Un ‘Plan Marshall’ migratorio para Centroamérica ilusionó al mundo, Isabel II se ‘resguarda’ con 96 rubíes de Donald Trump y sus órdagos electorales como el ‘Muro Arancelario’ contra México

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Andrés Manuel López Obrador anunció destinar 25.000 millones de dólares en los próximos cinco años en el sur del país. Los primeros detalles de un innovador ‘Plan Marshall’ para Centroamérica salieron a la luz a finales del pasado año 2018. El Gobierno mexicano y la Casa Blanca anunciaron entonces las directrices de un paquete de inversiones conjuntas para hacer frente a la crisis migratoria que azota la región. Washington llegó a comprometerse a destinar 4.800 millones de dólares en cooperación y desarrollo para su vecino del sur, de acuerdo con una declaración conjunta que difundió el canciller mexicano, Marcelo Ebrard. La Administración de Andrés Manuel López Obrador ha prometido además una inversión de 25.000 millones de dólares para los próximos cinco años en la región austral del país. Washington ofrecerá, aparte, 5.800 millones de dólares para mejorar la gobernanza e impulsar reformas institucionales en El Salvador, Guatemala y Honduras. La declaración conjunta estadounidense y mexicana llegaba tras negociaciones que duraron largos meses. El entonces presidente electo de México, AMLO, envió en julio del 2018 una carta a Donald Trump para pedirle una “relación de respeto, cooperación e intereses comunes”. Era el anuncio de un cambio de política migratoria en la relación bilateral. El presidente norteamericano había adoptado una actitud muy beligerante con el avance de las caravanas de migrantes centroamericanos sin que el Gobierno de Enrique Peña Nieto pudiera gestionar la crisis. Todo esto suena a música celestial. Los deseos a veces se confunden con la realidad. Ésta no puede ser peor.

‘México intenta frenar la ofensiva de un Trump en busca de rédito electoral’, ‘Los representantes del Gobierno de López Obrador y de Estados Unidos continuarán las negociaciones en Washington este jueves, 6 de junio’, ‘Christine Lagarde, directora gerente del Fondo Monetario Internacional urge a terminar de inmediato la tensión por la guerra arancelaria, y advierte de que la subida de precio de los bienes importados afectará a las rentas más bajas’, ‘México, la eterna piñata de Trump’… Estos eran los principales titulares de la prensa nacional e internacional tras el órdago lanzado por el inquilino de la Casa Blanca y sus ‘halcones’ con la imposición de aranceles a los productos ‘made in México’, a partir del lunes 10 de junio, como castigo por no impedir una inmigración irregular centroamericana en dirección a territorio estadounidense. México busca amortiguar la enésima ofensiva de Donald Trump contra su vecino del sur, su flanco preferido para lograr réditos electorales, el enemigo más débil. El Gobierno de López Obrador, a través de su canciller, Marcelo Ebrard, ha tratado los últimos días de paliar las amenazas con decenas de reuniones para las que ha desplegado a políticos, diplomáticos y empresarios. El encuentro de este miércoles, 5 de junio, entre las dos delegaciones es el inicio, admiten desde México, de un turbulento año de relaciones con Estados Unidos, en la medida en que avance la campaña en la que Trump pretende lograr la reelección.

“Cordial y respetuosa”. Así calificó el canciller mexicano, Marcelo Ebrard, el primer encuentro con la delegación de Estados Unidos, liderada por el vicepresidente Mike Pence. Ambas partes se emplazaron a continuar el diálogo a este jueves “con el objetivo de acercar posiciones”, en palabras del jefe de la diplomacia mexicana. El propio Trump, a través de Twitter, aseguró que se había avanzado pero no lo suficiente y que si no se llegaba a un acuerdo, el lunes entrarían en vigor los aranceles a los productos mexicanos. “México necesita hacer más”, aseguró, por su parte, Pence. El martes, desde Londres, Trump había dejado la cumbre herida de muerte al afirmar que veía muy probable que los aranceles del 10 de junio entrasen en vigor y se lograse un acuerdo a posteriori. El neoyorquino busca asestar el golpe y luego empezar a hablar en serio, con la presión sobre la mesa, como hizo en la guerra comercial con China. No ha especificado públicamente sus demandas al Gobierno de López Obrador, más allá de reclamar “medidas efectivas” que “alivien” la crisis migratoria de la frontera sur. No obstante, horas antes del encuentro entre la delegación de Estados Unidos, encabezada por el vicepresidente Mike Pence y la mexicana, liderada por el canciller Marcelo Ebrard, que lleva en Washington desde finales de la semana pasada, se produjeron algunos gestos por parte de asesores próximos a Trump, como Peter Navarro, que insinuó que el gravamen puede que no sea finalmente necesario, ya que Estados Unidos tiene más atención ahora de México sobre la política migratoria.

Lo que en un principio se había anunciado como una reunión entre los jefes de la diplomacia de ambos países, Ebrard y Mike Pompeo, adquirió otro perfil con la incorporación de Pence. La presencia del vicepresidente de Estados Unidos supuso un bálsamo para la delegación mexicana. Conscientes de la dificultad de parar la embestida de Trump, que enmarcan dentro de su campaña para la reelección y que varias fuentes próximas al Gobierno de López Obrador dan por hecho que se prolongará durante meses, los representantes mexicanos sienten que con Pence las conversaciones adquieren otro nivel y abren una mínima posibilidad a un acuerdo. En las reuniones previas al encuentro entre Ebrard y el vicepresidente de Trump los negociadores de la Casa Blanca sí han apuntado tres grandes frentes, aunque sin abandonar del todo la vaguedad, según informaron a este diario fuentes diplomáticas. Washington reclama que México refuerce la frontera con Guatemala, convertida prácticamente en un campo de refugiados y por donde cruzan algunas de las caravanas de migrantes que enfilan hacia la frontera estadounidense. Reclama también que acepte a más solicitantes de asilo y que destine más recursos y mano dura a la lucha contra los traficantes de personas, es decir, los llamados muleros que cobran por ayudar a cruzar la frontera a las personas que huyen de la miseria y la violencia de Centroamérica.

“Hay voluntad de acercamiento. Ambas partes reconocemos que la situación actual no se puede mantener como está”, aseguró Ebrard tras el encuentro de casi dos horas este miércoles. Las medidas tangibles que exige Trump chocan con la necesidad de México de navegar en varias aguas. El Ejecutivo de López Obrador no ve mucho más margen de maniobra en la frontera con Guatemala, que no puede militarizar, y asegura que encontrarse al límite de su capacidad en la acogida de refugiados, pero sí cree que puede ofrecer mejoras en el control de traficantes. No está claro qué es lo que va a contentar a la Casa Blanca, parece más probable el cuándo, que será al cabo de unos días de tensión política y comercial en la que Trump se maneja con soltura. El republicano presentará el 18 de junio formalmente su candidatura a la reelección y este pulso con el país vecino tiene algo de ‘dejà vu’, a cuando el magnate se lanzó a la carrera presidencial en aquel verano de 2015 en medio de un discurso insultante contra México. El Gobierno de López Obrador evitará una respuesta recíproca a la ofensiva, que significaría aprobar un gravamen del 5% sobre todo producto que venga de EE UU, si la amenaza arancelaria de Washington se cumple tal y como se anunció el jueves de la semana pasada. El Gobierno de López Obrador está ultimando, sin embargo, una lista de productos muchos de ellos agrícolas, como la carne de cerdo o las zarzamoras, similar a los gravados en su día por el presidente del PRI, Enrique Peña Nieto, según informaron a este diario fuentes diplomáticas y confirmaron otras fuentes conocedoras de esos trabajos.

Estas tasas van dirigidas a los Estados tradicionalmente republicanos que, damnificados por la guerra arancelaria, pueden tratar de embridar al presidente. Varios senadores, como Ted Cruz, de Texas, o Ron Johnson, Wisconsin han advertido de que pueden acabar vetando los aranceles. Pero también las propias empresas estadounidenses pueden llevar la medida a los tribunales si consideran que se están malintepretando la ley. Trump aplica los aranceles alegando motivos de seguridad, pero un demandante puede discutir ante un juez que estos no resolverán la crisis migratoria.

 

El Gobierno de López Obrador intensifica los controles migratorios como un gesto a Washington y envía 6.000 agentes a la frontera con Guatemala

La presión de Donald Trump contra México en materia migratoria dio señales este jueves de estar surtiendo efectos. El Gobierno de Andrés Manuel López Obrador se comprometió a reforzar la frontera sur del país después de dos días de negociaciones con el fin de evitar la entrada en vigor del nuevo arancel anunciado por Washington para el lunes, 10 de junio. Trump reclama que su vecino del sur aumente ipso facto los controles y asuma más asilados. Las negociaciones entre ambos países continuaron este viernes, según informó el canciller mexicano, Marcelo Ebrard. A primera hora de la tarde del jueves, después de toda la mañana de reuniones entre la delegación mexicana y miembros de la Casa Blanca empezaron a bullir informaciones de que las posturas estaban ya aproximándose. La secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, anunció que México reforzará la frontera con Guatemala, con el envío de hasta 6.000 efectivos de la Guardia Nacional. Sánchez Cordero justificó la decisión tras la entrada masiva de migrantes el día anterior, aunque viene siendo la tónica de los últimos meses. Prácticamente al mismo tiempo, el Gobierno mexicano anunció que se habían congelado las cuentas de 26 personas que presuntamente traficaban con migrantes.

La portavoz de la Casa Blanca, Sara Sanders, como es habitual, enfrió las expectativas en un comunicado hacia el final de la jornada. “La postura no ha cambiado y en este momento seguimos con los aranceles”, señaló, idea que el vicepresidente Mike Pence repitió en un acto público en Pensilvania. El canciller mexicano confirmó que en la tarde del jueves aún no se había llegado a un acuerdo pero que las conversaciones continuarán. “Así es una negociación”, dijo Ebrard. La Administración de Trump quiere que México acoja más asilados y que incluso asuma la condición de tercer país seguro, extremo al que López Obrador se niega, al menos de forma explícita, aunque admita que debe adoptar medidas drásticas si quiere frenar la imposición de aranceles a los productos mexicanos. A cambio, México quiere lograr un compromiso de Trump de que invertirá en un plan integral de migración con Centroamérica, la única solución que, a medio plazo, consideran factible para paliar la situación. Con el régimen de “tercer país seguro”, se considera que los refugiados que soliciten refugio o asilo en Estados Unidos pueden recibir la misma protección en México, así que se les puede enviar de nuevo allí si es este el país que han visitado en último lugar antes de presentarse en la frontera estadounidense. “Hemos dicho ya desde hace tiempo que un acuerdo respecto a un tercer país seguro no sería aceptable, no me lo han planteado, pero no sería aceptable”, avanzó el canciller Ebrard el pasado lunes, en la rueda de prensa previa a los encuentros con la delegación estadounidense.

 

Presión sobre los demócratas a los que apunta con el dedo por no apoyar la construcción de nuevos tramos de muro en la frontera sur

Cualquier medida que pacte con Estados Unidos resulta insatisfactoria para México, en tanto conlleva una cesión por su parte mayor que la que hará Donald Trump. Es más, en el Gobierno de López Obrador dan por hecho que, aunque satisficieran los reclamos de Estados Unidos en esta ocasión, dentro unas semanas Trump volverá a emprender una nueva ofensiva contra su vecino del sur. Así lo ha hecho desde que ocupó la Casa Blanca y nada indica que vaya a frenarse en plena campaña electoral para reelegirse. “México necesita hacer más”, fue la conclusión a la que llegó el vicepresidente de Trump, Mike Pence, tras su encuentro con Ebrard el miércoles. México asume que deberá incrementar los controles migratorios en la frontera sur y a lo largo de su territorio. El acercamiento de posturas en este sentido choca con la forma en que cada país quiere poner en práctica una solución. Estados Unidos reclama medidas tangibles a corto plazo, esto es, ya. México, a sabiendas de que necesita contentar a Trump, es consciente de que el problema se va a prolongar durante mucho tiempo y trata de convencer a Estados Unidos de la necesidad de poner en marcha un plan que incorpore a Guatemala, Honduras y El Salvador, o el problema se mantendrá. De hecho, ese plan ya ha sido diseñado con ayuda de la Cepal, el organismo de Naciones Unidas que promueve el desarrollo económico y social en América Latina. Para materializarlo, sin embargo, requiere del dinero de Estados Unidos.

El canciller mexicano admitió, después del primer encuentro con la delegación de Trump, que el flujo de indocumentados no es normal. En cierta manera, Ebrard asumió que las intenciones de facilitar la entrada de migrantes centroamericanos con las que arrancó el Gobierno de López Obrador no eran viables. No al menos con Trump como vecino. México ha triplicado las deportaciones en los primeros meses de la Administración de Andrés Manuel López Obrador, al pasar de 5.717 expulsiones en diciembre de 2018 a 15.654 en mayo. Un año antes, la cifra fue de 10.350. En 2018 hubo 26.566 solicitudes de refugio, el número más alto del que se tiene registro. El aluvión de sin papeles en la frontera es real. Según los datos conocidos el miércoles, solo el pasado mayo los agentes estadounidenses arrestaron a más de 144.000 migrantes, lo que supone el máximo en 13 años y un incremento del 32% respecto al mes anterior. A ello hay que sumarle las más de 20.000 detenciones que se han producido en México y los miles que, admiten desde el Gobierno de López Obrador, transitan ilegalmente por el país latinoamericano, una cifra que incomoda sobremanera a Trump. La ingente cantidad de familias que huye de la violencia y la miseria de Centroamérica explica buena parte de este incremento de sin papeles y pone a prueba las costuras de un sistema que no está preparado para cuidar -y retener- a tantos niños y padres. Un informe oficial de la inspección de DHS (siglas en inglés del Departamento de Seguridad Nacional) resaltó que la llegada de “unidades familiares”, lo que se considera al menos un adulto con uno o más menores, se ha disparado un 1.816%.

Trump no solo presiona a México, sino también a los demócratas, a los que apunta con el dedo por no apoyar la construcción de nuevos tramos de muro en la frontera sur -proyecto que tampoco goza de la simpatía de muchos republicanos- ni el refuerzo del control migratorio. Este será, de nuevo, uno de los asuntos más calientes de la campaña electoral presidencial que está empezando a arrancar en Estados Unidos. Para el presidente, la mano dura significa rédito electoral. Para los demócratas resulta más complicado. La posición favorable no implica castigo en las urnas, pero, a diferencia de lo que ocurre entre los conservadores, muchos politólogos dudan de que suponga un incentivo.

 

Donald Trump rendía homenaje en Francia a los soldados muertos en el desembarco de Normandía, mientras ataca en Twitter a México

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su homólogo francés, Emmanuel Macron, conmemoraron este jueves el 75 aniversario del desembarco en Normandía, gesta inaugural de la alianza transatlántica y de un orden internacional hoy en crisis. Trump y Macron pronunciaron sendos discursos en el cementerio americano de Colleville-sur-mer, junto a las playas donde el 6 de junio desembarcaron las tropas estadounidenses y donde comenzó la liberación de Europa occidental del yugo nazi. “Sabemos lo que os debemos, veteranos: nuestra libertad. En nombre de nuestra nación, quiero deciros gracias”, afirmó Macron en inglés, lo que puso en pie a una mayoría de las 12.000 personas que le escuchaban. El discurso del presidente francés giró en torno a lo que él llamó “la promesa de Normandía” un pacto no escrito entre los países democráticos que, en su opinión, no debe perecer. Tras argumentar que tanto la ONU, como la OTAN y la Unión Europea derivan de aquel momento, dijo: “Nunca podemos permitir que deje de vivir la alianza de los pueblos libres”. Mientras tanto, en Twitter, aprovechaba el presidente de Estados Unidos para presionar sobre México y el nuevo ‘Muro Arancelario’. Acababa de lanzar dos tuits sobre las negociaciones. Las da por finalizadas el día de hoy -miércoles-. Se ha hecho progreso, pero no el suficiente, dice. Luego añade que las negociaciones seguirán mañana.

Después de dos tuits para calentar el ambiente entre su país y México, habló en Normandía… “Nuestro vínculo es irrompible”, corroboró Trump. Pero su discurso fue más patriótico y militar, con menciones emotivas a episodios heroicos del desembarco y poco espacio para el mensaje político o la interpretación histórica explícita. Si, para Macron, Normandía está en el origen del orden internacional y de las alianzas democráticas de la posguerra, para Trump es una prueba del carácter excepcional de EE UU y el origen de su expansión y poder -científico, económico, militar- en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. “Hoy América es más fuerte que nunca”, sentenció. La conmemoración, que comenzó el miércoles con una ceremonia internacional en Portsmouth (Reino Unido), se desarrolla este año en un clima enrarecido. Las diferencias entre los Estados Unidos de Trump y la Europa que representa Macron se extienden a la lectura que ambos dan al Día D. Aquel día, unos 150.000 estadounidenses, británicos, canadienses y hombres de otras nacionalidades, bajo el mando del general Dwight Eisenhower, asaltaron las playas de la Francia ocupada. Unido al ímprobo esfuerzo bélico de la Unión Soviética en el frente oriental, supuso el inicio del fin de la Segunda Guerra Mundial.

 

Normandía, símbolo del sacrificio estadounidense por la libertad de Europa, con la bandera ‘trumpiana’ del America first (América primero)

Macron ve en el desembarco en Normandía la piedra fundacional del multilateralismo y el orden liberal que hoy peligra, entre otros motivos, por el desinterés o desprecio de Trump. El aniversario del desembarco se celebra en un momento de tensiones entre EE UU y los países europeos por el futuro de la OTAN. El presidente estadounidense ha llegado a amenazar con abandonar la organización militar, fundada en la posguerra mundial. Procedente del Reino Unido e Irlanda, Trump aterriza en Normandía, símbolo del sacrificio estadounidense por la libertad de Europa, con la bandera del «America first» (América primero). La jornada, para Macron, comenzó con una ceremonia con la primera ministra británica, Theresa May, para poner la primera piedra de un memorial británico en Ver-sur-Mer. Es uno de los actos oficiales de May antes de su anunciada dimisión como líder del Partido Conservador, este viernes. Y, de nuevo, el simbolismo del desembarco, en el que miles de británicos entregaron la vida en una operación que acabó con la expulsión de Francia del ocupante alemán, ofrece un contraste con las tensiones por el Brexit, la salida del Reino Unido de la UE.

Después de la ceremonia de Trump y Macron en el cementerio americano, ambos líderes mantendrán una reunión bilateral y un almuerzo en Caen, capital del departamento de Calvados. La reunión y el almuerzo serán el único encuentro diplomático -no únicamente de carácter memorial- de la efeméride. Hace cinco años, el 70 aniversario del desembarco fue la ocasión de una cumbre informal sobe Ucrania en la que participaron, además de los líderes francés y británico, el presidente de EE UU, Barack Obama, su homólogo ruso, Vladímir Putin, la canciller alemana Angela Merkel y el presidente de Ucrania, Petro Poroshenko. El tono es más apagado en 2019, uno de los últimos aniversarios en los que todavía habrá veteranos del desembarco en las playas de Utah, Omaha, Juno, Sword, Gold. Sentados detrás de Trump y Macron, una treintena de supervivientes les escuchaban. El presidente francés condecoró a cinco con la Legión de Honor, la más alta distinción de la República Francesa. El mar de cruces -y algunas estrellas de David- en el cementerio de Colleville-sur-mer, donde yacen los restos de 9.388 estadounidenses, son un testimonio de la permanencia de un vínculo profundo e indeleble, pese a todo, según The Washington Post.

El 75 aniversario del Día D ha logrado este miércoles, durante una fugaz mañana en la localidad costera de Portsmouth, brindar un espejismo de unidad entre naciones con intereses revueltos, y colocar en el centro de ese esfuerzo común a un Reino Unido que hoy ha optado por el repliegue. Los líderes de los 14 países que participaron en el segundo frente para liberar a Europa de la invasión nazi han celebrado aquel espíritu de colaboración y las instituciones internacionales que trajo consigo el final de la Segunda Guerra Mundial. La reina Isabel II tenía 18 años cuando se puso en marcha la Operación Overlord, y una fuerza de 156.000 hombres protagonizó el asalto de la costa francesa de Normandía. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump; el primer ministro canadiense, Justin Trudeau; o el presidente de Francia, Emmanuel Macron, aún no habían nacido. Quizá por eso, la reina de Inglaterra habló con su propia voz, brevemente, al final del acto, para decir a los 300 veteranos congregados en la inmensa explanada frente al Atlántico: “Mi generación ha demostrado con creces su resistencia. Y estoy aquí de nuevo para deciros que nunca olvidaremos vuestro esfuerzo”. El resto de jefes de Estado accedieron, por el breve espacio de dos horas, a renunciar a todo protagonismo y prestar sus voces a aquellos que hicieron Historia con mayúsculas.

 

Winston Churchill, en los altavoces resonó su voz: “Lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas. Nunca nos rendiremos”

Trump leyó la plegaria del presidente Roosevelt, dedicada a todos los que atravesaron el océano y libraron una batalla “para preservar nuestra República, y parar liberar a una humanidad que sufre”. Macron aparcó por unos minutos su refriega con el Reino Unido por la pesadilla del Brexit, y dio las gracias en inglés antes de recitar la última carta de Henri Fertet, el joven resistente francés ejecutado a los 16 años: “Voy a morir por mi país. Quiero que Francia sea libre y que los franceses sean felices. No quiero una Francia arrogante ni que lidere el mundo, sino esforzada, laboriosa y honesta”. El esfuerzo dedicado por la BBC a los preparativos del acto rindió sus frutos, en una ceremonia que recordaba al Reino Unido amable y acogedor que pudo verse en los Juegos Olímpicos de Londres de 2012. Los miles de ciudadanos anónimos que se expandían por la explanada adyacente al escenario, entre puestos improvisados de ‘fish and chips’, comida asiática y hasta un establecimiento de churros con chocolate que hacía su agosto, aplaudieron cada intervención, pero se volcaron cuando apareció John Jenkins, de 99 años, vecino de Portsmouth, toda una institución en la ciudad. “Nunca te olvidas de tus camaradas, porque en aquello estuvimos todos juntos. Yo fui solo una mínima parte de una maquinaria enorme”, dijo.

Una enorme pantalla sirvió para enfatizar, a lo largo del acto, el despliegue industrial, tecnológico y de inteligencia que fue necesario para lograr todo aquello. Y el sacrificio de miles de personas, cuyas palabras volvían a la vida a través de los actores que fueron sucediéndose en el escenario. Era un día de celebración en el que sobraban los matices, y la vitalidad de los estadounidenses, el patriotismo de los resistentes franceses o el indispensable papel de las mujeres británicas en la creación de una admirable maquinaria de espionaje de guerra fueron recordados y ensalzados.

 

El presidente norteamericano trajo consigo la habitual manifestación de protesta por su presencia, como ocurrió en Londres el martes

La explanada se convirtió en una pista de baile improvisada cuando la Tri-Service Orchestra, con 70 músicos en el escenario, comenzó a interpretar los ritmos de swing o de boogie que llegaban al continente desde la América de los años cuarenta. Trump trajo consigo la habitual manifestación de protesta por su presencia, pero no fue multitudinaria, y se mantuvo, como ocurrió en Londres el martes, lo suficientemente alejada como para no distorsionar la imagen de unidad y concordia. La canciller alemana fue testigo mudo de un acto en el que todo se contó del modo más delicado posible para no levantar susceptibilidades. La primera ministra británica, Theresa May, deseosa más que ninguno de los presentes de alcanzar ya su orilla, leyó la carta a su mujer del capitán Norman Skinner, que murió en la playa Sword el Día D. “Confiaba en haber podido estar contigo el pasado fin de semana, pero me ha sido imposible abandonar el puesto y todo lo que quiero decirte deberé hacerlo por escrito”, leyó. May hará efectiva el viernes su renuncia al liderazgo del Partido Conservador. La mayoría de los residentes de Portsmouth y de otras partes del Reino Unido que acudieron al acto no disimulaban de qué pie cojeaban. Banderas británicas por todas partes, gorras con la leyenda “hagamos grande de nuevo a Bretaña” y hasta camisetas de apoyo a Trump. La salva de aplausos más apagada se la llevó May. Hasta Macron tuvo mejor recibimiento.

Pero el momento de mayor silencio y respeto llegó cuando apareció en la pantalla la imagen de Winston Churchill, y en los altavoces resonó su voz: “Lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas. Nunca nos rendiremos”. El realizador tuvo el acierto de llevar a primer plano el rostro de Isabel II mientras escuchaba las palabras del primer ministro con quien echó a andar su reinado. Solo ella y los veteranos de guerra lograron que el público de la pradera se pusiera en pie con respeto, en una muestra implícita de nostalgia hacia un tiempo que ha quedado ya muy lejano, y que se presta en estos días a ser malinterpretado en el debate político del Reino Unido.

 

La reina de Inglaterra, Isabel II, se ‘resguardó’ con una tira con 96 rubíes, en la cultura birmana protegen de la enfermedad y del mal

¿Lleva la reina de Inglaterra dos años burlándose de Trump con su vestimenta? Internautas buscan explicación a la tiara que Isabel II lució en su último encuentro con el presidente estadounidense. Y no es la primera vez que sus complementos levantan alguna ceja. Lo bueno de una corona es que puede expresar realeza, estatus, historia y elegancia… y también un solemne y finísimo insulto a aquel que se tiene delante. En el banquete de Estado ofrecido a Donald Trump en el palacio de Buckingham este pasado lunes, la etiqueta decía que ellos debían llevar esmoquin y, ellas, tiara. En una nota recogida hace algunos años por la prensa británica, la casa joyera explicó que “los 96 rubíes son un gesto simbólico, ya que los rubíes en la cultura birmana protegen de la enfermedad y del mal”. El traje de Trump inspiró también muchas bromas (desde los que lo comparaban con el hombre que explota en ‘El sentido de la vida’, la película de los Monty Python, a aquellos que señalaron que se podía trazar perfectamente sobre su figura la silueta de un pene). Sin embargo, un análisis más detallado por parte de algunos internautas de la corona que lució la reina de Inglaterra ha revelado algo muchísimo más interesante: que Isabel II podría haber troleado de forma elegantísima al controvertido presidente estadounidense.

Atención a la tiara escogida por la reina, conocida como ‘Burmese Ruby and Diamond Tiara’ (o sea, tiara de diamantes y rubíes birmanos). La pieza tiene su propia historia, una que daría para escribir otra columna. Contiene partes de una tiara que fue regalada a la reina por su boda (en 1947) y, además, 96 rubíes que Birmania regaló a la reina en los años setenta. La corona actual fue elaborada en 1977 por la histórica joyería londinense Garrard, favorita, además de Isabel II, de Diana de Gales y de Kate Middleton. En una nota de prensa recogida hace algunos años por la prensa británica, la casa joyera explicó que “los 96 rubíes son un gesto simbólico, ya que los estos en la cultura birmana protegen de la enfermedad y del mal: en este caso para proteger a la persona que los lleve de los 96 males que pueden afectar a los seres humanos”.

En Twitter un usuario londinense observa el significado que el comunicado oficial de la joyería encargada de la tiara da a la pieza: “La reina llevó una tiara que le protege del mal durante la visita de Trump. ¡Estoy muriéndome de risa!”. Por supuesto, el chiste no ha tardado en correr como la pólvora: ¿estaba la reina intentando protegerse de ese mal llamado Donald Trump? Los más defensores de la realeza llaman a la calma. La revista Town and Country, una de las publicaciones más antiguas de Estados Unidos y biblia de la clase alta, ha aclarado en una columna de opinión que la reina pudo haber elegido la tiara para que su color rojo combinase con el azul y blanco de su vestido, conformando así los tonos de la bandera estadounidense. Sin embargo, otros señalan que hay mucho más que estética en las elecciones de vestimenta y joyería de la reina de Inglaterra. Se calcula que Isabel II tiene 41 tiaras y se supone que conoce el significado de cada una de ellas. ¿Por qué elegir justo esta para mostrarse al mundo posando con Donald Trump? Se trata además, según los más entendidos en la materia, de una que apenas suele utilizar. Y no es la primera vez que el mundo se detiene a analizar los complementos de la reina de Inglaterra y saca curiosas conclusiones: en el verano de 2018, en otro encuentro con Trump, Isabel II se puso para la ocasión un broche verde que le había regalado… Barack Obama. ¿Una reina punk? Al fin y al cabo, el punk también es una cosa muy británica.

 

Los objetivos del ‘Plan Marshall’ era eliminar barreras al comercio, modernizar la industria europea y frenar al comunismo

El Plan Marshall -oficialmente llamado European Recovery Program (ERP)- fue una iniciativa de Estados Unidos para ayudar a Europa Occidental, en la que los estadounidenses dieron ayudas económicas por valor de unos 14.000 millones de dólares de la época, para la reconstrucción de aquellos países de Europa devastados tras la Segunda Guerra Mundial. El plan estuvo en funcionamiento durante cuatro años desde 1948. Los objetivos de Estados Unidos eran reconstruir aquellas zonas destruidas por la guerra, eliminar barreras al comercio, modernizar la industria europea y hacer próspero de nuevo al continente; todos estos objetivos estaban destinados a evitar la propagación del comunismo, que tenía una gran y creciente influencia en la Europa de posguerra. El Plan Marshall requirió de una disminución de las barreras interestatales, una menor regulación de los negocios y alentó un aumento de la productividad, la afiliación sindical y nuevos modelos de negocio “modernos”. Las ayudas del plan se dividieron entre los países receptores sobre una base más o menos per cápita. Se dieron cantidades mayores a las grandes potencias industriales, ya que la opinión dominante era que su reactivación sería esencial para la prosperidad general de Europa. Aquellas naciones aliadas recibieron algo más de ayuda per cápita que los antiguos miembros del Eje o que se habían mantenido neutrales. El mayor receptor de dinero del Plan Marshall fue el Reino Unido, que recibió el 26 % del total, seguido de Francia con el 18 % y la nueva Alemania Occidental con el 11 %. En total 18 países europeos se beneficiaron del plan.​ A pesar de que se le había prometido durante la guerra y se le ofreció, la Unión Soviética se negó a participar en el programa por temor a la pérdida de independencia económica; con su negativa también bloqueó la posible participación de países de Europa del Este, como Alemania Oriental o Polonia. Al plan pronto se le criticó la poca importancia dada a la recuperación de ciertos sectores estratégicos europeos para favorecer la entrada de empresas estadounidenses y el temor a que los países europeos se convirtieran en estados clientelares y dependientes de Estados Unidos. Washington desarrolló programas similares en Asia, pero bajo otras denominaciones.

Sin embargo, su papel en la rápida recuperación ha sido debatido. La mayoría rechaza la idea de que solo revivió milagrosamente a Europa, ya que la evidencia muestra que ya se estaba llevando a cabo una recuperación general. Además, no existe una correlación entre la cantidad de ayuda recibida y la velocidad de recuperación: tanto Francia como el Reino Unido recibieron más ayuda, pero Alemania Occidental se recuperó significativamente más rápido. La iniciativa lleva el nombre del entonces secretario de estado George Marshall, que también había sido uno de los más célebres generales estadounidenses durante la guerra. El plan tuvo el apoyo en Estados Unidos de los dos grandes partidos, los republicanos controlaban el Congreso, mientras los demócratas controlaban la Casa Blanca con Harry Truman como presidente. El plan fue en gran medida creado por funcionarios del Departamento de Estado, especialmente por William L. Clayton y Goerfe F. Kennan, con la ayuda de la Institución Brookings, conforme a lo solicitado por el senador Arthur Vandenberg, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado. Marshall habló de la necesidad urgente de ayudar a la recuperación europea en su discurso en la Universidad de Harvard de junio de 1947. Desde entonces, se han utilizado términos como “nuevo o equivalente Plan Marshall” para describir programas o propuestas de rescate económico a gran escala.

 

Además de las efemérides del 75 aniversario del ‘Día D’ deberíamos leer libros de historia porque los malos están de vuelta

Afirmar que Donald Trump es más peligroso que Vladímir Putin no es una boutade. El líder ruso parece inteligente porque tiene un plan, sigue una pauta: recuperar el papel de superpotencia de la URSS. Su problema es que China ocupa hoy el centro del escenario. Al Kremlin le queda el consuelo de la medalla de bronce. La peligrosidad de Trump radica en su constante imprevisibilidad y escasa contención verbal. Es capaz de aterrizar en Londres, insultar al alcalde elegido en las urnas, menospreciar al líder laborista, entrometerse en el debate interno del Partido Conservador, sobre quién debe ser el sucesor de Theresa May, y exigir un Brexit sin acuerdo, y si es con demanda judicial a Bruselas, mejor. Antes había amenazado a la UE con sanciones si persiste en su plan de crear un Ejército europeo y de potenciar su industria militar. Trump exige subordinación a la industria estadounidense. Le ha tomado gusto a sancionar e imponer tarifas como un emperador, medidas que podrían terminar dañando a sus caladeros de votos en el Medio Oeste. En México les ha puesto a correr a su presidente y canciller, Andrés Manuel López Obrador y Marcelo Ebrard, para evitar que se materialice un nuevo muro trumpiano, el ‘Muro Arancelario’.

Al presidente de EE UU le gustaría ver a Boris Johnson en Downing Street. Tiene su lógica, es tan bocazas como él. Lo mismo que Nigel Farage, al que propone como negociador del Brexit. Su comportamiento ha sido tan inaudito que la escritora india Arundhati Roy dijo que “parecía un monarca de visita en las colonias”. También advirtió que cuantas más bromas hagamos sobre él, más perderemos de vista lo que representa. Lo que importa -sostiene Noam Chomsky- es que detrás del bufón se mueve una ultraderecha ultraliberal que trata de reducir el Estado a su mínima expresión. Trump es peligroso porque no cree en la separación de poderes en una democracia. Mantiene el desafío a la Cámara de Representantes, a la que niega su papel fiscalizador. Es tan grosero en esta guerra que parece buscar el ‘impeachment’. La presidenta de la Cámara, Nancy Pelosi, más inteligente y hábil que Trump y Putin juntos, evita la trampa. Trump y sus amigos están situando en puestos clave a jueces conservadores, garantizándose un seguro de vida judicial. Nada será igual.

El presidente de EE UU pertenece al mismo ambiente ultraconservador que en España impulsa a Vox y en Hungría a Viktor Orbán. Se alinea en el equipo de los oportunistas tóxicos como Netanyahu, Johnson, Farage y Salvini. Frente a ellos, la líder francesa del Frente Nacional, Marine Le Pen, parece una moderada. Nada impide meter a Putin en este grupo, juega en la misma liga autócrata. Por encima de todos los que se creen tan listos está el listo de verdad, el presidente chino Xi Jinping. No ha tenido problemas en permitir que se toque el tema tabú, Tiananmen, para decir que la represión fue “correcta”. Hemos celebrado el 75º aniversario del Día D, el desembarco de Normandía que cambió el curso de la guerra. Además de efemérides deberíamos leer libros de historia porque los malos están de vuelta. Hasta el mismísimo Francisco Franco, el ‘socio’ de Adolf Hitler y Benito Mussolini, carcajea desde su tumba del Valle de los Caídos, en las cercanías de Madrid, tras su nueva ‘victoria legal’ para que no le muevan de este ‘santuario falangista’. El Tribunal Supremo de España ha prohibido su exhumación y traslado, tal y como lo pretendía el nuevo presidente progresista Pedro Sánchez, del PSOE.

 

Los flujos migratorios centroamericanos son un reto importante, pero no una amenaza para la seguridad e integridad de México y Estados Unidos

México y Estados Unidos enfrentan un problema migratorio serio y creciente, proveniente principalmente de Centroamérica, que solo puede ser abordado de manera conjunta. No hay soluciones fáciles ni de corto plazo. Sin duda, México puede hacer un mayor esfuerzo para mejorar la pobre infraestructura de su frontera sur, invertir en instalaciones consulares para procesar visados y ofrecer una política de ingreso generosa pero ordenada a los migrantes de estos países. El objetivo debería ser lograr el tránsito ordenado de una persona a la vez para aquellos que busquen oportunidades de trabajo y evitar el abuso de las leyes de asilo. Este tránsito ordenado requeriría del otorgamiento de un gran número de visados (50.000 al año, por ejemplo) en origen para desincentivar que el migrante económico se haga acompañar de su familia como estrategia de entrada. EE UU y Canadá podrían también ofrecer un número de visados con posibilidades de empleo con criterios similares. Por otro lado, se requiere de una gran inversión para promover el desarrollo económico de Guatemala, Honduras, El Salvador y el sur de México. Canadá, EE UU y México podrían trabajar juntos para invertir en infraestructura de transporte y energía para que esta región tenga la oportunidad de formar parte de la economía de Norteamérica y crezca de manera sostenible. La Unión Europea y otros quizá también podrían ser invitados a colaborar en este esfuerzo. Si el Gobierno de Trump opta por no comprometerse a este programa de desarrollo, debería perseguirse este objetivo de cualquier manera. Sin embargo, invocar la International Emergency Economic Powers Act (IEEPA) como ha hecho el presidente Trump con el objetivo de frenar los flujos migratorios, solo empeorará la situación. Esta ley le otorga amplios poderes para proteger la integridad de EE UU frente a amenazas extraordinarias e inusuales. Los flujos migratorios centroamericanos son un problema y un reto importante, pero no una amenaza para su seguridad nacional e integridad. Además, culpar y castigar a México por estos flujos es evidentemente injusto y contraproducente, e invocar la IEEPA parece más bien una estrategia político-electoral.

La aplicación de aranceles a las importaciones mexicanas destruye el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC) y el nuevo T-MEC. El impacto económico negativo será profundo y duradero para ambas economías: el arancel inicial del 5% sería mayor al que se aplicaba a bienes mexicanos antes del TLC (4%) y un arancel general de 25% colapsaría al comercio bilateral. La economía mexicana sufriría de manera significativa, pero también la de EE UU, ya que México está por convertirse en su principal socio comercial. Es precisamente el daño regional -en Texas, California, Arizona, los Estados del cinturón del maíz y del medio oeste- y el sectorial -agricultura, autos, autopartes, electrónicos, dispositivos médicos, bienes de consumo, propiedad intelectual, telecomunicaciones, tecnologías de la información, comercio electrónico- lo que detendrá la imposición de aranceles. Si bien hay un consenso en EE UU para enfrentar el reto de China, el presidente Trump se topará con una amplia oposición para hacerlo con México. El impacto de estos aranceles sería tan generalizado que se puede concluir que no serían aplicados mucho tiempo. Esta es, sin embargo, la razón de Trump para imponerlos: la situación se volvería tan insostenible que México aceptaría sus condiciones, sin importar qué tan extremas. El problema es que el costo sería insostenible en ambos lados de la frontera. El comercio en Norteamérica responde a la producción conjunta por lo que aplicar aranceles a insumos, partes y componentes al cruzar la frontera volvería imposible la profunda integración económica existente.

Adicionalmente, visto desde EE UU es difícil pensar en una manera más perniciosa de alejar a México de una política de economía de mercado y apertura comercial estratégicos en América del Norte. El colapso del comercio bilateral sería interpretado en México como una confirmación del equívoco de haber abierto la economía y buscado una integración con EE UU. Para confirmar la vocación a favor de la apertura de la economía mexicana en estos momentos se vuelve crucial anunciar la conclusión exitosa de la revisión del acuerdo de libre comercio con la UE y enfatizar la relevancia del recientemente terminado acuerdo transpacífico (TPP). La mejor ocasión para hacerlo se daría en la reunión de G20 a la que el presidente Andrés Manuel López Obrador ha declinado asistir.

 

El primer incremento, del 5%, el 10 de junio, y justo ocho días después haría pública su decisión de lanzarse por un segundo período presidencial

El escritor Jorge Zepeda Patterson considera en un artículo, titulado ‘Los motivos de EE UU’, que “la migración ofrece el pretexto perfecto a Donald Trump para lanzar su campaña presidencial para enardecer a su electorado”. Las razones de Donald Trump para amenazar a México con el alza de las tarifas comerciales tienen que ver con su reelección. Lo sabe él, lo sabemos todos. El primer incremento, del 5%, está programado para el 10 de junio, y justo ocho días después haría pública su decisión de lanzarse por un segundo período presidencial. Las fechas no son casuales, necesita para lanzar su campaña enardecer a su electorado con una muestra de poderío. La migración ofrece el pretexto perfecto. Recordemos que uno de sus principales lemas en 2016 fue la construcción de un muro en la frontera pagado por México. Y nótese la segunda parte de la frase. No se trataba solo de evitar el paso de los migrantes mediante la edificación de una muralla, se requería, además, infligir la humillación de que fuera el afectado quien la financiara. Para Trump el triunfo no es completo si no va acompañado de la exposición del vencido en rodillas. La victoria tiene que ver con la exhibición del poder, no solo con la obtención del botín. Y por desgracia ha diseñado el mecanismo perfecto para mantener durante varios meses y según lo requieran las vicisitudes de campaña el espectáculo de un circo que exhiba su poderío. Como se sabe, la aplicación de tarifas será gradual: 5% el 10 de junio, 10% el 1 de julio, 15% en agosto, 20% en septiembre y 25% en octubre, dependiendo de los esfuerzos que haga México para detener el tráfico de ilegales, en su mayoría centroamericanos que pasan por su territorio. El único problema es que la sacrosanta apreciación de Trump es la que calificará el desempeño de México en esta exigencia.

Esto le permite al presidente sostener de manera permanente y a lo largo de la campaña una espada de Damocles que puede utilizar a placer, según sus necesidades políticas. Detener la progresión de las tarifas, suspenderlas del todo, prolongarlas hasta el próximo año. Toda medida conciliatoria que ofrezcan los mexicanos será exhibida como una muestra de poder y un triunfo personal. Por supuesto que hay una factura política al buscar una reelección a costa de la economía mexicana, considerando la interdependencia entre los dos países. Hay poderosos intereses estadounidenses afectados que ya se han manifestado. ¿Cuál es el mejor escenario para Trump? Ganar la partida frente a su electorado sin pagar demasiados costos en otros frentes políticos. Es decir, subir la tarifa al 5%, congelarla aduciendo que México ha introducido cambios importantes para ayudar a Estados Unidos en el tema migratorio y luego entrar en un período de prueba (incluso llegando a un 10%). Esto le permitiría a Trump ufanarse de las bondades de su extorsión sin causar excesivas olas. Llegado el caso, dentro de algunos meses podría volver a subir la apuesta y amenazar con un incremento adicional.

¿Qué es lo que le conviene a México? Que Trump consiga su objetivo sin necesidad de hacer el primer incremento. Es decir, que en la ronda de negociaciones que se lleva a cabo en estos días, la Casa Blanca considere que ha obtenido suficientes concesiones como para que Trump pueda exhibirlas como botín de guerra y haga innecesarias las sanciones anunciadas. Para nuestra desgracia Trump es poco dado a sutilezas. Quien se ha armado para una guerra que espera ganar no regresa del campo de batalla sin darse el gusto de disparar un tiro, así le digan que ya ha vencido. Así que lo más probable es que opere el primer escenario lo cual tampoco es calamitoso. Un 5% puede ser absorbido en parte por los productores mexicanos porque lo compensan con la depreciación del peso que se ha experimentado en los últimos días. En México hay quienes consideran que la actitud conciliatoria del Gobierno ha sido humillante y que habría que desdeñar la extorsión, no ceder a las presiones y amenazar a su vez con represalias comerciales. Tal estrategia me parece suicida. Jugar a los machitos contra la belicosidad de Trump y la desproporción entre los dos vecinos sería terriblemente irresponsable. La vulnerabilidad de México frente a las remesas, el turismo, las inversiones, los suministros estratégicos (gasolina y gas para no ir más lejos) y un largo etcétera nos haría perder antes de haber empezado. La mera lectura de este escenario provocaría el desplome del peso y la huida de capitales.

Cuando un Ejército imparable amenaza con destruir tu ciudad lo más responsable que puede hacer un gobernante es pensar en los hombres, mujeres y niños que la habitan y no en la posibilidad de inmolarse para la historia. Negociar el menor botín de guerra posible y lograr que el invasor pase de largo. México tendría que fortalecer a los actores políticos estadounidenses que se oponen a las sanciones tarifarias, sin enfrenar directamente a Trump, y ofrecer concesiones lo menos onerosas posible que permitan que el tipo lleve su batalla a otros lares. Parecería ingenua la actitud del presidente mexicano con su llamado a la concordia cuando el otro está cortando cartucho, pero bien mirado es parte de una estrategia que puede minimizar el riesgo de lo que podría convertirse en una tragedia.

 

La emigración, la clave para la reelección de Trump, seguiremos siendo la piñata que necesita, hagamos lo que hagamos, que nunca será suficiente

‘México, la eterna piñata de Trump’. Este es el título de una columna de Gabriela Warketin de la Mora. “Este juego tiene reglas que desciframos solo cuando estamos a punto de perder el nivel de competencia… No única, pero sí eterna. Sobre todo cuando le funcionamos al presidente de los Estados Unidos para revertir un ciclo noticioso negativo o para afirmarse ante su base electoral. El reto sigue estando en saber si México alguna vez podrá articular (y activar) una contra narrativa efectiva y a largo plazo. Hoy, la respuesta es que todavía no, aunque algunas reacciones sean más afinadas y se vaya aprendiendo al andar. Pero seguimos estando a merced de la rabia coyuntural y de los señalamientos flamígeros que nos agarran fuera de base. Las recientes amenazas arancelarias del presidente Trump en contra de México podrían entenderse, es cierto, en el marco de una diatriba más amplia contra naciones que le sirven de antagonistas a modo: China, Irán, India, algunos países europeos, Canadá. Y también sabemos que cuando así lo necesita, Trump arremete contra personajes que le son antipáticos para sus horizontes axiológicos. Pero el caso de México amerita un análisis en sí mismo: meter todo en canasta genérica de maltratados comunes no permite entender la dimensión de lo que tendría que ser la respuesta…”.

La carta que el presidente López Obrador envió a Trump a raíz de las amenazas de éste de imponer aranceles graduales a cualquier producto mexicano si no se resuelve de inmediato el flujo de migrantes que llegan del sur y atraviesan nuestro país para ingresar a Estados Unidos, es categórica y se escribe desde la conciencia de la cancha en la que se juega. Yo la habría hecho más corta y directa, pero queda claro que un producto como ese tiene diversos fines comunicativos. Que López Obrador marque línea y plante cara desde diferentes frentes le habla, sí a los estadounidenses, pero sobre todo a los mexicanos. Y las reacciones de apoyo, que él mismo ha reconocido, han sido diversas y múltiples. En una de esas, como adelantaba el optimismo obligado del canciller Ebrard, México logra que junto con las voces más activas en Estados Unidos no se impongan los mentados aranceles por las afectaciones que podrían tener para… Estados Unidos. O se reviertan pronto. Está por verse. Pero, carta y misión mexicana en Washington no obstantes, estamos atados más a la volatilidad de la ira trumpiana y a los vaivenes electorales estadounidenses, que a una política sólida de reciprocidad.

Lo que sí, el elefante en el salón sigue siendo la migración. Y ahí nos tienen con los dedos en la puerta. El eje del discurso de Trump para su reelección va a ser la migración. Y en ese tema seguiremos siendo la piñata que necesita, hagamos lo que hagamos, que nunca será suficiente. Porque debemos, además, reconocer que tenemos un retraso de décadas en atender y entender el fenómeno de manera integral. Ya no es, siquiera, la migración mexicana a Estados Unidos que ha disminuido en los últimos años. ¿Qué vamos a hacer con los miles de migrantes que llegan, y seguirán llegando, a la frontera Sur de nuestro país? ¿Los vamos a detener a todos? ¿O no? ¿Cómo asegurar una migración ordenada cuando el Estado mexicano ha ido desmantelando, en presupuesto y estructura, sus organismos dedicados a refugiados y a migración? ¿Cómo atender la crisis humanitaria de una migración que se ha vuelto más femenina y más infantil, sin contar con recursos conceptuales ni operativos para ello? ¿Cómo acelerar el desarrollo de Centroamérica para mitigar las razones de la migración sin la participación, por ejemplo, de Estados Unidos? Durante años, México se benefició, en términos económicos y políticos, de expulsar a sus propios ciudadanos. Hoy que somos país de llegada y, sobre todo, de tránsito, estamos desbordados. Y descolocados, sin una narrativa sólida y efectiva que contrarreste las imágenes de miles que terminan por llegar a la frontera con Estados Unidos. Por ello, aunque superemos la coyuntura, seguiremos siendo la piñata favorita de Trump. Él sabe de dónde nos tiene agarrados. Son tiempos de una estrategia mayor.

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, convocó a políticos, ministros de la SCJN, dirigentes de organizaciones sociales, líderes religiosos y dirigentes empresariales a reunirse el sábado, 8 de junio del 2019, a las cinco de la tarde en Tijuana “para realizar un acto de unidad en defensa de la dignidad de México y en favor de la amistad con el pueblo de Estados Unidos”. López Obrador fue cuestionado sobre qué repercusiones podría tener en Estados Unidos una convocatoria de este tipo. El presidente puntualizó que no se busca polemizar ni confrontar, que ya se tiene una propuesta sobre política migratoria, que ya se presentó a Estados Unidos. “No es recomendable la confrontación y así lo está expresando el pueblo de México. Quieren que se mantenga una relación de amistad con el pueblo y el gobierno de Estados Unidos”. Aseguró que se actuará sin amenazas y con mucha responsabilidad. “Hay quienes quisieran la confrontación”, pero advirtió que su gobierno va a cuidar la relación con Estados Unidos, con Donald Trump, “pero sobre todo con el pueblo estadounidense”. Mientras tanto, los mexicanos revisamos, a diario, a todas las horas, la tasa de cambio del dólar y el peso mexicano en Banxico, el Banco de México.

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