo, acusó al mandatario de promover  “la agenda del nacionalismo blanco” e hizo un llamamiento a no “morder el anzuelo”. Los demócratas salieron en tromba a repudiar los comentarios del actual inquilino del Despacho Oval, mientras la mayoría de los republicanos guarda silencio o no ve racismo en sus contenidos. Las aludidas por los ataques de Trump son Alexandria Ocasio-Cortez, neoyorquina de origen puertorriqueño; la afroamericana Pressley, nacida en Cincinatti; Rashida Tlaib, de Detriot, hija de palestinos; e Ilhan Omar, quien llegó a Estados Unidos cuando era una niña proveniente de Somalia. Las cuatro fueron electas en las pasadas elecciones legislativas de noviembre, que trajeron consigo el Congreso con mayor número de mujeres y más diverso de la historia de Estados Unidos.

 

En una caótica sesión, la Cámara de Representantes, de mayoría demócrata, aprobó la resolución condenatoria. La división que producen los comentarios del presidente se vio clara en la sala: 240 votos a favor y 187 en contra. Solo cuatro republicanos se salieron de sus filas y se sumaron a la iniciativa de la oposición. La resolución “condena enérgicamente los comentarios racistas del presidente, que han legitimado y aumentado el temor y el odio hacia los nuevos ciudadanos estadounidenses y las personas de color”. ¿Qué pueden esperar los ciudadanos de México y Canadá y otros países de Centroamérica, si Donald Trump trata así a sus congresistas? La líder de los demócratas en la Cámara, Nancy Pelosi, tachó las palabras del mandatario como “vergonzosas y repugnantes”, y agregó que eran “comentarios racistas». A pesar de que no calificó a Trump de racista, los republicanos cuestionaron el discurso de Pelosi por considerar que violaba las normas de decoro que prohíben calificar como tal al presidente. Los correligionarios del mandatario forzaron una votación para eliminar del expediente los comentarios de la líder demócrata, pero fracasaron en el intento. También pidieron una moción para que Pelosi no pudiera participar más en la sesión, pero los demócratas la revirtieron rápidamente al contar con la mayoría de los votos. La asesora de la Casa Blanca, Kellyanne Conway, contribuyó al incendiario ambiente en el que está envuelto Washington por los comentarios de Trump a las congresistas. En una conversación con la prensa sobre el tema, cuando un periodista le preguntó a Conway qué quería decir el mandatario cuando le dijo a las legisladoras demócratas “vuelvan a sus países”, ella le respondió: “¿Cuál es su origen étnico?”. El reportero dijo que eso no era relevante y ella agregó que sus antepasados eran de Irlanda e Italia. Más tarde, en Twitter, la asesora intentó defenderse diciendo que la mayoría de los estadounidenses son descendientes de personas que emigraron de otro lugar.

“Quiero pedir a los estadounidenses y toda la gente en esta sala y más allá a no morder el anzuelo, esta es una distracción de las cosas que importan y tienen consecuencias para los estadounidenses, y por los que fuimos enviadas aquí a trabajar”, recalcó Ayanna Pressley, representante por Massachusetts y primera en tomar la palabra en la rueda de prensa dada por ‘El Escuadrón’. Pressley se refirió a Trump como el “ocupante de la Casa Blanca”, ya que, explicó, “solo está ocupando espacio”. “El rico de Manhattan -sostuvo- carece de la empatía y capacidad para presidir Estados Unidos”. La convocatoria ante la prensa tuvo lugar horas después de que Trump no solo matizase sus ataques a las congresistas, sino que los redoblara, asegurando que odian el país y que, por tanto, deberían marcharse. Ilhan Omar, la única nacida fuera de Estados Unidos y que obtuvo la nacionalidad cuando era adolescente, tras llegar de Somalia siendo niña, ha sido la más criticada por el republicano. “En uno de los casos, es alguien que vino desde Somalia, que es un Estado fallido”, resaltó Trump, “y ahora es una congresista que nunca está contenta y dice cosas horribles sobre Israel”.  También la acusó de simpatizar con Al Qaeda. Omar se negó a responder a ello. “Cada vez que hay un supremacista blanco que ataca o un hombre blanco que mata en una escuela, o un cine, o una mezquita o una sinagoga, yo no espero que los blancos de mi comunidad respondan si aman o no a esa persona”, dijo la congresista de Minesota. “Esta es la agenda de los nacionalistas blancos, tanto si pasa en un chat, en una televisión de ámbito nacional o ahora que ha llegado al jardín de la Casa Blanca”, criticó.

El incendio comenzó el domingo, coincidiendo con la fiesta de Francia por un nuevo aniversario de la Toma de la Bastilla en 1789, acontecimiento que simboliza el inicio de la Revolución Francesa. El 14 de Julio es la fiesta de la reconciliación y la unidad de todos los franceses. El republicano de la Casa Blanca no entiende  de ‘Liberté, Égalité, Fraternité’, “consignas marxistas”, escribió el siguiente mensaje en Twitter: “Qué interesante ver a las congresistas demócratas ‘progresistas’, que proceden de países cuyos Gobiernos son una completa y total catástrofe, y los peores, los más corruptos e ineptos del mundo (ni siquiera funcionan), decir en voz alta y con desprecio al pueblo de Estados Unidos, la nación más grande y poderosa sobre la Tierra, cómo llevar el Gobierno”, dijo. “¿Por qué no vuelven a sus países y ayudan a arreglar esos lugares, que están totalmente rotos e infectados de crímenes. Entonces que vuelvan aquí y nos digan cómo se hace”, añadió. El lunes, 15 de julio, no rectificó, pero llevó el foco de atención al terreno ideológico, en lugar del étnico, acusando a las mujeres de promover el “socialismo”. Ocasio-Cortez, Tlaib, Omar y Pressley, apodadas en Washington como ‘Squad’ (El Escuadrón) llegaron como nuevas congresistas en enero pasado, y forman parte del ala más progresista del partido. Ocasio-Cortez, la más mediática, respondió: “Uno no deja las cosas que ama y nosotras amamos este país”.

La presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, es de ascendencia italiana tanto por parte de madre como de padre; el senador Bernie Sanders es hijo de inmigrante polaco y madre neoyorquina; el republicano Marco Rubio, hijo de cubanos; y el propio presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tiene una madre escocesa y un abuelo alemán que llegó a Estados Unidos a principios del siglo XX. Tras la segunda Guerra Mundial, su hijo, el padre de Trump, empezó a hacerse pasar por descendiente de un sueco para evitar ahuyentar a los clientes judíos. La política de Estados Unidos es una historia de descendientes de extranjeros que dejaron de serlo. El 13% de los actuales legisladores del Capitolio, según los datos de Pew Research, tiene algún progenitor inmigrante, pero si se ampliase el foco a dos o tres generaciones atrás, sería difícil no encontrar que una mayoría tiene antepasados que llegaron a este pedazo de América buscando una vida mejor. Es difícil imaginar a Trump, sin embargo, espetar a Pelosi, Rubio y Sanders que “vuelvan a su país”. El mandatario estadounidense se lo dijo en Twitter a cuatro congresistas estadounidenses -tres de las cuales son por nacimiento- de raza negra o latina: Alexandria Ocasio-Cortez, neoyorquina de cuna, de origen puertorriqueño; la afroamericana Ayanna Pressley, nacida en Cincinatti y criada en Chicago; Rashida Tlaib, natural de Detroit de padres palestinos; e Ihlan Omar, que llegó a EE UU de niña procedente de Somalia y se naturalizó estadounidense en la adolescencia. Que una refugiada somalí se convierta a los 37 años en representante en el Congreso por el Estado que la acogió, Minesota, es una de esas historias que forman la columna vertebral de Estados Unidos, un país hecho de inmigrantes, pero que no ha logrado entrar en una era posracial.

Tras la oleada de críticas que desataron sus palabras, Trump ha vuelto a la carga. “Esta es una gente que, en mi opinión, odia a Estados Unidos, odian nuestro país con pasión”, dijo de las congresistas Ocasio-Cortez, Tlaib, Omar y Pressley, un grupo muy progresista conocido por su activismo y su frecuente disidencia del establishment del Partido Demócrata. Las calificó de “radicales” y “socialistas” e insistió: “Si esto no les gusta, si no hacen otra cosa que criticarnos todo el tiempo, que se vayan”. El presidente llegó a afirmar que “dicen lo bueno que es Al-Qaeda” y que “odian a Israel”, en referencia a Omar, que creó una polémica hace unas semanas al apuntar que el apoyo al país hebreo se debía al interés económico. También por vía Twitter, optó por acusarlas de racistas: “Si los demócratas quieren unirse en torno a las expresiones repugnantes y el odio racista que escupen las bocas y acciones de estas congresistas tan impopulares y que no representan al pueblo, será interesante ver cómo les salen las cosas”, escribió.

Trump comenzó su carrera política agitando, entre otras cosas, un discurso nacionalista que entusiasmó a los movimientos de supremacismo blanco. En 2011, promovió junto con sectores de la derecha más radical una teoría sin base según la cual Barack Obama, el primer presidente negro de la historia de EE UU, había nacido en Kenia, en lugar de Hawái. Aquella campaña llegó tan lejos que Obama se vio forzado a mostrar su certificado de nacimiento (Honolulu, 4 de agosto de 1961), como el magnate neoyorquino le demandaba, pero los creyentes de la conspiración dudaron del documento. Por aquel entonces, Trump se había planteado presentarse como candidato republicano a las elecciones presidenciales, aunque finalmente lo postergó hasta 2016. No fue hasta septiembre de ese año, es decir, hace menos de tres años, cuando admitió que, en efecto, el entonces presidente era estadounidense de cuna.

Los demócratas de la Cámara de Representantes han elaborado  una resolución de condena de los ataques de tipo racial contra las congresistas. Las acusaciones de racismo han estado presentes a lo largo de la carrera presidencial de Trump. Desde la presentación de su candidatura, cuando clamó  contra los mexicanos “violadores”, hasta los ataques de estos días, pasando por los disturbios de Charlottesville (Virginia), cuando quitó hierro a las acciones de los grupos neonazis, asegurando que había gente mala “en ambos lados”. Con la campaña para la reelección para noviembre de 2020 ya en marcha, Trump ha intensificado sus políticas antimigratorias. La Administración anunció un mayor endurecimiento de los requisitos para conseguir asilo, justo en un momento de alta tensión entre los inmigrantes indocumentados. El presidente ha anunciado a bombo y plantillo 2.000 detenciones de sin papeles, avisando incluso de las ciudades afectadas y del día en que comenzaría la operación -el pasado domingo-, algo insólito que convierte las redadas en algo de declaración política y programa de telerrealidad. La inmigración volverá a ser un asunto capital en esta carrera electoral, como se pudo comprobar hablando con sus seguidores en el mitin de presentación, el pasado 18 de junio.

 

En Estados Unidos el temido término ‘socialista’ ya no es tabú entre los jóvenes y han encontrado su voz en Alexandria Ocasio-Cortez

Fernando Vallespín Oña (3 de abril de 1954) es un profesor universitario y politólogo español. Vallespín es catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid, institución en la cual ha desarrollado la mayor parte de su labor académica y de la que ha sido, además, Vicerrector de Cultura y Director del Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Derecho de esta Universidad.​ Ha sido también profesor visitante en las universidades de Harvard, Heidelberg, Frankfurt, Veracruz y Malasia, además de un activo conferenciante en otras universidades en el ámbito nacional y europeo. Es un experto en teoría política y en pensamiento político, ha publicado más de un centenar de artículos académicos y capítulos de libros de ciencia y teoría política de revistas españolas y extranjeras. De entre sus obras principales, destacan ‘Nuevas teorías del contrato social’, ‘El futuro de la política’ y la ‘Historia de la teoría política’. En la actualidad es director académico del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset, en España.

‘Socialismo milenial en EE UU’ es el título de una columna periodística de Fernando Vallespín, publicada entre otros medios, en EL PAÍS, de Madrid… “Una de las mayores fracturas políticas actuales, junto con la de campo/ciudad, es la generacional. Y, más que en otros lugares, esto se hace visible en el mundo anglosajón. Si se hubiera escrutado únicamente el voto de los menores de 25 años en las últimas elecciones legislativas británicas, el Partido Conservador no hubiera obtenido ni un solo escaño en la Cámara de los Comunes. El voto de los jóvenes, que ya había sido mayoritariamente contrario al Brexit, fue en masa al Partido Laborista, que había emprendido un acercamiento a sus bases desde el siempre impredecible liderazgo de Jeremy Corbyn. En las elecciones de 2017 supo cortejar con acierto las ansias de movilidad ascendente frustradas por la crisis económica. A pesar de sus muchas diferencias, en Estados Unidos encontramos una tendencia parecida. Y aquí lo más relevante es observar cómo los mileniales, la generación nacida entre los años 1981-1996, han conseguido romper el tabú del calificativo de ‘socialista’ en dicho país. Un sondeo de Gallup muestra cómo el 51% de los jóvenes tiene una visión positiva del socialismo…”.

Este último dato aparece en un amplio artículo de The Economist -amplificado desde su misma portada- donde se aprecia cierta perplejidad ante el fenómeno. El semanario británico hace una llamada de atención ante muchas de estas posiciones por su “ingenuidad” en lo que se refiere a su conocimiento de la realidad de la economía y la política fiscal, pero es comprensivo con estas actitudes dada la desigualdad galopante, la asimetría en el reparto de las oportunidades y los problemas ambientales. Sin embargo, la condescendencia crítica de la publicación respecto a las posibles soluciones políticas que ofrece el nuevo socialismo estadounidense yerra el objetivo. Aún estamos lejos de saber si tiene algo así como un “programa”, o si responde más a elementos expresivos que a otra cosa. La gran pregunta que hay que hacerse no es si existe una nueva sensibilidad izquierdista entre los jóvenes -algo que parece confirmado-, sino en qué se concretará.

Dejemos ahora de lado lo que pueda ocurrir en otros países democráticos, sujetos también en parte a la misma dinámica, y concentrémonos en el fenómeno tal y como se presenta en Estados Unidos, porque es precisamente ahí donde encontramos sus rasgos más interesantes. Hay que pensar que es el único país desarrollado donde no ha existido nunca una tradición socialista propiamente dicha, y donde el izquierdismo se aglutinaba en torno al difuso calificativo de “liberal”, más o menos equivalente a nuestro “progresista”. Quienes iban más allá y defendían una mayor ruptura con el statu quo eran tachados de “radicales”, sin mayor especificación. El que ahora se recurra a otro epíteto, “socialista” o “demócrata-socialista”, como les gusta calificarse a personajes como la joven congresista Alexandria Ocasio-Cortez, es, pues, algo más que una anécdota. Expresa un intento de explorar nuevos territorios de acción política, no adscribirse sin más al socialismo histórico de estirpe marxista.

“Aquí es donde hay que ir a buscar su originalidad -destaca Fernando Vallespín-, el dar la espalda al izquierdismo estadounidense tradicional -o al europeo- y el tratar de abrirse camino por otros derroteros. Cuáles sean estos es la gran cuestión. Y no tiene una respuesta simple. Entre otras cosas, porque tampoco está construyendo un relato propiamente dicho al que poder enhebrar una praxis política. Construye desde las ruinas del frustrado proyecto de Barack Obama o el del mismo Bernie Sanders, que lo volverá a intentar en las primarias del Partido Demócrata. Pero tampoco se erige desde la nada. El movimiento Occupy Wall Street dejó tras de sí toda una plétora de nuevas publicaciones, sitios o comunidades de activistas en la Red, que siguen en funcionamiento y haciendo ruido y que aún ocupan una buena parte del espacio público.

 

El demócrata Bernie Sanders o el movimiento Occupy Wall Street han vuelto a politizar la desigualdad, ya no se ve como inevitable

Lo único cierto es que el socialismo estadounidense comparte las tres premisas fundamentales de la izquierda del Partido Demócrata: una crítica sin paliativos a la desigualdad social creada por la economía neoliberal y las medidas fiscales adoptadas en los últimos años a favor de los que más tienen; la acusación a los hiperricos y a las grandes empresas de haber desatendido sus obligaciones comunitarias y de transformar su ingente poder económico en continuos privilegios políticos; y la exigencia de subvertir este estado de cosas en programas sociales expansivos que vayan mucho más allá del derecho a una sanidad universal. Si se quedaran aquí, sin embargo, a los socialistas mileniales habría que identificarlos sin más con el ala socialdemócrata de dicho partido. Pero sus objetivos parecen más amplios…”.

Para la mayoría de quienes se sienten identificados con dicho rótulo, la semántica de lo que sea ‘socialismo’ no se deja reducir exclusivamente a la dimensión convencional. David Graeber, un anarquista confeso, autor del libro ‘Trabajos de mierda’ (Ariel, 2018), al ser preguntado por lo que para él significa este socialismo milenial lo tenía claro: “Yo lo compararía a lo que ocurrió con el feminismo y el abolicionismo en su día. De lo que se trata es de cambiar las percepciones morales de la gente”. Por eso, no puede dejar de lado las cuestiones identitarias: “Socialismo es feminismo, socialismo es antirracismo, socialismo es LGTBI”. Recordemos que esta necesidad de porfiar sobre lo identitario y la diversidad -las cuestiones divisivas por antonomasia- fue donde intelectuales como Mark Lilla vieron la explicación del triunfo de  Donald Trump. La otra identidad, la blanca, se sintió también interpelada y, al final, pasó lo que pasó.

El socialismo milenial, siguiendo el camino trazado por políticos como Sanders o movimientos como Occupy, ha vuelto a politizar la desigualdad, que ya no se ve como una externalidad inevitable. Es más, los jóvenes estadounidenses viven cotidianamente el endeudamiento derivado de las altas tasas universitarias y el pago de los seguros sanitarios. Para conseguir el objetivo hay que apuntar a las grandes fortunas, a las que Ocasio, por ejemplo, querría imponer un tipo fiscal del 70%. Aquí la clase media, cuyos salarios apenas se han movido en términos relativos desde hace cuatro décadas, debería ser también parte de la coalición. La opresión no se articula solo a partir de criterios económicos: abandonar en su nombre la lucha por el reconocimiento de determinadas minorías queda del todo excluido.

 

El socialismo milenial no debe prescindir de la espontaneidad, pero necesita a las instituciones de la democracia

Hoy habría, además, nuevos desafíos que hipotecan nuestro futuro y exigen una acción política inmediata. El más urgente es, desde luego, el cambio climático. El Green New Deal sería el instrumento para hacerlo. No queda más remedio que reestructurar la economía para alcanzar dos fines al mismo tiempo: eliminar las emisiones de efecto invernadero y aprovechar a la vez este impulso de reorganización de las políticas económicas para crear mayor prosperidad para todos, una nueva redistribución de los recursos. Y están también los nuevos desafíos sobre el empleo derivados de la robotización y la aplicación masiva de la inteligencia artificial. En contraste indudable con la sensibilidad estadounidense mayoritaria, hablar de algo como una renta básica de reinserción ha dejado de ser tabú. Si muchos jóvenes caen rendidos ante esta nueva forma de “socialismo” esto se debe en gran parte a que las cuestiones y los retos del futuro han encontrado al fin un hueco en la agenda de la política cotidiana.

La experiencia acumulada de todo el izquierdismo muestra que el mundo real no se deja impresionar por quienes tratan de ponerlo en cuestión. Deben pasar al primer plano las disputas relativas al “¿qué hacer?”, y la estrategia necesaria para traducir los objetivos en políticas efectivas. Y aquí es donde el socialismo milenial se encuentra con los mayores problemas. Porque, de un lado, no puede prescindir -lo lleva en su ADN generacional- de la creatividad y espontaneidad que permiten las redes. Pero de otro, como se vio con el propio Occupy, sin una conexión efectiva con las instituciones de la democracia formal todo puede quedar reducido al final a meros fuegos de artificio. Sin incorporarse a las instituciones no hay cambio, pero quedar encajado en sus dinámicas, como el caso de Barack Obama, condena a la frustración. Por ahora no se ven, empero, como caminos excluyentes, juega en ambas dimensiones. Y con bastante éxito. Ocasio vuelve a ser un ejemplo interesante porque ha conseguido que su presencia en el Congreso acapare todas las miradas. No en vano, transmite los detalles de lo que allí acontece a través de sus cuentas de Twitter e Instagram, acercando al gran público los detalles de la vida parlamentaria, hasta ahora opacos. A la vez, eso no le impide mostrar una profesionalidad intachable, como pudo verse en su riguroso interrogatorio al exabogado de Trump Michael Cohen.

El desafío para este nuevo autoproclamado socialismo está en trasladar a esas mismas instituciones las energías democráticas que se encuentran en su activismo de base. El proyecto tiene y tendrá sentido en la medida en que pueda articularse en torno a una matriz de organizaciones locales, debates online, diferentes fórmulas de activismo o experimentos que conecten la autoorganización de grupos con los fines públicos, algo así como la creación de compañías tipo Uber o Airbnb de propiedad social de los que habla Graeber. Queda mucho por hacer, pero que The Economist ande preocupado muestra a las claras que se trata de algo más que un mero impulso utópico.

 

La familia Trump hizo creer que sus orígenes eran suecos y no ahuyentar a la clientela judía de Nueva York tras la Segunda Guerra Mundial

Algo que Donald Trump aprendió muy joven es que, cuando uno llama a una puerta, no debe quedarse plantado enfrente, sino echarse a un lado. El primer trabajo que hizo para su padre, un constructor que hizo fortuna con la promoción de viviendas asequibles en los distritos neoyorquinos de Brooklyn y Queens, fue ir a cobrar los alquileres remolones, casa por casa, junto a un empleado especializado en la materia. Ser alto, imponer con la presencia física, era necesario. Pero, aun así, si uno daba con un apartamento desafortunado, podía llevarse un disparo, así que ante la puerta solo se exponía la mano. Donald John Trump, el presidente de Estados Unidos, nació ya rico el 14 de julio de 1946. Su padre, Fred, era hijo de un inmigrante alemán, pero durante décadas la familia hizo creer que sus orígenes eran suecos, como recoge la biografía de Michael d’Antonio, para no ahuyentar a la clientela judía de Nueva York tras la Segunda Guerra Mundial. El inesperado ascenso del hijo de un constructor a la presidencia del país más poderoso del mundo no se explica en las estructuras de los partidos, ni en el Senado de Washington o la política local, cantera tradicional de los presidentes americanos. Tampoco en los salones del ‘establishment’. Hay que buscarlo en los platós de televisión, en el Manhattan de la ‘Hoguera de las vanidades’ de Tom Wolfe y en las calles más difíciles del Brooklyn y el Queens de los años sesenta. El hombre que sacude el mundo comenzó su andadura llamando puertas y esquivando potenciales disparos en barrios humildes.

La más famosa ‘Hoguera de las vanidades’ aconteció el 7 de febrero de 1497, cuando seguidores del monje Girolamo Savonarola recogieron y quemaron en público miles de objetos en Florencia, Italia, durante la fiesta del Martes de Carnaval. Esta destrucción tenía como objetivo la eliminación de aquellos objetos que se consideraban pecaminosos, objetos de vanidad como espejos, maquillajes, vestidos refinados e incluso instrumentos musicales. También tenía como objetivo libros inmorales, manuscritos con canciones seculares y cuadros. Entre los objetos destruidos durante esta campaña había varias pinturas originales sobre temas mitológicos clásicos realizados por Sandro Botticelli, puestas por él mismo en la hoguera. Tales hogueras no fueron invento de Savonarola, sino que ya eran un acompañamiento usual a los sermones al aire libre de Bernardino de Siena en la primera mitad del siglo XV. La novela de Tom Wolfe, escrita en1987, se refiere al acontecimiento original, pero no es una versión de la historia. Posteriormente, fue estrenada la película ‘La hoguera de las vanidades’ (1990) basada en la propia novela, dirigida por Brian De Palma y protagonizada por Tom Hanks, Bruce Willis y Melanie Griffith.

 

Llegó al poder azuzando el nacionalismo blanco americano , habiéndose criado en el lugar más multiétnico de Nueva York, Queens

Cuando tanta gente se pregunta cómo un millonario de la Quinta Avenida -un hijo de papá que vive en mansiones versallescas- se ha metido en el bolsillo a tanto votante obrero enfadado con el sistema, ayuda mucho retroceder a esos años de recaudador, a la época en que su madre, pese a todo el dinero que tenían, iba personalmente a las lavanderías de los edificios de la familia a recoger las monedas de las máquinas. La calle en la que creció, en Jamaica Estates, una zona adinerada de Queens, está formada por residencias elegantes, jardines cuidados y coches buenos aparcados. La casa, porticada, de ladrillos marrones y columnas blancas, es una de las mayores del barrio. Pero bajando por la misma acera, a tan solo cinco minutos, llega uno a la avenida Hillside, otra dimensión. Las tiendas árabes de comida halal se multiplican en la calle, ocupada por comercios de todo a 99 céntimos, compraventa de oro y desprendiendo un olor mayúsculo ‘El Palacio de la Barbacoa’.

El hombre que llegó a la Casa Blanca azuzando los sentimientos del nacionalismo blanco americano procede del lugar más multiétnico de Nueva York, Queens, y de una zona concreta en la que las casas de los ricos estaban pegadas a las de aquellos de clase obrera. Kevin Russell, un vecino de 50 años de su misma calle, dice que Trump “era un tipo muy amable, que estuvo viniendo a ver a sus padres hasta el final, hablaba con todos”. “Esas cosas que dice ahora de la inmigración no pueden venir de él, esto es Queens, hemos vivido todos juntos en paz”, asegura. Pero la tensión racial siempre ha estado presente en la vida del próximo presidente de Estados Unidos. En 1973 fue denunciado junto a su padre por discriminar la entrada de las familias negras en sus propiedades de alquiler. Y nunca ha dado marcha atrás en el llamado caso de los cinco de Central Park, cuando en 1989 unos adolescentes -un hispano y cuatro afroamericanos- fueron condenados por una violación que, se supo en 2002, no habían cometido. Cuando aún no se había celebrado el juicio, Trump pagó anuncios a toda página pidiendo la pena de muerte. Fueron exonerados, pero el empresario ha mantenido que son culpables.

 

“Un anuncio a toda página en The New York Times cuesta 100.000 dólares, cuando publican una noticia de mis negocios es gratuito”

Miente a menudo. Entró en política también con el lanzallamas de la raza en la mano, abanderando en 2011 la campaña que cuestionaba el origen del presidente Barack Obama. Fue tal la presión que este tuvo que llegar a mostrar su certificado de nacimiento. Aquel año, en la tradicional cena de periodistas en la que el presidente pronuncia un discurso jocoso, la víctima fue Trump, sus aficiones televisivas y los concursos de belleza. “Sin duda, Donald traerá el cambio a la Casa Blanca”, se burló Obama. Hay quien dice que eso le espoleó. Muchos seguidores de Trump, a lo largo de la campaña, argumentaban que les inspiraba confianza porque su candidatura era desinteresada: ¿por qué querría un magnate multimillonario meterse en política, teniendo ya todo? Es tan difícil -o tan fácil- de explicar cómo su adicción a las cámaras. No se entiende el ascendente de Trump en la sociedad estadounidense sin su condición de showman: presentó 14 temporadas de ‘El Aprendiz’, un concurso de talentos en el que desempeñaba el papel de ogro, de tipo exigente que decía las cosas con crudeza. Cuanto más agresivo era, más audiencia lograba.

Durante toda su vida, ha utilizado a los medios para obtener publicidad gratuita, aunque fuera a golpe de polémica. “El precio de un anuncio a toda página en The New York Times puede ser de más de 100.000 dólares, pero cuando publican una noticia sobre alguno de mis negocios, no me cuesta un céntimo, y tengo una repercusión más importante”, confesaba en su último libro, América paralizada. En él admite que en ocasiones hace “comentarios indignantes” para darles a los medios “lo que buscan”.

 

Acusado muchas veces de abusos y él mismo, en un vídeo de 2005, se jactaba de poder manosear a las mujeres sin su consentimiento

Trump alimenta su imagen de matón. Cuando era un niño, le dejó un ojo morado a su profesor de música porque consideraba que el docente no sabía nada de la materia. Este y muchos de estos episodios han sido relatados en primera persona, en ‘El arte de la negociación’, una obra que publicó en los años ochenta, muy reveladora sobre la personalidad del polémico presidente, no tanto por la fiabilidad de lo que cuenta (mantiene la falsedad del origen sueco de su abuelo), sino porque muestra la imagen que Trump tiene de sí mismo o, más bien, la que quiere proyectar. Por ejemplo, dice que cuando llega a Manhattan, en los años setenta, unas de las primeras cosas que hace es intentar entrar en el selecto ‘Le Club’, un local elitista al que costaba incorporarse sin conocer a alguien, como era su caso. Al final, Donald sale un par de veces con el presidente y aun así le cuesta convencerle. Esta es la razón: “Yo era joven y guapo y, como algunos miembros mayores del club estaban casados con mujeres también jóvenes y bonitas, temía que yo se las robara. Me pidió que le prometiera que no lo haría”.

El empresario se ha casado tres veces. Con su primera esposa, Ivana, una maniquí de origen checo, pasó 15 años y tuvo a sus tres hijos mayores (Donald, Eric e Ivanka). Se separó en 1992, después de un ‘affair’ con la actriz Marla Maples, con la que también contrajo matrimonio después, del que nació Tiffany. La pareja se rompió a los siete años. Con Melania, la futura primera dama, de origen esloveno y 24 años más joven, empezó a salir al poco tiempo, pero no se casaron hasta 2005. Son padres de Barron, ese chico de 10 años rubio que la noche de la victoria electoral miraba al público muy serio. Trump ha sido acusado muchas veces de abusos y él mismo, en un vídeo de 2005, se jactaba de poder manosear a las mujeres sin su consentimiento. Su primera esposa, Ivana, llegó a acusarle en un libro de haberla violado, aunque luego ha matizado sus palabras.

 

Como escribió hace poco Lauren Collins, “si la promesa de Obama es que él era tú, la promesa de Trump es que tú eres él”

Nada le ha pasado factura electoral. En los mítines, sus votantes le quitaban hierro a cualquiera de sus insultos o provocaciones. “Me encanta la gente poco formada”, ha llegado a decir en referencia a sus propios votantes. Hay algo que fascina a parte de su electorado y es la exaltación de su éxito. Como escribió hace poco Lauren Collins, “si la promesa de Obama es que él era tú, la promesa de Trump es que tú eres él”. Trump quería convertirse en un rey del ladrillo en Manhattan. Hoy, unos 17 edificios de la ciudad llevan su marca, en letras enormes, aunque la mayoría no le pertenecen ya. Le gusta venderse como un hombre hecho a sí mismo, pero inició su propio negocio con un préstamo paterno de un millón de dólares de la época. Antes había pasado por la Academia Militar de Nueva York, la Universidad de Fordham del Bronx, de jesuitas, y la prestigiosa escuela de negocios Wharton, donde se graduó sin pena ni gloria.

Su abogado y amigo, en el inicio de la andadura por libre, fue Roy Cohn, mano derecha de McCarthy durante la caza de brujas y defensor de conocidos gánsteres de la época. De los primeros edificios en Manhattan, pasó a abrir casinos en Atlantic City, Nueva Jersey, donde se acogió a varias bancarrotas para evitar pagos. El imperio de Trump está muy ramificado, aunque el grueso de los negocios conocidos sigue siendo en el sector inmobiliario, turístico, los campos del golf. Durante la campaña, entregó un documento obligatorio por ley que mostraba sus intereses financieros y, según Reuters, recogía más de 500 entidades en el mundo. También está bajo investigación la Trump University por presuntas irregularidades.

 

El abuelo Friedrich, que se mudó de Nueva York a Seattle, al calor del boom minero en la zona, y allí regentó un burdel

Donald Trump se refiere a la historia de su padre, Fred, como un cuento clásico de Horatio Alger, un autor del siglo XIX que solía escribir historias de chicos humildes que salen adelante con esfuerzo. Nacido en EE UU en 1905, Trump padre era nieto de un inmigrante alemán, el abuelo Friedrich, que se mudó de Nueva York a Seattle, al calor del boom minero en la zona, y allí regentó un burdel, según el autor Michael d’Antonio, que pasó tres años investigando la vida de Trump. Fred padre se hizo rico con la construcción de viviendas, con el desarrollo de los distritos de Queens y Brooklyn. Como su hijo, también los conflictos raciales marcaron su vida: fue denunciado por discriminación en las viviendas y documentos de 1927, publicados por The Washington Post, muestran que Fred Trump fue detenido en los disturbios del Ku Klux Klan. El magnate ha negado esta información.

El presidente que quiere ser reelegido recuerda a su madre, Mary, fascinada con el lujo y el glamur. Escocesa de nacimiento, no se podía despegar de la tele el día de la coronación de la reina Isabel de Inglaterra. El futuro presidente tuvo cuatro hermanos, dos mujeres y dos varones. Siempre recuerda con emoción a Fredy, que murió alcohólico a los 43 años. Trump no bebe. El magnate cifra su fortuna en 10.000 millones de dólares, un volumen que exhibe como aval de su capacidad de gestión: si era capaz de engordar así su negocio, lo sería también de enriquecer al país, pero en Bloomberg lo han rebajado a 3.000 millones. Lejos de disimularlo, a Trump le gusta presumir de dinero. Siente desdén por las costumbres de la alta sociedad. Cuando se hace con el lujoso resort Mar-a-lago en Palm Beach (Florida), pide al chef que incluya en la carta el pastel de carne y puré de patatas, su plato favorito, una antítesis del refinamiento gastronómico, y bromea: “La mitad de la gente lo pide, siempre que lo tenemos. Pero después, si les preguntas qué comieron, lo niegan”, le explicaba al escritor Mark Singer, un reportero de la revista New Yorker, en ‘El show de Trump’.

En una entrevista, Singer, sostenía que “no existe Donald Trump, es un personaje”. Pero hay algo genuino en su extravagancia: es imprevisible. Cuando publicó su libro, el magnate reaccionó con furia. La publicidad que el percance le supuso al libro le llevó al escritor a enviar al empresario un cheque de 37,8 dólares, como sarcástico agradecimiento. Singer tiene el resguardo enmarcado en su casa: Trump había ido a cobrar el cheque.

 

Ante el populismo nacionalista,  las grandes democracias del mundo están obligadas  asumir un mayor papel en la defensa del orden liberal

Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, donde dirige el proyecto freespeechdebate.com, e investigador titular en la Hoover Institution, Stanford University. “Aquí está el nuevo reto: nos enfrentamos a la globalización de la antiglobalización, el frente popular de los populistas, la internacional de los nacionalistas. ‘Hoy, Estados Unidos; mañana, Francia’, tuitea Jean-Marie Le Pen…”, escribe Garton Ash, historiador, editorialista y periodista británico, autor de ocho libros como analista político, documentando la transformación de Europa durante el último cuarto de siglo. “La Rusia de Vladímir Putin se parece mucho al fascismo. La Turquía de Recep Tayyip Erdogan está pasando rápidamente de la democracia autoritaria al fascismo, y la Hungría de Viktor Orbán ya es una democracia autoritaria. En Polonia, Francia, Holanda, Reino Unido y ahora EE UU debemos impedir que se traspase el límite que separa la democracia liberal de la autoritaria. En Reino Unido, eso significa defender la independencia de la justicia, la soberanía del Parlamento y el poder imparcial de la BBC. En Estados Unidos, vamos a presenciar la prueba más difícil para uno de los sistemas democráticos de controles y equilibrios más sólidos y antiguos. Aunque los republicanos dominaran el Congreso -hasta las últimas elecciones legislativas cuando fueron derrotados por los demócratas- y, por desgracia, el presidente Donald Trump logró hacer unos nombramientos políticos fundamentales en el Tribunal Supremo, eso no quiere decir que siempre se vaya a salir con la suya…”.

Lo que vemos en todos estos populismos nacionalistas es una ideología que asegura que la voluntad expresada directamente por “el pueblo” vale más que todas las demás fuentes de autoridad. Y el líder populista se identifica a sí mismo (o a sí misma, en el caso de Marine Le Pen) como la única voz de ese pueblo. Cuando Trump dice: “Yo soy vuestra voz”, está usando una típica frase populista. Igual que la primera página de The Daily Mail cuando acusa de ser “enemigos del pueblo” a los tres jueces británicos que han decidido que el Parlamento debe votar sobre el Brexit. Igual que el primer ministro turco, cuando rechaza las afirmaciones de la UE (Unión Europea) de que, con su brutal represión de la libertad de prensa, ha cruzado una línea roja, y dice que “el pueblo es el que traza las líneas rojas”. Cuando se examina con detalle, resulta que “el pueblo” -Volk sería un término más exacto- no es, en realidad, más que una parte del pueblo. Trump encarnó a la perfección este juego de manos populista en una frase espontánea pronunciada durante un mitin de su campaña. “Lo único importante es que se una la gente”, dijo, “porque los demás no cuentan”. Los demás: kurdos, musulmanes, judíos, refugiados, inmigrantes, negros, élites, expertos, homosexuales, gitanos, cosmopolitas, urbanitas, jueces gais y eurófilos. Nigel Farage anunció que el Brexit era una victoria para la gente normal, la gente decente, la gente de verdad: es decir, que el 48% que votó no en el referéndum no eran ni normales, ni decentes, ni de verdad.

 

El modelo, que logró terminar con las olas del comunismo y el fascismo, necesitó el genio intelectual de John Maynard Keynes

¿Nos enseña algo la historia sobre estos fenómenos, sobre las olas que surgen más o menos al mismo tiempo en distintos lugares, en distintas variantes nacionales y regionales, pero con características comunes? El populismo nacionalista de hoy, el liberalismo globalizado (o neoliberalismo) de los años noventa, el fascismo y el comunismo de los años treinta y cuarenta, el imperialismo del siglo XIX. Tal vez nos enseña dos lecciones: que estas cosas tardan cierto tiempo en resolverse y que, para hacer que la ola retroceda (cuando son olas que conviene hacer retroceder), se necesita valor, empeño, consistencia, el desarrollo de un nuevo lenguaje político y nuevas respuestas políticas a problemas reales. Un gran ejemplo es la combinación de la economía de mercado y el Estado de bienestar que se desarrolló en Europa occidental a partir de 1945. El modelo, que logró terminar con las olas del comunismo y el fascismo, necesitó el genio intelectual de John Maynard Keynes, la sabiduría de un William Beveridge y la pericia política de gente como Clement Attlee. Además de otros nombres en las distintas versiones adoptadas en otros países. En cualquier caso, el desarrollo de un nuevo modelo necesita tiempo.

Debemos, pues, prepararnos para una lucha prolongada, tal vez generacional. No estamos aún en un mundo posliberal, pero quizá lleguemos a estarlo. Las fuerzas que mueven el frente popular del populismo están en alza, muchos partidos tradicionales están debilitados, y no se da la vuelta a una de estas olas de la noche a la mañana. Para empezar, debemos defender el pluralismo. También debemos comprender las causas económicas, sociales y culturales que hacen que la gente vote a los populistas. Debemos buscar -no sólo la izquierda, sino también los liberales, conservadores moderados y creadores de opinión de todo tipo- un nuevo lenguaje que atraiga, en contenido y en emociones, a ese amplio sector del electorado populista que no es irremediablemente xenófobo, racista y misógino (por ejemplo, tratar de no llamarlos “miserables”). Pero es evidente que la retórica por sí sola no basta. ¿Cuáles son las políticas acertadas? ¿Son verdaderamente los acuerdos de libre comercio y la inmigración los que están quitando puestos de trabajo? ¿Es la tecnología? Y en este último caso, ¿qué podemos hacer?

 

“Ofrezco al nuevo presidente de Estados Unidos, defender unidos los valores de la democracia…”, declaró Merkel, magnífica ingenua

En el plano internacional, el primer reto es impedir la erosión de los elementos actuales del orden internacional liberal; por ejemplo, los acuerdos sobre el cambio climático que tanto han costado, o los de libre comercio. Como filosofía, es posible que el presidente chino, Xi Jinping, dé la bienvenida a un mundo trumpiano de Estados soberanos fuertes, resueltos y nacionalistas, pero, en la práctica, los dos dirigentes tienen que ser conscientes de que la vuelta al nacionalismo económico de los años treinta -Trump, durante la campaña, prometió aranceles del 45% para las importaciones chinas- sería un desastre para todos. Lo único bueno de una internacional de nacionalistas es que es una contradicción en sí misma. “Debemos confiar en que la política exterior y económica de la nueva Administración estadounidense esté en manos de personas serias y experimentadas, por mucha repugnancia moral que nos cause Trump….”, pecaba de optimismo Timothy Garton Ash, pocos días después de la llegada a la Casa Blanca el sucesor de Barack Obama. Había llegado el momento de tapar las narices y la “ética de la responsabilidad” de Max Weber. Aun así, nos encontramos ante una presidencia grandilocuente, errática e impredecible.

Por eso mismo, las demás grandes democracias del mundo -todas las democracias nacionales de Europa, Canadá, Australia, Japón, India- deben asumir una carga mucho mayor. Si los europeos pensamos todavía que es vital que los Estados bálticos estén protegidos contra cualquier posible agresión de Rusia, debemos hacer lo posible, a través de la OTAN y la UE, para garantizarlo. No podemos fiarnos de un Trump que se dedica a elogiar a Putin. Si los europeos piensan que es importante que Ucrania siga siendo democrática e independiente, tendrán que ocuparse de conseguirlo. Dado que Reino Unido se ha automarginado, como consecuencia de su propia variante de populismo nacionalista, los votantes franceses y alemanes van a tener una responsabilidad especial. La respuesta más digna a la elección de Trump es, con gran diferencia, la que dio Merkel, según los analistas políticos. “Alemania y Estados Unidos”, dijo, “están unidos por los valores de la democracia, la libertad y el respeto a la ley y la dignidad humana, independientemente de su origen, color de piel, religión, género, orientación sexual o ideas políticas. Ofrezco al nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, una estrecha cooperación basada en estos valores”. Magnífica ingenua. La expresión “líder del mundo libre” suele oírse en referencia al presidente de Estados Unidos, y a menudo en tono irónico. Estoy tentado de decir que la líder del mundo libre, hoy, es más Angela Merkel.

 

En Washington no prospera el último intento de iniciar el ‘impeachment’ contra Donald Trump, una mayoría de demócratas vota en contra

La Cámara de Representantes de Estados Unidos ha tumbado hace unas horas el último intento por abrir un procedimiento de ‘impeachment’ contra el presidente Donald Trump. La decisión,  con un balance de 332 votos en contra de la resolución y 95 votos a favor, ha vuelto a visibilizar la profunda división que existe dentro del Partido Demócrata sobre este asunto. De hecho, una mayoría de sus congresistas, 137 de 235, ha votado en la misma línea que los republicanos.  El congresista demócrata Al Green presentó un texto legal en el que acusaba a Trump de cometer graves crímenes y delitos menores con sus comentarios contra cuatro legisladoras progresistas, a las que pidió “irse a su país”. “Tenemos que dejar saber al mundo cómo nos sentimos al tener a un intolerante en la Casa Blanca”, ha dicho Green. La Constitución de EE UU permite a los legisladores revocar el mandato de un presidente a través de la apertura de un juicio político, una vía que apoya el ala progresista del Partido Demócrata en el caso de Trump.

Green ya había fracasado en dos ocasiones anteriores para impulsar una resolución similar, pero esta era la primera vez que lo intentaba desde que su partido retomó el control de la Cámara a principios de año. Sin embargo, el liderazgo del partido, empezando por la presidenta de la Cámara, Nancy Pelosi, se ha mostrado reticente a apoyar este curso de acción por miedo al impacto que puede tener sobre las elecciones presidenciales de 2020. Antes de la votación, Pelosi recordó que ya había seis comités analizando si hay material para abrirle juicio a Trump.  Haya o no base suficiente, las perspectivas de que triunfe un juicio político contra el presidente durante su mandato son escasas. Además del visto bueno de la Cámara de Representantes, controlada por los demócratas, se necesitarían dos tercios de los votos en el Senado, en manos de los republicanos. La votación sobre el inicio del ‘impeachment’ llega un día después de que la Cámara de Representantes aprobara una resolución para condenar los tuits “racistas” de Trump contra las cuatro congresistas demócratas de origen extranjero, entre ellas Alexandria Ocasio-Cortez, de ascendencia puertorriqueña. En esa ocasión todo el Partido Demócrata se unió para condenar los ataques del presidente, una unidad que no se ha repetido para sacarle del despacho oval, con un ‘Trumpgate’, como se hiciera con Richard Nixon.

El escándalo Watergate fue un gran escándalo político que tuvo lugar en Estados Unidos en la década de 1970 a raíz de un robo de documentos en el complejo de oficinas Watergate de Washington D. C., sede del Comité Nacional del Partido Demócrata de Estados Unidos, y el posterior intento de la administración Nixon de encubrir a los responsables. Cuando la conspiración se destapó, el Congreso de los Estados Unidos inició una investigación, pero la resistencia del gobierno de Richard Nixon a colaborar en esta condujo a una crisis institucional. El término Watergate empezó a abarcar entonces una gran variedad de actividades clandestinas ilegales en las que estuvieron involucradas personalidades del gobierno estadounidense presidido por Nixon. Estas actividades incluían el acoso a opositores políticos y a personas o funcionarios considerados sospechosos. Nixon y sus colaboradores cercanos ordenaron el acoso a grupos de activistas y figuras políticas, utilizando para ello organizaciones policiales o servicios de inteligencia, como a la Oficina Federal de Investigaciones (FBI), a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) o al Servicio de Impuestos Internos (IRS). El escándalo destapó múltiples abusos de poder por parte del gobierno de Nixon,​ que se saldó con la dimisión de este como presidente de Estados Unidos en agosto de 1974, hace 45 años. El escándalo salpicó a un total de 69 personas, de las cuales 48 fueron encontradas culpables y encarceladas; muchas de ellas habían sido altos funcionarios del gobierno del también republicano Richard Nixon.

El suceso empezó con la detención de cinco hombres por el allanamiento del complejo Watergate del Partido Demócrata el 17 de junio de 1972. El FBI encontró conexión entre los ladrones y dinero negro utilizado por el Comité para la Reelección del Presidente (CRP), la organización oficial de la campaña electoral de Nixon y el Partido Republicano.​ En julio de 1973, gracias a los testimonios de antiguos funcionarios y personal de Nixon, las investigaciones realizadas por el Comité Watergate del Senado de Estados Unidos revelaron que Nixon tenía en sus oficinas un sistema de cintas de grabación y que muchas conversaciones habían sido grabadas.6 Tras una serie de batallas legales, la Corte Suprema de Estados Unidos dictaminó por unanimidad que el presidente debía entregar las cintas a los investigadores gubernamentales, a lo que finalmente accedió. Las grabaciones implicaban directamente a Nixon en el caso, al revelarse que había tratado de encubrir el robo con “cuestionables tejemanejes”.​ Debido a que con casi total probabilidad, el presidente habría sido objeto de un ‘impeachment’ (proceso de destitución) por parte de las dos cámaras del poder legislativo del Estado, Nixon renunció a la presidencia el 9 de agosto de 1974. ​ El 8 de septiembre de 1974, su sucesor, el también republicano Gerald Ford, le concedió el perdón presidencial. Desde entonces, el nombre ‘Watergate’ y el sufijo ‘gate’ (Compuerta de agua) se han convertido en sinónimo de escándalos políticos en Estados Unidos y otros países tanto de habla inglesa como de no inglesa.

 

Incidente del mural ‘leninista’ del mexicano Diego Rivera, en la historia del Rockefeller Center, en Nueva York

Es muy conocida en la ciudad donde nación Donald Trump la breve participación que tuvo el muralista mexicano Diego Rivera en la historia del Rockefeller Center, siendo él el protagonista de un curioso incidente que tuvo lugar por el radicalismo político del pintor. Esas actuales fiebres ‘socialistas’ de los jóvenes estadounidenses nos obligan a recordar la anécdota del mural ‘leninista’ del esposo de Frika Khalo. En 1931 el recién creado Museum of Modern Art organizó una exposición sobre el trabajo de Diego Rivera. En esa época la cabeza del movimiento muralista mexicano -en el momento en que el país comenzaba su reconstrucción política, económica y cultural tras los embates de la Revolución-, era uno de los artistas internacionales preferidos por el joven Nelson Rockefeller y su madre Abby.  Rockefeller, declarado admirador del trabajo de Rivera, lo contactó en mayo de 1932 y le propuso realizar un mural en la pared principal del vestíbulo principal del R.C.A. Building, en plena construcción. Rockefeller había invitado también a Pablo Picasso y Henri Matisse para plasmar sus lienzos en los muros del vestíbulo del nuevo rascacielos, pero ambos rechazaron la oferta, por lo que fueron contratados otros dos pintores, entre ellos, el español José María Sert.

Después de meses de insistencia y negociaciones con Nelson Rockefeller, finalmente, en octubre de 1932, Rivera aceptó el la comisión y firmó el contrato de trabajo. A finales de ese mismo año Rivera viajó a Nueva York acompañado por su esposa, Frida Kahlo, e inmediatamente comenzó a dibujar los primeros bocetos. Después de estudiar las dimensiones del vestíbulo del R.C.A. Building, Diego Rivera diseño el mural “Man on the Crossroad” (El Hombre en la Encrucijada), en donde el hombre del siglo XX, representado por un corpulento obrero, se encontraba en medio de la encrucijada entre los vicios del mundo capitalista y el incipiente avance del fascismo, así como la esperanza de la emancipación del proletariado, además de los avances en los campos de la ciencia, la medicina, la mecánica, la educación y el deporte.

 

En la izquierda del mural, el mundo capitalista, con sus contrastes y vicios, con las figuras de Albert Einstein y Charles Darwin

En marzo de 1933 Rivera recibió el primer pago de 21,000 dólares para la compra del material de trabajo entre andamios, pintura y otras herramientas, así como la contratación de un equipo de asistentes que le ayudarían a pintar el mural en el vestíbulo del R.C.A. Building (ya en la fase final de su construcción) porque el mural debería estar terminado justo antes de la inauguración del nuevo rascacielos, que estaba programada para mayo de 1933. Rápidamente comenzaron a revelarse los detalles principales del trabajo de Rivera: un corpulento obrero a punto de poner en marcha la máquina que controla el universo, el macrocosmos y el microcosmos, que se representan por dos elipses que se cruzan detrás de la figura del obrero y en cuyos extremos se representan por planetas, galaxias, protozoarios y otros microorganismos. Detrás de ambas alegorías aparecen engranes y un gigantesco telescopio conectado a un microscopio de la época, que hacen referencia a los avances de la ciencia y la tecnología aplicados a los campos de la astronomía, la biología, la medicina y, en general, al progreso de la ciencia en los Estados Unidos y la fe en el progreso de la humanidad.

En el extremo izquierdo del mural se muestra el mundo capitalista, con sus contrastes y vicios. Así tenemos los excesos de los poderosos que buscan placeres mundanos a costa del hambre de los obreros desempleados, los cuales son reprimidos por la policía, así como el incipiente fortalecimiento del fascismo, pero también sus elementos positivos: los progresos científicos, culturales y tecnológicos, la lucha por la integración racial y el mosaico interracial y multicultural de la cultura estadounidense, que recibe a lo mejor del pensamiento occidental, y en donde destaca la figura de Albert Einstein, así como Charles Darwin explicando la teoría de la evolución a través de un aparato de rayos X. Además, destaca una enorme figura de piedra simbolizando la religión. El extremo derecho del mural nos muestra el mundo socialista, también con sus progresos y sus excesos, los progresos en el campo de los deportes, la ciencia, la agricultura y el proceso de la emancipación proletaria, pero también nos muestra tanto la presencia del Ejército Rojo como de figuras políticas de la que una de ellas hará estallar el escándalo… El mural causó polémica desde el principio por las convicciones políticas de Rivera, pero el escándalo estalló debido a un simple detalle: la figura de Lenin en uno de los extremos del mural.

 

La presencia de Lenin en el corazón del capitalismo estadounidense, provocó inmediatamente la ira de los grupos más conservadores

Diego Rivera era un acérrimo comunista y fue uno de los precursores del movimiento socialista en México de la que participó activamente en la actividad política como miembro del Partido Comunista Mexicano, promoviendo con su obra, la emancipación de la clase obrera. Además  fundó junto con su esposa el periódico de denuncia política y propaganda ‘El Machete’,  y admiraba a los padres de la Revolución Rusa: Vladímir Ilich Lenin y Leon Trotsky. En 1937, Rivera y Kahlo organizaron el exilio en México de León Trotsky y su esposa, perseguidos por el régimen totalitario de José Stalin, y quienes se instalaron en una casa en Coyoacán, en donde Trotsky acabaría siendo asesinado en 1940. Volviendo al tema del mural en el R.C.A. Building, el panel derecho del mural, destinado al socialismo, Rivera plasmó las figuras de Karl Marx, Leon Trostky, pero principalmente dibujó la figura prominente de Lenin, en una posición estratégica del mural, representando la lucha por la dignificación de la clase trabajadora. La presencia de Lenin en el corazón del capitalismo estadounidense, provocó inmediatamente la ira de los grupos más conservadores de la sociedad estadounidense.

La actitud de Rivera al plasmar la figura de Lenin fue principalmente provocadora: su objetivo sería que los Rockefeller, especialmente, el joven Nelson viera el rostro de Lenin en el muro principal del vestíbulo del R.C.A. Building cada vez que ingresara a éste en camino a su oficina. Inmediatamente, en abril de 1933, Nelson Rockefeller envió una carta a Rivera invitándolo cordialmente a modificar algunos puntos del mural, especialmente eliminar la figura de Lenin. La respuesta de Rivera fue tajante: no quitaría a Lenin de su mural, pero propuso a su patrón incluir la figura de Abraham Lincoln en el mural, pero su propuesta fue rechazada por Rockefeller. Durante las siguientes semanas el intercambio de misivas entre ambos personajes fue cada vez más frecuente y la actitud del muralista mexicano fue cada vez más provocativa hasta que Rivera retó a Rockefeller, argumentando preferir destruir su obra antes de cambiar algún elemento de ella.

El 12 de mayo de 1933, la oficina del Rockefeller Center Inc., convocó a una conferencia de prensa donde se informó que momentáneamente la obra no sería destruida, pero sería cubierta por un velo por tiempo indefinido, hasta que se decidiera cuál sería su destino final. Ese mismo día, Rivera recibió un telegrama de los ejecutivos de la General Motors notificándole que se le retiraba el patrocinio para realizar el mural para el pabellón de la empresa automotriz en la Feria Mundial de Chicago. Durante los meses siguientes contingentes compuestos por seguidores de Diego Rivera y simpatizantes comunistas, así como algunos artistas, convocaron a manifestaciones en las afueras del R.C.A. Building en defensa del trabajo de Rivera y de su mural en el vestíbulo del edificio, apelando a la libertad de expresión. Los esfuerzos fueron en vano.

En diciembre de ese mismo año, se realizaron negociaciones entre el Rockefeller Center y el Museum of Modern Art para ofrecer a Rivera quitar su mural del R.C.A. Building a cambio de trasladarla a un salón del museo y realizar una exposición especial. Finalmente, el 12 de febrero de 1934, a pesar de las protestas de la comunidad artística y ante una opinión pública muy divida, los ejecutivos del Rockefeller Center, Inc., decidieron remover el mural, significando su inminente destrucción. Finalmente, en 1937, Rockefeller encomendó al pintor español José María Sert (ideológicamente opuesto a Rivera: conservador, clasista, simpatizante de Francisco Franco y conocido por estar constantemente codeándose con la realeza), llenar la pared central del vestíbulo del R.C.A. Building que dejó la destrucción de la obra de Rivera (que dejó daños en la pared), con un mural donde se representa el progreso humano como pivote para la consecución de la paz y la armonía de la humanidad. En el nuevo mural, el pintor español plasmó la figura de Abraham Lincoln, ayudando en las obras de construcción de un mundo mejor y como fondo, aparecen los edificios del Rockefeller Center como símbolo de progreso material de la humanidad.

 

En el nuevo ‘Man at the Crossroads’, aparece John D. Rockefeller, Jr., con una copa de champaña y prostitutas y jugadores de casino

Con los recursos económicos agotados (poco antes realizó un pequeño mural en los pasillos de la New Workers School, en la calle 40 Oeste), y furioso, Diego Rivera, regresó a la Ciudad de México en diciembre de 1933. Poco tiempo después, al comenzar 1934 fue contratado por el gobierno mexicano para realizar un mural en uno de las galerías principales del Palacio de Bellas Artes, próximo a inaugurarse. El Palacio de Bellas Artes, originalmente  conocido como Teatro Nacional, fue concebido como un extravagante capricho personal del general Porfirio Díaz y fue diseñado por el arquitecto italiano Adamo Boari. Su construcción comenzó en 1904 con expectativas a concluirse a tiempo para el festejo las fiestas del Centenario del inicio de la guerra de Independencia de México, en septiembre de 1910. El edificio fue diseñado originalmente en estilo Art Noveau, a semejanza del Teatro de la Ópera de París. El Teatro Nacional no sólo no quedó listo a tiempo para el Centenario, sino que las obras de construcción se suspendieron en 1913 a causa de la Revolución Mexicana y durante muchos años el edificio se mantuvo como obra negra, además que el enorme peso de los materiales, principalmente el mármol, y la inestabilidad del subsuelo fangoso de la Ciudad de México, hicieron que el gigantesco edificio comenzara a hundirse. Las obras de construcción se retomaron en 1932, bajo la dirección del arquitecto Federico Mariscal, quien rediseñó los interiores en el estilo Art Decó vigente en la época, y en donde además incluyó elementos alegóricos de la cultura prehispánica como cabezas de serpiente y deidades como Tláloc y Quetzalcóatl.

En enero de 1934, cuando el teatro, ahora rebautizado como Palacio de Bellas Artes estaba en la fase final de su construcción, y faltando unos ocho meses antes de su inauguración, el gobierno de Abelardo L. Rodríguez contrató los servicios de Diego Rivera para realizar un mural en uno de los pasillos del vestíbulo principal del nuevo recinto. Rivera vio la oportunidad de volver a realizar el mural del R.C.A. Building en un recinto adecuado para ello. Así, de enero a noviembre de ese año, Rivera, basándose en los bocetos y fotografías rescatados del proyecto del Rockefeller Center, pintó ‘Man at the Crossroads’, rebautizado como ‘El hombre controlador del Universo, con dimensiones menores al original debido a que tuvo que adaptar la obra a las dimensiones del muro de Bellas Artes destinado para él.

En el nuevo ‘Man at the Crossroads’, que mide 4.46 metros de alto por 11.46 metros de ancho, Rivera conservó casi todos los elementos alegóricos de la obra original, y no sólo plasmó la figura de Lenin en el panel derecho dedicado al comunismo, respetando la obra original; también plasmó, en el panel izquierdo dedicado al capitalismo, la figura de John D. Rockefeller, Jr., padre de Nelson, sosteniendo una copa de champaña y rodeado de prostitutas y jugadores de casino, en una clara representación de los vicios del sistema capitalista americano. Era una clara venganza en contra quien fueron sus mecenas.

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