El último refugio del lobo marino

REPORTAJE

JOSÉ NARANJO

Fotografías Miguel Ángel Cedenilla

Se extinguieron del Mediterráneo cercadas por la caza masiva para conseguir su piel y su grasa. Hoy, gracias a la colonia que ha pervivido en Mauritania, las focas monje tienen una oportunidad de regresar a España

 

Cuenta Homero en La odisea que el dios Proteo dormía cada día en una “honda gruta” y allí vigilaba a las focas, “hijas de la hermosa Halosidne, que salen del espumoso mar exhalando el acerbo olor de las aguas profundísimas”. Esta cita es una de las primeras referencias escritas sobre la presencia en el Mediterráneo de focas monje, también llamadas lobos marinos. De hecho, se sabe que en la Antigüedad miles de ejemplares vivían en playas situadas entre el estrecho de Gibraltar y el mar Negro, así como en la costa atlántica norteafricana. Hoy en día es casi imposible verlos: oficialmente extinguido en España, es uno de los mamíferos marinos más amenazados del planeta. Perseguidos durante siglos para obtener piel y grasa, exterminados por los pescadores que los consideraban competencia, arrinconados por la presencia humana en las costas, en la actualidad solo sobreviven unos 700 individuos. La mitad de ellos se concentran en la península de Cabo Blanco, entre Mauritania y el Sáhara Occidental. Esta aglomeración es un riesgo, pues cualquier epidemia o accidente comprometería la supervivencia de la especie.

La buena noticia es que esta colonia se recupera de forma sostenida. Solo en 2018 han nacido ya más de 71 crías, la población es cada vez más viable y se encuentra en buen estado de salud. La experiencia mauritana ha permitido a los expertos comenzar a pensar en la creación de nuevas colonias en su antigua área de distribución para garantizar la supervivencia de la especie. Uno de los primeros lugares podría ser la playa de Cofete, en la isla de Fuerteventura, en lo que sería la primera reintroducción de un mamífero extinto en España, aunque aún pasará algún tiempo hasta que los primeros ejemplares sean trasladados. Antes hay que redactar el plan de acción de la especie, discutir los detalles con las autoridades, la población local, los pescadores, la industria turística.

Amanece en Nuadibú, capital económica de Mauritania e importante puerto pesquero. Hamdy M’Bareck, director adjunto del Programa de Conservación de la Foca Monje, sube a un vehículo que conduce Abba M’Bareck, técnico. Tras avituallarse, ponen rumbo a la reserva de la Costa de las Focas atravesando el desierto por una pista de tierra en apariencia impracticable. Apenas media hora después emerge entre las dunas la silueta de la estación biológica Las Cuevecillas, una construcción de piedra adaptada al árido paisaje. En alguna playa situada no muy lejos de aquí desembarcó en 1436 el explorador portugués Afonso Gonçalves Baldaia, cuyos relatos sobre la presencia de miles de focas desencadenan la fiebre de hacerse con sus pieles y grasa para elaborar aceite. Ya diezmadas en el Mediterráneo, tocaba el turno a África Occidental. Tan devastadora fue la caza que desaparecieron de las playas, y no fue hasta 1945 cuando el investigador español Eugenio Morales reencontró un pequeño grupo en sus nuevas zonas de cría, unas cuevas con playas interiores situadas al pie de un acantilado e inaccesibles desde tierra.

Es aquí donde se desarrolla el Programa de Conservación de la Foca Monje gestionado por la fundación española CBD-Hábitat en colaboración con la ONG mauritana Annajah. “Nuestro objetivo es proteger esta colonia y favorecer su recuperación”, asegura Hamdy M’Bareck. Los guardas recorren cada día los seis kilómetros de costa incluidos en la reserva para controlar la presencia de pescadores o cualquier otra anomalía. Es fácil verlas, basta asomarse a los acantilados.

 

Todas las focas de la colonia tienen nombre: Lacito, Epoxy, Sofía… “Son animales muy curiosos y en cuanto detectan la presencia humana se acercan”, explica un experto

“Son animales muy curiosos y en cuanto detectan la presencia humana se acercan”, explica el director adjunto del proyecto. Una decena de focas mira hacia lo alto del acantilado mientras Abba M’Bareck las observa con prismáticos. Cada una tiene su nombre: Lacito, Epoxy, Nike, Pangea, Gabriela Mistral, Herradura y Sofía. Esta última, bautizada así por el interés de la Reina emérita de España en esta especie, es una de las estrellas de la colonia, pues fue la primera en décadas que nació en una playa a cielo abierto, en 2009. En los años noventa, un grupo de investigadores españoles liderados por Luis Mariano González construyeron un campamento, instalaron un sistema de videovigilancia y comenzaron a trabajar de manera permanente en la zona. Las imágenes de las cámaras que hoy cuelgan sobre la entrada de las grutas naturales son las que contempla el técnico Moulaye Haye desde la estación de Las Cuevecillas. De esta manera puede ver los nacimientos, la evolución de las crías o si hay algún problema, como cuando un ejemplar juvenil se quedó atrapado una semana entre dos piedras y mandaron especialistas desde Madrid a rescatarlo, descolgándose por la pared rocosa.

Sin embargo, eso no fue nada comparado con la mortandad de 1997. Ese año, el más trágico en la historia reciente del lobo marino, una marea roja casi acabó con ellos. “Se debió al crecimiento exponencial de una microalga que forma parte del fitoplancton y cuyas toxinas se acumulan en la cadena trófica”, dice Pablo Fernández de Larrinoa, director del programa de conservación. “En dos meses perdimos a más de 200 ejemplares y la colonia se redujo a un centenar. Fue una catástrofe”.

Ante la seria amenaza que corría la especie, en 1999 nació, impulsado por España, un Plan de Acción Internacional al que se sumaron Portugal, Mauritania y Marruecos. CBD-Hábitat comenzó a trabajar en la zona y en 2001 se creó la reserva de la Costa de las Focas en colaboración con los pescadores artesanales. Los barcos que faenan en el caladero sahariano contribuyen en la actualidad informando de avistamientos. “La principal amenaza que sufren”, añade M’Bareck, “es la pesca. Hay muchas redes y los [ejemplares] juveniles pueden quedar atrapados”. “Existen otras dos poblaciones en el mundo, una entre Grecia y Turquía y otra en Madeira. Pero la de Cabo Blanco es la única con estructura colonial, el resto son pequeños grupos en islas difíciles de ver. Allí son como animales fantasma”, dice Fernández de Larrinoa. “El futuro de la foca monje depende en gran medida de lo que ocurra aquí”. El programa de conservación, financiado por la fundación suiza MAVA, el Ministerio de Transición Ecológica, la Fundación Parques Reunidos, Bacomab y otras entidades, ha permitido averiguar muchos detalles sobre la foca monje, pero sobre todo le ha dado la calma y protección necesaria para que la población se haya recuperado de 100 individuos a más de 350. La experiencia adquirida en Cabo Blanco está sirviendo para la conservación y seguimiento de las otras poblaciones, así como para empezar a diseñar su reintroducción en España. Difícil será ver al lobo marino reinar de nuevo en las masificadas playas mediterráneas, pero el dios Proteo debe sentirse satisfecho al ver cómo sus compañeros de antaño se aferran con fuerza a la vida.

La geografía española está llena de referencias al pasado glorioso de la foca monje del Mediterráneo, cuyo nombre científico es Monachus monachus. Punta del Lobo, cueva del Lobo Marino o isla de Lobos son solo algunos de los topónimos que recuerdan su presencia. Cataluña, Levante, Baleares, donde era conocida como vell marí, Andalucía oriental y Canarias formaban parte del hábitat natural de este animal. La última foca monje de la que se tiene constancia en España fue el famoso Peluso en las islas Chafarinas, desaparecido en los años noventa, además del avistamiento de un ejemplar en Mallorca en 2008. En Canarias su extinción fue anterior, en el siglo XV. Pero estas islas atlánticas, y en concreto Fuerteventura, pueden ser el escenario de su reintroducción en España. La idea es que la colonia de Cofete sirva de puente entre las poblaciones de la costa norteafricana y Madeira. Como concluye Fernández de Larrinoa: “La consideración de la foca monje como extinta en España y la progresiva recuperación de la población de Cabo Blanco hacen posible que sea objeto de un plan de reintroducción en los próximos años”.

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