‘Una isla de mierda en la isla de Manhattan’ y ‘Dos locas de los gatos en una mansión’, crónicas urbanas de ‘perros verdes’ en Nueva York

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

‘El perro verde’ fue un programa de televisión del periodista Jesús Quintero. Se emitió desde Sevilla durante 1988 en TVE (Televisión Española). Las preguntas o comentarios del conductor eran mínimos, casi inexistentes; siempre hablaban las visitas, personajes de la política, la ciencia, el arte y la cultura, gente de pueblo y personas que tenían algo interesante que decir. Uno de los momentos más recordados del programa, y por ende, de la carrera profesional del presentador, fue la entrevista al convicto Rafael Escobedo, condenado por el crimen de los Marqueses de Urquijo, unos días antes de su suicidio, entrevista en la que continuó manteniendo su inocencia. Encargó comprar un perro de raza golden retrevier llamado “calma de valle negro”; se trataba de un perro blanco y lanudo, muy joven pero tranquilo que se quedaba quieto, echado en el piso del plató junto a él, algo sorprendente para los profesionales del medio ya que no era normal que un perro que no había sido entrenado para eso se comportase de aquella forma. La cámara a veces lo tomaba para enriquecer las imágenes en la intervención del periodista y su entrevistado o entrevistada. Un iluminador dirigió un haz de luz verde sobre el animal, lo que dio más variedad y estética a la imagen. El programa, antes de que se decidiese incorporar al perro, se llamó desde su inicio ‘El perro verde’ por aquello de: eres más raro que un perro verde.

 

En vísperas de las pasadas Navidades se trasladé a Miami para junto con mis hijos Alain y Claudia y mis nietos Lucas, Marcelo y Mauro, en una furgoneta Audi, llegarnos hasta Nueva York. El intenso frío y la muerte de George Herbert Walker Bush, político estadounidense y el 41 presidente de los Estados Unidos entre 1989 y 1993, nos hicieron desistir del empeño, dado que los funerales de Estado iban a centrarse en Washington, visita obligada cuando uno llega a ‘La Gran Manzana’. Aunque la historia del término se consideró un misterio. Hubo muchas leyendas al respecto aunque popularmente permanece la más absurda, aquella que afirmaba que el sobrenombre proviene de un burdel neoyorquino a cuya madame se le conocía por el sobrenombre de Eva. Optamos por visitar Nueva Orleans. La ciudad sureña de Luisiana, sobre el delta del río Misisipi tiene una fuerte influencia española y francesa, creándose un verdadero núcleo urbano europeo. Es un desmadre con sus escandalosos desfiles con disfraces y fiestas callejeras, que se remontan a 1699. No solo destacan por esas referencias históricas, sino por su vida nocturna ininterrumpida, vibrante ambiente de música en vivo y comida condimentada única, reflejo de un crisol de influencias, aparte de las ibéricogalas, las africanoamericanas.

El huracán Katrina no pudo con el ‘Mardi Gras’ de Nueva Orleans, la ‘Big Easy’ de Louis Armstrong y el Misisipi, vive en un eterno Carnaval. La Guerra Civil Estadounidense y la Segunda Guerra Mundial motivaron su suspensión temporal. Los preparativos para el ‘Martes de Carnaval’ de este 2019 comenzaron el Día de Reyes, este pasado de 6 de enero y se prolongaron hasta el 5 de marzo. Sin duda, los Carnavales más largos del mundo. Hay que prepararse para ‘pasar’ la Cuaresma y la Semana Santa. Estuvimos en vísperas de la Navidad y Año Nuevo y nos topamos inevitablemente con sus carrozas y disfraces. Tennessee Williams fue un destacado dramaturgo estadounidense. En 1948 ganó el Premio Pulitzer de teatro por ‘Un tranvía llamado Deseo’, y en 1955 por ‘La gata sobre el tejado de zinc’. Nos legó la frase “Estados Unidos tiene sólo tres ciudades: San Francisco, Nueva York y Nueva Orleans. El resto es Cleveland”, “America has only three cities: New York, San Francisco and New Orleans. Everywhere else is Cleveland”. Vivió en el Barrio Francés de Nueva Orleans…

‘La trilogía de Nueva York’, nos espera. Es una antología de novelas policíacas del escritor estadounidense Paul Auster publicadas entre 1985 y 1987, conformada por tres relatos: ‘Ciudad de cristal’, ‘Fantasmas’ y ‘La habitación cerrada’. Esta obra supondría el lanzamiento de su autor a nivel internacional y le valdría el reconocimiento como uno de los grandes narradores estadounidenses de los últimos tiempos. En la primera historia, ‘Ciudad de cristal’, una llamada telefónica envolverá a un escritor en una compleja trama de locura y redención. ‘Fantasmas’ cuenta las andanzas de un detective atrapado en el caso más extraño de su carrera. Por su parte, ‘La habitación cerrada’ narra el encuentro de un novelista con sus propios demonios, a raíz de la desaparición de un amigo de la infancia. El azar, la naturaleza de la voluntad y una particular forma de entender el suspense ya se dan cita en esta colección de relatos, apuntando así algunas de las claves de la futura producción literaria de Auster. Además, explora algunos recursos que más tarde alcanzarían utilizaría en su obra ‘Leviatán’: la reflexión sobre el propio proceso creador, la mezcla entre ensayo y ficción y ese juego de espejos con la realidad tan caro al autor y a sus lectores. Cuando viajo a una ‘metropolis’ como Nueva York intento salirme un poco de rutas obligadas como las de Paul Auster, intentando visitar escenarios de raros ‘perros verdes’. En el magazine Jot Down he leído unas ‘anotaciones’ tituladas ‘Una isla de mierda en la isla de Manhattan’ y ‘Dos locas de los gatos en una mansión’, crónicas firmadas por Isabel Gómez Rivas y Álvaro Corazón Rural.

 

Los estrafalarios hermanos Collyer murieron aplastados por la basura acumulada durante casi dos décadas en su casa de la Quinta Avenida

El 21 de marzo de 1947 la policía de Nueva York recibió una llamada que alertaba del insoportable hedor que salía del número 2078 de la Quinta Avenida. Aquella dirección correspondía a la residencia de los estrafalarios hermanos Collyer, Homer y Langley, bien conocidos por el vecindario, por la burocracia municipal y, en realidad, por toda la ciudad, puesto que la prensa llevaba desde 1938 prestando atención a los rumores y leyendas que circulaban sobre estos dos extravagantes misántropos y sobre los pleitos que mantuvieron con diversos acreedores. Era de sospechar que habían vuelto a hacer una de las suyas, así que el aviso telefónico no alarmó demasiado en la comisaría, que se limitó a enviar una patrulla. Iba a necesitar muchos refuerzos: los dos habitantes de la casa habían muerto aplastados por la basura que acumularon durante casi dos décadas. Eso es todo. Los hechos son así de escuetos: dos hombres que padecían un trastorno de acumulación compulsiva, algo muy parecido, si no lo era, al síndrome de Diógenes, fallecen aniquilados por su enfermedad.

Pero el director del periódico, un calco de la Beatriz de Zenit, la obra del grupo catalán de teatro Els Joglars, grita fuera de sí: “¿Cómo que eso es todo? ¡Tenemos una historia formidable! ¡Una tragedia protagonizada por dos locos! ¡Y el escenario: la Quinta Avenida! Ya veo la portada: ‘Murieron como vivieron’. No, espera, mucho mejor: ‘Una isla de mierda en la isla de Manhattan’. ¡Maravilloso! ¡Ideal!”. Al director no le bastan las capas sedimentadas de cachivaches e inmundicias que estrujaron dos cadáveres y se propone añadir una más, aunque sea al precio de perecer todos engullidos, como en la última escena del montaje de la compañía catalana, por una marea de bolsas de basura fofas: “Ya estás levantando tu culo de la silla y me traes todos los detalles. Y fotos, quiero fotos del cubil de esos cerdos”. Entiéndase bien, este es un diálogo ficticio, porque hoy no hace falta despegarse del ordenador para atender el encargo. Es facilísimo. Cualquier editor gráfico encuentra en un clic material de sobra. Por ejemplo, el Daily News ofrece una galería digital con imágenes rescatadas de su propio archivo del interior del brownstone de los Collyer, encabezada por una invitación irresistible: “Take a look inside”. Sí, seamos bien mandados y echemos un vistazo.

 

Un Ford T, decenas de pianos, un clavicordio, dos órganos, acordeones, violines, partituras, más de veinticinco mil libros, un fusil y pistolas…

Eso mismo está haciendo la policía después de derribar la puerta del domicilio de los hermanos Collyer a hachazos y de agujerear el tablón que la atrancaba: mira por los resquicios y atisba una muralla infranqueable de periódicos y trastos. Tampoco va a ser posible entrar por las ventanas de la planta baja, que, aunque han perdido sus cristales, se encuentran enrejadas y cegadas por un abarrote idéntico. El primer agente que consigue entrar en el edificio lo hace a través de una ventana del segundo piso. Lo que encuentra es un laberinto impracticable, una red de angostos y asfixiantes pasillos que se abren en una masa compacta de papeles, cajas y cachivaches, que atestan todo el espacio de las habitaciones. En algunas de ellas los tabiques habían cedido o habían sido derribados deliberadamente y los escombros se confunden en el colosal amasijo. En algún momento incluso se hizo necesario abrir un boquete en el tejado para acceder a una parte del edificio y continuar desalojando la basura. Tardaron cinco horas en dar con el cadáver de Homer y dieciocho días en localizar el de su hermano. El cuerpo de Langley, con varias capas de harapos encima, en avanzado estado de descomposición, medio comido por las ratas que infestaban la vivienda, estaba sepultado en un pequeño túnel de aquella maraña caótica. Los investigadores determinaron que había muerto cuando llevaba comida a su hermano, al caer en una trampa que él mismo había tendido y que provocó el desmoronamiento de la mole de basura bajo la que quedó enterrado. Por su parte, Homer, ciego e inválido, incapaz de alimentarse o salir por sus propios medios de aquel dédalo, habría tenido una lenta agonía. Los forenses calcularon que había fallecido diez horas antes de la llegada de la policía, que lo encontró sentado en una butaca destartalada, vestido con un albornoz raído y con una larga melena enmarañada que le llegaba a los hombros.

Se requirieron semanas y semanas de trabajo para vaciar la casa por completo. De ella terminaron saliendo más de cien toneladas de basura. Los periodistas intentaron un imposible, el inventario de los objetos retirados. En medio de tantas especulaciones, tenían algo cierto a lo que agarrarse. Tal vez la clave que permitía desentrañar el misterio de la vida de los Collyer se ocultaba en la exhaustiva relación de sus pertenencias: un Ford T, neumáticos, decenas de pianos, un clavicordio, dos órganos, acordeones, violines, partituras, un gramófono, discos, varias cámaras fotográficas, lentes y trípodes, miles de periódicos empacados en fardos o en pilas desmoronadas, ventiladores eléctricos, maletas, somieres, decenas de modelos de máquinas de escribir y bicicletas, más de veinticinco mil libros, un viejo aparato de rayos X, un fusil, una colección de pistolas, varios cochecitos de bebé, juguetes, todo tipo de utilería inútil, sedas, tapices, alfombras, candelabros, montañas de ropa, relojes, maniquíes, estufas, botellas, latas, un sinfín caótico de muebles, artefactos, bártulos y chatarra.

 

En el mundo, se libra la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, Corea, Vietnam, los asesinatos políticos de Kennedy y Martin Luther King

Las cuadrillas trabajaron ante un público expectante. E.L.Doctorow, un adolescente neoyorquino en 1947, pudo formar parte entonces de aquellos curiosos que se congregaban en las inmediaciones de la esquina de la Quinta Avenida con la calle 128 o simplemente leyó en los periódicos las distintas entregas de una historia llena de especulaciones sobre cómo aquellos hermanos, hijos de un médico y una cantante de ópera, licenciados en la Universidad de Columbia, terminaron viviendo de las rentas heredadas, atrincherados en la decrépita casa familiar que en otro tiempo, no tan lejano, se pretendía distinguida y elegante. Nueva York y el escritor nunca se olvidaron de los Collyer. La ciudad los convirtió en un mito y el escritor, en los protagonistas de una novela, ‘Homer y Langley’, publicada en 2009 y traducida al castellano al año siguiente por la editorial Roca. La voz del narrador es la de Homer, un Homero contemporáneo, ciego, como dice la tradición que era el griego, y también como aquel, intérprete de un mito. Se trata de un mito deliberadamente indeciso, vacilante, quizás por eso la novela de Doctorow ha sugerido a Joyce Carol Oates una relación con el documental ‘Grey Gardens’, sobre las Beale (madre e hija), y con Bouvard y Pécuchet, de Flaubert.

En ‘Homer y Langley’ el relato adquiere una ambigüedad decidida, constante, que atraviesa toda la descripción del proceso que termina enclaustrando a los Collyer en su casa mientras fuera, en el mundo, se libra una guerra (siempre una guerra: la Gran Guerra, la Segunda Guerra Mundial, la guerra fría, la de Corea, Vietnam, los asesinatos políticos de Kennedy y Martin Luther King). Los dos hermanos son presentados como «reclusos» (la etimología del nombre de Homero es la misma que la de la palabra griega que designa al rehén o prisionero de guerra) y, al mismo tiempo, como “isleños aislados del mundo” voluntariamente, haciendo de su vida un acto de resistencia y una declaración de independencia que las instituciones municipales, los acreedores, los vecinos, la prensa, en definitiva, la sociedad no tolera. Son discípulos de Ralph Waldo Emerson, lectores de Gibbon y de ‘El talón de hierro’, de Jack London. Desafían todas las convenciones y, sin embargo, temen que el “círculo de animadversión” se extienda hasta el futuro, donde nadie los reivindicará y donde se habrán convertido en “un chiste mítico”.

 

Los Collyer encarnan la contestación a un sistema demente, ¿quiénes son los locos, los ermitaños o los diseñadores de los preceptos del exterior?

Langley es simultáneamente “el periodista supremo”, un perfecto demente y un lúcido filósofo de inspiración nietzscheana que niega el progreso. Ha formulado la ‘Teoría de los Reemplazos’, que predica algo así como el eterno retorno, y acaricia el proyecto de componer un único periódico, intemporal y eterno, a partir de las noticias y categorías recurrentes que estudia en la prensa; por eso compra sistemáticamente, a diario, todos los periódicos que se editan en la ciudad. Guarda la esperanza nihilista de que “pronto se desencadene una guerra nuclear mundial en la que la especie humana se extinga, para gran alivio de Dios”. Estudia Derecho y encuentra “de vez en cuando un ejemplo de razonamiento jurídico que, en su opinión, parecía sacado de un manicomio”. Entonces, ¿quiénes son los locos, los ermitaños o quienes han diseñado los preceptos que rigen en el exterior?

La ambivalencia es todavía más radical de lo que se ha sugerido hasta aquí, porque los Collyer parecen encarnar la contestación a un sistema demente y, sin embargo, son también la metáfora más perfecta de ese orden ensimismado que se dirige hacia su autodestrucción. Su casa vendría a ser un enorme museo dedicado al caos contemporáneo y la primera pieza de su colección habría sido, significativamente, el fusil Springfield que Langley empuñó en el bosque de Argonne durante la Primera Guerra Mundial y que él mismo cuelga con mucha ceremonia sobre la chimenea a su regreso. A partir de ese momento los Collyer se empeñan en recrear la seguridad perdida y añorada de «”un mundo sólido donde los objetos ocupan espacio, donde no existe el vacío infinito del pensamiento insustancial que no conduce a ninguna parte más que a sí mismo”.

En un proceso simultáneo, al tiempo que saturan el espacio doméstico con objetos, pero también con la pretensión hinchada, absurda, irrealizable, de sus proyectos filosóficos y artísticos, se enclaustran y cesan todos los vínculos con el mundo, incluso los sensoriales. Homer ha perdido la vista y finalmente pierde el oído, lo que lo aboca a convertirse en una “mente vacía e infinita”; toda su condición se verá reducida a la de una mera “conciencia irremediablemente consciente de sí misma” y solo de ella misma, incapaz de prever y remediar su propia destrucción. El mito de Homer y Langley refuta uno de los grandes mitos fundacionales del liberalismo, el de Robinson. No hay islas, dice Doctorow: “Dentro es fuera y fuera es dentro”. El interior es alcanzado a lo largo de la novela, una y otra vez, por los acontecimientos exteriores que aprovechan cualquier resquicio para colarse (“Es como si el tiempo soplara a través de nuestra casa como un viento” y dejase depositados “artefactos fruto de entusiasmos anteriores”). Robinson puede empeñarse en atrancar puertas, colocar cerrojos y postigos, cegar ventanas y construir su isla. Lo único que conseguirá es condenarse.

El periodismo dice atenerse a la literalidad del hecho escueto y, sin embargo, acostumbra a convertirlo en un suceso sensacional. Esa es la forma desaprensiva con la que suele actuar y, desde luego, así lo hizo con Homer y Langley Collyer. La literatura no es menos capaz de expropiar a dos hombres de sus nombres y apellidos; su insolencia, no obstante, es otra: la que conlleva arrebatarles las vidas que les son propias para convertirlas en una metáfora. Así lo reconoce el propio Doctorow cuando le hace decir a Langley, que acaba de verse caricaturizado en una tira cómica: “Ay, la crueldad del arte que devora el mundo y a cuantos viven en él”. El personaje, que en algún momento se siente retratado en aquel verso del poeta lisboeta Fernando Pessoa, mejor dicho, de Álvaro de Campos, que dice “Yo, el investigador solemne de las cosas fútiles”, podría seguir leyendo el poema y continuaría leyéndose a sí mismo: “Yo, en fin, literalmente yo / Y yo metafóricamente también”. La literatura, a diferencia del periodismo, siempre implora perdón para la violencia que ejerce. Argumenta en su defensa que es necesaria e inevitable para alcanzar la verdad que intuye el mito y sus metáforas. Pues bien, Doctorow acierta con esa verdad que termina de explicar José Luis Pardo en el ensayo ‘Nunca fue tan hermosa la basura’, incluido en el libro del mismo título (Galaxia Gutenberg, 2010). Y al final es el lector quien cita al poeta: “Yo, que tantas veces me siento tan real como una metáfora”.

 

No hay psicópata que en una reunión de vecinos, cuando se hable de alguien así, no te susurre al oído: “Que tiene siete gatos”

Raro será quien no tenga o recuerde a algún vecino, una persona mayor generalmente, que vive congelado en el tiempo. En mi barrio en los ochenta había una mujer que seguía vistiendo colores locos sesenteros y llevaba un peinado a lo Dolly Parton, en pelirrojo, a la que los niños mirábamos como a un alienígena cuando nos cruzábamos con ella. Si este tipo de personas, además de pasar de todas las chorradas que nos atan a los demás, tienen gatos, entonces la gente ya tuerce el morro cuando habla de ellos, incluso se cambian de acera cuando los ven. No hay psicópata que en una reunión de vecinos, cuando se hable de alguien así, no te susurre al oído: “Que tiene siete gatos”. O aún peor: “Que alimenta a los gatos de la calle”. Y sin embargo, afortunadamente, cada vez más a menudo caen en saco roto estas maledicencias porque no deja de crecer el porcentaje de ciudadanos que, cuando les advierten de que morirán solos rodeados de gatos, contestan «gracias». No hay más que ver las redes sociales, donde lo que abunda es obsesión por el pasado y fotos de gatos. La sociedad de hoy, en su conjunto, tiene mucho de lo que despectivamente se denomina la loca de los gatos. Y lo que yo me alegro de pertenecer a ella. Por eso hoy, rizando el rizo, hablaremos de un documental de los setenta sobre locas de los gatos.

Se trata de ‘Grey Gardens’, 1975, una pieza de cinema vérité sobre las condiciones de vida de dos mujeres, anciana madre e hija de unos cincuenta años, que viven en una mansión en East Hampton, en el estado de Nueva York, que se cae a cachos. Las plantas del jardín, sin tocar desde hace años, tienen varios metros de altura y las señoras, que reciben visitas ocasionales, están solas pero rodeadas de gatos en plena libertad. Esto es, sin areneros, haciendo sus necesidades por toda la casa, excepto en el desván, donde habita una familia de mapaches a los que estas dos mujeres también alimentan con pienso y rebanadas de pan de molde. Los animales llevan mejor dieta que las protagonistas del documental, que se alimentan a base de patés, galletas, mazorcas de maíz, helados… En una escena la hija admite que debería cocinarle algo decente a su madre, que tendrían que comer mejor, algo en plan, dice, “trozos de carne con una patata hervida” y servírselo a horarios mínimamente normales, pero lo comenta tomando el sol, en condicional, y presumiendo de que vive sin reloj y nunca jamás sabe qué hora es.

 

Little Edie acusa a su madre de ser poco devota, ella replica que le gusta tanto la Iglesia católica que invitaría al cura a pasar la noche con ella

Big Edie, la madre, por el contrario, se pasa el día tumbada en la cama, entre restos de comida y basura en general. Tiene apoyado en la pared un retrato al óleo que los gatos utilizan como biombo para ir a hacer sus necesidades. Ella está encantada. Tanto que se pasa el día cantando. Probó suerte con la música en los años veinte y ahí se ha congelado el mundo para ella. Little Edie, la hija, se quedó más en los años cincuenta. Se pasa el día probándose vestidos o danzando por las habitaciones vacías con las paredes mohosas y desconchadas. Dice que es bailarina y culpa de su situación a su madre, se queja de que si no hubiese tenido que cuidar de ella no estaría ahí sola, a su lado, confinada. Juntas escuchan al predicador protestante Norman Vincent Peale. Es su sermón ‘Try, really, try’, confeccionado para subir la autoestima a cualquiera. El programa se llamaba ‘The Art of Living’ y estuvo en antena cincuenta y cuatro años. En un momento dado, Little Edie acusa a su madre de ser poco devota. Ella replica que le gusta tanto la Iglesia católica que invitaría al cura a pasar la noche con ella, y se ríe pícara mirando al objetivo. Little Edie confiesa que varios millonarios quisieron casarse con ella, pero que nunca se enamoró de ninguno. Cuenta un poco enfadada que todas sus amigas se enrolaron en la Cruz Roja y pudieron casarse. Ella no, tuvo que cuidar de su madre, insiste. En cruces de acusaciones, se echan en cara con muy mala sangre la reputación de los hombres con los que se emparejaron y, a la vez, se defienden de forma numantina. Que si uno era conde, que si otro, exclama Big Edie, «me dedicó más de  ochenta canciones y era muy listo, escribió siete libros a la vez». Mientras que su hija protesta porque quiso casarse con un polaco veinte años más joven que ella y su madre no la dejó, le echó de casa. Pero Big Edie tiene otra versión, fue él quien huyó sin decir ni adiós al ver in situ los cambios de humor de su hija. Y así se pasan todo el documental entre gatos y ruinas.

Cuando las dos mujeres vieron la película editada en un pase privado, Little Edie pronunció unas palabras proféticas: “¡Los Maysles han creado un clásico!”. Los Maysles, Albert y David, eran los dos hermanos que participaron en la dirección del film. Suyo fue el histórico ‘Salesman’, sobre vendedores de biblias a domicilio, que está publicado, como ‘Grey Gardens’, en Criterion. O el famoso ‘Gimme Shelter’, sobre los Rolling Stones en su catastrófico concierto de Altamont —sí, efectivamente, son los responsables de sacar a los Flying Burrito Brothers tocando de espaldas—. Mención especial merece ‘Psychiatry in Russia’, de Albert, rodado en 1955, sobre el estado de las instituciones mentales en la Unión Soviética. Y sí, habían rodado un clásico registrando unos días cualesquiera en la vida de esas dos mujeres. Prueba de ello es que, por ejemplo, Italian Vogue hizo una sesión fotográfica inspirada en ellas, igual que Harper´s Bazaar. El diseñador Marc Jacobs llamó Little Edie a uno de sus bolsos Vintage y Phillip Lim se marcó una colección entera. Entre los fans más destacados del documental se han reconocido personalidades como Calvin Klein y Greta Garbo, entre otros. Digamos que dejó huella.

 

Las protagonistas eran la tía y la prima de Jackie Kennedy Onassis, todo comenzó con un reportaje de New York Magazine en 1972

Durante años fue un documental de culto, especialmente entre la comunidad gay. Luego se adaptó como musical para Broadway, también fue una obra de teatro, en 2006 se editó una secuela con el metraje sobrante del primer documental, The Beales of Grey Gardens, y en 2009 HBO filmó una película homónima con Drew Barrymore y Jessica Lange. Pero el detalle que realmente las situó en la historia era otro: las protagonistas eran la tía y la prima de Jackie Kennedy Onassis. Todo comenzó con un reportaje de New York Magazine en 1972. En la portada aparecía Little Edie con un abrigo de piel y cubriéndose la cabeza con un pañuelo de seda, como luego haría en el documental. La periodista, Gail Sheehy, escribió que en esa familia, mientras que Jackie había conseguido ser la mujer más famosa del mundo, estas dos mujeres habían rechazado a la alta sociedad, renunciando a tanta fiesta y tanto cóctel, para perseguir una carrera artística. Eran una especie de punks.

La redactora se había puesto tras la pista de lo que allí ocurría porque su hija, tras dar paseos con ella por la zona, había bautizado esa mansión como ‘la casa de la bruja’. Un día la pequeña se encontró una caja llena de conejos recién nacidos y quiso llevárselos a ‘las brujas’. Si vivían con tanto gato, era porque amaban a los animales. Sin saberlo, cuando la periodista acompañó a su hija a entregárselos, se encontró con las familiares del clan de JF. John Fitzgerald Kennedy fue el trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos. Fue conocido como John F. Kennedy; ‘Jack’, por sus amigos; o como JFK. Elegido en 1960, Kennedy se convirtió en el presidente más joven de su país, después de Theodore Roosevelt. Ejerció desde el 20 de enero de 1961 hasta su asesinato el 22 de noviembre de 1963, Dallas, Texas.

 

A la periodista le advirtieron, buena parte de los crímenes cometidos eran a manos de esquizofrénicos que parecían perfectamente cuerdos

Por lo visto, llegaron a tener trescientos gatos, pero en el momento en que apareció esta ‘discreta’ periodista eran solo doce. Las dos mujeres llevaban veinte años juntas; veinte años en los que las deudas no habían hecho más que crecer y las autoridades del condado estaban deseando echarlas de ahí. Las tomaban por locas y peligrosas. A la periodista le advirtieron que tuviera cuidado al tratar con ellas, porque buena parte de los crímenes cometidos en Estados Unidos eran a manos de esquizofrénicos que parecían perfectamente cuerdos. En el primer intento de echarlas el argumento era que estaban albergando gatos enfermos. Entraron en la casa y a los sanitarios les dieron arcadas, había hasta heces humanas por el suelo. Ellas pensaron que se trataba de un atraco a mano armada. Con tantas redadas como sufrieron madre e hija hasta pensaron en huir del país. En el documental la madre dice que en ese pueblo te pueden detener hasta por llevar zapatos rojos un jueves. Pero ¿cómo habían terminado allí y en esas condiciones? Pues porque Big Edie se separó de su marido, entre otros motivos porque se aburría “hasta llorar” de las reuniones sociales de alta alcurnia, y este nunca le pasó la pensión.

 

Little Edie empezó una exitosa carrera como modelo, pero como era la mayor de sus hermanos, el deber de cuidar de la madre le tocaba a ella

Así que se refugió en esa casa y se llevó consigo a su hija, que acudió desde la ciudad de Nueva York, para cuidarla. A ella y a los gatos. Y ahí se quedó para siempre también. “Ya has tenido suficiente diversión en tu vida”, le dice su madre en el documental cuando ella se queja de que preferiría vivir en Nueva York o París. Lo cierto es que a los diecisiete años Little Edie había empezado una exitosa carrera como modelo, pero como era la mayor de sus hermanos, el deber de cuidar de la madre le tocaba a ella. Cuando estas noticias llegaron a la secretaria de Jackie Kennedy Onassis, esta emitió una nota en la que explicó que siempre había sido muy cercana a su tía y su prima, pero que esto no era una cuestión de dinero, sino de cómo habían elegido ellas vivir. Días después, ante el escándalo, prefirió callarse y hacerse cargo de las deudas y el dinero que exigían las autoridades para sanear la casa. Ocurrió justo antes de que las desahuciaran. La broma ascendió a treinta mil dólares, ciento cincuenta litros de germicida y, según dijo el New York Times, también les asignaron un estipendio. Para Little Edie, según reveló años después, fue “casi mortal” aceptar el dinero de Jackie, pero no les quedaba otra.

El documental surgió cuando los Maysles trabajaban en una película sobre la infancia de Lee Radziwill, hermana de Jackie y por tanto también sobrina y prima de Big y Little Edie. De repente llegaron a ‘Grey Gardens’, vieron el percal y cambiaron de planes para centrarse en estas dos buenas señoras poco antes de que las rescataran. Ellas nunca se sintieron insultadas por el documental. Incluso Big Edie llegó a decir que quién iba a querer sacarle una fotografía a ella con la edad que tenía, que estaba encantada de que esa gente tan adorable lo hubiera hecho. “Es lo mejor que me ha pasado en la vejez, estoy emocionada”. Murió dos años después del estreno, en 1977, que no fueron buenos porque se los pasó en silla de ruedas por una caída. Su hija vivió dos años más en esa casa antes de vendérsela al periodista Ben Bradlee, del Washington Post, directivo del diario durante la publicación del escándalo del Watergate. Little Edie se la vendió por un cuarto de millón de dólares y la condición de no derribarla. Cuando llegaron a ver la casa por primera vez, Edie les dijo que solo necesitaba una mano de pintura, pero posteriormente el periodista declaró al New York Times: “En el interior de la casa, el olor de gato era insoportable. El suelo era tierra. El techo estaba cediendo y un mapache me miró a través de las vigas. Una veintena de gatos se escurrían según entrábamos en cada habitación. Sin embargo, pensé que era la casa más bonita que jamás había visto en mi vida”. Añado un detalle: era alérgico a los gatos y en aquel momento había cincuenta y dos.

 

“Tuve dos oportunidades de trabajar para MGM y Paramount, pero mi madre no quiso dejarme. Tuve una relación enfermiza con ella”

Tras la venta, Little Edie inició una carrera como cantante de cabaret. En 1978, tuvo media docena de actuaciones contratadas, por mil quinientos dólares, en un nightclub neoyorquino. “Por fin estoy empezando a vivir”, declaró a la prensa. En una de estas apariciones lucía un parche, tras una operación de cataratas, y un vestido rojo de su madre. El público la escuchó educadamente, aunque se oyeron algunas risitas, escribieron las crónicas, pero el punto álgido fue una sesión de preguntas y respuestas que permitió al final del show. Ahí reveló que por el documental le dieron cinco mil dólares a cada una, mucho menos de lo que esperaban. Y cuando le preguntaron si se sentía explotada, se puso a toser y dijo: “De ninguna manera, a mi edad tengo suerte de tener este trabajo. Además, este es mi sueño, lo que siempre quise hacer. Tuve dos oportunidades de trabajar para MGM y Paramount, pero mi madre no quiso dejarme. Tuve una relación enfermiza con ella. Tomaba todas las decisiones por las dos. Me tenía completamente manipulada”. No obstante, también sentenció: “Creo que seré una solterona hasta que muera. Probablemente estaré rodeada de gatos lo que me queda de vida. No creo que me dé a la bebida, pero he adquirido ciertos hábitos que no pienso cambiar”.

Pero era mentira. Los cambió. Al menos, cuando falleció, en la noticia se subrayaba que llevaba cinco años sin gatos. Como si los pequeños peludetes fuesen equiparables al crack. Murió en Miami en 2002, en un pequeño apartamento en Bal Harbour. Tenía ochenta y cuatro años, y cuando la encontraron llevaba cinco días fallecida. Aunque no les hayan faltado nunca fans y ellas recibieran bien su repentina fama, las críticas y valoraciones del fenómeno que protagonizaron estas dos mujeres siguen estando vigentes y son muy interesantes. Sobre todo, por actuales. Por un lado, el crítico del New York Times Walter Goodman en cuanto vio el documental dejó claras sus dudas sobre la condición artística de la película. Tituló su artículo ‘Vérité o atracción de feria’, y dijo que, aunque se les pagara por aparecer y aunque no se las ridiculizase, sí que se las mostraba como algo grotesco. Además, ocurría algo que a su juicio había pasado también con el mencionado documental de Salesman: la vérité, la verdad, la estaban creando los cineastas al sacar la cámara, eso no tenía nada de real desde que se estaba grabando. Tener un objetivo delante hacía que los protagonistas se comportasen de forma más histriónica, haciendo lo que no harían en condiciones normales.

En la reseña citó las palabras del director en el Festival de Cine de Nueva York, que manifestó “la verdad no puede herirlas”. Para criticar sus excusas puso como ejemplo que, si a él un día le daba por desnudarse e irse a Times Square a bailar claqué, preferiría que sus amigos trataran de impedírselo antes que grabarlo en vídeo para su beneficio y la curiosidad del público. “Por muchas ínfulas artísticas que tenga, esto no deja de ser periodismo de tabloide”, sentenció. Habría que ver cómo reaccionaríamos ahora, con la revolución televisiva, si viésemos algo así en un programa. Seguramente lo tacharíamos de telebasura. Hay un plano que cierra el documental del pie desnudo de Big Edie, entre la basura y un gatete dormido, que solo así puede describirse, en sentido literal además. Pero no todas las reacciones han ido por ese camino. En el libro Grey Gardens de Matthew Tinkcom, de 2011, lo que se plantea es que la película de HBO era más conservadora que el documental porque mostraba que las mujeres se habían quedado sin marido por sus excentricidades, no que habían acabado así por su búsqueda de independencia. Ahí el libro plantea la duda de si se las debía de considerar feministas, cuando en realidad vivieron siempre como aristócratas, y también si reconocerlas como tales no supondría ningunear los logros realmente importantes de la lucha de otras mujeres, o si por el contrario la situación en la que encontraban era el precio a pagar por una búsqueda hasta el final de autonomía en una sociedad patriarcal. Aunque solo sea para discutirlo, ya merece la pena sumergirse en el universo de ‘Grey Gardens’. ‘Perros verdes’ caminan por Nueva York y no aparecen en los escritos de Paul Auster.

@BestiarioCancun

www.elbestiariocancun.mx

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *