La Habana expulsó al escritor norteamericano Tom Wolfe y la vida sexual de Fidel

EL GLOBO ROJO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

La Habana expulsó al escritor norteamericano tras conocer la Inteligencia de Cuba las ‘andanzas’ en los turbulentos años 60 del pasado siglo. En uno de sus últimos libros, ‘Bloody Miami’, a modo de catarsis y venganza, Wolfe acusa a los cubanos de asediar al ‘wasp’, el ciudadano blanco, anglosajón y protestante en La Florida. Autor de ‘La hoguera de las vanidades’, junto a Truman Capote, el de ‘A sangre fría’, promovieron el ‘Nuevo Periodismo’…

 

Tom Wolfe volvió a la carga con una novela “racial”, otra radiografía del ‘melting pot’ americano, “Bloody Miami”, y para ello escogió la ciudad de Estados Unidos que tiene más inmigración reciente. Sudamericanos, haitianos, rusos, pero sobre todo cubanos asedian en Florida al ‘wasp’, el ciudadano blanco, anglosajón y protestante. Al principio parece que Wolfe quiere hacer un análisis sociológico de la ciudad tomando como referentes la policía, la prensa y la oligarquía del capital -como hizo antes con Nueva York y Atlanta-, pero luego, una vez puestas las fichas en el tablero, el satírico cronista se relaja y deja que sus personajes le diviertan. Wolfe sabe bien que se trata de eso, de un divertimento. No va a escribir a estas alturas de su carrera la “gran novela americana” ni una obra maestra de la literatura posmoderna, que no le interesa nada. Y el pacto con el lector está claro: levantaré para ti una ciudad con una prosa musculosa y chispeante, y te diré que es Miami, te trasmitiré ciertas emociones y cerrarás el libro sin asomo de dolor de cabeza. Y lo cumple, a su manera, llenando su prosa de exclamaciones, con un estilo brioso y directo.

Tom Wolfe era una referencia obligada en nuestras clases de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Lejona, en el País Vasco. Entre los periodistas y escritores norteamericanos de aquellos tiempos, destacaban dos, Truman Capote, el autor de “Desayuno en Tiffany’s” y su novela documento “A sangre fría” y Tom Wolfe, el de “La hoguera de las vanidades”… Los dos fueron los promotores de lo que se conocía como el ‘nuevo periodismo’. Tom Wolfe en su libro “El Nuevo Periodismo” sentó las bases del género, identificó a sus protagonistas y emancipó de una vez las noticias. Si en los sesenta se adentró en la cultura juvenil con ojos de un antropólogo que disecciona las modas contraculturales y lo popular, en los setenta usó su sardónica mirada para analizar el delirante y pretencioso mundo del arte y la arquitectura, o simplemente reflejar el absurdo delirio de autorreferencia que guiaba las terapias psicológicas experimentales, de pronto convertidas en un fenómeno de masas. Wolfe, brillante observador, sacaba un jugo inesperado a su doctorado en Estudios Americanos de la Universidad de Yale, alzaba el espejo ante la farsa y se convertía en el ‘periodista del pop’, de los seguidores de Andy Warhol, artista plástico y cineasta estadounidense que desempeñó un papel crucial en el nacimiento y desarrollo del pop art. Esto no le gustó a Tom Wolfe… “Me molestaba que me calificaran de periodista pop, sociólogo pop, experto en arte pop, y esto básicamente significa que lo que dices no tiene importancia”… Tom Wolfe quería ser mucho más trascendental que Andy Warhol.

Andy Warhol adquirió notoriedad mundial por su trabajo en pintura, cine de vanguardia y literatura, notoriedad que vino respaldada por una hábil relación con los medios y por su rol como gurú de la modernidad. Warhol actuó como enlace entre artistas e intelectuales, pero también entre aristócratas, homosexuales, celebridades de Hollywood, drogadictos, modelos, bohemios y pintorescos personajes urbanos. Uno de los aportes más populares de Warhol fue su declaración: “En el futuro todo el mundo será famoso durante quince minutos”. Esta frase de cierta manera vaticinó el actual poder de los medios de comunicación y el apogeo de la prensa amarilla y de los ‘reality shows’. Tom Wolf tiene que escribir una novela para que los grandes medios periodísticos se acuerden de él. Su escenario, Miami, sus principales protagonistas, los cubanos que viven en la capital de La Florida.

 

Expulsado del Hotel Nacional de La Habana

Hay quien ve en este libro una ‘autocompensación’ psicológica de Tom Wolfe y lograr que la catarsis le haga olvidar, quizás, el gran fracaso de este ‘periodista pop’, quien fue incapaz de escribir un libro sobre la vida sexual y personal del comandante de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz. Esta tarea imposible se la encomendó The Washington Post. Tom Wolf picó el anzuelo. Pecó de ingenuidad al presentarse en el Hotel Nacional y pretender desde allí, como si se tratara del ‘Studio 54’ de Andy Warhol, investigar sobre la vida privada de Fidel. No era consciente que más de la mitad de los servicios de inteligencia y contrainteligencia cubanos, desayunan en el hotel que siempre está despierto.

Los edificios oficiales de los ‘james bond habaneros’ están apenas a unos metros de distancia, en el caso de la contrainteligencia -adosado a él hay un edificio llamado Altamira, como las cuevas de Santander, en el Norte de España-. Altamira es la máxima representación del espíritu creador del hombre. Todas las características esenciales del arte coinciden en Altamira en grado de excelencia. Las técnicas artísticas (dibujo, pintura, grabado), el tratamiento de la forma y el aprovechamiento del soporte, los grandes formatos y la tridimensionalidad, el naturalismo y la abstracción, el simbolismo, todo está ya en Altamira. Es Altamira, a quien Henri Moore llamó en 1934, “La Real Academia del Arte Rupestre”, la que inspiró a los artistas de “La Escuela de Altamira”, a Miró, Tapies, Millares, Merz o a Miquel Barceló, quien escribió de su arte: “Cuando visité por primera vez Altamira pensé, ha sido como volver al origen, que es el sitio más fértil. Creer que el arte ha avanzado mucho desde Altamira a Cézanne es una pretensión occidental, vana”. A la cueva de Altamira le corresponde el privilegio de ser el primer lugar en el mundo en el que se identificó la existencia del Arte Rupestre del Paleolítico superior. Bisontes, caballos, ciervos, manos y misteriosos signos fueron pintados o grabados durante los milenios en los que la cueva de Altamira estuvo habitada, entre hace 35.000 y 13.000 años antes del presente. Estas representaciones se extienden por toda la cueva, a lo largo de más de 270 metros, aunque sean las famosas pinturas policromas las más conocidas.

 

Un ‘gallego’ entre agentes de la inteligencia cubana

El edificio de la inteligencia está a unos trescientos metros, en la calle Línea, muy cerca de una pastelería, que se llamaba a finales del siglo XX, “El pan de París”, al lado de teatro Trianón. Recuerdo que cuando paseaba con un par de perras “chow chow”, Lola y Luna, instintivamente atravesaba la calle y me iba a la acera frente a la sede -entonces verde, hoy, azul- de la ‘inteligencia’. Intentaba que ninguno de aquellos eternamente serios centinelas, le colocara a mis ‘chow chow’ unos transmisores, en sus traseros provocativos e insinuantes, merced a sus siempres erguidas colas. Eran también tiempos de ingenuidad, de un ‘gallego’ todavía muy influenciado por “Nuestro hombre en La Habana” de Graham Green, y “La aldea global” de Noam Chomsky. Años después, descubriría que buena parte de mis amistades habían tenido, tenían y tendrán, algo que ver con este lugar de color celestial, y una de las claves de la victoria de Fidel Castro sobre Estados Unidos, hará 60 años el próximo primero de enero del 2019.

El Hotel Nacional es un inmueble de ocho pisos y estilo español, se yergue en la cima de una colina que da al Malecón, por lo cual sus huéspedes pueden disfrutar de vistas panorámicas de la Habana Vieja y el Vedado. Antiguamente este sitio servía a los piratas como lugar de desembarco y durante la ocupación inglesa de la Habana fungió como fuerte. Actualmente, los majestuosos jardines que rodean al hotel son un sito formidable y acogedor para descansar tras un día de exploración por los centros de interés de la ciudad, o simplemente un lugar excelente para disfrutar de una bebida contemplando la enorme expansión del Mar Caribe. Un portero uniformado recibe a los huéspedes a la entrada del extenso ‘lobby’, donde enseguida llama la atención el ambiente aristocrático y lujoso del lugar -una combinación ecléctica de losas mudéjar, lámparas y techos de viga isabelinos, que recuerdan una iglesia medieval y que bien podrían ayudar a entender por qué el escritor cubano Alejo Carpentier se refirió una vez a este edificio como un “castillo encantado”-. El ‘lobby’ suele estar repleto de visitantes y grupos de turistas, al igual que el concurrido bar situado tras las puertas que se abren hacia los jardines. Así, uno termina por tener la sensación de que este hotel nunca duerme. El hotel cuenta con seis bares y un célebre cabaret, “Le Parisien”. Al mismo tiempo, el hotel sirve de escenario del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano que se inaugura estos próximos días.

 

Cubanos en Miami marginan al protestante anglosajón

El protagonista de “Bloody Miami” de Tom Wolfe -cuyo título original es “Back to blood” (vuelta a la sangre), que subraya el carácter “racial” del conflicto que pretende ilustrar la novela-, Néstor Camacho, un joven agente de policía, integrado y musculoso, vástago de balseros, es un personaje impecable para los propósitos del ‘padre’ del ‘Nuevo Periodismo’. Vive en el barrio cubano aunque apenas habla español, tiene una novia de bandera, Magdalena, y su jefe le pide que suba por el alto mástil de un velero para arrestar a un pobre cubano mojado que ansía la libertad. El Herald, el periódico de la minoría “blanca”, lo convierte en el héroe que toda la comunidad habanera denigra y margina. Un ‘wasp’ -protestante de origen anglosajón, visto como miembro de la clase privilegiada norteamericana-, el reportero Smith, adopta a Camacho, mientras su familia le rechaza, su novia le abandona y empieza a tener problemas con sus compañeros y jefes. Metidos ya en harina, el narrador nos presenta al jefe y nuevo novio de Magdalena, un psiquiatra ‘wasp’ adicto al porno y a esquilmar a sus pacientes con el pretexto de curar su afición malsana al sexo virtual. Este desencajado personaje, así como un millonario al que trata, sirven a Wolfe para mostrar de manera histérica, al modo de alguien que fuese incapaz de dejar de reír de la ridiculez ajena (eso que se llama schadenfreude), la insania de un mundo inmoral y decadente, el de los blancos. De hecho, todos los personajes de ese mundo, desde el director del Herald hasta los magnates rusos Flebetnikov y Korolyov, excepto quizá el reportero Smith, son señalados como patéticos peleles de una herencia maldita. ¿Pero acaso los “otros” son diferentes?

La novela, que tiene un buen ritmo en su primera parte, languidece en la segunda. Lo mejor es la manera directa que tiene Wolfe de hacer entrar al lector en situación, sea en una regata sexual o en la casa ‘art déco’ de un profesor haitiano, quintaesencia de la “energía funcional” a la que aspira Wolfe al narrar. Cuando nos pasea por la redacción del Herald, parece que estamos en una película de Billy Wilder, en su “Con faldas y a lo loco”. También en una cena de rusos hay un maestro de ajedrez que resulta desternillante. Pero a la hora de mostrarnos la verdadera individualidad de Camacho o Magdalena, el escritor de Richmond se pierde en las manidas apariencias y los estereotipos, como ese Sergei que recuerda a Putin.

 

Campeón del ‘realismo’ crea una artificiosa Florida

Él, el campeón del “realismo”, se empeña en crear un hiperactivo, artificioso Miami donde “todo el mundo odia a todo el mundo”, donde el dinero, el poder y la lascivia aparecen como el único norte de los desarticulados personajes. Personajes, la mayoría, acerca de los cuales apenas vamos a descubrir nada más allá de sus cómicos acentos y sus vidas intercambiables, impostadas. Al final, tras tantos músculos y exclamaciones, la supuesta “energía funcional” de la “blanca” prosa narcisista de Wolfe acaba por dejarnos fatigados.

Estos días, varios periodistas de todo el mundo, le han visitado a Tom Wolfe, en su apartamento de Nueva York, como miras al Central Park. Dónde, si no. Su obsesión por el color blanco hizo que en su día todas las miradas del Hotel Nacional de Cuba coincidieran en Tom Wolfe… El ‘tweed’ de seda blanco que había elegido resultó ser demasiado caluroso para el verano de 1962, pero en lugar de aparcar el nuevo traje en el armario, Tom Wolfe -Virginia, 1931- optó por usarlo en invierno. Aquello tuvo un efecto no calculado que deleitó al inquieto reportero: a la gente le molestaba. Descubrió que esa indumentaria era una “maravillosa e inofensiva forma de agresión” y de repente vestirse por las mañanas pasó a ser algo divertido. Medio siglo después cabría pensar que quizá ya no lo sea tanto, pero fiel a su sello, una tarde de finales de octubre, al abrirse las puertas del ascensor que comunica directamente con su apartamento, Wolfe recibe con amplia sonrisa a los periodistas que le visitan, vestido con un icónico sastre claro -en esta ocasión blanco perla, a juego con su cabellera, camisa azul con gemelos blancos, corbata del mismo tono, estampada con pequeñas raquetas de tenis, calcetines de algodón de rombos y zapatos de cordones blancos y negros-. Un pequeño peine de plástico asoma por el bolsillo interior de la chaqueta. Hay un inconfundible aire humorístico, llamativo y juguetón, inherente a este autor y a su obra. A Wolfe le gustaba subvertir las reglas, siempre, claro, a su manera.

Fue también en 1962 cuando se encontró un reportaje sobre el boxeador Joe Loie de Gay Talese en “Esquire” y se convenció de que había otra forma mucho más atractiva de contar la realidad, que él no se quería perder. El desarrollo de personajes, la descripción detallada de escenas o el empleo de la tercera persona eran fórmulas tan válidas para un artículo como para una novela. Wolfe logró un encargo de esa misma publicación y viajó al sur para preparar una historia sobre coches tuneados. Cuando ya tenía todo el material, estaba bloqueado. Finalmente, el editor le pidió que mandara simplemente un memorando de sus notas, y otra persona escribiría la pieza. Resultó que aquellos mordaces y desenfadados apuntes acabaron por constituir el primer artículo del nuevo Wolfe, una vez tachado el encabezamiento epistolar de “Querido Byron”.

 

No le gusta que le llamaran periodista del pop

En su libro “El Nuevo Periodismo” sentó las bases del género, identificó a sus protagonistas y emancipó de una vez las noticias. Si en los sesenta se adentró en la cultura juvenil con ojos de un antropólogo que disecciona las modas contraculturales y lo popular, en los setenta usó su sardónica mirada para analizar el delirante y pretencioso mundo del arte y la arquitectura, o simplemente reflejar el absurdo delirio de autorreferencia que guiaba las terapias psicológicas experimentales, de pronto convertidas en un fenómeno de masas.

Wolfe, brillante observador, sacaba un jugo inesperado a su doctorado en Estudios Americanos de la Universidad de Yale, alzaba el espejo ante la farsa y se convertía en el rey del pop. “Me molestaba que me calificaran de periodista pop, sociólogo pop, experto en arte pop, y esto básicamente significa que lo que dices no tiene importancia”, recuerda sentado en un sofá en el piso 14 de un edificio del Upper East Side, con una espectacular vista sobre Central Park. Su elegante salón clásico tiene tres sofás, una chimenea de mármol negro, un piano de cola y un arco que se abre a un despacho pintado de azul. Estatus sigue siendo una de sus palabras favoritas, y los detalles han sido la ‘piedra rosetta’ de Wolfe. La Piedra de Rosetta es un fragmento de una antigua estela egipcia de granodiorita inscrita con un decreto publicado en Menfis en el año 196 antes de Cristo en nombre del faraón Ptolomeo V. El decreto aparece en tres escrituras distintas: el texto superior en jeroglíficos egipcios, la parte intermedia en escritura demótica y la inferior en griego antiguo. Gracias a que presenta esencialmente el mismo contenido en las tres inscripciones, con diferencias menores entre ellas, esta piedra facilitó la clave para el entendimiento moderno de los jeroglíficos egipcios.

Tom Wolfe se muestra crítico con la falta de adrenalina y competitividad entre los reporteros hoy en día, cínico ante las nuevas tecnologías que ayudan a matar el tiempo, pero nunca producen una bufanda como antaño cuando la gente hacía punto para no aburrirse, y escéptico ante la política. “Mucha gente me considera conservador porque determinados aspectos como el mundo del arte, la superioridad moral de la izquierda o lo políticamente correcto me hacen reír”, cuenta.

En los ochenta, Wolfe dio un giro inesperado y se lanzó directamente a la ficción, eso sí, cuidadosamente ‘reportajeada’ y publicada por entregas, algo que fue fundamental para terminar las más de 700 páginas de “La hoguera de las vanidades”, la novela de la que vendió en EE UU más de dos millones de ejemplares y lo consagró. Y de aquel tapiz neoyorquino pasó a los campus universitarios en “Yo soy Charlotte Simons”. Ahora, dirigió su mirada a la ciudad más latina de EE UU con “Bloody Miami”, contando con un potente reparto, que incluye desde al musculoso policía cubano Néstor Camacho hasta al doctor Norman que trata a obsesos sexuales, pasando por un pretencioso profesor haitiano, y también, claro está, un joven periodista, John Smith.

 

Viajó 13 veces para ver jugar dominó en el Café Versalles

La idea de la novela surgió mientras preparaba su anterior libro. Quería escribir sobre el tema de la inmigración y aunque en principio se fijó en California y la comunidad vietnamita, rápidamente comprendió que aquello no iba a funcionar. “Hay muchos libros sobre cómo llegan los inmigrantes, pero muy pocos sobre lo que pasa cuando están aquí asentados. Empecé a oír historias sobre Miami, la única ciudad que está dominada políticamente por gente de otro país que habla otro idioma que no es el inglés y tiene una cultura distinta, algo que lograron en las urnas no mediante un ataque”, explica. Describe su novela como una fotografía que retrata cómo América cambia las vidas y ambiciones de los inmigrantes. “Hay algo único en toda persona, pero esto, que yo imagino como una línea vertical, intersecciona con la sociedad, porque nunca puedes ser solo tú mismo”, explica.

Su punto de partida esta vez fueron precisamente unos periodistas que conocía. “Siempre empiezo con una persona, en este caso, Óscar Corral, que me presentó a su suegra, y ella, una agente inmobiliaria, me llevó a Hialeah, un lugar famoso por sus flamencos y por un hipódromo. Hoy hay allí miles de casitas, es el corazón de la comunidad cubana, aunque los turistas sigan yendo a la Pequeña Habana para ver a los ancianos jugar al dominó en el Café Versalles”, dice Wolfe. En total hizo 13 viajes a Miami, recorrió las calles y se subió a las lanchas policiales.

 

Tardaron un año en entender que el líder no era José Martí

Para ello contó con la inestimable ayuda del jefe de policía, viejo amigo de sus tiempos de reportero en Nueva York. “Coincidimos una vez en una cena. Él tenía esta cara de irlandés y le pregunté si seguían contratando a muchos agentes de origen irlandés. Dijo que sí, aunque los irlandeses se habían mudado a los suburbios y ya no conocían las calles. Concluyó afirmando que lo cierto es que si querías un policía irlandés lo mejor era contratar a un puertorriqueño. Tan pronto como escuché eso comprendí que seríamos amigos. Es un tipo literalmente duro y bastante inteligente, que llamó mucho la atención al formar un club de lectura entre agentes policiales que leían a Zola y Balzac. Ahora está en Baréin. Un destino que me parece imposible”, comenta. Aunque su escritura viene cargada de gestos, la conversación del autor está desprovista de su característica histriónica puntuación. Wolfe tiene un suave tono de voz y las exclamaciones se traducen en un alzamiento de cejas, a modo de carcajada. Tiene una querencia narrativa sureña, esa que le lleva a enlazar una historia con otra en sus respuestas, salpicadas de anécdotas y coloristas detalles.

Tom Wolfe no gustaba hablar de su viaje a Cuba como reportero de The Washington Post. Estaba muy celoso de Castro, que era solo tres años mayor que él y a quien todo el mundo ya conocía. Reconoce a sus amigos cubanos que fue un viaje maravilloso. En Estados Unidos tardaron casi un año en comprender que el líder revolucionario no era José Martí sino un ‘gallego’ llamado Fidel Castro, y en la redacción buscaron a un chaval que hablara español. Tom Wolfe lo había estudiado en la universidad y, aunque podía leerlo, no lo hablaba. No fue un problema porque muchos cubanos hablaban inglés y además su mejor fuente eran los ‘periódicos comunistas’ donde informaban puntualmente de las manifestaciones. “Esa prensa fue un regalo”, afirma Tom Wolfe.

 

Expulsado, custodiado por tres policías en el Hotel Nacional

Un colega inglés llegó a la isla con un telegrama en el que le pedían que investigara una historia sobre la vida sexual de Castro, puesto que el público estaba aburrido de tanta política. Este telegrama fue detectado en el ‘lobby’ del Hotel Nacional. Acabó por ser expulsado y Wolfe terminó con tres policías en la habitación de su hotel. “Mientras uno me hacía preguntas los otros dos estaban fascinados con un bidé y las puertas correderas de la habitación”, cuenta el padre del ‘Nuevo Periodismo’.

Wolfe vuelve en “Bloody Miami” a mofarse del mundo del coleccionismo del arte, esta vez vía un millonario ruso y un acaudalado americano adicto al onanismo. “Podría volver a escribir mi libro sobre el arte ‘La palabra pintada’. Está el arte sin manos, ese que hace Jeff Koons y que se vende por más de un millón de dólares, y luego está el arte de las plazas universitarias, esas que acaban ocupando artistas que hacen trucos inteligentes que llaman la atención de la prensa y los museos y que les garantiza un puesto académico”, comenta.

Siempre ha dicho que aterrizaba ante los sujetos de sus historias como un marciano, no comprendía lo que hacían, pero les decía que le resultaba interesante. “Esa es una aproximación maravillosa porque lo cierto es que la gente tiene una auténtica compulsión de dar información, una idea que creo que es mi mayor contribución al campo de la psicología”, señala. “Empiezan a hablar y ya no hay quien les calle, te cuentan lo que sea porque a todos nos encanta hablar de cosas que los otros no conocen y esto es una ventaja para detectives y periodistas”.

Lo cierto es que más que de otro planeta, este irreverente crítico es un caballero del sur. “El sur está subestimado, allí la gente tiene una maravillosa técnica para ocultar lo que realmente quieren decir bajo una felicidad aparente. Es terrible decirle a la gente lo que realmente piensas”, dice. ¿Qué conserva de esa cultura? “Aún tengo la compulsión de levantarme para ceder el asiento a una señora y soy absolutamente incapaz de regatear, es algo tan poco educado”.

 

Vestido de blanco parecía santero o vendedor piramidal de jabones

El reportaje fallido de Tom Wolfe sobre la vida sexual de Fidel Castro iba a convertirse en un libro. Quizás ha sido su gran fracaso. La misión no era fácil y sobre todo para un ‘escritor pop’, recién aterrizado en del Hotel Nacional. Algunos cubanos preguntaban si aquel norteamericano iba a hacerse santo, al verle vestido todo de blanco, o era algún vendedor piramidal de jabones y otros utensilios de limpieza personal. Hay quien veía en Tom Wolfe a un líder de alguna secta religiosa obsesionado con que Cuba no se hiciera atea… Si algo logró Tom Wolfe es no pasar desapercibido en la convulsa La Habana de aquellos primeros años de los sesenta, de la invasión de Bahía Cochinos, Crisis de Octubre de los Misiles, acusaciones de tramas cubanas en el asesinato de JKF… Tenían razón The Washington Post y sus directores al pensar en el aburrimiento de sus lectores con tanta ‘política’ e ‘historias’ de los barbudos de la Sierra Maestra… Hubo tal saturación de monotemáticas informaciones que optaron por medir aquella estrella del periodismo norteamericano, Tom Wolfe, fichada por ellos, que investigara sobre la vida sexual y personal de Fidel.

Se encontraron con un muro de silencio, tanto oficial como extraoficial. El líder Fidel Castro lo quiso así y los cubanos le respetaron, en su silencio y discreción. Si uno no vive en La Habana es difícil de entender esta complicidad. En esta ‘dictadura castrista’ uno de las ‘lagunas de libertad’ de la que han gozado los ciudadanos ha sido el de sus relaciones sexuales y personales. El respeto ha sido uno de sus signos de identidad, marginando miserias humanas, que nunca faltan. Es por eso que a muchos europeos y norteamericanos les llamaba la atención que en las fiestas compartieran con la mayor naturalidad del mundo padres, madres, padrastros, madrastas…, abrazándose los niños a los nuevos integrantes de su multiplicada familiaridad.

 

Fidel, su esposa Dalia y sus hijos Antonio, Alejandro y Ariel

Muchos expertos ‘cubanólogos’ no supieron describir a los familiares de Fidel Castro cuando se reunió con el Papa Benedicto XVI en La Habana. El líder comunista vestido de negro, como los integrantes de la Compañía de Jesús de San Ignacio de Loyola, congregación a la que pertenece el Papa Francisco, era ayudado por su esposa e hijos en su último encuentro terrenal con Joseph Ratzinger, con su túnica blanca como el ‘tweed’ de Tom Wolfe. Fidel aparece junto a su mujer Dalia Soto y a sus vástagos Antonio, Alejandro y Ariel, apoyándose en ‘Tony’, el médico de la Selección de Béisbol de Cuba y campeón nacional de golf, deporte tan denostado por su padre y por Ernesto Che Guevara, como deporte de la alta burguesía. El tiempo es implacable con las personas y las ideas. Se le ve desmejorado a Fidel en su ‘encuentro papal’ ante otras tomas ‘oficiales’. Va vestido totalmente de negro. No hay restos de verdes olivo ni de multicolores de chándal Adidas. La imagen de Joseph era también la de un anciano, con gestos y movimientos un tanto ‘robotizados’. Con buen ánimo y jocosamente comentaron sobre la edad de ambos, casi nonagenarios. En un momento de la reunión se produjo una broma que demostró la cordialidad de la cita. Castro, como buen ‘jodedor’ -bromista- cubano, se refirió con sorna a las edades de ambos. El papa, sonriendo, le dijo: “Sí, soy un anciano, pero todavía sigo haciendo mis deberes…”. Ratzinger habló sobre el trabajo y función del Sumo Pontífice al servicio de la humanidad… Del monólogo papal -Fidel no parecía mostrar demasiado entusiasmo- compartieron sobre la problemática de la humanidad, ecológica, cultural, la realidad interreligiosa y cómo cada religión da diferentes respuestas… Castro, también sonriente, parecía reprocharle al alemán sus referencias negativas hacia el marxismo, poco antes de llegar al país de la Caridad del Cobre. El Comandante parecía tener ganas de leerle la cartilla a su invitado, pero quizás pensó que fue cosas pactadas de protocolo. Fidel sigue siendo Fidel, pero no tiene por qué estar en todo. El ‘Papa blanco’ Benedicto XVI y el ‘Papa negro’ Fidel Castro -ni Groucho Marx se lo hubiera imaginado- terminaron hablando sobre el cambio en la liturgia de la Iglesia. Hay quien hubiera deseado, mal pensante por la edad de los tertulianos, una referencia al Reino de los Cielos… No hubo tal. Fidel le solicitó al Papa libros que pueden ayudarle a sus reflexiones sobre los graves problemas que aquejan al mundo… Todo ello, casi en ‘vivo’ con imágenes casi todas en primer plano. El video ‘Dogma’ comienza a ponerse de nuevo de moda. Lo que no podemos dejar de informarles a esos miles de ‘dogmáticos’ que nos aburren a diario en Youtube que con un Fidel Castro, como protagonistas, los ‘Dogma’ son entretenidos. Además logramos ver, por primera vez, imágenes inéditas de ellos, que los hacen parecer personas de carne y hueso, con sus defectos y virtudes…

Fidel Castro tuvo su vida sexual y personal como todo hijo del vecino. Viví durante muchos años no muy lejos de su residencia en la zona de Santa Fe. Muchos de sus asistentes personales eran vecinos. Un hijo mío, Alain, era amigo de Alejandro Castro y compartían horas semanales en sus partidas de billar en Marina Hemingway. Editábamos entonces la revista ‘Récord’, con el INDER y Cubadeportes. El hijo de Fidel, Tony, el médico de la Selección Nacional de Béisbol de Cuba, participaba en el proyecto… El respeto imperó en ese pacto de silencio mutuo. Tom Wolfe no fracasó en su obra íntima fidelista del ‘Nuevo Periodismo’ por estar en el ‘blindado’ Hotel Nacional de Cuba. Le hubiera ocurrido lo mismo en la Habana Vieja, Centro Habana, Marianao, La Lisa, Miramar, Kohly, 10 de Octubre, Luyanó, San Miguel del Padrón, Vedado, Playa, Plaza de la Revolución, Playa del Este, Regla, Guanabacoa, Boyeros, Cerro, Arroyo Naranjo, Jaimanitas, Santa Fe… La vida sexual y personal es un ‘secreto de Estado’ en Cuba, tanto el de Fidel Castro como el de cualquier ciudadano cubano. Tom Wolfe deberá tomar buena nota de estas PINCELADAS en su descanso eterno. Las publicaciones rosas como “Hola”, “Paris Match”, “Vanity Fair”, “Cosmopolitan”, “Quién”…, saben que el ‘Caimán Verde’ es un escenario fallido para reportajes del corazón de sus dirigentes y farándula.

La misma hoguera, las mismas vanidades. La gran novela de Nueva York, de Tom Wolfe, superó los 30 años. La ciudad ha cambiado de aspecto, pero los asuntos que trataba permanecen. La cerveza artesanal y los apartamentos de diseño se han colado en el South Bronx, que es esa jungla de Nueva York en la que hace tres décadas se adentró Sherman McCoy con un Mercedes deportivo de 48.000 dólares como si se llegase a una civilización desconocida. Ahora muchos lo llaman SoBro, o el nuevo Williamsburg, los precios de la vivienda se han disparado y The New York Times lo seleccionó como unos de los 52 lugares del mundo que habría que visitar. Los bloques en construcción se multiplican en la avenida 134 y algunos comercios coquetos abren sus puertas, pero conviven con edificios miserables que recuerdan que esa es una zona aún en transición, que sigue siendo de los barrios más peligrosos, que hace unos años, allí, aún ardían las calles.

‘La hoguera de las vanidades’, la que aún se considera la gran novela de Nueva York, salió a la venta en el otoño de 1987, el año del lunes negro de Wall Street, la época en que los homicidios se contaban por miles, la discoteca Studio 54 vivía su declive y Donald Trump, ya dueño de su torre de la Quinta Avenida, estaba construyendo su imperio de casinos en Atlantic City. El debut en la ficción de Tom Wolfe narraba la historia de McCoy, un joven y triunfador vendedor de bonos que una noche se pierde junto a su amante por el South Bronx, atropellan a un negro y huyen. A partir de ahí, empieza su caída libre y, en paralelo a ella, Wolfe retrata todo el submundo de la ciudad. El libro sentó mal, se regodeaba en los tópicos sobre negros y blancos y se burlaba de todo: la tensión racial, el dinero, las miserias políticas. “Tom Wolfe no deja prisioneros en su comedia”, decía la crítica de The New York Times, escrita por Christopher Lehmann-Haupt.

Hoy, este cree que “las cosas se ha vuelto tan polémicas que la gente es muy sensible, y esta obra parecería una trivialización de los problemas”. “Las cosas que se satirizan en la novela están más vivas que nunca, dominan el debate público y han invadido la literatura: la tensión racial, la política identitaria… Trump es una personificación de Sherman McCoy”, añade. Un personaje prototípico de ‘La hoguera’ como Trump, se ha convertido en presidente de Estados Unidos y el Bronx, aquella vieja jungla, sale recomendada en una guía del Times. Pero la esencia de aquella ciudad sigue viva. Al reverendo Al Sharpton, en quien dicen que se inspiró el escritor para crear al personaje del padre Bacon, aún hoy le huele a cuerno quemado que le pregunten por ello. Sharpton, un viejo y polémico activista por los derechos de los negros, cree que la desigualdad entre razas tiene todavía un largo camino por recorrer. “No es que hayamos progresado mucho, es que ha crecido la sensibilidad”, explica. “La gran diferencia con el 87 es que entonces había un alcalde hostil a los problemas de negros y latinos [Ed Koch], y eso desató un enorme activismo en la calle. El alcalde actual [Bill de Blasio] es un progresista que en el 87 estaba marchando con nosotros por las calles”, continúa, pero “aún sufrimos unas diferencias enormes en educación y oportunidades profesionales”.

Pese las olas de gentrificación, Nueva York sigue siendo la segunda ciudad de Estados Unidos con mayor segregación racial, solo superada por Milwaukee. Y con la Gran Recesión, además, la brecha socioeconómica se ensanchó. Aun así, los avances experimentados y la guinda de la llegada del primer afroamericano a la presidencia de EE UU, habían creado la ilusión de una América posracial. Los datos económicos y los crímenes racistas muestran, en cambio, que la herida sigue sangrando en la sociedad estadounidense, atónita, además ante una primavera siniestra del supremacismo blanco. También sobreviven ciertas criaturas de Wall Street. En un artículo de 1996 –‘La muerte de Sherman McCoy’- Michael Lewis explicaba que aquellos superhombres ya no existían. “A finales de los 80 no era infrecuente celebrar la venta de 100 millones de bonos subiéndose a su mesa, golpeándose el pecho y gritando: ¡Soy el amo del universo…!”. Y en el 96, los mismos que no concebían una jornada de trabajo sin puros y trajes de miles de dólares se presentaban en la oficina con zapatillas de deporte. Además, aunque el dinero en juego se había multiplicado, las operaciones hostiles y los delitos financieros estaban de capa caída.

El pero de la reflexión es que justo en esa época personajes como Jordan Belfort -más conocido como ‘El lobo de Wall Street’- estaban subidos en su espiral de fraude y lavado de dinero. Este se declaró culpable en el 99. Y luego vino el pinchazo de la burbuja puntocom, el escándalo de las hipotecas basura… Dice Charles Geisst, experto en finanzas y autor de un libro sobre la historia de Wall Street, que si algo se ha mantenido en estos 30 años es precisamente el hombre Sherman. Muchos de ellos han sido sustituidos por ordenadores, pero “su actitud arrogante no ha cambiado”. “Los coches caros, relojes y las drogas tienen mucha demanda”, apunta…

Pese a la actualidad de todo ese universo de ‘La hoguera de las vanidades’ -la tensión racial, sus bajas pasiones, su punto de esperpento- muchos ven imposible que una novela así se escribiera en 2017. “Hay una especie de fiesta inocente en ese libro, de celebración, que sencillamente no creo que se hubiera escrito igual ahora. Hoy la corrección política es mucho más fuerte”, explica el novelista neoyorquino Joseph Olshan, en 1987 un veinteañero que acababa de publicar su primer libro. “No ha habido desde entonces una gran novela de Nueva York, puede que haya habido algunas, pero no así”, dice el autor de ‘Vanitas’. La literatura acerca de esta gran metrópolis, un género en sí mismo, cambió, a su juicio, después de los atentados del 11-S, un acontecimiento que un autor ya no puede obviar y del que, en su opinión, todavía nadie ha sabido escribir bien. “Los atentados son una sombra enorme para nuestra literatura”.

Para el novelista neoyorquino Joseph Olshan, su ciudad conserva la excentricidad de aquellas páginas, de aquellos años que relató Wolfe. La mano dura contra el crimen que se le atribuye a los alcaldes Rudy Giuliani y Michael Bloomberg, junto con el impulso económico y turístico que este último le dio a la ciudad tras el 11-S, han transformado Nueva York. “Es más segura, pero también más comercial, se ha vuelto carísima y ya no atrae a gente tan diversa”, dice. En realidad, se corrige enseguida, sí sigue atrayendo a todo el mundo. “Muchos artistas, mucha gente muy interesante quiere estar aquí, pero ahora los que lo logran son solo los que se pueden permitir económicamente estar, y eso te está dejando fuera a muchos”.

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