La guerrilla de los grafiteros

REPORTAJE

RICARDO ESCANDELL

Riesgo y adrenalina. Tras esperar varias horas y contemplar la posibilidad de abortar su acción, los grafiteros ven cómo un vagón de metro es aparcado en el túnel donde están. Corren hacia el convoy aún en marcha. Lo pintarán durante 10 minutos, antes de ser descubiertos

Se citan en estaciones y rincones solitarios, recorren conductos ocultos y atraviesan puertas prohibidas como quien anda por el salón de casa. Encapuchados y veloces, buscan su objetivo: vagones de metro y de tren que pintar. Romanticismo, arte, adrenalina y riesgo se entremezclan en sus correrías. Son los grafiteros: la guerrilla del espray. Viernes noche en el extrarradio de Barcelona. En un parking situado al lado de la estación de Torras i Bages, cinco hombres de entre 20 y 40 años sacan del maletero de un BMW una pata de cabra y una cuerda de más de 20 metros. Llevan pantalones de chándal, ropa oscura y zapatillas de trekking. El humo de sus cigarros se mezcla con el vaho del frío mientras, con el murmullo de la autopista de fondo, hablan de butrones, de sierras radiales y de persecuciones policiales de infarto.

Son grafiteros -o, como ellos se llaman, escritores- y su intención esta noche es jugarse la vida para conseguir pintar un vagón de metro antiguo, construido en 1926 y apartado de la circulación hace 30 años. “Un modelo de metro top”, dice uno de ellos mientras extienden la cuerda por el suelo, la doblan y le hacen varios nudos. El objetivo a conquistar se encuentra en las instalaciones del Triángulo Ferroviario de TMB, la empresa que gestiona el metro en la capital catalana. “Eso es un auténtico fortín”, precisa otro de los grafiteros. “Hay cámaras por todos lados, está muy profundo y plagado de vigilantes”.

Quien describe la situación es Jabato, seudónimo de uno de los grafiteros más respetados del país, con 25 años de fechorías a sus espaldas. Tiene 37 años, dos hijos y durante el día es pintor. Ha recorrido medio mundo pintando sistemas ferroviarios y hace poco que ha vuelto a casa, después de tres meses entrando y ­saliendo de la cárcel en Nueva York por pintar varios vagones del metro. En el grupo también hay otro hombre de 40 años, que confiesa que ha vuelto a “engancharse” tras más de una década sin pintar. Cuenta que recientemente se ha divorciado, está en buena forma y nadie le espera en casa. El resto son tres chavales de entre 20 y 25 años: uno de ellos asegura que estudia. Los otros prefieren no hablar demasiado.

 

Hay grafiteros de todo tipo: perfiles marginales, de clase media y de familias acomodadas

Según la Policía Nacional y los Mossos d’Esquadra, alrededor de un millar de españoles dedican su tiempo libre a introducirse en las instalaciones ferroviarias y pintar sus vagones. Es un colectivo totalmente hermético, que generalmente rehúsa aparecer en los medios. Sus participantes son anónimos, mantienen una doble vida y compiten entre ellos en un juego urbano consistente en sortear medidas de seguridad. En la mayoría de los casos, el resultado de la pintada es lo de menos. Lo primordial es la aventura. Muchos tienen un trabajo normal durante el día y, por la noche, dedican horas y horas a preparar sus acciones: vigilan los turnos de los vigilantes, tapan o mueven cámaras de seguridad, rompen sensores, abren butrones en la pared y se cuelan por conductos de ventilación para infiltrarse en las instalaciones del suburbano. Entre sus participantes hay gente de todo tipo. Perfiles marginales, de clase media y también miembros de familias acomodadas. “Muchos de ellos son tipos aparentemente normales: tienen trabajo, estudios, pareja, familia…”, remarca Luz Clemente, inspectora jefa de la Sección Operativa Central de la Brigada Móvil de la Policía Nacional.

El fenómeno cuesta decenas de millones de euros a los operadores ferroviarios. Los cálculos no son exactos porque, además de la limpieza de los grafitis, entran en juego otros factores que también repercuten en el presupuesto: la retirada de la circulación de los vagones pintados, el arreglo de los desperfectos que generan los grafiteros al colarse en las instalaciones, así como las nuevas capas de pintura que deben aplicarse a los trenes cuando se han limpiado varias veces. Según la Asociación de Transportes Públicos Urbanos (ATUC), las compañías ferroviarias se gastaron en 2017 más de 20 millones solo en limpiar los grafitis. El desembolso, no obstante, podría ser incluso mayor. Renfe cifra en 15,7 millones el gasto en este concepto en 2017. Ese mismo año, Metro de Madrid empleó 1,6 millones en borrar pintadas, según datos publicados el pasado noviembre por Europa Press. También en 2017, Transportes Metropolitanos de Barcelona (TMB) cifró el dispendio generado por el grafiti en 12 millones, una cifra que incluye otras partidas aparte de la limpieza.

Todos los policías, vigilantes, maquinistas y responsables de seguridad entrevistados para este reportaje aseguran que, más allá de los millones, el principal problema con los grafiteros es el aumento de la violencia en sus acciones. El pasado noviembre, en un mismo fin de semana, se registraron diversos asaltos a convoyes en los metros de Madrid y Barcelona por grupos de 30 y 40 grafiteros. Pararon los vagones en marcha para pintarlos y se enfrentaron a policías, vigilantes, viajeros y maquinistas. Varios de ellos tuvieron que ser atendidos por los servicios médicos. “Cada vez son más violentos”, afirma Ricardo Ortega, responsable de seguridad de TMB, desde la sala de control donde se sigue lo que registran las 8.000 cámaras de vigilancia repartidas por el metro. “Si no, que me expliquen por qué llevan barras de hierro y espray de pimienta o se tapan la cara con pasamontañas”. Según los Mossos, de 3.500 incidentes por grafitis el año pasado, solo en siete casos se denunció violencia de los grafiteros. Tanto Mossos como TMB, sin embargo, cuestionan este dato porque muchas amenazas o agresiones leves no se denuncian.

En Barcelona, Jabato y los suyos se preparan para la acción. Se tapan las caras para evitar ser registrados por las cámaras de seguridad. Ninguno de ellos porta, sin embargo, barras de hierro ni espráis de pimienta. “Llevar esas cosas no sirve de nada”, precisa Jabato. “El 90% de nosotros nos ponemos a correr cuando somos descubiertos, el problema es el ruido que hace el otro 10%”. Policía, Mossos y el responsable de seguridad de TMB confirman lo que cuentan la docena de grafiteros consultados: la mayoría de ellos repudian estos actos porque les dan mala prensa y quienes los llevan a cabo suelen ser grafiteros jóvenes e inexpertos. “La mayoría quiere entrar, pintar y marchar sin ser visto”, sostiene Joaquim Bayarri, intendente jefe de la División del Transporte de los Mossos d’Esquadra. “Pero es cierto que desde hace unos años algunos se enfrentan violentamente a los vigilantes”.

Tras colarse en unas obras y saltar varias vallas, los grafiteros se han subido a un respiradero del metro, por el que pretenden penetrar en las instalaciones. El orificio tiene varios metros cuadrados y queda elevado unos dos metros encima del suelo. Debajo de la rejilla se observa una sima de más de seis metros de profundidad. “Joder, eso es muy alto, tío”, dice uno de los más jóvenes mirando el agujero desde arriba. Entre todos abren un conducto de ventilación, cortado el día anterior con una sierra radial, y cuelgan de ahí la cuerda con los nudos. El plan es descolgarse a pulso, sin ningún tipo de arnés ni seguridad, por esa cuerda a través del conducto de ventilación.

Aparecen las primeras dudas. Dos de ellos -el mayor y el más joven- optan por no bajar. “Hay demasiada altura, ahí te puedes matar”, les dice el más veterano, “os vigilaré desde fuera”. Tanto los grafiteros como los Mossos d’Esquadra confirmarán días después la peligrosidad del plan. Hace más de un año un joven grafitero se cayó en el mismo lugar, quedó varios días en coma y actualmente sufre severas secuelas de ese accidente. Jabato parece no tener miedo alguno. Primero baja solo para comprobarlo todo. Vuelve a subir a pulso por la cuerda con una facilidad pasmosa, mientras sus compañeros le iluminan con el móvil. Se mueve como una culebra que conoce al dedillo todos los rincones del metro. Entra por un conducto de ventilación, sale por otro. Abre y cierra puertas que nadie sabe a dónde van y en todo momento actúa como si estuviera en el salón de su domicilio. Lleva haciendo esto desde el año 1993 y no tiene intención de dejarlo. “Es mi vía de escape, me llena de vida a pesar de los problemas que conlleva”, contaría unos días después. “Fue pintar el primer tren y ya no volví a tocar un solo muro”.

¿Por qué hay gente que se juega su integridad de esta manera por pintar un vagón que ni siquiera va a circular? De las entrevistas con grafiteros y expertos se desprenden tres principales razones: tradición, ego y adrenalina. “El grafiti nace y se desarrolla en los setenta en el metro de Nueva York”, señala Jaume Gómez, doctor en Historia del Arte y presidente de la Asociación Española de Investigadores y Difusores de Graffiti y Arte Urbano (Indague). “Por eso pintar en un vagón de metro se considera la forma más pura y original”. Gómez también habla del crédito que esto granjea: “En el grafiti hay una especie de bolsa de prestigio entre sus participantes, donde cotizan las acciones de cada uno”, sostiene. “Las más arriesgadas tienen más valor”.

 

“Hay una búsqueda de adrenalina, de ponerse en peligro” (José Sánchez, antropólogo social)

José Sánchez es doctor en Antropología Social e investigador de grupos juveniles en el proyecto Transgang de la Universidad Pompeu Fabra. Desde hace un tiempo, analiza esta actividad y la búsqueda de adrenalina de sus participantes. “Vivimos en una sociedad totalmente hedonista”, explica por teléfono, “hay una búsqueda continua de adrenalina, de ponerse en peligro para notar sensaciones en el cuerpo”. Según este antropólogo, el comportamiento de los grafiteros tiene mucho más en común de lo que parece con el que practica puenting o con aquel a quien le gusta correr con su motocicleta. “En una sociedad que siente por los ojos, vivir algo real, que te eriza los pelos y te recorre el cuerpo resulta muy adictivo”. Sánchez añade el elemento de pertenencia al grupo, muy presente en otras tribus urbanas como los skinheads o las bandas latinas. “Los grafiteros son alguien en su pequeño submundo: ahí son reconocidos, respetados y valorados”, explica, “algo que tal vez no les sucede en la vida real”.

Uno por uno, los grafiteros van deslizándose por la cuerda dentro del conducto de ventilación, dispuestos a descender los más de seis metros que los separan del depósito. Una vez abajo, la tubería hace un ángulo de 90 grados. Se ponen a reptar por ella como si de una película de espías se tratara. Hay varios centímetros de polvo y la boca cada vez está más seca y pastosa. Se arrastran lentamente, totalmente cubiertos de suciedad, empujando con la cabeza la bolsa con sus aerosoles. Unos metros después, salen del conducto y saltan a las instalaciones del metro, en una especie de sala de máquinas totalmente oscura. Ahí preparan minuciosamente sus aerosoles, ordenan los colores y colocan las boquillas a los espráis. “¡Nada más entrar nos van a ver las cámaras!”, advierte Jabato al resto. “¡Pintamos 10 minutos y fuera!”. Mientras examina los talleres a través de una puerta entreabierta, llama por teléfono al que vigila desde fuera. “¿Está todo bien?”, la respuesta es corta. Jabato cuelga y se dispone a recibir su chute de adrenalina.

 

“¡Nada más entrar nos van a ver las cámaras! ¡Pintamos 10 minutos y fuera!”, grita Jabato

Todo sucede a la velocidad de la luz dentro del taller. Un aviso por megafonía parece alertar de la presencia de intrusos justo al entrar. Los tres escritores se dirigen rápido hacia el vagón, un convoy negro y granate muy poco habitual, una pieza de museo. Cada uno se pone a pintar su obra a gran velocidad, totalmente concentrado y sin hablar con nadie. Jabato rellena las letras a color rosa, con dos manos a la vez. El olor a pintura es cada vez más fuerte y un halo de tensión se percibe en el ambiente. La sensación es que en cualquier momento pueden ser descubiertos y empezará una persecución. A los nueve minutos todos han acabado y sacan fotos de su obra. De repente, le suena el móvil a Jabato. Ni siquiera lo descuelga. Al ver quién le llama se pone a correr a toda velocidad y todos le siguen. Abre una puerta de emergencia que da a unas escaleras y las suben corriendo de dos en dos. Salen por otra puerta que da a un parking lleno de autobuses. Se suben a una valla, caminan por un techo de uralita y saltan otra valla aún más alta para salir de las instalaciones. El otro que vigilaba confirmará que han estado cerca. “Justo cuando salíais, tres coches de vigilantes estaban entrando a toda leche”.

Por lo visto en los medios los últimos meses, uno podría pensar que el grafiti en los vagones es algo nuevo. Todas las autoridades policiales, no obstante, explican que el problema viene de lejos. “Se pintan los vagones desde hace más de 20 años”, cuenta el oficial Eduardo, del grupo especializado contra el grafiti de la Brigada Móvil de la Policía Nacional. Junto a ocho agentes más, Eduardo se dedica a estudiar a estos guerrilleros del espray para tratar de poner nombres y apellidos a los seudónimos que aparecen pintados en los convoyes. Sorprende el conocimiento y el respeto mutuo que se tienen entre los grafiteros y estos investigadores, en un juego del gato y el ratón en el que cada uno tiene muy claro su papel. “Es cierto que hay una especie de respeto”, reconoce Javi, otro de los agentes de la unidad antigrafiti. “Ellos ven que nuestro trabajo es limpio y nosotros nos sorprendemos del conocimiento que tienen de los sistemas ferroviarios”. Según TMB, las pintadas se han triplicado desde el año 2000. En los trenes, Renfe señala que se han duplicado en la última década y la Policía Nacional también confirma el repunte. Los números de 2018 apuntan a que las pintadas se han estabilizado después de un 2017 nefasto para las compañías ferroviarias. Renfe calcula que de media sufre 11 ataques diarios de grafiteros. En el metro de Barcelona son entre cuatro y cinco. La mejor prueba del aumento es que en los últimos cinco años tanto la Policía Nacional como los Mossos han creado grupos especializados en grafiti en sus divisiones de transporte.

Dos semanas después de la “misión” en el metro de Barcelona, Jabato se desplaza hasta Madrid para pintar más vagones. “Ya he pintado el metro de Madrid un par de veces o tres, pero ahora llevo tiempo sin ir”, explica al volante de su todoterreno, de camino hacia la capital. Aquí ha quedado con Lose, otro grafitero muy respetado en la comunidad. Él también lleva más de dos décadas activo y, como Jabato en Barcelona, se conoce al dedillo todos los rincones del metro de su ciudad. Jabato y Lose se citan un lunes por la noche en la estación de Manoteras. Les acompañan otro chico de 30 años y una chica de 25. Él trabaja en una empresa de marketing; ella, en la hostelería. Lose explica que ahora está en paro. Caminan hasta otra estación y bajan al andén. Esperan a que pase el convoy y, justo en ese momento, saltan detrás de él y empiezan a correr a toda velocidad por el túnel. Está totalmente oscuro y solo la linterna del móvil crea un anillo de luz que ilumina el lugar. Se paran en una pequeña entrada y esperan a que pasen de nuevo los convoyes en ambas direcciones. Después vuelven a saltar a las vías y siguen corriendo: justo antes de llegar a la siguiente estación hay una cavidad en la pared que los llevará hasta otra vía donde guardan vagones. En el andén, sin embargo, hay un vigilante. Se esperan a que se dé la vuelta y sigilosamente se meten uno por uno en el agujero mientras el guarda patrulla por el andén. Pasan de lado por esa cavidad, pisando un cableado que sirve como pasarela. Tras saltar otro muro, finalmente acceden a las otras vías y se sientan a esperar a que aparquen los convoyes.

 

Las autoridades sostienen que van en aumento tanto las pintadas como las acciones violentas

¿Solo han aumentado las pintadas o también las acciones violentas? Las autoridades aseguran que ambas y coinciden en señalar dos motivos. En primer lugar, la irrupción de las redes sociales. El grafiti en el metro ha dejado de ser una actividad secreta y muchos grafiteros usan Internet para alardear y conseguir más reconocimiento. “La exhibición en las redes genera cierto efecto llamada, los chavales descubren algo que no conocían”, sostiene Domingo Corchado, gerente del área de Seguridad y Protección Civil de Renfe. Jabato, con miles de seguidores en su cuenta de Instagram, clausurada al cierre de este reportaje, apunta en la misma dirección: “Antes era una cosa muy nuestra, totalmente oculta… Ahora sale en los medios y toda la sociedad lo conoce”. El uso de las redes le crea contradicciones a este grafitero, pero reconoce que los elogios que recibe le ayudan en ocasiones a subir su autoestima.

El otro motivo que señalan las autoridades es la poca penalización que tienen las pintadas en los vagones. Tras la reforma del Código Penal de 2015, muchas de las detenciones acaban en una sanción administrativa. “Puedes haber hecho un daño de 10.000 euros y recibir una sanción administrativa de entre 300 y 600 euros”, sostiene Clemente, de la Policía Nacional. Los propios grafiteros reconocen que la multa es reducida y poco disuasoria. “Trescientos euros es lo que te cuesta irte un fin de semana a esquiar”, explica uno de los grafiteros entrevistados. Según el responsable de la unidad contra el grafiti de los Mossos, lo descrito anteriormente ha generado una especie de tormenta perfecta: más integrantes de la tribu debido a las redes sociales y los medios, sanciones más leves y más vigilancia por parte de los operadores. “Al haber más vigilantes, es normal que haya más encuentros con los grafiteros”.

Para aumentar las condenas, policía, Mossos y operadores se han alineado para colaborar y recabar mejor información de estos vándalos, tasar mejor los gastos que supone la pintada aparte de la limpieza y así intentar imputar delitos de daños a los detenidos, como ocurrió el pasado noviembre cuando un juez de Barcelona impuso un año de prisión a un grafitero. La sentencia, sin embargo, se ha recurrido y todavía no es firme.

Los grafiteros en Madrid han notado un aumento de la presión policial después de lo ocurrido en noviembre. Hablan de identificaciones en eventos, de ordenadores requisados… Pero eso tampoco les preocupa demasiado. “La gente se calmó unos días después de lo que ocurrió, pero luego ha vuelto a pintar”, explica Lose en el túnel, mientras espera a que llegue el vagón que pretende pintar. Tras más de dos horas esperando, finalmente aparcan el convoy. Los grafiteros corren hacia él y se ponen a trabajar, dos en cada lado. Cuando llevan unos cinco minutos llega otro vagón por la segunda vía y los descubre. Jabato se pone en medio para pararlo, ya que tiene su cámara apoyada en la vía del tren. El maquinista hace sonar el claxon. Empieza entonces una agotadora huida por los túneles que los lleva hasta un depósito de metro mucho más grande. Un vigilante los sorprende, les pega un grito y se dirige hacia ellos. “¡Tranquilo, león! ¡Quieto ahí!”, le espeta Lose. Abren una puerta de emergencia que da a la M-11 y la persecución se traslada a la calle.

El grupo cruza la autopista y se separa en dos. Se ve ya la luz azul de varios coches de policía rondando el lugar. Los grafiteros trotan jadeando por un montículo cercano a la autopista cuando, de golpe, un coche de los vigilantes frena en seco a su altura. Todo el mundo se tira al suelo y se queda inmóvil. Una linterna empieza a iluminar el montículo donde se mantienen impertérritos los escritores, rezando por no ser descubiertos. El ritmo cardiaco se acelera. La noche está a muy poco de convertirse en una pesadilla para estos tipos. Finalmente el coche vuelve a arrancar y se aleja del lugar. “Todo el rato pensaba: ‘En cuanto escuche la puerta empiezo a correr”, explicaría después uno de ellos. Bajan del montículo, saltan una valla de más de tres metros y acceden a las vías del tren. Para no ser descubiertos por la policía, caminarán por ahí una distancia de unos cinco kilómetros hasta llegar al barrio de la Piovera. Vuelven entonces a la calle y se esconden a la espera de que el otro grupo los recoja con su coche. Son las 3.50 de un martes, la acción ha empezado hace más de cinco horas y uno de los grafiteros se despide. “Me voy a dormir un rato, mañana por la mañana tengo una reunión”.

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