Los ‘Manson’ y el supremacismo blanco

PINCELADAS

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

El 9 de agosto de 1969, medio siglo atrás, Sharon Tate y otras cuatro figuras del espectáculo estadounidense fueron víctimas de un crimen que Hollywood no quiere soltar…

 

No importa que haya transcurrido medio siglo desde una de las noches más sangrientas en Hollywood, todavía hay quienes encuentran un nuevo detalle que revelar, escribe Antonia Laborde desde Washington para el periódico español EL PAÍS. El primero de los asesinatos múltiples cometidos por ”la familia Manson”, liderada por el supremacista blanco Charles Manson (1934-2017), en la mansión de Cielo Drive, lleva cincuenta años alimentando a la industria cultural con decenas de documentales, libros, canciones y películas. La historia sobre cómo le quitaron la vida a una embarazada Sharon Tate, actriz y esposa del director Roman Polanski, y a otras cuatro figuras del espectáculo estadounidense, es también el argumento de la recién estrenada ‘Érase una vez en Hollywood’ (Once Upon a Time in Hollywood), que en Estados Unidos logró el mejor primer fin de semana en las salas de cines de todos los largometrajes del ‘violento’ Quentin Tarantino. Dos años después de la noche del 9 de agosto de 1969, cuando Charles Manson fue condenado a cadena perpetua por la matanza, Polanski criticó en The New York Times el sensacionalismo con que los medios abordaban el suceso ocurrido en la mansión Cielo Drive, en Beverly Hills: “Es como la historia de la hermosa niña del pueblo. Está bien con los aldeanos, siempre y cuando no haya fiebre aftosa. Pero una vez que estalla una epidemia, ella es la culpable. Y se necesita una cierta cantidad de inteligencia para ver que ella no es responsable». El cineasta francés de origen polaco no sabía entonces que el apetito por descubrir la verdad iba a ser insaciable por al menos cincuenta años más. Ya sea un testigo que rompe el silencio, un familiar de las víctimas en busca de justicia o una teoría conspiranoica sin desarrollar, cualquier excusa ha servido para aumentar la bibliografía en torno al true crime.

Cuando el fiscal del caso, Vincent Bugliosi y el escritor Curt Gentry, publicaron Helter Skelter en 1974 parecían atarse todos los cabos. El libro narra la tormentosa infancia de Charles Manson antes de convertirse en ese filósofo-guru-cazador de mujeres adolescentes criadas en familias rotas. Desmenuzaba los detalles más sangrientos de la matanza. El cadáver de Tate de ocho meses de embarazo en posición fetal, atada por una cuerda a su exnovio, el estilista y peluquero Jay Sebring, también muerto. La bandera estadounidense sobre el sofá y como una de las jóvenes asesinas había degustado la sangre de Tate antes de escribir con ella la palabra PIG (cerdo) en una pared. El relato es uno de los libros basados en crímenes reales más vendidos de la historia. Se titula ‘Helter Skelter’, como Manson bautizó la guerra racial que luchaba. El asesino tomó el nombre del ‘White Album’ de The Beatles. A pesar de que Helter Skelter es considerada la biblia del caso, fueron muchos —y siguen siendo— los que han querido contar otro aspecto de la historia. Uno de los últimos es el de Tom O’Neill y Dan Piepenbring, quienes publicaron este año Charles Manson, la CIA y la historia secreta de los años sesenta, donde recopilan la masa madre de todas las teorías que circulan en torno al caso. Aunque Manson fue inconsistente respecto a cuál había sido el motivo de los asesinatos en ‘Cielo Drive’, la hipótesis más contundente es que “la familia” iba a por el productor musical Terry Melcher, quien había rechazado grabar varias veces a Manson, quien tenía una veta artística. Polanski es uno de los que decidió creer que eso fue lo que desencadenó la tragedia. Entre medio de ambas publicaciones el propio Manson publicó su verdad en un libro coescrito con Nuel Emmons. Dianne Lake, miembro de la familia, también contó la suya. Las seguidoras del sicópata que están tras las rejas, también.

Salvo en los noventa, desde 1969 que todas las décadas han lanzado documentales sobre el asunto. En los últimos 10 años se han estrenado cuatro. Con el trabajo de Tarantino para homenajear el 50 aniversario del suceso la fiebre no parece tener intención de bajar. Aunque el ‘último trabajo del cineasta saca cuentas alegres en taquilla, ha recibido varias críticas. Una de las más crudas fue la de Ava Roosevelt, gran amiga de Sharon Tate. “Tarantino ha abusado de la memoria de mis amigos”, dijo en una entrevista a The New York Post. Además hizo un llamamiento a todos los que apoyan el movimiento MeToo a no apoyar la película, porque “todos los personajes femeninos son tratados como putas”. La verdad, esa que reclamaba Polanski en 1971, sigue pendiente.

En El Paso todo gravita alrededor de una valla. No la que, unos kilómetros más al sur, separa Estados Unidos de México. Sino la que separa a los paseños del horror. Una valla que se asoma, como un siniestro mirador, al aparcamiento del hipermercado Walmart, donde el pasado sábado Patrick Crusius, de 21 años, cometió el mayor crimen racista contra hispanos de la historia moderna de Estados Unidos. Aquí se ha improvisado un memorial a las víctimas, al que los vecinos de El Paso peregrinan en masa para rendirles tributo. Amarrada a la valla, repleta de cruces, banderas estadounidenses y mexicanas, flores y dedicatorias, hay una cartulina verde con un mensaje al presidente escrito con rotulador: “Señor Trump, ya no más actos de racismo, actos de odio, actos de terrorismo. Somos un país hispano y no se vale tanto odio para los mexicanos. Somos tres niñas, ciudadanas americanas. Nuestros padres son mexicanos y ya tenemos miedo de salir. Esperamos lea este sentir. Dios lo bendiga”. En El Paso, la matanza del pasado sábado, que dejó 22 muertos, ha liberado una furia latente contra el presidente republicano, al que consideran un supremacista blanco más, responsable de alimentar el clima de odio que radicalizó al asesino. Poco duró la llamada a la concordia y la unidad de su mensaje televisado a la nación el martes: ya antes de partir para Texas, el republicano arremetió en Twitter contra los “demócratas de la izquierda radical” y la prensa progresista, en la misma retórica agresiva que muchos consideran responsable del odio y la división que lastra al país norteamericano.

Mientras el tejido social en Occidente se va encogiendo y desgastando y asistimos al fin de las clases medias, la industria del entretenimiento desarrolla formatos capaces de mantener al ciudadano entretenido y apasionado en una sociedad virtual paralela muy convincente. A Trump, protagonista de reality con ‘El aprendiz’, para alcanzar la presidencia le bastó con diseminar ficciones interesadas y “verdades alternativas”, las fake news, las noticias falsas, por tuits y programas de la tele. Para ejercer como presidente aplica los métodos aprendidos en el mercado inmobiliario —amenazas, intimidación, tanteo, acuerdo— sobre la estructura de la forma de ficción más acorde con nuestro tiempo, la serie. Como guionista y héroe de sus miniseries tiene a América colgada de sus gestos y al mundo en un pañuelo. Es un histriónico esquizoide de final imprevisible y sentido general enigmático como no sea el de entretener al mundo. Su primera serie se ambientó en Corea del Norte: en 2017 amenazó con que Kim Jong-un (el amado líder) se encontraría con “fuego y furia nunca antes vistos”, envió a la Armada, alertó a China y Rusia, hizo temer al planeta el estallido de una guerra mundial… Luego retiró la flota, negoció un acuerdo nuclear, visita el país y dice de Kim: “Nos hemos caído bien a primera vista”.

El pasado mes de mayo envió una flota de guerra a enredar por el golfo Pérsico. Los iraníes derribaron un dron y Trump ordenó una respuesta militar, avisando a las autoridades iraníes de que iban a sufrir un “ataque limitado” (al estilo de Siria). Pero como Teherán respondió que lo consideraría una declaración de guerra, se lo pensó mejor y canceló el bombardeo en el último minuto, “para no provocar 150 muertes”. ¡Otra guerra evitada en el último segundo gracias al gran corazón del presidente! La guerra comercial con China pasó por la subida brutal de aranceles y la detención o secuestro en Canadá de la vicepresidenta de Huawei, Meng Wanzhou, a lo que siguió la prohibición a las empresas americanas de surtir de componentes a la telefónica china, causándole una pérdida económica incalculable. Pero en cuanto se supo que China podía replicar con medidas contundentes, Trump dio por cerrado el pleito y brindó por un espléndido futuro de colaboración con Huawei. Nos equivocamos de medio a medio con Trump. Nos pareció imposible que tan grosera caricatura ganase las elecciones del país que cuatro años antes había hecho presidente a Barack Obama, pulquérrima representación del hombre de Estado, humanista hasta el extremo incluso de dejar que se le escapase una lagrimita si la ocasión lo merecía. De serie en serie, modelo Netflix, vamos pasando años apasionantes. Hasta ahora todas acaban relativamente bien. Pero, desde luego, si la reelección está en juego cabe esperar otra serie, con un argumento y final más categóricos. No podemos olvidar que México, el muro, la migración centroamericana, los aranceles escalonados…, son guiones prioritarios para el millonario de Manhattan. Nuestro director de cine, Guillermo del Toro no es un ingenuo genio, lo sabe muy bien. “Los dogmatismos me aterran”, declara. El cineasta mexicano estrena ‘Historias de miedo para contar en la oscuridad’, un filme de terror sobre el poder de las mentiras con un protagonista latino. “Quiero que el público entienda lo que está pasando aquí y ahora”, implora.

La noche de Halloween de 1968 no fue otra jornada festiva más de truco o trato: aquella fiesta se celebró a cinco días de las elecciones presidenciales que ganó Richard Nixon, en un país radicalmente dividido en dos y enfrentado por las consecuencias de la guerra de Vietnam. En ese ambiente hostil se desarrolla ‘Historias de miedo para contar en la oscuridad’, película de terror escrita y producida por el propio Guillermo del Toro que se estrena en un mundo y, específicamente, en un país dividido en dos por culpa del “dogmatismo, lo que más miedo me da hoy en día”, apunta el cineasta. El tiempo cinematográfico nada tiene que ver con el real, pero menos de una semana después de la matanza de El Paso, en la que un supremacista blanco asesinó a 22 personas, entre ellas ocho mexicanos, y baleó a otro medio centenar de clientes de Walmart llega a los cines estadounidenses y españoles este viernes. Un filme con un protagonista latino, que encuentra amistad cómplice con un grupo de chavales amantes del cine y las historias de horror mientras otros adolescentes le pintan en el coche un doloroso mensaje: “Espalda mojada”. De repente, Del Toro se ha convertido en la voz de millones de latinos que se sienten vilipendiados por una parte de la población estadounidense y señalados con el dedo por el presidente Donald Trump.

Guillermo del Toro había inaugurado su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. Con la bandera mexicana en la mano, el ganador del Oscar por ‘La forma del agua’ definió los días actuales como de gran miedo y división. Delante de un público enfervorizado que gritaba en español “¡Viva México!” y “¡Viva Guillermo!”, el director explicó en inglés: “Deben saber una cosa, soy mexicano y soy inmigrante. Como mexicano, recibir esta estrella es un gesto y ningún gesto ahora mismo puede ser banal o simple. Es muy importante que esté sucediendo en estos momentos”. Justo antes había pedido “no tener miedo” porque el miedo “estos días se usa para generar división, para decirnos que somos diferentes, que no debemos confiar los unos en los otros. Estas mentiras hacen que sea más fácil controlarnos y que nos odiemos unos a otros”. Contra ello, Del Toro propone como antídoto “la unión, el conocimiento de que esas divisiones son fantasías. Fantasías en las que viven los políticos o la Iglesia”. Y animó a que los inmigrantes “crean en sus posibilidades y no en los obstáculos”. “No hagan caso de las mentiras que dicen sobre nosotros”, insiste. Al mexicano le asusta mucho “el imperio de las ideologías”. Y se explaya: “La ideología es la sabiduría de los tontos, de los que no tienen interés por el otro. Esos dogmatismos me aterran”.

La segunda vez que Guillermo del Toro pisó Los Ángeles estaba acabando la posproducción de ‘Cronos’ (1993), su primer largometraje. “Vine con dos amigos y con muy muy poco dinero. Comprábamos la comida más barata y nos entreteníamos de la única manera gratis que encontramos: pasear por la calle”. En lo económico su vida ha mejorado, aunque no es un director que logre fácilmente dinero para sus proyectos. “Sigo luchando y animo a todo el mundo a que crea en sus posibilidades, y en que puede marcar la diferencia”. Además de inmigrante, ¿qué es Del Toro? “Soy un tipo raro [usa en inglés el término weird]. Tenemos que ser raros, ir a lo más profundo de nuestro interior. Solo si somos honestos y auténticos con nuestras almas nos mereceremos ser quienes realmente somos”.

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