Longyearbyen, la ciudad donde está prohibido morirse

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

En este ‘Portal del Ártico’ se logró dar con una vacuna contra la pandemia de la Gripe Española de 1918. El suelo congelado conservó el virus en los cadáveres de unos marineros vascos que habían fallecido de influenza…

 

¿Hay en el mundo un lugar en donde es posible nacer, pero no morir? Si es que existe, suena a algo así como la utopía ideal de Tomás Moro y sería, en consecuencia, un sueño de la razón. Está en el archipiélago ártico de Svalbard, próximo a Noruega. Se llama Longyearbyen, en las Svalbard. Se encuentra situada en la isla principal, Spitsbergen, a 78 grados y 15 minutos de latitud norte, esto es: a unos 1.500 kilómetros del Polo Norte. Es la ciudad poblada más septentrional del planeta, con temperaturas que pueden sobrepasar en el invierno los 50 grados bajo cero. En ella hay pubs, discoteca, piscina climatizada, iglesias, escuelas, hoteles, restaurantes, hospital, concesionarios de coches, supermercados, casas de varios pisos, Internet y un periódico diario. Pero no hay cementerios que acojan enterramientos desde hace unos 100 años. ¿Es que nadie muere en Longyearbyen? No es eso. Lo que sucede es que en esta ciudad está prohibido morirse. Todo responde a una serie de paradójicas razones. La primera, el estatus político del archipiélago. Aunque en teoría la soberanía de estos territorios es noruega, la ONU no ha aceptado todavía de una forma clara esa circunstancia y, por ejemplo, perviven en el tiempo reclamaciones sobre derechos pesqueros en el área: entre otras, una española, ya que los primeros pescadores de ballenas de la zona fueron, a principios del siglo XVII, arponeros vascos. Además de eso, los rusos mantienen una explotación de carbón al sur de Longyearbyen, Barentsburg, que cuenta con administración propia, fuera del control noruego, y población estable de 800 almas. Así que el estatus impreciso de las Svalbard permite que la vida en las islas sea más anárquica que en la Noruega continental.

La expansión del nuevo coronavirus SARS-CoV-2, surgido en la ciudad china de Wuhan a finales de 2019, continúa sumando nuevos casos. Aunque el brote de China y Europa se encuentra bajo control, el virus se expande con fuerza en América, sudeste asiático y Oriente Próximo. En cifras totales, más de 6,5 millones de personas de más de 185 países del mundo han sido diagnosticadas de covid-19. De ellas, 2,8 millones ya se han curado y 380.000 han perdido la vida. El foco de la pandemia ya no se encuentra en la provincia china de Hubei, donde fue detectado por primera vez a finales de 2019. Estados Unidos es el país con más positivos, seguido de Brasil, Rusia y Reino Unido. Al igual que en España, otros países europeos comenzaron con medidas de desconfinamiento. No obstante, el virus ha golpeado duramente a Europa, donde ya ha contagiado a más de dos millones de personas. Rusia es ahora el país con más casos diagnosticados, alrededor de 423.000 y, Reino Unido, el que tiene el número más alto de fallecidos y rebasa los 39.000. Estados Unidos, con 1,8 millones de personas diagnosticadas, es el nuevo epicentro de la pandemia, al convertirse en el país del mundo con más positivos identificados. También con más fallecidos: rebasa ya los 110.000 muertos y se habla de que pudiera llegar hasta los 200.000 fallecidos. Suecia aplicó medidas más relajadas de cuarentena para combatir el COVID-19 que sus vecinos del Norte de Europa y registró un alto número de muertos. Así lo reconoció este pasado miércoles el hombre detrás de esa política, el epidemiólogo sueco Anders Tegnell, alabado semanas atrás por los contrarios a los confinamientos. Los suecos experimentaron una tasa de mortalidad mucho más alta que sus vecinos más cercanos y tienen ahora prohibido cruzar sus fronteras. El doctor Tegnell dijo en la radio sueca que debería haberse hecho más desde el principio. “Obviamente existe un potencial de mejora en lo que hemos hecho”. Sin embargo se olvidó que los ‘ensayos clínicos’ se realizan en los laboratorios, como se está haciendo en la búsqueda de la vacuna. A los suecos se les recomendó que mantengan el distanciamiento social, pero no hubo un cierre total del país. Hasta el 3 de junio, Suecia registra 4.542 muertes y 40.803 casos de coronavirus, en una población de diez millones, según informa el conteo de la Universidad Johns Hopkins. Mientras tanto, Dinamarca, Noruega y Finlandia, que impusieron bloqueos, las cifras de casos confirmados y fallecidos son muchas más bajas. Dinamarca registra 580 muertes; Noruega, 237; y Finlandia, 321. Noruega y Finlandia, vecinos de Suecia, criticaron las medidas del país para combatir el coronavirus. Es importante que este doctor no siga confundiendo los deseos con la realidad y Suecia sea capaz de reconducir su política contra la pandemia, como le pedía Noruega, donde saben más de la muerte que Anders Tegnell.

Se llama Longyearbyen, en las Islas Svalbard, a 78 grados y 15 minutos de latitud norte, esto es: a unos 1.500 kilómetros del Polo Norte. Es la ciudad poblada más septentrional del planeta, con temperaturas que pueden sobrepasar en el invierno los 50 grados bajo cero. En ella hay pubs, discoteca, piscina climatizada, iglesias, escuelas, hoteles, restaurantes, hospital, concesionarios de coches, supermercados, casas de varios pisos, Internet y un periódico diario. Pero no hay cementerios que acojan enterramientos desde hace casi un siglo. ¿Es que nadie muere en Longyearbyen? No es eso. Lo que sucede es que en esta ciudad está prohibido morirse. Todo responde a una serie de paradójicas razones. La primera, el estatus político del archipiélago. Aunque en teoría la soberanía de estos territorios es Noruega, la ONU no ha aceptado todavía de una forma clara esa circunstancia y, por ejemplo, perviven en el tiempo reclamaciones sobre derechos pesqueros en el área: entre otras, una española, ya que los primeros pescadores de ballenas de la zona fueron, a principios del siglo XVII, arponeros vascos. Además de eso, los rusos mantienen una explotación de carbón al sur de Longyearbyen, Barentsburg, que cuenta con administración propia, fuera del control noruego, y población estable de 800 almas.

Así que el estatus impreciso de las Svalbard permite que la vida en las islas sea más anárquica que en la Noruega continental. En Spitsbergen se bebe sin restricción ninguna y a buen precio. Y cualquiera que lo desee puede instalarse libremente en su territorio. También alberga uno de los baluartes que podrían salvar a la humanidad en caso de catástrofe mundial: la conocida como “bóveda del fin del mundo”. Construido a 120 metros de profundidad en una montaña arenisca, este almacén a prueba de bombas nucleares y terremotos recoge desde 2008 decenas de miles de semillas con las que salvaguardar la biodiversidad. Pero vamos a describir el asunto de la muerte ‘ausente’. A principios del siglo XX, unos científicos desenterraron los cadáveres de unos marineros, al parecer de origen vasco, que habían fallecido de influenza, pensando que el suelo congelado conservaría los virus de la enfermedad gripal. Acertaron y lograron crear una vacuna contra un mal que había desatado la enorme pandemia de 1918. Eso no fue todo: resultó que los cadáveres estaban en perfecto estado de conservación a causa de la enorme capa de hielo que cubría y rodeaba los ataúdes. Y ahí comenzó el problema. Desde siglos atrás, son muy numerosas las personas que han soñado con un día en el que, merced a los avances de la ciencia, la humanidad encontrará los remedios para curar todas las enfermedades, lo que convertirá al hombre en un ser inmortal. De modo que puede suponerse que un cuerpo congelado tras su muerte podría ser curado y resucitado en el futuro. Y con esa idea, mucha gente comenzó a instalarse en las islas para morir y ser enterrada en ellas. A las autoridades no les quedó otro remedio que prohibir las inhumaciones en las Svalbard. Más aún, en ningún edificio se permite la construcción de rampas para gente impedida, para que los ancianos minusválidos no puedan instalarse y morir en la ciudad. Si alguien fallece en estas islas, su cadáver es enviado a casa en aeroplano. Prohibido, pues, morir en Longyearbyen.

En el pequeño cementerio que hay en las afueras, hace décadas que no se entierra a nadie. Alentados por la fantasía de una criogenización espontánea, muchas personas mayores o enfermas empezaron a querer ser enterradas allí, lo que obligó a las autoridades a tomar medidas. Las instalaciones de Svalbard carecen -a propósito- de facilidades para ancianos y discapacitados, y si uno empieza a encontrarse mal, es inmediatamente subido a un avión y enviado de vuelta a casa. Morir es algo que está prohibido en Svalbard. Con la introducción de nuevos cuerpos en la tierra, se podrían conservar enfermedades mortales para los residentes y eso obligó a reformar la ley para ilegalizar los entierros. Además, algunos apuntan que tras conocerse la noticia, muchas personas mayores y enfermas se mudaron a la isla con la esperanza de que si su cuerpo se encontraba congelado y en perfectas condiciones en un futuro, podrían ser resucitados y curarse sus enfermedades. Sea como sea, las autoridades se vieron con la obligación de tomar medidas y no dar opción a los residentes de morir allí. Eso sí: si uno lo desea puede ser incinerado fuera del archipiélago y posteriormente esparcirse las cenizas en el pueblo. Longyarbyen aún alberga más curiosidades.

La I Guerra Mundial terminó en 1918 con nueve millones de muertos. La Gripe Española de ese mismo año acabó con la vida de 40 millones de personas. Fue la peor de las tres epidemias mundiales de gripe del siglo XX (1918, 1957 y 1968), y de hecho la peor pandemia de cualquier tipo registrada en la historia. El virus que la causó no venía de los cerdos, sino de las aves, pero era un H1N1, como el actual. Los países implicados en la Gran Guerra no informaban sobre la epidemia para no desmoralizar a las tropas, de modo que las únicas noticias venían en la prensa española. La Gripe Española debe su nombre, por tanto, a la censura de tiempos bélicos, y no a su origen, ya que el primer caso se registró en Camp Funston (Kansas) el 4 de marzo de 1918. Por entonces el virus sólo causaba una dolencia respiratoria leve, aunque muy contagiosa, como cualquier gripe. En abril ya se había propagado por toda Norteamérica, y también saltado a Europa con las tropas americanas. El primer caso de la segunda oleada mortal se registró el 22 de agosto en el puerto francés de Brest, una de las principales entradas de los soldados norteamericanos. Era el mismo virus, porque los afectados por la primera oleada estaban inmunizados frente a la segunda. En algún momento del verano, sin embargo, se había convertido en un agente mortal. Causaba neumonía con rapidez, y a menudo la muerte dos días después de los primeros síntomas. En Camp Devens, Massachusetts, seis días después de comunicarse el primer caso ya había 6.674 contagiados. Los brotes se extendieron a casi todas las partes habitadas del mundo, empezando por los puertos y propagándose por las carreteras principales.

Las autoridades casi te regalan la vivienda en Longyearbyen, la ciudad donde está prohibido morirse. El gobierno cede terrenos a todo el que lo solicita para que puedan construirse una casa. Les interesa que la ciudad esté habitada. Más de 2.000 habitantes están censados en la capital de Svalbard, archipiélago cuyo nombre proviene de un vocablo vikingo que puede traducirse como ‘costa fría’. A pesar de que conseguir una casa no es complicado ni caro, la vida en Longyearbyen no es apta para todos los públicos. Sobre todo para aquellos que busquen temperaturas cálidas y bullicio. En esta ciudad, el día polar, con unas temperaturas que no superan los 16 grados, comienza el 20 de abril y termina el 22 de agosto. La noche polar comienza el 28 de octubre y acaba el 14 de febrero: durante estos meses las temperaturas son de menos 50 grados y el sol no llega a salir. Se trata de una ciudad construida para sobrevivir en condiciones climatológicas extremas. Nada allí es bello o trascendente, sino sencillamente útil. A pesar de ser tan pequeño, puedes encontrar restaurantes de muchas partes del mundo: Tailandia, Italia, China… El hielo ocupa el 60 % de la superficie de Longyearbyen, donde hay más osos polares que personas. Exactamente, 3.000 osos frente a 2.000 habitantes, dato por el que la ley exige que cualquier ciudadano que abandone los núcleos de población vaya armado con un rifle. La vida allí no es sencilla. No crecen árboles, ni se puede cultivar nada. La madera es un producto de lujo. Sin embargo, estos inconvenientes son compensados con ayudas sociales y ausencia de impuestos. ¿Por ejemplo? Los noruegos cuentan con una ayuda de 20.000 euros por instalarse allí y el alcohol corre sin restricciones, libre de impuestos, lo que abarata mucho su coste.

@SantiGurtubay

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