Salif Keita no será emperador de Malí, por albino

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

El cantante sorprendió al mundo con los sonidos del corazón africano, con su grupo Les Ambassadeurs, un clon del cubano Buena Vista Social Club, y hoy, en pleno COVID-19, defiende en el Continente Negro a los sin pigmentación en su piel, pelo y ojos, ‘blanco’, más que nunca, de la magia negra…

Hay un momento en que un sonido escalofriante estalla en un espacio casi a oscuras de un barrio de Bamako, la capital del país. Ocurre cuando un negro albino desata su garganta sobre el ritmo hipnótico que entretejen quienes manejan teclados, bajo, guitarra, batería y dos instrumentos netamente africanos, el n’goni y la calabaza. Entonces desaparecen los niños que venden fruta o agua sobre el barro rojizo ahí fuera, se esfuman las cifras de la pobreza y enmudecen los ecos de la guerra. Con ese canto cristalino de Salif y la energética música de una orquesta legendaria reconstruida ahora, casi 30 años después de su desaparición, Bamako ya no es el calor, el polvo o lo que la miseria roba. Esa peculiar banda sonora vitalista, luminosa, hace que la ciudad se torne en tu cabeza en una coreografía industriosa de motos y coches que recorren las calles jugando con el río Níger… Pero para llegar hasta esta epifanía a la que es imposible hurtar un baile y que ha sido desplegada ante unos pocos privilegiados que asisten a los ensayos del grupo (el joven técnico de sonido, la hija del viejo bajista o los guardaespaldas de Keita, que no han dudado en sacar el móvil e inmortalizar el momento) han tenido que pasar 40 años, muchos viajes, una huida in extremis, colaboraciones con músicos de medio planeta, carreras olvidadas al volante de un autobús, horas de convivencia y cariño, y muy al principio, una rivalidad. La estación de ferrocarril de Bamako es una mole de ladrillo con aire fantasmal. Parecería en desuso si no fuera porque en una pizarra se anuncia, con fecha de 28 de junio de 2019, la salida de un convoy.

En una esquina, un letrero indica la entrada al hotel Buffet de la Gare y a una explanada con árboles en la que solo se atisban dos lagartijas con el lomo azul. “De pequeño me escapaba para ver tocar ahí a la Rail Band”, dice, pícaro, el subdirector del hotel, que, sorprendentemente, continúa abierto pese a su aspecto arrumbado. Hay, todavía, un pequeño escenario decorado con los tres colores (verde, amarillo y rojo), casi irreconocibles, de la bandera de Malí. “Salif Keita cantaba por los bares hasta que llegó aquí”. El ministro de los ferrocarriles del Gobierno que surgió del golpe de Estado de 1968, el teniente coronel Karim Dembélé, apadrinó una orquesta para animar las noches en el local. Y la privilegiada voz del albino interpretaba canciones mandinga. No muy lejos de la estación, el propietario del también estatal Motel de Bamako, convencido por el número dos de la Junta Militar, el temible Tiékoro Bagayoko, fundó una orquesta con los mejores músicos del oeste de África. El propósito era idéntico. Amenizar las veladas de una exclusiva e internacional clientela. Allí, junto al río y bajo los árboles cargados de mangos, como relata el experto en músicas africanas Andy Morgan, bailaban diplomáticos, expatriados, viajeros, prebostes del régimen, prostitutas finas y el propio Bagayoko, un ardoroso aficionado que alguna vez sacó su revólver para reclamar sitio en la pista con un par de disparos al aire. “Se constituyó con gente de Senegal, Burkina Faso, Ghana, Guinea, Costa de Marfil o Malí”, rememora el pianista, cantante y compositor Idrissa Soumaoro, sexagenario, ya retirado como inspector general de enseñanzas musicales del país. “Por eso se les llamó Les Ambassadeurs, cada uno representaba su cultura”.

La Rail Band y Les Ambassadeurs convivían en una amistosa rivalidad. La primera preservaba el arte de los griots, los juglares que narraban la historia, pero hacían incursiones en la salsa y el jazz. La segunda buscaba la sintonía con lo que escuchaban los jóvenes malienses vestidos con pantalón de campana y grandes gafas de sol: The Beatles, The Rolling Stones, Santana, Otis Redding o Celia Cruz. Aquel ramillete de talento pronto empezó a evolucionar desde las versiones (atacaban todo tipo de música: salsa, rock, afrobeat, música francesa) hacia la composición, cuando se incorporó el propio Idrissa y el gran guitarrista Manfila Kanté, que sería el líder de la orquesta. “Les Ambassadeurs venían a mi casa y dormían allí, salíamos juntos, éramos amigos”, cuenta Salif Keita. “Mi íntimo era Ousmane Dia, muy buen cantante. Vi que podría aprender mucho de él. Pero yo estaba en la otra banda, y contaban conmigo”. Una disputa allanó el camino. “Lo mío era la música tradicional, pero aprendí mucho. Fueron una buena escuela para mí”. Corría el año 1973. El supergrupo se encaminaba a su leyenda. Entra Salif Keita a la sala insonorizada (ha sido el último en llegar, con casi una hora de retraso) con paso seguro, marcando distancias. Vestido con un atuendo tradicional claro que apenas destaca de su piel despigmentada. Ha llegado un noble, el descendiente directo de Sundiata Keita, fundador del imperio de Malí en el siglo XIII, cuya extensión cubría buena parte del oeste de África. Salif, superando los 70 años, es una rareza, no solo por ser blanco en un país que escupe al paso de los albinos para conjurar la mala suerte. Aunque su padre era un campesino de Djoliba, un pueblo cercano a Bamako, su linaje le impedía dedicarse a lo que más amaba: ser un griot destinado a exaltar las bondades de poderosos y nobles como él mismo. Escapó a la capital, donde los bares en los que cantaba y una estera en el mercado fueron su hogar. Hoy se sienta en un gastado sofá de terciopelo junto a las jóvenes coristas aquí en Moffou, un centro cultural que él fundó hace varios años con estudio de grabación, radio y otra sala de conciertos. Le acompañan un par de guardaespaldas (su entourage asegura que teme a la ira de su exesposa) y otro albino, un artesano a quien ha apadrinado y que trabaja en su fundación para combatir la enfermedad. Keita pide que se repita el tema donde se quedaron el último día de ensayos. Sigue el ritmo con el pie envuelto en una babucha y mueve los labios repicando la letra de la canción en bambara, la lengua más común en Malí.

Hay dos temas que despiertan a Salif Keita de su letargo frente al río. Uno es el albinismo, su empeño en que sus semejantes dejen de ser atacados y marginados, y otro, Malí. Hay lugares de África donde nacer albino sigue siendo la peor condena. Se les ve aún como hijos del diablo. Cualquier órgano suyo sirve para rituales de magia negra. Los brujos pueden llegar a pagar 1.600 euros por una pierna. Si el miembro se arranca en vivo, mejor. Viajamos años atrás a Tanzania para hablar con las víctimas de tan escalofriante superstición. “Eran tres. Entraron en la choza y empezaron a golpearnos a todos. Uno llevaba una botella de queroseno. Me agarraron entre los tres. Me inmovilizaron y empezaron a cortarme el brazo a machetazos. Cuando acabaron salieron corriendo con mi brazo y gritaron a mi madre que me echara el queroseno en la herida hasta que cauterizara y dejara de sangrar. Yo ya estaba desmayada…”. Kabula Nkalango, de 14 años y albina, tenía la mirada triste y una sonrisa forzada de quien ha visto el horror y ya no espera nada sano de esta vida. Lleva un año en una escuela especial a 160 kilómetros del lago Victoria, en Tanzania. Nunca antes había ido al colegio. Era analfabeta, aunque ahora ya es capaz de leer y hacer sumas y restas. “Cuando llegó estaba psicológicamente devastada. Tenía pesadillas y se despertaba pensando en las caras de los hombres que le arrancaron de cuajo su brazo derecho”, comenta Peter Ajali, el director de las escuelas Buhangiya. Kabula habla pausado y no sostiene la mirada. Prefiere agachar la cabeza y cruzar su brazo izquierdo sobre el pecho, por encima del uniforme azul del colegio, como queriendo ocultar que le falta el otro brazo. Es tímida y recelosa, aunque sus profesores le insisten en que hable con los periodistas porque, dicen, “el mundo tiene que saber lo que pasa aquí”.

Y lo que pasa en Tanzania es que el 60% de la población cree en la brujería, sobre todo en la llamada “brujería muti”, que en sus formas más extremas utiliza partes humanas para sus conjuros y brebajes. Desde hace unos años, los hechiceros que la practican han señalado a los albinos, un sector social especialmente estigmatizado en ese país, como los objetivos más fáciles para este tipo de magia negra. Lo más normal es que se profanen las tumbas de los albinos fallecidos por accidente o enfermedad para así robar sus huesos y dárselos a esos chamanes. Pero el verdadero “muti” para que sea realmente efectivo, necesita que los órganos o miembros humanos se arranquen en vivo para que los gritos y el dolor del sacrificado potencien el efecto del conjuro. Por eso los traficantes de órganos que atacaron a Kabula le dieron una botella de queroseno a su madre, porque su misión no era matarla, sino mutilarla, lo cual no les hace menos crueles, pero sí demuestra el grado de deshumanización y locura al que pueden llevar unas creencias ancestrales: “No nos eches la culpa, nos envían solo para cortarle el brazo, no queremos matarla”, le gritaron a la madre de Kabula, que tuvo la suerte de sobrevivir.

El albinismo es un trastorno genético hereditario, una falta de pigmentación en la piel, el pelo y los ojos. En Europa lo sufre una de cada 20.000 personas, pero en Tanzania hay un caso cada 4.000 habitantes. El Gobierno ya ha censado a unos 8.000 albinos, pero la Sociedad Tanzana de Albinos, una institución financiada con dinero público, calcula que hay unos 160.000. En nuestro mundo, un albino es uno más, pero en Tanzania, como en casi toda África del este, un albino es un ser inferior. En este país, por el que pasan 600.000 turistas al año para ver el Serengeti o el Kilimanjaro o la isla de Zanzíbar, muchos creen que los albinos son una maldición divina, o que son gafes que traen mala suerte, o que son hijos del demonio, o que son, simplemente, subproductos de un adulterio o una enfermedad venérea. En Tanzania, los albinos son discriminados, segregados y en muchos casos perseguidos, asesinados o mutilados. Los mitos construidos sobre su supuesto carácter sobrenatural y maléfico no tienen ningún sentido, pero de alguna manera han calado entre la población. Por eso los asesinos de albinos actúan con enorme impunidad, porque cuando a un colectivo se le estigmatiza en la categoría de infrahumano es fácil pasar, sin demasiados prejuicios, a la fase de exterminio.

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